Monsieur Proust. Recuerdos recogidos por Georges Belmont – Céleste Albaret

Estado: nuevo.

Editorial: Capitán Swing.

Precio: $350.

:::::::

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Rquer.

Precio: $000.

Céleste Albaret trabajó en casa de Proust como ama de llaves, mensajera, amiga y enfermera los últimos nueve años de su vida en los que, ya gravemente enfermo, escribiría En busca del tiempo perdido. Pero fue mucho más que una mera sirvienta: su sensibilidad, su innata inteligencia y el enorme cariño y devoción que sintió por él la hicieron su única confidente, su acompañante más próxima y un testigo de excepción. Cuando finalmente, a los ochenta y dos años, accedió a publicar estas memorias profundamente conmovedoras, no sólo demostró la falsedad de las múltiples patrañas que circulaban sobre el genial novelista, sino que nos reveló un Proust humano, entrañable y cotidiano que de no ser por ella, jamás hubiéramos conocido.
Céleste nos descubre a un hombre singular y respetable, noctámbulo, que apenas se alimentaba de café, educado y extremadamente sensible. El libro trata sobre todo de los últimos años de vida del escritor y a través de sus páginas podemos constatar cómo progresivamente aumenta la obsesión de éste por terminar la novela mientras la vida se le va, hasta el punto de abandonar su importante vida social con el fin de entregar todo su tiempo a la escritura.
Céleste Albaret, Auxillac 1891 – Montfort l’Amaury 1984.
Son muchos los biógrafos de Marcel Proust que consideran que, en su vida, hubo dos personas fundamentales: su propia madre, y su ama de llaves, Céleste Albaret.
Criada del novelista desde 1913 hasta su muerte en 1922, cuando entró a trabajar en la casa, Céleste era una joven recién casada de 21 años que acababa de llegar a París, proveniente de una zona remota del sur de Francia. Tras la muerte del escritor, del que nada heredó ni quiso heredar, tuvo varios oficios. Cincuenta años después, a principios de la década de los setenta fue “redescubierta” por una editorial francesa que le convenció de publicar sus memorias, por el interés que podía tener su experiencia vital junto al genial Marcel Proust. Mensajera, ama de llaves, confidente, amiga y enfermera hasta su muerte en 1922, Céleste Albaret pasó junto al novelista más tiempo que nadie. Setenta horas de entrevistas forman la base de este libro que permite conocer de una manera cercana y amable a uno de los escritores más importantes del siglo XX, en sus años más productivos. Como atestiguan sus memorias, Céleste no lamentó ni solo minuto de las horas que pasó a su servicio.
Retrato de un niño mimado
Andrés Tejada Gómez
“Estaba pensando en Proust/en una tarde fría y lluviosa/en las afueras de París”, es uno de los versos de “Temprano, pensando en el rayo de la torre del reloj”, escrito por el poeta Antolín, cuyo nombre verdadero es Andrés Olgiatti, oriundo de Salta y que ha publicado un libro de poemas titulado Nunca seré millonario. Ya lo sabemos: ni usted ni yo lo seremos tampoco. Pero al menos tenemos el tesoro simbólico de la literatura.
Apelando o abusando de la ficción crítica, podríamos suponer que alguna vez, sin ni siquiera preverlo, esos versos fueron similares a los pensamientos que se le cruzaron por el corazón a Céleste Albaret. ¿Qué quién es Céleste Albaret? Nada más ni nada menos que una de los dos mujeres que fueron el sostén emocional en la vida de Marcel Proust. Al parecer es el único punto en el que la mayoría de sus biógrafos coinciden. Una de esas mujeres fue su madre. La otra fue Céleste: su mucama, su confidente. Su admiradora más íntima. Una devota que le rindió culto hasta el fin de sus días. El hombre en quien ella parecía proyectarse. Y como bien se sabe, proyectarse suele ser el motor mismo de la literatura.
