El señor de los venenos – Enrique Symns

El señor de los venenos - Enrique Symns Libros Kalish

Estado: Nuevo

Editorial: El cuenco de plata

Precio: $ 250.

El señor de los venenos es un recorrido personal a través de la otra historia, la que corre por canales subterráneos, clandestinos, aquella que no culmina en próceres ni monumentos. Es el retrato olvidado de uno de los sectores marginales que conformaron la generación del ’60 y la novela de iniciación de un disidente toxicológico, de un rebelde ácrata. Es el relato de la conformación del periodismo contra hegemónico más alternativo y la narración de las aventuras de una figura transversal al crecimiento del rock y de las bandas más importantes de la Argentina. Es la autobiografía de Enrique Symns.
Enrique Symns nació en Lanús, provincia de Buenos Aires. Su presencia aportó una cuota innovadora a revistas como Eroticón, Fin de siglo, El cazador y La Maga. Fue colaborador especial del diario Clarín, prosecretario de redacción de Satiricón, jefe de redacción de El Porteño, redactor de los diarios La Voz y Sur, y creador y director de la mítica Cerdos & Peces, revista que dejó una impronta difícil de superar por su estilo alejado de cualquier convencionalismo. En Chile, creó la revista The Clinic. Fue presentador de los shows de Los Redonditos de Ricota, Los Piojos, La Bersuit Vergarabat y Los Caballeros de la Quema. Actualmente se desempeña como redactor en los diarios Crítica y Sur, en las revistas Contraeditorial, THC y Un Caño. También forma parte del staff del programa que conduce Gillespi en Rock&Pop, “El falso impostor”.
El señor de los venenos  
Elvio Gandolfo
En el señor de los venenos, Symns muestra su lengua bífida: por un lado, narra su viaje por los bajos fondos; por otro, cuenta la génesis de los proyectos editoriales más revolucionarios de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina. Su ambición y lucidez le permite ponerse a la par de escritores malditos como Bukowski o Burroughs. Rolling Stone Con una prosa admirable, El señor de los venenos es una vertiginosa cabalgata que a la manera de un Hunter S. Thompson con picardía criolla recorre una vida tallada por la droga, los viajes y la marginalidad; un galope hippie, punk, sexópata, intelectual y desolado que se relame en historias hacinadas en cárceles cariocas y estafas en Europa dentro de un clima de eterno happening toxicológico. Es en los 80 cuando Symns se vuelve protagonista de los sótanos de Buenos Aires. Symns cuenta minuciosamente cómo conoció a Poli, Skay y el Indio Solari. Pese a que la palabra traición atraviesa los capítulos en que cuenta su tensa relación con la banda ,terminaron peleados, la mirada es tierna y nostálgica. Clarín El señor de los venenos, la autobiografía de Enrique Symns, es uno de los textos más vertiginosos de la última literatura argentina, aunque quizá los gendarmes de las letras lo vean pasar con vocación de vigilantes. La voz del interior Protagonista lateral de la cultura, el rock y el periodismo de los años 80 y 90, el autor de este libro dividido en zonas geográficas ,Brasil, Buenos Aires, Madrid y Chile, entrega una de las más jugosas memorias que puedan encontrarse sobre un arco que va de mediados de los 60 hasta hoy. Expone en primera persona niveles que pocas veces aparecen juntos y entremezclados en un solo volumen, en una sola vida.
Senderos extraviados. Crónicas y entrevistas al límite.
Andrés Tejada Gómez 
Nunca ha sido tarea sencilla reflexionar sobre Enrique Symns. Un aura misteriosa parece envolverlo y brindarle un vigor clandestino. Sombra de maldito. Un descarado épater le bourgeois. Un mítico envenenado de los años ochenta. Symns: un frenético sabio que aún intuyendo que va a perder sale a dar batalla porque ya no puede diseñar otra estrategia. Ni quiere. O tal vez porque siempre ha sido así y no hay vuelta que darle. Salvo que el planeta sea una calesita de nonsense y él un salvaje niño encerrado en la conciencia de un adulto que se resiste a ser una presa fácil.
Para Symns cualquier mecanismo es pertinente para abolir las estancadas identidades que se pudren en la burocracia de las vidas familiares. Prematuros ancianos de la aventura. A “el héroe del whisky más” se lo puede encontrar extraviado en el vértigo urbano; o a punto de dar el salto definitivo al vacío. La taciturna pereza de las comparaciones nos ha llevado a ver en él un mero reflejo: un Bukowski de entre casa, un Henry Miller con acento a color local o un William Burroughs de Avellaneda. No son más que patrañas. Sin embargo no deja de ser complejo definir a un sujeto que en una de sus tantas editoriales pudo escribir lo siguiente sobre su propia persona: “Hay alguien en mi mismo que no soy yo, que nunca lo fue y que jamás conseguirá serlo”. La resistencia parece ser contra una fuerza interna atávica que lo carcome como una enfermedad contagiosa. Una lepra invisible que sólo él parece percibir.
Desde el principio, ya sea como periodista de revistas como Pan Caliente o El Porteño, o monologuista de bandas de rock, el tono de su escritura sonó a truenos que anunciaban la plaga. Su escritura no está proyectada a través de talleristas de fin de semana o en facultades de imposibles humanidades, sino en la vida cruda: tratando de tallar la forma en la letra de la venganza y el perdón. Symns escribe como quien “se escapó de Hiroshima para refugiarse en Nagasaki”. Ese título llevaba la necrológica sobre Luca Prodan que él escribió: bien podría ser la suya.
Leer a Symns es como atravesar un trip del cual el lector retorna del gemido textual como un monstruo pidiendo perdón por haber sido tan inútil y torpe en el macabro juego de la vida. Después no hay consuelo. Ni caminos. Solo senderos.
Una tirada del I Ching con Gabriel Levinas le brindó el nombre de una revista que debería ser pensada como punto ciego de ese tiempo que se dió en llamar “ primavera alfonsinista”. Contra-cultural: no en el sentido de “otra cultura” sino como oposición a la idea misma de cultura. Cerdos y Peces fue la cornucopia a la deriva con la que un grupo de maleantes quiso tomar el poder y deshacerlo en mil pedazos para que nunca más se volviera a juntar. No eran más que un reducido grupo de avant-garde que le querían correr el velo a la infancia de la vida cotidiana; venían a conmover la fibra de la sensibilidad argentina con tapas escandalosas y peticiones que ni en los más obscenos paraísos artificiales se hubieran podido cumplir. Cuando el grueso de la población estaba mendigando democracia, ellos ya querían marihuana para los pájaros. Exiliados de la mansedumbre bienpensante defendían a los locos de la demencia del autoritarismo de la psiquiatría y le daban colores imposibles a la sexualidad. Chicotazos de luz adentro de un túnel que prefería sembrar silencio, sospecha, encubrimiento y confort.
Tanto su vida como su obra tienen un peso específico que logra averiar las oxidadas balanzas de la crítica cultural. O de cualquier andamiaje teórico que intente posar sus garras sobre su escritura. Porque Symns escribe como peticionaba Nietzsche en Así habló Zaratustra: con sangre. Y no hay teoría posible para la sangre de un mortal que está dispuesto a arrojarla con desesperada indecencia contra el muro de la estupidez. Su perfil de escritor ácrata parece esconder el secreto deseo de diagramar una conspiración que pudiera botar los valores establecidos para imponer la única ley con sustento: su capricho.
Semderos extraviados es su último libro. Una esmerada recopilación de entrevistas a personajes tan disímiles como José Sbarra, Julieta Ortega, Cecilia Roth, Jorge Lanta, etc. La capacidad de entrevistador en Symns parece innata; una extensión de la propia curiosidad por el mundo. De fina escucha, los entrevistados parecen estar comodamente acorralados. De las crónicas no podemos dejar de mencionar “Historias heavies de Soldati” o “La noche en la era del control”. Una particular atención se le debe prestar a “El Once nocturno, como Hong Kong” que inesperadamente nos remite a otro autor que parece estar en series imposibles de coordinar con Symns. “Consolación por la baratija” de Marcelo Cohen también retrata la vida en el barrio de Balvanera. Las editoriales elegidas oscilan entre las que pertenecen a los años ochenta y las más recientes. Los mismos intereses y obsesiones durante más de treinta años de este solitario guerrero de la injusta mediocridad disfrazada de vida.

