Esperando a los bárbaros – J. M. Coetzee

Estado: usado.

Editorial: Riesa.

Traducción: Nicolás Heredia.

Precio: $200.

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VENDIDO

Estado: nuevo.

Editorial: DEBOLSILLO.

Precio: $000.

Un día el Imperio decidió que los bárbaros eran una amenaza a su integridad. Primero llegaron al pueblo fronterizo policías, que detuvieron sobre todo a quienes no eran bárbaros pero sí diferentes. Torturaron y asesinaron. Después llegaron los militares. Muchos. Preparados para realizar heroicas campañas militares. El viejo magistrado del lugar trató de hacerles ver con sensatez que los bárbaros habían estado desde siempre allí y nunca habían sido un peligro, que eran nómadas y no se les podría vencer en batallas campales, que las opiniones que tenían sobre ellos eran absurdas… Vano intento. El magistrado solo logró la prisión y el pueblo, que había aclamado a los militares cuando llegaron, su ruina.
J. M. Coetzee nació en 1940 en Ciudad del Cabo y se crió en Sudáfrica y Estados Unidos. Es profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo, traductor, lingüista, crítico literario y, sin duda, uno de los escritores más importantes que ha dado Sudáfrica en los últimos tiempos, y de los más galardonados. Premio Nobel de Literatura en 2003, en 1974 publicó su primera novela, Tierras de poniente (Literatura Mondadori, 2009). Le siguieron, entre otras, En medio de ninguna parte (2003), con la que ganó el CNA, el primer premio literario de las letras sudafricanas; Esperando a los bárbaros (2003), también premiada con el CNA; Vida y época de Michael K. (2006), que le reportó su primer Booker y el Prix Étranger Femina; Desgracia (2000), que le valió un segundo Booker, el premio más prestigioso de la literatura en lengua inglesa, y las memorias noveladas Infancia (2001), Juventud (2002) y Verano (2010), reunidas en un solo volumen en Escenas de una vida de provincias (2013). Asimismo, le han sido concedidos el premio Jerusalem y el Irish Times International Fiction. En España ha sido galardonado con los premios Llibreter 2003 y Reino de Redonda, creado por el escritor Javier Marías. La infancia de Jesús es su nueva novela.
Discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura: 
Él y su hombre.
Pero regresando a mi nuevo compañero. Estaba muy contento con él y me propuse enseñarle todo lo que fuera adecuado para convertirle en alguien útil, práctico y capaz de ayudar. Pero sobre todo para que pudiera hablar y entenderme cuando yo hablaba. Y nunca hubo estudiante más apto que él.
―Robinson Crusoe, Daniel Defoe
Boston, en la costa de Lincolnshire, es una hermosa población, escribe su hombre. En ella se encuentra el campanario de iglesia más alto de Inglaterra. Los timoneles de embarcación lo usan como punto de referencia. Boston está rodeado de terrenos pantanosos. Abundan los avetoros, unas aves ominosas que emiten una llamada grave y lastimera y tan fuerte que se oye a tres kilómetros de distancia, como la detonación de un arma de fuego.
Los pantanos también albergan otras muchas especies de aves, escribe su hombre: patos y patos reales, cercetas y patos silbones, y para capturarlos los hombres de los pantanos crían patos amaestrados, a los que llaman patos señuelo o duckoys.
La gente de la zona llama a esos pantanos fens. Hay pantanos por toda Europa y por todo el mundo, pero no se llaman fens. Fens es una palabra inglesa que se resiste a emigrar.
A esos patos señuelo de Lincolnshire, escribe su hombre, se los cría en estanques señuelo y se los amaestra dándoles de comer a mano. Luego, cuando llega la temporada, se los envía a Holanda y a Alemania. Allí conocen a otros de su especie y cuando ven las vidas tan tristes que tienen esos patos holandeses y alemanes, cómo en invierno se les congelan los ríos y se les cubre la tierra de nieve, no pueden evitar comunicarles, en una forma de lenguaje que les permite ser entendidos, que en su tierra natal de Inglaterra las cosas son distintas: que los patos ingleses tienen costas llenas de comida y mareas que invaden libremente los arroyos. Que tienen lagos, manantiales, estanques abiertos y estanques recogidos. También tierras llenas de maíz que dejan atrás los espigadores. Y ni escarcha ni nieve, o muy poco de ambas.