Monseiur Proust es la reedición de un texto de memorias imprescindible para los admiradores del autor de En busca del tiempo perdido pero también para aquellos que apenas tienen una vaga idea de su trayectoria. Una obra que pueda ser leída previa, o posteriormente, a la experiencia radical que supone la lectura de la novela más exigente del siglo XX. Monseiur Proust es un texto atrapante, de tonalidades melancólicas, repleto de anécdotas, historias, murmullos, imágenes y ensueños que escapan a la vil categoría del chisme. Su amable estructura se construye a partir de la palabra privilegiada de Céleste, que fue quien estuvo más cerca de él durante los últimos años. “El trato entre Céleste y Marcel Proust fue muy bueno. Ella llegó a acostumbrarse a sus horarios. Ella estuvo presente el 19 de noviembre cuando a las cuatro de la tarde, el hermano de Proust, médico, cerró sus ojos”. Este es un texto impactante que debe ser puesto, de manera urgente, en serie con otro texto de memorias de una ama de llaves. En este caso la del médico neurólogo que inventó el psicoanálisis. Hay más de una similitud entre Monseiur Proust y La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. No se puede dejar de advertir que ambos son, cada uno a su forma, signos evidentes de la burguesía entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Tanto Céleste Albaret como Paula Fichtl -la mucama de Freud- nos narran la vída íntima de dos celebridades que pasarían los últimos años de su vida atrapados en enfermedades, postrados ante el desvelo de sus ambiciones desmesuradas, pero intentando encontrar fuerzas para darle un cierre final a sus obras. En ambos textos se puede apreciar el rostro oculto de dos autores que tanto han pensado sobre las relaciones, el amor, los celos y la necesidad de interpretar o desplegar los sueños.
El director Percy Adlon, le dedicó a la criada de Proust, a principios de los años 80, un excelente film, Céleste. Durañte el año 1973, la propia Céleste logró dictar sus recuerdos al periodista Georges Belmont y publicarlos en un libro. Afortunadamente para ella el dinero de las regalías le deparó una vejez apacible. Céleste llegó a la casa de Marcel Proust el 14 de noviembre de 1913, cuando acababa de publicarse Por el camino de Swan. Tenía veintitrés años y se había casado ocho meses antes con el chofer del escritor, Odilon Albaret.
Un atributo que tiene el texto es la compasión y respeto que mantiene Céleste por la figura de Proust. A lo largo de todo el texto se hace mención a los amores de Marcel, pero en ningún momento se torna indiscreta o escabrosa. La homosexualidad y el amor edípico de Proust hacia su madre apenas si son mencionadas en el texto. “Hace ahora sesenta años que le vi, y, sin embargo, parece que fue ayer. A menudo me decía: Cuando yo haya muerto, usted recordará siempre al pequeño Marcel, porque no encontrará nunca a nadie como él. Y ahora me doy cuenta que tenía razón, como, por otra parte, la tenía siempre. Nunca he dejado de pensar en él ni de tomarle como ejemplo”, comienza diciendo la voz de Céleste.
Dividido en 30 capítulos con títulos que provocan curiosidad: “Dos días de angustia”, “No olvidaba sus primeros amores”, “Estaba seguro de su gloria”, el texto se deja leer como si fuera una novela donde lo más importante no es necesariamente la voz del narrador ni el trabajo con el estilo, sino la puesta en escena de la narración. En un breve texto de Barthes dedicado a Proust, que se encuentra en El susurro del lenguaje leemos lo siguiente: “Parece ser que la gran obra no se puso en marcha verdaderamente hasta el verano de 1909; desde entonces sabemos que una carrera obstinada contra la muerte amenaza con dejar inacabo el libro”. El capítulo que más me ha cautivado se titula: “Céleste, he escrito la palabra fin”. Ahora, lector, usted elija el suyo. Su modesto pero brillante tesoro.
