El Cantante de Gospel – Harry Crews

El Cantante de Gospel – Harry Crews

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Acuarela libros.

Precio: $000.

Coincidiendo con la llegada de un circo de freaks, un joven con voz de ángel, convertido en un próspero cantante de gospel, regresa a su pueblo, Enigma, donde están a punto de linchar a un negro por matar y violar a la que fuera su novia. Los lugareños lo idolatran de un modo absurdo y le atribuyen poderes curativos que no posee. Él, atormentado por la dramatización de su farsa, no quiere que la verdad salga a la luz pues teme que la magnitud de la decepción pueda resultar calamitosa. Como afirma Kiko Amat en el prólogo, “Enigma es un pueblo lleno de retraso, burricie, violencia, racismo e inevitablemente fanatismo religioso, rama cristiana sureña extrema. Palurdos locos y creyentes: una eterna receta para la catástrofe”.
Publicada en 1968, El cantante de gospel es la ópera prima de Harry Crews y, al igual que el resto de su obra es, como continúa diciendo Amat, “un libro sobre gente fracturada intentando recuperar su orgullo, hombres y mujeres incompletos, quebrados, rebelándose contra el destino y la mala fortuna. Los feos, abandonados, extraviados, deformes del mundo: sus anhelos y dolores, sus culpas y sus venganzas, su deseo de escapar de esa mala pata. Ese es el gran tema Crews, ni más ni menos. Gente haciéndolo lo mejor que pueden con el material que les ha tocado en suerte. Sin moralina ni regañinas éticas (aunque sus libros están llenos de moralidad; una moralidad superior)”.
Biografía de Harry Crews (1935-2012)
John McLeod
Harry Crews es un prolífico novelista cuyos personajes, a menudo extravagantes, pueblan un Sur extraño, violento y oscuramente cómico. También es autor de un libro de memorias muy elogiado, A Childhood: The Biography of a Place, sobre lo que significa crecer pobre en el sur rural de Georgia. Crews ha centrado la mayor parte de su trabajo en los blancos pobres del Sur, y ha inspirado a un creciente número de jóvenes escritores a ocuparse de lo mismo, incluyendo a Larry Brown y a Tim McLaurin.
Los primeros años
Harry Eugene Crews nació en el condado de Bacon el 7 de junio de 1935. Fue el segundo de dos hijos. Sus padres, Myrtice y Ray Crews eran granjeros pobres que apenas rascaban lo suficiente para ganarse la vida. Después de que su padre muriera en mitad de la noche de un ataque al corazón con él, que por aquel entonces tenía sólo dos años, durmiendo a su lado, Myrtice no tardó mucho en casarse con el hermano de Ray, Pascal. Su decisión resultó fatídica pues Pascal se reveló como un borracho violento y peligroso. En sus memorias, Crews describe la frágil situación de su temprana vida familiar: “El mundo que circunscribía a la gente de la que yo procedía contaba con tan poco margen de error, tan poco margen para la mala suerte, que cuando algo iba mal, casi siempre ocurría algo que empeoraba la cosa aún más. Era un mundo en el que la supervivencia dependía de un crudo valor, un coraje que nacía de la desesperación y mantenido por la ausencia de alternativas”.
Crews tuvo que desarrollar ese crudo valor desde el principio, pues de niño padeció dos importantes reveses físicos. A los cinco años le acometió una fiebre seguida de unos calambres tan severos en las piernas que sus talones chocaban con la parte posterior de sus muslos. Tuvo que guardar cama durante más de seis meses antes de que pudieran sacarle a respirar aire libre. Empezaría a andar de nuevo gradualmente apoyándose a lo largo de la verja que rodeaba la granja. Crews identificaría en aquella cada vez más inestable vida familiar la causa del estrés psicológico que padecería más adelante en su vida.
