Ante la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach

Ante la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo KlappenbachAnte la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo KlappenbachAnte la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo KlappenbachAnte la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach 1Ante la ley. El relato prohibido de Carlos Correas – Una película de Emiliano Jelicié y Pablo Klappenbach 22

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La manía argentina
Carlos Correas 
En la revista digital que hacíamos junto a Pablo Klappenbach y Andrés Tejada Gómez TE VOY A ATORNILLAR 3, publicámos el primer capítulo del libro de Carlos Correas La manía argentina, Escuela de guerra, libro que por entonces permanecía inédito.
La manía argentina
Carlos Correas  (introducción: José Fraguas)
INTRODUCCIÓN
Correas es un intelectual argentino que nació en la década del 30 y escribió su obra durante la segunda mitad del siglo XX. Su entrada en el campo intelectual argentino esta asociada al juicio por inmoralidad que debió enfrentar a raíz de la publicación de su cuento “La narración de la historia” en 1959.   Pasaron varias décadas antes de que el texto fuera reeditado aunque ha sido objeto de diversas lecturas: como policial negro, como sociología de los bajos fondos, como el cuento de tema homosexual más logrado de la literatura argentina.
Presentamos a continuación un fragmento de  La manía argentina  ensayo escrito a mediados de la década del 80 y aún sin publicar.  En este texto Correas parte del discurso de las Fuerzas Armadas argentinas durante la última dictadura militar, en particular del uso de la palabra “guerra” en expresiones del tipo “guerra contra la subversión anarco comunista”. Para Correas los intelectuales argentinos muchos de los cuales se definen como socialistas o marxistas desdeñan, descartan o se distraen en lugar de intentar esclarecer el sentido de guerra, subversión y terrorismo. Esta  imposibilidad de reflexión sobre estas cuestiones muestra un mecanismo de negación que genera un déficit de realidad y que deriva en algunos casos en fabulación y mentira. Correas define esta perturbación  como una defensa maníaca ante la violencia incomprendida que humilla o un terror enorme que inhibe la facultad de pensar.
La manía se manifiesta también ante otro tema que también es sintomáticamente elidido cuando debiera ser central en la reflexión del intelectual: la tortura. Dicha centralidad deriva, según Correas, de por lo menos dos razones: los intelectuales requieren libertad de expresión y la tortura es el límite corpóreo de la libertad. Pero además porque el intelectual busca la comunicación, consigo mismo y con lo demás, y la tortura es lo incomunicable.
En   La operación Masotta,  libro que la crítica calificó como bello y exasperante, además de señalar la inédita combinación de géneros que efectúa, autobiografía, biografía y ensayo, entre otros, Correas  sin dejar de ser corrosivo se ocupaba de alguien que, según él, merecía más y mejores lectores. En  La manía argentina , en cambio, plantea que se ocupa de intelectuales a quienes jamás se injuriará suficientemente: Sebreli y Ramos, pero sobre todo Víctor Massuh quien mejor ejemplifica la manía intelectual argentina.
Correas concibe a la injuria como un género literario y la opone a otras formas de antagonismo impotente como puede ser un ataque rabioso de acusaciones e insultos. Algunos ejemplos de cómo Correas desarrolla este arte de creación de epítetos que pueden estar dirigidos tanto a  las personas como a sus dichos. De uno de los intelectuales de los que se ocupa indica: “Los que lo critican ignoran la secreta perfidia de mujer de esa desabrida alma refugiada en el autismo. No se le puede discutir pues habrá de mentir, siempre, como buscona acorralada”. Y más adelante define a este autor como “unión del ordinario atolondramiento de la flapper literata con la malignidad pederástica”. Los planteos de los intelectuales que padecen la manía argentina reciben por su parte los siguientes calificativos: “indigno hasta de un bazar de chascos”, “chismorreo inverificable”, y “adulteración del objeto en pro de la complacencia del autor consigo mismo”.
Hemos dado apenas algunos ejemplos de la acabada muestra de su crítica disolvente que Correas da en   La manía argentina  que es también, entre otras cosas,  uno de los más lúcidos análisis para la interpretación del pasaje de la última dictadura argentina a la democracia.
ESCUELA DE GUERRA*
Carlos Correas

Desde marzo de 1976 nuestros militares han obrado un ascenso en el pueblo argentino al educarlo conceptualmente en y para la guerra. La generalización y diversidad de la lucha real contra la “subversión” y el “terrorismo” (1) provocaron ese avance con incomparablemente mayor eficacia que las pantomimas del “servicio militar”. No sólo aprendimos, desde la inspiración de Clausewitz, que la “guerra es un conflicto de grandes intereses resuelto mediante derramamientos de sangre” y “acto de fuerza para obligar al enemigo al cumplimiento de nuestra voluntad”, sino que nuestros militares intentaron, y por lo común con éxito, “guerrificarnos”: imbuirnos en e impregnarnos del “estamos en guerra”, reiterado, divulgado comunitariamente, interpelando a un “nosotros los argentinos” por el que debíamos incluirnos todos los argentinos en el peculiar fenómeno social y político de la guerra. Así, un comunicado del comando del I Cuerpo del Ejército acerca de un tiroteo finaliza con este párrafo: “Debemos tener en cuenta que no sólo existen en esta guerra dos bandos, uno, el de los argentinos que tiende, mediante el trabajo honesto, a ser orgulloso de su destino, otro, el de la subversión que pretende aplastar la libertad individual creadora, hay un tercero, el de los indiferentes, los que no toman conciencia de lo que ocurre en su país. Al primero debemos honrarlo, al segundo aniquilarlo y al tercero llamarlo a la reflexión para lograr el bienestar común” (2) . O bien: “… amplio operativo efectuado por numerosos efectivos del Ejército en una amplia zona del sur del Gran Buenos Aires […] En cada domicilio o inmueble revisado las fuerzas de seguridad dejaron a sus ocupantes tres volantes. El primero consignaba lo siguiente: ‘Ciudadano, la lucha contra la subversión exige a todos una cuota de sacrificio. La paz, la seguridad y la libertad para Ud. y su familia se ganan cada día. Su colaboración es necesaria. Facilite la acción de las fuerzas legales’. El segundo texto expresaba: ‘Ciudadano: ¿se ha preguntado a quién favorece la subversión? ¿A la Argentina o a sus enemigos? ¿A Ud. y a su familia o a la inseguridad? ¿Se ha preguntado si ellos trabajan o de dónde sacan la plata? Mientras usted trabaja muchas horas al día, ellos se dedican a destruir y asesinar. Estamos en guerra. No hay neutrales. Ud. tampoco lo es. Comprenda que la paz, la seguridad y la libertad hay que ganarlas cada día. Actúe en consecuencia’. El último volante decía: ‘Ciudadano: ¿Por qué la subversión ataca a nuestra patria? ¿Es el nuestro un país miserable, de ignorantes o de esclavos? ¿Cómo se explica que se digan salvadores de la “clase obrera” y no haya obreros en sus filas? ¿A quién favorece el enemigo? En la respuesta está la clave. Ud. es parte de esta guerra y en ella no hay neutrales. Actúe en consecuencia'” (3) .
Acaso habría que prever asimismo la resistencia a dejarse involucrar en la guerrificación, lo que Clausewitz llamaba “fricción”, por lo que la creación del “hábito para la guerra”, o del “espíritu de guerra de un pueblo”, debiera ser el “lubricante” que disminuye la fricción. Pero veamos por lo pronto una fijación de sentidos, en un lenguaje no obligatoriamente incompartible: “Subversión es un término técnico que tiene un sentido preciso: es un esfuerzo sistemático, efectuado por un grupo organizado, para derrocar una sociedad existente. Persigue como finalidad la destrucción del régimen tradicional vigente y el deseconocimiento de las autoridades establecidas para reemplazarlas por elementos propios […] El subversivo […] trabaja bajo la cobertura de la confusión semántica; los marxistas aparecen pidiendo mayor libertad, con la finalidad, precisamente, de suprimirla […] el terrorismo es una forma abierta de intimidación […] El grave problema ideológico que enfrentamos, con definidas características de guerra interna, obliga a todos los ciudadanos […] a comprometerse en su lucha. Nadie puede soslayar responsabilidades. La ingenuidad y la indiferencia implican complicidad subversiva […] no se trata de una lucha librada sólo por las Fuerzas Armadas, sino que la lucha es de la Nación toda contra la subversión (4) . Añadamos aquí otra precisión sobre el terrorismo: “… lo que define la acción es el móvil político de la misma y no el procedimiento utilizado. El terrorismo es sólo un procedimiento para imponer una voluntad política sobre otra, en ese margen para la guerra que ha dejado la disuasión nuclear […], no es una ideología, sino un procedimiento de lucha, en principio sin signo” (5) . Por lo demás, esta subervsión-terrorismo es expuesta como determinada manifestación del marxismo o del marxismo-leninismo: “… la agresión que sufre la República [Argentina] […] como parte del a agresión subversiva marxista a nivel mundial […] La naturaleza de esta agresión deriva de la filosofía política que la origina y alimenta, el marxismo […] El objetivo último de la subversión es la toma del poder por la violencia para instalar un estado totalitario marxista-leninista que convierta a la Argentina en un satélite más de dicho imperialismo” (6) .
Tal guera ha sido tomada como sin término en un futuro al menos próximo: “En el estado de virtual guerra internacional en que se halla el mundo […] En un mundo en el que rige una guerra permanente” (7) . “La victoria militar sobre las organizaciones armadas terroristas es una realidad. No obstante sabemos que el adversario no se ha dado por vencido. Se ha replegado, ha vuelto a la clandestinidad, pero no ha cejado en su insidioso accionar. Estamos firmemente decididos a continuar sin descanso la lucha en todos los campos.” (8) . “La que debemos llamar, sin eufemismos, tercera guerra mundial no declarada […] La guerra continúa” (9) . “… la sangre derramada por nuestros hombres ha servido para ganar la guerra armada. Pero basta con mirar al mundo para comprender que la acción marxista, imperialista y disolvente continúa implacable” (10) . También se pone una moderadamente amplia antecedencia histórica de la subversión en la Argentina: “… ya nuestro país había sufrido la subversión anarco-comunista en enero de 1919 en nuestras grandes ciudades y en la Patagonia en 1920 y en 1921 […] desde la década de 1960 volvimos a sufrir la agresión subversiva […] Estamos, pues, los argentinos, como todo el mundo libre, frente a la guerra subversiva comunista, que es la forma en que se desarrolla esta Tercera Guerra Mundial […] No podemos pensar que hemos triunfado con sólo terminar con los subversivos violentos. A las pruebas me remito: en 1921 terminamos con ellos, de nuevo en 1972, y tuvimos que hacerlo otra vez en 1979. Por eso si no actuamos en todos los campos, si no persistimos en una acción estratégica general coordinada, total y continuada, sufriremos de nuevo los argentinos la violencia, el terrorismo, la guerrilla” (11) .
