Asesino burlon – Jim Thompson

Asesino burlon – Jim Thompson 

Estado: impecable.

Editorial: Ediciones B.

Precio: $300.

Prólogo
Barry Gifford
El director de cine Stanley Kubrick escribió sobre la novela de Jim Thompson The Killer Inside Me: «probablemente sea la más escalofriante y creíble historia scrita desde la primera persona de una mente criminal con a que me he topado». El novelista y crítico R. V. Cassil efinió a Thompson como su preferido entre los autores originales». De The Killer Inside Me, Cassil dijo: «es xactamente lo que los entusiastas franceses de la violencia existencial norteamericana habían estado buscando en los trabajos de Dashiell Hammett, Horace McCoy y Raymond Chandler. Ninguno de estos hombres escribió nunca un libro que se acerque siquiera a una milla de distancia de los de Thompson». Y Anthony Boucher, él también un maestro en el género negro, escribió en el New York Times: «Jim Thompson debe ser considerado un primera clase. Les urjo fervientemente a que no se pierdan ninguno de sus libros.»
Contundentes palabras éstas, proferidas por tres hombres que saben lo que están diciendo y de qué hablan, pero ¿quién es Jim Thompson? ¿Por qué razón sus libros no han estado al alcance del lector medio en los Estados Unidos durante más de diez y, en algunos casos, hasta veinte o treinta años? Autor preferido en Francia, dondemuchas de sus obras se venden sin interrupción, publicadas en la Série Noire de la Editorial Gallimard, a menudo las novelas de Thompson trasuntan una pasión perversa y aterradora.
Originalmente, fueron publicadas con profusión durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Las editoriales, hoy desaparecidas, eran Lion, Pyramid y Regency. Thompson fue un maestro de la forma en cada una de sus veintinueve novelas, muchas de las cuales fueron llevadas al cine: The Getaway (La huida), con Steve McQueen como protagonista, dirigida por Sam Peckinpah; Pop 1280 (1280 almas), dirigida por Bertrand Tabernier; The Killer Inside Me (El asesino dentro de mí), dirigida por Burt Kennedy, con Stacy Keach en el papel de protagonista y A Hell of Woman (Un infierno de mujer), mi novela preferida entre todas las de Thompson, dirigida como Série Noire por Alain Corneau.
James Myers Thompson nació en Oklahoma en 1906. Durante la década de los años treinta, fue director del Federal Writer’s Projects (Proyecto Federal de Escritores) en aquel estado. Más adelante, escribió para varios periódicos, entre los que estaban el New York Daily News y Los Angeles Times Mirror, así como para las revistas True Detective (a la cual vendió su primer relato cuando sólo tenía catorce años) y Saga, de la que llegó a ser editor-jefe durante un breve período. Thompson trabajó también en un oleoducto en Texas, usando como ámbito de ficción en su novela South of Heaven (Al sur del Paraíso), trabajo como reparador de chimeneas, fue actor cómico y jugador profesional. Escribió los guiones de dos películas de Stanley Kubrick (The Killing y Paths of Glory) y, ya cercano el fin de su vida, actuó en el filme Farewell my Lovely (Adiós, muñeca) dirigido por Dick Richards, sobre la historia homónima de Raymond Chandler. Hasta 1977, el año de su muerte, ninguno de sus libros había sido publicado en su país de origen.
En las novelas de Thompson el mundo es un lugar inhóspito y corrupto: Doc McCoy en The Getaway, Lou Ford en The Killer inside Me, Nick Corey en Pop 1280 y Roy Dillon en The Grifters son asesinos impenitentes, personajes tristes y viciosos que poseen lo que sólo puede describrirse como el más extraño sentido del humor en los anales de la ficción criminal. El más atroz de ellos, Lou Ford, sheriff de una pequeña ciudad, se caracteriza por fastidiar mortalmente a la gente antes de, efectivamente, asesinar a algunas personas. su arma más peculiar son las frases hechas, repetidas una y otra vez mientras la víctima de Ford, demasiado asustada como para echarse a correr o cobrar ánimo, grita en su interior.
Son los franceses quienes mejor parecen apreciar el tipo de terror de Thompson. Román Noire, literalmente “novela negra”, es una expresión reservada por ellos de manera especial para novelistas como Jim Thompson, Cornell Woolrich o David Goodis. Sin embargo, sólo en Thompson convergen plenamente la noción francesa tanto de “noire” como de “maudit”; es maldito y autodestructivo. Lo que Thompson presenta es un retrato impío. Como escribió el crítico británico Nick Kimberley: “Éste es un mundo impío, poblado por personas para las que el asesinato es una tarea tanto casual como rutinaria.”