A los seis años, en el curso de un juego infantil llamado “El Látigo” es arrojado accidentalmente a una caldera de hierro colado que se estaba utilizando para escaldar cerdos. Con quemaduras que le cubrían más de dos terceras partes del cuerpo, Crews sólo sobrevivió, según le contaron los médicos, porque su cabeza quedó por encima del agua. En sus memorias recuerda aquella terrible experiencia: “Entonces sentí unas manos encima que me quitaban la ropa y el dolor dio paso a algo que no se puede expresar con palabras, o al menos que yo no puedo expresar con palabras. Yo no tengo forma de hablar de ello porque cuando me quitaron la camisa mi espalda se fue con ella. Al bajarme el peto, se deslizó también mi piel cocida y brillante”.
Crews se alistó en los marines a los diecisiete años, mientras su hermano luchaba en la Guerra de Corea. En la época de su servicio, Crews comenzó a leer seriamente. Al licenciarse se matriculó por la G.I. Bill (*ley aprobada por el gobierno en 1944 en beneficio de los soldados estadounidenses para acceder al financiamiento de estudios técnicos o universitarios) en la Universidad de Florida, con la intención de convertirse en escritor. El escritor Agrario Andrew Lytle (*movimiento literario al que también pertenecieron Robert Penn Warren, John Crowe Ransom, Donald Davidson y Allen Tate), que en su día impartió clases a Flannery O’Connor y a James Dickey, fue el profesor de escritura del joven Crews universitario.
Primeras novelas
Los años que le condujeron a su primera publicación fueron duros, tanto personal como profesionalmente. Crews se casó en 1960 y tuvo dos hijos, pero el matrimonio no duró mucho. En 1964 sobrevino la tragedia cuando su hijo mayor se ahogó. Crews empezó su carrera como profesor en 1962 y tras varios años de rechazo su primera novela, The Gospel Singer (*de próxima publicación en Acuarela Libros), se publicó en 1968 granjeándose buenas críticas. Su publicación le consiguió a Crews un nuevo trabajo de profesor en la Universidad de Florida y pavimentó el camino para la publicación de siete novelas más durante los ocho años siguientes, entre ellas Naked in Garden Hills (1969); Car (1972); The Hawk is Dying (1973), que fue llevada al cine en el 2006 (*con Paul Giamatti de protagonista, seleccionada para el Sundance Film Festival de 2006); The Gypsy’s Curse (1974) y la muy aclamada A Feast of Snakes (1976).
La reputación de Crews como nueva voz, descarada y audaz, de la literatura sureña creció durante aquella época. El popular escritor Norman Mailer dijo, “Harry Crews posee un talento único. Empieza donde lo dejó James Dickey” (*James Dickey, también oriundo de Georgia, es el autor de Deliverance, la novela de la que John Boorman rodaría una aterradora adaptación en 1972). Su escritura hunde sus raíces en la tradición del Gótico Sureño, pero Crews ha declarado tener otras influencias, fundamentalmente el novelista británico Graham Greene. La mayor parte de sus libros se desarrollan en los actuales estados de Florida o Georgia y a menudo resultan crispantes en su exploración de extremos tales como los deportes de sangre, los límites de la cordura, las compulsiones y obsesiones más bizarras.
Crews, como Flannery O’Connor, tiene debilidad por lo grotesco en sus personajes. Explica esta fascinación como profundamente enraizada en una muy específica experiencia en su infancia: la de despertarse una mañana en una caravana de un parque de atracciones y contemplar a una mujer barbuda y a un hombre con la cara hendida besándose y haciendo planes para la cena. Crews declaró: “y yo, tendido en la parte trasera de la caravana, jamás volví a ser el mismo”.
