Matando el tiempo. Autobiografía – Paul K. Feyerabend

Matando el tiempo. Autobiografía – Paul K. Feyerabend

Estado: impecable.

Editorial: Debate.

Precio: $400.

Paul K. Feyerabend, uno de los filósofos más citados y polémicos de nuestra época, escribió esta autobiografía durante sus últimos meses de vida. Con la pasión, poder de convicción y, al mismo tiempo, desenfado de que dio muestras en tantos de sus escritos, Feyerabend rememora aquí su familia, el ascenso del nazismo, los años de guerra, el mundo teatral y musical que tanto amó, las mujeres de su vida, su educación e inclinaciones científicas, cómo llegó a convertirse en un filósofo de la ciencia, profesión que le llevaría a ocupar numerosas cátedras en Europa y Estados Unidos, o las relaciones que mantuvo con algunos de los intelectuales más importantes de nuestro siglo, entre los que se encuentran Bertolt Brecht, Ludwig Wittgenstein, Karl Popper o Thomas Kuhn. Completa el volumen una Introducción en la que José Manuel Sánchez Ron repasa la obra e ideas de Feyerabend, con la pretensión de facilitar su conocimiento a los lectores de esta apasionante, irónica y extraordinariamente honra autobiografía.
Sobre Paul Feyerabend
Claudio Martyniuk
  Disonancias
Para la defensa de la sensatez existen filósofos como David Stove. Por fortuna, él advierte que la filosofía contemporánea está inmersa en una locura idealista, cuya causa es la prolongación de la reacción religiosa del siglo XIX contra la Ilustración.
            La filosofía se ha llenado de rarezas. Filósofos que han existido, o incluso otros que aún existen, discuten la existencia de hechos, como si dudaran que han tenido madre. Con verdad mayúscula, Stove considera que eso demuestra  que hay algo terriblemente equivocado en las teorías filosóficas típicas de nuestra época.
            Existe. Nadie crea que se ha inventado al profesor Stove o a su libro. Es él, justamente, quien le recuerda a los filósofos que son seres humanos y no inasibles abstracciones platónicas. Está en Mulgoa, Nueva Gales del Sur. Desde allí escucha los sonidos y diferencia el ruido de la música. El jazz  le recuerda a la epistemología de sir Karl Popper. Stove no tolera escuchar jazz. Popper, en las cadencias de su pensamiento, admitió  a las variaciones historicistas de Imre Lakatos.
            – !Traición!, grita Stove. Traición personal e intelectual.
            Fue demasiado tarde cuando el maestro Popper advirtió que se negaba la “asimetría elemental” entre confirmación y refutación. El discípulo Lakatos aclaró que las refutaciones nunca son claras, que las teorías no se desmienten por observaciones reales o posibles. Así se inició el camino que lleva al dadaísmo filosófico.
“De todo lo que la mente humana ha producido en todas las épocas, este libro – se refiere a Against Method de Paul Feyerabend-  debe de ser una de las cosas más curiosas. Es imposible comunicar en pocas palabras su extraordinario absurdo…” [1]
            A pesar de tamaña dificultad, pronto encuentra el núcleo de la Feyerabend-molestia: la proclama democratizadora de la ciencia. Ella es una Feyerabend-charlatanería, bien paga y difundida por las mejores universidades y editoriales del mundo. Feyerabend es la encarnación de la amenaza de lo irracional.
            Como si se hubiera pateado el tablero, se busca colocar a las piezas en su lugar natural y expulsar a los Feyerabend-peligrosos movimientos. Como si nada hubiera pasado, los Feyerabend-sinsentido son desterrados, recluidos fuera del juego. Queda para el ridículo y el desprecio una imagen construida para difusión comercial: Feyerabend es sinónimo de epistemología del absurdo.
            Pero Stove es bueno adscribiendo culpas: “Popper se lo merecía, si es que alguien se lo merece alguna vez.” [2]
            ¿Acaso la doctrina del maestro -valla del irracionalismo y del totalitarismo- era de naturaleza nihilista o irracional?
            -Sí, dice Stove. POPPER -como escribe su nombre Feyerabend, como continuamente le exigían en la escuela de Popper decirlo y anotarlo- consiguió engañar a todos durante medio siglo. Fue él quien le enseñó a los otros las técnicas de abuso del lenguaje, las mismas que llevaron a Thomas S. Kuhn a decir que Galileo “descubre” cosas que, según la teoría de los paradigmas, no existen.
            Sir Karl habría sido víctima del horror victorianorum. Sofocado por autores y libros de principios de siglo, estaba buscando cierta soportable levedad epistemológica.
            Pobre sir Karl, tan pulcro, cuidadoso y conservador. No advirtió que se hallaba rodeado de bohemios sensacionalistas, de radicales desconocedores de que la filosofía de la ciencia debe fundarse en principios obvios y superficiales.
            Pobre viejo. Muchos de sus discípulos, a quienes modeló como hijos, no fueron más que una banda de soñadores y adoradores de las palabras; dieron un pronunciado giro lingüístico y chocaron con la seriedad académica; pretendieron construir mundos,  hacer de las metáforas realidades y de los símbolos universos.
            – ¿Puede concebirse tanto absurdo?
            – Calma y paciencia profesor Stove. Con sus 70 años no debe alterarse. Además, sabe bien que los hombres han creído que a su alrededor hay dioses, aunque en realidad sabían que no existían.
