Iosl Rákover habla a Dios – Zvi Kolitz

7 Iosl Rákover habla a Dios – Zvi Kolitz

Estado: nuevo.

Editorial: Fondo de Cultura Económica.

Precio: $250.

En 1946 el Diario Israelita, periódico en lengua ídish de Buenos Aires, publicó Iosl Rákover habla a Dios, un breve texto de Zvi Kolitz, al que se presentó como el último mensaje de un combatiente del gueto de Varsovia, ‘encontrado entre montículos de piedras y de huesos humanos calcinados y conservado dentro de una pequeña botella’. Rápidamente el texto comenzó una singular peregrinación por Alemania y Francia, por Estados Unidos e Israel, en traducciones y versiones dispares que borraron las huellas de su autor. Convertido así en leyenda, en símbolo, en legado testamentario ¿quién aceptaría reconocer que su autor no fue un resistente del gueto sino un judío lituano que actuaba en Buenos Aires como agente secreto al servicio del futuro Estado de Israel?
La espiral borgiana que recorrió el texto de Kolitz no hizo más que sumar a su belleza literaria y a su dimensión religiosa, una trama narrativa que sólo pudo ser plenamente develada, casi medio siglo más tarde, por el periodista alemán Paul Badde. Su investigación se acompaña, en esta edición, de un ensayo que Emmanuel Lévinas consagró al texto, en el que celebra la vibrante intensidad de un salmo moderno. Relato y salmo, ficción y testimonio, Iosl Rákover habla a Dios es, también; un texto premonitorio; en 1994 el edificio que albergaba el único ejemplar de aquella edición del Diario Israelita conservado en Buenos Aires fue destruido por un atentado terrorista: Iosl Rákover habla a Dios fue entonces, en efecto, sepultado ‘bajo montículos de piedras y de huesos humanos calcinados’.
Historia de un manuscrito bañado en sangre
Hinde Pomeraniec
A fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando las historias de los campos de concentración y del padecimiento de sus habitantes ya eran más que rumores en todo el mundo, hicieron su aparición algunos manuscritos que conmovieron profundamente a la opinión pública. Se trataba de textos límite, escritos al borde de la muerte por personas que buscaban en la escritura no sólo dejar testimonio del horror sino, también, afirmarse a la vida en una señal de resistencia última.Así fueron descubiertas, escondidas en bidones y botellas de leche, las notas de Emmanuel Ringelblum en lo que fue el gueto de Varsovia. Del mismo modo, el largo poema Canto del pueblo judío asesinado, escrito entre octubre del 43 y enero del 44 por Yitzchak Katzenelson, fue encontrado dentro de tres botellas escondidas en el campo de concentración francés de Vittel.En ese contexto, cuando cada testimonio o documento era un ladrillo más en la construcción de la terrible crónica del horror nazi, comenzó a circular en diferentes países un texto conmovedor y provocativo que, en apariencia, era otra manifestación última de un condenado a muerte. Iosl Rákover habla a Dios, escrito en idish, se iniciaba con el siguiente acápite:En una de las ruinas del gueto de Varsovia,entre montículos de piedras y de huesos humanos calcinados,metido en una pequeña botella tapada,se encontró el siguiente testamento escrito en lasúltimas horas de ese guetopor un judío llamado Iosl Rákover. estaba fechado el 28 de abril de 1943, a la manera de un diario íntimo.Iosl está en una habitación semiderruida, en medio del gueto; hace días que lucha contra los alemanes con un armamento más que humilde: botellas de bencina. Mira por una pequeña ventana y escribe en momentos en que ya queda poco y nada por hacer: los nazis finalmente ganaron la batalla. Su mujer y sus niños murieron a manos de los asesinos, todo a su alrededor está en llamas y él sólo piensa en dirigirse a Dios. No es el creyente temeroso el que habla, tampoco el hereje. Es un hombre que, a punto de morir, invoca a Dios y le pide explicaciones.Aún sigo sintiéndome deudor suyo pero ahora El también tiene una deuda conmigo, una deuda muy grande. Y por lo tanto me considero con derecho a exigir, dice Iosl, en un gesto por lo menos insólito, ya que no irrespetuoso. Está solo, los once camaradas que lo acompañaron nueve días durante el desigual combate con los alemanes murieron silenciosamente. Iosl explica cuál es su situación y anuncia lo que va a hacer con las tres