Ensayo y otras obras
Después de 1976 Crews no volvería a publicar otra novela en aproximadamente diez años. Durante ese tiempo su imagen fue convirtiéndose cada vez más en fuente de interés tanto para críticos como para lectores. En las entrevistas era franco a la hora de hablar de su consumo de drogas y alcohol y a menudo cambiaba su aspecto apareciendo con una cresta, rapado al cero o exhibiendo nuevos tatuajes. Uno de los tatuajes consiste en una calavera bajo la cual está escrito,”How do you like your blue-eyed boy, Mr. Death?” (*el verso tatuado pertenece la obra Buffalo Bill’s defunct del poeta, pintor, ensayista y dramaturgo estadounidense e. e. cummings; en el siguiente blog pueden hallarse varias traducciones del mismo.
Crews continuó dando clases durante aquellos años, y escribió guiones de cine, obras de teatro y ensayos, algunos de los cuales se recogen en Florida Frenzy (1982). Así mismo, se convirtió en colaborador habitual de revistas como EsquirePlayboySport y otras. Una de las columnas que escribió para Esquire, titulada “Grits” (*Sémola), sentó las bases del que para muchos críticos es su mejor libro, A Childhood: The Biography of a Place (1978).
En A Childhood el estilo de Crews es honesto y resuelto a la hora de describir la violencia y la desesperación que le rodeaban cuando era niño, aunque en ningún momento juzga, y muestra afecto y respeto por la gente a pesar de sus defectos. Esta conmovedora relación de la vida en el Georgia rural entre los muy pobres hizo que Crews se ganase grandes elogios entre los críticos. El New York Times Book Review dijo de su trabajo: “Es fácil despreciar a la gente pobre.A Childhood lo hace más difícil. Alza casi hasta el nivel de heroísmo a esta gente que parece de otro siglo… A Childhood no trata de una América olvidada; trata de una parte de América que apenas, excepto en libros como éste, ha sido apropiadamente descubierta”.
Carrera reciente
Crews volvió al mundo de la novela con All We Need of Hell (1987) y continuó con la publicación de The Knockout Artist (1988), Body (1990) (*Cuerpo, publicado por Acuarela Libros),Scar Lover (1992), The Mulching of America (1995), Celebration (1998), y An American Family: The Baby with the Curious Markings (2006). En 1997 dejó de dar clases y continuó escribiendo. Sus obras han sido publicadas en Francia, Italia, Holanda, Israel, el Reino Unido y España, y entró a formar parte del Georgia Writers Hall of Fame en 2001. Aparece en el documental Searching for the Wrong-Eyed Jesus (2005) que relata el viaje por carretera de un músico de country (*Jim White) por el Sur más profundo.
Gospel y mentiras
 Harry Crews
Enigma, en el estado de Georgia, era una calle sin salida. Habían plantado el juzgado justo en medio de la autopista 229, en el punto donde la carretera terminaba de manera abrupta, como una cinta cortada por la mitad, al borde del pantano de Big Harrikin. Desde la ventana de la celda de la cara norte del juzgado, Willalee Bookatee Hull divisaba todo el pueblo. Se balanceaba suavemente, distribuyendo el peso de un pie al otro. Detrás de él, sobre una mesa de madera, un plato de alubias se cuajaba bajo una fina capa de grasa y dos panecillos descansaban junto al plato. En una de las esquinas de la celda, un cubo servía de orinal y, por encima, a la altura de los ojos, alguien había escrito a lápiz en la hoja de un bloc el reglamento de la cárcel del condado de Lebeau.
En el asfixiante calor de la celda, Willalee Bookatee se balanceaba como el péndulo de un reloj ante el brillante marco de luz de la ventana. No se oía nada salvo el continuo zumbido de las moscas que se quedaban adheridas al plato. El sol se alzaba al oeste, dividiendo la calle en luces y sombras. En el otro extremo del pueblo, donde la autopista 229 se abría paso a través de la llanura ardiente, había una mula atada bajo la rácana sombra de un cinamomo. Dormía bajo una silla de montar mientras moscas repletas de sangre revoloteaban lánguidamente a su alrededor. En la parte soleada de la calle había un Buick del año 1948 con una cola de zorro en la antena y una pegatina de “Viva la Armada” en la luna trasera, aparcado delante de la droguería de Marvin, que además de tienda era la oficina de correos y tenía colgada de un poste la bandera de Estados Unidos. El Buick era el único coche en toda la calle. Hacía dos meses que no llovía.
