Historia ilustrada de la moral sexual – Eduard Fuchs

Historia ilustrada de la moral sexual – Eduard Fuchs

Estado: impecable (2 tomos)

Editorial: Alianza.

Precio: $800.

Tomo 1: Renacimiento.
En este primer volumen se describen las costumbres y tabúes que en torno al cuerpo, el vestido, el amor, el matrimonio y las fiestas populares existían en la época renacentista. El anticlerical Fuchs disfruta contando cómo en las catedrales góticas los representantes del Señor fueron caricaturizados por los maestros artesanos. En techos, sillerías del coro e incluso picaportes se pueden descubrir figuras de predicadores con cuerpo de asno, confesores lujuriosos o monjas embarazadas. La crítica a la Iglesia se completa con la descripción de las perversas fantasías por las que estaban poseídos los inquisidores al perseguir a las brujas. Otro rasgo sobresaliente de la época fue la presencia ostentosa y habitual de cortesanas en las recepciones oficiales, cortejos y concilios, proporcionando una gran parte del lustre festivo a la vida pública del momento.
Tomo 2: La época galante.
El autor escogió la curiosa denominación «época galante» para referirse a la era del absolutismo, que él fecha entre 1700 y la Revolución francesa (1789). Con este adjetivo se refiere al culto ilimitado y refinado de la sensualidad que se impuso en las formas de vida al mismo tiempo que el absolutismo principesco. El sibaritismo en el disfrute amoroso se convierte en rasgo característico de la aristocracia cortesana, entregada a una existencia libertina y voluptuosa. La vida regalada de los nobles, su dedicación a la exaltación de los sentidos, su sexualidad públicamente celebrada se plasmarán en actitudes artificiosas y forzadas. Mientras que el pueblo llano a menudo no contaba con posibilidades económicas -ni tan siquiera físicas- para llevar una vida sexual digna, la corte se convertía en un escenario teatral donde todos los elegidos debían representar un estudiado papel: el de jovencito sentimental, caballero experimentado, viejo libertino, amante hermosa y despierta o cocotte mundana.
Eduard Fuchs (1870-1940) fue un socialista ferviente, un coleccionista impenitente y un historiador de las costumbres de formación autodidacta. Tuvo que vérselas a menudo con la censura gubernamental debido a su Historia ilustrada de la moral sexual, la obra que le dio mayor fama y que constituyó un motivo de escándalo permanente para la sociedad bienpensante de la época. Su actividad como infatigable coleccionista le permitió ilustrar este libro con una gran cantidad de estampas y grabados de tema erótico originales de todas las épocas. Estos valiosos documentos gráficos, sazonados por los comentarios irreverentes del autor, que denuncia las mil y una formas de hipocresía que han rodeado desde siempre estos temas, conforman una encantadora obra, ya convertida en un clásico.
Walter Benjamin le dedico el ensayo Edward Fuchs, coleccionista e historiador.
EL ROSTRO DE LA MEDUSA
 Christian Ferrer
Quien remonte el viaje evolutivo realizado por la especie humana hasta hoy llegará a las puertas del Paraíso. Para desandar ese camino sería imprescindible demorarse en cada uno de los breves y urgentes acontecimientos con que los antecesores, dueños de su voluntad o sin quererlo, dieron gestación a nuestra existencia. Son los momentos animales de la vida humana. El celo, el cortejo, la captura, el forzamiento, la lucha, la entrega, el desprendimiento, el grito, la gula uterina al fin satisfecha, el inicio de la germinación. Una pizca de lumbre en la panza. Toda preñez remite a una anterior y así sucesivamente. Hemos dependido, para existir, de la excitación y el anhelo de parientes desconocidos cuyo linaje comenzó con el primero de todos los ombligos. La supervivencia posterior al nacimiento es lucha y cada persona persigue triunfos y trofeos. Pero al mirar hacia el origen vemos que cada uno de los hombres y mujeres que durante siglos engendraron vidas anteriores a las nuestras debieron ovillarse, abrazarse a sí mismos en forma de ovalo, a fin de ser expelidos al mundo. Así de pequeña es la puerta que fuera forzada nueve meses antes y que había garantizado cobijo y nutrición, al inevitable costo de anhelar amparo carnal perenne una vez que se ha puesto un pie, y lanzado un gemido, en la intemperie.