botellas de bencina que aún le quedan. Vaciará una sobre su cuerpo y luego introducirá su texto en la botella vacía. Se prenderá fuego para no darles el privilegio de asesinarlo. Las otras dos las arrojará sobre las cabezas de los alemanes cuando me lleguen mis últimos minutos.En su conmovedora invocación, Iosl se enorgullece de ser judío y pertenecer al más desdichado de todos los pueblos, lo que considera una cualidad divina. Un judío es un combatiente, un eterno nadador contra la miserable y criminal corriente humana. Le habla a Dios y le reclama, le pregunta qué falta tan grande pudo haber cometido el pueblo judío para merecer tal castigo. Y, de igual a igual, le pregunta por los límites de su paciencia. Sobre el final, le dice que por más que haya hecho de todo para alejarlo de su luz, por más que lo haya abandonado, morirá creyendo en él, inconmoviblemente. Las últimas palabras de Iosl Rákover son: Bendito sea por siempre el Dios de los muertos, el Dios de la venganza, el de la verdad y el juicio, que pronto volverá a mostrar Su rostro al mundo y sacudirá sus cimientos con Su voz todopoderosa. ­Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es único! ­En Tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu!.Un poco de orden en las fechas vendría bien para entender los comienzos del largo peregrinaje que llena de misterio esta historia. En 1954, la revista Die goldene Ke‹t, de Tel Aviv, publica el texto, como un testamento del gueto de Varsovia firmado por el mismo Iosl Rákover. Ese mismo año, en Berlín, la escritora Anna María Jokl, con ayuda del David Kohan, traduce el Iosl Rákover al alemán. El documento se difunde por Radio Freies Berlin. Thomas Mann lo escucha y lo elogia de manera encendida en una carta que escribe poco antes de morir. Ese mismo año, la revista sionista francesa La Terre Retrouvée publica su propia traducción.La repercusión es enorme; comienzan a escribirse ensayos críticos sobre el texto y se inicia el camino hacia infinitas traducciones. Entre las personas que leen la versión francesa se encuentra el filósofo Emmanuel Lévinas, quien, a propósito, escribe en 1962 un ensayo titulado Amar a la Torá más que a Dios y habla del texto como de autor anónimo. Allí, Lévinas describe al Iosl Rákover como un salmo moderno y explica al Dios del judío de Varsovia como un Dios personal contra el cual es posible rebelarse. En cuanto al origen, es interesante un comentario de Lévinas cuando sostiene que se trata de un texto tan verdadero como sólo puede serlo la literatura. Para entonces, el Iosl Rákover comienza a ser incluido en algunos libros religiosos y de estudios de judaísmo.1955. Un hombre comienza a reclamar sus derechos. No le pide nada a Dios sino a los hombres. Zvi Kolitz, que así se llama, inicia desde Nueva York un pedido de reconocimiento de autoría. Asegura ser él mismo el autor del Iosl Rákover. Dispara datos, sorprende a algunos, pero mágicamente la mayoría prefiere seguir pensando que aquel es un relato autobiográfico.Kolitz sostiene de manera firme que en el año 46 él vivía en Buenos Aires y que, a pedido del director de Die Idishe Zeitung, un diario en idish, él escribió el Iosl Rákover para la edición del Día del Perdón. Cuando alguien intenta indagar, surgen las dudas: ¿un joven lituano de veintiséis años, de profesión desconocida, en el año 46, en Buenos Aires? El nombre de Zvi Kolitz parecía perderse definitivamente detrás de la oscura historia de Iosl Rákover, su criatura.El texto siguió su viaje y su autor no fue más que una anécdota, un dato que los devotos del Iosl Rákover prefirieron seguir ignorando. Los más obcecados, por no llamarlos necios, llamaron canalla, impostor, farsante a Kolitz. La traductora al alemán, la señora Jokl, intenta disolver la trampa y publica, en vano, la historia completa en el Taggespiegel en 1956.En 1965, una traducción hebrea le hace ver la luz en Jerusalén y nuevamente aparece como testamento. Una antología neoyorquina, tres años después, lo publica con el nombre de Kolitz pero advierte sobre la posiblidad de que hubiera existido un verdadero Iosl Rákover en Varsovia, que habría sido la base del relato de Kolitz. Promediando los años setenta, un libro informa en Israel que un documento anónimo del gueto de Varsovia, el Iosl