Willalee Bookatee seguía balanceándose, medio aturdido, perdido en una especie de ensueño, con la mirada más ocupada en la pancarta de lienzo con letras rojas, blancas y azules que atravesaba la calle que en los granjeros o sus mulas amarradas. La pancarta, fijada en uno de sus extremos a la tienda de semillas de Harvey y del otro a la funeraria de Enigma, rezaba así: “¡Bienvenido a casa, Cantante de Gospel!”. Aunque Willalee Bookatee predicaba los Evangelios y conocía de memoria largos fragmentos de las Escrituras, no sabía leer. Pero sí sabía, como todo ser humano en Enigma, que el Cantante de Gospel volvía a casa. Se habían preparado para la ocasión, deseaban que llegase el momento y rezaban por ello. Por todo el pueblo ardía furiosamente un ansia irrefrenable por ver, escuchar y –si Dios lo quería– tocar al Cantante de Gospel, que sin ayuda de nadie había concentrado la atención de todo el universo en Enigma, Georgia. El Cantante de Gospel había dado un propósito y un significado a sus vidas por la sencilla razón de que podían decir cosas como “soy del mismo pueblo que el Cantante de Gospel” o “lo conozco desde que era un renacuajo”.
Willalee había visto al Cantante de Gospel en innumerables ocasiones en la televisión Muntz que había comprado en Albany, Georgia, y que había traído a casa en la parte de atrás de un carromato de trementina para ponerla en su cabaña. ¡Y ahora el Cantante de Gospel regresaba a casa! ¡Estaría aquí, en Enigma! Pasearía de nuevo por el pueblo su magnífico cuerpo, alto y rubio; tan magnífico, alto y rubio que ofendía la ropa que lo cubría, daba igual lo cara o entallada que fuera. Y lógicamente la ropa que llevaba era cada vez más cara, porque el Cantante de Gospel había pasado del estudio de televisión en Albany al de Tallahassee, luego al de Atlanta, después al de Memphis y, finalmente, al de Nueva York.
Cuando Willalee Bookatee encendía la televisión Muntz y la voz del Cantante de Gospel inundaba la cabaña, era como el bálsamo que se vierte sobre una herida. Nada importaba. El mundo se sumía en un gigantesco agujero. Todo –el corte de una cuchilla, un ojo escaldado por el alquitrán o la quemazón de la gonorrea pillada con alguna puta mulata de Tifton– desaparecía salvo esa voz, que se introducía en su cabeza y en su carne hasta alcanzar el lugar donde su alma reposaba. Y así podía soportar lo que fuera durante otra semana más.