Otras categorías relevantes en la guerrificación son, por último, las de “nihilismo”, “clasismo” y “totalitarismo”. Más que un análisis, definición o justificación teórica de las mismas -descartables precisamente en la medida en que la guerra se torna   práctica   extrema-, hallamos un uso de esas categorías en su acepción más intensa y ambiguamente afectiva: “El Poder Ejecutivo prohibió […] el libro   Ganarse la muerte   de Griselda Gambaro […] En los fundamentos del decreto se señala que del análisis del libro ‘surge una posición nihilista frente a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone'” (12) . En nuestros editoriales del año pasado […] expresamos entonces nuestro pesar por la incomprensión que se manifestara e ciertas partes del mundo cuando los argentinos decidieron asumir su defensa y derrotar a la subversión terrorista, tanto en el terreno de las armas como el de las coincidencias. Aclaramos que nuestra lucha era ignorada y nuestros sacrificios juzgados ligeramente por quienes sólo prestaban oídos a los propagandistas del nihilismo internacional.” (13) . “Prohibición de literatura marxista […] por decreto del Poder Ejecutivo. Respecto a la prohibida revista   Prólogo   el decreto expresa que contiene un concepto clasista en sus notas extraño al sentir nacional” (14) . “… o triunfa la democracia o la delincuencia subversiva nos impone el estado totalitario marxista” (15) . “En los regímenes totalitarios […] un grupo de hombres decididos […] se encarama en el poder e impone su autoridad basada en la fuerza, el temor, la delación […] En la historia universal y contemporánea podemos encontrar todos los ejemplos y todos los matices. Es más: recientemente tuvimos oportunidad en nuestra Argentina de soportar el embate de quienes en forma decidida y con claridad de metas quisieron imponer por la fuerza un sistema de vida reñido con nuestras más profundas convicciones, con nuestra filosofía y estilo de vida” (16) . “Las ideologías totalitarias estarán completamente excluidas y se considerará inaceptable el propósito de fomentar la lucha de clases, la propiedad colectiva de los medios de producción…” (17) .
Quizá la “antecedencia histórica” de la subversión en la Argentina puesta por el general Luciano B. Menéndez (enero de 1919: la “Semana Trágica”, como “obvia derivación-repercusión-exportación” de la revolución bolchevique de octubre de 1917) pueda aparecer insólita, otro ejemplo de la “ilusión retrospectiva” -la tendencia a remitir al pasado, al estado de posibilidades o virtualidades, las realidades actuales; en el caso se trataría de una subversión que no existiría más que por retrospección; llevaría así el destino de la infancia, de la inocencia, de la felicidad-; pero observamos que al concepto central es aquí el de ‘Tercera Guerra Mundial’, que es revolucionaria o subversiva, presumiblemente desencadenada por el comunismo en 1945, cuando Rusia ‘comprende’ que no podría vencer en una guerra formal. Acaso sea reciente el   empleo   de este concepto, su formulación y elaboración entre nuestras Fuerzas Armadas. El general Menéndez lo expresa así: “Pocos, muy pocos, han señalado claramente que en realidad estamos envueltos en la Tercera Guerra Mundial” (ib.). Acaso el general Menéndez vivió en su pasado una época en que aún no había advertido ni interpretado, o hasta ni analizado o explicado el ‘hecho’ de esa Guerra, de su comienzo, alcance y proyección, ni se había apropiado de la noción, no indispensablemente dudosa ni inquietante, de ‘Tercera Guerra Mundial’. Y los intelectuales, uno de cuyos objetos regulares de reflexión debiera ser la guerra, no tendrían que descartar   sans-gêne   como “supuestas guerras” las guerras que practican y de las que hablan nuestros militares. Aún más, una publicitación e inculcación satisfactorias de los registros:”Subversión anarco-comunista en enero de 1919 en nuestras grandes ciudades y en la Patagonia en 1920 y en 1921″ y “Tercera Guerra Mundial en la que estamos y vivimos desde 1945”, habría vuelto quizás inepta esta versión de Borges sobre   Don Segundo Sombra   como elegía: “Un pesar que el escritor tal vez ignoró […] el temor, ahora inconcebible y absurdo, de que, concluida en 1918 la guerra (the war to end war ), el mundo entrara en un período de interminable paz. En los mares, en el aire, en los continentes, la humanidad había celebrado su última guerra; de esa fiesta fuimos excluidos los argentinos;   Don segundo   quiere compensar esa privación con antiguos rigores. Algo en sus páginas hay del énfasis de   Le feu , y la noche que precede al arreo (“De peones de estancia habían pasado a ser hombres de pampa. Tenían alma de reseros, que es tener alma de horizonte”) se parece a la noche que precede a una carga de bayoneta. No sólo dicha quiere el hombre sino también dureza y adversidad” (18) .   Don Segundo Sombra   aparece en 1926. Pienso que si Güiraldes hubiese compartido, o, tal vez mejor, intelectualmente   anticipado , la teorización de nuestros militares de los acontecimientos de la “Semana Trágica” y de 1920 y 1921 en la Patagonia como formas de   guerra   contra la subversión anarco-comunista, habría tenido ‘la fiesta de la guerra’ aquí, en la Argentina, fresca, ardiente, la dureza y la adversidad; pienso que no habría querido compensar privación alguna. Pero habrá que entender a su vez como “fricción (desacuerdo) de guerra”, la negativa, el silencio, el íntimo desdén, la distracción o la desatención de los intelectuales respecto a compartir las guerras o las fórmulas de guerra de nuestras Fuerzas Armadas.
“Guerra”, “subversión”, “terrorismo”, “nihilismo”, “clasismo”, “totalitarismo”, “delincuencia político-marxista…”: las comillas nos distancian de esos términos en cuanto son el lenguaje del Otro y sus respectivos sentidos nos dominan en cuanto ese Otro nos domina; el entrecomillar es preservarse: marcamos nuestra separación y, en fin, la disparidad: nos negamos a “recortar y delimitar nuestro objeto -la guerra, la subversión, el terrorismo…- con arreglo a los mismos criterios de quienes lo definen y lo utilizan como tal”; nos negamos a considerarlos también “válidos” para nosotros, a “identificarnos con la imagen de nosotros mismos que la interpelación nos propone”. De acuerdo. Pero el problema cabal es aquí no tanto el de las “atribuciones dudosas” de esos términos, sino el de la “comprensión” -las determinadas notas contenidas- de los mismos. Entendemos el sentido de subversión, y aun admitiremos que “los militares juegan a ser militares, les encanta imaginar la peligrosidad de alguien que no ofrece peligro alguno”. Y si en el caso deploramos como “acusación superficial” o “caricaturización” o “presunción infundada” o “estereotipación abusiva”, el “tipificar”, “Interpelar”, “categorizar”… a alguien como “subversivo”, “terrorista”, “delincuente político”, “marxista”… cuando ese alguien no es fundadamente (“objetivamente”) tal y es “inocente”, deberemos concordar cuando, en el caso, la acusación sea sólida y profunda y la presunción sea fundada (“objetiva”). Si una acusación fundada caracteriza como “terrorista” a quien es fundadamente terrorista, entonces este individuo habrá de ser justificadamente castigado según las cualesquiera formas de castigo disponibles en la ocasión para el terrorista, desde los “asesinatos, mutilaciones, torturas especialmente sádicas” hasta los indagados, imputados, procesados y penados judicialmente; pues no podemos menos que suponer que el “real o potencial” terrorista debe estar informado de, o al menos imaginar fundada y objetivamente , las cualesquiera formas actuales de castigo que puede recibir. Aparecerá en nosotros la grosera, pero de ningún modo irreal, “ley del talión”. El terrorista aniquilado lo será por el terror y el subversivo exterminado sucumbirá bajo el riesgo que él mismo decidió correr; quien intenta poner en práctica su “ilusión” política “paga su error con la vida”: aquí y ahora el talión nos determina, nos lo propongamos o no. Precisamente los “excesos de la represión” conciernen a los aniquilados como “terroristas” sin serlo realmente ni haberlo sido jamás o bien sólo presuntamente; entonces, aquí, “caracterización infundada”. Pero estos “excesos de la represión” habrán de ser compensados por los que llamaremos “defectos de la represión”: “Terroristas”, “subversivos”, “marxistas”…, “reales o presuntos”, que por “el error y el azar” no han sido aniquilados como “deberían” haberlo sido, “de hecho” y “de derecho”; aún sobreviven, actúan abierta e impunemente o se reservan o persisten “solapadamente” en su alevosidad, etc. Desde luego, el efectivo subversivo-terrorista quiere ser eficaz , rendir, producir; no se declarará subversivo-terrorista a menos que esta declaración sea una manera de ser eficaz en algún caso, ya muerto, ya encarcelado, ya torturado para emitir falsas confesiones, etc.
Ahora bien, la separación advertible en determinados intelectuales de izquierda -o que se tienen por tales- entre “subversivo” y “terrorista”, y en la que el acento carga negativamente en “terrorista”, trasluce, y en sentido intuitivamente pertinente, reticencia, malestar. No se desaprobará la subversión, en tanto revolución, en tanto socialización de los medios de producción social, pero se condenará a los “terroristas” o al “terrorismo” en tanto procedimiento para imponer una voluntad política a otra voluntad política por medio del terror; por lo que el terror es esencialmente militancia política y praxis bélica . Se puede hablar, y hasta se habla, de una “revolución en paz”, pero ¿cómo concebir un “terrorismo en paz”? Si la subversión-revolución es fin y cae preferentemente del lado de la teoría, se pensará, hablará y escribirá positivamente acerca de ella sin que necesariamente se deba acudir a otra actividad alguna, pacífica o bélica, como medio de militancia, pero entonces seremos subversivos escolásticos, subversivos sin nadie efectivamente subvertido por nosotros, vale decir, seremos intelectuales tradicionales o “clásicos” (19) . Por prudencia, y para reservarnos la eficacia intelectual, para no ser aniquilados -aniquilación cuya única virtud es la de ser irresistible-, no nos proclamaremos, ingenua o suicidamente, subversivos. Pero si el terrorismo es medio y cae preferentemente del lado de la práctica, entonces o bien seremos meramente terroristas en nuestra imaginación, soñaremos que militamos aterrando a otros, o bien seremos positivamente terroristas si actuamos de modo que al menos uno de nuestros prójimos resulte aterrado por nosotros. Y como el terror esencial es aquel que aterra con el dilema de esclavitud o muerte, ya muerte simple, ya muerte horrible, en el terror se incluye incodicionadamente la guerra. Nos reencontramos, pues, con la guerra. — Hasta aquí, sin embargo, no hemos rozado sino problemas en penumbras, y si pretendemos un planteo intelectualmente válido de los mismos, y una disipación de la penumbra, debemos gustosamente volver a la guerra, a la profundización y fijación en idea de su sentido. Y con ello, por lo demás, transparento uno de los modos en que he sido también guerrificado.