Mediante semejantes descripciones, escribe él, que se llevan a cabo en su totalidad en el lenguaje de los patos, ellos, los patos señuelos o duckoys, reúnen grandes cantidades de aves y, por decirlo de algún modo, las raptan. Las guían de vuelta a través del mar desde Holanda y Alemania y las instalan en sus estanques señuelo de los pantanos de Lincolnshire, graznándoles y parloteándoles todo el tiempo en su idioma, diciéndoles que esos son los estanques de los que les hablaban y que ahora vivirán a salvo en ellos.
Y mientras están así ocupados, los criadores de señuelos, los amos de los patos señuelo, se ponen a cubierto en refugios que han construido con cañas en los pantanos y sin ser vistos arrojan puñados de maíz al agua. Y los patos señuelo o duckoys los siguen y a su vez son seguidos por sus invitados extranjeros. Y así es como durante dos o tres días llevan a sus invitados por vías fluviales cada vez más estrechas y los van llamando todo el tiempo para enseñarles lo bien que se vive en Inglaterra, hasta el lugar donde se han extendido las redes.
Luego los criadores de señuelos envían a su perro señuelo, que ha sido perfectamente adiestrado para nadar detrás de las aves y ladrar mientras nada. Extremadamente alarmados por aquella criatura terrible, los patos echan a volar, pero los obliga a descender de nuevo la red arqueada que hay encima de ellos, de modo que es bajo la red que deben nadar o perecer. Pero la red se va estrechando más y más, como una bolsa, y al final de la misma están los criadores de señuelos, que van atrapando uno por uno a sus cautivos. A los patos señuelo los acarician y los tratan de maravilla, pero a sus invitados los matan a palos allí mismo, los despluman y los venden a centenares y a millares.
Todas estas historias de Lincolnshire las escribe su hombre en una caligrafía pulcra y rápida, con unas plumas que afila con su navaja todos los días antes de sentarse de nuevo ante la página.
En Halifax, escribe su hombre, había, hasta que fue retirada en el reinado del Rey Jaime I, una máquina de ejecuciones que funcionaba del modo siguiente. Al condenado lo ponían con la cabeza en la base o cuenco del cadalso. Luego el verdugo sacaba de un golpe un perno que sujetaba en alto una cuchilla enorme. La cuchilla bajaba por un marco tan grande como una puerta de iglesia y decapitaba al hombre tan limpiamente como un cuchillo de carnicero.
Era costumbre en Halifax, sin embargo, que si entre el momento de sacar el perno y el momento en que bajaba la cuchilla el condenado conseguía ponerse de pie de un salto, bajar corriendo la colina y cruzar el río a nado sin que lo volviera a coger el verdugo, se lo dejaba libre. Pero en todos los años que estuvo la máquina en Halifax esto nunca sucedió.
Él (no su hombre sino él) está sentado en su habitación junto a los muelles de Bristol, leyendo esto. Se está haciendo mayor. Ya casi se puede decir que es un anciano. La piel de su cara, que el sol del trópico casi había ennegrecido antes de que se fabricara una sombrilla de hojas de palmera o sabal para protegerse, se ha vuelto más pálida, aunque sigue siendo tan correosa como el pergamino. En la nariz tiene una llaga causada por el sol que no se le cura.
Todavía tiene la sombrilla en su habitación, de pie en una esquina, pero el loro que regresó con él ya falleció. “¡Pobre Robin!”, chillaba el loro posado en su hombro. “¡Pobre Robin Crusoe! ¿Quién salvará al pobre Robin?”. Su esposa no soportaba las lamentaciones del loro. “Pobre Robin” día sí y día también. “Le retorceré el cuello”, decía ella, pero no tenía valor para hacerlo.
Cuando regresó a Inglaterra de su isla con su loro, su sombrilla y el cofre lleno de tesoros, vivió una temporada tranquilo con su anciana esposa en la finca que había comprado en Huntingdon, ya que se había convertido en un hombre rico y se enriqueció todavía más cuando se imprimieron sus aventuras. Pero los años en la isla, y luego los años de viajes con su sirviente Viernes (pobre Viernes, se lamenta para sus adentros, graznido, graznido, porque el loro nunca pronunciaba el nombre de Viernes, solamente el de él), hicieron que la vida de terrateniente le resultara aburrida. Y si hay que ser francos, la vida de casado también lo decepcionó amargamente. Se descubrió a sí mismo retirándose cada vez más a menudo a sus establos con sus caballos, que por fortuna no hablaban por los codos, sino que relinchaban suavemente cuando llegaba para mostrar que lo reconocían y luego se quedaban callados.