La gente blanca no hablaba de otra cosa. Mientras recolectaban algodón en los campos, desgranaban mazorcas de maíz o se sentaban frente al banco del pueblo mascando tabaco y escupiéndolo entre los pies, el Cantante de Gospel nunca andaba lejos de sus pensamientos. En una ocasión, Willalee Bookatee oyó decir a uno de ellos que el Cantante de Gospel tenía en el maletero del coche ropa suficiente para vestir a toda la gente de Enigma. Willalee Bookatee había visto el coche y, aunque era de los grandes, sabía que allí dentro no podía caber algo para todos los habitantes de Enigma. Pese a todo, se lo creía. No era algo que se comprendiera con el entendimiento. No resultaba imposible porque se trataba del Cantante de Gospel, porque todo lo que tocaba se convertía en oro del mismo modo que el aire común se convertía en música celestial al salir de su boca. ¡Sí, señor! Albany, Tallahassee, Atlanta, Memphis, Nueva York. Había oído a los blancos mencionar estos lugares con tanta frecuencia que sonaban en su cabeza como una campana. Y le alegraba poder decirlos en alto como un mantra, chasqueando la lengua, como le ocurría a todo el mundo en el pueblo, porque no importaba dónde hubiese ido el Cantante de Gospel, sino que hubiera comenzado sus días en Enigma, Georgia. En su Enigma. Había nacido de ellos y eso los enorgullecía. Había surgido de sus pálidas carnes, de sus niños con parásitos intestinales, de sus tierras pantanosas y de su famélico ganado, tan hambriento que, cuando llegaba la época de la matanza en invierno, del cuello del animal brotaba un charquito de sangre no mayor que el pañuelo de una dama. Se había abierto paso, hermoso, pleno como el sol, entre todos los males y vilezas de su entorno. Había salido de ellos, de su especie, sin ningún tipo de anunciación o explicación. Y todos sentían lo mismo que Willalee Bookatee, que algún día el Cantante de Gospel, instantánea y misteriosamente, les salvaría de la tragedia que encarnaba Enigma.
Apartó los ojos de la pancarta y dejó que la mirada se filtrase por las rendijas de sus pestañas. El calor subía de la tierra distorsionando todo el lugar. Por todas partes de Enigma, clavados en postes o en las fachadas de las tiendas, había carteles rojos que proclamaban: “Feria de rarezas ** Entrada gratuita para niños menores de cinco años ** Vengan todos ** Vengan a ver al enano con el pie más grande del mundo”. Los carteles rojos aparecieron justo la noche después de que colgasen la pancarta de bienvenida del Cantante de Gospel. Fue el día antes de que metiesen en la cárcel a Willalee Bookatee, el mismo en que Willalee había pedido al tío Judge, un negro de Nashville que sabía leer y escribir, que le dijese lo que ponía en los carteles. Y apenas escuchó lo del enano y el pie, decidió que merecía la pena gastarse unos centavos o lo que fuera para verlo. Pero resultó que ni siquiera llegó a ver el lugar donde instalaron las carpas de la feria. Y tal y como pintaban ahora las cosas, no iba a ver nunca el pie de aquel enano.
Willalee Bookatee se sentía a sí mismo como en el centro de un misterio. Nada era igual que antes ni volvería a serlo. Era un extraño para sí mismo. Se miraba las manos y negaba con la cabeza. Se arrodillaba, pero, pese a que era predicador, no podía rezar. Lo más cerca de la oración que alcanzaba a estar era cuando sacaba del bolsillo trasero del pantalón una fotografía que desdoblaba cuidadosamente y contemplaba, arrodillado, hasta que la inquietud abandonaba su corazón y encontraba la calma. Había recortado la foto de una revista que la señorita MaryBell Carter le había comprado en Tifton. Era del Cantante de Gospel, con las manos blancas y hermosas en alto, la cabeza dorada reclinada hacia atrás y la boca abierta, cantando. Así, en mitad de la noche, con la luna recortándose en las rejas de la ventana, permanecía de rodillas durante horas ante esa imagen, sin rezar pero en calma, porque la oración carecía de sentido después de lo que había hecho. A veces susurraba: “¿Asesino? ¿Asesino, yo?”, y el misterio se extendía ante él tan infinito como la noche.
Desde tan lejos como le alcanzaba la vista emergió una camioneta de la superficie negra de la autopista 229. Atrapaba y retenía el sol naciente en pequeñas explosiones de luz. Willalee la miraba como en un sueño, con la alegría indiferente de contemplar algo nuevo, porque Enigma solo tenía ocho manzanas de extensión y en los tres días que había estado encerrado en la celda del juzgado no había hecho otra cosa que mirar el pueblo. Los primeros dos días no fueron tan malos porque todo el mundo en Enigma se había acercado a visitarlo, casi siempre después de haber pasado por la funeraria. Unos pocos incluso habían venido a verlo en coche desde Tifton, donde la 229 corta la interestatal 41. Había discurrido un río constante de gente desde el velatorio al juzgado y el sheriff, un hombre gordo con un solo pulmón, le había pedido a su mujer que preparase bocadillos y café para vender. Se había producido un enorme alboroto por todo Enigma que casi –decían algunos– amenazó con trastocar y retrasar los planes de bienvenida para el Cantante de Gospel. Pero el negocio decayó tan repentinamente como había empezado. Enigma se adaptó rápidamente a Willalee Bookatee Hull y los visitantes eran cada vez más escasos.
