Marc, la sucia rata. Los pro y los contra de hacer dedo – José Sbarra

Marc, la sucia rata. Los pro y los contra de hacer dedo –  José Sbarra

Estado: nuevo.

Editorial: Torres Agüero Editor.

Precio: $300.

En la revista digital TE VOY A ATORNILLAR  que hacemos con Pablo Klappenbach y Andrés Tejada Gómez publicamos este libro de José Sbarra completo para que lo pueda leer quien lo desee:
Marc,la sucia rata – José Sbarra – Te voy a atornillar
tevoyaatornillar.com.ar/tvaat1/PDF1/JoseSbarra.pdf
LA JOVEN PROSTITUTA
El me habla. Cuando hice dedo no había distinguido que era él. Hay miles de camiones en esta ruta y di justo con el de mi padre. Me miro las manos. No puedo evitar sentir que estoy al lado de un extraño. No me gusta alejarme de la ciudad universitaria, por eso hago dedo acá. El encuentro fue absurdo, pero hubiera sido más absurdo fingir que no. Que no nos reconocimos. Que voy para otro lado. Que va hacia otra parte..
Es cruel la evidencia de que le he hecho perder la posibilidad de tener una aventura. Sería más insufrible decirle que mejor me bajo, que estoy perdiendo tiempo y dinero. Soy su hija. ¿Vas a la universidad o no? Sí que voy. No me cree. No entiende que pueda estudiar y hacer la calle. No es que no pueda entender. Son los tiempos que cambian: se consuela. Hablamos sin mirarnos. Tratamos de que no se encuentren sus pupilas en mis pupilas. No haga mas más obvia la pesada incomodidad de esta confusión: me suplica al no mirarme. Pertenecemos a distintos sexos. Me gustan los hombres. Estar con ellos. Entre ellos. El lo sabe. Sabe que me acuesto con distintos hombres. Que cobro. Tengo éxito en lo mío. Soy la más joven de todas. El también tiene éxito con las otras. Gusta. Me lo contaron. Si no fuera mi padre me llevaría a un hotel. O a otra parte. Intentaría poseerme a cualquier precio. En cualquier sitio. De cualquier manera. Pero es mi padre. La idea le pasa por la mente. Mira hacia el camino y habla. Se autocastiga. Habla de temas que no me importan. De mamá. De por qué no vuelvo a casa. De que la familia es lo mejor. De que si mamá no me habló de mujer a mujer. Le respondo que sí. ¿Y qué te dijo? Me dijo que si quería tener un departamento debía trabajar dieciséis horas o abrirme de piernas. Que no me enamore de mis clientes. Que no me enamore de nadie si quiero llegar a algo.
Sigue con que la calle es peligrosa. Que nadie me va a ayudar con desinterés. Que el mundo es una mierda. Que los padres, aunque no sean perfectos, son preferibles a andar por ahí como una huérfana. No quiere que me hagan gozar y que encima me paguen. Le pasan las imágenes por la cabeza y sufre. Pregona las buenas costumbres, pero sabe que son mucho más aburridas que las malas. Trabaja de padre. Trata de convencerme sin presionarme.
Mis piernas lo perturban. Mis pechos bailan con los saltos qua da el camión. Su camión es su instrumento. Su coartada. Su pasaporte. Le ha servido para serle infiel a mi madre. Para alejarse de ella honradamente. Para no verla todo el día. Para no tener que dormir junto a ella todas las noches de su vida. Para no odiarla aún más.
No nos miramos a los ojos por temor a verificarnos ajenos. Como si su paternidad hubiese sido el desproporcionado precio de un instante de placer. Demasiada carga la paternidad para un olvidado desahogo. Conduce atento. Observa a los otros vehículos. Clava su mirada en la nunca más imaginaria línea del horizonte. No me mira. No soporta la certeza de que su hija es una prostituta.
No me mira para no tener que aceptar que me desea. Que la desea. Y que, tal vez, su hija también lo desea a él.
Los vehículos se detienen. A lo lejos algo obstaculizó el camino. Se ve humo. Los autos que van en ambas direcciones deben pasar de a uno por vez. Lentamente. Anochece.
Le pregunta a su hija si quiere volver a casa con él y con su madre. El la puede llevar. Su hija no responde. Me lo ha preguntado sin mirarme a los ojos. Nunca lo hará. Ya nunca lo podrá hacer. Sabe que ya es tarde para empezar a hacerla ahora, a mirarme ahora. Pero por sobre todas las cosas teme entender que necesito su amor. Que lo necesité siempre. Está dispuesto a darme lo que le pida, pero no un poco de amor. Si la mira, su hija le pedirá amor. Lo sabe. No quiere que se lo pida, ni siquiera con los ojos. Lo irrita que yo no sea más hipócrita. Que no me parezca a mi madre. Que no me haya casado. Que no haya querido jugar a mujer que-se-enamora-es-engañada-calla-y-perdona. Me daría vergüenza perdonar. Tener que escuchar a un hombre inventando excusas.
No me mira. No me perdona que no le pida perdón por nada. Lo incomoda mi incapacidad para la mentira. El transito sigue detenido. El padre desciende para averiguar qué sucede ahí donde hay humo y por qué no se puede avanzar.