I
Cabezas de serpiente coronaban, a modo de cabellera, el rostro de la Medusa, cuya mirada podía petrificar en seco al hombre necio que se atreviera a sostenerla, e incluso al más valiente. Eso creían los griegos en la antigüedad. Y aunque jamás nadie volvió triunfante de ese duelo desigual todos los hombres buscan abrirse paso hacia la imantada guarida de la medusa, velada por la seda o el algodón.
II
Donde la monogamia falla la pornografía prospera, puesto que el contrato social que ella propone a sus audiencias es el del harén, no el del hogar. Sin los medios masivos de comunicación esa pulseada hubiera quedado indecisa. Así fue hasta hace algunas décadas, pero el maridaje de la “revolución sexual” y el desenfado mediático dio a luz al cuerpo pornográfico. Es una cría de la época.
III
El radio de acción de las “políticas de la vida” incumbe a los millones que nacen, trajinan y sucumben con cada nuevo día, y a los que se administran raciones ponderadas de dolor y de salud. Por el contrario, hasta su “revelación” pública, no hace más de veinte o treinta años, la pornografía era un asunto clandestino, oscuro y pecaminoso. A ella se accedía no sin dificultad y vergüenza. Hoy, la televisión codificada e Internet favorecen su diseminación. Un salto tecnológico acoplado a un flujo de libido largamente contenido, y todo eso en apenas un cuarto de siglo. Pero la innovación técnica no es la causa de la ubicua y prolífica presencia de la imagen pornográfica. La causalidad tecnológica es coadyuvante, no originaria, y actúa más bien en tiempo diferido. Fue, en la década de 1960, el reclamo juvenil del derecho al placer tan solo por haber sido traídos a la Tierra la causa motora de la posterior exposición de la pornografía a la luz pública. Un género audiovisual cuyo único fin es potenciar la lujuria encontró un aliado en la permisividad paternalista en cuestiones de atrevimiento sexual, en tanto y en cuanto la movilización de las energías afectivas de la población desemboque en rutinas combinables con la mercancía. No es tan sorprendente, entonces, que el centro de gravedad de la pornografía sea la carne femenina para contento y solaz del punto de vista masculino: resulta ser un efecto lateral, no querido y no pensado, de las luchas por la emancipación social de la mujer del último medio siglo. Por otra parte, la escena pornográfica es el último refugio que le resta al hombre donde manipular hembras a gusto y placer.
IV
En numerosas civilizaciones antiguas, en especial en la cuenca del Mediterráneo, se desarrolló la costumbre de la “prostitución sagrada”. Ritualmente, las mujeres ofrecían sus cuerpos a los hombres de la ciudad en cierto momento de sus vidas. Era una ceremonia “de paso” y existían diosas específicas que alentaban la entrega de la mitad de la población a la otra mitad, según la coacción ancestral al intercambio de mujeres. En la pornografía se puede atisbar, aún activo, un resto de aquel paganismo. Las innumerables situaciones y posiciones representadas resultan ser fotogramas evocatorios de aquella entrega ritual, pero revelados en laboratorios instalados por el orden patriarcal.
