Críticas – Jorge Panesi

Críticas - Jorge Panesi

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Estado: impecable.

Editorial: Norma (Colección Vitral).

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El Cuchillero
 Daniel Link
El libro de Jorge Panesi brinda exactamente lo que promete: críticas (lecturas críticas, para ser totalmente precisos, exactas y mortales como cuchilladas). El libro reúne artículos previamente publicados en revistas especializadas, boletines, suplementos literarios de periódicos de gran circulación o actas de congreso. Pero esa diversidad de “soportes” no inquieta al autor, que entiende la crítica como un ejercicio de escritura más o menos independiente de los distintos formatos en los que suele aparecer. “Cuando escribo, me empeño en olvidar las diferencias institucionales. Escribo, simplemente. Pero la crítica literaria nació con el iluminismo y los periódicos. Por lo tanto, un buen artículo académico no concederá nada, si posee la gracia leve de una relación con la actualidad, con el corazón de las preocupaciones actuales. Un problema de lengua, quizás de estilo, porque los malos artículos académicos parecen escritos por nadie. O, lo que es lo mismo, por una implacable doxa, la communis opinio académica. Con la crítica periodística sucede al revés: para que la levedad no se convierta en trivialidad inconsistente, o en un peligroso ejercicio de marketing sobre los catálogos editoriales, debe ejercer un moderado pedagogismo cuasiacadémico que aúne la erudición con el arrebato de la inteligencia. Si hay diferencias institucionales entre crítica académica y periodística, en todo caso, suelen nivelarse a través de quienes practican el periodismo: todos (o casi) han sido alumnos universitarios. Es más: hay una sospechosa alianza, una armonía establecida, entre ambos mundos, muy fácil de detectar.”
Críticas participa de esa rara clase de libros que provocan la más intensa felicidad intelectual. ¿De dónde viene esa sensación, esa risa cómplice que acompaña la lectura de este libro que se pone a surfear en la cresta de la verdad sin caerse nunca? ¿De la belleza seca y descarnada de la prosa de Panesi? ¿De la precisión con que delimita sus hipótesis en relación con cada uno de los campos que ataca? ¿Del gesto mismo de atacar los textos, los comportamientos, los dichos y las maneras de pensar que configura el estilo (si es que tal cosa existe) de Panesi? En todo caso, ¿qué dice de la crítica el libro de Panesi, o qué piensa Panesi -crítico reconocido y profesor reverenciado por sus alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras- de la crítica, de sus funciones y de sus poderes? “La función de la crítica es descolocar, poner patas para arriba lo que parece solidificado. Una tarea siempre eficaz y siempre necesaria que incomoda a todo el mundo, también al crítico o a la crítica, que sólo puede reclamar para sí un difícil lugar inestable. Desde allá, desde la precariedad, la crítica habla sobre un objeto que ha cambiado su modo de ser eficaz: la literatura no es más ni menos eficaz en su valor crítico que en el siglo XIX; sucede que, en un repliegue impuesto por la velocidad y la inmediatez, se ha convertido en un lugar de reserva, en un reservorio sujeto a otras velocidades, y quizás, en el sitio de lo inconfesable, ese sitio en el que la cultura puede confesarse y hablar de lo que de otro modo no tendría voz. La crítica, como la literatura, inventa voces para hablar de los secretos a voces, de la otra faz de la misma trama.”
Si algo sorprende de Críticas es la contundencia y la facilidad con que Panesi lee objetos tan heterogéneos como novelas (de Puig, Cambaceres, o Felisberto Hernández), artefactos teóricos como la deconstrucción, la práctica profesional de un intelectual (Pezzoni), el tango (ver el texto reproducido en esta misma edición) o el sistema de códigos que organiza el universo de los taxi-boys. Lo que hace Panesi es instalar lo literario en el universo cultural. ¿Se trata de un avatar más de la generalizada conversión de la crítica en estudios culturales? “Cuando algo se repliega (o se enclaustra académicamente) es inevitable que intente salir del encierro. Los discursos encerrados tienen un tufillo de desesperación y de desconcierto, como manotones en el ahogo. Esto es así para lo peor de esos discursos; en cuanto a lo mejor, encuentro que la crítica argentina venía ya convertida desde lejos. Desde 1970, más o menos, cuando se hablaba de crítica política de la cultura, y el fervor político la llevaba a ocuparse de objetos culturales disímiles. Lo temible es que los heteróclitos estudios culturales, sin esa permeabilidad política y sin ese fervor que los convertía en necesarios, pasen a ocupar el sitial de un discurso hegemónico. Más que convertirse en estudios culturales, la crítica vendió sus instrumentos, y hoy los alquila penosamente a un amo que los entrega mellados.”
