Cuerpo – Harry Crews

Cuerpo – Harry Crews

Estado: nuevo.

Editorial: Acuarela & A. Machado.

Precio: $500.

De mamadas y Harry Crews
Kiko Amat
Empecemos diciendo que este no es el mejor libro de Harry Crews, y digamos también que esa afirmación es irrelevante. Se lo pongo en forma de alegoría: Mi amigo Pol, nativo de Limerick, estuvo haciéndome la misma pregunta-chiste durante años: “Define la peor mamada que te han hecho”. Cuando yo respondía esculpiendo una mueca de perplejidad –mientras recopilaba mentalmente felaciones torpes del pasado; que me habían hecho, quiero decir, no a la inversa-, él levantaba ambos pulgares, sacaba la lengua por un extremo de la boca y, arqueando de forma imposible las cejas, exclamaba, salivando como una llama enloquecida por la pasión y respondiéndose a sí mismo: FUCKKKKKING GREAT, MAN. ¿Qué insinuaba su (nada sutil) chascarrillo? Sencillamente esto: algunas cosas son tan maravillosas que incluso en su versión más pobre conservan algo de gloria nuclear. Algunas cosas son tan grandes que no hay forma de encontrarles un lado malo. La peor zalagarda de Billy Childish es aún una gran canción para quitarse los pantalones y salir a la calle ondeándolos, como quien esgrime gallardo un baluarte de guerra. No existe un Raymond Chandler repugnante. Las caras B de The Jam son la remonda. El northern soul más chapuzas y escaso es aún vibrante y apasionado. No hay Shangri-las inescuchables. Harry Crews no puede escribir mal. Todo verdades que le anclan a uno cuando arrecia el temporal. No hay una mala mamada. Bueno, sí. Pero no me saboteen el teorema, ni me obliguen a pensar en ella.
Harry Crews lleva encima un caparazón de mito e historia apócrifa tan espeso y consistente que se antoja imposible hablar del tipo real. Muchos de ustedes ya habrán oído hablar en tabernas y lupanares de sus rasgos definitorios, tan poco escritorzuelo, tan de personaje de sus propias novelas: 27 años de karate. Ex-marine. Nariz rota por varios puntos claves. Querencia por el esbatussarse y dar taburetazos en bares (o talleres de narrativa, si le vienen provocando). Indudablemente divorciado, y encima dos veces, y para colmo de la misma mujer. Hijo de Bacon County, Georgia, un lugar tan atrasado, ceporro, hillbilly y brutal que a su lado Tres Mil Viviendas parece Manhattan (el propio Crews afirma que de niño no comprendía por qué los modelos en los catálogos Sears Roebuck conservaban todos los dedos y ojos y extremidades; en su pueblo todo el mundo era tullido, cojo, bizco o manco). Aficionado a la cetrería (el arte de cazar con aves rapaces). Un hombre de poco reírse y nada de provocar la risa ajena (a no ser que se trate de la risa nerviosa del que se sorprende aproximándose a velocidad de vértigo hacia la paliza de su vida), y que siempre ha advertido que no se considera “una persona divertida” (algo que, francamente, ya sospechábamos). La espantosa historia de su hijo fallecido, que él mismo contó en su terrible y hermosa “Fathers, sons, blood”. Y, como ornamento culminante, aquel tatuaje que el hombre descubre a la mínima de cambio: How do you like your blue eyed boy, Mr.Death?(un verso de e.e.cummings). Hoy mismo observaba yo una foto de Jonathan Franzen y el editor del New Yorkerplaticando en la portada de Cultura/S y pensaba para mis adentros: Qué pinta de escritores pesados tienen estos dos tíos, por el amor de Cristo. No saciaría mi sed en su compañía ni encañonado con una lupara. Además, iban igualitos: tejano mal planchado por el lateral, americana gris, camisa indistinguible, cara de bodrio (o profesor de literatura comparada) que anticipa inevitable encajada flácida de mano. Harry Crews es bien poco así. La mayoría de veces parece alguien recién arrancado de una fila de identificación de sospechosos en Odesa (Ucrania). Cuando sonríe se asemeja peligrosamente al bruto homicida de hueso frontal prominente en El chico de oro. Hay una foto en la que se le ve dando clase en 1980, y lo que sugiere la imagen es un asesino de masas a puntito de empezar a degollar rehenes. Como todo esto que acabo de recitarles aún debía parecerle poco, un día Crews se afeitó una espléndida cresta en su cocorota. En fin: no esperen que aparezca próximamente en L’Hora del Lector ni nada parecido. A su lado, incluso el Hemingway caza-búfalos y pugilístico parece Isabel Allende.