Considero que la teoría de Clausewitz sobre la guerra hiede en última instancia a espiritualismo; y digo “en última instancia” porque la consabida y meritorizada politicidad de la teoría (“la guerra como expresión, elemento y, algunas veces, argumento final de la política”) radica en las “fuerzas morales” del talento del jefe, en las virtudes militares del ejército y en su espíritu nacional. La lucha política -la lucha por el poder de una voluntad sobre otra- desemboca en el triunfo de un espíritu nacional sobre otro espíritu nacional; triunfo que será “legítimo” en cuanto triunfo de una fuerza moral más fuertemente moral que la fuerza moral extranjera; la política es aquí política exterior. Se trata, para nosotros, de la figuración que opone mutuamente los “espíritus” en la política nacional del Estado. La guerra es guerra nacional, y ésta es lucha entre diversos espíritus que con ejércitos, medios armados y sangrientos, buscan imponer el dominio de las respectivas naciones tuteladas por ellos.
Este particularismo espiritual-nacional rígidamente belicoso se diluye cuando localizamos la guerra en el idealismo de Hegel. Los estados son momentos del material con que se realiza históricamente el espíritu universal, forma última en que se manifiesta la Idea. Y la guerra es el momento en un Estado en que éste manifiesta (realiza) su fuerza interna: la cantidad de su capacidad para exigir a todos los ciudadanos y la cantidad del valor de éstos para responder a esa exigencia; o, con otros términos, en el momento de la guerra el Estado manifiesta su salud ; en la paz, en cambio, no hay más que goce y actividad en lo particular de cada uno, y el gobierno es una prudente paternalidad que exige sólo lo habitual a los ciudadanos (20) . Y como lo habitual en los ciudadanos es su ser burgueses -el cuidado de la propiedad y del derecho privado, la libertad individual-, la guerra, al poner en juego la totalidad de la vida de un pueblo, pues obliga al burgués a enfrentarse con el muy inminente aniquilamiento de su propiedad particular y de su privacidad. La guerra es esta elevación de la libertad individual, negativa, abstracta (aislada) a la libertad comunitaria, positiva, concreta (compartida) (21) . Y precisamente el burgués -el hombre particular- es el idiotés griego, el aislado, el hombre privado (de razón, de sentido racional , esto es, sentido universal político ), que no se interesa por lo comunitario ni lo comprende. Es el enajenado, el loco: el hombre apocalíptico. Para aquel aislamiento que lleva a la enfermedad que es la locura, la guerra es una terapia…, si la aceptamos y nos entregamos a ella. A este individuo burgués que aspira a la seguridad personal, el gobierno, mediante la guerra, debe hacerle sentir su amo, la muerte (22) . La guerra ha incluido entonces una significación interna: fortificar la cohesión de la sociedad al combatir -y suprimir- la distinción burguesa. Ahora se ha explicitado también la guerra dentro de un Estado, y del Estado moderno, que es guerra social, civil, o política interna. Y como la propiedad privada, la seguridad y la vida se juegan en la guerra, hay que habérselas en serio -en, por y para la guerra- con la vanidad de bienes y cosas particulares y temporales; pues la vida no es necesaria ante el reino más alto de la libertad (concreta, común) a la que nos conduce la guerra (23) . Sin duda que en esta guerra interna se enfrentan dos derechos en la sociedad civil-burguesa, pero precisamente aquí la guerra no es para decidir cuál derecho es el legítimo o el auténtico -pues el hecho de la guerra prueba más bien que las dos partes tienen cada una un derecho auténtico-, sino cuál derecho debe ceder ante el otro. Por lo demás, es mediante la guerra revolucionaria como el burgués deviene ciudadano.
Admitamos que Hegel, al menos parcialmente, nos ha afirmado el terreno y nos ha alumbrado y aireado el ámbito de nuestra reflexión sobre la guerra. Ahora respiramos en la guerra; nos reconciliamos con la guerra; nos cercioramos de que la guerra no es arbitraria ni extraña a nuestra “moderna naturaleza humana”. Sólo que esta reconciliación ocurre en la idea filosófica , o, mejor, en la idea del filósofo Hegel. En y por él, nosotros encontramos reseñada la justificación de la guerra; pues Hegel filósofo sabe los designios justificatorios, que son los designios del “preter supremo, que es sólo el espíritu universal que es en y para-por sí, el espíritu del mundo” (24) . En cuanto a nosotros, no siendo Hegel ni siendo tampoco “nosotros” con Hegel, y librados en el caso a padecer o a ejercer guerras reales (en las que interviene nuestro cuerpo), no operaremos la abstracción espiritual en la que el espíritu resulta siendo en y para-por sí. Por nuestro cuerpo estamos exigidos a trabajar -y la guerra es a su manera praxis específica: un trabajo-. Pero, en el lenguaje de Hegel, el trabajo corpóreo o físico, aunque necesario, es inesencial. Por el contrario, en la actividad que persigue fines necesarios y esenciales, el espíritu (el trabajo espiritual) está necesaria y esencialmente presente (25) . La praxis corpórea, material, es sólo manifestación contingente de la actividad espiritual que es propiamente cognoscitiva; es el espíritu que, portado por el hombre, se conoce a sí mismo y se reconoce en las cosas mismas. Por esto se dirá que “el trabajo que Hegel únicamente conoce y reconoce es el trabajo abstractamente espiritual ” (26) ; y es exacto en la medida en que Hegel concibe el “conocer” como la relación entre el concepto y la realidad efectiva, relación en la que interviene el pensamiento que eleva un contenido particular desde su presencia contingente a la presentación universal; y concibe el “reconocer” como el tener al otro -aquí el trabajo- por lo que eso otro se tiene a sí mismo; pero para que algo se tenga por cual o tal a sí mismo es necesario que sea algo fundamentalmente espiritual, y de este modo pide el ser reconocido como algo libre de la presencia contingente, natural y sensible. Por consiguiente, “conocido” y “reconocido” puede serlo sólo, para Hegel, el trabajo abstractamente espiritual, vale decir, el trabajo contingente y particular en el que el espíritu ha hecho abstracción de lo sensible para retener la universalidad de lo espiritual mismo contenido en el trabajo. En cuanto al trabajo en su presencia contingente, natural y sensible, esto es, la praxis material “sórdida”, puede ser objeto de “intuición” y “representación”, pero no de “pensamiento”, “conocimiento” y “reconocimiento”.
Si comprendemos la guerra en el trabajo y éste en la praxis, y si abandonamos la justificación lógica de la guerra que se encierra en la idea del filósofo en general y del filósofo Hegel y vamos hacia la justificación histórica de la guerra que se desarrolla en la praxis real de todos los hombres, deberemos -por la orientación crítica de nuestro planteo “intelectualmente válido”- volvernos hacia el “materialismo histórico” de Marx.   “Guerrificación”, “subversión”, “terrorismo”, “nihilismo”, “totalitarismo”, y, añadimos, “autoritarismo”… deberán afirmarse y alumbrarse ahora en el terreno y ámbito de los intereses reales, materiales (corpóreos en tanto se juega a vida o muerte) que acontecen en la historia y con ésta misma.
En primer lugar es dable una justificación del terrorismo por la “inevitabilidad histórica” y por la índole “específica” de un determinado país: “¿Has seguido el proceso de los asesinos de Petersburgo? Son gente de una extraordinaria capacidad, sin poses melodramáticas, sencillas, serias, heroicas […] Se esfuerzan por enseñarle a Europa que su método de acción es específicamente ruso e históricamente inevitable, acerca del cual no hay más razón para moralizar -a favor o en contra- que la que hay a propósito del terremoto de Quío” (27) . Retengamos de este texto que la metáfora sísmica apunta a volver “natural” -en un sentido que estimamos emparentado con los de “lógico” y “esencial”- el terror en tanto método de acción revolucionaria en la Rusia de fines del siglo XIX: como el terremoto de Quío, el terror no es moralmente bueno ni moralmente malo si y cuando es exigido por una situación específicamente (determinante) nacional (aquí Rusia) y hay en esa nación una determinada circunstancia histórica que lo vuelve incondicionadamente inevitable. Infiramos que ante el fenómeno terrorista se hace valer en este caso, para el fin de la justificación o injustificación, el principio marxista de otorgar la primacía a la peculiaridad histórica, en vez de subrayar las analogías formales, reales o ficticias, entre cualesquiera fenómenos terroristas en diversos lugares y tiempos. En cada caso, pues, la especificidad local y temporal decidirá no la bondad o maldad del terror, sino su necesidad o superfluidad. — Un argumento más para indicación: “Lo que sé o creo de la situación rusa me conduce a la opinión de que los rusos se acercan a su 1789 […] Especialmente desde el 1 de marzo [de 1881: asesinato del zar Alejandro II]. Este es uno de esos casos excepcionales en que a un puñado de gente le es posible hacer una revolución […] Porque si alguna vez el blanquismo -la fantasía de revolucionar toda una sociedad por acción de una pequeña conspiración- ha tenido cierta justificación es, por cierto, en el caso de Petersburgo”(28) .