Más que mil y una noches
Juan Forn
Durante décadas, el Museo Ravel en las afueras de París recibió más visitas de fanáticos de la literatura que de melómanos. Hacían los 30 kilómetros hasta Montfort l’Amaury para hablar con la casera del museo, porque esa mujer de vestido negro abotonado hasta el cuello, anteojos de abuela y pelo siempre recogido en severo y tirante rodete, era la persona que más sabía de Proust en el mundo: Celeste Albaret, la mucama, valet, ama de llaves, correo, confidente y ángel guardián del hombre que un día se encerró en su dormitorio (luego de tapizar de corcho las paredes y el techo, poner vidrios triples en las ventanas y cerrar para siempre las cortinas a la luz del día) para escribir en la cama, robándole a la muerte un día, y después otro, y otro, durante ocho largos años, las tres mil páginas de En busca del tiempo perdido.
Al final, el museo terminó pidiendo a Celeste que se jubilara antes de tiempo, para que el lugar recuperase su provinciano ritmo de otrora (el insomne crónico Ravel lo había elegido porque era el único lugar donde podía “al menos creer” que dormía). Recién entonces, en un pisito cercano que le cedió el ayuntamiento, ella se sentó a leer los libros de Proust. En los tiempos en que servía a su patrón no leía nada, no tenía tiempo; todos sus desvelos estaban orientados a darle a Monsieur el tiempo que necesitaba para terminar su libro interminable. Una sola persona para servir a una sola persona, en una casa donde no se usaba la cocina (Proust sólo bebía dos tazones de café con leche al día; la comida se pedía al Ritz y se le servía en la cama, y la mayoría de las veces a Monsieur le bastaba con mirar el plato para recordar el sabor y darse por satisfecho), ni se usaban los salones, atiborrados de muebles heredados, ni se recibían visitas salvo de a una, y de duración telegráfica. Y, sin embargo, Celeste no tuvo un minuto de respiro desde que, a los veintidós, recién llegada del campo, quedó providencialmente a cargo de Proust cuando la guerra del ’14 lo dejó sin servidumbre, hasta que lo vio morir ocho años después (él clavó sus ojos en ella, que estaba a los pies de la cama, durante cinco eternos minutos, hasta que el profesor Robert Proust, hermano del moribundo, le murmuró al oído: “Se nos ha ido, Celeste”, y la envió contra su voluntad, después del entierro, a una clínica de reposo, porque ella llevaba siete semanas sin acostarse a descansar).
Además de hacerle el café y recoger la infinidad de pañuelos que Proust dejaba caer al piso luego de secarse la nariz una sola vez (jamás se sonaba, jamás usaba dos veces un pañuelo), además de evitar que se filtrara la menor corriente de aire, brizna de polvo o germen en la recámara de su asmático señor, Celeste era la encargada de entregar en mano (y traer la respuesta) de cada carta que él escribió en esos ocho años: Proust no creía en el teléfono, prefería que Celeste fuese su correo, sólo a ella podía mandarla indistintamente a palacetes de condesas y prostíbulos para hombres, y leerle después en voz alta las confidencias recibidas, y explicarle cómo le servían para su libro, así como podía tenerla parada desde las cuatro hasta las nueve de la mañana a los pies de la cama desde donde él, cómodamente recostado, le contaba cada detalle de la velada nocturna a la que acababa de asistir. “Ensayaba conmigo lo que luego iba a escribir. No era mi opinión lo que buscaba sino mi reacción. ‘Tengo el deber de divertirla’, me decía. Al igual que se enseña a un niño a andar, él me enseñó paso a paso cómo serle de utilidad. Yo no sólo viví a su ritmo: pasaba veinticuatro horas al día, siete días a la semana, viviendo sólo para él. Ocho años, día por día, son más que mil y una noches.”
