El hombre ante la muerte – Philippe Ariès

El hombre ante la muerte – Philippe Ariès

Estado: nuevo.

Editorial: Taurus.

Precio: $350.

Desde la disposición resignada propia de la Edad Media hasta la angustia individualista del actual Occidente, nuestra mirada a la muerte se ha ido transformando, cargada de creencias y construcciones sociales en absoluto universales.
El historiador Philippe Ariès se adentra con este amplio ensayo, fruto de quince años de investigación, en un tema etiquetado como sombrío e impenetrable que, sin embargo, arroja una inesperada luz sobre la historia psicológica del ser humano. Ariès aborda la evolución de las prácticas funerarias, las manifestaciones del duelo, las creencias sobre el más allá y, fundamentalmente, la cuestión a la que consagró su labor de investigador: la actitud del hombre enfrentado al fin de la vida.
La muerte, que una vez fuera pública, colectiva y ritualizada, considerada más una ruptura biológica con la familia o el linaje que un drama personal, sufre un giro fundamental al llegar el Renacimiento. La muerte «domada» inicia su retorno al estado «salvaje». Convertida en algo individual y temido, expulsada de la sociedad, hoy se le oculta al moribundo y se confina al hospital, el lugar de la muerte prevista.
Sobre ella se ha extendido un pesado silencio que este libro rompe en una invitación a la reflexión serena y cultivada sobre su inevitable presencia y la siempre cambiante cuestión de lo que constituye «la buena muerte».
El paciente moribundo
Philippe Ariès
Una característica significativa de las sociedades más industrializadas es que en ellas la muerte ocupó el lugar de la sexualidad como interdicción mayor. Se trata de un fenómeno nuevo, descubierto además muy recientemente.
Hasta comienzos del siglo xx el lugar reconocido a la muerte, la actitud ante la muerte, eran más o menos los mismos en toda la civilización occidental. Esta unidad se quebró después de la Primera Guerra Mundial. Las actitudes tradicionales fueron abandonadas en los Estados Unidos y la Europa industrial del Noroeste, y reemplazadas por un modelo nuevo en el que la muerte fue como evacuada. En cambio, en los países preponderantemente rurales y católicos, se conservaron. Pero desde hace una década observamos que el nuevo modelo empezó a extenderse en Francia, comenzando por la clase intelectual y la burguesía; hoy en día ya se está infiltrando en las capas medias, pese a resistencias provenientes de las clases populares.(1)
Hace algunos años se habría diagnosticado que el movimiento era irreversible, bajo la influencia del progreso de la industrialización, la urbanización, la racionalidad. La interdicción de la muerte parecía solidaria con la modernidad. Hoy se lo pone en duda, o al menos parece que la evolución no es tan sencilla y que se complica por la misma conciencia que de ella se ha ido adquiriendo.
Esta toma de conciencia se hizo esperar. Durante la segunda mitad del siglo, los historiadores y los especialistas de las nuevas ciencias del hombre fueron cómplices de su propia sociedad: se sustrajeron, al igual que el hombre común, de una reflexión sobre la muerte. El silencio fue roto por primera vez, y estrepitosamente, por el etnólogo Geoffrey Gorer en un estudio de título provocativo (2) y luego en un libro (3) que revelaba al público la existencia de un rasgo profundo, y hasta entonces cuidadosamente oculto, de la cultura moderna.
En realidad, la obra de Gorer también era la señal de un cambio en esta cultura. Si la interdicción de la muerte había sido aceptada espontáneamente, también había escapado a la observación de los científicos, etnólogos, sociólogos y psicólogos, como si se tratase de algo evidente o de una trivialidad que no valía la pena analizar. Sin duda, se convirtió en un tema de estudio precisamente en el momento en que comenzaba a ser objeto de controversia.