***

Les paso  La Banda de los chacales, de Enrique, que publicamos alguna vez en la revista digital elinterpretador:
La banda de los chacales – Enrique Symns

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Monólogos de Enrique Symns con Patricio Rey y sus redonditos de ricota:
 Teatro Margarita Xirgu 13-08-82:
http://www.youtube.com/watch?v=iaZKG6p4Sas
 La esquina del sol 15/07/1984:
http://www.youtube.com/watch?v=lWR2cdrBMMo
 Cemento 28/11/87:
http://www.youtube.com/watch?v=8NTfltZO32c
Siempre hay que volver
Enrique Symns
El primer bar que conocí en mi vida estaba frente a la estación de trenes de Monte Grande, mi pueblo natal.
Tenía 12 años y con mi amigo José, que todavía era más chico que yo, nos escapábamos por las noches. Cuando mi tía Angélica se quedaba dormida, yo salía por la ventana, caminaba por los techos y me encontraba con José en la escalera del edificio de la panadería donde el vivía con su familia. Habitualmente nos conseguíamos un trago que robábamos de la alacena de nuestras casas. Quizás empezábamos con oporto, vino moscazo o vermouth Cinzano, las bebidas que se consumían en nuestros hogares. Tomábamos aquellas dosis y nos cagabamos de risa. En reír y tratar de contener sin conseguirlo aquellas carcajadas consistía nuestra embriaguez. Fue la primera droga que me ayudo a salir a explorar el mundo. Para eso están las drogas, para ayudarnos a dejar de ver esa obstinada tranquera que nos impide ingresar en lo desconocido, para obligarnos a ser nosotros mismos.
Pero José economizaba el tiempo de sus excursiones nocturnas; no solo era mas chico sino que también tenia una familia que lo controlaba mas. Así que yo comencé a extender el territorio de mis excursiones hasta alcanzar la estación de trenes y de ese bar en donde inexplicablemente me dejaban entrar por las noches mientras los clientes asiduos juegan a las cartas o al dominó. Desde las ventanas miraba el ir y venir de los trenes y me imaginaba lo que pocos meses después hice: subirme a uno de ellos y zambullirme en esa fantasía inaudita que era Buenos Aires.
Recuero con nitidez palpitante todos los miedos que me habitaban. No eran tan intensos los que tenia que ver con el peligro físico, el castigo familiar o policial, como el miedo a decepcionarme con el mundo. ¿Y si no hubiera otra cosa más allá del horizonte de mi vida cotidiana?
A medida que mi conducta se fue haciendo caótica. Me importo cada vez menos que descubrieran mis ausencias y aun que mi tía me encontrara alcoholizado en mi cama todas las mañanas.
En el bar había un personaje que admiraba. Era un petiso malandra y peleador, un autentico choro experto en todos los trucos de la pelea callejera, un matón, pero chistoso y hasta cariñoso conmigo. El petiso se había encariñado conmigo. Yo era un niño muy flaco y esmirriado y en ese lugar eran pocos los que me prestaban atención. Sin embargo, el petiso siempre me convidaba.
-¿querés tomar un café con leche? –me preguntaban cada noche con expresión picara y codeando a sus acompañantes como si estuviera a punto de mostrarles una gracia.
-No… prefiero una ginebrita…
Todos se reían y bromeaban con mi exigencia pero, finalmente, con esa estupenda inmoralidad de los hombres de la noche, la ginebrita llegaba a mis manos. Yo me la tomaba casi por asalto y rápidamente quedaba en un estado de éxtasis frente a las maniobras de la vida adulta: las bromas, los empujones, el lenguaje sexual violento y grosero y a veces también las peleas.
La fama de peleador del petiso era muy grande; sin embargo, yo nunca había tenido la oportunidad de comprobarlo. Hasta que una noche, muy tarde, cuando ya había decidido continuar estirando mis horarios de permanencia en el bar, entro un grandote, un hombre verdaderamente grande, con aspecto de obrero de la construcción o ferroviario, de andar fiero y mirada esquiva, que pidió un café.
Enseguida el petiso se “enamoro” del grandote. Era la palabra que usaban los peleadores para señalar el momento en que un peleador decide, sin motivo alguno, buscar pelea con un desconocido. Era el tiempo del famoso “¿Qué me miras?”.
Yo estaba distraído esa noche porque había conseguido sentarme en la mesa de la ventana, con mi ginebrita, para mirar el mejor paisaje del universo: la llegada y partida de los trenes. Así que no fui testigo de los primeros escarceos. De inmediato el grandote acepto el reto y salio. Por la ventana, durante casi un minuto, quizá menos, tuve la oportunidad de ver la destreza increíble del petiso para enfrentar al grandote. Este no tuvo la menor oportunidad de acertarle una piña que seguramente hubiera noqueado al hombre de menor envergadura. Una serie de patadas y trompadas asestadas desmañadamente pero a gran velocidad por el petiso, que se agarraba al farol de la luz y lo usaba como punto de apoyo para lanzar sus mandobles y patadas, dieron por tierra con el rival. El grandote cayó al medio de la calle y allí quedo repantigado. El petiso no siguió pegándole; rodeado por sus amigos, volvió al bar.
El desarrollo de la pelea me había dejado completamente hipnotizado, pero lo que sucedió a continuación fue asombroso. Vi por la ventana como el grandote se ponía de pie, se sacudía las ropas y, con el rostro ensangrentado, volvía a la puerta del bar e invitaba a su rival a seguir peleando. Afuera se había formado un pequeño tumulto de hecho yo era el único que permanecía en el bar ya que el cajero y el mozo también habían salido a observar la pelea. El grandote volvió a recibir una terrible paliza y nuevamente regreso por más. No recuero exactamente si fueron tres o cuatro rounds lo de aquella despareja pelea, pero si la expresión preocupada, casi con un poco de miedo del petiso cuando vio regresa al grandote una vez mas. Confuso, se dejo rodear por sus amigos, que hablaban de la policía y de lo peligroso que significaba seguir con aquella riña. Finalmente el petiso se fue del bar. El grandote, medio destrozado, se sento en la misma mesa en donde estaba su café ya frío y, mientras se limpiaba la sangre con la camisa, exigió que le sirvieran otra taza.
Me quede mirándolo largamente y, cuando le trajeron el nuevo café, se dirigio al mozo, aunque yo siempre creí que hablaba conmigo, porque me miraba a los ojos con una expresión risueña, casi de alegría:
-Hay que volver –murmuro-, siempre hay que volver.
Aun hoy escucho a veces esa voz sin terminar de comprender que es lo que quiso decir.
Pero se que esa frase seguirá resonando siempre, como un himno guerrero en mi memoria.