Las amistades de Proust creyeron al principio que se encerraba porque se había quedado sin dinero: nadie lo creía gravemente enfermo, nadie creía que estuviera dedicando el tiempo que le quedaba a sacar de sus entrañas semejante libro. “Usted es la única que me conoce de verdad, Celeste. Nadie como usted sabe lo que hago. Después de mi muerte, todos vendrán a verla para saber de mí.” Fueron todos. Pero primero fue Celeste a la clínica de reposo. Lograron ponerla a dormir y después no podían levantarla: Celeste no quería despertar, no le interesaba la vida si en ella ya no estaba el objeto de sus desvelos. Su fiel marido Odilon (que fue también el fiel chofer de Proust durante aquellos ocho años), con la instintiva sabiduría de las almas simples, le dio entonces una hija, y le consiguió, fuera de París, lo más cerca que pudo del campo, aquel puesto en Montfort l’Amaury. Y entonces comenzó la peregrinación: hablar con Celeste era lo más parecido que quedaba en el mundo a hablar con Proust. Por el Museo Ravel pasaron condesas y demi-mondaines envejecidos, chismosos de la prensa y de la academia, pomposos escritores y ávidos editores. Todos querían la versión Celeste de los hechos. Pero ella sólo recibía a quienes habían tratado a Monsieur. Hasta que, a los ochenta y cuatro años, ya largamente retirada del museo y luego de haberse leído uno tras otro los siete tomos de Proust y todas las biografías y semblanzas que se habían escrito sobre él, sintió que se había dicho demasiado de Monsieur, y mucho de ello falso, y se decidió a dar su versión de los hechos en un libro extraordinario.
Es leyenda que Proust debió pagar de su bolsillo el primer tomo de En busca del tiempo perdido porque nadie se lo quería publicar. Cuatro años después, cuando el fin de la guerra permitió que se publicaran los dos tomos siguientes, Proust se volvió un clásico en vida, antes incluso de que terminara su libro: los primeros tres tomos estaban en la calle, los dos siguientes en imprenta y él estaba encerrado en su dormitorio escribiendo contra reloj los dos últimos, temiendo que la muerte se lo llevara antes de que alcanzara a terminar. Cuenta Celeste en su libro que, siete semanas antes de morir, en 1922, Proust le dijo una tarde, cuando ella entraba en su habitación trayéndole el desayuno: “Celeste, anoche he escrito la palabra FIN”. “¡Pero eso no significa que hemos acabado de pegar papelitos!”, protestó ella (se refería a los famosos agregados que hacía Proust a sus originales: tiras de papel pegado en los márgenes, cuando ya no quedaba más espacio en la hoja para agregar nada; algunas de esas tiras plegadas como acordeones tienen hasta metro y medio de largo; Celeste era la encargada de pegarlas). Proust contestó: “Eso es otra cosa. Lo importante es que desde ahora ya no sentiré que me he sacrificado en vano”. Siete semanas después estaba muerto. Ya conté esos últimos, estremecedores cinco minutos en que el barbado y macilento Proust clavó su mirada en la de Celeste, a los pies de la cama. Entonces el profesor Robert se inclinó dulcemente sobre su hermano y le cerró los ojos. Dice Celeste que ella quiso unirle las manos, como hacían en su pueblo con los difuntos, pero el profesor le dijo: “No, Celeste. Murió trabajando. Dejémosle las manos estiradas”.
Señor Borges, Monsieur Proust
Tomás Eloy Martínez
La historia, que fue generosa con Céleste Albaret -la mujer que sirvió a Marcel Proust hasta el momento de la muerte-, sigue mostrándose avara con Fani Uveda, la sombra fiel de Jorge Luis Borges durante más de treinta y cinco años. Pocos han recordado a Fani en los fastos del centenario borgeano, que culminarán el 24 de agosto. Se sabe casi todo de Céleste Albaret y demasiado poco de Fani.