Tras regresar de su isla, donde hasta la llegada de Viernes había vivido en silencio, le dio la impresión de que en el mundo se hablaba demasiado. Cuando estaba junto a su mujer en la cama le parecía que le estaban lloviendo guijarros sobre la cabeza, con un repiqueteo constante, cuando lo único que él deseaba era dormir.
Así que cuando su anciana mujer pasó a mejor vida se vistió de luto pero no se apenó. La enterró y transcurrido un lapso decente ocupó una habitación en la posada The Jolly Tar de los muelles de Bristol, dejando las propiedades de Huntingdon a cargo de su hijo. Únicamente se llevó consigo la sombrilla de la isla que lo había hecho famoso, el loro muerto y fijado a su percha y unos pocos artículos de primera necesidad, y allí es donde ha vivido desde entonces, paseando de día por los muelles, mirando al oeste por encima del mar, ya que todavía tiene buena vista, y fumando en pipa. En cuanto a las comidas, se las hace subir a la habitación. Porque después de haberse acostumbrado a la soledad en su isla ya no le agrada estar con otra gente.
No lee, pues ha dejado de gustarle, pero la escritura de sus aventuras le infundió la costumbre de escribir y eso le proporciona un recreo bastante agradable. Por las tardes, a la luz de las velas, saca sus papeles, afila sus plumas y escribe un par de páginas de su hombre, el hombre que envía informes sobre los patos señuelo de Lincolnshire, sobre la gran máquina letal de Halifax, la que permite huir si antes de que caiga la atroz cuchilla uno puede ponerse de pie de un salto y bajar corriendo la colina, y sobre otras muchas cosas. Desde todos los sitios que visita envía informes, ésa es la ocupación principal de ese atareado hombre suyo.
Paseando junto a los muros del puerto y reflexionando sobre la máquina de Halifax, él, Robin, a quien el loro llamaba el pobre Robin, deja caer un guijarro y escucha. Un segundo, menos de un segundo, tarda en llegar al agua. La gracia de Dios es rápida, ¿pero acaso no lo es más una cuchilla enorme de acero templado, más pesada que una roca y engrasada con sebo? ¿Cómo se puede escapar de ella? ¿Y qué clase de hombre puede dedicarse a ir de un lado para otro por todo el reino, de un espectáculo de muerte a otro (apaleamientos, decapitaciones), enviando informe tras informe?
Un hombre de negocios, se dice a sí mismo. Que sea un hombre de negocios, un mercader de granos o de pieles. O un fabricante y abastecedor de tejas de algún lugar donde abunde la arcilla, como por ejemplo Wapping, forzado a viajar mucho por razones de trabajo. Que sea próspero, que tenga una mujer que lo quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas. Que goce de una felicidad razonable. Y que su felicidad se acabe de golpe. Un invierno crece el Támesis y se lleva por delante los hornos donde se cocían las tejas, o bien los graneros, o la curtiduría. Y su hombre se arruina. Los acreedores descienden sobre él como moscas o como cuervos. Se ve obligado a abandonar su casa, a su mujer y a sus hijas y buscar refugio en la zona más ruinosa de Beggars Lane bajo un nombre falso y disfrazado. Y que todo esto -la crecida del río, la ruina, la huida, la miseria, los harapos y la soledad-, que todo esto sea una representación del naufragio y de la isla donde él, el pobre Robin, pasó veintiséis años aislado del mundo y estuvo a punto de enloquecer (¿Y ciertamente quién puede decir que hasta cierto punto no enloqueció?).