En segundo lugar la noción de “terrorismo” se enlaza con la de “guerra” al concebírselo como determinada modalización de la guerra misma: ” Napoleón   fue la última lucha del   terrorismo revolucionario   contra la   sociedad burguesa   -proclamada igualemente por la revolución- y contra la política de esa sociedad burguesa   […] […] Napoleón consideraba al   Estado   como un   fin en sí   y consideraba a la vida burguesa sólo como a un tesorero y como a un   subalterno   suyo, que no tenía derecho a poseer una   voluntad propia . Y   consumó   el terrorismo   en cuanto   sustituyó   la   revolución permanente   por la   guerra permanente ” (29) . El “terrorismo” es entonces “guerra permanente” y la acción caracterizada de Napoleón es guerra como   realidad   de la   idea   de guerra hegeliana, en la que el Estado (el fin político) somete a sí la sociedad burguesa de la propiedad privada y de la seguridad individual. Si en el terrorismo yace la guerra, en la noción de “terrorismo revolucionario” tendremos la   necesidad   de una “guerra revolucionaria permanente”, por la que será derrotada la vieja sociedad burguesa: “Las matanzas estériles desde los días de junio y octubre [de 1848], el tedioso sacrificio solemne desde febrero y marzo [de 1848], el canibalismo de la contrarrevolución misma convencerán a los pueblos de que hay un solo medio de   abreviar , simplificar y concentrar los cruentos dolores de muerte de la vieja sociedad y los sangrientos dolores de parte de la nueva sociedad; un   solo medio : el   terrorismo revolucionario ” (30) .
La subversión, en particular, es calificada como una forma precoz de la revolución, una etapa prerrevolucionaria: “En una palabra: el progreso revolucionario [en Francia de 1848 a 1849] no se abrio camino por medio de sus conquistas tragicómicas inmediatas, sino, en cambio, sólo engendrando una contrarrevolución cerrada, poderosa, engendrando un enemigo y combatiéndolo, el partido de la subversión fue madurando hasta convertirse en un partido efectivamente revolucionario” (31) .
Por lo demás el “totalitarismo” en sentido marxista se halla en conexión interna con el sentido marxista de “democracia”: “El primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. – El proletariado usará su dominio político para ir arrancando paulatinamente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, esto es, del proletariado organizado como clase dominante […] – Esto, naturalmente, puede sólo acecer en primer lugar mediante una violación despótica del dereco de propiedad y de las relaciones burguesas de producción […], medidas […] que en el curso del movimiento son indispensables como medio para transformar todo el modo de producción” (32) . Entonces, este “totalitarismo” es “democrático” en cuanto es el proletariado, como clase dominante, quien confisca   todo   el capital burgués, centraliza   todos   los instrumentos de producción en el poder estatal y trasnforma todo   el método de producción. Sin duda el “totalitarismo” en sentido burgués (esquemáticamente: “régimen que subordina de modo absoluto los derechos e intereses de la persona a la razón de Estado”) difiere del “totalitarismo” en sentido marxista, que viola el   todo   de la sociedad burguesa en tanto burguesa. Pero es porque “democracia” en sentido marxista, que puede y tiene que incluir formas dictatoriales (el proletariado como clase dominante, o bien “dictadura del proletariado”), se opone a la “democracia” en el sentido teórico burgués (“gobierno representativo de todos los ciudadanos”). Y, en efecto, desde el punto de vista marxista la “democracia burguesa” es una   contradictio in adjecto , una seudodemocracia. Y si concebimos que puede haber actualmente una “democracia burguesa” y nos comportamos y pensamos según ese concepto, es sólo en la medida en que nuestro pensamiento y comportamiento se hallan dominados por el pensamiento y la práctica de la burguesía como clase dominante; por lo que “democracia” en cuanto “proletariado como clase dominante” devendrá la signficación dominante en la medida en que el proletariado mismo devenga clase dominante. – Otro desarrollo -muy breve- para la lucha por imponer este nuevo (histórico) sentido de “democracia”: “Los hombres que realmente piensan, cualquiera que sea la clase a que pertenezcan, empiezan a ver la necesidad de elaborar una nueva línea y comprenden que esta línea sólo puede ir en una dirección: la de la democracia. Pero en Inglaterra, donde la clase obrera industrial y agrícola forma la inmensa mayoría de la población, la democracia significa, ni más ni menos, el dominio de la clase obrera […] En Inglaterra es imposible un partido realmente democrático si no es un partido obrero […] Ningún partido democrático, sea en Inglaterra, sea en cualquier otro país, tendrá éxito si no asume un carácter clararamente obrero. Si prescindimos de este carácter no tendremos más que un conjunto de sectas y de ficciones” (33) . En este framento de artículo, la especificación, tres veces mencionada, “en Inglaterra”, se extiende finalmente a “en cualquier otro país”: en principio y por lo pronto “democracia” y “democrático” son categorizados como “dominio de la clase obrera” y aquello de “carácter claramente obrero”. De lo contrario no habrá democracia, sino secta y ficción, esto es, seudodemocracia.
Por lo concerniente a “autoritarismo” la significación marxista especifica comienza por despojar al término de su acepción burguesa (brevemente: “régimen político que no tolera la contradicción o en el que el Ejecutivo no tiene limitados sus poderes”) para oponer al “autoritarismo burgués” (vale decir, el régimen en el que la burguesía como clase dominante no tolera que el régimen burgués sea contradicho -combatido y vencido- en tanto régimen burgués mismo y en el que la sociedad, el Ejecutivo, la Legislatura y la Justicia burguesas han de tener poder ilimitado par amatar física o civilmente a sus oponentes activos) (34)   el “autoritarsimo obrero”:   este   autoritarismo -que es igualmente el autoritarismo revolucionario del proletariado como clase dominante; por tanto un “autoritarismo democrático”- es positivo: “¿No han visto nunca una revolución estos señores [los “antiautoritarios”]? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto mediante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por el terror que sus armas inspiran en sus adversarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella? Así, pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión, o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso sirven a la reacción” (35) .
En esta nuestra revisión de determinadas expresiones de copiosa circulación desde 1976 en la Argentina excluimos entretanto “nihilismo”. Este concepto lo ejecutaremos más adelante. Pero ha sido la rotulación de nuestros militares del marxismo como “nuestro enemigo” la que nos ha llevado a indagar, por cierto someramente, significados de esas expresiones dentro del propio marxismo. Aquí detenemos la indagación, pues nuestro propósito ha sido lograr primariamente algún esclarecimiento en torno a la “guerra” como palabra y como existencia no puramente verbal o simbólica, a fin de ocuparnos luego de determinados efectos de esta guerra. Nuestro paso por la resemantización marxista debe servirnos no sólo para no rechazar inmediata y abstractamente aquellas expresiones y sus fenómenos significados, sino para alentar la tarea de resolver en qué caso y cómo ha de ser necesario atribuir e imponer un nuevo sentido a esas mismas expresiones o a otras que habrá que descubrir o inventar (36) .
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La guerrificación y, consecuentemente, la terrificación han cumplido entonces un ciclo de escolaridad: nuestros militares han sido nuestros educadores activos. No hay indicios ciertos de que al presente (escribo en octubre de 1983) esta escolaridad militar haya concluido como tal o haya de revelarse como una escolaridad primaria que habrá de ser seguida por ciclos más altos y complejos. Pero en esta guerra los argentinos han tenido que tomar partido y tienen que seguir tomándolo: fin de la guerra o simple intervalo entre batallas o pausa para reagrupación de fuerzas o “retiradas estratégicas”; fines y métodos de la subversión; métodos de la represión; la “anomia subversiva”; “cuerpo policial especial para la lucha antiterrorista”: son cuestiones generales del momento. Pero entre los intelectuales argentinos estas cuestiones se vuelven peculiares. Unos tienen partido tomado, explícita o implícitamente: o en la subversión o en la represión. Otros rechazan abiertamente al terrorismo, pero no rechazan con igual apertura o en absoluto a la subversión. Entre estos últimos hay intelectuales “de izquierda”, “socialistas” o “marxistas”. Y entre éstos hay quienes se niegan al “estamos en guerra”: “¿Qué guerra?” preguntan (cuando condescienden a preguntar); “no seremos inculcados en la guerra”; “no es guerra sino simple terrorismo”; “son supuestas guerras”; “nada de casus belli “: estos son sus gritos… de guerra, pues la guerra es real y la inexorable lógica de la guerrificación arrastra a hacer la guerra a la guerra.
Pero esta última guerra, la que llamaremos guerra refleja, no se hace impunemente: tiene un castigo (o un “beneficio de la enfermedad”) que resulta de su principio de negar la realidad de la guerra: la irrealidad del intelectual. Si la guerra produce eventualmente las denominadas “neurosis de guerra”, la guerra como negación de la realidad de la guerra origina en el intelectual “socialista” o “marxista” la que designaré rápidamente, apropiándome de un lenguaje ajeno, una específica “psicosis de guerra”. Ante el exceso de una realidad atroz, la psicosis es un intento pasivo de irrealización; y el psicótico padece un déficit de realidad. Ejemplificaré inicialmente esta psicosis según dos libros-casos: La era del peronismo (1981) de Jorge Abelardo Ramos y Los deseos imaginarios del peronismo (1983) de Juan José Sebreli. Anticipemos ya la tesis que deberemos probar: primero, que estas “psicosis de guerra” son cuadros agudos ocasionales de una perturbación más extensa y raigal de nuestros intelectuales: la manía argentina. Y, luego, que el contenido intelectual efectivo de tales psicosis se constituye, a pesar de sus formas “socialista” o “marxista”, desde y con la ideología dominante de la burguesía.
El pequeño maestro del socialismo Ramos aserta (¿contra quién?) que “el terrorismo ha sido condenado siempre por los grandes maestros del socialismo”. Pero estos “grandes maestros” no se identifican ni aportan sus cargos. Y es palmario: estos leones están muertos y el perro vivo Ramos puede hociquearlos a su antojo. Aunque es claro que si aquellos leones, que sabían vengarse de la difamación, revivieran, lapidarían in situ a nuestro pequeño maestro. Ciertamente Ramos supo ver, en su momento, que la oposición peronismo-antiperonismo es la forma nacional que ha tomado la lucha de clases en la Argentina desde 1945 hasta el presente (octubre de 1983), y que en esa lucha se exhibe por excelencia y de modo determinado, en la Argentina, el monstruo natural de nuestra época: la pareja Capital-Trabajo asalariado, pero perdió la vista y el uso del habla cuando el terrorismo subversivo surgió en esa lucha y el terrorismo represivo lo desangró (37) . Recuperó la visión y la palabra, pero en la forma traumática del vínculo con la realidad. La “interpretación marxista del pasado nacional”, que aún alardeaba en La era del bonapartismo (1974), desaparece en La era del peronismo . En su reemplazo se incuba la exégesis “nacionalista popular” o “socialista criolla”. Claro es, para bien y honor del lector y de Marx, pues aquel marxismo era un marxismo macarrónico: terminaciones marxistas dadas a los términos de ideología ‘nacional’ ramplona. La presente hermenéutica “socialista criolla” es el pasado nacional transpuesto y abatido por la defensa psicótica a jovial novelería o folletón onírico. La suficiencia de pintoresquismo no saciada de Ramos no determina a La era del peronismo a comunicar saber alguno, sino a complacer lóbregamente el amor propio del autor.