¿Vale la pena acaso saber algo? En el caso de Céleste, la información que acumuló esa criada de pocas luces permite entender todo el proceso de composición de En busca del tiempo perdido , desde los primeros borradores de Sodoma y Gomorra hasta el obsesivo, delirante aluvión de las páginas finales. A Fani le fueron vedadas esas grandezas: sólo se ocupó del cuerpo y de los sueños de Borges, lo que tal vez sea mucho más de lo que se permite a una empleada doméstica. Céleste ha sido glorificada y figura en casi todos los diccionarios de literatura. Fani, cuya pobreza es desoladora, ha conocido sólo la denigración y el olvido.
Percy Adlon, el director bávaro de Bagdad Café , le dedicó a la criada de Proust, en 1981, la primera y tal vez la mejor de sus películas, Céleste . En 1973, la propia Céleste logró dictar sus recuerdos al periodista Georges Belmont y publicarlos en un libro que lleva su firma, Monsieur Proust . En esa época era guía del museo instalado en la vieja casa de Maurice Ravel, y el dinero de las regalías le deparó una vejez apacible y acomodada.
Al mando de la casa
Céleste llegó a la casa de Marcel Proust el 14 de noviembre de 1913, cuando acababa de publicarse Por el camino de Swan . Tenía veintitrés años y se había casado ocho meses antes con el chofer del escritor, Odilon Albaret. Como Fani en los primeros años de su vida con Borges, Céleste empezó a trabajar sustituyendo a la doméstica de confianza, que estaba internada en un hospital y prometía volver en cualquier momento.
A fines de agosto de 1914, Odilon debió alistarse en el ejército y Céleste quedó al cuidado de Proust: podía ser su hermana menor, pero era en verdad su madre. Con una entereza de la que no se había creído capaz, Céleste lo consoló de los terrores que despertaban en él los avances de los ejércitos alemanes sobre París, y lo ayudó en una larga fuga en tren hasta Cabourg, sin separarse jamás de su lado. Cuando regresaron, Céleste tomó el gobierno de la casa del escritor, en el boulevard Haussmann y, a pesar de su educación precaria, copió al dictado las infinitas correcciones que Proust hizo a casi cada párrafo de su monumental novela, llevó los manuscritos a la imprenta, sirvió los cafés finales y se quedó velando de pie en el cuarto contiguo al de Proust durante su larguísima agonía.
Ninguna de las desventuras de Borges le fue vedada a Fani, salvo las del final. Visité a la doméstica un día de mediados de julio en la casa de dos pisos que le prestó Alejandro Vaccaro, uno de los biógrafos de Borges. Todas las fotografías de la planta baja recuerdan las glorias de Boca Juniors. Nada más ajeno al escritor que las estrepitosas papeleras azul y oro, las estrellas de los remotos campeonatos, las infinitas colecciones encuadernadas del diario Clarín , que cubren las losas del piso, sirven de soporte al televisor y adornan la sala de reuniones.
Para atender a los visitantes, Fani se sienta, adusta, ante un escritorio desvencijado. Es una provinciana fuerte, decidida, que jamás se compadece de su mala fortuna. Habla de sí misma en un tono monocorde, sin elocuencia, tropezando casi en cada párrafo con las concordancias de género. Cuenta, por ejemplo, que la noche en que Borges se casó con Elsa Astete Millán, hacia 1967, prefirió dormir solo en su cama de siempre y “lo”acompañó (a Elsa) hasta el colectivo. Esa noche, el escritor soñó con dos mujeres de piel oscura, inasibles como el humo, que “la tomaban” (a Borges) del cuello y trataban de asfixiarlo. Fani avanza sin que nada la perturbe a través de sus inacabables confusiones de género, y más de una vez hay que pedirle que se detenga para entender lo que dice.
En Buenos Aires se ha difundido ya su trivial historia: se sabe que llegó al departamento de Leonor Acevedo de Borges, en la calle Maipú, con una hija de pocos años. Sucedió poco después de la muerte de Evita y, como Céleste, ella también pensó que se iría a las pocas semanas. La enfermedad de la cocinera la puso, casi enseguida, al mando de la casa: se ocupaba de las compras, de los pagos, de leerle a Borges los contratos que le enviaban los editores. A diferencia de la doméstica de Proust, nunca tomó un poema o un cuento al dictado y se sorprende de que se lo pregunten. Sus menesteres eran otros, dice: “Lo que yo cuidaba ahí era la vida”.