El aspecto más revelador del trabajo de Thompson es aquel en que a menudo él se desvela a sí mismo como algo más que un estilista. Puede ser un escritor excelente, capaz de crear diálogos tan cortantes como los de Hammett, frases descriptivas en una prosa tan convincente como la de Chandler. Pero entonces, sin previo aviso, hacen irrupción dos o tres capítulos cuya escritura es desechable, típica de los libros de bolsillo de la escuela de ficción Trash and Slash. Los protagonistas masculinos de Thompson son casi siempre esquizofrénicos, plagados de conductas erráticas, poseídos por un demonio impredecible; esta personalidad escindida emerge asimismo en la escritura, al marcar y definir al autor con tanta precisión como la que él mismo usa para con sus confusos personajes.
Como Thompson mismo testificaba: “Un hombre se arrastra una milla con el cerebro fuera. Una mujer llama a la policía después de haber recibido un disparo en el corazón. Un hombre ha sido colgado, envenenado, le han disparado, y continúa viviendo.” Nadie más ha vuelto a escribir como éstos.
Elogio del gran Jim Thompson
Stephen King
Si me obligarais a punta de pistola (recurso que me parecería justificado en vista de la cuestión que se debate), probablemente me las arreglaría para mencionar a veinte novelistas de primera fila asociados al género negro en menos de media hora. Por supuesto, dicho listado no reflejaría sino mi propia opinión; los puristas acaso no vieran con agrado la inclusión de escritores como Ed McBain y John D. MacDonald, si bien el listado también incluiría a nombres que sin duda complacerían a esos mismos puristas, autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Robert Parker y demás. Si a punta de pistola me obligarais a mencionar a aquellos novelistas estadounidenses que en mi opinión han escrito grandes novelas sobre la mente criminal, mi listado sería mucho más breve; y además, resultaría que la mitad de sus integrantes sólo escribieron una novela: Theodore Dreiser (Una tragedia americana), Frank Norris (McTeague) y Elliot Chaze (Wettermark). Los tres autores que escribieron más de una novela de esta clase serían Shane Stevens, James M. Cain y Big («Grande») Jim Thompson.
¿Acaso Jim Thompson era físicamente grande? La verdad, no lo sé. Thompson provenía de Texas, Oklahoma o algún lugar parecido, así que yo me lo imagino como un hombretón. Con todo, los escritores muchas veces inducen a pensar en un locutor radiofónico sobrado de peso pero de vocecilla atiplada: quienes escriben la prosa más viril resultan ser, viéndolos en una fotografía, sujetos rechonchos y paliduchos con aspecto de peritos de seguros. Pero tanto da; para mí, Thompson siempre será Big Jim, y ello porque escribía a lo grande.
Punto éste que merece una explicación.
El escenario de sus novelas no tenía nada de grande o imponente; sus personajes raramente resultaban imponentes (con la posible salvedad de Doc McCoy, el protagonista de La huida)—, los mismos crímenes que relataba estaban a años luz de las conspiraciones a gran escala a que nos tienen acostumbrados el Chacal de Frederick Forsyth o los nazis resueltos a liquidar a Winston Churchill ideados por Jack Higgins. Los criminales descritos por Big Jim Thompson, al igual que los creados por James Cain o Shane Stevens, más bien vivían atrapados en un mundo reducido, enmarañado y marcado por el botín irrisorio y los líos vulgares. Pero, a la vez, los libros de Thompson tenían una osada, una asombrosa dimensión en lo tocante a la ambición y el riesgo artísticos, a su perspectiva agresiva y en absoluto complaciente. Edmund Wilson (quien asimismo escribió un ensayo estupendo, por vitriólico, pero desatinado a más no poder, titulado ¿Y qué importa quién asesinó a Roger Ackroyd?) en su momento dictaminó que El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, no era sino el aspecto salvaje de los figones de mala muerte. El problema no radica tanto en que Wilson anduviera desencaminado como en que el comentario provenía de un hombre que apenas había puesto los pies en los tabernuchos y las misérrimas cafeterías de Estados Unidos.