No es el caso del filo de las frases de Panesi. Y es probablemente en esa acerada precisión lo que permite puntuar, como una melodía, la felicidad intelectual que Críticas provoca. Tiene un primer tiempo (musical) en los análisis de las políticas culturales y literarias auspiciadas por las revistas Sur, Contorno o Los Libros (el tema de dos de los primeros artículos). No importa tanto si Panesi tiene razón en lo que dice. Lo que importa es que nos persuade de que no hay una manera mejor de leer esos momentos constitutivos del progresismo argentino (liberal o revolucionario), sobre todo porque hermana esas variantes del progresismo a partir del mismo culto a las grandes personalidades (Malraux en el caso de Sur, Sartre en el caso de Contorno). O en el impiadoso comentario sobre los “logros” de la más reciente sociología criolla. O en el examen político de las ideas de traducción y su función en la historia cultural y política argentina.
Siendo él mismo un destacado “mandarín” intelectual de la cultura criolla, Panesi es capaz, sin embargo, de desmontar los mecanismos elitistas de todo mandarinato. Escribe Panesi: “La vocación de secreteo elitista y aristocratizante que suelen tener los mandarines intelectuales (casta a la que pertenecen los traductores, mal que les pese) los empuja a denostar las traducciones. De alguna manera, descreen de la mediación que ellos mismos encarnan para inclinarse hacia la convicción de que la verdad sólo puede aprehenderse por contacto directo o con la pertenencia a una misma casa del lenguaje”. Y siendo él mismo un atento observador de la literatura (de su historia, pero también de su contemporaneidad), Panesi es capaz, sin embargo, de despojar a su palabra de toda presunción de verdad, porque hasta la palabra del crítico está pendiente de la moda. Dice Panesi: “Se trata, otra vez, del encierro. De una necesidad que prohijó el encierro genocida entre 1976 y 1983. La cultura argentina tiene el fantasma (el miedo) que produce todo genocidio: perder la memoria. Y la moda, que nunca es superficial, se ha hecho cargo de ese miedo a través del florecimiento de las novelas sobre la historia. No sé si todavía están de moda. En un horizonte más inmediato, parece despuntar una cierta inquietud por devolver lozanía y lectores esquivos a la narrativa argentina, con el supuesto de que la experimentación vanguardista la ha vuelto árida. Se me ocurre que polémicas como ésta muestran la vitalidad de un fantasma o de un mito literario argentino, que como mito es el síntoma de una verdad: la batalla Florida/Boedo”.
Otro movimiento de la felicidad podrá localizarse en el modo en que Panesi analiza textos y arma sistemas de lectura que funcionan como máquinas de relojería. El delirante juego de nombres que sostiene la primera novela de Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth -Toto, Teté, Berto, Mita- se transforma, en manos de Panesi, en un bello juego de malabarismo o prestidigitación. Es que no hay momento de delirio (en relación con la revolución, con el deseo, con la comunicación, en relación con la economía de la literatura y del mundo) que a Panesi se le escape. Lee, por ejemplo, la autobiografía de Derrida, capta una de esas perlas de mal gusto que puntúan la obra del exquisito filósofo francés y titula su lectura “El precio de la autobiografía: Jacques Derrida, el circunciso”. Si fuera sólo un chiste sobre el mal gusto y la pretenciosidad del otro, Panesi sería apenas un crítico malicioso. No es el caso, porque en ese juego entre la escritura, la confesión y la circuncisión que realiza Derrida, Panesi lee su ruina teórica: el “indiscriminado uso autonarrativo y autoexplicativo de la fábula teórica psicoanalítica” (precisamente, destaca Panesi, en uno de los más crueles enemigos teóricos del psicoanálisis como es Derrida).
¿Cómo evalúa Panesi la última producción literaria? ¿Por dónde pasan sus intereses? “Me sorprende la marginal persistencia, el susurro obstinado y la algarabía de los jóvenes poetas. Forman un circuito eficaz que, de espaldas a los estrellatos orgullosos de la narrativa, desde las catacumbas de un encierro feliz, promete un despertar que no llega todavía. La narrativa argentina, en cambio, me impacienta. Por otra parte, es lógico que lea a mis colegas críticos con mayor atención; además, como lo prueban sus autoanálisis, la crítica argentina es tremendamente consciente (demonio de la sutileza al decir de Henry James) y forma una parte esencial de las ideas que circulan sobre la cultura. Melancólicamente, me interesa el canon de un discurso en extinción: releo los cadáveres de eso que llaman Teoría Literaria.”
Incómodo lugar el de Jorge Panesi. Siempre del lado de la escritura, el crítico no puede dejar de observar con terror los clichés de la crítica, que no hacen sino poner en primer plano su habitual mendacidad (pecado del que Críticas está totalmente exento). En la “Advertencia” que funciona como prólogo -imprescindible porque borra todo rastro de academicismo, complicidad institucional, soberbia de casta o tributo a otra cosa que no sea la amistad-, Panesi escribe: “Los prólogos de la crítica se han convertido en un salón de tránsito ceremonial surcado de agradecimientos corteses hacia corporaciones, conventos, Estados, becas. Recuerdan los atildados prólogos del Siglo de Oro que mentaban marqueses y condes, sin poder desterrar ni la verdad ni la intrínseca falsedad de su retórica. Siempre he rescatado, sin embargo, aquellos prólogos que agradecían a esposas norteamericanas por el ensanchamiento de sus tareas domésticas y por el acto de amor servicial que las transformaba en dactilógrafas”.