V
La invención del traje de baño de dos piezas supuso un paso adelante en la fragmentación del cuerpo femenino, en su atomización. También los atolones se componen de múltiples partes separadas, como el así llamado “Bikini”, en la Micronesia, que motivó el apodo. La pronta extensión de su uso no fue otra cosa que un acto tolerable de strip-tease en público luego multiplicado en todas las costas arenosas del mundo. La censura perdía una batalla, ya previamente escenificada en “burlesques”. La progresiva desnudez femenina principió hace cien años –época en la cual se instalaron máquinas de peep-shows en las zonas comerciales de la ciudad– con los tobillos y el escote, y al fin se difundió hacia los hombros, la espalda y el abdomen. En las playas, un bretel horizontal era ahora el solitario custodio del pudor. Al comienzo, no muchas mujeres descartaron el traje de baño “enterizo”: hacerlo implicaba arrancarse más de un velo. Pero los triángulos simétricos pronto fueron aceptados por nuevas camadas generacionales cuyas expectativas exhibicionistas remedaban las poses de las admiradas estrellas de cine, que por su parte ya venían propagando la exposición de zonas de la piel antes inaccesibles a la inspección visual. Eran “chicas de tapa” cuyo destino final era la decoración de cuartos de adolescentes o de paredes de vulcanerías. Quizás el tabú mayor que fue necesario dejar atrás concerniera al ombligo, origen del mundo, cuya hondura anticipa la durmiente penumbra de la vulva. Es su maqueta a escala, su antesala también, y su última estribación.
VI
Aunque grandilocuente como un bonsái y monotemático como un cíclope, el cuerno de la abundancia no da frutos sino en presencia de su musa inspiradora.
VII
La ley, la aversión y la vergüenza dan la medida de la desnudez humana, pero no la de todas sus proporciones. El arte puede dar cuenta del esplendor de un cuerpo, pero es raro que no exponga también sus incomodidades y sus heridas. La imagen pornográfica es, en cambio, idílica, atemporal. En ella el tiempo no deja mancha ni marchita. Otras visiones provienen de la resaca abandonada por los sueños, de lo susurrado en el confesionario o de lo informado luego de una primera noche de todas las noches: son relatos parciales de experiencias rememoradas como entre sombras. Sólo el tacto registra los estremecimientos del pudor, y del impudor, sin los prejuicios que acarrea la vista. La precisión táctil es ciega y torpe, como lo es también el homenaje que la pornografía brinda a la belleza femenina.
VIII
A mitad del siglo XX el erotismo posible concernía a mujeres un poco sueltas de cuerpo, de estilo “moderno”, y en el rincón opuesto al vulnerador de la voluntad femenina a fuerza de arsenal lingüístico. El cazador era viril y protector; la presa, tierna y dadivosa; y el lenguaje del cortejo amoroso ya estaba siendo liberado de constreñimientos diplomáticos. El aspecto esmirriado era, por entonces, confesión de enfermedad y miseria, de modo que la silueta femenina resultaba ser más pulposa, el ideal de página central de revista “para hombres”. Pronto llegaría la así llamada “revolución sexual”, que dio variados frutos: se potenció el feminismo, se resucitó el discurso del “amor libre” –de raigambre anarquista– y se promovió la sinceridad relacional a rango de ideal en tanto se execraba la hipocresía matrimonial de las generaciones anteriores. No obstante, el espiral se mordió la cola: la apariencia corporal devino nuevamente en mercancía, en señuelo, en arma de fuego. Mujeres adiestradas por medio del capital simbólico de que las dotó un par de generaciones de padres comerciantes o profesionales, pero que ya no pueden garantizarles una “posición social”, una “postura”, venden entonces la apostura de un modo socialmente aceptable. De allí que las industrias de la carne se dediquen a compensar las desgracias del cuerpo “imperfecto” y que la sexología haya devenido en psicoterapia y en asesoría. Disfunciones mayores ya pasan al campo de la farmacopea. Y así como el proyecto “genoma humano” pretende llegar hasta el último e infinitesimal átomo de célula del organismo, también la pornografía aspita a transparentar todos los detalles de la piel. En ambos casos, se oferta una ilusión de felicidad: el gen de la gordura encontrado y reducido, la disfunción eréctil al fin derrotada.