 

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2 respuestas a El señor de los venenos – Enrique Symns

  1. Enrique Symns dijo:

    LA BANDA DE LOS CHACALES

    por Enrique Symns

    PRIMERA PARTE

    La Banda

    Al Pijo lo conocí primero de todos.

    El Pijo era un quía muy peligroso para este tipo de operativos que requieren sangre de culebra en vez de sangre.

    El muy cornudo tenía una fobia, como se le puede decir, una fobia a las polleras puestas. En cuanto veía una concha tapada quería destaparla para enchufarse ahí, con esa cara de pelotudos que ponen los tipos cuando cojen que parece que estuvieran haciendo fuerza para garcar.

    A esa manía que tenía de tirarse a cuanta mina se le cruzaba por la mira telescópica de su calentura, los psicólogos la llamaban “peligrosa psicopatía sexual”. Pasotas, yo no digo que el Pijo no fuera un poco raro. Seguro que durmiendo en el mismo cuarto con él, yo le pondría un buen candado a mi culo. Pero creo que toda poronga caliente es peligrosa, todo depende de quien la maneje.

    La cuestión fue que los psicólogos del reformatorio le mancharon los antecedentes del coco y le decretaron podredumbre mental. Y encima se la agarraron con la familia. El padre del Pijo también tenía el hobby de cojerse a todo el mundo.

    De tal palo, tal astilla. Cuando el Viejo Pijón se tomaba unos anises de más, ni la abuela se escapaba del cachondeo. Tanto el Pijo como sus hermanitos menores perdieron el virgo anal en las festicholas paternas. El asunto era contagioso y al tiempo todos los de la familia se andaban tumbando unos a otros. Que la hermana del Pijo con la abuela, que la abuela se lo bajaba al nieto, que el tío se apretaba a la madre, como en la guerra, todos contra todos sin otro objetivo militar que ponerla o dejársela poner. Antes de irse de su casa, el Pijo se vengó del drepa: lo emborrachó y se lo recojió. Fue el único polvo trolo que se echó en su vida. También se vengó de las psicólogas. Se cojió a varias. Ya en libertad, y siempre a la búsqueda de nuevos curros, comenzó a pedir entrevistas con psicoanalistas particulares y en cuanto comenzaba la parleta, el Pijo se las cargaba ahí mismo sobre el sillón de los divagues.

    Pero las psicólogas no eran su especialidad. En realidad, no tenía especialidad. En su curriculun había sirvientas, profesoras de secundaria, rockeras de palermo, negritas de la villa y hasta nenas de la primaria.

    Por eso decía que era muy peligroso meter a un tipo como el Pijo en un operativo de tanta magnitud como el que iba a encarar La Banda de los Chacales de la que soy su humilde pero experimentado capo.

    Se corría el riesgo de que alguna bombacha demasiado humectada despertara los ultra-bajos instintos del susodicho.

    Pero, por otra parte, el Pijo era un tipo de condiciones.

    Cinturón negro de karate. En una pelea a mano limpia, se cargaba tranquilamente a seis tipos. Y si le dabas un palito de esos con cadenas, se volteaba a una docena de tipos en menos tiempo de lo que tarda un gargajo en llegar al piso.

    El Pijo no se unió a mi banda por un ideal, por fama o por ambición. En todo caso quería guita suficiente para comprarse unos cuantos kilos de concha y morir en una comilona sexual vomitando culos y tetas.

    Estoy Muerto, en cambio, era gente fina.

    Educado en los mejores colegios, manyalibros y hasta con estudios cursados de monaguillo y recibido de gil de parroquia.

    Hasta que un día (“ese día me dí cuenta que estaba muerto -explica Estoy Muerto-y que entonces podía empezar a divertirme”) entró a la iglesia acompañado de la madre (una vasija llena de mierda del barrio norte) y le dijo a la vieja que largaba todo. Que basta de misa y de puterío espiritual. Y para que a la vieja bostera no le quedaran dudas sobre el tema, fue hasta el altar y, con una gillete, le cortó la cara al cura. Fue en cana como el zarpado de Dios manda pero, gracias a las influencias que la vasija de mierda tenía en el milicaje gobernante, Estoy Muerto salió en libertad al año de estar encanutado. En la cárcel se perfeccionó en cuchillos. Se graduó en navajería y facaso aplicado. Cuando salió de la yuta se hizo punk, que es algo así como un hippie que se volvió rabioso.

    Ahí fue cuando lo conocí. Andaba disfrazado de basura, con la cabeza rapada por un peluquero epiléptico y montones de facas escondidas en el disfraz.

    Ahí nomás le dije si no quería prenderse en una grande. Me miró a los ojos y su mirada fue como la punta de un cuchillo apoyado sobre la yugular de mis pensamientos. Enseguida me dijo: -“Voy con vos”

    Queriendo decir con eso que había pispiado en el corazón de mis ideas y había visto la llama sagrada de los grandes y que entonces yo era el jefe y que me iba a obedecer.

    Yo casi tenía listo el plan para cometer el gran golpe del siglo. Me faltaba conocer todavía al tipo más importante, el tipo que haría posible mi sueño.

    Itaka, tenía que conocerlo al Itaka.

    Visto que antes lo defendí al Pijo. Dije que exageraban los psicólogos y que más allá de la manía de cojerse a todo el mundo, tuviera o no tuviera ganas el mundo de ser cojido, en el recontrafondo, el Pijo era un buen tipo.

    Bueno, ahora, también de posta, debo decir que sí, que Itaka estaba medio colifa. Había sido combatiente de la piojosa guerrita malvinera.