WALTER BENJAMIN Y LA DECONSTRUCCION
Jorge Panesi
Ciertos trabajos de crítica académica (tales como el mío) presentan un aspecto vulnerable que se advierte en la dudosa solidez de una conjunción copulativa: por ejemplo, la “y” del título en “Benjamín y la deconstrucción”. Si repasáramos un índice de trabajos universitarios sobre Benjamín, podríamos comprobar el abuso retórico y hasta el compromiso casi imposible entre la obra de Benjamín y cualquier otro tópico de la filosofía, la literatura, la historia, la antropología, la lingüística, el derecho… ocurre, sin embargo, que esta usura repetitiva y hasta burocrática también supone un presupuesto básico subyacente en un tipo de crítica que Walter Benjamín ayudó a construir. El presupuesto que rige, de algún modo, el discurso crítico es una autoasignación: la crítica se asigna o se anexa un territorio endeble, volátil y movedizo, en cierta medida una linea marginal o un margen de los discursos, -como les agrada decir a los críticos deconstructivos-. La conjunción “y” efectúa un pasaje, una travesía, una traslación, una caminata entre los discursos sólidamente constituidos. La crítica vive siempre en ese estado de pasaje. Y quién sino Benjamín nos ha dado la certeza de esta autopercepción con su temática de los pasajes. La inestabilidad del propio territorio es la condición esencial de la crítica. una inestabilidad epistemológica, prácticamente un tembladeral que tiende a expandirse a través del tránsito obsesivo que ostenta la conjunción “y” de nuestros títulos. La crítica pretende expandirse usando a otras disciplinas que no comparten esta precipitación que custodian rigurosamente las fronteras propias y las ajenas, que impiden con todo su desdén metodológico las analogías repentinas, las iluminaciones instantáneas, los encuentros retóricos que abrazan objetos disparess mediante una escritura celosa de su propio poder.
Dos concepciones del lenguaje están en pugna y también dividen contemporáneamente a los mismos críticos hacia el interior de su campo: una, que busca la pertinencia y el fundamento diferencial y objetivo de su estudio y, en el otro extremo, cierto tipo de crítica más cercana a la lengua de su objeto, que tendría del lenguaje una visión mística, la misma que se le achaca a los trabajos de Benjamín “Sobre el lenguaje en General y sobre el lenguaje de los hombres o la tarea de traductor”, y la misma que se le reprocha a la deconstrucción. Pero, en todo caso, jamás podrá decirse ni de Benjamín ni de Derrida que posean concepciones vacilantes del lenguaje; por el contrario, son visiones fuertes y excluyentes.
En su movimiento de expansión, la crítica literaria posee el mismo carácter destructivo que estudió Benjamín en un artículo publicado 1929 Y habría que recordar aquí también el valor que la filosofía deconstructiva otorga al concepto heideggeriano de “destrucción”. El crítico está animado, la más de las veces, por un deseo de arrasar con los suelos cultivados. Dice Benjamín en “El carácter destructivo”: [el carácter destructivo] sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio”.[i] Sin odio, puesto que finalmente el destructor es una faceta del partido de los tradicionalistas, aquella parte de la tradición que despeja la memoria y que interactúa, con su contrafigura menos tradicional: el coleccionista. El crítico literario participa de manera bifronte en un movimiento que es el de toda la cultura, entendida como un proceso selectivo de memoria social: destruye y conserva. Potencialmente, la crítica literaria es el sitio móvil de los pasajes, una galería que funciona como transición, como una cuña que desestabiliza la inercia de las reglas: si la crítica literaria tiene modelos, hay que buscarlos en el periodismo, la actualidad y la moda, vale decir, los momentos sociales de surgimiento del sentido, en el pasaje hacia lo otro, cuando todo aquello que aparece se somete a la doble ley de la conservación y la destrucción.
El respeto y la teorización de este movimiento dual que actúa en consonancia con la cultura (que es la cultura misma) está en la base de la deconstrucción, esa filosofía sospechosa de convivir con el establishment o la conservación, y que siempre ha desconfiado de los movimientos ingenuos que pretenden hacer tabla rasa con la metafísica. Estamos encerrados en la metafísica dice Derrida, y no hay lenguaje que no eche sus raíces en ese suelo, pero semejante fatum no debe entenderse como pasividad, resignación o complacencia, sino como un impulso a la acción deconstructiva que es una acción de.vigilancia sobre el lenguaje. O lo que es lo mismo, la consideración teórica de aquellas acciones que podemos emprender con el lenguaje o que el lenguaje emprende junto a nosotros. La filosofía es una disciplina académica y su acción es primariamente una acción sobre el conocimiento que la universidad propaga en la cultura moderna mediante su propio encierro. La cultura moderna y su acción viven de las paradojas del enclaustramiento. La deconstrucción sabe de este limite, de esa barrera y de los peligros del autotelismo, la autorreflexividad y el necesario momento de la vuelta sobre sí de las instituciones. La autorreflexión es un peligro y también una potencia.