Asimismo, estas consideraciones estéticas son periféricas. Lo que ustedes deben saber de Harry Crews es que es uno de los mejores escritores del mundo. Escribe con los huevos (no literalmente, bobos) y trabaja extendiendo sus intestinos y corazón hecho puré sobre la mesa de escribir, y luego aplica toda su disciplina y arte y emoción para que lo escrito sea algo magnífico y terrible y trascendente. Sus frases permanecen con nosotros mucho tiempo después de ser leídas, a veces para siempre. Mi copia de A childhood muestra profundos surcos de subrayado en la mayoría de páginas: “Siempre he sabido que, en el fondo, una parte de mí nunca se fue, nunca sería capaz de irse, del sitio donde nací”. O “Anything worth doing is worth overdoing”. Y por supuesto, el filo-axioma y gran candidato para tatuaje literario no hecho del siglo: “Only the use of I, lovely and terryfing word, would get me to the place where I needed to go”.
Otra frase suya nos viene a cuento para hablar de Cuerpo, aunque no pertenezca a la novela: “All the best fiction is about the same thing: people doing the best they can with what they’ve got to do with, sometimes acting with honor, sometimes not, sometimes with love and compassion and mercy, and sometimes not” (de suIntroduction a la recopilación Classic Crews). Cuerpo es una novela sobre culturistas del mismo modo que Moby Dick es solo un libro sobre un cetáceo. Cuerpo cuenta su historia en un paisaje de culturistas, pero en realidad es un libro sobre gente fracturada intentando recuperar su orgullo, hombres y mujeres incompletos, quebrados, rebelándose contra el destino y la mala fortuna. Los feos, abandonados, extraviados, deformes del mundo: sus anhelos y dolores, sus culpas y sus venganzas. Ese es el gran tema Crews, ni más ni menos. Gente haciéndolo lo mejor que pueden con el material que les ha tocado en suerte. Sin moralina ni regañinas morales (aunque sus libros están llenos de moralidad; una moralidad superior). Como afirma en A childhood: “No era culpa suya, ni mía, ni de nadie. Simplemente sucedió así”. Y aún más: “These were not violent men, but their lives were full of violence”. En la mayoría de escritos de Crews uno no conoce a hombres sucios, sino hombres inevitablemente ensuciados por el vivir. Es lo que hay, y no hay más que hablar. En su trabajo no existe el hombre bueno ni el hombre malo, aunque (como en The Wire) se topa uno con hombres que actúan de peor forma que otros. “No one is innocent”, cantaban tantos grupos punk.
Cuerpo avanza de forma contundente por varios senderos temáticos del Crews clásico: familia, violencia, individuos desafectos, gente no-convencional, posibilidad de redención. Quizás carezca del granizo de frases paralizantes que tanto abundan en muchos de sus trabajos (esos monstruos gasta-Post-its que van a llevarme a la ruina), pero transporta al lector hacia aquel inevitable punto de compasión empática, no condescendiente, que es esencial para Harry Crews, que es casi la meta de su arte. En ese sentido, y aunque es comprensible la intención de etiquetar de algún modo a un autor desconocido aquí, no es del todo acertada la definición de “100% White Trash” que anuncia la portada de esta novela. Cuerpo no es un libro sobre white trash, sino sobre gente común herida y obstinada, y su mensaje no es: “mirad a estos desgraciados” sino “todos somos lo mismo”. ¿Esta gente atiborrada de esteroides, esos cuerpos femeninos de rasgos grotescos, hinchados hasta lo irreconocible? Son los receptáculos de anhelos, desamores, ansias, culpas, remordimientos e iras sorprendentemente parecidos a los nuestros. Un brutal mensaje que suena a Mose Allison, pero que va envuelto en ignorancia, pobreza, fuerza bruta y orgullo de clase, “amor y terror”. Y tal vez, a lo mejor, algo de victoria pírrica final. Redención, quizás ya inservible, que llegó tarde a su cita.