Conversa con otros camioneros. Es un hombre atractivo. Viril como una película de cowboys. Si tuviese setenta años todo sería más fácil. O tal vez no. Quién sabe.
Vuelven a moverse las luces en ambos sentidos. Los conductores que habían bajado al pavimento regresan a sus sitios.
El padre se sienta y dice: hubo un accidente. Pero la muchacha ha desaparecido.
El padre no ve el espacio vacío sino más tarde, mucho más tarde. Las ruedas del camión echan a rodar. Una estela de vehículos lo sigue.
El perfil de su hija se recorta al costado del asfalto, entre las otras putas, contra la sombra oscura de los árboles.
AMADONERVADA
-poster-:
No.
Yo no fui el arquitecto de mi propio destino, ni el musicalizador, ni el director de fotografía, ni la cortadora de negativos, ni el maquillador. Yo no fui el arquitecto de mi propio destino. No me dejaron alcanzar un balde de sangre para llenar alguna vena, ni siquiera pude dar una mano para que lo pusieran de pie a mi esqueleto. Nada. No fui invitado a la inauguración de tan precario y fundamental monumento. No me pidieron ni la más breve opinión, ni siquiera un sí o un no dados con la cabeza. Participaron todos menos yo. Se metieron sin que los llamara. Se atribuyeron grados de parentesco, derechos y afinidades. Asistieron a mi entronación para vestir de fiesta sus egoísmos, tal vez porque tampoco a ellos les habían permitido ser los arquitectos de sus propios destinos.
Intentaron convencerme de que yo era el arquitecto de mi propia vida cuándo ya me habían rajado los cimientos, retorcido las columnas, aplanado la bóveda. tapiado los ventanales, humedecido los sótanos, oscurecido las claraboyas y entristecido las raíces del jardín.
Hubo uno que escribió que había sido el arquitecto de su. propio destino. Allá él con su andamiaje. Yo no construí nada. No fui el diseñador de la catedral de mi culo ni del burdel de mi alma.
LOS PRO Y LOS CONTRA DE HACER DEDO
I
Una mujer está sentada en la terraza de un bar cercano a la estación.
No hay nadie más que ella y un camarero en ese bar.
Es la estación de un pueblo pequeño, insignificante. Las vías del tren están próximas a las mesas desocupadas.
Ella bebe un refresco y espera. Es evidente que espera a alguien que llegará en un tren.
Su maquillaje cuidado, su deliberada elegancia, su actitud alerta, su perfume, hacen suponer que espera a un hombre. Al único hombre que amó.
Tal vez por eso, o por la inabordable tristeza de sus ojos, el camarero no se atreve a decirle que la estación fue abandonada hace mucho tiempo y que por esas vías ya no pasará ningún tren.
II
Ella lo sabe. Pero ella espera porque la estación está aún ahí, y también están las vías.
Ella espera porque la tarde está soleada y la brisa la toca suavemente.
Ella espera, no sabe hacer otra cosa.
Si se viste, si se peina, si aún acepta repetir los pobres estos de la vida, si se toma el trabajo diario de no morir, si trata de pensar que valen la pena el sol y la tarde y la brisa, es porque cree en la espera.
Ella espera, no hay otra razón.
III
El camarero vuelve a llenar la copa de la hermosa mujer.
Ella no lo ha mirado, pese a que no hay otro ser a su alrededor. No obstante, agradece el nuevo refresco con la vista dirigida hacia la antigua estación.
La tarde decae. Lenta. Triste. El paisaje toma el color de las películas mudas.
Se han encendido los faroles de la terraza, aunque ninguna otra alma viviente se siente atraída hacia el lugar.
La mujer, dignísima, se pone de pie, deja unos billetes sobre la mesa y se marcha rumbo al pueblo.
La fina silueta se aleja morosamente sobre la hierba del solitario camino. El camarero la ve marcharse y tiene una súbita sensación de asfixia en el pecho.
IV
Si mantiene abierto ese bar al lado de una estación abandonada, al cual no acude la gente del pueblo, si se viste, si se peina, si soporta diariamente los pobres gestos de la vida, es sólo porque espera a una mujer.
Espera a una mujer demasiado importante, demasiado hermosa, con una tristeza inabordable en los ojos.
V
La mujer mira las vías muertas sentada en el bar de la vieja estación. Mantiene una actitud indiferente con el entorno porque está enamorada.
Ama demasiado a ese camarero y tiene miedo de que él no la quiera.
Por eso todas las tardes se sienta en la terraza del bar. Bebe un refresco y finge.
Finge que espera a alguien que no vendrá.
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Cuerpo – Harry Crews
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ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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