Rákover, se convirtió en el documento fundacional del Gusch Emunim, el movimiento de colonos más extremista.La prueba más feroz de este destino de relato apócrifo la da una anécdota protagonizada por Marshall Meyer, por entonces rabino de la sinagoga de los conservadores, en la calle 89 en Manhattan. (Algunos memoriosos recordarán que Meyer vivió también en la Argentina y que, entre otras cosas, fue el fundador del Seminario Rabínico Latinoamericano y participó de la creación del Movimiento Judío por los Derechos Humanos, durante la última dictadura militar.) Meyer, entonces, leyó una vez el texto para Iom Kippur, explicando a los fieles que ese documento provenía del gueto de Varsovia. Finalizada la ceremonia, los amigos de Kolitz se acercaron al rabino y trataron de refrescarle la memoria. Yo también sé que existe un autor, dicen que dijo. Pero así es más conmovedor.Zvi Kolitz siguió reclamando en vano.Paul Badde es un periodista alemán. En 1992, un amigo le entregó una copia del Iosl Rákover con una más que elocuente frase de presentación: ­Léelo! Aquí tienes a alguien que aún sabe algo de la fe! Badde no pudo salir de su conmoción esa noche y comenzó a hacerles fotocopias a familiares y amigos.Desde ese momento, el periodista se lanza tras el origen de Iosl Rákover. Así logra comunicarse con la señora Jokl, la primera traductora. Ella le relata lo difícil que había sido desentrañar la prosa del texto y otros detalles de su trabajo, pero obvia informarle que hay un autor, y que sus huellas se perdieron en los Estados Unidos. Enterado de este dato, Badde prosigue su búsqueda, tratando, siquiera, de dar con la tumba de Zvi Kolitz. Afortunadamente, no hay tumba. Zvi Kolitz estaba vivo y residía en Nueva York.Por medio de una conversación telefónica, el periodista alemán y su objeto de deseo se reúnen en el departamento de este último, en Manhattan. Kolitz empieza a contar su vida y su versión de los hechos. Nació el 14 de diciembre de 1919 en Alytus, una pequeña ciudad de Lituania cuya capital, Vilna, siempre fue considerada el centro intelectual de los judíos, un espacio en donde los grandes nombres de la cultura universal habían encontrado su traducción al idish: Homero, Dante, Shakespeare, Hegel, Kafka, Nietzsche.Fue en su casa y de la mano de su padre, Nachmann, un rabino, como Kolitz comprendió que a Dios podía hablársele de igual a igual y que eso no constituía una falta de respeto. En 1937, ya huérfanos de padre, emigraron los ocho hermanos junto con Hannah, su madre, entre pogroms y amenazas de antisemitismo.Con diecisiete años, Zvi se enamora de Italia y se queda allí, mientras el resto de su familia parte a Palestina. El llega a Jerusalén recién en 1940 y se incorpora al movimiento de Jabotinsky, compuesto por radicales sionistas que persiguen como destino la creación del Estado de Israel y al Irgun, el grupo de conspiradores que integraba Menajem Beguin y que aspiraba a liberar, por medio de bombas, el territorio de las manos inglesas.Son años de vértigo como agente secreto de un Estado todavía inexistente. Años en los que más de una vez va a dar con sus huesos a la cárcel por sus actividades ilegales. Es el tiempo en que comienza a hacer sus primeras armas en el periodismo. Finalizada la guerra, Kolitz supo que en Alytus no había quedado ningún hueso judío en pie. No fueron los alemanes los autores de la masacre sino los mismos lituanos, que acabaron con la comunidad.Kolitz le sigue relatando a Badde su largo viaje hasta Iosl Rákover. En 1946 va como enviado al Congreso Sionista Mundial, primero en Basilea y luego en Buenos Aires. Comienza su militancia de este lado del Río de la Plata. A una de sus conferencias lo va a ver Mordechai Stoliar, director de Die Idishe Zeitung y le ofrece colaborar con su publicación. Allí estaba el origen del Iosl Rákover y allí estaba también el origen del artículo que Badde publicaría en el Frankfurter Allemeine Zeitung el 23 de abril de 1993, para el 50 aniversario del levantamiento del gueto de Varsovia.Kolitz le sigue arrimando datos a Badde para su historia. Su relación con Mathilde, su mujer, a quien conoció en México; su insólita vida de errante por el mundo tras una causa: ­la construcción de un país donde hoy finalmente no vive!. Además, le describe aquella