Cuerpo es una excelente novela que deberían leer, y entrar en el mundo de Harry Crews una de las mejores cosas que pueden sucederle a cualquier interesado en humanos y emoción, no en teoría y artificio. Es curioso como mi introducción a su obra fue casi la misma que la de su prologuista y editor, Jesús Llorente: por vía del grupo musical Harry Crews. No es del todo igual, porque yo llegué a Harry Crews grupo empujado por Lydia Lunch y la No Wave, no por Kim Gordon de Sonic Youth (que también era miembro de dicha ensemble homenajeadora), y tampoco puedo decir que el contenido del álbum Naked in Garden Hills me parezca capital. En mi caso, el disco solo es importante en cuanto a latigazo en la curiosidad: ¿Toda esta gente es tan fan de un autor como para grabarle un álbum entero? Merece la pena echarle un vistazo, cojones. Así lo hice, y Harry Crews se convirtió para siempre en uno de mis autores de cabecera. Solo queda esperar que Acuarela continúe su esperanzadora labor editando el resto de su obra, y ojalá que prosigan con alguno de mis favoritos: The gipsy’s curseCarA feast of snakes o A childhood. Si les gustó el Knockemstiff de Donald Ray Pollock, aquí tienen a su maestro. Y Joseph Heller es fan. Qué más puedo decirles.
Biografía de Harry Crews (1935-2012)
John McLeod
Harry Crews es un prolífico novelista cuyos personajes, a menudo extravagantes, pueblan un Sur extraño, violento y oscuramente cómico. También es autor de un libro de memorias muy elogiado, A Childhood: The Biography of a Place, sobre lo que significa crecer pobre en el sur rural de Georgia. Crews ha centrado la mayor parte de su trabajo en los blancos pobres del Sur, y ha inspirado a un creciente número de jóvenes escritores a ocuparse de lo mismo, incluyendo a Larry Brown y a Tim McLaurin.
Los primeros años
Harry Eugene Crews nació en el condado de Bacon el 7 de junio de 1935. Fue el segundo de dos hijos. Sus padres, Myrtice y Ray Crews eran granjeros pobres que apenas rascaban lo suficiente para ganarse la vida. Después de que su padre muriera en mitad de la noche de un ataque al corazón con él, que por aquel entonces tenía sólo dos años, durmiendo a su lado, Myrtice no tardó mucho en casarse con el hermano de Ray, Pascal. Su decisión resultó fatídica pues Pascal se reveló como un borracho violento y peligroso. En sus memorias, Crews describe la frágil situación de su temprana vida familiar: “El mundo que circunscribía a la gente de la que yo procedía contaba con tan poco margen de error, tan poco margen para la mala suerte, que cuando algo iba mal, casi siempre ocurría algo que empeoraba la cosa aún más. Era un mundo en el que la supervivencia dependía de un crudo valor, un coraje que nacía de la desesperación y mantenido por la ausencia de alternativas”.
Crews tuvo que desarrollar ese crudo valor desde el principio, pues de niño padeció dos importantes reveses físicos. A los cinco años le acometió una fiebre seguida de unos calambres tan severos en las piernas que sus talones chocaban con la parte posterior de sus muslos. Tuvo que guardar cama durante más de seis meses antes de que pudieran sacarle a respirar aire libre. Empezaría a andar de nuevo gradualmente apoyándose a lo largo de la verja que rodeaba la granja. Crews identificaría en aquella cada vez más inestable vida familiar la causa del estrés psicológico que padecería más adelante en su vida.
A los seis años, en el curso de un juego infantil llamado “El Látigo” es arrojado accidentalmente a una caldera de hierro colado que se estaba utilizando para escaldar cerdos. Con quemaduras que le cubrían más de dos terceras partes del cuerpo, Crews sólo sobrevivió, según le contaron los médicos, porque su cabeza quedó por encima del agua. En sus memorias recuerda aquella terrible experiencia: “Entonces sentí unas manos encima que me quitaban la ropa y el dolor dio paso a algo que no se puede expresar con palabras, o al menos que yo no puedo expresar con palabras. Yo no tengo forma de hablar de ello porque cuando me quitaron la camisa mi espalda se fue con ella. Al bajarme el peto, se deslizó también mi piel cocida y brillante”.