O bien que el hombre sea un talabartero con una casa y un taller en Whitechapel y un lunar en la barbilla y una mujer que le quiera y no hable mucho y le dé hijos, sobre todo hijas, y le reporte una gran felicidad, hasta la llegada de la peste a la ciudad. Corre el año 1665 y todavía no ha tenido lugar el Gran Incendio de Londres. La peste desciende sobre Londres: día a día, parroquia a parroquia, el recuento de víctimas crece, entre los pobres y entre los ricos, porque la peste no distingue clases sociales, y toda la fortuna mundana del talabartero no lo va a salvar. Así que envía a su mujer y a sus hijas al campo y hace planes para escapar él también, pero al final no se marcha. “No temerás a los horrores de la noche”, lee cuando abre la Biblia por una página al azar, “ni a la flecha que vuela de día. Ni a la pestilencia que camina en la oscuridad, ni a la destrucción que arrasa a mediodía. Un millar caerán a tu lado, y diez mil a tu derecha, pero a ti no te tocará el mal”.
Alentado por esa señal, una señal que es como un salvoconducto, se queda en la ciudad aquejada de la enfermedad y empieza a escribir informes. Me encontré con una multitud en la calle, escribe, y en medio de la misma una mujer señalaba al cielo. “¡Mirad!”, gritó la mujer. “¡Un ángel vestido de blanco empuñando una espada de fuego!”. Y toda la multitud empezó a asentir. “Lo es, es cierto”, dijeron. “¡Un ángel con una espada!”. Pero él, el talabartero, no vio ningún ángel y tampoco ninguna espada. Lo único que vio fue una nube de forma extraña que brillaba más por un lado que por el otro, como resultado de la luz del sol.
“¡Es una alegoría!”, gritó la mujer de la calle, pero él no vio nada parecido a una alegoría. Eso dice en su informe.
Otro día, mientras camina junto al río en Wapping, su hombre, el que antes era talabartero pero ahora carece de ocupación, observa cómo una mujer llama desde el umbral de su casa a un hombre que rema a bordo de una barca a vela. “¡Robert, Robert!”, lo llama ella. Y entonces el hombre rema hasta la orilla, coge un saco de la barca, lo deja encima de una roca junto a la orilla del río y se aleja remando. Y la mujer va a la orilla y recoge el saco y se lo lleva a casa, con aspecto muy afligido.
Él se acerca al hombre llamado Robert y habla con él. Robert le informa de que la mujer es su esposa y de que en el saco hay provisiones para una semana para ella y para sus hijos, carne, harina y manteca, pero que no se atreve a acercarse más, ya que todos ellos, la esposa y sus hijos, tienen la peste. Y eso le rompe a él el corazón. Y todo esto -la historia de Robert y su mujer manteniéndose unidos mediante llamadas de un lado a otro del río y sacos dejados en la orilla- ciertamente posee un significado propio, pero también es una representación de la soledad de él, de Robinson, en la isla, donde en sus horas de desesperación más oscura iba hasta la orilla y llamaba a sus seres queridos de Inglaterra para que lo salvaran, y otras veces nadaba hasta el barco naufragado en busca de provisiones.
Más informes de aquella época de tristeza. Ya incapaz de soportar el dolor de las hinchazones en la entrepierna y en el sobaco que son las señales de la peste, un hombre sale corriendo y gritando, completamente desnudo, a la calle, a Harlow Alley, en Whitechapel, donde su hombre el talabartero se queda mirando cómo salta y hace cabriolas y toda clase de gestos extraños, y su mujer y sus hijos corren detrás de él gritando y diciéndole que vuelva a casa. Y esos saltos y esas cabriolas son una alegoría de sus propios saltos y cabriolas cuando tras la calamidad del naufragio, después de registrar la playa en busca de huellas de sus compañeros de a bordo y al no encontrar a ninguno, al no encontrar nada más que un par de zapatos desparejados, entendió que había naufragado completamente solo en una isla desierta y que ciertamente no tenía esperanzas de salvarse.
(¿Pero sobre qué otra cosa canta en secreto, se pregunta a sí mismo, ese pobre hombre afligido acerca del que está leyendo, además de su desolación? ¿Qué está invocando, a través de las aguas y a lo largo de los años? ¿Qué está tratando de extraer de su fuego interior?)
Hace un año, él, Robinson, le pagó dos guineas a un marinero por un loro que el marinero se había traído, según le dijo, de Brasil: un pájaro no tan magnífico como su amado animal pero por lo demás espléndido. Tenía plumas verdes, cresta escarlata y hablaba muy bien, si había que dar crédito al marinero. Y ciertamente el pájaro se le posaba en el hombro en su cuarto de la posada, con una cadenita en la pata en caso de que intentara irse volando, y decía las palabras “¡Pobre Poll! ¡Pobre Poll!” una y otra vez hasta que él se veía obligado a taparlo con una capucha. Pero no le pudo enseñar a decir ninguna otra cosa. “¡Pobre Robin!”, por ejemplo. Tal vez era demasiado viejo para aquello.