En todo caso, los figones existían y siguen existiendo; los pueblos como el descrito sin misericordia en la novela 1.280 almas de Thompson existían y siguen existiendo; los delincuentes de baja estofa y los individuos perseguidos y desesperados siguen existiendo. Es posible que no cenen en el restaurante del hotel Waldorf, pero los profesionales de la intelectualidad y las mujeres menopáusicas que sí lo hacen tampoco son exactos representantes del mundo entero.
En cierta ocasión Wilson se metió con Nelson Algren, acusándolo de practicar «una literatura próxima a la cloaca», como si la mierda no existiera… Y sin embargo, quienes tenemos los pies en este mundo podemos atestiguar que sí que existe. Y que su ámbito no se limita a retretes y alcantarillas. A veces llega a desbordarse y a inundar las calles, las cafeterías y la psique humana.
Para mí, Big Jim Thompson fue y sigue siendo un escritor grandioso porque no le tenía miedo al elemento salvaje presente en las cafeterías, porque no tenía miedo a la mierda que a veces se acumula en los sumideros bajo las previsibles y conscientes relaciones sociales. Ningún paciente disfruta cuando el médico se pone el guante de látex y le pide que se agache y se quede inmóvil mientras lo examina… Lo que pasa es que alguien tiene que dar con esas irregularidades que pueden apuntar a la existencia de cánceres y tumores, cánceres y tumores que pueden existir en el intestino de la sociedad tanto como en el del paciente. Dreiser lo sabía, Melville lo sabía, B. Traven lo sabía, Dostoievski lo sabía. Thompson también sabía la verdad, que toda sociedad sana necesita una literatura formada por proctólogos tanto como por neurocirujanos.
¿Sabéis lo que más admiro de Thompson? Que el hombre se pasaba mucho. Thompson se pasaba, y en cantidad. A la hora de escribir, Big Jim no sabía lo que era la contención. Lo que habla de su extrema osadía: osadía para ver las cosas como son, osadía para reflejarlas en el papel, osadía para publicar unas obras como las suyas.
Sus novelas son aterradoras viñetas del dolor, la hipocresía y la desesperación existentes en tantas y tantas pequeñas poblaciones estadounidenses. Son novelas marcadas por una fealdad imponente, por un mal gusto que se diría triunfal. Thompson narraba unas historias tremendas, pero las historias tremendas están lejos de ser verdadera literatura. ¿Quién puede saberlo mejor que yo mismo? Lo que convierte a los libros de Thompson en literatura es su disección clínica de la mente alienada, de la psique trastornada hasta convertirse en una bomba de nitrógeno, de las personas cuya existencia recuerda a unas células enfermas e inscritas en el intestino de la sociedad norteamericana.
Thompson no siempre era bueno, pero cuando estaba en forma era el mejor de los escritores…, precisamente porque llegaba hasta el límite. El lector siempre acaba sumergiéndose en los enfebrecidos relatos de Thompson, relatos que progresan gracias a que el escritor piensa llevarlos hasta sus últimas consecuencias, por muy feo, perverso o desagradable que sea su final (quienes sólo conozcan la versión fílmica de La huida no tienen idea de los horrores existenciales que aguardan a Doc y Carol McCoy allí donde Sam Peckinpah decidió poner punto final a la historia).
Alguien tiene que examinar las heces de la sociedad; alguien tiene que describir esos tumores que repelen a los miembros más refinados de nuestra sociedad. Jim Thompson fue uno de los pocos que se atrevió.
Thompson está muerto y no ha sido reeditado con particular prodigalidad; sin embargo, no todos lo han olvidado. Gracias a Dios, es algo habitual. Los grandes escritores siempre parecen componérselas para seguir en el candelero. Razón por la que tenéis este libro entre manos, supongo. Y ahora, amigos, abrochaos los cinturones y echad mano a las mascarillas antigás.
Disponeos a adentraros en la oscuridad sin mi concurso, sin el de Eudora Welty ni el de John Updike, Truman Capote o Edmund Wilson. Vuestro acompañante es un verdadero maníaco experto en el lado oscuro de la naturaleza humana. Igual os da asco. Igual dejáis de leer, arrugando la nariz mientras soltáis una nerviosa risilla de horror. Lo que está claro es que el gran Jim Thompson no piensa detenerse… y mucho me temo que vosotros tampoco.
 Bangor, Maine, septiembre de 1985.
Otros libros relacionados disponibles en LibrosKalish:
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1280 almas – Jim Thompson
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Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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