Crews se alistó en los marines a los diecisiete años, mientras su hermano luchaba en la Guerra de Corea. En la época de su servicio, Crews comenzó a leer seriamente. Al licenciarse se matriculó por la G.I. Bill (*ley aprobada por el gobierno en 1944 en beneficio de los soldados estadounidenses para acceder al financiamiento de estudios técnicos o universitarios) en la Universidad de Florida, con la intención de convertirse en escritor. El escritor Agrario Andrew Lytle (*movimiento literario al que también pertenecieron Robert Penn Warren, John Crowe Ransom, Donald Davidson y Allen Tate), que en su día impartió clases a Flannery O’Connor y a James Dickey, fue el profesor de escritura del joven Crews universitario.
Primeras novelas
Los años que le condujeron a su primera publicación fueron duros, tanto personal como profesionalmente. Crews se casó en 1960 y tuvo dos hijos, pero el matrimonio no duró mucho. En 1964 sobrevino la tragedia cuando su hijo mayor se ahogó. Crews empezó su carrera como profesor en 1962 y tras varios años de rechazo su primera novela, The Gospel Singer (*de próxima publicación en Acuarela Libros), se publicó en 1968 granjeándose buenas críticas. Su publicación le consiguió a Crews un nuevo trabajo de profesor en la Universidad de Florida y pavimentó el camino para la publicación de siete novelas más durante los ocho años siguientes, entre ellas Naked in Garden Hills (1969); Car (1972); The Hawk is Dying (1973), que fue llevada al cine en el 2006 (*con Paul Giamatti de protagonista, seleccionada para el Sundance Film Festival de 2006); The Gypsy’s Curse (1974) y la muy aclamada A Feast of Snakes (1976).
La reputación de Crews como nueva voz, descarada y audaz, de la literatura sureña creció durante aquella época. El popular escritor Norman Mailer dijo, “Harry Crews posee un talento único. Empieza donde lo dejó James Dickey” (*James Dickey, también oriundo de Georgia, es el autor de Deliverance, la novela de la que John Boorman rodaría una aterradora adaptación en 1972). Su escritura hunde sus raíces en la tradición del Gótico Sureño, pero Crews ha declarado tener otras influencias, fundamentalmente el novelista británico Graham Greene. La mayor parte de sus libros se desarrollan en los actuales estados de Florida o Georgia y a menudo resultan crispantes en su exploración de extremos tales como los deportes de sangre, los límites de la cordura, las compulsiones y obsesiones más bizarras.
Crews, como Flannery O’Connor, tiene debilidad por lo grotesco en sus personajes. Explica esta fascinación como profundamente enraizada en una muy específica experiencia en su infancia: la de despertarse una mañana en una caravana de un parque de atracciones y contemplar a una mujer barbuda y a un hombre con la cara hendida besándose y haciendo planes para la cena. Crews declaró: “y yo, tendido en la parte trasera de la caravana, jamás volví a ser el mismo”.
Ensayo y otras obras
Después de 1976 Crews no volvería a publicar otra novela en aproximadamente diez años. Durante ese tiempo su imagen fue convirtiéndose cada vez más en fuente de interés tanto para críticos como para lectores. En las entrevistas era franco a la hora de hablar de su consumo de drogas y alcohol y a menudo cambiaba su aspecto apareciendo con una cresta, rapado al cero o exhibiendo nuevos tatuajes. Uno de los tatuajes consiste en una calavera bajo la cual está escrito,”How do you like your blue-eyed boy, Mr. Death?” (*el verso tatuado pertenece la obra Buffalo Bill’s defunct del poeta, pintor, ensayista y dramaturgo estadounidense e. e. cummings; en el siguiente blog pueden hallarse varias traducciones del mismo.
Crews continuó dando clases durante aquellos años, y escribió guiones de cine, obras de teatro y ensayos, algunos de los cuales se recogen en Florida Frenzy (1982). Así mismo, se convirtió en colaborador habitual de revistas como EsquirePlayboySport y otras. Una de las columnas que escribió para Esquire, titulada “Grits” (*Sémola), sentó las bases del que para muchos críticos es su mejor libro, A Childhood: The Biography of a Place (1978).
En A Childhood el estilo de Crews es honesto y resuelto a la hora de describir la violencia y la desesperación que le rodeaban cuando era niño, aunque en ningún momento juzga, y muestra afecto y respeto por la gente a pesar de sus defectos. Esta conmovedora relación de la vida en el Georgia rural entre los muy pobres hizo que Crews se ganase grandes elogios entre los críticos. El New York Times Book Review dijo de su trabajo: “Es fácil despreciar a la gente pobre.A Childhood lo hace más difícil. Alza casi hasta el nivel de heroísmo a esta gente que parece de otro siglo… A Childhood no trata de una América olvidada; trata de una parte de América que apenas, excepto en libros como éste, ha sido apropiadamente descubierta”.