IX
La “explotación del cuerpo de la mujer”. La consigna es cierta considerada en general, pero se vuelve incierta a medida que se extiende y ramifica a través de las nervaduras grupales hasta detenerse en los casos particulares. Los hilos que anudan deseo y política suelen ser de distinta extensión, color y grosor, sin contar las hilachas ocultas. En el género pornográfico el placer es unidireccional –se conjuga en masculino– pero es inevitable que el cristal de las fantasías eróticas personales esté facetado, aún a contrapelo, por el mundo tal cual ha sido hasta el momento. Por otra parte, el desconocimiento del mecanismo afectivo de la sexualidad femenina es el antecedente de la mirada masculina en la degustación de pornografía. En ese mundo el hombre es autárquico, como lo sería un solipsista que fuera elevado al rango de jefe de la horda.
X
El consumo de pornografía no es precondición necesaria de su adopción pública. En general se responde a su llamado porque se ha olfateado su almizcle en el aire de los tiempos. El género emite su furor genital para todos y para nadie, en forma radial, y para mesmerización de hombres y mujeres fuera de toda sospecha: el strip-tease se vuelve numerito obligado de las reuniones de ex-alumnos de escuelas secundarias y el baile de caño sustituye al juego de poner la cola al chancho en las fiestas de los geriátricos y la confesión de los delitos del pene y la vagina se trompetea en el horario central de la programación televisiva antes que en confesionarios por hora y en el tiempo que lleva dejar acharoladas la cocina y el salón comedor las amas de casa ensayan y actualizan acrobacias e histrionismos de cabaret. Todo esto es inocuo, apenas un grano de pimienta arrojado sobre el ajuar de bodas. El glamour del vicio es reconocible, sí, pero está inmunizado contra eventuales intrusiones del mal.
XI
La meca del cine promueve el “divismo”, en tanto la industria pornográfica lo hace con la categoría simétrica de “pornostar”, y asimismo con la más prolífica de “actriz pornográfica”, a secas, que es similar a la “figuración” en el reparto actoral y afín a los números vivos de los bares de desnudistas, hasta desembocar en un caudal innumerable de maniquís animados en poses diversas que se corresponden con los elencos de extras de un film o, llegado el caso, con las performances conyugales atesoradas en formato de video. Pero son tantos, y tan variados, los cuerpos expuestos que casi toda mujer podría encontrar a su “doble” en alguno de los escaques de este tablado barroco. Qué esas mujeres exuberantes hayan pasado antes por el quirófano es una verdad que no las impugna, pues también las estrellas mismas confiesan haberse recostado alguna vez en ese lecho de Procusto. Y para no decir una palabra de menos, también lo han hecho, por pura vocación, cientos de miles, quizás millones ya, de congéneres femeninas.
XII
No es el dormitorio, en particular el lecho nupcial, el lugar exclusivo donde la pornografía anima a sus fantasmas. Y aún cuando el lóbrego sótano o el altillo angelical convoquen figuras eróticas a la imaginación, quizás la mirada del pornógrafo cupiese mejor en el ojo de la cerradura. Espera la bienvenida.
XIII
La ingesta de pornografía suscita la evocación de escenarios personales previos y significativos, fenómeno que concierne menos al psicólogo que al oráculo. El teatro de sombras de la memoria arrastra consigo el eco de lo dicho y lo escuchado, haya sido gorjeo o rugido, por cuanto el oído fue, en aquéllas circunstancias, testigo y archivo a la vez. Si la sonoridad fuera esencial a la rememoración, entonces todo ruido, por más leve o breve, habría sido pertinente: el tintineo de copas, la risa, el frufrú de la ropa, la batahola de músculos y encastres, el festejo. De igual manera, en el género pornográfico, incluso el murmullo y la vibración y los decibeles de los gemidos canoros adquieren personalidad y cuerpo por sí mismos. Pero si se prescinde de la onda acústica, entonces lo importante es el ritmo. En un mundo silente, se privilegia la alternancia tanto como los intervalos, y también los pulsos, compases y acentuaciones de los movimientos corporales. Es la plenitud de la pantomima. Y si el paso del tiempo logra que en la reminiscencia se intensifique la silueta de la llama antes que su calor ya disipado, en el ahora del acto pornográfico la cinética de movimiento perpetuo se impone por sobre la vocinglería al tiempo que los espectadores son transformados en estatuas de sal.