La camioneta alcanzó la calle entre detonaciones del tubo de escape hasta frenar con un chirrido delante del juzgado, a diez metros escasos de donde se encontraba Willalee. Un muchacho alto y pálido de piel cuarteada y pelo lechoso bajó de la camioneta y se quedó quieto, mirando con ojos entrecerrados bajo la sombra de sus manos enjutas y acartonadas. Alzó la vista al sol un instante, dejando caer de repente la mandíbula y revelando una lengua y dientes del color del mildiú. Alrededor de una llaga abierta en su mejilla que tenía el color y el tamaño de una uva, pululaban mosquitos. Miró arriba, hacia Willalee, que desvió la mirada al humeante horizonte y asió con más fuerza los sólidos y calientes barrotes. Cuando Willalee centró de nuevo la vista, el muchacho ya había desaparecido y, antes de que pudiese posar los ojos otra vez en el horizonte, oyó la voz quejumbrosa de Gerd, el hermano del Cantante de Gospel. La puerta de la prisión se abrió tras él, pero Willalee siguió contemplando el extremo en que la autopista 229 se cruzaba como una daga con el horizonte.
–Da pena verla, ¿verdá?
–Un horror, desde luego.
Escuchó las voces detrás de él; solo un resuello asmático distinguía la voz del sheriff de la de Gerd. El sonido apagado de las llaves golpeando en el aro de latón que el sheriff llevaba colgado del cinturón marcaba las pausas que tomaba para coger aliento.
–¿Está siempre así mirando por la ventana? –preguntó Gerd.
–Casi todo el tiempo.
–¿Y eso?
–Lo más seguro es que esté mirando a la funeraria. Pensando en el culo blanco que se agenció.
–A ese negro le tiene que haber pasao algo pa hacer eso.
Willalee escuchaba, aferrándose aún más fuerte a los barrotes. El aspecto más aterrador de su crimen era que todo el mundo en Enigma parecía haber olvidado su nombre. De repente se había convertido en “el negro” o “ese negro”; había dejado de ser Willalee Bookatee Hull. Había crecido con Gerd, le había mentido, había trabajado para él o al menos para su padre, y también le había robado. Pero ahora Gerd, como todos los demás, había olvidado su nombre. Y en cuanto a lo de que estaba pensando en el culo de la señorita MaryBell, no era cierto. Que recordara, nunca había pensado en su culo. Sus ojos estaban más bien clavados en la carretera de la que, tarde o temprano, surgiría el coche enorme y negro del Cantante de Gospel. Ahora su única esperanza era que el Cantante de Gospel llegase antes de que lo colgasen.
–Podía haber sío peor. Podía haber usao una cuchilla de afeitar –dijo el sheriff.
–Sí. Una cuchilla deja un desaguisao mayor que un picaor de hielo. Pero con el picaor de hielo tampoco se las apañó mal. To lleno de agujeritos moraos –dijo Gerd.
–La dejó hecha un colaor.
–¿Se sabe ya con seguridá cuántas veces la ensartó?
–Sesenta y una –dijo el sheriff–. Hiram lo escribió en un cartón que colocó en la ventana. La gente que iba al velatorio no hacía más que preguntar qué era lo que había hecho el negro y como Hiram se cansó de repetir to el rato, lo escribió en un cartón y lo puso en la ventana. Lo puedes leer tú mismo. Sesenta y una.