Carrera reciente
Crews volvió al mundo de la novela con All We Need of Hell (1987) y continuó con la publicación de The Knockout Artist (1988), Body (1990) (*Cuerpo, publicado por Acuarela Libros),Scar Lover (1992), The Mulching of America (1995), Celebration (1998), y An American Family: The Baby with the Curious Markings (2006). En 1997 dejó de dar clases y continuó escribiendo. Sus obras han sido publicadas en Francia, Italia, Holanda, Israel, el Reino Unido y España, y entró a formar parte del Georgia Writers Hall of Fame en 2001. Aparece en el documental Searching for the Wrong-Eyed Jesus (2005) que relata el viaje por carretera de un músico de country (*Jim White) por el Sur más profundo.
Cuerpo
CAPÍTULO UNO
La llamaban Shereel Dupont, que no era su verdadero nombre, y en los últimos tres meses no había tenido la regla, pero no estaba embarazada y lo sabía. No, era mucho mejor y mucho peor que eso. En parte se debía (incluso el nombre que no era su nombre) a los constantes ejercicios con pesas y al andar siempre medio muerta de hambre con una dieta a base de botes de vitaminas, batidos de proteínas y lenguado a la plancha sin sal ni mantequilla. Pero sobre todo se debía a Russell Morgan, al que también llamaban Russell Músculo, pero sólo a sus espaldas, nunca a la cara. Russell era quien la había descubierto, entrenado y bautizado, quien había cambiado todo en ella, hasta el modo de hablar, exigiéndole perder su acento de Georgia, al tiempo que la forzaba hacia una configuración final que sólo él era capaz de ver. No era un hombre de muchas palabras, pero siempre había dejado bien claro que el único que hacía falta que viera y supiera era él.
En el gimnasio, después de la tercera serie en el banco de pesas con setenta kilos en la barra (competía en la categoría de cincuenta y seis kilos), sus pectorales, enjutos y largos como los de un nadador pero tan marcadamente dispuestos y definidos como si se los hubiesen grabado con ácido, quemaban como fuego bajo los senos (cada uno del tamaño de un huevo duro). Aun así, no era suficiente para alcanzar su secreta visión de lo que debían ser. Nunca era suficiente.
–Otra serie –dijo Russell.
–Quema –dijo ella–. Dios, cómo quema.
Russell la observó sufrir, con la respiración agitada y poco profunda, el sonido de otros culturistas bufando y gruñendo a su alrededor y el ruido de los platos de hierro sonando estruendosamente en el aire cargado de motas de polvo bajo las luces fluorescentes.
La miró durante medio minuto, sin expresión en el rostro, y entonces dijo:
–Yo te diré cuándo te quema.
–Me duele, Russell –dijo ella.
–Yo te diré cuándo te duele –dijo él.
Y no le quedaba otra que volver al banco, bajo la barra cargada, para emprender otra serie y todo lo que se requiriese de ella.
Bueno, al menos después de la competición del sábado por la noche podría disfrutar de un pequeño respiro, el que Russell considerase oportuno, en lo relativo al gimnasio. Podría tomar más hidratos de carbono, más calorías y, a la vez que un poco de grasa corporal, reaparecerían sus períodos, a los que, extrañamente, echaba de menos.
Se levantó de la cama en la que había estado tendida tratando de apartar de su mente los gritos y las risas chillonas que le llegaban desde la piscina del hotel que había bajo su ventana, y se detuvo desnuda frente al espejo. Era incapaz de reconocerse. Se volvió ligeramente y no pudo dar crédito al suave corrimiento de músculos que se adherían tirantes a sus finos huesos.
Sólo cuando se encontraba entre otros campeones mundiales (como aquellos que estaban en la piscina dejando pasar el tiempo, del mismo modo que ella, en este día final antes de la competición), sólo entonces podía creerse a sí misma. Ninguna otra mujer del gimnasio donde entrenaba (El Emporio del Dolor de Russell), ni de la ciudad donde vivía, podía siquiera llegar a hacerle creer lo que se había hecho a sí misma.