La obra de Gorer figura en los inicios de una abundante literatura, a la que pertenece The Dying Patient: este libro colectivo, por otra parte, contiene in fine una bibliografía de 340 títulos posteriores a 1955 y sobre todo a 1959, fecha del libro pionero de H. Feifel.(4) Esta bibliografía, que se limita a las publicaciones de sociología, psicología, etnología y psiquiatría en lengua inglesa, y que deja de lado todo lo concerniente a funerales, cementerios, duelo y suicidio, tal vez sea útil para el investigador francés. Ante todo es un testimonio del interés que en lo sucesivo se tiene en Norteamérica por el problema de la muerte y de cierta impugnación de un modelo que se creía impuesto por la modernidad.
Nos costaría mucho alcanzar lo mismo con las publicaciones en lengua francesa, pese al avance de la historiografía en el estudio de las mentalidades: la lista estaría completa con unos pocos títulos,(5) y esta escasez también es significativa. Sin lugar a dudas, todavía nos encontramos en lo más profundo de la interdicción. La impugnación comenzó entonces en los Estados Unidos, impulsada por los intelectuales: etnólogos, psicólogos, sociólogos y hasta médicos. Se observará el doble silencio de los políticos y de los hombres de la Iglesia, que antaño tenían casi el monopolio de la muerte y del discurso sobre ella.
No obstante, sabemos que en los Estados Unidos esta impugnación no está ya limitada a los intelectuales. El libro de humor de Jessica Mitford, The American Way of Death, puede ser interpretado como una reacción intelectual contra el “sueño americano”. Pero asimismo nos enteramos que el presidente Nixon recibió en la Casa Blanca a una delegación que defiende el derecho de cada hombre a elegir, a partir de cierta edad, su propia muerte. Algo ha cambiado. Los antiguos signos de la muerte, esqueletos repelentes o yacentes serenos, habían sido decididamente expulsados del mundo moderno. Pero de pronto la muerte reaparece bajo el aspecto igualmente insólito del achacoso erizado de tubos y agujas, condenado a mesas y años de una vida inferior.
The Dying Patient es un compendio de catorce estudios desiguales, ninguno de los cuales va realmente hasta el fondo. Su objetivo es sensibilizar el mundo de los hospitales, los asilos, los médicos, ante la gran miseria de los moribundos solitarios y desdeñados: un objetivo práctico. A mi juicio, su valor sociológico y científico es más bien pobre, por no haber hecho un esfuerzo suficiente para ampliar el tema y desarrollar una teoría. Sin embargo, su valor documental es muy grande: un excelente testimonio sobre la actitud de la sociedad norteamericana ante la muerte, o al menos de su clase intelectual: un documento que debe leerse prestando atención tanto a lo que rescata como a lo que descarta.
En el modelo que presenta la sociedad norteamericana, caracterizado por la interdicción de la muerte, los autores distinguen una parte que aceptan: the death, y una que impugnan: the dying. Esta distinción es muy importante.
Por lo tanto, para ellos ya no existen las reservas de Gorer y de Mitford respecto del American Way of Death. Están satisfechos de la manera en que la sociedad norteamericana asume la desaparición física de los muertos: la preparación de los cuerpos por los morticians, la exhibición en las funeral homes. Los servicios religiosos para el consuelo de los sobrevivientes. Debemos reconocer que la situación norteamericana es original: allí los ritos funerarios son un término medio entre las manifestaciones solemnes y tradicionales de la incertidumbre de la vida, de la esperanza escatológica, del dolor (duelo) de los sobrevivientes, y la expedición discreta y rápida del cuerpo tal como se practica en las sociedades más desarrolladas de la Europa industrial.
Este término medio conserva la despedida pública de los vivos al muerto (a menudo suprimidos en otros lugares como Inglaterra u Holanda), y sin embargo también respeta la interdicción que pesó sobre la muerte. Aquél a quien se visita en los funeral parlors no es un verdadero muerto, alguien que presenta los signos de la muerte: es un casi vivo a quien los morticians han maquillado y dispuesto para que siga produciendo la ilusión de la vida.