Insolencias
Contra el negocio de la ciencia, pero también contra el dogmatismo del anarquismo político. Contra el escepticismo, ya que no teme pronunciarse a favor de las tesis más insolentes y banales; a su favor, ya que nunca encuentra fundamentos para abrazar o rechazar instituciones e ideologías. Sin programa, en contra de todos los programas. Dadaísta consecuente, y por tanto hasta anti-dadaísta. Ese fue el programa de Paul Feyerabend, su camino de progreso y de regreso; su forma de no aconsejarnos qué debemos hacer. Por eso criticó a Lakatos cuando éste rechazaba a los programas de investigación que, supuestamente, se hallaban  en su fase regresiva.
“Ni Lakatos ni ningún otro han demostrado que la ciencia es mejor que la brujería y que procede de manera racional. La elección a favor de la ciencia se basa en nuestras preferencias y no en argumentos; preferencias y no argumentos son los que nos conducen a dar determinados pasos dentro de al ciencia (lo que no significa que estas decisiones tomadas sobre la base de preferencias no aparezcan envueltas y completamente cubiertas de argumentos, de la misma manera que un buen trozo de carne puede aparecer rodeado y completamente cubierto de moscas). No hay motivo alguno para sentirse desalentado por este resultado. Al fin y cabo la ciencia es un producto nuestro y no nuestro soberano; ergo debería ser un súbdito y no el tirano de nuestros deseos.” [3]
            Fue como un médico analizando el hiato, la laguna en la conciencia  fruto de una lesión. La neurología emplea la palabra “escotoma” para referirse a ello. Se trata de obscuridad y sombra. Feyerabend trabajó para esclarecer el olvidado camino que llevó a la imposición  de la ciencia y de la técnica, una imposición que alcanza al dominio de la naturaleza y, también, de las subjetividades. Buscó desandar el camino para trazar nuevos cursos alternativos. Debió remontar sumergidas intuiciones antaño firmes; llegó a predicar explicaciones que parecían poco perspicaces.  Midió la ciencia con los metros de la historia, de la antropología, del arte y de la política.
            Es difícil retener su enseñanza. Por eso, con facilidad, queda expuesto a una burda observación: se lo ve como ridículo; se lo enseña como ejemplar extravagante (también se lo enseñó en nuestro medio con pose extravagante y con aire de moda de temporada, lo cual, obviamente, llevó a fagocitar su presencia hasta el límite de la liquidación).
            Es paradójico, pero en su actitud escéptica se reconoce un estilo de crítica racional. Contra el sentido común epistemológico (positivista y falsacionista), contra todo sentido común acrítico; atacando a los mistificadores que colocan a la razón un escalón por encima de los hombres, a los arquitectos del altar de la ciencia y a los servicios de inteligencia filosófica que vigilan y castigan al pensamiento rebelde.  Fue un brote del nominalismo radical que, lejos de las aporías, alcanzó un carácter práctico.
            Feyerabend en movimiento,  alejándose, observó la función manipuladora del saber burocrático -la “administración pública de la razón” decía Hegel-, la casta autolegitimatoria y autopromocional de los “intelectuales”. Enfrentó el elitismo de la barbarie cultural y defendió su trabajo ante los intentos de arrojarlo fuera de los límites del sentido. Mostró la vaguedad del  trazado de límites, la genealogía de su construcción y los restos que yacen en los cimientos.
            Feyerabend, elefante en un bazar, estaba asfixiado en el pequeño mundo de la epistemología. Mundo aislado, que se relaciona negativamente con su exterior y hace que las cuestiones más importantes se transformen en ajenas o en anómalas, según sus normas de racionalidad.
            Trabajó la resistencia e incluso el terror provocado por la revisión de las propias creencias y teorías. Provocó. Nunca consoló ni predicó. A  pesar de admirar a Platón, se mantuvo lejos de la unión trascendental entre verdad, bien y belleza. Siguió el camino platónico que objeta el uso de la escritura (Fedro, 275) y prefirió el diálogo y el cambio de estilo (Filebo, 23b), sin desarrollar un lenguaje puro y delimitado (Teeteto, 184c). Empleó motivos mitológicos allí donde los filósofos modernos utilizan conceptos que creen puros. [4]
En el camino
Matando el tiempo hasta que llegó la hora de morir, Feyerabend, después de cuatro décadas de trabajo en las principales universidades del mundo, ejercitó su memoria y recordó sus años bajo el Tercer Reich, primero como estudiante, luego como un soldado en Francia, Yugoeslavia y Polonia.
            Sus pasiones fueron el arte, la ciencia y las mujeres. El dolor provenía de sus malestares físicos, sus ataques y enfermedades.
            Fue un chico vienés que tocaba el acordeón sin que nadie le prestara atención. Fue un adolescente que caminaba dormido y padecía de afecciones nerviosas; que avanzaba en sus estudios secundarios y se interesaba por la física y la astronomía. Leyó a Eddington y a Mach. Se conmovía con las óperas y cantaba en un coro mixto.
“El curso de mi vida no era claro: teoría astronómica durante el día (…), ejercicios vocales, ópera en la tarde (…) y observación astronómica por la noche.” [5]
            Pero no podría continuar así. Llegó la guerra. Reconoce no haber tenido una clara percepción del Anshluss de 1938 -Paul nació en 1924-, pero no fue seducido por el carisma de Hitler. Al narrar su historia, trató de no inventar la falsa imagen de hombre iluminado desde el principio, y buscó mostrar la cara interna de la sociedad en la que vivía, de la cual era uno más. A los dos años de la entrada triunfal de Hitler a Viena, Paul -quien sólo quería leer sin ser perturbado- inició su servicio militar obligatorio  en Alemania.