Sólo cuando se juntaba con los misteriosos otros, llegados de ciudades distantes para exhibirse casi en pelotas frente a un público estruendoso, sólo entonces se daba cuenta verdaderamente de lo que suponía ser especial, especial en lo referente a la sangre, la carne, el sudor y, por encima de todo, el dolor.
Una llave rascó la cerradura de la puerta. Era Russell Morgan, un metro noventa de alto y ciento nueve kilos de peso. A sus cuarenta y cinco años había dejado de competir, pero su presencia, incluso ahora, en ocasiones, con sus ochenta y cuatro centímetros de cuello y ciento treinta y dos de pecho, provocaba reacciones impropias en la gente, como por ejemplo: salirse con el coche de la calzada.
Llevaba puesto un bañador slip y era totalmente lampiño. Usaba Nair para depilarse todo el cuerpo porque la ausencia de pelo hacía que las secciones entre sus músculos lucieran muchísimo mejor.
Sus afiladas pantorrillas tenían forma romboidal y los grandes globos de su pecho se proyectaban bien separados y definidos.
Cuando a los cuarenta empezó a quedarse calvo, se afeitó la cabeza y decidió mantenerla tal cual. Todo o nada, así era Russell Morgan. Se exigía a sí mismo la misma clase de disciplina que exigía a sus pupilos.
Se quedó en la puerta mirando a Shereel, desnuda ante el espejo. Llevaba una báscula de baño en la mano derecha.
–Parece que has ganado peso –dijo.
–Russell, necesito un trago de agua.
Él echó un vistazo a su reloj de pulsera.
–En dos horas podrás beberte un decilitro de agua o chupar cuatro cubitos de hielo, lo que prefieras. Soy un hombre razonable.
Cerró la puerta a sus espaldas, caminó hasta ella y depositó la báscula en el suelo.
–Estoy tan seca que no puedo ni escupir –dijo ella.
–No necesitas escupir, lo que necesitas es secarte. Secarte, secarte y secarte. Deshidratarte. Si bajas a los cincuenta y seis kilos lo ganarás todo. Y vas a bajar a los cincuenta y seis kilos –hizo una pausa–. Súbete a la báscula.
–Oh, Russell –dijo, pero obedeció.
Se inclinó para observar el balanceo de la aguja. Él permaneció totalmente inmóvil, mirando la báscula. Ella vio cómo los músculos de Russell se le tensaban a la altura de los hombros y cómo se le estiraban los tendones en la parte posterior de su enorme cuello, y lo supo.
Con una voz apagada y aterradora, aún más espantosa por su suavidad, dijo:
–Virgen santa, cincuenta y seis y medio. Cuarenta y ocho horas para salir a escena y estás medio maldito kilo por encima de tu peso.
–No lo voy a conseguir, Russell.
–Llegarás. Yo estoy aquí para hacer que lo logres.
Caminó hasta el aparato de aire acondicionado y apagó el ventilador. Luego encendió el termostato de la calefacción y lo puso a tope. Cuando volvió hasta ella se desembarazó de su bañador.
Ella bajó la mirada.
–Por Dios, Russell.
Él dijo:
–Tienes que perder ese peso.
Ella estaba un poco descolocada. Esto nunca había sucedido. Él ya la había visto desnuda. Tenía que verla desnuda para controlar sus excesos, sus ingles, lo bien definidos que estaban sus abdominales inferiores, la delgadez, la simetría, pero nunca había pasado algo así. La desnudez de Russell era una novedad e hizo que algo parecido al terror comenzase a hervir en su corazón.
–Podría ir a la sauna –dijo ella–, podría hacer unos cuantos largos.
–Pero entonces te verían, ¿no? –dijo él–. Y quiero que se caguen la pata abajo cuando te quites la bata para calentar en el backstage antes de salir a escena. Ponerles nerviosos, pequeña, psicología.
Russell nunca dejaba que nadie viera a la chica que presentaba de su gimnasio hasta unos instantes antes de salir a escena, en el backstage. Él mismo había actuado así cuando competía y seguía haciéndolo ahora con quienes entrenaba. Pensaba que eso le daba ventaja.
Se acercó a ella y le tomó la cara entre las manos, unas manos tan gigantescas que parecía que estaban sosteniendo una naranja.
Cada vez hacía más calor allí dentro y las risas y los gritos chillones procedentes de la piscina al otro lado de la ventana aumentaron con el calor. Al menos así se lo pareció a Shereel, con la cabeza atrapada entre las manos de Russell. La meció dulcemente, con ternura.