Primero, Ramos usa de manera enteramente candorosa (o maliciosa) Mi testimonio (1977) del general Lanusse, un hábil técnico militar -su triunfante provocación a Perón lo acredita-, pero un memorista de chata panorámica, susurrante y divagatorio, a quien el anticomunismo, el generalato, las incesantes “convocatorias de los jefes de Estado Mayor”, las lides de la jerarquía y la “soledad del mando superior” lo han vuelto lelo**, y no inocentemente, para la comprensión de la historia.   Y sin embargo la contratapa de La era del peronismo declara garbosamente el “rigor crítico” del autor. Veamos un espécimen del mismo: en La era del bonapartismo (1974), a la “doctrina económica de la eficiencia” (pp. 284-286) siguen inmediatamente “revolución libertadora” y “revolución argentina” (pp. 287-289). En la refundición La era del peronismo (1981), entre uno y otro apartado se añaden nueve páginas de nuevo texto, pero la reproducción del segundo apartado es introducida así: “Vale la pena recapitular todo lo narrado para comprender sus causas profundas”. Nos enteramos de que un viejo texto se ha transformado en “recopilación” de una narración introducida siete años después y en “comprensión de las causas profundas” de lo narrado. “La historia se mueve y el historiador se mueve con ella” decreta Ramos en la “Advertencia” de La era del peronismo ; pero Ramos, campechano y falaz, se mueve más rápido que la historia   y la remonta y descuartiza desaprensivamente hasta el anacronismo y la fantasmagoría.
Luego, “apoyado en una completa documentación” (verbigracia: Mi testimonio del general Lanusse), Ramos refunde el terrorismo. Nuevamente un texto nuevo nos promete “examinar el origen social y las causas profundas del terrorismo”, “examen” ubicable en un texto viejo donde los terroristas han sido en efecto refundidos tan errática como alocadamente. Los terroristas de La era del bonapartismo : “peronistas, stalinistas, trotskistas y otras corrientes de la izquierda tradicional” ahora están metamorfoseados en “nacionalistas católicos o izquierdistas en general”. El terrorismo de La era del bonapartismo era un “ideal pequeño burgués llevado a su fase heroica”; ahora, refundido, es “un ideal aristocrático llevado a su fase heroica”. Los acontecimientos del 20 de junio de 1973 en Ezeiza que eran referidos así en La era del bonapartismo : …”el ala derecha del peronismo, al mando del Teniente Coronel Osinde e integrada básicamente por funcionarios de los servicios de seguridad, ‘gangsters’, miembros retirados de las fuerzas armadas y elementos armados de algunos burócratas sindicales abrían fuego sobre columnas juveniles…”, resultan, en La era del peronismo , “una masacre provocada, según todos los testimonios, por las organizaciones mencionadas [Montoneros y Juventud Peronista]”. Esos “todos los testimonios” (¿?) han obligado a que el pequeño maestro Ramos invirtiera entre sí, siete años después, las tipificaciones de “agresores” y “víctimas”. No se trata de la reparación de un error judicial o histórico, ni de un progreso o ‘evolución’ en la investigación, sino de la retracción miasmática de un ‘historiador y político’ alarmado que ante el terrorismo subversivo reprimido terroríficamente pierde la serenidad y no acierta a encontrar el hilo de la historia ni la peculiaridad nacional. La ‘psicosis de guerra’ se manifiesta asimismo en esta frivolización procaz “del período más intenso y dramático de la vida argentina del siglo XX”.
Finalmente, otra “documentación” de La era del peronismo es Los años de Onganía (1980) de Bobby Roth, currutaco tan sensacionalista como insanablemente chancero. Ramos encara seriamente las bravatas del nimio Bobby Roth. Pero observemos un único ejemplo solvente de los efectos de “saber” producidos por la yunta Roth-Ramos. El 27 de mayo de 1970, en Olivos, Onganía se reúne con Lanusse y los generales. Se había previsto “una sesión de preguntas, un almuerzo y una sobremesa de planteo de dudas o exposiciones de críticas o ideas”. Hay “desconcierto” de los generales ante las “explicaciones” de Onganía, y Lanusse “corta la posibilidad” de preguntas y aclaraciones. Lanusse y los generales se retiran. El almuerzo no ocurre. Ramos toma la “información” de Roth -paradójico “testigo” del hecho, ya que ausente en el sitio-, quien relata ( Los años de Onganía , p. 370) que “los mozos quedaron afuera con las bandejas cargadas para el almuerzo previsto”. Esto es patentemente exiguo para el riguroso Ramos, pues, cavilemos, ¿qué habría en esas bandejas?; y Ramos reescribe decorativamente así ( La era del peronismo , p. 240): “Los mozos, cargados de suculentas bandejas especialmente preparadas, se quedaron sin servir a nadie”. Ya: las bandejas, místicamente, se volvieron suculentas. Es la volubilidad apareada con la majadería; Eugène Sue relevado por Ponson du Terrail. ¡He aquí la probidad histórica y política!
Más grave es verosímilmente el cuadro de Los deseos imaginarios del peronismo (1983) de Juan José Sebreli, pues el autor anuncia que ha de “analizar la realidad argentina desde la perspectiva de un marxista” que es justo él mismo. Esta imagen que Sebreli da de sí se enhebra con las imágenes-opiniones sobre Sebreli que recoge la contratapa. Verbigracia: “la seriedad del que piensa claro”; “la extrema voluntad de la verdad”; “ensayista político […] en la plenitud de sus medios”… Estas terminantes y clementes imágenes tienen su necesidad: están destinadas a proteger a Sebreli de sí mismo, vale decir, del contenido efectivo de su libro. No lo logran enteramente, desde luego, pero obran como síntomas que si de un lado inhiben la acometida crítica contra el autor, del otro le confieren a éste caución de seguridad y de encubrimiento de la impostura que es aquel contenido efectivo. Tal necesidad asoma también en recaudos que Sebreli toma acerca de lo que llamaríamos las ‘pautas de composición’ de su libro. Verbigracia: “la obra de Marx -tan mentada como poco conocida-” (por tanto Sebreli ha de conocer mucho o suficientemente la obra de Marx); “es preciso en ciencias sociales una severa vigilancia con respecto a las palabras” (por tanto Los deseos imaginarios del peronismo sería del género ‘ciencias sociales’ y el autor ha de adoptar una severa vigilancia con respecto a su vocabulario); “la consigna de ‘liberación nacional’ sólo correcta con respecto a las colonias y semicolonias […] era aplicada en un país como la Argentina, económicamente dependiente, pero políticamente independiente…” (por tanto el autor ha de aplicar correctamente sus consignas.) — Comprobamos, empero, que estos síntomas -imágenes y recaudos- son específicamente contrasíntomas, síntomas dispuestos para ocultar los síntomas de la psicosis de guerra en la que se embebe Los deseos imaginarios del peronismo .
Pero si los contrasíntomas llegan a ser paroxísticos en su defensa respecto al lector, los síntomas psicóticos sin embargo se abren camino a pesar y por medio del ocultamiento y por medio del ocultamiento y, aunque distorcionados, se entregan al análisis. Los alcanzamos a través de los contrasíntomas: si Sebreli habla de la severa vigilancia de las palabras, es porque éstas se hallan en el libro en servil descuido; si Marx ha de ser mucho o suficientemente conocido, es porque Sebreli lo deforma: si Los deseos imaginarios del peronismo debe ofrecer ciencia social, es porque Sebreli prodiga chismorreos inverificables: si las consignas han de ser aplicadas correctamente, es porque el libro se enmerda en la incorrección.
Pero allende que Los deseos imaginarios del peronismo sea una miserable bazofia pedantesca, que postula ‘ayudar’ a las masas en vez de ayudarse en y por ellas para descubrir el real secreto de la opresión y del terror argentinos, encontramos que la disgregación mental, la fabulación y la mentira son los tres mayores síntomas de la psicosis de guerra que tiene curso en el libro.
La disgregación mental resplandece pésimamente en la composición lingüística. Con demasía supraestadística se nos ocasiona el bochorno de arrostrar faltas de concordancia entre adjetivos, participios y sustantivos en género y número; faltas de concordancia entre sujetovs y verbos en número y persona; incoordinación entre oraciones principales y subordinadas; equivocidad de las funciones sujeto u objeto del ‘que’ relativo; abuso del gerundio absoluto para suplir los defectos de inferencia lógica. Esta anomalía generalizada de la sintaxis no es acopio irrelevante de errores casuales. La impropiedad gramatical -por lo demás un modo ocioso de despreciar al lector- es carencia de adecuación del pensamiento consigo mismo. La sintaxis aberrante y retrógrada, o el atraso en el desarrollo lingüístico de Sebreli, es no exteriorización verbal de una ‘subjetividad’ en pugna con formalidades, sino reflejo de un desgarro en los procesos cognositivos atribuible, con pertinencia, a un efecto de terror enorme. — Otro ejemplo de esta disgregación, ahora terminológico, es el de los sentidos de ‘terrorismo’ y de ‘guerrilla’. En p. 173 leemos: “El ansia de poder, la pasión de mando […] fueron algunos de los motores psicológicos que movieron a las guerrillas” [en la Argentina, sobre todo el terrorismo de Montoneros]; en p. 174 leemos: “Tampoco puede justificarse el terrorismo [argentino] identificándolo con la ‘guerrilla’, forma que adoptó la lucha contra el invasor en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra civil española porque aquí no hubo guerra civil”; en igual página, en el párrafo aparte siguiente, leemos: “en tanto que la guerrilla [argentina] se nutría especialmente de clases altas…”. En este ejemplo la disgregación -el ‘terrorismo’ que es y no es a la vez ‘guerrilla’- aparece en la impotencia de hacerse entender por pérdida del sentido de ‘guerrilla’ y de ‘terrorismo’. SI el pensamiento se dispersa por el real peligro del terror, la escritura se deshace en mescolanza a modo de defensa. Y ante el revoltijo o se guarda silencio o se apela común y obligadamente al convencionalismo inofensivo: en ambos el autor queda amparado, pero, como “sólo la muerte es gratis”, a expensas de perder realidad.