    Y si con el primer cañonazo que le cayó cerca no quedó loco, el gurka que se lo recojió al estilo Pijo lo dejó del todo. El gurka se había enamorado del orto de Itaka y no sólo le metía el sodape sino también el pie, el puño y la pierna. Las noches de mucho frio, el gurkita se metía entero en el culo del Itaka y dormía adentro. Encima como al nepalés le gustaba que le chuparan la pija y como la tenía muy sensible le arrancó todos los dientes al Itaka para facilitarse la gárgara de poronga.-

    Itaka quedó con las ideas medio mal paridas para decirlo de frente. En la isla, encima, no había podido matar a nadie y ese recuerdo era para Itaka lo mismo que un polvo atragantado para el Pijo.

    Cuando lo conocí andaba planeando destripar a unos cuantos seres humanos. No me gustó ni medio. Era un tipo tímido y callado como la puta que lo parió. Cuando lo despertabas a la mañana había que hacerlo con mucho cuidado. Onda “nene, está el café con leche, es mamá” porque si no te reventaba como si fueras un gurka o, peor, un oficial argentino.

    Era un tipo de mierda pero con una gran ventaja: se había afanado del regimiento una caja de granadas y un par de metras alucinantes.

    Me costó un par de meses convencerlo de que abandonara su guerrita de morondanga e ingresara a la Banda de los Chacales.

    “A lo sumo te vas a cargar una docena de vecinos -le decía- después la yuta te va a regalar un viaje gratarola en carroza fúnebre hasta las soleadas playas de Chacarita.”

    Ya les dije de la importancia de El Pijo, Estoy Muero e Itaka.

    No hablé del susodicho que escribe este folletín, el Lacra, el capototal, lo más. La innata humildad que debe lucir un líder en todo momento de su gesta me obliga a silenciar mi pasado. Eso y también lo que me dijo el boga:

    “No chamuye de su pasado, Lacra. Todo , cualquier cosa es una prueba en su contra”

    El plan

    Reunirlos a esos tres fulanos no fue joda.

    Filosos como bayonetas, los muy hijos de puta se la pasaban manoteando granadas, facas y golpes de karate con la sana intención de hacerse mierda entre los prójimos.

    No se bancaban entre ellos.

    Itaka se lo quería desayunar a Estoy Muerto con la pelotuda excusa de que era punk, es decir, descendiente indirecto de los ingleses que se lo habían recogido. Estoy Muerto miraba la cabeza de Itaka como si fuera la punta de un lápiz y afilaba su sevillana para sacarle punta. Peo al que nadie se bancaba era al pobre Pijo que siempre andaba al palo, pajéandose por todas partes y puteando porque no lo dejábamos salir a voltearse una negrita. Un día lo dejamos salir para que cazara algo y se dejara de joder. El despelote se armó cuando volvió trayendo de los pelos a una pendeja de unos doce años. Ya le había roto la conchita y la traía a la cueva con la negra y prolija intención de hacerle culito y boquita. Saltó Estoy Muerto y pateándole el sodape le puso faca contra la yuguleta.

    -“Odio a los animales”-le dijo rescatando a la ninfeta de su dificil trance.

    Pero las fieras se calman cuando les tirás carne. Así que un buen día les tiré el plan por la cabeza.

    Les dije que se trataba simplemente de secuestrar, traer la covacha, y mantener a pizza, cocaína y mate cosido al honorable presidente de la nación.

    -¿A esa pantufla? -preguntó con la rapidez de un pedo Estoy Muerto -¿para qué lo queremos?

    -Para resgundar la marusia- contestó el Pijo que, cuando estaba refumado, no se le entendía un joraca lo que hablaba.

    Ahí les corté el rechifle y solté el espiche de memoria:

    “Si ellos no abren las puertas de todas las tumbas del país y no sueltan a todos los sopres sin distinción de credos o prontuarios en menos de 24 horas; si en esa punta de horas que dura un día no sacan un decretacho que clausure para siempre todas las comisarías y jubilan a los federicos; si ellos en esa pila de minutos que hay en 24 horas, no sueltan a todos los colifas de los manicomios -y los colifas que se quieran quedar que se jodan-; y para acabar con el verso, si en esas dos lungas vueltas que la enanita del reloj da a lo largo de la jornada, no nos dan dos millones de verdes y ponen un avión, directo, sin escalas, hasta un país como lo la gente que tiene que haber por ahí; entonces nosotros, a las 24 y un segundo, con todos los honores, agarramos al Excelentísimo o el muy bien diez del Presi y le sacamos la vida del cuerpo”

    Se armó el quilombo.

    Saltó el que si que no, que si dos o que si cuatro millones, que porqué no pedir además de la mosqueta un par de docenas de minones y todo ese puterio. Estoy Muerto que Inglaterra, El Pijo que Pakistán que por allá se podía coger a las menores, hasta que habló Itaka, cortándolos como una gillete.

    -¿Y cómo mierda lo vamo a secuestrá si está más cuidado que concha napolitana?

    -¡Oncha Luneba!- baboseó el Pijo que ya andaba por el octavo porro y que cuando escuchaba la palabra “concha” se ponía peor que Superman con la kriptonita.

    -No lo vamos a secuestrar- cancherié- El se va a entregar solito…

    Y pasé a relatarles la segunda parte de mi plan.

    Tomaríamos por asalto un canal de televisión en un programa de gran audiencia y que tuviera además mucha gente en el estudio. Instalaríamos un nido de metra y sembraríamos de granadas el estudio para que no se les ocurriera una onda “swatt”. Exigiríamos que el programa siguiera transmitiéndose en vivo con nosotros como locutores y ahí le hablaríamos al presi para que viniera solito hasta el canal. En un plazo, digamos, de seis horas. Caso contrario, con una preciosa ráfaga de metra intentaríamos matar a todos los presentes, degollando luego con prolijidad a los sobrevivientes.

    Aquello les recontracopó. Estoy Muerto se ofreció como locutor. El Pijo propuso que elijiéramos el programa de Badía que está lleno de japendes. A Itaka, la parca se le relamía en el brillo de los ojos.

    Por votación de tres contra uno (saben quien fue el uno) ganó el programa de Soldán “Domingos para la juventud”.

    El resto del plan era sencillo.

    Cargaríamos, en la camioneta afanada, cajas que hicieran creer que había equipos de sonido, instrumentos de música y todas esas pajerías. Nosotros haríamos el teatro de ser unos piojosos plomos de alguna pelotuda estrella de turno.

    Itaka tenía que ser el pesado de la historia: sembraría los caza-bobos y montaría la metra. Estoy Muerto, en una de locutor, hablaría por el tubito. Pijo, armado hasta las bolas, se mezclaría entre el público y yo sería el director general del operativo.