Pobre Poll, mirando por el ventanuco la enorme extensión gris del Atlántico que se ve más allá de los mástiles: “¿Qué isla es ésta?”, pregunta el pobre Poll, “a la que he sido arrojado, tan fría y lúgubre? ¿Dónde estás, mi Salvador, en esta hora en que tanto te necesito?”.
Un tipo, borracho y en plena madrugada (otro de los informes de su hombre), cae dormido en un umbral en Cripplegate. El carro que se lleva a los cadáveres viene en su dirección (seguimos en el año de la peste), y los vecinos, creyendo que el tipo está muerto, lo ponen en el carro entre los cadáveres. Al poco rato, el carro llega a la fosa de Mountmill y el carretero, con la cara tapada para protegerse de los efluvios, lo coge para echarlo dentro. Él se despierta y forcejea, confuso. “¿Dónde estoy?”, dice. “Estás a punto de ser enterrado con los muertos”, le dice el carretero. “¿Pero estoy muerto?”, dice el hombre. Y esto también es una representación de él en la isla.
Algunos londinenses continúan con sus asuntos, creyendo que están sanos y que saldrán vivos. Pero en secreto tienen la peste en la sangre: cuando la infección les llegue al corazón caerán fulminados, informa su hombre, como si les alcanzara un rayo. Y eso es una representación de la vida misma, de la vida en general. Preparativos adecuados. Tendríamos que hacer preparativos adecuados para la muerte o bien caer fulminados. Tal como él, Robinson, se vio forzado a ver cuando de repente, en su isla, se encontró un día con la huella de un hombre en la arena. Era una huella, y por tanto una señal: la señal de un pie, de un hombre. Pero también de otras muchas cosas. “No estás solo”, decía la señal. Y también: “No importa hasta dónde navegues, no importa dónde te escondas, serás encontrado”.
En el año de la peste, escribe su hombre, otros, presa del terror, lo abandonaron todo, sus casas, a sus mujeres e hijos, y huyeron lo más lejos que pudieron de Londres. Cuando la peste pasó, su huida fue condenada unánimemente como cobardía. Pero olvidamos, escribe su hombre, la clase de valentía que hace falta para afrontar la peste. No es el simple valor de un soldado cuando coge el arma y dispara contra el enemigo: es como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco.
Ni siquiera en su mejor momento, su loro de la isla, su favorito de los dos, dijo ninguna palabra que no le hubiera enseñado su amo. ¿Cómo es posible que su hombre, que es una especie de loro y a quien no tiene en demasiada estima, escriba tan bien como su amo o mejor? Porque lo cierto es que su hombre es hábil con la pluma. “Como disparar a la Muerte misma a lomos de su caballo blanco”. El talento de él, adquirido en la contaduría, consiste en hacer cálculos y cuentas, no en elaborar frases. “La Muerte misma a lomos de su caballo blanco”: a él no se le habrían ocurrido esas palabras. Solamente cuando deja paso a su hombre aparecen esas palabras.
Y los patos señuelo o duckoys: ¿qué sabía él, Robinson, de los patos señuelo? Nada en absoluto hasta que su hombre empezó a enviarle informes.
Los patos señuelo de los pantanos de Lincolnshire, la gran máquina de ejecuciones de Halifax: informes de una gran gira que su hombre parece estar llevando por la isla de Gran Bretaña y que es la representación de una gira que él llevó a cabo por su isla en el esquife que se había construido, la gira que reveló que había una parte remota de la isla, escarpada, oscura e inhóspita, que después de aquello evitó siempre, aunque si en el futuro llegaban colonos a la isla tal vez la explorarían y se asentarían en ella. Aquello también era una representación, del lado oscuro del alma y del luminoso.
Cuando las primeras bandadas de plagiadores e imitadores se cernieron sobre su historia de la isla y le endilgaron al público sus propias historias falsas sobre la vida de un náufrago, a él no le parecieron distintos en absoluto a una horda de caníbales descendiendo sobre su carne, es decir, sobre su vida. Y no tuvo escrúpulos a la hora de decirlo. “Cuando me estaba defendiendo de los caníbales, que intentaban abatirme, asarme y devorarme”, escribió, “pensaba que me estaba defendiendo de la cosa en sí. Poco imaginaba”, escribió, “que aquellos caníbales no eran más que representaciones de una voracidad mucho más diabólica, que roería la sustancia misma de la verdad”.