Para nuestros autores esta situación es satisfactoria; sostienen así que la sociedad norteamericana resolvió adecuadamente los problemas psicológicos y sentimentales suscitados por los funerales y el duelo, y encontró fórmulas que respondían a las inquietudes del hombre de hoy, y que conseguían apaciguarlas. En su sabiduría, la sociedad habría producido medios eficaces para protegerse de las tragedias cotidianas de la muerte y así estar libre para proseguir sus tareas sin emociones ni obstáculos.
Una vez muerto, todo sigue bien en el mejor de los mundos posibles. Sin embargo, morir resulta difícil. La sociedad prolonga el mayor tiempo posible la vida de los enfermos, pero no los ayuda a morir. A partir del momento en que ya no puede mantenerlos, renuncia a hacerlo -technical failure, business lost- y ya no son más que testigos vergonzosos de su derrota. Primero intentan no tratarlos como auténticos muertos, y luego se apresuran a olvidarlos o a hacer como que los olvidan.
Por cierto que morir nunca fue fácil, pero las sociedades tradicionales estaban acostumbradas a atender al moribundo y a recibir sus comunicaciones hasta el último suspiro. Hoy, en los hospitales y en las clínicas particulares ya no se comunican con el moribundo. No se lo escucha como un ser que razona, y se limitan a mirarlo como un objeto clínico, en lo posible aislado como un mal ejemplo y tratado como un niño irresponsable cuya palabra carece de sentido y autoridad. Sin duda se beneficia con una asistencia técnica más eficaz que la fatigosa compañía de parientes y vecinos. Pero aunque bien cuidado y conservado el mayor tiempo posible, se ha convertido en una cosa solitaria y humillada.
Los moribundos ya no tienen estatus ni, por lo tanto, dignidad. Son clandestinos, marginal men, cuya angustia se comienza a adivinar. La ventaja de las ciencias humanas es haber revelado esa angustia, a pesar del silencio de los médicos, eclesiásticos y políticos.
Para explicar este cambio, nuestros autores apelan a dos series de hechos de mentalidad; históricos y prospectivos.
HECHOS HISTÓRICOS 
El moribundo carece de estatus porque ha dejado de tener valor social: por eso ya nadie se toma en serio los death bed pronouncements. En otras épocas, el moribundo conservaba su valor hasta el final e incluso después, ya que partía hacia una vida futura en la que todos creían. La disminución de las creencias religiosas, y en las religiones de salvación el borramiento de la escatología, habrían quitado toda credibilidad a las incoherencias de un hombre ya casi anulado. Un análisis semejante seria totalmente convincente si la única forma de sobrevida fuera el Paraíso del cristianismo o de las religiones de salvación. En realidad las cosas son más complejas. Ya en la cristiandad de la Edad Media y el Renacimiento, no siempre es fácil distinguir la sobrevida celestial de los bienaventurados y aquella garantizada en la tierra por la gloria o la fama: una y otra se entremezclan, son solidarias. Ambas, sin embargo, prácticamente han desaparecido del mundo contemporáneo: nos hemos convencido de la vanidad de la fama en el mismo momento en que comenzamos a dudar también de la eternidad. Pero entonces otra forma de sobrevida sustituyó a las que tenían su raíz en el viejo pasado cristiano y pagano: se manifestó en el siglo xix a través del culto, tanto laico como cristiano, de las tumbas y los cementerios, y expresa un sentimiento que ya había florecido en la epigrafía funeraria romana y luego fue totalmente olvidado durante un milenio: la negativa a la separación definitiva, la negativa a la muerte del otro (6) Se creó entonces una forma de sobrevida sin lo sobrenatural, que Vercors describió admirablemente (7): “Toda persona amada con quien hemos tenido una gran intimidad nos impregna, nos transforma. Bajo el efecto de una emoción particularmente intensa, como resultado de una defunción, por ejemplo, puede producirse una dicotomía, de manera que el diálogo que entonces se instaura, mucho más que un diálogo ilusorio consigo mismo es un verdadero diálogo con el otro, en la medida en que el ser amado… continúa así viviendo y proyectando en nosotros su vida intelectual, afectiva y sensible, y, por así decirlo, desarrollándose todavía por su propia cuenta.”