    Estoy Muerto redactó el comunicadacho que había que leer frente a las cámaras. Era así:

    “Amables espectadores, interrumpimos esta mierda de programa para comunicarles que La Banda de los Chacales ha tomado este canal sin la intención de hacerle daño a nadie. Eso sí, le vamos a romper el culo a cuanto hijo de puta quiera entrar al estudio. Si esta trasmisión es interrumpida, mataremos a una persona por minuto. No intenten engañarnos, otros integrantes de la banda están mirando el programa y nos avisarán al toque.”

    Cuando todos los detalles estuvieron recontraparlados, le pusimos fecha.

    El domingo que viene sería la cosa.

    Esa semana nos preparamos como si fuéramos discípulos de Bruce Lee. Es decir, cada uno hizo lo que se le cantó en el séptimo forro del culo.

    Como la consigna era triunfar o morir, El Pijo quiso asegurarse por si acaso los últimos polvos de su vida. Así que usando la cablán como zanahoria se trajo dos gatitas del Parakultural.

    Esas minitas onda after-me-podri-chau-no-sé. El Pijo les estuvo zarandeando los tres agujeros durante dos días. Otra que Emmanuelle o Garganta Profunda, hacer un filme porno con El Pijo era un filo asegurado. Recién en el tercer polvo empezaba a calmarse. En el quinto ya no sacaba ni leche. En el octavo, antes de desmayarse, todavía se le podía ver, en la mirada, la poronga del alma parada y caliente.

    Itaka se pasó la semana preparando el arsenal. El quía parecía Terminator, quería convertirse en un arma caminante. Un día me dí cuenta que él no veía las cosas. Cuando se asomaba a la ventana de la covacha, por ejemplo no veía a la gilada del barrio yendo y viniendo haciendo las boludeces que los garcas del mundo les habían ordenado que hicieran. No, el quía se asomaba a una trinchera y veía solamente inglesitos avanzados en las frígidas estepas malvineras. Era caretón, pero tomaba cocaina porque le aceitaba los engranajes que movían los músculos de su odio. Había que marcarlos de cerquita para que no convirtiera el tranquilo barrio del Doque en un Hiroshima del subdesarrollo.

    Con Estoy Muerto era el único que se podía batir un papo. Tenía la lengua más filosa que cualquiera de sus facas.

    El sábado, anterior al domingo de la gloria chacalera, para distraer a la pandilla nos fuimos a ver un poco de Rock and roll. Fuimos a “Cemento” Tocaba Sumo y la cagada fue que, como quisimos guardar la merca para el otro día, todo el mundo se puso hasta el culo de fumo. No tuve descanso en toda la noche. En cuanto el pelado de Sumo, gritó “Fuck you”, Estoy Muerto entró en una de subir al escenario a degollarlo, El Pijo la vio a la Katya Alemann y comenzó a perseguirla manoteándole las tetas y el pirado de Itaka, cuando vio tanto punkie, entró en una de sus pesadillas guerreras. Yo andaba corriendo de un lugar a otro porque el quilombo se desarrollaba en varios sitios. Mientras Estoy Muerto lo perseguía al pelado Luca por todo el boliche, El Pijo acorralaba a la Katya y el Itaka trataba de treparse a la covacha del iluminador, yo tuve que bajarle los dientes al Omar Chabán, que botón de alma, quería llamar a la taquería. La historieta terminó tranqui, cuando junté a mi ejército de pirados y nos retiramos estratégicamente hacia las tinieblas grises de la ciudad.

    La matanza

    El domingo a la mañana nos pusimos hasta el culo en la covacha de Anarconada, la cojinche de Estoy Muerto. Para que te des una idea de lo pesada que era esta mina te cuento que ni el Pijo se la quería coger.

    Anarconda, en vez de tajo, tenía una gillete entre las piernas. A los siete años la madre se la había cojido como al Pijo. Bueno, coger es un decir, en realidad se la chupó toda de arriba a abajo. Pero, sobre todo, enseñó a la pendeja a chupar su vieja y podrida concha. Anarconda se lo bancó hasta los diez años. Un día de esos, cansada de alimentarse de flujo, le metió una gillete hasta los ovarios a la puta que la parió.

    Salió del loquero a los 16 años y ahí la conoció Estoy Muerto que le enseñó las artes de pasarse el mundo por la concha.

    Te decía, tomamos tanta cablán que a Itaka hubo que cargarlo como a una momia en la camioneta de tan duro que estaba.

    Y así encaramos la puerta del canal nueve, con esa polenta que te da la frula y que si te lo encontrás al mismísimo dios en la yeca le decís: “Qué mirás, gil?”

    Sin novedad ni en el frente ni en la retaguardia, entramos al estudio, justo en la parte en que los pendejos para ganarse el viaje ortiva hasta Bariloche andaban boludeando y haciéndose los artistas.

    Sin darle bola a nadie, comenzamos a desempaquetar la terrible ametralladora de Itaka, el enorme sable del Pijo y las granadas que yo me colgué del cuello como si fueran una ristra de ajos.

    Hubo un silencio que sin ser mortal era, te diría, jodido.

    El Soldán se quedó con la boca tan abierta que le podían haber entrado dos o tres pijas. Uno de los cameramanes se meó en los lompas.

    El Pijo, con el sable en la mano, empezó la opereta.

    -Bariloche, la cajeta!- gritó mientras mandobleaba el aire con su poronga de lata.

    Así se armó el desbande. La pendejada empezó a correr de un lugar a otro como hormigas piradas, el Soldán casi llorando pedía un corte, los técnicos gemían como chanchos en el matadero. El Itaka cortó el quilombo. Mandó una ráfaga de metra sobre el techo del estudio…

    -¡Cuerpo a tierra, conchudos!- tronó el Itaka con voz de helicóptero.

    Otra que el teniente Astiz, el Itaka parecía Rambo y la tropa de cabrones obedeció al mango. Culo al piso y sin toser ni lagrimear, todo el mundo se acostó sin entender un joraca de qué venía la mano. Todo el mundo menos el Soldán que lloriqueando como una muñeca, dijo:

    -Señores, de qué se trata esto…

    -Cayate, comadreja- le estampó Estoy Muerto y de un empujón lo mandó al sopi. Ahí actuamos con la precisión de un comando.

    El Pijo, pisando culos y manoteando tetas o viceversa, se metió entre el gentío. Itaka terminó de minar el estudio y mientras Estoy Muerto se ponía frente a las cámaras, yo le hablé a las paredes:

    -Al capo del canal, le habla el capo de los Chacales… tiene dos minutos para seguir la trasmición sino matamos a todo el mundo…

    En ese momento yo no supe si estábamos o no en el aire. Porque se prendieron las lucesitas y los cameramanes se mandaron el filo de camarearlo a Estoy Muerto. Pero yo no estaba seguro.