–Voy a ver otra vez a esa pobre muchacha de Dios –dijo Gerd–. Con toa la gente que havenío no he tenío oportunidá de echar un buen vistazo.
–Y además, virgen –dijo el sheriff, sacudiendo la cabeza con tristeza.
–Ese negro atacó a un ser inocente. Lo sabe to el mundo en Enigma –continuó Gerd.
–¿Lo sabe el Cantante de Gospel? –preguntó el sheriff.
Ma le mandó un telegrama –respondió Gerd–. Pero uno nunca sabe cuando le llegará, porque cada día está en un sitio.
–Va ser duro pa él volver así –dijo el sheriff.
–Estas cosas pasan.
–Vaya que sí.
–Los caminos del Señor son inescrutables –dijo Gerd–. Igual ha sío una bendición que la matase, porque ahora no tendrá que sufrir toa la vida que la gente de Enigma sepa que perdió su flor con el negro.
Una cerilla se encendió contra la puerta de la celda. Willalee olió las tenues volutas de tabaco Prince Albert y la boca se le hizo agua. Lo habían sacado de la cama a las tres de la mañana y lo habían trasladado a la cárcel sin tabaco. Como ningún negro de Enigma se había atrevido a visitarlo, llevaba ya tres días sin fumar nada. Y para distraer su mente del delicioso cigarrillo, trató una vez más de recordar el picador de hielo y cómo se había salpicado la ropa con aquellas manchas de sangre increíblemente brillantes. Tenía un picador de hielo. Lo tenía clavado en un estante encima de la pila que le hacía las veces de refrigerador y en el que había un bloque de hielo de diez centavos envuelto en un saco de arpillera. Ahí fue donde lo encontraron, manchado con la misma sangre brillante. Cuando lo sacaron de allí desnudo y dando voces, su mano derecha era una masa compacta de sangre desde la muñeca a la yema de los dedos. Allí se encontraba también ella, encogida al pie de la televisión Muntz, con la cabeza torcida en un ángulo extraño y una mueca en el rostro que no era de alegría. La sangre de su yugular perforada circundaba sus cabellos como si se tratase de un halo.
–¿Crees que el Cantante de Gospel llegará hoy? –preguntó el sheriff.
–Sí.
–¿No tenía que haber llegao hace tres días?
–Sí.
–En Enigma dicen que mandó un telegrama –dijo el sheriff.
–Así es. Cash lo trajo de Tifton.
–¿Qué decía?
–Decía que no iba a llegar cuando se suponía, pero que iba a venir –dijo Gerd.
–Este Cantante de Gospel…
–Es tremendo.
–No va a ser fácil pa él –dijo el sheriff–. MaryBell muerta y además violá por el negro. Sabe Dios que también él carga con su cruz. Siempre pensé que al ser el Cantante de Gospel su vida no sería na fácil. Algunos pensaban lo contrario, pero yo no. Con toas las cosas que pasan y to lo que tiene que hacer.
–Tampoco me parece a mí que tenga una vida fácil –dijo Gerd–. Pero tampoco la peor del mundo.
–Nunca se olvidó de los suyos –dijo el sheriff–. Nadie se lo puede echar en cara. ¿Cómo va ese ganao con certificao que os envió por tren? ¿Ya debe estar casi listo pa llevarlo almercao?
–Está muerto.
–Lo lamento, Gerd. ¿Qué pasó?
–Estaba bien y se murió. Pa dijo que Enigma lo mató, que un cerdo Poland China en Enigma era como un pez fuera del agua. También dijo que en Enigma nunca se habíacriao ganao de raza.
Se oyó una risa breve y ahogada.
–Pues tanto no sabe, porque ha criao al Cantante de Gospel, que es un pura sangre.
–Un pura sangre, desde luego. Nadie dice lo contrario.