XIV
Los ya anacrónicos desnudos en blanco y negro eran las figuritas difíciles de la educación sexual de los varones de otros tiempos, previa a su desfloramiento. Bastaba la visión de una sola fotografía y un castillo de naipes de consistencia opiácea se desplegaba en la imaginación del adolescente, y en la del adulto también. Eran el ábrete sésamo, la postal del paraíso al fin límpida y correctamente enfocada. La subsiguiente lección de anatomía quedaba a cargo de prostitutas: eran santas profanas. Pero la dirección instructiva de la pornografía actual se orienta menos hacia la imagen demoníaca de la temporada en el infierno que hacia el catálogo ordenado de placeres, al menos los de interés masculino. La exposición de la piel es asumida ya no por mujeres “de la calle” sino por las novias posibles de todo hombre que proyecte fundar un hogar modelo.
XV
Cien años atrás, muy pocos, fuera del esposo, tenían acceso legítimo al más angosto de todos los abismos. Sólo médicos, parteras y clientes de burdel. Pero la restricción de la vista se acompañaba de la inevitable compulsión a ver. Así también Orfeo quiso contemplar el rostro amado de Eurídice antes de ser ella reenviada al otro mundo. Courbet se adelantó en mucho a su tiempo cuando pintó El origen del mundo, la imagen detallada del secreto femenino en primer plano, y quizás con ello dio fin a una de las búsquedas de la pintura. En el siglo XIX, su exposición pública hubiera hecho evidente el punto de apoyo de los traumas burgueses. Pero hoy las volutas del pubis son accesibles: el cine pornográfico las volvió su sello de calidad pero ya antes habían sido mostradas, y para todo público, en ocasión de la primera transmisión televisiva en vivo de un “alumbramiento”, allá por la década de 1970, y también se ha recurrido a ellas –aunque parezca imposible– en carteles publicitarios. Del mismo modo, el hábito ya habitual de documentar el nacimiento de un hijo en la sala de partos del hospital encuentra su inmediata genealogía en el plano-detalle con que comienzan, y acaban, las películas pornográficas.
XVI
La costumbre de muchas parejas de filmarse a sí mismas en posiciones comprometidas no supone solamente un ejercicio de narcisismo obsceno permitido y fomentado por los modos tecnológicos actuales de la cosecha y el acopio de imágenes. Ni souvenir ni registro ni eventual afrodisíaco: es el influjo de la pornografía sobre los camaradas de alcoba que activa en ellos la voluntad de mimesis. Pretenden ser, para la cámara impávida, la pareja sustituta de una actuación original filmada en escenarios de cartón piedra. Hacen, por vocación, lo que los otros proceden a hacer en forma profesional: son su parodia incompetente.
XVII
El despliegue de la industria pornográfica esta remedando, a escala, el nacimiento y auge del “séptimo arte” en las antiguas barracas de madera de Hollywood. La cuestión del pudor, en un caso y en el otro, nunca dejó de estar en la mira de los espectadores, y en la de los censores, y por lo tanto la historia del cinematógrafo resulta ser un registro documental y en tiempo real de la progresiva desnudez femenina. El strip-tease se elevó del local de mala fama al palacio de cine, y aunque pasarían décadas antes de que a esa danza de los siete velos se le permitiera desvestir legítimamente el “origen del mundo”, las actrices siempre estuvieron destinadas a ser desnudistas. En la época “heroica” de los grandes estudios los elencos femeninos eran reclutados a la salida del teatro, el vaudeville y el cabaret, sin excluir al circo. Inmediatamente llegarían las aspirantes, muchas de ellas en fuga del tedio de pueblo chico, y no pocas pagaron el acceso a los escenarios de filmación con libras de carne. De igual manera, la industria pornográfica recoge mujeres en discotecas, en bares del camino o en producciones fílmicas caseras de nulo presupuesto y ánimo de farsa. Algunas vienen huyendo de una vida de miseria, otras tantas de la trata de blancas, no faltan las que se ilusionan con hallar el vellocino de oro, e incluso más de una visita ese infierno a modo de plataforma estratégica apta para trascender hacia escenarios más honorables o bien hacia un matrimonio conveniente y de buen tono. Es inevitable que el sistema de estrellato de esta industria, parodia del “star system” de Hollywood, sumada a su creciente aceptación pública, termine por atraer a princesas de los suburbios, a exhibicionistas vocacionales, y a novias y esposas osadas. Esta exhibición de carne faenada no es desemejante a la mostrada en los concursos de belleza nacionales e internacionales, en los cuáles participan mujeres “producidas” en gimnasios, en clínicas dietéticas y en quirófanos.