    Después supe que sí. Que durante un minuto Estoy muerto salió en los pajerisores de todos los apestosos hogares de cada mugriento argentino desde La Quiaca hasta Lanús y desde Mataderos hasta ese culo frío que debe ser Tierra del Fuego.

    Fue la gloria. Estoy Muerto se sentó frente al ojo de vidrio con la cancha de un experto y se mandó el espiche…

    -Ustedes son todos una mierda -le dijo al mundo-. Usted, señora, es una rata, y usted señor, es una rata, y el nene también es una rata. Se la pasan todo el día corriendo por el laberinto para masticar un sorete. Corren todo el día de todos los días de todos los años para estar ahora ahí, sentados como boludos, mirándome como boludos, bajo techo, sobre un piso, entre cuatro paredes que no los protegen de nada. Saben que hacen? Se pasan la vida comprando un ataúd a crédito. Eso es lo que son, una mala paja que se hace la vida, son. Mírenme la jeta, yo estoy muerto. Igual que ustedes. Yotambién soy mi propia tumba. Pero no voy a quedarme como un boludo esperando que alguien venga a limpiar el cenicero donde me consumí. Voy a romper todo. ¿Porqué no salen a la calle y rompen todo?

    Después supe que ahí cortaron la transmisión.

    La cosa se fue al joraca. A Estoy Muerto, se se puso muy intelectual, no se le entendió una mierda el espiche y encima no leyó el pelpa ni pidió hablar con el presidente de la gilada.

    Creo que eso fue el desastre. Cuando terminó de hablar, el estudio de canal nueve era un polvorín cargado hasta las bolas de dinamita y cada persona era un cartucho.

    El fósforo lo puso El Pijo.

    De repente lo veo rompiéndole el toor a una pendeja tetona. Veo al noviecito de la culeada intentando defenderla. Veo al Pijo, que sin cambiar el ritmo de la cojida, lo deguella como quien deshoja una margarita. Veo a Estoy Muerto descorchando una granada. Veo a Itaka apuntando la metra. Y me dije: se pudrió todo . Y así fue como empezó la matanza.

    Fue una de esas películas donde el héroe, al final, se puede vengar de todas las que se tuvo que manyar durante 90 minutos de argumento careta. Como en una película, pero al revés.

    Cagamos a tiros al sheriff, nos comimos a los tres chanchitos de mierda, nos cojimos a Caperucita, reventamos a Eliot Ness. Te digo, si lo hubiéramos tenido a tiro al mismísimo Astiz le hubiéramos metido un par de gorriones de plomo en el hígado agusanado que debe tener por corazón.

    Fue ver a un ballet de locos epilépticos, una manga de piltrafas babeantes, una pandilla de gatos rabiosos encerrados en una jaula de canarios.

    El Itaka, sin decir cocaína va, mandó una ráfaga que igualito que una picadora de carne agarró a la gente y la convirtió en chinchulín reventado.

    Estoy Muerto, bailando igual que la Pinchiskaya, saltó sobre el cuello del Soldán y le dibujó no la zeta del zorro sino la eme de mierda en la yugular del comadreja.

    Ahí mismo me di cuenta que todo se había ido al mismísimo joraca y que lo mejor que podía hacer era joraquearlo más. Asíque descorché una granada y, al pedo nomás, la tiré por ahí tratando de hacer estallar una docena de almas sobre las mugrientas puertas del infierno, mientras gritaba “libertad o dependencia” o alguna gilada de esas y corrí hacia la puerta del canal como si me persiguiera una manada de cien mil soretes hambrientos.

    A los costados de mí, en las escenas menos principales, porque yo no las veía bien, la película también era de primera.

    Estoy Muerto, gritando “Por los Sex Pistols!”, le clavó un chuchillo más largo que poronga de Pijo al estómago del Baglietto. Vi caer a mis pies, el cerebro del gordo Muñoz con los sesos desparramados igualito que un vómito del diablo y lo vi al Pijo zapatéandolos como si fueran arañas pollito.

    Vi a los integrantes de la selección nacional barridos por la metra del Itaka, fuera del mapa de la vida para siempre.

    Vi mi cuerpo cubierto por la sangre de las cucarachas que hacen el noticiero del canal.

    Era el sueño del pibe. Que grande ver el sueño de toda la vida cumplirse ahí frente a los propios párpados.

    Vi toda mi vida de mierda reflejada en las caras que iban perdiendo la vida de todos los mal paridos que habían cagado para siempre mi película. Vi a todos esos jodidos que me habían jodido toda la larga muerte que fue mi vida, los vi estallar como sandías frescas, los escuché pedir perdón, llorar como boludos, arrepentirse de mentira.

    Fue mejor que escuchar el más tenebroso tema de los Black Sabbath. Estoy Muerto brillaba parecido a un diamente; el Pijo, por primera vez en su vida estaba más feliz que cojiendo o, en todo caso, cada chorro de sangre era un polvo que se echaba sobre su propio destino de mierda. Hasta el Itaka brillaba como un ángel. Y brindamos sobre esos ríos de sangre y fuimos hermanos para siempre, loco.

    Después supe que matamos 185 personas y que dejamos 33 tullidos para toda la siembra. La más grande matanza de la historia mundial de las matanzas hecha por cuatro grones solitarios. Desde Nerón hasta hoy.

    Cuando nos reunimos en la puerta del canal, afuera estaban todos. Como explicarte: estaba la tercera flota, los Montoneros en sus buenos tiempos, los lagartos, los gurkas y la hinchada de Chacarita.

    Ahí, Estoy Muerto se acordó de la película “Butch Cassidy”, en donde los dos pistoluquis salen a enfrentar a un ejército y la peli termina ahí, cuando salen, sin que se vea como los cocinan a balazos.

    Y Estoy Muerto dijo: que termine así, salgamos y que no nos demos cuenta de cómo nos dan un empujón hacia el otro lado de las cosas.

    Pero por algo yo, el Lacra, soy el capototal, lo más. Y además por algo también tengo un boga. El boga me dijo:

    “Morir no tiene apelación, Lacra. En este país se perdona hasta el genocidio, en este país son buena gente, gente compasiva. Entréguese, entréguese siempre…”

    Así que le dije que no al Estoy Muerto, que íbamos a deponer las armas. Pedimos la presencia de Augusto Conte, de las madres de la sapla, de Hugo Orlando Gatti, de Alvaro Alsogaray, de Pappo Napolitano. No vino nadie pero se llenó de ortivas, es decir, de periodistas y ahí les dio no se qué liquidarnos.

    Así que salimos, como pendejos de jarín de infantes, las manitos bien arriba cantando “Que se muera Dios” de los Sabbath y nos rendimos, loco, nos rendimos.

    Salimos en los pajerisores de todo el mundo, y los lustrabochas del cerebro hablaron pestes de nuestra salud. Los Dead Kennedys nos dedicaron un tema. Fuimos más famosos que la concha que parió a Cristo. Pero nada de eso nos libró de la reja.