En este punto debemos reconocer en Derrida, o en sus seguidores, una fascinación por los marginales y lo marginal, por las víctimas y por las víctimas de las totalidades sistemáticas (llámense universidades, dialéctica hegeliana, o sistemas filosófico-políticos). Una simpatía que Derrida comparte con el pensamiento de Foucault y que debe haber actuado como trasfondo en este encuentro con Benjamin, un personaje rotundamente excéntrico e inasimilable para el saber universitario de su época. La universidad alemana y la cultura que ésta pone en movimiento tiende al sistema, tiene vocación sistemática. El papel contradictorio de la universidad alemana frente a la política de Estado y a la cultura, ha sido estudiado por Derrida que tomó como punto de partida un texto de Kant, El conflicto de las facultades.[ii] Retengamos una frase de Derrida que aparece en este ensayo: “De alguna manera, Kant no habla más que del lenguaje en El conflicto de las facultades”. Y esta otra: “La institución no es tan sólo muros y estructuras exteriores que rodean, protegen, garantizan o constriñen la libertad de nuestro trabalo, sino que es también la estructura de nuestra interpretación”.[iii] Pero cuando los críticos deconstructivos se refieran a Benjamin (incluyendo a Derrida) tomarán como eje casi exclusivo su teoría del lenguaje.
Habría que indicar una vía abierta por Benjamín en los estudios sobre el romanticismo, y que dos filósofos cercanos a Derrida retoman: se trata de L’absolu littéraire[iv] de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy. Este libro está montado sobre el trabajo académico de Benjamin El concepto de crítica de arte en el romanticismo alemán[v]. Está claro en este libro “deconstructivo” el papel que tuvo Benjamín en la reconsideración de los lazos que el romanticismo establece fundacionalmente entre teoría, filosofía, literatura y crítica literaria en un sentido moderno. Una pieza del juego está constituida, también, por la institucionalización de la crítica literaria en las universidades alemana que Lacoue-Labarthe y Nancy subrayan. Lo que interesa es nuevamente la delimitación de los géneros o los tipos de discurso y el reparto de los saberes, tras lo cual la teoría del lenguaje marca todos los derroteros, y en especial el lenguaje que debe hablar la crítica respecto de objeto. Para los románticos, la crítica es parte del lenguaje de la obra, es una producción del sentido que la completa. Como subraya novedosamente Benjamin en su libro, esta defensa de la crítica supone una retirada del culto ilimitado por el sujeto creador, y paralelamente una concepción del sentido que prescinde del sujeto como foco originario de la significación (el sentido como expresión de la subjetividad).
Y ha sido también Benjamin quien subrayó en su libro sobre romanticismo alemán la dimensión gnoseológica y teórica de la crítica romántica; reveló así una teoría del lenguaje tras ella. Por ejemplo: “El pensamiento de Schlegel es un pensamiento absolutamente conceptual, esto es, lingüístico”. La crítica se revela central en el pensamiento de los románticos tal como la presenta Benjamín: “No era un termino que indicaba una acción meramente evaluadora”, sino “objetivame productivo”. Un tipo de crítica cuyo significado es positivo, no mero enjuiciamimento o negatividad.
En estos intereses que coinciden con los de Benjamin, surge una dimensión polémica en la filosofía deconstructiva que tiene que ver con la separación de los géneros y los discursos, en especial los de filosofía y la literatura. La deconstrucción, en teoría, postula una acción institucional que es una política académica: en lugar de la fijación de límites discursivos (la división del trabajo en las disciplinas universitarias) tiende a la mezcla de los géneros, a la borradura de sus límites la “textuahdad general” no es el encierro en el texto sino todo lo contrarío, o tal vez, la marca de ese encierro institucional: la acción de la cultura es vista mediante la generalización de un mecanismo típico de escribas o de filólogos, es un proceso general de lectura. O un proceso que entreteje la escritura y la lectura indiscerniblemente en la generalidad de la inscripción. En la apertura de la huella (o aquello que llaman différence) puede verse la apetencia y el deseo de escapar al ahogo de una cultura académica que fija los campos, las especialidades, las pertenencias y las propiedades. Los aliados deberán encontrarse entre quienes a partir de ciertos bordes, o incluso desde la exclusión institucional, practicaron toda suerte de híbridos discursivos: Mallarmé, Artaud, Joyce, pero también la crítica literaria, y particularmente una crítica literaria como la de Benjamin que, además de cumplir con estos requisitos institucionales de exclusión y marginalidad, practica una doble vigilancia: el cuidado filosófico y el esmero filológico.