            Por unos años simplemente esperó, comió, se aseó y, mientras limpiaba armas, miraba el horizonte. Eso hacía cuando recibió la noticia, a mediados de 1943, de que su madre se había suicidado.  En el frente oriental fue ascendido a sargento y, en 1944, a teniente. Fue a una escuela de oficiales cerca de Leipzig, donde estudió leyes, historia y tácticas militares, junto a armas y explosivos. Al comienzo de 1945 fue enviado al frente polaco y puesto a cargo de una compañía cuyos soldadas se preguntaban si ese podía ser su lider. Pronto llegaron los rusos y entonces vivió el caos: correr, descansar, construir un puente, cruzarlo, tirarlo abajo, remover minas, poner otras, descansar, correr de nuevo y, por fin, escapar.
            Quien se describe como un gran cobarde y fácilmente atemorizable, huyendo de un ataque recibió tres impactos de bala: uno en su rostro, otro en la mano derecha y el restante en su columna. Ello le valió la Cruz de Hierro. Pero ya no importa; terminó la guerra.
            A los 21 años era virgen e ignorante sobre aquello irrepresentable que guardan las mujeres debajo de sus polleras.  Impotente y con muletas, no cesó en la búsqueda de ese secreto. Por la literatura aprendió a brindar placer, utilizando lo que llama “procedimiento standard”. Alcanzado el punto, veía las contorsiones de su pareja, pero no le era fácil alcanzar el orgasmo.
            Intentó recuperar el tiempo y fue a la academia de música en Weimar; tomó cursos de actuación teatral siguiendo el método de Stanislavski;  estudió italiano, armonía, piano, canto. Cantar le daba placer y  un cierto sentido de poder.
            Estuvo en Viena, con su padre, durante el invierno de 1946/7. Pasó esa temporada en la cama, leyendo, revisando notas, tomando agua caliente y cubriéndose con frazadas.
            Alteró su plan originario de estudiar física, matemática y astronomía -sin dejar de cantar, por supuesto- y se anotó en cursos de historia y sociología, tratando de comprender qué sucedió. Igualmente, no dejó de estudiar con los principales físicos austríacos. Por entonces pensaba que la ciencia es empírica y que los enunciado no empíricos son o bien  lógicos o, en el peor caso, sin sentido.
            En 1948 ocurrió un hecho decisivo en su vida: fue invitado a un seminario. Gracias a una amiga -la secretaría del Austrian College Society, lugar donde estudiaba-,  conoció a Karl Popper, de quien había leído superficialmente su Lógica de la investigación científica y se había formado una imagen mental: “debía ser alto, flaco, serio, pausado y argumentativo en su discurso.” [6] No se decepcionó al encontrar lo opuesto; tampoco se atemorizó e intervino en las discusiones. Tuvo a Popper a su lado, caminaron y hablaron de música. Popper, que todavía no era sir Karl, le criticó el uso de conceptos propios del neopositivista Hans Reichenbach y lo introdujo al selecto grupo del seminario, donde estaban L. von Bertalanffy, K. Rahner, F. von Hayeck. Nuestro Paul, un estudiante, un principiante, ingresó a un paraíso.
            Se encontró también con la profesora de Oxford Elizabeth Anscombe, quien era, entonces, profesora invitada y explicaba las últimas tesis filosóficas de Ludwig Wittgenstein. Se hallaba estudiando alemán para participar de las traducciones de las obras de Wittgenstein. Coincidió que Wittgenstein visitara Viena y que, luego de resistirse, participara de una discusión del grupo encabezado por el ex integrante del Círculo de Viena, Viktor Kraft, al cual pertenecía Feyerabend. Despreciando a los obsecuentes, Ludwig interrumpió el debate y planteó que no se trata de realizar  consideraciones abstractas sobre los enunciados empíricos básicos y los teóricos: se trata de ver qué observa uno a través de un microscopio. Impresionado, Paul sintió una inmediata simpatía con su espíritu. Wittgenstein exploraba los caminos que le interesaban, caminos de cuya existencia Paul sólo sospechaba.
            En ese mismo año -1948- contrae matrimonio con Jacqueline, una estudiante de etnología. Pronto llegó el divorcio y viajes, más música y mujeres.
            Feyerabend se doctoró en 1951 y ello le permitió ser aceptado por el British Council para estudiar con Wittgenstein en Cambridge. Llegó tarde. Wittgenstein murió el 29 de abril de 1951. Feyerabend cayó en manos de Popper. Con una maleta y sin un centavo, en 1952, apareció en la London School of Economics.
            En busca del espíritu de Wittgenstein, frecuentó la casa de Elizabeth Anscombe, en Oxford. Ella le facilitó los manuscritos de Wittgenstein, y a partir de ellos Paul realizó un trabajo en un principio no destinado a la edición, pero Anscombe -albacea de uno de los legados filosóficos más importantes del siglo- insistió en que apareciera como reseña y lo tradujo al inglés.
            Wittgensteiniano que no encontró ninguna razón para considerar al falsacionismo un sacramento, se sentía sin aire en el ambiente popperiano. Se le pedía que en sus trabajos mencionara a Popper en cada página y en cada nota al pie. Al principio lo hizo, pero luego, indignado,  se dedicó a denunciar esa práctica de tráfico de indulgencias y de construcción de famas académicas. Rechazó el ofrecimiento de trabajar como asistente de Popper y, en 1953 y sin un peso, se fue.