XVIII
La pornografía deja correr el lenguaje de la intimidad, que hasta el momento había sido “traducido” para el gran público por la literatura sicalíptica o “de soltero”, el folletín “sensualista”, la retórica festiva del teatro de revista o por telenovelas y películas apenas subidas de tono. Ese idioma estaba interdicto en público porque emanaba no tanto del fuelle labial como de vísceras crepitantes. Así sucede cuando las cuerdas vocales son pellizcadas durante su máxima tensión. Es probable que Adán y Eva se trataran con cortesía parecida en un tiempo perfecto e irrecuperable: si esas palabras briosas no fueron proferidas espontáneamente, entonces esos primeros enamorados debieron aprenderlas de los únicos seres que los observaban y acompañaban sin juzgarlos, los animales, sus semejantes.
XIX
La boca sonriente es omnipresente en la pornografía, como si fuera el pozo sin fondo de una mujer fatal o bien la invitación a un mundo idílico en el cual la felicidad es una obligación compartida. Los labios eluden el bostezo tanto como sobrepasan la sonrisa, que de por sí ya es un índice de aceptación. Una vez tragado el pudor el grado de abertura bucal desplaza a los demás rasgos faciales y se transforma en centro de gravedad, se diría en “ombligo del cuerpo”. El lenguaje, ladeado hacia el secreteo, el ronroneo o el balbuceo, da rienda suelta a las zonas tórridas del diccionario. Un babel de lenguas que progresan al ritmo del embate o al de la libación, por cuanto el habla íntima no tiene porqué corresponderse con un lenguaje cívico. La incitación riente ha sido entrenada por la falsa sonrisa de la publicidad, de la animación televisiva, de la “atención al público” y de la “comedia de la seducción”; y todas imitan la mueca de la muñeca inflable. De allí que la actriz pornográfica entone una vez más la vieja canción de las sirenas que antecede a todo naufragio: en la garganta del diablo se eclipsan todos los hombres.
XX
La soledad, a toda edad, se desvive por compañía. Pero la virgen a la que rezan los solitarios es una diosa hindú de ocho brazos.
XXI
Muchos son los tonos con que puede ser dicho un nombre de mujer y también muchas las acentuaciones que pueden acompañarlo y asimismo numerosos los arrastres y dejos de la dicción que enfatizan o trastocan los sentidos de un nombrar, e incluso no escasean apócopes y sobrenombres que no dejan impoluto al capricho del lenguaje que desde siempre es el portavoz de sí misma. Además, la aceleración y desaceleración en el decir sus nombres necesariamente modifican la actitud y el resuello, y al fin hasta las tonadas regionales cuentan. Pero así como los nombres nos hacen evocar a personas, también lo hacen con las circunstancias sensoriales que nos engarzaron a ellas. La pornografía, que habla en todas las lenguas, permite la exploración acústica de voces que se resisten a ser proferidas del todo. En otras épocas eso era tarea de la glosomancia.