La fabulación resalta respecto al ‘terrorismo’. Sobre los Montoneros Sebreli bisbisea una casuística de este género: “las primeras proclamas [de Montoneros] fueron redactadas en la máquina de escribir del sacerdote Alberto Fernando Carbone”; o bien “el padre Carlos Mujica quien alternaba por igual las villas miserias donde predicaba la revolución social cristiana, y los círculos más selectos de la oligarquía a la que pertenecía”; o bien el rencor “la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, semillero de montoneros”… Como Sebreli depone impávidamente estas proposiciones sin suministrar siquiera un ínfimo fundamento, nuestro decoro de lectores, y nuestro protegernos de quedar cretinizados por el cretinismo de Sebreli, habrán de exigir que Sebreli nos señale qué función particular o institucional tiene asignada que le da acceso a tal ‘información’. Así nos aproximaríamos a una evaluación apta de esos enunciados volátiles que posan de autoevidentes. Se aducirá que el autor tiene derecho a la intriga y a secretear sus fuentes. No es irracional, aunque un indicio del tipo de ‘información’ al que es proclive Sebreli nos lo da su cita de Mi testimonio del general Lanusse a propósito de “la simpatía con que en un primer momento eran vistos los montoneros por algunos sectores del gobierno de Onganía”. Lanusse, en la época Comandante en Jefe del Ejército, estaba obviamente ‘informado’ por el Servicio de Informaciones del Ejército acerca de los “algunos sectores del gobierno de Onganía”. El dicharacho “La Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, semillero de montoneros” pertenece ejemplarmente, por la metáfora e intención, al modelo de piezas que urden y expanden los agentes de información de nuestras fuerzas represivas. El bisbiseo, articulado hasta el hartazgo en “varios”, “círculos”, “sectores”, “muchos”, “algunos”…, es la trama de la fabulación; artilugio que se cierra sobre sí mismo, al darse por incontrastante con lo real. Titubeamos, perplejos, entre lo inicuo del procedimiento y la ordinariez de las conclusiones. Esta tarea de la ‘información’ delacional y necia debería bastar para anular el libro. El caso, sin embargo, es más perverso.
La mentira se trasluce en un marxismo deformado. Para corroborar enunciados ‘propios’, Sebreli alega la autoridad de Marx al presentarlo como prueba, pero mienta en la prueba misma. De aquí tanto un envilecimiento del marxismo cuanto una degradación de los lectores.
i)  Sebreli (p. 166) miente al decir que “Marx y Engels repudiaban […] aun la guerra española -dirigida por el clero y la nobleza- contra la invasión napoleónica”. En verdad Marx no repudia la guerra española contra la invasión napoleónica, sino que habla de ella como “un gran movimiento nacional que se propuso la expulsión de los Bonaparte […] con heroicos episodios y […] memorable exhibición de la vitalidad de un pueblo […] que obligó a las clases altas a resistir contra el invasor” (38) . Por supuesto, los elementos reaccionarios se mezclan con los revolucionarios en un sentido peculiar de la guerra española que se debe esclarecer, pero de ningún modo “repudiar”. — El motivo de la patraña es ‘probar’ que “Marx y Engels repudiaban todo movimiento de liberación nacional cuando estaba encabezado por fuerzas reaccionarias”, pero la ‘prueba’ es esencialmente falsa.
ii)  Sebreli (p. 193) miente al afirmar que en el artículo La revolución de junio (39) Marx “dice claramente” que “el bonapartismo […] es más nefasto que un régimen democrático”. En verdad Marx, en tal artículo, 1º no nombra ni se refiere en modo alguno, ni directa ni alusivamente, al bonapartismo, categoría aún no elaborada en la época; 2º “nosotros, los demócratas” en el artículo significaba “nosotros, los que estamos al lado de los trabajadores parisinos aplastados por la burguesía entre el 23 y el 27 de junio de 1848”; 3º las formas de Estado contrapuestas en el artículo no son el bonapartismo y la democracia, sino la monarquía francesa de julio (1830-1848) y la república burguesa a partir de febrero de 1848. — El motivo de la patraña es ‘probar’ que Marx “consideraba que […] el bonapartismo […] es más nefasto que un régimen democrático”, pero la ‘prueba’ es esencialmente falsa.
iii)  Sebreli (p. 194) miente al decir que en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte Marx “llega a reivindicar la división en tres poderes”. En verdad Marx, en el pasaje pertinente (40) , 1º no nombra ni considera en modo alguno un presunto tercer poder judicial; 2º describe críticamente la oposición de Luis Bonaparte, poder ejecutivo, al poder legislativo, en el que la “nación francesa” elevaba la ley de la clase dominante burguesa a voluntad general de la nación. De tal modo la nación, dominada por la burguesía, se daba su propia ley, y esta autonomía era la expresada por el poder legislativo. Frente a este poder, el poder ejecutivo “expresa la heteronomía de la nación” en el sentido del despotismo individual de Luis Bonaparte apoyado por el ejército, a cuya autoridad se somete la nación expresada por el despotismo legislativo de la clase burguesa; 3º Marx juzga que esta caída de la república parlamentaria burguesa “encierra ya en germen el triunfo de la revolución proletaria” y es una primera parte de la labor preparatoria de esta revolución. Luego del 2 de diciembre de 1851 -golpe de estado de Luis Bonaparte-, y derrocado el poder parlamentario, queda ahora un “único blanco”, un poder ejecutivo , “contra el cual concentrar todas las fuerzas de destrucción”. Esta destrucción constituirá la segunda parte de la labor preparatoria de la revolución proletaria. — El motivo de la patraña de Sebreli es ‘probar’ que Marx ‘reivindica’ (¿?) la división en tres poderes característica del liberalismo político burgués, pero la ‘prueba’ es esencialmente falsa. — Entonces, basureado cloacal, obtusamente, resta solamente un ‘Marx para pipiolos’.
Este engaño de Sebreli en torno a Marx es tan burdo que ¿cómo diluirlo en ‘ligereza’, o en ‘limitaciones’, o en ‘diferencias o errores de interpretación’? Pero, incluso, sea que lo expliquemos indiferentemente por ínfulas repugnantes, sin interés ni pasión, o por estolidez de amaneramiento señorito, o por culpa inconsciente que anhela el castigo y la ruindad del descrédito, o por algún otro tenebroso designio o carencia, el resultado es una corrupción del marxismo que puede únicamente sentirse impune apostando por la ignorancia del lector. Sólo que el lector con cierto conocimiento de Marx y provisto de escrúpulos verificativos no podrá menos que experimentar que Sebreli lo humilla y se mofa de él y, por tanto, responderá mofándose de Sebreli. La consecuencia nos devuelve a uno de nuestros enunciados primeros sobre la psicosis de terror: Sebreli no puede ser tomado en serio, esto es, no se le puede atribuir realidad, quiero decir realidad en tanto escritor que atestigüe en serio . Es otro efecto de la conjunción de la opresión política y social y de la deshonestidad intelectual: más allá de la podredumbre moral sobrevenida, Sebreli es un autor de libros cómicos, aunque la chocarrería y otras diabluras del contenido sean intolerables (41) .
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De los autores citados en estas últimas páginas excluyamos al general Lanusse, pues a un militar no se lo refuta; se lo deja que mande y obedezca como pueda. Resta el gang Roth el Camelista insustancioso, Ramos el Camelista suculento y Sebreli el Mentiroso. Dejemos a un lado también, por diminuto, a Bobby Roth. Permanecen nuestros racketeers Ramos y Sebreli, y La era del peronismo y Los deseos imaginarios del peronismo . Pero éstas son producciones episódicas -una expectación local cuya importancia absoluta es nula-, de pandilleros literarios súbitamente ticosos ante un ímpetu de terrorismo cuando éste aparece armado. Ya que el terror enrome les inhibe el ejercicio de la facultad de pensar y, por ende, no realizan un contenido intelectual propio, se enmascaran de “socialismo” y anonadan la cabeza del lector con el manganello ideológico de la burguesía, único contenido que les queda como recurso y que plagian. Y como asimismo se tendrá que acabar esta costumbre de matar la inteligencia de los lectores, debemos examinar, más allá de las ocasionales rapiñas y reproducciones de nuestros buitres pandilleros, la fuerte sorda de aquel contenido de muerte: aquí daremos con el verdaderamente autóctono y carnal monstruo.
Dijimos que estas psicosis de guerra que hemos intentado ilustrar eran cuadros circunstanciales -especie obligada de contagios- de una perturbación más espaciosa y honda, por ahora crónica, de nuestros intelectuales: la manía argentina. Expondremos sobre esta manía a través de un intelectual: Víctor Massuh. El ejemplo (permítaseme) es la unidad de lo singular y de lo universal: éste debe ser mostrado en aquél, y lo singular debe quedar subsumido en y bajo lo universal. Víctor Massuh es mi ejemplo para la manía intelectual argentina.
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Enunciemos que la manía que tratamos es, como las psicosis de terror observadas, tanto defensa ante la guerra cuanto provisión de una doctrina para la guerra. Y esta doctrina es violenta y de violencia; adopta necesariamente el partido de la represión armada contra la subversión. Y esto se halla igualmente en el camino de lo notorio: uno de nuestros militares más famosos nos ha instruido hace ya tiempo que “a la lucha, y yo soy técnico en eso, no hay nada que hacerle más que imponerle y enfrentarla con la lucha” (42) . Cubrimos, pues, un período de forzoso aprendizaje. Escolarizados en y por la guerra, desembocamos en la manía intelectual argentina como fuente doctrinaria de la represión y del terrorismo represivo. Este es un aspecto de la guerra, y ésta, una expresión -a medias opaca, a medias transparente- de la lucha de clases en la Argentina. Examinaremos dicha manía a través de determinadas obras de Víctor Massuh. Verificaremos que implica rangos diversos en cantidad y cualidad. La presentación de estos grados se articulará (pretendemos) con la sucesión de los capítulos de este libro.
NOTAS
1  En su momento quitaremos estas comillas.
2  La Nación , 1 de octubre de 1976.
3  La Nación , 30 de octubre de 1976.
4  Manifestaciones del segundo jefe del comando del V Cuerpo de Ejército, Gral. Adel Edgardo Vilas, en La Nación , 24 de noviembre de 1976.
5  Exposición del teniente general Roberto E. Viola en la Universidad de Belgrano, en La Nación , 26 de octubre de 1979.
6  De la conferencia de prensa sobre “La subversión en la Argentina”. Exposiciones del Jefe II, Inteligencia, del Estado Mayor General del Ejército, y del Jefe III, Operaciones, de ese mismo organismo. En La Nación , 20 de abril de 1977.
