La dalia negra – James Ellroy

La dalia negra – James Ellroy

vendido

Estado: usado

Editorial: Ediciones B.

Precio: $000.

El 15 de enero de 1947, en un solar de Los Ángeles, apareció el cadáver desnudo y seccionado en dos de una mujer joven. El médico forense determinó que la habían torturado durante días. Elizabeth Short, de 22 años, llamada la Dalia Negra, llevará a los detectives a los bajos fondos de Hollywood, para así involucrar a ciertas personas adineradas de Los Ángeles. Ambos están obsesionados por lo que fue la vida de la Dalia Negra, y, sobre todo, por capturar al individuo que la asesinó…
El libro que inspiró la aclamada película dirigida por Brian de Palma y protaganizada por Scarlett Johansson y Josh Harnett.
Secretos de un fantasma sangriento
James Ellroy
Un episodio de tamaño calibre no se olvida fácilmente. James Ellroy era aquel chico de diez años y no lo olvidó nunca. El crimen de su madre, la absurda violencia de ese crimen jamás resuelto, se iba a dar cita, de una u otra manera, en todas las novelas de James Ellroy. En La dalia negra, publicada en 1967, será su tema principal. La dalia negra sucede en la posguerra, tiene por escenario el submundo del cine pornográfico de Hollywood, y por víctima a Elizabeth Short, una adolescente de veintidós años, que aparece violada y asesinada en un baldío de Los Angeles. Un hecho real, que casi era el calco de la violación y asesinato de Jean Ellroy. La dedicatoria de la novela no admite dudas; dice: Para Geneva Hilliker Ellroy, 1915-1958. Madre: veintinueve años después, esta despedida de sangre. Todo parecía indicar que con La dalia negra, James Ellroy convocaba por última vez a los fantasmas del no resuelto crimen de su madre y se despedía para siempre de esos fantasmas. Mis rincones oscuros es la mejor prueba de que no fue así.El libro está dividido en cuatro partes: La pelirroja, El chico de la foto, Stoner y Geneva Hilliker. En La pelirroja Ellroy recurre a una tercera persona, fría y distante, con el fin de ofrecer los pormenores de la investigación del crimen de Jean Ellroy. En El chico de la foto elige la primera persona para revelar de qué modo vivió el propio James Ellroy desde los diez hasta los treinta años. No fue una vida brillante; desde el alcohol hasta la droga, desde la adhesión a propuestas nazis hasta los robos en pequeña escala, lo probó todo. Por suerte, también se hartó de todo. En Stoner opta nuevamente por una moderada tercera persona e informa acerca de Bill Stoner, un detective de la policía de Los Angeles a punto de jubilarse, que lo ayudará en la investigación. En Geneva Hilliker cuenta de qué manera se realiza esa investigación.En Mis rincones oscuros, Ellroy se dispuso ir a hasta el fondo del asunto. Dejó de lado eufemismos y comenzó a llamar a las cosas por sus verdaderos nombres. Jamás fue bondadoso con sus personajes. Tampoco lo es ahora, cuando decide hablar de su madre, de su padre y de él mismo. Mis rincones oscuros resulta un libro difícil de calificar. No es una novela, aunque tiene el clima, la tensión y la intriga que exigen los auténticos policiales. Tampoco es una biografía, aunque en sus páginas se realice un prolijo inventario de la vida de cada uno de sus personajes esenciales. No se puede decir que se trata de un libro de memorias, aunque Ellroy anime los costados más turbios de su memoria. Tal vez sea la suma de todo: novela, biografía, memorias. El resultado es lo que importa, y acerca de ese resultado no hay dudas. Mis rincones oscuros es uno de los libros más violentos de James Ellroy; es, también, uno de sus libros más bellos.Mediante la conjunción de belleza y violencia, Ellroy universaliza su conflicto personal, logra que junto a él y al detective Stoner cada lector salga en busca del rostro del asesino de su madre, lo rastree por todos los sitios posibles, intente encontrarlo vivo o muerto. Este descenso a los infiernos, sin embargo, va más allá de la mera persecución de un criminal. Con la excusa de descubrir al asesino, James Ellroy encontrará sus propias raíces, revelará una verdad que venía ocultando a lo largo de casi medio siglo. No es casual que cada una de las cuatro partes que componen el libro esté ilustrada con una