Y no es casual que el más sensato crítico alemán de Derrida, Jürgen Habermas,[vi] ataque esta pretensión de borrar los géneros entre la literatura y la filosofía. El ataque se refiere también a la pretensión de la crítica académica por alcanzar un estatus privilegiado frente a saberes más rigurosos. Como no es mera casualidad tampoco que el mismo Habermas se haya mostrado sumamente crítico hacia lo que llama una concepción mimética del lenguaje en Walter Benjamin. La discusión, como se ve; tiene como eje el estatuto literario y cognoscitivo de la crítica frente a la filosofía, y dos posturas frente a la comunicación y el lenguaje.
Pero señalemos una particularidad de la lectura que los críticos ligados con el pensamiento de Derrida efectúan sobre los textos de Benjamín: si toda lectura crítica desbroza el terreno para leer, si destruye algo de una posible totalidad jamás presente en un texto, en el caso de Benjamin lo que estos críticos universitarios ignoran, minimizan o excluyen es su programa sociológico. Curiosa selección que privilegia una identidad por sobre la no coincidencia o la fractura que el pensamiento benjaminiano jamás se preocupo por suturar, y que es dentro de sí la différence misma. Geoffrey Hartmann (“The Sacred Jungle 2: Walter Benjamín”) señala lo inconciliable de la interpelación teológica y la política, pero siempre relativiza los valores de una hermenéutica materialista.[vii] Lo que también se juega en esta interpretación de Hartmann es el descrédito de otro tipo de crítica literaria que concibe un uso monológico y metalingüístico del lenguaje Importa a Hartmann la relación que el crítico tiene con la lengua y el rescate de lenguajes u objetos culturales marginados. En efecto: en “La enseñanza de lo semejante”,[viii] donde Benjamín analiza la dimensión mágica y mimética del lenguaje, la adivinanza y la astrología aparecen consideradas como reveladoras de una actitud básica hacia el uso de la lengua, una actitud que contrasta con las diatribas de Adorno sobre el mismo tema.
Muy bien puede hablarse de una redención o de un rescate de lo que Foucault llamara “saberes sometidos”[ix] Esta operación de lectura crítica acometida por Benjamín consiste en relacionar aspectos concretos y materiales de la experiencia; pero la operación no se agota en la dimensión política del gesto, por el contrario, reivindica también una magnitud gnoseológica para el saber de la crítica. Este campo es marginal en el sentido que atrav iesa en diagonal otros saberes los reescribe en constelaciones significativas totalmente inesperadas: una manera de superar el historicismo, el secreto idealismo de la historiografía y el concepto clásico de la belleza al que la burguesía siguió atada.
Dice Benjamin: “Poseemos (…) un canon que permite echar luz sobre la oscura morada de la semejanza extra sensorial. Y este canon es el lenguaje”.[x] No es que Benjamín caiga en una teoría representativa o del reflejo, sino que reconoce una no interrupción entre la naturaleza y lo simbólico, a través de la facultad mimética, que es consubstancial y aun anterior al lenguaje mismo. Un desvanecimiento o borrado de la oposición entre naturaleza y cultura que Derrida ha emprendido en sus análisis de Lévi-Strauss, y Rousseau.[xi]
Si se consideran los trabajos de Derrida y de Paul de Man sobre Benjamin,[xii] lo apuntado antes se corrobora: el texto que merece la atención de ambos es el mismo, “La tarea del traductor”. En la traducción se juega toda una concepción del lenguaje y, positivamente, el enfoque que la deconstrucción tiene del sentido y de aquello que le es más idiosincrásico, lo que podríamos llamar “una nueva retórica de la lectura”. Si hay algo que la deconstrucción ha intentado es una nueva manera de acción sobre los textos: la traducción es simultáneamente ese proceso indistinguible que supone la lectura y la re-escritura. La traducción deja huellas en los textos que lee, la lectura no es una mera pasividad que roza lo ya escrito, la suplementariedad de la lectura crítica es la misma suplementariedad del lenguaje en general.