    Aquí estamos. En la tumba, condenados por toda la farsa.

    Siempre me dio un reviro de tristeza ver a esos gatos de derpa, boludazos, medio capones, esclavos de una mano garda de morfi. O ver a esas plantas de maceta, de ecanute en ese zoológico vegetarismo de un pelotudito que se cree telépata de las plantas y les chamuya troladas.

    Bueno, la cárcel es medio así. Te van poniendo boludo.

    Los días y las noches llegan cuando ellos quieren que lleguen.

    Dormís y cagás cuando te dicen. Comés algo si les sobra algo o si sos ortiva. Podés cojerte algún preso o hacerte la puñeta o fumarte un caño o hablar pajerías todo el puto día.

    Lo único bueno es la noche, cuando te dormís y soñas que sos libre. Soñás que entra Nippur de Lagasch con la banda de atorrantes de Lanús: Trolón, El Peronito, Jeringa, Trolón II y la Anarconda y que te abren la puerta del infierno y que salís y que te das un nariguetazo de sol y que otra vez estás ahí con ganas de romperle el orto al mundo.

    Es bueno soñar porque a veces los sueños se hacen realidad.

    No siempre como vos querés, porque eso depende de que el hijo de puta del capo de todo lo que existe haga parar la bolita de la ruleta en el número que, de puro pedo, vos jugaste y, sin darte cuenta, hiciste saltar la banca.

    Capaz que los cagás a todos y vos tomás la batuta.

    Andá a saber.

    SEGUNDA PARTE

    LA VENGANZA DE LOS CHACALES

    La fuga.

    Algún día siempre llega. Claro, si vos lo estás esperando.

    Porque la gente vive la opereta de la vida como si fueran extras. Hacen número, van a la guerra o a la cancha conformándose con el pan y cebolla de la gloria. Les pagan poco: los dejan comer, cagar, dormir, echarse un mal polvo y en el medio les enseñan 200 palabras para que las usen para decir siempre que sí.-

    Hay otra gente, que descubrió el curro, y se hace almacenero. Aprenden a ganar mosca, a ganar concha o pija o a tener un poco de suerte en el escenario jeropa de la fama. Un día cualquiera, por suerte, se mueren de un paro en el bobo o desaparecen en el chupadero del cáncer.-

    A mi me gustan los que viven la vida como si fuera una cárcel y se la pasan durante toda la lunga historieta haciendo un agujero en el paredón de la vida para escaparse a la muerte.

    Nosotros, los Chacales, somos de esos.
    En Caseros, tratábamos de hacernos los boludos pero no lo creían ni las pulgas que en vez de picarnos nos daban besitos. Los demás sopres nos esquivaban como si fuéramos charcos de lepra.

    Los pesutis, para no hacer papelón, se mudaron al polo norte de la tumba. Los covanis nos tenían tanto cagaso que si decíamos que queríamos mear, abrían la boca bien grande.

    Nos habíamos mentalizado para bancarnos la reja. Si te hacés la cabeza podés vivir doce años adentro del sócalo. El que menos se lo bancaba el Pijo que te3nía terribles pesadillas y empezaba a confundir culo de sopre con concha de rubia. La única manera era alimentarlo a puré de lexotanil para enfriarle la calentura.

    No podíamos ni hablar entre nosotros porque los quías nos vigilaban hasta cuando cagábamos y escuchaban el ruido de la soretada caer en el agujero. Esperábamos. Cualquier cosa: la tercera guerra mundial, la invasión extraterrestre, el retorno de la guerrilla o un descuido de cualquiera de los covanis. Pero la viigilancia no se relajaba, la orden era marcarnos de cerquita por toda la eternidad.

    Estoy Muerto hizo un curso de sogas, limas, túneles pero yo sabía que era al dope, el único yeite era inventar una que nunca hubiera sido inventada y que al patentarlo te tomás el piro.

    Y así fue, algún día un día llegó.

    El juez nos mandó llamar por quincuagésima vez. El quía estaba enamorado de nuestro caso y entró en una de acostar jurisprudencia. Yo había dado la orden de hacer un silencio más impenetrable que el Matto Grosso. No declarar poronga ni una. Nos llevaban al palacio del simulacro dos o tres veces por semana. Ibamos custodiados igualito que Reagan.

    Trescientos patrulleros y un carnaval de sirenas policiales que ponían sobre aviso a la gilada; “¡Ahí van los Chacales!- gritaba el boludaje cuando veía la murga azul enfilando para el centro.

    Aquella última vez no fue un día como todos.

    Hay veces que el día de pasado-mañana le hace un guiño al día de ayer y entonces vos sabés hoy lo que te va a pasar mañana. Y ese día, cuando nos subieron al bondi de la colectividad de los afanados del mundo y, vimos las caripelas, la alarma de fuga nos recorrió el espinel de la dorsal igualito que cuando una trucha se engancha en el anzuelo de un pescador.

    Y así llegamos al laberinto de Tribunales, con la misma sensación que tiene un coquero cuando ve llegar al diller.

    Nos cargaban de cadenas igual que a King Kong. Y nosotros íbamos llevando el bocho, que es la caja de la mirada, bien apuntado hacia el sopi cosa de que los ratis no vieran las ganas que teníamos de destriparles la vida.

    En cuanto entramos al juzgado, vimos que la cosa había empezado. En lugar de la atorrantita frígida de la secretaria, estaba la Anarconda disfrazada lo mejor que pudo de persona normal. El pinche era Trolón y el secretario del juez era el mismísimo Peronito.

    Toda la atorranteada de Lanús había participado del operativo rescate. Se habían caído (un ácido como corresponde para tales eventos) en el juzgado y después de encerrar al forraje leguleyo en los armario ocuparon sus lugares.

    El problema fue que no pudieron representar una obra muy realista que digamos. Más que actores de una peli de Sandrini, parecían zafados de “The wall”; así que los ratis se avivaron al toque. No les sirvió de mucho porque en cuanto intentaron sacar sus pijas calibre 45, los sumergimos en las cálidas aguas del sueño eterno.

    Fue darse un saque de un par de mogras por nariz, para que los Chacales entraran en ritmo: vestirlo al Itaka con su armadura de guerra, usarlo al Estoy Muerto como bolsa de pan para llenarlo de cuchillos, disfrazarlo al Pijo de naca y hacerles unas caricias en la nuca a los ratis que esperaban en la puerta; todo hecho en el mismo tiempo que vos tardás en decir la palabra Sorete.

    Lo que fracasó fue el papel del Pijo. El quía no tenía pasta de actor y, en cuanto lo vieron bajar las escaleras asfixiado y asqueado en su disfraz de rati, hicieron sonar todas las alarmas.

    Eramos una patota terrible así que ahí mismo decidimos separarnos. Peronito, Trolón y Anarconda se hicieron más que humo, pedo y se mezclaron con la gilada.