fotografía. En La pelirroja se ve la foto del cadáver de Jean Ellroy. Está boca abajo, con el vestido desgarrado, sobre la espalda se distinguen algunos magullones; en el cuello, la media de nailon y el cordel de algodón. En El chico de la foto se observa a James Ellroy a los 10 años, sorprendido por la cámara cuando estaba haciendo manualidades; tal vez unos días antes o unos días después de que asesinaran a su madre. En Stoner la toma corresponde al detective Bill Stoner, hombre maduro, de gesto recio, un calco del John Wayne de La diligencia. Por fin, en Geneva Hilliker se expone la foto de una adolescente en ropa de montar: la madre de Ellroy cuando aún se llamaba Geneva y no imaginaba que sería víctima de un crimen brutal.La fotografía que abre el libro muestra el cadáver de una mujer destrozada; la que lo cierra, a una mujer en el mejor momento de su vida. Ambas son instantáneas de Jean Ellroy. Entre una y otra instantánea se desarrolla Mis rincones oscuros. Te he robado la tumba. Te he revelado. Te he mostrado en momentos vergonzosos, confiesa James Ellroy al final del libro, y agrega: Seguiré tus pasos e invadiré tu tiempo perdido. Dejaré al desnudo tus mentiras. Reescribiré tu historia y mientras tus viejos secretos estallan revisaré mis juicios. Lo justificaré todo en nombre de la vida obsesiva que me diste. No oigo tu voz. Te huelo y percibo tu aliento. Te siento. Te rozas contra mí. Te has ido y quiero más de ti. James Ellroy salió a buscar al asesino de su madre y al final del camino se encontró con su propia identidad, con sus verdaderas raíces. En La dalia negra le ofrecía a su madre una despedida de sangre. En Mis rincones oscuros confiesa: Quiero más de ti. Habrá que ver de qué modo aparece en las futuras novelas de James Ellroy ese fantasma que no deja de acosarlo, ese crimen aún no resuelto.
Apuntes sobre James Ellroy, el perro rabioso de las letras norteamericanas.
 José Ioskyn
Enfant terrible del policial noir americano, maestro de ceremonias de entrevistas bizarras y accidentadas, novelas llevadas al cine por actores de primera línea, viajes de promoción europea de sus libros, toda una vida de escritor en proceso de consagración. Pero nada de todo esto ha sido pensado, ni previsto, ni preanunciado, en alguien que ha sido un adolescente vagabundo, que robaba para comer, y que debía taparse los oídos con algodones para no escuchar las voces que jugaban con él.
James Ellroy, el novelista en cuestión, vive en Kansas aunque sus historias transcurren en Los Ángeles, la ciudad mítica de los grandes clásicos del policial negro pero también la ciudad donde se crió y vivió casi toda su vida. Sus thrillers son los policiales más duros y descarnados de su género, aunque su última trilogía es más abarcativa, llevando su foco a la vida en Norteamérica, la política americana, la corrupción, el mundo del espectáculo, la ciudad oculta y oscura detrás de las avenidas lujosas de la fama ininterrumpida. James Ellroy es la bestia negra de la novela americana, un provocador elocuente. Los Films que Brian de Palma y Curtis Hanson realizaron sobre sus libros fueron criticados ásperamente por él. Se trata de La Dalia Negra, la última estrenada en Argentina, y Los Ángeles al desnudo. De los protagonistas de La Dalia Negra dijo: “Josh Hartnett es demasiado lindo para dejarlo vivir, y Scarlett Johansson es una niña estúpida”.
Se podría colocar a Ellroy entre los indios, (algunos dividen a los escritores americanos entre indios y carapálidas. Los indios son los salvajes: Mailer, Hemingway, etc.; los carapálidas son elegantes y estilísticamente sobrios: Auster, Bellow, Updike, etc.). Salvo que este indio podría interesar a un analista por ciertos detalles extraliterarios. James Ellroy, cuyos libros se venden por millones en todo el mundo, escucha voces, y sufre fenómenos persecutorios, como cuando se queja de que su vecino difunde sus pensamientos a través de la televisión. La frase, como al pasar, de uno de los periodistas que lo comentan, expresa que “ha coqueteado con la enfermedad mental”, pero que luego su talento ha trabajado esa herida en la ficción, absorbiéndola una y otra vez. Este coqueteo, en todo caso, no es una puesta en escena para el gran público.