            Estuvo en Viena, luego regresó a Gran Bretaña. Allí, gracias a gestiones de su amiga E. Anscombe y a la recomendación del prominente físico Erwin Schrödinger,  consiguió su primer puesto académico, en la University of Bristol. Parecía todo simple: debía dar un curso de filosofía de la ciencia; diez clases de una hora, una vez por semana, para una docena de estudiantes. El problema era que, si bien había leídoalgún libro, consideraba que no había estudiado la materia. Tal sensación lo llevó a ir armando un relato, un guión sobre la ciencia, cosa que hizo entre lecturas de libros de misterio, dolores por las heridas de la guerra y pastillas para dormir: “Estaba verdaderamente `matando el tiempo’.” [7]   Entre los estudiantes encontró una nueva esposa, pero este matrimonio tampoco soportaría el paso del tiempo.
            Continuando la carrera académica, en 1957 participó de un simposio con Hempel, Nagel, Sellars, Putnam, Feigl. Allí presentó un trabajo sobre la teoría de la medición en la física cuántica, a partir de los postulados de von Neumann. [8] Al año siguiente, nuestro epistemólogo-tenor se instaló en Berkeley y, junto a Hollywood, Henry Miller, Chandler, Hammett y las comedias y novelas televisivas, comenzó a enamorarse de la diversidad cultural y racial, a punto de resistirse a volver a una Europa monocromática. Se fue adaptando a lo que parecía ser la desolación y comenzó a disfrutar del sol y del Californian way of life, del cual no se separó hasta el terremoto de octubre de 1989.
            Como popperiano, se apartó de los creyentes en enunciados observacionales neutros, físicamente localizados. Pero fue más lejos que todos los otros.
El recorrido del 62
Otra historia empezó en 1962 con la publicación de Explicación, reducción y empirismo [9] , un texto contemporáneo a La estructura de las revoluciones científicas de Kuhn [10] y a Pruebas y refutaciones de Lakatos. Todos esos textos comparten una visión crítica de la concepción del empirismo-lógico que extiende y radicaliza la posición popperiana contraria a la existencia de un lenguaje fisicalista de tipo observacional  sin carga teórica alguna. Lejos del culto a los formalismos y a las axiomáticas que sacrifican lo relevante por un rigor mistificado, buscan en factores sociológicos, históricos y psicológicos las razones del cambio y de la modificación de las teorías científicas.
            Contra la invariancia del significado, opone un pragmatismo reflexivo sobre los medios de producción del significado. Contra cualquier teoría formal de la reducción y explicación de las teorías generales. Pensaba que “introducir una nueva teoría implica cambios de perspectiva tanto respecto a los rasgos observables como a los rasgos no observables del mundo, y cambios correspondientes en el significado de los términos incluso más `fundamentales’ del lenguaje empleado.” [11]
            El guardián del templo de la Razón advirtió que no podría seguir realizando su trabajo como antes: ya no resultaba fácil decidir que era y que no era ciencia; ya la uniformidad semántica devino ilosoria y los cambios conceptuales dejaron de percibirse como si tuvieran origen en cuestiones fácticas. Inclusive los mismos esquemas teóricos pasaron a ser históricamente concebidos.
            Pero quizá Feyerabend no haya querido ser tan radical. Con agudeza crítica, Hilary Putnam piensa  que si el significado de un término depende de toda una teoría que contiene el término, una interpretación radical puede hacer decir que  cualquier cambio en la teoría implica  cambios en el significado de los términos.
            De todas formas, buscar un criterio -abstracto, universal- de cambio de significado es una tarea propia de Indiana Jones. Mientras tanto, el filósofo está más cerca de ocupar un lugar más en la línea de trabajo del historiador, del arqueólogo, del genealogista, del artista y, también, del científico. Perdida la senda que conducía al criterio trascendental o universal, que permitía reconocer la significatividad como el bien y el sinsentido como pecado. Pero, por fortuna, sobreviven cultores  que cuidan, preservan y defienden la memoria del buen y único sentido, como nuestro profesor Stove. Para él, nuestra línea 62 lleva a las estaciones del escepticismo; de la pérdida de contacto con el mundo; del relativismo y, por fin, termina en el pantano negro de la irracionalidad.
            Más que llegar al infierno, Feyerabend constató que la influencia de una teoría científica comprensiva o general es más profunda de lo que admiten quienes sólo consideran que se trata de un esquema conveniente para la ordenación de hechos. Como forma de mirar el mundo, ve algo parecido a las configuraciones epistémicas  de Michel Foucault, ve cómo afecta nuestras creencias, expectativas y experiencias.
            Paradójico Feyerabend. Quiso depurar al empirismo, como si su programa hubiera  sido una vuelta de tuerca del Círculo de Viena, para el cual todos los términos descriptivos de una teoría científica pueden ser definidos explícitamente en términos de observación, ya que existe estabilidad de los significados de los términos observacionales. Predicados observables, predicados “cosistas” (Rudolf Carnap), conducen, en el 62, a una teoría pragmática de la observación.