XXII
Presentadas en sociedad, las actrices pornográficas carecen, sin embargo, de nombre. También anónimas son las mujeres desconocidas que nos resultan inmediatamente adorables o deseables, sin que sepamos cómo llamarlas. Dada la opción a un nombre de fantasía, la “X”, simétrica como un mandala y llamativa como un cartel que advirtiera la cercanía de un tabú, es la letra del alfabeto que mejor se adecua al género. Equis de xenón, un elemento que existe en el aire en muy escasa proporción. Las mujeres-espía disponen de doble y hasta de triple documento de identificación; las “mujeres de la calle” optan por un alias que disfraza el santo y seña de origen; al fin, en la pornografía, se eligen sobrenombres que se vuelven, a veces, marcas registradas aún cuando por lo general sean el chador de la identidad. En verdad, muchos de los apodos a que recurren las mujeres develan un doble fondo –un bajo fondo– y no son pocas las que resguardan un seudónimo cuidadosamente ocultado a los vínculos cercanos. Muy probablemente un nombre de guerra, puesto que la carne masculina es, en las películas pornográficas, un objeto a destruir.
XXIII
Es la joven inocente o la mujer de mundo o la cautiva o la ninfómana, son los ogros de los cuentos de infancia, es la esclava del amor de las leyendas orientales, son los adoradores de la diosa de la fertilidad, es la sirena aislada en medio de la tripulación, son cefalópodos desplazándose en desorden, es la soldadera de todas las guerras, son piratas de un solo ojo, es la novia mancillada por sus pretendientes, son suicidas en potencia, es una guillotina de hojas labiales, son un tropel, es una estatua móvil, son juguetes de madera que mienten por su genital, es la chica de sus sueños descompuesta en esquirlas afrodisíacas que les incendian el ánimo y la sangre, son monarcas derrocados luego de agitarse como entre pesadillas. Los seres de este mundo parecen haber escapado de una saturnal o de un pandemonio, o más bien del ruedo donde la bestia y su matador ponen nuevamente en acción a la vieja teoría de la “lucha de los sexos”, esta vez en versión simpática y con final empatado.
XXIV
La repugnancia queda concernida, pero también el incesante anhelo de placer, que siempre parece introducirse en la quietud corporal a la manera de los intrusos. Algunos confirman su rechazo hacia los poderes del sexo y otros dejan crecer la curiosidad por la parte de “animalidad” del cuerpo humano. En ambos casos, se teme o se ansía la revelación del doblez reprimido de cada época. Es por eso que su proliferación actual no es consecuencia única de los avances en la libertad de expresión sino también de la voluntad general de echar un vistazo al harén de Lucifer. Quizás los eclesiásticos que la acusan de promover el libertinaje y los bienintencionados que le atribuyen el rol de clase de anatomía para adolescentes estén más cerca de la verdad. Y por cierto, el cuarteamiento del cuerpo en órganos removibles e injertables como resultado de los adelantos en la técnica del transplante de órganos o de la cirugía estética se corresponde con la fragmentación cinematográfica de la piel en zonas significativas. Ya en los procesos laborales modernos el cuerpo había sido descompuesto en unidades útiles.
XXV
Las películas pornográficas son siempre segundas partes. Y son, a fin de cuentas, estáticas en su incesante ajetreo. Se parecen a las naturalezas muertas que cuelgan de las paredes de los museos, solo que los genitales y los adminículos eróticos sustituyen a las frutas y al vino embotellado, y la pantalla de televisión o de computadora a las salas de exposición, donde también suelen exhibirse “desnudos”. Lo que en un lado se degusta lentamente, a la manera de los connaisseurs, en el otro se deglute en tiempo de “fast-forward”, como si éste fuera un método amateur de lectura veloz para fotogramas.