7  Del discurso del brigadier general Agosti, en La Nación , 13 de agosto de 1978.
8  Del discurso del ministro del Interior, general Harguindeguy, en La Nación , 22 de setiembre de 1979.
9  Del discurso del brigadier general Graffigna, en La Nación , 25 de octubre de 1979.
10  Del discurso del Jefe de la Policía Federal, general de división Juan Bautista Sasiaiñ, en La Nación , 19 de setiembre de 1980.
11  Del artículo “Terrorismo o Tercera Guerra Mundial” del general de división (R) Luciano Benjamín Menéndez, en La Nación , 3 de diciembre de 1980.
12  La Nación , 27 de abril de 1977.
13  Editorial semanal informativo del Ejército, difundido los domingos por Radio Belgrano. En La Nación , 17 de abril de 1978.
14  La Nación , 30 de diciembre de 1977.
15  De la conferencia de prensa sobre “La subversión en la Argentina”. Exposiciones del Jefe II, Inteligencia, del Estado Mayor General del Ejército, y del Jefe III, Operaciones, de ese mismo organismo. En La Nación , 20 de abril de 1977.
16  Discurso del director de la Escuela de Defensa Nacional, contralmirante Dalton Alurralde. En La Nación , 4 de abril de 1978.
17  “Conceptos rectores” de las Bases políticas para el Proceso de Reorganización nacional . En La Nación , 20 de diciembre de 1979.
18  Sur , nº 217-218, noviembre-diciembre de 1952.
19  Lo que no obsta, por supuesto, a que el Otro, el enemigo, el “antisubversivo” pueda categorizarnos, aunque no como autores, sí como “instigadores” o “encubridores” del “delincuente terrorista”. Pero es lo propio que ocurre con estas “determinaciones reflejas”, esto es, determinaciones en las que inevitablemente están implicados otros hombres. Tal individuo, verbigracia, es terrorista o subversivo o violento porque hay otros hombres que se comportan respecto a él como aterrados o subvertidos o violentados: éstos suponen, a la inversa, que están aterrados, subvertidos o violentados porque aquel otro es terrorista o subversivo o violento. Correlativamente, si hay “excesos de la represión”, habrá asimismo “excesos de la subversión”. Y si hay una represión excesiva o terrorista y otra regular o moderada o “legal”, habrá análogamente una subversión excesiva o terrorista y otra regular o moderada o “legal”. Son estas “determinaciones reflejas” y su viciosa circularidad las que han confundido y siguen confundiendo, y distrayendo, a intelectuales argentinos metidos a incursores de la sociedad y de la política.
20  Die Verfassung Deutschlands [La Constitución de Alemania] (1800-1802) , en Hegel, Werke , Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main 1971, Bd. 1, p. 462.
21  Ueber die wissenschaftlichen Behandlungsarten des Naturrechts [Sobre las maneras científicas de tratamiento del derecho natural] (1802-1803) , en Hegel, Werke , ed. cit., Bd. 2, p. 481 s.
22  Phänomenologie des Geistes , Meiner Verlag, Hamburg 1952, p. 324.
23  Philosopie des Rechts , Ulstein Verlag, Frankfurt am Main 1972, §§ 126 y 324, pp. 117 y 286.
24  Hegel, ib. § 339, p. 294.
25  Nürnberger und Heidelberger Schriften 1808-1817 , Texte zur Philosophischen Propädeutik , en Hegel, Werke , ed. cit., Bd. 4, p. 262.
26  Marx, Pariser Manuskripte 1844 , Rowohlt, München 1966, p. 114.
27  Carta de Marx a su hija Jenny del 11 de abril de 1881. En Marx-Engels, Correspondencia , Cartago, Buenos Aires, 1972, p. 329: y M. Rubel, Cróncia de Marx , Anagrama, Barcelona, 1972, p. 160. — Los asesinos de referencia son los terroristas-revolucionarios rusos del partido populista Narodnaja Volja [La voluntad del Pueblo] que habían logrado matar al zar Alejandro II el 1 de marzo de 1881.
28  Carta de Engels a Vera Zaslich del 23 de abril de 1885; en Marx-Engels, Correspondencia , ed. cit., p. 365.
29  Marx, Die heilige Familie [La sagrada familia], “Batalla crítica contra la Revolución Francesa”, en Marx, Ausgewählte Schriften , Kindler Verlag, München 1962, p.227.
30  De Victoria de la contrarrevolución en Viena , artículo de Marx aparecido en el nº 136 del 7 de noviembre de 1848 de la Neue Rheinische Zeitung [Nueva Gaceta Romana], en Marx, op. cit. , p. 858.
31 Die Klassenkämpfe in Frankreich 1848 bis 1850 [Las luchas de clases en Francia, 1848 hasta 1850], en Marx, op. cit. , p. 907.
32  [Manifiesto del Partido Comunista], en Marx, op.   cit. , pp. 827-828.
33  Del artículo de Engels “Un partido de los trabajadores”, en The labour Standard del 23 de julio de 1881, en Engels, Escritos , Ediciones Península, Barcelona, 1969, p. 110.
34  El autoritarismo burgués puede subsumir también la significación de “fascismo” y cobrar dos formas: civil o militar, sea que la burguesía autoritarice mediante civiles y la Policía, sea que un cuerpo de oficiales militares con mando de tropas autoritarice en nombre de los intereses de la burguesía. En este sentido el fascismo es siempre y únicamente de derecha, si entendemos que el principio definitorio de la izquierda es la propiedad colectiva de los medios de producción social.
35  De la autoridad , artículo de Engels contra los proudhonianos “autonomistas” o “antiautoritarios” publicado en el Almanacco Repubblicano en 1873. En Marx-Engels, Obras escogidas , II, Progreso, Moscú, 1974, p. 400.
36 Sobre terrorismo . — Aunque pienso y temo que cualquier interesado podría enjuiciar más severamente que yo las varias deficiencias de la escuálida y sola descripción del terrorismo en la Argentina que doy en esta nota, la entiendo necesaria como una materia primera para ulteriores colaboraciones, vergüenzas o plenitudes, propias o de otros. Tanto más cuanto que el terrorismo es vulgarmente (públicamente) “tema delicado”, y que las instituciones que en la Argentina exhortan desde 1983 a “mirar sobre todo hacia adelante” insinúan simultáneamente que en ese adelante podrían (o pudieren) haber “rebrotes terroristas y subversivos”. — A la descripción el terrorismo se da como actos de violencia cometidos para infundir terror inmediatamente en otro. El terror no necesita definición ni tampoco ésta le conviene. Basta experimentarlo e indicar que culmina la serie intensiva que inician el recelo y el temor que preceden al miedo; sólo lo excedería, o acompañaría, el pánico, que es terror colectivo. — Hay un agente del terror y un destinatario del terror, ya destinatario como “objetivo querido”, ya destinatario “consecuencia o efecto no querido”. Advertimos que el terror es “determinación refleja”: relación entre hombres que sólo existe como tal en tanto unos efectivamente aterran en la medida en que otros son efectivamente aterrados, y a la recíproca. No podríamos, entonces, hablar de acontecimientos terroríficos de manera absoluta sin pesar la “susceptibilidad” del destinatario del terror y la “capacidad” aterradora del agente. Se habrá de atender a personalidades y situaciones. Verbigracia, es de sobre visible que no son los mismos agentes, aparatos o técnicas que aterrará a Bobby Roth o al general Fernando Exequiel Verplaetsen o a mí, o bien al diario La Nación o al Primer Cuerpo de Ejército o al pueblo argentino en su conjunto. — Tenemos formas y grados de terror: esporádico o sistemático; armado o sin armas; cruento o incruento; individual o grupal o masivo; de izquierda o de derecha; de Estado o popular; institucional o clandestino; o bien, como simplemente lo expongo yo, subversivo o represivo… Con esta disparidad acumulativa abierta no apunto a diluir el terrorismo por vaciamiento de su singularidad o a trabucarlo mediante las ranciamente llamadas “analogías meramente formales”, sino a destacar que la singularidad del terror radica en la reciprocidad efectiva entre aterradores y aterrados. Si “una explosión de furia popular” con “vuelco de autos, incendios en las calles, asaltos, saqueos, depredaciones…” enfrenta a una milicia profesional pertrechada con fuerzas suficientes, que mantiene la cabeza fría y contrarresta de modo que la ‘furia popular’ vea, viva y entienda su inferioridad de fuerzas, se apacigüe y se relegue, entonces no habrá terror en las partes. Pero si esta misma milicia lleva su actividad represiva a tal alto grado o a tal especial cualidad de modo que la ‘furia popular’ se desquicie por un espanto imposible de vivir, entonces habrá terror en ese pueblo. Con igual respecto, habrá también terror si una huelga general pacífica “sin registro de incidentes” llega en el caso, sin embargo, a asustar relativamente o a “helar la sangre en las venas de los dueños del poder”, quienes, por consiguiente, exagerarán su miedo para provocar miedo y tildarán de “terroristas” a los agentes de la huelga, ya que ‘razonarán’ que “no sólo con la violencia sanguinaria se puede llevar el país al caos, a la disolución y al definitivo ocaso de su destino”. — Ofrezcamos, pues, la exigua descripción o clasificación de formas inmediatamente aparentes de terror en la Argentina [Con ‘formas inmediatamente aparentes de terror’ quiero significar el terror tal como se presenta a la percepción. Aquí me ocupo sólo de esta representación sensible. En un momento ulterior el análisis intuitivo -no abstractivo en la medida en que permite retener el todo- parte de la representación y profundiza hasta alcanzar el terror originario en nuestra época: la explotación burguesa. Y mi lector consentirá provisionalmente la racionalidad (la justificación) de este parti pris .] Nos valemos, sin duda en modo abrupto, de un primer criterio de diferenciación. Como desde determinados intelectuales ‘de izquierda’ se ha recusado el ‘terrorismo individual’, aunque sin habérsenos desarrollado algún contenido original, ni tampoco formas individuales de “terrorismo” en las que éste resultaría presuntamente aceptable, partimos de la separación entre un terrorismo individual y grupal y otro terrorismo masivo, popular y social. Observemos, primero, que la individualidad puede estar o en el agente o en el destinatario del terror o en ambos. Luego, que el agente o el destinatario pueden ser también grupales y que en uno de nuestros casos el destinatario es la masa. Finalmente, que al menos el destinatario es siempre representativo , incluso la masa, ‘persona física’ o ‘jurídica’ o ‘institución’. Por esta representatividad, el efecto de terror se expande hacia lo representado por el destinatario. En el terrorismo individuo-grupal indicamos entre corchetes primero el agente y luego el destinatario de la acción terrorista:
I  Terrorismo individuo-grupal.
a.  [Individuo . Individuo]: Simón Radowitzky contra el coronel Ramón L. Falcón (14/11/1909) — Kurt Wilckens contra el teniente coronel Héctor B. Varela (27/1/1923).
b.  [Grupo – Individuo]. “Montoneros” contra el general Pedro E. Aramburu (29/5/1970). — Asesinato del sindicalista José Alonso por el autoatribuido “Comando Ejecutivo Emilio Maza. Ejército Nacional Revolucionario” (27/8/1970).
c.  [Grupo – Grupo]: Incendio y destrucción del Jockey Club el 15/4/1953 atribuido a “bandas de jóvenes peronistas”. — Grupo de custodia y seguridad del palco presidencial contra “Montoneros” y “Juventud Peronista” (Ezeiza, 20/6/1973). — Allanamientos; arrestos-detenciones-capturas-secuestros; toma de rehenes; interrogatorios violentos; internaciones; deportaciones; ejecuciones; amputaciones a cargo de “Grupos de tareas” o de “Grupos de hombres fuertemente armados” en organizaciones, comunidad y familias argentinas y residentes durante “dictadura militar” 1976-1983.
d.  [Grupo – Masa]: Atentado con bombas a la multitud reunida en Plaza de Mayo el 15/4/1953 atribuido a “jóvenes conservadores” y/o a militantes radicales”. — Ataque de aviones de la Marina y de la Fuerza Aérea con bombas de fragmentación contra Plaza de Mayo, Casa Rosada y Paseo Colón (16/6/1955).