Más de una vez, Borges la despertaba para contarle sus sueños más angustiosos: a veces imaginaba enanos debajo de la cama; otras veces se soñaba a sí mismo viajando interminablemente en tranvías repletos, tomado del pasamanos. Casi siempre, sin embargo, eran las mujeres de humo las que entraban en los sueños y se lo llevaban. Con rústica franqueza, Fani le aconsejaba que disipara los insomnios contando corderitos: Borges lo hacía, pero los corderos se le rebelaban y se convertían en monstruos fabulosos cuyos nombres Fani nunca pudo descifrar: mantícoras, basiliscos, hipogrifos, dragones.
Es difícil desviar el relato de Fani del momento en que la echaron de la casa de Borges, cuando el escritor llevaba ya algún tiempo enfermo en Ginebra y aún faltaban dos meses para que muriera. Vuelve a la historia obsesivamente, repasando las caras del oficial de justicia que le transmitió la orden de desalojo; del notario que hizo el inventario de los escasos muebles, las condecoraciones y el dinero que el escritor guardaba entre las páginas de los libros; del abogado que le anunció a Fani cómo su nombre había sido borrado del testamento.
Durante algunas semanas, Fani se resistió a su destino de réproba. Trabajó como doméstica en un departamento del mismo edificio, un piso más arriba, lo que le permitía regar las plantas de Borges -o las de ella- asomándose al balcón. También de allí debió marcharse. Con las manos vacías, Fani se refugió en una casilla de cartón y chapas que había construido en Burzaco. Allí se enteró por la radio de la muerte de Borges. Una y otra vez ha pensado cómo pudo ser esa muerte sin ella, cuál Borges se asomó a las oscuridades del otro lado, de las que le había hablado tantas veces.
Soledades de la litertura
Céleste Albaret, en cambio, jamás dejó de ser la confidente de Proust. En sus memorias cuenta que una noche de enfermedad atroz, tomándola de las manos, el escritor le dijo: “¡Y pensar que serán estos pequeños dedos los que van a cerrarme los ojos!” A las dos de la madrugada del 18 de noviembre de 1922, horas antes de morir, Proust llamó a Céleste para trabajar juntos. “Si paso la noche -le dijo-, demostraré a los médicos que soy más fuerte que ellos. Pero para eso tengo que llegar a la mañana. ¿Cree usted que llegaré, Céleste?” Hacia las tres y media, dándose cuenta de que la criada tenía los dedos endurecidos por el frío, Proust la detuvo con delicadeza: “Dejémoslo ya, Céleste -le dijo-. Estoy muy cansado. No puedo más. Pero quédese a mi lado, por favor”.
Fani pareció no entender cuando le conté esa historia. No sabe imaginar las cosas imposibles. Sólo sabe regresar al pasado. ¿Qué habría ocurrido si él se quedaba en la casa, Fani? ¿Qué habría hecho usted? Todo lo que se le ocurre es decir que lo habría llevado hacia la bañera, lo habría acostado, como siempre, en dos palmos de agua tibia, y lo habría dejado en silencio una hora o tal vez más, calentándole el agua de vez en cuando, porque “mientras estaba así, en el baño, se le ocurrían las mejores palabras”.
Los domésticos han sido fatales en el reino de la política, pero han salvado más de una vez a los escritores de las soledades de la literatura.
Otros libros relacionados:
La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Andrés Tejada Gómez, Céleste Albaret, Juan Forn, Marcel Proust. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Monsieur Proust. Recuerdos recogidos por Georges Belmont – Céleste Albaret

  1. Pingback: La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia. Recuerdos de Paula Fichtl – Detlef Berthelsen | Libros Kalish – Librería online

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s