            Si existe cierta libertad de interpretación de los fenómenos, ella se da junto a restricciones interpretativas fijadas por las teorías, ya que el dominio observacional no es independiente de la teorización, como predicaba el neopositivismo. A su vez, “uno y el mismo conjunto de datos observacionales es compatible con teorías muy distintas y mutuamente inconsistentes.” [12] Ocurre que las teorías universales desbordan los paquetes de observaciones disponibles y que la verdad de un enunciado observacional  sólo se puede predicar con cierto margen de error, proporcionando un margen de libertad en la construcción de teorías. Ahora bien ese margen de vacío -dado por dichas indeterminaciones de la teoría y de los hechos- se tiende a llenar con la evidencia de la tradición a la que pertenece el científico, pero también con su estilo personal y la estructura lingüística y formal desde la cual puede pensar. Todo intento de restringir dichas indeterminaciones empobrece tanto a la teoría como a su contenido empírico.
            Para el joven Paul “un empirismo estricto, admitirá teorías que son adecuadas fácticamente y, sin embargo, mutuamente inconsistentes. Un análisis del carácter de las pruebas en el dominio de las teorías ha revelado, además, que la existencia de conjuntos de teorías parcialmente solapadas, mutuamente inconsistentes y, no obstante, empíricamente adecuadas, no sólo es posible sino que además constituye una exigencia.” [13]
            Entonces, en el 62, pensaba popperianamente que desplazando la relación entre una teoría singular y “los hechos” se incrementa la contrastabilidad y se perfecciona la comprensión de cada teoría integrante del conjunto de teorías. Por ello las alternativas teóricas no son meramente materia de un análisis histórico o psicológico, propias de un residual contexto de descubrimiento.
Pero desde entonces, y de manera no popperiana, reconoce “que la refutación (y, por tanto, también la confirmación) de una teoría requiere su incorporación a una familia de alternativas mutuamente inconsistentes.” [14] 
            Wittgensteiniano, se inclina por una teoría contextual del significado, en la cual las partes más inocuas del lenguaje ordinario pueden descansar en certezas que no son más que supuestos hipotéticos encubiertos, socialmente cristalizados.
            Popperiano, como su amigo Lakatos, siempre buscó antídotos contra el dogmatismo, promovió la imaginación de alternativas que superen codificaciones conservadoras, unanimidades propias de una iglesia.
Los libros rojos
En 1970 publicó Contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento. [15] Más que un libro, es un collage lleno de descripciones, análisis y argumentos contra los tumores que se apoderan de los cerebros filosóficos.
            Contra el argumento devenido credo; por los acontecimientos como causa de adopción de nuevos criterios.  Una vago impulso, una pasión -y cuando menciona Feyerabend esta palabra lo hace invocando a Kierkegaard- dan lugar a un evento que provoca la aparición de nuevos estándares, incluyendo  a las ideas necesarias para analizar y comprender el desarrollo del proceso, para racionalizarlo.
            Crítico de las visiones petrificadas; criticó por una mejor comprensión de las ciencias, por mejores agendas sociales y superiores relaciones individuales, por un mejor arte. Crítico de lo denigrante; crítico de la sensibilidad postergada y de la razón enjaulada.
            Expulsado del paraíso del consenso, le queda el pluralismo: ya no puede construir un sistema como si fuera el único, el mejor, el capaz de alcanzar el cielo.
            Proliferante y contrainductivo: ¿cómo seguir multiplicando los puntos de vista que utilizó el anarquista? -Feyerabend, te adoramos, te escupimos.
            Radical enamorado de On Liberty, de John Stuart Mill. Demócrata opuesto al elitismo y descontrol de la institución científica. Buscó separar a la ciencia del Estado e introducirla en el ámbito de la razonabilidad pública, ya que la Razón dejó de estar compuesta de éter y no es -no se cree que nunca haya sido- una la forma que contiene lo perfecto y lo incorruptible.
            Escuchó como se lo acusaba de ser el peor enemigo de la ciencia. Conmocionó apelando a la imaginación, citando a Lenin, Bakunin, Trotsky, Marcuse. ¿Cómo interpretar  hoy su preferencia por Rosa Luxemburg “porque, al elaborar su método, tuvo siempre ante los ojos al individuo (no puede decirse lo mismo de sir Karl Popper)”? [16]
            Recordó que en los siglos XVI y XVII la experiencia iba de la mano con el estudio de lo magia y de lo oculto. Volvió, con Galileo, a tirar piedras desde las torres. Una de ellas dio en el vidrio que resguardaba la simetría entre observación y teoría. Por azar resultó algo similar al “Gran vidrio” de Marcel Duchamp, agrietado al ser transportado a Brooklyn, en 1926.
            Paul golpea las puertas del cielo. Sólo sacerdotes responden: refuerzan las cerraduras. Paul viola las puertas de la percepción. Sólo encuentra a personas solas. Paul empuja la puerta del conocimiento. Sólo encuentra ignorancia sobre sus goznes.
“La ciencia dejó de ser un instrumento humano variable para explorar y cambiar el mundo y se transformó en un sólido bloque de `conocimiento’, impermeable a los sueños, deseos y expectativas humanas.” [17]
            Pensado como un canon a dos voces, Against Method [18] vio la luz en 1975, sin el canto del racionalismo que debía desplegar Imre Lakatos, el camarada, amigo e interlocutor desde 1967 hasta su inesperada muerte. [19] 
            Pluralista normativo; ecléctico hasta lo inconcebible; todo le servía. A partir de sostener que sin un mal uso constante del lenguaje no puede haber ni descubrimiento ni progreso, dictó sus “contrarreglas”: (i) Principio de proliferación, que llama a desarrollar hipótesis inconsistentes con teorías aceptadas y altamente confirmadas; (ii) Principio contrainductivo, que busca desarrollar hipótesis inconsistentes con las obervaciones, los hechos y los resultados experimentales.