–Tómatelo como una sesión de entrenamiento –dijo Russell–. Me lo dijo un amigo, Duffy Deeter, y he acabado por creerlo. Follar no es más que otra sesión de entrenamiento.
–Russell, yo…
Él la sacudió, no de forma violenta, pero tampoco con ternura.
–No hables. Escucha. Tienes que poner todo tu corazón en esto. Tu corazón. Tienes que currártelo. ¿Quieres agua? ¿Quieres chupar un agradable y fresco cubito de hielo? Pues aquí es donde te lo tienes que ganar. Gánatelo aquí o no lo obtendrás.
Y así, allí mismo, en la asfixiante habitación del Hotel Blue Flamingo, en el centro mismo de Miami Beach, se inició una danza bizarra por un decilitro de agua, una ofensiva violenta llena de requiebros y retorcimientos que hizo que la cabeza de Shereel retumbase como un campanario. Russell la manipuló con la misma facilidad con que hubiese manejado a una niña sin dejar de exhortarla: “¡Cúrratelo, maldita sea, cúrratelo!”.
Pero aun poniendo todo su empeño, lo único en lo que ella podía pensar era en que su madre y su padre, junto a sus dos hermanos, su hermana y su antiguo novio (quizá todavía su novio) venían conduciendo desde el sur de Georgia para asistir al espectáculo del fin de semana. Nunca la habían visto competir, no lo entendían, pero habían visto fotos que ella misma les había enviado de su participación en otras competiciones, tenían curiosidad y además la querían.
Sin embargo, gradualmente, el chapoteo de la piscina se fue transformando en su cabeza en un decilitro de agua y aquel minúsculo vaso de agua se llevó por delante tanto las imágenes de su familia como las de lo que estaba haciendo allí, en la cama que las fuertes estocadas y sacudidas de Russell acababan de romper. Él ya estaba bañado en sudor cuando ella perdió clara y completamente la cabeza y su cuerpo comenzó a mostrar la primera, casi imperceptible, humedad.
Destrozaron la mayor parte de los muebles de la habitación mientras Russell resoplaba y aullaba como un loco:
–¡Eres una maldita campeona! ¡A currárselo! ¡Pierde peso! ¡Adelgaza!
Puesto que su consumo de líquidos había sido cuidadosamente supervisado, jamás hubiera podido imaginarse que llegaría a sudar como estaba sudando ahora, pero cuando por fin acabaron en el suelo entre los restos de la destrozada mesita, estaba más empapada que Russell. Y había sido él quien había abandonado, boqueando en busca de aire. Sangraba por los largos y delgados arañazos que le recorrían la espalda y las piernas. Había sufrido golpes en sus hipermusculados hombros, golpes que más tarde se convertirían en feos moratones. Pero Shereel no lucía ni una sola marca, su delicada piel estaba tan suave e inmaculada como siempre. Pues en el curso de todos los retorcimientos y retrocesos, encorvamientos y embestidas, Russell había tenido mucho cuidado de no dejar en ella la menor señal de forcejeo. De poco serviría echar a perder la carne que había traído hasta allí para alzarse con el título.
–Suficiente –dijo en un suspiro ronco y entrecortado–. Ya estamos donde necesitábamos estar.
Y así era. Cuando se subió a la báscula pesaba cincuenta y cinco y medio. Sólo cuando vio el peso se le ocurrió pensar que durante todo el revolcón (obligándola a volverse una y otra vez, deteniéndose en su cabeza, en sus pies, en su espalda, en su vientre), en ningún momento la había besado. No es que deseara que lo hubiera hecho. Pero es que nunca se la habían follado sin besarla. (Su hermano, para hacerla rabiar, solía decir: “¿Sabes por qué no se besa a una vaca cuando te la follas? Porque la boca te queda a tomar por culo. Ja, ja, ja”.)
–Puedes beberte un decilitro y medio de agua.
Se volvió hacia él, el rostro tenso, enseñando los dientes:
–¡Sólo quiero medio decilitro! Y deja puesta la calefacción.
–De acuerdo –gritó Russell–. Finalmente has cogido el toro por los cuernos.
Fue entonces cuando la besó, un largo beso que no notó que ella le permitió, pero sin corresponderle.

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Harry Crews. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s