Biografía
A los seis años sus padres le comunican su separación. James vive en un comienzo con su madre, aunque deseaba vivir con su padre. Jean, la madre, encarna a la bella enfermera que encuentra hombres sin dificultades, hasta que aparece muerta en un cantero al lado de su casa, cuando el escritor tenía diez años de edad, en lo que fue un crimen con características sexuales. Entonces puede vivir con su padre, que muere pocos años después. Esta convivencia fue desastrosa para James, quien debió acostumbrarse a la falta de comida, de una mínima normalidad, y de cualquier tipo de organización doméstica.
En su adolescencia comienza una correría que incluye abandono de estudios, vida en la calle, robos para poder alimentarse, alcohol, drogas (inhaladas, aspiradas, ingeridas, inyectadas), merodeo y acoso de mujeres jóvenes en la calle y en sus domicilios, robos, detenciones, cárcel, hospitalización por sobredosis. “La universidad de la calle de Los Ángeles, ahí me matriculé”, dice Ellroy, frase a la que nos tienen acostumbrados algunos de nuestros ídolos autóctonos.
Desprecio de la cultura
No es un erudito, confiesa con gusto. Ha sido comparado con Don Delillo, líder de las letras norteamericanas, y aunque lo halaga la comparación, aclara que ha leído dos novelas de ese autor, pero que no ha sacado nada en limpio de ellas. Reconoce en cambio a Hammett, a Wahmburg, y a otras lecturas de policial negro, y revistas, muchas revistas de todo tipo. En Madrid, en una presentación de uno de sus libros, se compara a sus argumentos con los dramas shakesperianos, cuando Ellroy lo interrumpe: “Basta, vamos, es que Shakespeare me la chupa”.
Políticamente incorrecto
En su juventud se vestía de neonazi, y así, se aparecía pintando esvásticas en las paredes y cantando canciones nazis en el colegio judío de Fairfax al que su padre lo había enviado. Durante un tiempo se ríen y se burlan de él, luego es expulsado definitivamente. Con el consentimiento de su padre no retoma la escolaridad, dedicándose a vagabundear sin rumbo fijo. Antidemócrata declarado, describe a Hillary Clinton como a una tortillera marimacho. Los protagonistas de sus novelas son blancos, y se ufanan de matar a negros y mexicanos (el deporte nacional es el tiro al negro). Votante de George W. Bush, le critica sin embargo, no su política de guerra, sino el no haber firmado el tratado de Kyoto de protección de los animales.
Vegetariano estricto, su amor y empatía con los animales es una profesión de fe, y cuando un periodista le enrostra una supuesta contradicción entre este amor y la violencia sanguinaria de sus novelas, aclara: “es que se trata solo de sangre humana, no animal. Los animales son buenos”. Sobre todo los perros, es que “los perros mandan en el cielo”.
El perro
Pasea con un cronista por Madrid, de repente deja a su acompañante y vuelve sobre sus pasos. Ha visto a un perro callejero comiendo de la basura, Ellroy se acerca, lo acaricia, le habla, luego, siguen su paseo, sin hacer comentarios. Otro cronista asiste a una conversación telefónica de Ellroy con su esposa, luego de semanas de no verse: dos palabras y luego le dice: “dame con el perro”. Habla con su perro, el cronista afirma no mentir cuando dice que no era una conversación de guau guau, sino que se trataba de una comunicación muy específica con el animal, plena de interjecciones, y de silencios que le permitían escuchar las respuestas del otro lado del teléfono. En esos días, había intentado morder a una persona porque fumaba delante de él.
En otra ocasión le ladra y luego intenta morder a una periodista de ABC porque pertenecía a la sección Tecnología y no había leído sus novelas (no sé nada de computación, escribo a mano, no nos entendimos, explicó). Ha ladrado y aullado en sus conferencias de presentación de sus libros. Los personajes de sus libros duermen con perros, tienen pelos de perros en la ropa, huelen a perro, comen comida de perros, aman a los perros, casi todos, sin excepción.