noche febril en que escribió el Iosl Rákover de un tirón y sintió un alivio inconmensurable, y cómo comenzó por el final y no al revés. Estaba solo en su habitación del City Hotel, y terminó justo a tiempo para publicarlo en la edición del 25 de setiembre del 1946, Día del Perdón, en el diario israelita.Badde está emocionado por el encuentro, pero, como buen periodista, no deja de pensar que hay algo que no encaja. No hay pruebas de todo lo que Kolitz le ha relatado, más que su palabra. Esa historia del origen de la travesía que dice que en el 53 un lector anónimo envió a Israel el artículo sin informar que se trataba de una ficción y, más aún, ignorando también el nombre del autor resulta muy atractiva, pero dudosa. Kolitz le promete que le hará entrega de un ejemplar del diario original. Cuando finaliza la charla, el diario no aparece. Kolitz sigue tranquilo. Paul Badde comienza a ponerse nervioso.En la despedida, Kolitz le entrega como agradecimiento un libro dedicado a esta magnífica historia. Se trata de un ensayo escrito por el holandés Franz Joseph van Beeck, discípulo de Hans Gadamer. En su libro, Van Beeck sostiene que, después de haber hechos análisis filológicos de las diferentes traducciones del Iosl Rákover, ha llegado a la conclusión de que el texto no fue escrito originalmente en idish sino en inglés y que esto ocurrió en Nueva York. La sorpresa de Badde va en aumento: ¿Kolitz fue capaz de regalarle un libro que discute su autoría? Datos interesantes: para el crítico holandés, lo grandioso del asunto es que el Iosl Rákover parece ser un texto imbuido de magnetismo, que no puede dejar sin perturbar a quien se le acerca. De tal modo, cada traductor habría hecho sus agregados, enriqueciendo el original hasta llevarlo a un estado de obra colectiva. Un verdadero Aleph. ­La obra abierta de la que hablaba Umberto Eco!De regreso a Alemania, comienza la pesquisa en los ratos que le deja libre la atención a su hermano, que está gravemente enfermo. Comienza por intentar comunicarse con Die Idishe Zeitung, en Buenos Aires. Una telefonista le informa que no hay diarios en idish en Buenos Aires. En la guía figuran unos cuantos Stoliar que podrían ser parientes de aquel editor, pero… No hay biblioteca judía que responda a su súplica, nadie parece conservar el original del diario. Finalmente, se conecta con el Colegio Jesuita de Buenos Aires, con el padre Oscar Lateur. El religioso se sorprende por el pedido, ¿cómo podría ayudarlo? Es el 12 de marzo del 93 y Badde tiene que terminar su artículo.Pocos días después, el fax le trae las buenas noticias. El padre Latour, con la ayuda de una tal señora Helena, encontró en una biblioteca de la calle Pasteur el original tan deseado. El fax llega completamente oscuro, pero se leen los datos indispensables: EL DIARIO ISRAELITA. Miércoles 25 de setiembre de 1946. Más abajo: Iosl Rákover habla a Dios. Y fundamentalmente: Por Zvi Kolitz. Eureka.Badde terminó su nota el mismo día que falleció su hermano Klaus. El viernes 23 de abril de 1993, el Frankfurter Allemeine Zeitung publicaba su investigación. Se cumplían cincuenta años del inicio del levantamiento del gueto de Varsovia. Parecía el final de otro relato. Pero no.Lunes 18 de julio de 1994. Paul Badde se comunica con Kolitz para preguntarle si escuchó las noticias originadas en Buenos Aires. Una bomba había asesinado a 86 personas en la calle Pasteur y había destruido el edificio de la AMIA que, entre otras cosas, tenía una biblioteca donde el padre Latour y la paciente señora Helena habían encontrado el original del Idishe Zeitung. Kolitz desconocía esto último; sí tenía noticias del ataque. Cuenta Paul Badde que el anciano se quedó por un momento en silencio y que luego, a modo de única respuesta, murmuró: ¿Es realmente cierto que ahora esas páginas se encuentran efectivamente sepultadas bajo un montón de piedras y de huesos humanos calcinados?.Por supuesto, esto no termina aquí. En distintos lugares del mundo, en libros y revistas de todo tipo y color se publica cada tanto un relato originado en el gueto de Varsovia, escrito por un hombre a punto de morir. Seguirá siendo un testamento a su pesar. La increíble historia de un relato que se empeña en ser apócrifo.

 

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