            Le resultaba enigmática la necesidad casi universal de una guía objetiva. Le provocaba rechazo cualquier tradición que se funde en la exclusión de otra.
            Antipositivista, pero también antikantiano. La búsqueda de una estructura, de una forma de construcción y evolución de la ciencia no lleva a nada. No hay “racionalidad científica” universal, sí hay superficialidad en la filosofía de la ciencia y en las teorías del conocimiento. Descubrió “que la ciencia está siempre llena de lagunas y contradicciones; que la ignorancia, la terquedad, el apoyo del prejuicio, la mentira, lejos de impedir la marcha ascendente  del conocimiento son presuposiciones esenciales de la misma, y que las virtudes tradicionales de precisión, consistencia, `honestidad’, respeto por los hechos, obtención del máximo conocimiento en las circunstancias dadas, si se practican con decisión pueden llevar al conocimiento a un punto muerto. Hemos descubierto además que los principios lógicos no sólo desempeñan un papel muy pequeño en los pasos (argumentativos y no argumentativos) que hacen avanzar la ciencia, sino que el intento de darles fuerza universal obstaculizaría gravemente la ciencia.” [20]
Dormir al sol
En medio de revueltas estudiantes y luchas de las minorías negra, gay, feminista, fue un profesor demandado por las más prestigiosas universidades. Londres, Berlín, Yale, Sussex y Nueva Zelanda lo recibieron. Durante diez años compartió el ambiente multirracial de Berkeley con la tranquilidad del Zurich Polytechnic, donde comenzó a dictar cursos sobre Platón. En todos lados rechazaba secretarias. El mismo escribía sus cartas, artículos y libros, desde el primer borrador hasta la copia final. Prefería hablar, escribir y pensar en inglés.
            Se volvió reconocido por los “intelectuales”, esa comunidad tan especial que parece sentirse legitimada para representar a la raza humana y decir qué es lo que se debe hacer. Tampoco se sintió “filósofo”. Simplemente le gustaba contar historias, escribirlas como quien compone una obra de arte.  Intentaba mostrar que los especialistas y aun la gente común reducen la abundancia, la complejidad que los rodea. Su estilo buscaba la simpleza. En 1990 recibió por su última colección de ensayos, Adiós a la razón, el Premio Fregene, junto a Alberto Moravia, el Principe de Gales, el autor de un libro de cocina y el autor de un estudio sobre abuso de menores. Gracioso  reconocimiento para quien buscó la unidad de las artes y las ciencias, de la razón y de la práctica; para quien detestaba los discursos académicos, los doctorados honoríficos y todas las formas destinadas al alivio de los temores de los inseguros.
            Enseñó a resistir. Más que introducir ideas en una cabeza, le importaba preservarla, no aplastarla. Wittgensteiniana idea de su actividad:
“Lo que escribo, lo que cuento a otra gente, aquello con lo que aburro a mis amigos no es una `una concepción del conocimiento’, sino una colección de indicaciones, aforismos, alusiones, que iluminan ciertas situaciones y que pueden ayudar al lector o al oyente a reflexionar sobre sus problemas.” [21]
            En 1974 cayó enamorado de una modelo canadiense que estudiaba filosofía. Pero fue sólo con Grazia Borrini con quien llegó a querer tener un hijo. Con ella vivió los últimos diez años de su vida y por ella dijo que sobrevivía el amor. [22]
No piense, mire!
Su preocupación por las diferentes maneras de concebir a una persona se manifiestan en sus análisis sobre la obra de Homero. Allí encuentra una idea de hombre arcaico, carente de unidad “física”, ya que su “cuerpo” consta de una multitud de partes, miembros, superficies, articulaciones. También carece de unidad “mental”, ya que se compone de una gran variedad de eventos, algunos de ellos ni siquiera “mentales”. Las acciones se introducen por medio de otras acciones, incluidos los eventos divinos: así es cómo se experimentan los sucesos mentales que, lejos de estar conformados por el individuo, se insertan en el lugar apropiado de su cuerpo.
            Ese hombre arcaico es un ecléctico que vive en un mundo sin afirmaciones categóricas acerca de los dioses, del hombre y del mundo.  Sus dioses no son personificaciones de principios eternos. Tampoco existe una teoría uniforme del conocimiento. Todavía no habían surgido las apariencias, pero ya se sabía que había demasiadas cosas, demasiados eventos.  Recién entre los siglos VII y V a.C.,  se comenzará a creer en un Mundo Verdadero y a practicar el juego de la filosofía.
            Sin oponer la tradición mítica -inventora de la cultura- a la científica, sostiene como tesis sobre la historia: (i) la existencia de sistemas de pensamiento que son inconmensurables, sin un lenguaje que permita tender puentes de traducción o de crítica; (ii) la existencia de etapas inconmensurables entre sí en el desarrollo de la percepción y del pensamiento en el individuo; y (iii) la existencia de teorías científicas inconmensurables aunque en apariencia se ocupen del “mismo objeto”, ya que sus puntos de vista son tan diferentes como lo son las ideologías subyacentes a las diferentes culturas. [23]
            Pero cuida no penetrar en el laberinto del relativismo, lleno de trampas y falsas salidas; hogar de desilusionados observadores que buscan una descripción exterior, objetiva y neutral.
            Desde ese transfondo buscaba una sociedad libre, donde todas las tradiciones cuenten con iguales posibilidades, donde se permita el desarrollo de todos los sentidos, de todos los puntos de vista internos. Más abierto que el mundo popperiano, más superpuestas las diferencias que los consensos: es radical su denuncia de la reificación, del lugar ideológico de la ciencia y de la técnica. Es también contrario al anarquismo, esa filosofía política puritana.