XXVI
Es, sin tapujos, la exposición de la piel y los genitales, aún cuando nada límpido se extraiga de la imagen en el espejo salvo su deformación. Eso no remite al grotesco ni a la representación de la lujuria, sino al garabato o a la pintura inconclusa, incapaces ambas de capturar todas las dimensiones posibles del cuerpo, comenzando por el asombro ante la entrega y siguiendo por el reconocimiento estremecido de la carne efímera. Prima la comedia sobre el idilio, la audición sobre el carnaval, la farsa sobre el juego y el baile de disfraces sobre la noche de bodas perenne. Consumado el desvestido, la desnudez no decepciona pero obnubila, como si una obstinada hoja de parra brotara incesantemente sobre el párpado oval repetido de mujer a mujer. El desnudo, en la escultura, nos despierta el anhelo de caricia y de consuelo, en tanto la pornografía incentiva, en sus audiencias, instintos venatorios y afán de manoseo y manipulación. Pero los ojos no son órganos del tacto, sino de la admiración y del espanto.
XXVII
Lo diurno y lo nocturno condicionan la visión de rostros y cuerpos. La piel, sometida a la penumbra o al encandilamiento, queda en estado de empañamiento. Sólo atisbos y planos únicos cegadores. Foco dirigido, claro de luna o luz de trasnoche: la imagen se vuelve negativo fotográfico, o bien dobladillo. Los ambientes se difuminan hasta la alucinación, hasta devenir hologramas, en cuyo centro los rasgos faciales y los frutos de la pasión, tanto cóncavos como convexos, refulgen como apariciones, o como metamorfosis. Las variaciones en la iluminación dejan entrever máscaras distintas: con luz atenuada son fantasmales; con la luz a pleno, semblantes de rehén o halos de recién confesada. Al enmascaramiento lumínico se superpone la mascarada, puesto que no hay pornografía sin disfraz y sin cosmética. El afeite es requisito del oficio: el rouge, el rubor y la pasta oscura encubren a la vez que conceden brillo, espesor y carácter al rostro femenino, prisma donde la vista fija acaba descomponiéndose en delirio ocular. Realzada, más bien enjaezada, la cara se eleva al estatuto de icono. El arte de maquillar, aprendido en la niñez o en la adolescencia mediante la atenta observación de los rituales de la madre o de otras mujeres experimentadas acumula el anhelo y el ansia de cientos y cientos de antepasados femeninos de todos los tiempos, y así hasta llegar a la mujer primogénita en el Paraíso y al sencillo follaje que disimulaba su ardor, y que en aquella época feliz y pretérita resultaba ser frontera de la honestidad y zaguán de la tentación.
XXVIII
No es improbable que incluso las obscenidades mayores de esta época sean vistas en el futuro como pornografía cándida, tal como nosotros lo hacemos con las viejas fotografías de inicios del siglo XX que mostraban mujeres “rellenitas” y con boquita tipo corazón, y que ya no abarrotan las bateas de los porno-shops sino las de los anticuarios. Así también Babilonia rememoraba a Sodoma y Gomorra tanto como al Jardín del Edén, cuyo paradero sigue siendo desconocido hasta el día de hoy.
XXIX
El rostro iluminado de Cristo, las facciones resplandecientes de la estrella de cine, los rasgos faciales femeninos enfatizados por el maquillaje, los gestos de buena voluntad emitidos por las actrices pornográficas: santidad, divismo, simulación y entrega. María Magdalena, Afrodita, Cupido y Eros los alumbran, no menos que a la sonrisa de la madre reciente.
XXX
Luego de muchos años y años y años apenas queda en pie una parva de huesos. La emoción a flor de piel, el corazón abierto en canal, la sangre a punto de hervir –la luz, el amor, la desesperación– ya se han desvanecido de toda memoria. Por más que la calavera gima y balbucee, no hay reciprocidad posible. Por dos veces la carne y el alma abandonaron el cuerpo del hombre, unidas en el soplo de semen enamorado arrojado al horno de fuego y en un breve chisporroteo de fósforo óseo reluciendo para nadie en algún cementerio. Al primer abandono se le dice encarnarse en entraña de mujer; al último, “fuego fatuo”. Así dan la bienvenida la especie y la eternidad.
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