Pero ahora, después reflexionar más sobre ello, parece que empieza a infiltrarse en su pecho un toque de complicidad con sus imitadores. Porque ahora le parece que en el mundo solamente hay un puñado de historias. Y si a los jóvenes se les prohíbe que se alimenten de sus mayores, se los está condenando a guardar silencio para siempre.
Así pues, en el relato de sus aventuras en la isla cuenta que una noche se despertó aterrado y convencido de que tenía encima de él en su cama al demonio bajo la forma de un perro enorme. Así que se puso de pie de un salto, cogió un alfanje y lo blandió a derecha e izquierda para defenderse, mientras el pobre loro que dormía junto a la cama chillaba alarmado. Tardó muchos días en comprender que no se le había subido encima ningún diablo y tampoco ningún perro, sino que había sufrido alguna clase de parálisis pasajera, y al no poder mover la pierna había llegado a la conclusión de que había alguna criatura acostada sobre la misma. Da la impresión de que la lección de aquella aventura es que todas las aflicciones, incluida la parálisis, proceden del diablo y son el mismo diablo. Que una visita de la enfermedad puede ser representada por una visita del diablo, o por un perro que represente al diablo, y que viceversa, la visitación puede representarse como una enfermedad, como en la historia del talabartero y la peste. Y por tanto que nadie que escriba historias sobre una cosa u otra, sobre el diablo o sobre la peste, debería por ello ser considerado un mero falsificador o un ladrón.
Cuando años después decidió poner en papel el relato de su isla, descubrió que no le salían las palabras, que la pluma no fluía, que sus dedos estaban rígidos y no le respondían. Pero día a día, paso a paso, acabó por dominar la técnica de la escritura, hasta que durante la época de sus aventuras con Viernes en el norte helado las páginas le salían con facilidad, casi sin pensarlo.
Pero aquella vieja facilidad de redacción, ay, lo había abandonado. Cuando ahora se sienta ante el pequeño escritorio frente a la ventana que domina los muelles de Bristol, siente la mano más torpe que nunca y la pluma un instrumento más ajeno que nunca.
¿Y acaso al otro, a su hombre, le resulta más fácil escribir? Los relatos que escribe acerca de patos, máquinas letales y Londres bajo la peste fluyen con bastante facilidad, pero antaño a él le pasaba lo mismo. Tal vez lo está juzgando mal, a ese hombrecillo atildado de paso rápido y con un lunar en la barbilla. Tal vez en este mismo momento esté sentado a solas en un cuarto de alquiler en alguna parte del ancho reino mojando la pluma en tinta y volviéndola a mojar, lleno de dudas, vacilaciones y reconsideraciones.
¿Cómo hay que entenderlos a su hombre y a él? ¿Como amo y esclavo? ¿Como hermanos, como gemelos? ¿O como rivales y enemigos? ¿Qué nombre le dará a ese compañero sin nombre con quien comparte las veladas y a veces también las noches, que solamente se ausenta de día, cuando él, Robin, está caminando por los muelles e inspeccionando las nuevas llegadas y su hombre galopa por el reino llevando a cabo sus inspecciones?
¿Acaso ese hombre vendrá alguna vez a Bristol en el curso de sus viajes? Él ansia conocer al hombre en carne y hueso, darle la mano, dar un paseo con él por los muelles y escuchar de su boca la historia de su visita a la parte norte de la isla o de sus aventuras como escritor. Pero se teme que no habrá ninguna reunión, no en este mundo. Si tuviera que hacer una comparación entre ellos dos, su hombre y él, escribiría que son como dos barcos que navegan en direcciones contrarias, uno hacia el oeste y el otro hacia el este. O mejor dicho, que son marineros ocupados en las jarcias, el uno a bordo de un barco rumbo al oeste y el otro en un barco que va al este. Sus naves pasan cerca la una de la otra, lo bastante cerca como para que se saluden. Pero el mar está encrespado, hay tormenta: con los ojos salpicados por la espuma y con las manos descarnadas por las sogas, pasan el uno junto al otro, demasiado ocupados para saludarse.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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