Desnudo subiendo una escalera
Un hombre libre que conversa en paz, que pasa de un asunto a otro, abandonando los temas viejos por otros nuevos que le atraen más, sin apremiarse por el tiempo, encontrando en el diálogo su mejor forma de expresión.
“A. ¿Eres anarquista?
B. No lo sé. No lo he pensado.
A. Pero has escrito un libro sobre el anarquismo.
B. ¿Y qué?
A. ¿No quieres que te tomen en serio?
B. ¿Y eso que tiene que ver?
A. No te comprendo.
B. Cuando se representa una buena comedia, los espectadores se toman muy en serio las acciones y los parlamentos de los actores. Y los identifican con uno u otro personaje, aunque sepan que el actor que hace de puritano es un libertino en su vida privada o que el que interpreta el papel de anarquista dinamitero es, en realidad, un ratoncillo asustado.” [24]
            Admiraba a Marlene Dietrich, a Ernst Bloch, a Paracelso. Su estilo -una mezcla de Platón, de Bertold Brecht y de Wittgenstein-, tenía como marca polémica su rechazo al modelo kantiano de filósofo y, sobre todo, al “minikant” contemporáneo: sir Karl Popper. Por momentos parece derribar a un ídolo, como si Popper fuera la encarnación de las ilusiones de la razón transformadas en un dogma mezquino. De ahí que Feyerabend no dejó de argumentar, de criticar, de estudiar una y otra cosa, de tirar abajo dogmas, de buscar liberar. No cesó en criticar a los filósofos portadores de armas teóricas paralizantes de nuestra capacidad de juicio.
            Abajo el ídolo. Quedan sus pedazos, pero con ellos Paul trabaja, más que como epistemólogo, como arqueólogo y poeta, como antropólogo, dramaturgo y actor.
            Como Lessing, quiso volar “libre como un pájaro”. [25]
            Era nómade, pasaba de un tema a otro; pensaba que investigar significa interactuar con elementos sumamente idiosincrásicos; buscaba  un estilo de trabajo capaz de lograr un intercambio vivo, una forma de inscribir la teoría en la vida, de colocar un argumento en una batalla y en la historia.
“A: ¿Y que hacía en sus clases?
B: Contaba cuentos.
A: ¿Cuentos?
B: Sí, cuentos sobre todo tipo de cosas. Por ejemplo, hace dos años narré varios episodios de la historia de la teoría atómica…” [26]
            La hostilidad no es suficiente para hacer desaparecer ideas interesantes. Paul Feyerabend  al final logró escapar. Evitó contemplar al mundo como miembro de un club, pero no pudo evitar que lo miraran como a  Frankenstein. Criticó al mundo pequeño de  oscuros funcionarios académicos, pero ellos lo emparentaron a irracionalista sin par.
            Criticó la ideología que hace de la ciencia la encarnación de los valores positivos. Para esa tarea debió analizar tradiciones alternativas y contactó la práctica científica con el arte. La ciencia como un todo uniforme, es un mito más; es una religión. Cada ciencia, y hasta cada área especializada, sigue un camino diferente, sin patrones universales. Como el arte, la ciencia tiene mecenas; como en el arte, la innovación en el conocimiento tiene que ver con la imaginación, la creatividad y el cuestionamiento de los límites que imponen los patrones.
            Feyerabend se apartó de la ortodoxia complaciente. Con astucia, recorrió un camino que tenía clausurada su entrada. Llevó las discusiones epistemológicas al campo de los principios dogmáticos que no querían ser expuestos a la luz de las razones. Hizo correr a la epistemología mientras se ocupaba de matar el tiempo. [27]
Notas:
     [1] David STOVE, El culto a Platón y otras locuras filosóficas, Madrid, Cátedra, 1993, p. 33.
     [2] Ídem, p. 34.
     [3] P. FEYERABEND, “Tesis a favor del anarquismo” (del 8 de marzo de 1973) en  ¿Por qué no Platón?“, Madrid, Tecnos, 1985, p. 16.
     [4] P. FEYERABEND, “De cómo la filosofía echa a perder el pensamiento y el cine lo estimula”, en ¿Por qué no Platón?, cit., p. 23.
     [5] P. FEYERABEND, Killing Time, Chicago, The University of Chicago Press, 1995, p. 35.
     [6] Ídem, p. 71.
     [7] Ídem, p. 106.
     [8] Dicho trabajo fue incluido en sus Philosphical Papers, Cambridge, 1981.
     [9] Límites de la ciencia. Explicación, reducción y empirismo, Barcelona, Paidós, 1989.
     [10] Feyerabend, que había discutido con Kuhn el manuscrito de La estructura de las revoluciones científicas, valora el reemplazo de la noción de teoría por la más compleja y sutil de paradigma. “Kuhn ha observado que los diferentes paradigmas (A) empleanconceptos  que no pueden reducirse a las habituales relaciones lógicas de inclusión, exclusión e intersección; (B) hacen que veamos las cosas de forma distinta (quienes trabajan en paradigmas diferentes no sólo tienen conceptos diferentes, sino también percepcionesdiferentes); y (C) contienen métodos diferentes (instrumentos tanto intelectuales como materiales) para impulsar la investigación y evaluar sus resultados.” (En FEYERABEND, La ciencia en una sociedad libre, (1978) Madrid, S XXI, 1982, p. 74).