–Es una pena que no vuelva a casa más de corrío. Ni siquiera pude verlo la última vez que estuvo, con to esa gente detrás suya. Parece que cada vez viene menos.
–El domingo que viene hará siete meses menos una semana que no está en casa –dijo Gerd–. Pero manda cartas. Está donde hace falta, dejándose el corazón en las canciones.
–No le estaba echando na en cara, Gerd. No hay hombre mejor que el Cantante de Gospel.
–Ha hecho mucho por tos nosotros.
–Es un alma buena, sí, señor.
Willalee se preguntaba si podía concebir esperanzas de una visita del Cantante de Gospel. Habían sido amigos en el pasado, cuando ambos tenían 15 años, el año en que cambió la voz del Cantante de Gospel, cuando pasó del aullido quebrado de un adolescente a una voz fantástica y poderosa de límites desconocidos. Y fue esa misma voz lo que les separó y desde entonces Willalee Bookatee ya no había podido acercarse lo suficiente para poder hablarle.
El Cantante de Gospel comenzó a actuar en iglesias de la comunidad, en misas de renacimiento evangélico. Luego fue al estudio de televisión de Albany, mientras que Willalee iba a trabajar el alquitrán en el atrofiado anillo de pinares que rodea Enigma. Día tras día, mientras cargaba con el grasiento cubo de veinte litros de trementina y la ropa embadurnada de alquitrán le iba comiendo vivo, su mente se sosegaba pensando que llegaría el domingo y podría tumbarse en su cabaña a escuchar al Cantante de Gospel en la radio y, después de traer la Muntz, también podía verlo de cuerpo entero, alto y asombrosamente limpio y hermoso.
Willalee rezó en silencio una oración para el Cantante de Gospel con la esperanza de que la oyese, porque el Cantante de Gospel podría ser su salvación, su única salvación. Tenía una fe absoluta y perenne en que el Cantante de Gospel conocería los detalles del crimen que había cometido y que no podía recordar. Iban a colgarlo y Willalee Bookatee no quería partir hacia Dios con aquel misterio. Pero el Cantante de Gospel podía ayudarlo, el Cantante de Gospel podía hacer cualquier cosa. Albany, Tallahassee, Atlanta, Memphis, Nueva York. ¿Acaso no había sido el único hombre nacido en Enigma en salir al mundo y triunfar?
–¿Has visto al freak? –preguntó el sheriff.
–¿Qué freak?
–El del pie.
–No.
–¿Alguien lo ha visto?
–Me dijeron que estaban montando el campamento en las afueras del pueblo. No mulejos de la carpa del Cantante de Gospel.
–Me pasaría por allí pa ver qué están haciendo –dijo el sheriff–, pero me da cosa dejar aquí al negro.
–No creo que sea buena idea dejarlo –dijo Gerd.
–Algunos de los chicos ya se han pasao por aquí –señaló el sheriff–. Y no me extrañaría que se lo cargasen.
Gerd estaba encendiendo otro cigarrillo. Willalee Bookatee ya había oído hablar a esos hombres. Desde la noche que lo detuvieron, le habían estado pidiendo al sheriff que se lo entregase. Iban a colgarlo. Lo sabía. Con o sin juicio, daba igual. Trató de ignorar el olor del cigarrillo.
–Gerd, ¿crees que vendrá hoy?
Ma dice que tiene el pálpito de que sí.
–¿Cuánto tiempo se va a quedar –preguntó el sheriff–. ¿Lo ha dicho?
–Nadie lo sabe –dijo Gerd.
–Estará bien que vuelva. Nos animará. Nos dará ilusión.
De nuevo la risa ahogada.
–Quizá traiga con él la lluvia.
–Quizá.
–¿Ya te vas?
–Antes voy a pasar por el velatorio.
–Vale, ven a ver al negro cuando quieras. Porque no va a estar aquí pa siempre, no, señor.

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Harry Crews. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s