Necesariamente una teoría del lenguaje implica una concepción del sentido y la lectura. Benjamín en Dirección única[xiii] narra la parábola de la lectura crítica. Un texto es una huella o un camino y su fuerza varía según se lo recorra a pie o en un avión. El paisaje en la intimidad de su diseño sólo se abre ante un recorrido a pie que, en un límite utópico calcaría o copiaría el texto leído. El recorrido aéreo del texto permite al yo lector entregarse al ensueño imaginativo, pero en cambio, dice Benjamín, “el copista deja que el texto le dé órdenes”.[xiv] Por distintos motivos, la metáfora de la huella, la carretera, la calle y la vía obseden tanto a Derrida como a Benjamín. La mirada aérea, sin embargo, es necesaria: es la mirada o la lectura del flâneur, que en su recorrido, al entregarse a lo que acontece, se pierde, y sólo ha de encontrar algo al precio de la pérdida momentánea de sí. Mirada aérea y terrestre coinciden o deben coincidir, pero ninguna de las dos puede dibujar una totalidad en la lectura; en ambos casos, lo determinante es que entran a formar parte del paisaje, o mejor aún, forman la fuerza del paisaje leído porque el yo desaparece. Que el texto dé órdenes a quien lee, supone una teoría de la lectura como acción. La copia del texto no es una reproducción, sino un meditado recorrido que se deja llevar e implica también una teoría de la acción sobre el lector de la crítica : “En mi trabajo, las citas son como salteadores de caminos que irrumpen armados y despojan de su convicción al ocioso paseante” afirma Benjamín en otro lugar. La lectura aérea es una lectura de los intersticios en los que el yo imaginativo se proyecta mediante una narración, es el modo de leer de los niños, el modo de leer de Benjamin niño: “¡Silencio del libro, cuyo poder de seducción era infinito! Su contenido no era tan importante. Pues la lectura coincidía aún con la época en que tú mismo inventabas en la cama tus propias historias” (Dirección única, pág. 52). Ambas lecturas se presuponen y ambas son polos utópicos para un posible lector: la colección de citas que conserva y modifica a la vez el texto y cierto esquema narrativo-mítico que la crítica no puede saltear.
Lejos, sin embargo, está Benjamín de presentar una visión sublimada de la crítica literaria. Para él, la producción de sentido está involucrada en una batalla que se libra dentro de la praxis literaria como se desprende de su irónica página “La técnica del crítico, en trece tesis”[xv] (“El crítico es un estratega en el combate literario”, “quien no pueda tomar, partido debe callar”; “La crítica debe hablar el lenguaje de los artistas. Pues los conceptos del cénacle son consignas. Y sólo en las consignas resuena el grito de combate”).[xvi] Un dejo melancólico, hay aquí, pues Benjamin cree en la desaparición de la crítica derrumbada por la generalización de la publicidad mercantil.
Estos aspectos de lucha están presentes en el trabajo de Paul de Man sobre “La tarea del traductor”: Benjamin, inadvertidamente, sirve de arma la idea de lectura contra la hermenéutica gadameriana y la estética de la recepción (“ningún poema está dedicado al lector -dice Benjamin-, ningún cuadro a quien lo contempla, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan”)[xvii]. En Benjamín, de Man lee la impersonalidad y la inhumanidad trascendente del lenguaje.
En “Des tours de Babel”,[xviii] el análisis de Derrida es más fino, menos vacilante que el de De Man, pero igualmente inclinado a reforzar los puntos programáticos básicos de la deconstrucción. Abandono la tentación de analizar pormenorizadamente este texto por razones de tiempo y por la paciencia que exigiría en los oyentes, sin embargo, quisiera señalar aquellas zonas armónicas en las que los dos pensamientos están destinados a convergir.
En primer lugar, la escritura ocupa en las consideraciones de Benjamin sobre el lenguaje un lugar central: “Es sabido que las concepciones místicas del lenguaje no se contentan adoptando una postura sobre la palabra hablada, ocupándose igualmente de la palabra escrita” (“La enseñanza de lo semejante”). En Benjamin, la aparición del lenguaje es paralela o concomitante con la escritura; lenguaje hablado y escrito forman parte de la misma facultad. Que se postule un lenguaje sagrado o una lengua pura que exige o pide la traducción equivale al concepto derridiano de “archiescritura”. Ese lenguaje original reclama la traducción porque ya se encuentra dividido, y no es idéntico a sí mismo, como demuestra Derrida al analizar el nombre propio Babel, que se traduce internamente en su lenguaje como “confusión”. Las lenguas no son, entonces, totalidades cerradas ni idénticas a si mismas, así como un libro sólo aparentemente es una unidad acabada. Y aquí el nombre de Mallarmé es una inflexión común en ambos pensamientos (en “La tarea del traductor” Benjamin deja sin traducir un fragmento de Mallarmé, gesto que Derrida interpreta como la parte intraducible de un nombre propio).