     [11] Explicación, reducción, empirismo, cit., p. 39.
     [12] Ídem, p, 73.
     [13] Ídem, p. 104. John Rawls utiliza un argumento similar para fundar su filosofía social, el de concepciones diferentes, superpuestas o solapadas, acerca de las personas y el orden social dentro de las sociedades democráticas contemporáneas. Ver su Liberalismo político, México, FCE, 1996.
     [14] Ídem, p. 105.
     [15] Barcelona, Ariel, 1981.
     [16] Contra el método, cit., p. 162.
     [17] Ídem, p. 206.
     [18] Tratado contra el método, Madrid, Tecnos, 1985.
     [19] “La filosofía de Lakatos parece liberal sólo porque es un anarquismo  disfrazado“, Tratado…, cit., p. 168.
     [20] Ídem, p. 254.
     [21] FEYERABEND, “Grandes palabras en una breve charla”, en ¿Por qué no Platón?, cit., p. 148.
     [22] Un tumor  cerebral causó su muerte, en Italia, el 11 de febrero de 1994.
     [23] Ver en el Tratado…, cit., el Cap. 17 y “Ciencia como arte” en Adiós a la razón, Buenos Aires, Rei, 1990, donde prosigue su análisis de las representaciones artísticas en general y de los griegos en especial. Entre paréntesis dice: “(El conflicto entre formas complejas de representación y esquematismos simples también se da en el arte. La perspectiva se inspira por lo menos parcialmente en el intento de fundamentar la presentación del espacio sobre principios que deben ser válidos en todas las circunstancias. Si se compara Lilí Marlene de Fassbinder con la biografía de la heroína, o con la novela autobiográfica que ella misma escribió, o Los diablos de Ken Russell con Los demonios de Loudun de Aldous Huxley, entonces se ve muy claramente que también los artistas han logrado cierta maestría en el traer de acá para allá símbolos vacíos. Se puede incluso dar un paso más: también estos artistas afirman poder penetrar hacia la `realidad’ a través del entramado de circunstancias ocasionales; también ellos opinan que la realidad es algo vacío, desierto y pobre en detalles.)” (“Ciencia como arte” en Adiós a la razón, cit., pp. 171/2.)
     [24] FEYERABEND, Diálogo sobre el método“, Madrid, Cátedra, 1990, p. 13. Se trata de la edición castellana del texto italiano de 1989, el cual amplía una versión previa, publicada en Dordrech, en 1979.
     [25] “Lessing advirtió que una filosofía entendida como sistema de pensamiento ahogaría su inventiva y, por tanto, permitía que las circunstancias determinasen la modalidad de la discusión y no al revés. Para él, la racionalidad era un instrumento de liberación, que debía reconstruirse constantemente; no era una forma abstracta de imponer ideas, sin tener en cuenta las circunstancias.” (Diálogo sobre el método, cit., p. 59.)
          Hablando de Lessing produce una elocuente y admirable descripción de la figura ideal que lo orientaba, de la utopía de persona sensible y pensante  que quería ser: “Admiro a Lessing por su independencia y su inclinación a cambiar de ideas; lo admiro también por su honestidad, ya que es una de esas poquísimas personas que saben ser honestas e ingeniosas a la vez, que hacen de la honestidad el principio que rige su vida privada y no se sirven de ella como bastón para empujar a la gente a la sumisión, ni como espectáculo grandioso para distraer al gallinero. Lo admiro por su estilo libre, claro vivaz, verdaderamente diferente de la consabida y petrificada sencillez y cursilería del, por ejemplo Conocimiento objetivo. Lo admiro porque era un pensador sin doctrina y un estudioso sin escuela ‑todo problema, todo fenómeno al que se acercaba era para él una situación única que se debía explicar e iluminar de modo singular. Su claridad no tenía límites y ningún `criterio’ limitaba su pensamiento: permitía que los pensamientos y las emociones, la fe y el conocimiento colaborasen en la tarea de investigación. Lo admiro porque no se sentía satisfecho con la claridad fingida; al contrario, entendió que la comprensión se lograba a menudo mediante un ofuscamiento de las cosas, mediante un proceso en el que `lo que parecía observarse claramente, se pierde en una indefinida lejanía. Lo admiro porque no rechazó los sueños y la fábulas, sino que las aceptó como instrumento para liberar el género humano del yugo de los más fanáticos racionalistas. Lo admiro porque no estaba vinculado a ninguna escuela o profesión, porque no sentía la necesidad de examinarse, como cortesana madura, en un espejo intelectual y no deseaba hacerse una `reputación’ que consistiese en notas a pie de página, agradecimientos, discursos académicos, doctorados honoríficos y otras formas para aliviar los temores de los inseguros. Lo admiro, sobre todo, porque no buscó nunca adquirir poder sobre sus semejantes, ni por la fuerza ni mediante la persuasión, sino que se contentó con `ser libre como un pájaro’ -y, además, curioso.” (Ídem, pp. 118/9)
     [26] FEYERABEND, Diálogos sobre el conocimiento, Madrid, Cátedra, 1991, p. 81. Este texto, uno de los últimos de Paul, fue publicado en Italia en 1991, y expone hasta dónde llegó su combinación de los estilos de Brecht y de Platón.
 [27] Para matar el tiempo, se puede acceder a la lista  “Feyerabend Forum” (majordomo@list.village.virginia.edu.) Los miles de mensajes que contiene se pueden consultar en: http://majordomo.oulu.fi/feyerabend/html

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