Ver
Hay una figura privilegiada tanto en la historia personal de Ellroy como en sus novelas. Los delincuentes, así como los policías que los investigan, persiguen un objeto imposible, un combinado hecho de criminalidad, belleza imposible, prostitución. Un hecho delictivo privilegiado: el merodeo, el acoso, sin llegar a la violación. Es el avance despegado del Otro hacia el objeto de goce. El delito es la manera de cortocircuitar al Otro y llegar a entrar en relación con el crimen, la violencia, la muerte. Policías y delincuentes se regodean en el mismo fanatismo, en los mismos fetiches e impulsiones incontrolables. La ley, finalmente, no sólo es burlada por el gatillo fácil del policía, y no establece ningún tipo de orden. El policía desea lo mismo que el delincuente, nada los distingue.
En espejo, policías y delincuentes se funden en la transgresión, uno de sus protagonistas reflexiona sobre el criminal: “es igual que yo, es yo vuelto malvado”.
El merodeo y ataque a las mujeres es “el voyeurismo multiplicado por mil”, es el avance sobre las mujeres que andan por la calle, es el coqueteo con la violación, el aumento de la violencia desproporcionado y desenganchado del Otro, es la instauración, a través del crimen sin ley posible que la regule, de la relación con un objeto pulsional.
Fantasmas
Mis rincones oscuros es el libro de la madurez literaria de Ellroy, su narración autobiográfica. Luego de haber escrito sobre asesinatos, mafia, poder, ganando fama mundial, Ellroy retoma el asesinato de su madre. Su mujer, Helen, le había regalado una impresión de un diario de época, con una foto del escritor a los diez años de edad en primera plana, mudo de estupor ante el cadáver de su madre. Esto detona en Ellroy la necesidad de descubrir la verdad de ese crimen irresuelto que cambió su vida para siempre. Para ello contrata a un detective jubilado de la policía de L.A., desarchivando el expediente de su madre. Entrevistan a más de trescientas personas, sin conseguir ningún tipo de esclarecimiento. Lo que sí se pone al descubierto es la corrupción policial, y el dibujo de la madre del escritor a través de sus relaciones sentimentales y sexuales con personajes ruinosos y bajos. Se descubre, como en todas las novelas de Ellroy, el contacto entre el crimen y el sexo, o el goce sexual del crimen. No es de menor importancia su propia conclusión de que su vocación narrativa arranca y queda marcada de por vida por el asesinato materno. Sin embargo, no hay que pensar en un duelo, en una pérdida en clave freudiana, sino en algo que transcurre en otro registro, el de la violencia como liberación, y en su madre como Otro aplastante y persecutorio: “Un asesino, el de mi madre, acaba de regalarme una nueva existencia, magnífica e intacta”. Cuando un policía le comunica el asesinato, Ellroy escucha: “muchacho, eres libre al fin”. Su padre, al día siguiente del asesinato, lo lleva a ver Los Vikingos, con Tony Curtis, aprovechando la ocasión para darle una enseñanza: “los actores importantes de Holywood son todos homosexuales encubiertos, y usan anteojos oscuros para poder ver tranquilamente el bulto de los hombres. Es una buena noticia, cuantos más homosexuales haya, más mujeres habrá para nosotros”. En su lecho de muerte, le deja una frase: “hijo, no dejes de intentar levantarte a todas las camareras que te sirvan”.
El fantasma de salvación de una mujer asesinada o golpeada o violada, de una mujer ligera o prostituta, llenará páginas y páginas de la obra de Ellroy.
¿Un nuevo Joyce?
Si algo tiene de diferente Ellroy, eso es su estilo. Telegráfico, directo, económico, se dice que a sus novelas no les sobra ni un punto y coma. Él mismo cuenta que había enviado una de sus primeras novelas a su editor, que tenía la apabullante cantidad de más de novecientas páginas. Este se la devolvió diciéndole que esa cantidad de páginas era ilegible e invendible. Esa noche Ellroy eliminó adjetivos y conjunciones, lo cual aceleró su estilo, le dio concisión y llevó su obra a algo más de quinientas páginas.
Pero no todo es economía en su estilo. También hay múltiples repeticiones, en frases muy cortas que empiezan todas del mismo modo en un solo párrafo. Esto da un efecto de golpes de metralla hechos de palabras, y de consistencia de sentido. Por otro lado no se priva de jugar hasta el infinito con las aliteraciones de sílabas, lo cual hace cundir el pánico entre sus traductores.