De hecho, la anulación del moribundo se hizo a pesar del persistente deseo de conservar su memoria y su presencia. Pero ese deseo ya no se reconoce como legítimo, y en adelante su expresión les es negada a los sobrevivientes: por eso a veces su duelo desconsolado, prohibido y reprimido les resulta mortal.
El verdadero motivo es la interdicción, ya analizada por Gorer, Feifel, Glaser y Strauss pero todavía no explicada a fondo; es decir, la negativa a padecer la emoción física provocada por la visión o la idea de la muerte. Observamos que, ante el espectáculo, sólo se aceptan (hasta el presente, pero eso está cambiando en los Estados Unidos) las formas de muerte violenta, porque se las considera diferentes del fin que nos estaría naturalmente reservado . Corresponde a los enfermos no despertar jamás en los médicos y enfermeras la insoportable emoción de la muerte. Serán apreciados en la medida en que hagan olvidar al entorno médico (a su sensibilidad y no a su razón) que van a morir. Así, el papel del enfermo sólo puede ser negativo: el del moribundo que simula que no se va a morir.
HECHOS PROSPECTiVOS 
Las razones históricas analizadas más arriba no son ya totalmente inéditas, y comienzan a organizarse en una suerte de vulgata que se anuda a las otras impugnaciones de la sociedad industrial. Sin embargo, aparecen motivaciones nuevas, inspiradas por la idea que nos hacemos hoy del porvenir y autorizadas por los transplantes de órganos y las probables o esperadas victorias sobre el cáncer y las enfermedades circulatorias.
En esta perspectiva más o menos admitida, ya no habrá muertes prematuras. La muerte acaecerá al final de una larga vida. Mors certa, sin duda, pero no ya hora incerta. Por el contrario, hora certa et etiam praescripta.
Entonces, una alternativa: o bien la prolongación de la vida en las condiciones indignas, humillantes y vergonzosas de la práctica actual, o bien el derecho reconocido y reglamentado de interrumpir en algún momento esta prolongación. Pero ¿quién decidirá, el paciente o el médico?
El problema ya está planteado en los hechos. Como se explica en este libro, cada caso es resuelto por el médico en función de cuatro parámetros: el respeto a la vida, que lleva a prolongarla indefinidamente; la humanidad, que lleva a abreviar el sufrimiento; la consideración de la utilidad social del individuo (joven o viejo, famoso o desconocido, digno o degradado); y el interés científico del caso. La decisión resulta de la interacción de esas cuatro motivaciones. Siempre se la toma in petto, sin que el enfermo esté asociado a ella. La misma familia es cómplice, y por lo general abandona toda su voluntad en manos del médico-mago -con riesgo, más tarde, de volverse contra él.
Por consiguiente, faltaría encontrar por un lado un estatus para los moribundos y por el otro una regla para los médicos, amos de la vida. Pensando en ello, estas reflexiones intentan recuperar poco a poco el camino, durante un tiempo borrado, de la muerte.
Notas: 
The Dying Patient, obra colectiva bajo la dirección de Orville G. Brim, Nueva York, Russel Sage Foundation, 1970; hemos hecho una crónica de esta obra en la Revue francaise de sociologie, vol. XIV, n° I, ene-mar. de 1973, págs. 125-128, con el título de “La mart et le mourant dans notre civilisation”.
(1) Aries P., “La vie et la mart chez les Français d’aujourd’hui”, Ethno-psychologie, marzo de 1972 (27º año) págs. 39-44; (ver Ariès P. “La vida y la muerte entre Los franceses de hoy” en Morir en Occidente. Adriana Hidalgo Editora. Bs.As. 2000).
(2) Gorer, G. “The Pornography of Death”, Encounter, oct, de 1995.
(3) Gorer, G.”Death, grief and mourning”. Doubleday. Nueva York, 1963.
(4) H. Feifel, op. cit. 
(5) Señalemos la reciente reedición de la obra de Edgar Morin, “L’Homme et la Mort devant l´historie”. Du Seuil. Paris, 1970. Y el libro de J. Potel, “Mort a voir, mort a vendré”. Desclée. Paris, 1970. 
(6) Aries, P. “Contribución al estudio del culto de los muertos en la época contemporánea”).Morir en occidente desde la Edad Media hasta la actualidad. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, 2000.
(7) Vercors, en Belline, “La Troisieme Oreille”, Laffont.Paris, 1972. Resumido por Roland Jaccard en Le Monde, 8 de sept. de 1972.

 

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