La clásica idea del libro como totalidad orgánica queda invalidada en De la grammatologie tanto como Benjamin prevé su próximo fin:
“Ahora, todo parece indicar que el libro, en esa forma heredada de la tradición, se encamina hacia su fin. Mallarmé, que desde la cristalina concepción de su obra, sin duda tradicionalista vio la verdadera imagen de lo que se avecinaba, utilizó por vez primera en el Coup de dés las tensiones gráficas de la publicidad, aplicándolas a la disposición tipográfica.”[xix]
En efecto, como se encarga muy bien de puntualizar Derrida, su pensamiento no es ni humanístico m tampoco antitécnico (un punto de disidencia con la idea heideggeriana de la técnica), es más, la idea de escritura involucra la de técnica en un sentido general que impide a la deconstrucción erigirse como heraldo del apocalipsis tecnológico. Por ello, Derrida se autocelebra en su autobiografía, Circonfession: “[yo] ya hacía zaping en la escritura antes de inventarse el zaping”.[xx] Y como Derrida, el fin de la era del libro anuncia en Benjamin el despuntar de un nuevo tipo de escritura no fonética, sino pictórica que abrace la técnica:
En esta escritura pictográfica, los poetas, que como en los tiempos más remotos serán en primer término y sobre todo expertos en escritura, sólo podrán colaborar si hacen suyos los ámbitos en los que (sin darse demasiada importancia) se lleva a cabo la construcción de esa escritura: los del diagrama estadístico y técnico.[xxi]
Otro punto esencial lo constituye el tratamiento del contexto en los análisis: la deconstrucción evita recaer en la metafísica a través de la postulación de determinaciones contextuales animadas por un mecanicismo implícito en el programa sociológico. El concepto de experiencia en Benjamín es una forma de establecer redes capilares entre textos y contextos. Sus análisis tienden estas redes capilares porque tratan el material heterogéneo como citas que se entrelazan.
La no coincidencia, la distancia ineludible que la aprehensión de sentido y de la experiencia consigo misma configuran en Benjamin casi una postura psicológica: el sujeto que narra los protocolos de una experiencia con haschisch[xxii] parece perseguir alguna forma de plenitud, que sin embargo acentúa las distancias con que el yo se percibe sí mismo y la realidad que lo rodea. Un precepto que forma parte de la crítica literaria: “La crítica es cuestión de justa distancia”.[xxiii] El “aura” remite a la inmediatez e implica la distancia; y la traducción, la relación entre el original y el texto traducido es también una cuestión de distancia, o si se quiere, de no coincidencia esencial. No coincidencia que también se percibe en una temática muy familiar a la metaforización derrideana: las huellas, que en Benjamin son decisivas en el análisis social de la novela policíaca. Las huellas individuales y su difuminacion en la multitud ciudadana son la estructura social básica de la novela policial, así como son también decisivas en el sentimiento de la burguesia, preocupada por fundas y estuches preservadores del astro individual o en la identificación judicial de las firmas.[xxiv]
Pero hay en “Des tours de Babel”, el texto de Derrida sobre Benjamín, un aspecto que implica un dominio fundamental de la traducción. en ese dominio sé encuentra implicada la filosofía. Se trata de la aplicación de dos lenguas filosóficas y de dos culturas filosóficas, dos modos de pensar implicados en dos lenguas diferentes que pueden traducirse mutuamente. La lengua filosófica alemana y la francesa necesariamente implicadas en el texto “La tarea del traductor”, que es un prefacio a una traducción de Baudelaire. Lo que se abre aquí es una forma de pensar en la filosofía como un pensar entre las lenguas, o la filosofía como aspiración imposible a la traductibilidad absoluta, truncada por el hecho de que se piensa en una lengua determinada. Pensar entre las lenguas requiere siempre pensar la preposición “entre”, el pasaje o la traslación, el límite de la lengua donde el pensar se sitúa. Y esto nos enfrenta con un tópico bastante transitado por Derrida: la cuestión de la nación, el nacionalismo y la lengua filosófica nacional. La modernidad implica este pensar dentro de espacios culturales que están regidos por la nación, por el territorio lingüístico y político abarcado por la nación. Pensar estas casi naturalizadas identidades, sin convertir a la lengua en una totalidad trascendente, parece ser uno de los propósitos de Derrida, presente en este comentario sobre Benjamin. Pensar el entre es poner un pie hacia el exterior, hacia la traducción, sin abandonar la morada lingüística. Pensar de este modo, en la suposición del arraigo que el pensamiento mantiene con el recinto lingüístico (“la casa del ser” heideggeriana) implica la posibilidad de una expansión. En los presupuestos de los nacionalismos están las pretensiones a la universalidad, a una expansión universal. La filosofía es ese discurso que se expande con pretensiones de universalidad, pero su afán está contenido por el destino de la lengua que no le acaece como si fuese un accidente inesencial: traducir es una operación que atañe a la presencia del otro: la otra lengua, la otra cultura, el otro pensamiento y la relación con lo otro. Incluso la traducción en los límites de una misma lengua deja vislumbrar la sombra de lo otro. Cuando hablamos una lengua la experiencia de la traducción instala la comodidad y la incomodidad simultáneas de una no coincidencia perpetua con el sentido. Una forma de la traducción.
En ese punto, entre el francés y el alemán, se instala Benjamin. su obra no es concebible sin esta relación entre dos culturas, dos pen samientos, dos lenguas.
Como tampoco podría concebirse la filosofía de Derrida sin esa relación con el alemán, sin ese permanente y obstinado ejercicio de traducción sobre el alemán, casi una fiel y al mismo tiempo irreverente traducción francesa de textos alemanes. Una larga nota al pie que un francés escribe en su lengua acerca de un hipotético texto alemán perdido.