Ha sido comparado con Joyce por sus comentadores, seguramente habrá que buscar con más exactitud las comparaciones.
Los que tienen padre
Uno de sus detectives declara a su compañero de ruta: “Vamos a interrogar sarasas hasta que encontremos a uno que confiese. Todos esos tipos tienen padre y complejo de culpa. Tú los engatusas y yo hago el trabajo sucio”.
Salir de la locura
Cuando Ellroy consumía drogas de farmacia (el LSD era para hippies maricones), no sólo escuchaba voces, sino que tuvo un fenómeno de separación de su nombre. Durante un tiempo no recuerda su propio nombre, despersonalizado y angustiado, inmerso en un goce sin nominación, desamarrado de lo simbólico. Se interna en un servicio hospitalario. Escribe en la pared del hospital: I’m not gone insane (no me voy a volver loco), luego de lo cual ingresa en Alcohólicos Anónimos, donde encuentra en la narración novelada su modo particular de enlazar sus fantasmas y su goce de la violencia, como modo terapéutico de salvación personal y de autotratamiento literario. La escritura hace nominación donde no había síntoma estabilizante.
La obra de Ellroy es un derrotero pleno de efectos, no se trata de algo aislado, casual, sino de un anudamiento consistente y firme. Tiene mucho para enseñar acerca del autotratamiento, sobre cómo trabaja la escritura cuando trata de unir la letra a la pulsión. Este sujeto está signado por lo real sin ley del crimen y en particular del crimen sexual. Algunos piensan que escribe siempre variaciones sobre el crimen de su madre. La Dalia Negra, su novela fundamental, es sobre un caso similar al de su madre en muchos aspectos; se trató de un caso real en Los Ángeles, en el que una mujer joven apareció cortada por la mitad a la altura de la cintura, con su vestido negro aún puesto. La prensa la bautizó como “la dalia negra”. Tanto ese crimen como el de la madre de Ellroy nunca fueron esclarecidos. Ellroy tiene obsesiones con este tipo de crimen, una herida abierta –quizás más allá de este crimen, el agujero de lo que no se anuda– y quizás, el crimen mismo se ha convertido en una trama fantasmática de suplencia. La escritura de ficción le ha servido para hacerse su síntoma, devolviéndole su nombre y elevándolo a la categoría de autor de culto.
M. H. Brousse lee la prosa de Ellroy en tanto representante de un nuevo paradigma de síntoma, el síntoma que emerge de la pluralización de los nombres del padre, diferenciando esta multiplicación de la forclusión, articulada a P0. Ellroy sigue siendo un tema abierto: pieza esencial de la generación que renovó el policial duro, él mismo se transforma en un personaje saliendo de una de sus páginas, y esto llena de admiración a sus lectores fanáticos. Su personalidad es un argumento de venta, su imagen es parte del texto, en ese sentido es uno de los escritores en los que la obra es difícilmente separable de la personalidad del autor. En todo caso, ha tenido la astucia y la capacidad de incorporar muchos aspectos de su historia bizarra al texto y convertirla en literatura, de modo que la cuestión diagnóstica termina pareciendo un tema lateral, al lado de la humanidad que desprenden sus páginas, plenas de crueldad y compasión al mismo tiempo.
James Ellroy nació en Los Angeles in 1948. Su madre era enfermera y su padre, contable. Cuando sus padres se divorciaron en 1954, se mudó con su madre a El Monte (una zona deprimida en Los Angeles). Allí fue asesinada su madre cuando James tenía solo diez años. Durante su adolescencia fue expulsado del instituto, se enroló en el ejército, pero lo dejó para cuidar de su padre enfermo. Tras la muerte de éste se dedicó de lleno a la vida delictiva, dormía en las calles y estuvo en la cárcel; se entregó al alcohol y a las drogas y padeció neumonía en dos ocasiones, hasta que finalmente decidió rehacer su vida, apuntándose a Alcohólicos Anónimos y trabajando como caddie de golf, profesión que le permitía ganarse a la vida mientras escribía. Entre sus obras más destacadas se encuentran La Dalia negra y L.A. Confidencial. Se autodenomina «el perro diabólico de la literatura negra americana».
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ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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