Examinemos ahora el “terrorismo masivo, popular y social”. No se me escapa, e intento recordar, un inmediato despropósito o “futileza agresiva” de esta denominación. Tal vez se reduzca la “inadmisibilidad” si atendemos a que en los ejemplos el agente es ‘masa-pueblo’ o ‘clase obrera’ y que en el destinatario asiento una conjunción tan altamente probable de impotencia y magnitud de miedo que debe bastar para que en aquél se despliegue determinado efecto de terror y, en consecuencia, para que haya que asignar al agente determinada capacidad aterradora. — También en este segundo ítem los destinatarios son siempre representativos:
II Terrorismo masivo, popular y social.
a.  Masa – pueblo contra “oligarquía dominante” (17/10/1945).
b.  Clase obrera contra “gobierno pequeñoburgués nacional liberal” (“Plan de lucha” de la CGT contra el gobierno de Arturo Illía: 1963-1966).
c.  Masa – pueblo contra “dictadura militar” (“Cordobazo”, 29/5/1969).
d.  Clase obrera contra “dictadura militar” 1976-1983 (27/4/1979: Primera huelga general luego del 24/3/1976 dispuesta por la “Comisión de los 25” de la CGT. — “Jornada de protesta” de la CGT-RA del 22/7/1981. — “Movilización” de la CGT-RA del 30/3/1982. — Huelgas generales por 24 horas del 28/3/1983 y del 4/10/1983).
Tres observaciones como conclusión de esta nota:
i)  En todos los casos hemos tratado de terrorismo político . Si nos apropiamos del sentido militar-formal del terrorismo -procedimiento de lucha para una finalidad o efecto político: la imposición de una voluntad política a otra-, cualquier prueba de la necesidad o superfluidad, licitud o ilicitud, “maldad” o “bondad”… del terrorismo como medio demandará el examen de o el objetivo político o el resultado político o ambos. Claro que respecto al resultado o haremos   barruntos o juzgaremos post facta . — Sin duda el terrorismo político implica también el oportuno recurso político , y oblicuo, de practicar determinado terror al mismo tiempo que el agente declara, para no descalificarse a sí mismo ante el opositor o el enemigo, su “enérgico rechazo”, por “razones éticas y políticas”, de toda forma de terrorismo.
ii)  Una patente deficiencia -quizá la más lastimosa- de nuestro bosquejo descriptivo es no haber podido introducir en la clasificación las formas “esporádica” y “sistemática” del terrorismo. Y otra, siempre más grave que la anterior, no haber explicado con alguna precisión el gradiente desde un terrorismo de umbral mínimo hasta un terrorismo armado con la representación de omnipotencia y certidumbre incondescendientes. Por esto, la connotación marxista del terrorismo como “guerra permanente” ha sido rebasada por nosotros para abarcar modalidades terroristas en las que la guerra se manifiesta no como continua, sino como irrupciones asiladas de violencia, dejando a un lado la probable persistencia no ostensible de la lucha. Y respecto a las magnitudes extensivas e intensivas del terrorismo -armas, ilimitación e incondicionalidad terroríficas en el grado de la “aptitud militar”, técnicas de horrorizamiento que han de ser “increíbles”, “Inimaginables” para víctimas y testigos, etc.-, éstas parecen intervenir también, en la práctica, para la definición del terrorismo. Insuficiencia, entonces, de nuestra para nosotros necesaria aunque peligrosamente ingenua descripción contemplativa del terrorismo como efectiva pareja terrorista-aterrado. Pero aquí no procuramos más que alentar futuras ideas sobre el terror y el contra-terror.
iii)  La recusación del terrorismo en general o, con intermitencias, del “terrorismo individual” -forma enigmáticamente inconexa- por parte de determinados (en seguida nombraremos en el texto a dos de estos determinados) intelectuales “socialistas” y “marxistas” es una muestra de su estar aterrorizados ellos mismos de manera absoluta. Acuden para autorizarse a “los grandes maestros del socialismo” o a “los clásicos del pensamiento revolucionario”, pero para mentir diciendo que éstos han “condenado siempre”, repudiado “invariablemente” o en “numerosas ocasiones” (no se fija cuántas ni cuáles) el terrorismo “en sí” o el “simple terrorismo”. El terror absolutizado no solamente promueve la ignorancia, el fraude y la venalidad; también favorece el cretinismo. Ocurre como si estos intelectuales se hubiesen preguntado: “¿Cómo ser meramente antiterrorista sin dejar de ser socialista o marxista?”, cuestión no menos necia que la opuesta correlativa:”¿Cómo ser socialista o marxista siendo meramente terrorista?” Por cierto, es tan innecesario proteger al marxismo de la pura “perversión” terrorista como validar el puro terrorismo por tal o cual cita de Marx o Engels a modo de garantía adventicia. Es justo el marxismo el que no sólo nos libera de los estragos del “simple terror”; también ha de proporcionarnos una base sólida y fecunda para relativizar el terrorismo, vale decir, para pensarlo en su determinada especificidad, incluso determinada excepcionalidad. La aterrada absolutización del terror, en cambio, no va más allá de desconceptuarlo mediante arrebatos ejecutivos, índices amenazantes, manos sobre el corazón o dedos en el gatillo. Así, es acción política que nos confunde e inutiliza. Por lo demás, la reflexión sobre el terror en a Argentina recién ha empezado a aprender a hablar; la buena y acaso mortal escucha del terror puede ayudarla a acelerar y perfeccionar ese aprendizaje.
37  En esta sangría la tortura comienza por ser ceguera y silencio; la tiniebla inefable. Luego se atreve e inicia su propia articulación. Ha de nombrarse lo innombrable y se dice balbuceando: “nuestros militares metían ratas vivas en la vagina de las subversivas”; “abrían los vientres y extraían las vísceras palpitantes que les mostraban a los torturados”; “empalaban en bayonetas por el ano a los prisioneros”; “los desollaban…”. Y como las únicas pruebas son por ahora los ‘testimonios’ de y sobre los torturados, la tortura sólo habrá de consumarse (y “superarse”) cuando haya que hacer hablar a los torturadores para que éstos den, respectivamente, sus testimonios y evidencias.
38  Artículos de fondo del New York Daily Tribune con el título Revolutionary Spain de setiembre a diciembre de 1854, en Marx-Engels, Revolución en España , trad. Manuel Sacristán, Ariel, Barcelona, 1970.
39  Die Junirevolution [La revolución de junio], artículo aparecido el 29 de junio de 1848 en el nº 29 de la Neue Rheinische Zeitung [Nueva Gaceta Renana], en Marx, Ausgewählte Schriften , ed. cit., p. 852.
40  Der achtezehnte Brumaire des Louis Bonaparte [El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte], en Marx, op. cit., pp. 1075-6. — En Editorial Anteo, Buenos Aires, 1972, p. 130.
41  Sobre autodidactismo y homosexualidad . — Sebreli es risible porque percibimos o sospechamos invenciblemente la incongruencia entre su intelectualidad fatua, sus arias de lucimiento y sus reales rasgos profundos: autodidacto y homosexual. Aquí, y sólo aquí, yace la idea para la comprensión de Sebreli. Ya es necesario explicitarla. El autodidactismo no es en sí mismo una falencia grave: cultivado en pequeñas parcelas de ficción, nos ha dado la pedagógica prosa de Borges. En el ‘ensayista’ Sebreli, por el contrario, el autodidactismo ha derivado de una interrupción en la formación universitaria y de la subsecuente recaída en la fantasía, el plagio y la vanidad. — La homosexualidad en la Argentina de décadas atrás, debió ser encubierta por exceso de miedo, de humillación, de resentimiento, de terror a la Policía y a la “apología del crimen”. Así predomina en Sebreli en la forma de ineptitud femenina para la realidad y con el cinismo típico de un ex convicto. El fundamental e insoluble, por el momento, problema del homosexual pequeñoburgués -su inconformismo respecto a la sociedad, a la moral pública y a la cultura académica de su clase;   su asco y exclusión de los hábitos y gustos masculinos- exige, si ha de ocultar su singularidad culpable y ser homosexual intelectual integrado , un autodidactismo de lance que en la Argentina no puede ser, también por el momento, sino tan lugareño que es ya denigrante. Los epítetos odiosos, incluso vejatorios que, por ejemplo, Horacio Tarcus y Alejandro Horowicz han lanzado contra los digamos ‘cánones polémicos’ de Sebreli (“manipulatorio”, deleznable”, etc.) ignoran -o lo ignoran sus autores- la secreta perfidia de mujer de esa desabrida alma refugiada en el autismo. Pero a Sebreli no se le contesta ni se le puede discutir, pues habrá de mentir, siempre, como buscona acorralada. Y, en el hastío de lidiar con fraude tras fraude, apenas quedan ahí machos pesadamente honestos, exasperados ante esta unión del ordinario atolondramiento de la flapper literata con la malignidad pederástica.
42  Expresiones de Perón a diputados peronistas. En La Prensa , 23 de enero de 1974.
* Capítulo I de La manía argentina (inédito).
**”Lelo” remplaza a “tarumba”, tachado en el original.

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