La traducción se movería entre lo familiar, la casa, el recinto interior y lo extranjero (y aquí es reconocible la temática de Benjamin sobre la casa, casi se podría decir que los polos espaciales del pensamiento de Benjamin se desplazan a partir de la figura de un niño ensimismado en el interior de una casa burguesa hacia el exterior de una ciudad en la que el flâneur se encuentra con la muchedumbre). La traducción sería una suerte de flânerie o pasaje, esa figura tan benjaniana, porque el flâneur hace del afuera su casa y los pasajes por los que transita “son una cosa intermedia entre la calle y el ínteríor”.[xxv]
El “y” de mi título (“Benjamín y la deconstrucción”) estaba implicito en este pasaje, que es en realidad un envío, un tránsito de ida vuelta entre dos lenguas. Una traducción. Como la crítica.
Notas
[i] “El carácter destructivo”, trad. de Jesús Aguirre, en Discursos interrumpidos, Madrid, Taurus, 1973, p. 159.
[ii] Derrida, Jacques, “Kant: El conflicto de las facultades”, en La filosofía como institución, Barcelona, Juan Granica, 1984.
[iii] Op. cit., p. 45.
[iv] Lacoue-Labarthe, Ph., Nancy, J-L., L’absolue littéraire (Théorie de la littérature du romanticisme allémand), Paris, Seuil, 1978.
[v] Benjamin, Walter, El concepto de critica de arte en el romanticismo alemán (traducción de J.F. Yvars y Vicente Jarque), Barcelona, Península, 1988.
[vi] Sobre la mezcla de géneros: “¿Filosofía y ciencia como Literatura?, en Pensamiento postmetafísico, Madrid, Taurus, 1990; sobre Benjamin: “Excurso sobre las Tesis de la filosofía de la historia de Benjamin”, en El discurso filosófico de la modernidad, Madrid, Taurus, 1989 y “Walter Benjamin (Crítica concienciadora o critica salvadora)”, en Perfiles filosófico-políticos, Madrid, Taurus, 1975. Sobre Derrida: Pensamiento postmetafisico, Madrid, Taurus.
[vii] Hartmann, Geoffrey H., Criticism in the Wilderness (The Study of Literature Today), New Haven y Londres, Yale University Press, 1940. Discutiendo la cuestión del aura en una interpretación de Benjamin sobre el soneto “A une passante” de Baudelaire, dice: Benjamin was tempted to give us his analysis its socioeconomic turn at  the price of occluding a radically religious perspective (Op. cit., pág. 70) y As when imagination is politicized. Benjamin strives to be a journalist rather tan a literalist of the imagination (pág. 77).
[viii] En: Para una crítica de la violencia y otros ensayos, traducción de Roberto Biatt, Madrid, La Piqueta, 1978, pág. 128.
[ix] Foucault, Michel, “Curso del 7 de enero de 1976”, en Mirofísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1978, pág. 128.
[x] Op. cit., pág. 87.
[xi] Derrida, Jaques, De la gramatologie, Paris, Minuit, 1966.
[xii] de Man, Paul, “Conclusions: Walter Benjamin’s ‘The Task of the translator’”, en su The resistance to theory, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1986. Jacques Derrida, “Des tours de Babel”, en: Joseph F. Graham (ed), Difjerence in translation, Ithaca y Londres, Cornell University Press, 1985.
[xiii] Benjamin, Walter, Dirección única (traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar), Barcelona, 1987, pág. 21.
[xiv] Op. cit., p. 22.
[xv] En Dirección única, op. cit.
[xvi] Op. cit., pág. 45.
[xvii] “La tarea del traductor”, en Angelus Novus, (trad. Héctor A. Murena), Barcelona, Edhasa, 1971.
[xviii] Op. cit.
[xix] Benjamin, Walter, Dirección única, op. cit. pág. 37.
[xx] En Bennington, Geoffrey, Jacques Derrida, París, Seuil, 1991, pág. 165.
[xxi] Dirección única, op. cit., pág. 39.
[xxii] Benjamin, Walter, Haschisch, Madrid, Taurus, 1974 (traducción de Jesús Aguirre). Por ejemplo (entre otros): “Se acrecienta la molesta simultanéidad de la necesidad de estar a solas y de querer permanecer junto con los otros…”, pág. 53.
[xxiii] Dirección única, op. cit., pág. 76.
[xxiv] Benjamin, Walter, “El París del segundo imperio en Baudelaire”, en Poesía y capitalismo (Iluminaciones II), Madrid, Taurus, 1980 (traducción de Jesús Aguirre).
[xxv] Op. cit., pág. 51.

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Una respuesta a Críticas – Jorge Panesi

  1. juan jose chizzini dijo:

    Si llegas a conseguir otro ejemplar lo quisiera adquirir. juan jose de santo tomé

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