    Y nosotros, la chacaleada, como una avalancha mortal, nos arrojamos por las escaleras que dan a la calle Talcahuano y enfilamos hacia Corrientes usando al Itaka como punta de lanza de nuestro ataque. El looque del Itaka era tan espeluznante que hasta los nacas se hacían cocó en los pantalones. Otra que Terminator o la pendejada de Allen, el loco era un misíl ambulante y le salían balas hasta del agujero del orto.

    No fuimos bilardistas, más bien monottistas: todos al ataque y al arco que lo cuide magoya.

    Tarde nos dimos cuenta que Peronito como estratega es lo mismo que haberlo puesto a Borges de centroforward. No hay nada que lo aburra tanto al Peronito que tener que unir siete ideas en su cabeza. Cuando juntó las siete se le escaparon las dos primeras y así todo el tiempo.

    ¿De qué hablo? De que se olvidó de poner un piróscafo en la tapuer de la justicia cosa de tener un modo de zafar rapidito.

    Así que de repente nos encontramos corriendo por la calle Corrientes sin saber hacia donde joraca correr y rodeados de dos o tres mil giles desbandados que cacareaban como gallinas. La única que se nos ocurrió fue hacer quilombo.

    Estoy Muerto aullaba igualito que un dinosaurio cojiendo; Itaka, que tenía la orden de no matar a nadie, disparaba sus cañones apuntando apenas arriba del terror de la gentuza. El Pijo aprovechaba la corrida para ir degenerando a las pendejas que pasaban.

    No habríamos llegado muy lejos de no ser por la repentina aparición de la muchachada del MAS que venían protestando en contra de alguna de las ocho mil chotadas que se mandaba el radichaje. En cuanto los rebeldes con camiseta nos vieron y vieron a la yuta que por atrás, cobardemente, se preparaba para borrarnos de este valle de excrementos, se abrieron como un embudo y nos tragaron hasta el centro de la panza de su ejército protestador.

    Y así nos fuimos derramando, como una dulce diarrea estival, sobre las calles de la ciudad, avanzando hacia el Congreso y aprovechando la caminata usábamos a la barra brava de los troskos como vestuario: al toque nos convertimos en ardientes bolches.

    -“¡Juicio y castigo a los culpables!”- gritamos furiosamente cuando zafamos de la marcha y nos zampamos en el subterráneo Retiro-Constitución. El viaje por la cloaca fue tranqui y caretón. Para hacerla completa, sostuvimos a los gritos una discusión marxista, tema del que ninguno de nosotros tenía la más puta idea pero que como la mayoría de la gente tampoco, sirvió para empezar una polémica digna de ser televisada, en cadena, a todo el ispa. Como a la gilada les encanta el chamuyo al dope, nos bajamos en la estación San Juan y los dejamos entreverados en la parleta. Parecían catorce mil gatas peludas apiñadas en la corteza de un árbol de ciruelas.

    Y nosotros, puteando bajito, nos hicimos humo hacia el escondrijo.

    La venganza

    El Papa, ese gran hijo de dios, nos salvó cuando ya nos tenían contra las cuerdas. Si bien el refugio del Peronito era bastante inexpugneta, en cuanto se pusieran a rastrillar en serio nos enganchaban.

    La llegada del polaco errante distrajo la mirada del referí Troccoli y a pesar de que el botonaje televisivo nos siguió dando con un bazzoka, (comparado con nosotros, Charles Manson aparecía como un buen candidato al premio nobel de la paz), pronto dejamos de ser primera plana de las ganas de distraerse de la gente.

    Así que con la mosca que nos quedó por reventar dos loquis de blanca nos compramos pilcha, un par de guitarras y nos fuimos a Mar del Plata disfrazados del grupo de rock “Cáncer & Sida”. Nos alojamos como bacanes en un hotel de cinco soles y la troupe estaba completa: Anarconda de groupi, Peronito de representante, Trolón I y II de plomos y Jeringa como ortiva de prensa. Nosotros éramos la banda y formábamos así:
    Itaka en batería,
    Estoy Muerto en guitarra;
    El Pijo en bajo,
    y el que esto te vende en voz.

    Cuando la paranoia se tomó el buque me dí cuenta que la banda corría el riesgo de desintegrarse. Viste que no se puede vivir sin un plan. Te enganchás como una pantufla. Mucha frula, mucha conchita rockera moscardoneando, mucha pileta y morfi finoli de ese que no tiene gusto a nada. Se te empieza a engordar el cerebro, le sale zapán al alma y, sin darte cuenta, se te jubila la bronca.

    Pero no había caso de inventar una. No se me ocurría como seguir con el plan de secuestrar al presidente sin caerse del primer peldaño. El boga fue muy claro:

    -Quédense tranquilos un tiempo hasta que la ley vuelva a echarse una siestita. Si salen ahora, son boleta…

    No hay nada peor que estar de vacaciones en medio de la guerra.

    Hasta el Pijo se acostumbró a tener conchita fresca sin tener que recurrir a la violeta. Le salió barriga a la pija y coger se le puso aburrido. Itaka era un viejo tanque oxidado, un panzer atascado en el barro de champagne con frula.

    No podíamos ni salir del hotel. Un día fuimos a la playa enfundados en un disfraz de turista careta (sombrilla, anteojos negros, silla plegable y todo el curro) y hasta las boludas de las gaviotas nos sacaron la onda.

    Como líder yo me esforcé por conservar no te diría la imagen sanmartiniana pero si mengueliana de mi mismo. Me sentaba al borde de la pileta saboreando con cara de asco mi vodka con gancia, y ponía mi mirada fija en esa pajería infinita que es el cielo, con cara de estar gestando el mayo francés. La verdad: mi cabeza era un envase hermético y sellado al vacío de nada. Encima Estoy Muerto y Anarconda entraron en una de romancear y andaban enroscados dandose esos besuqueos pegajosos que no apuntan a que todo termine en cojinche sino en la chitrulez del cuchicheo. Así de podridas estaban las cosas cuando el Peronito que no sé si te dije que desayunaba, almorzaba, tomaba el té y cenaba con ácido y que ya no tenía lo que se dice una mente o un alma o lo que carajo sea lo que hay en la parte de adentro de las personas sino más bien un manicomio con todos los psiquiatras y enfermeros en huelga; te decía que así estaba la onda cuando el Peronito entró en una de tomarse en serio su papel y le consiguió un contrato a la banda “Cáncer & Sida” para tocar en un boliche rockero en el centro mismo de la Infeliz.

    Como explicarte: los únicos instrumentos que cualquiera de los chacales sabían usar eran ametralladoras, pijas, navajas o camiones.

    -No hay problem- dijo Peronito haciéndose el Grinbank- se suben ahí y sacuden las guitarras, a la pendejada le copa el ruido. Llevamos unos cuantos perros y los destripamos en escena, onda Kiss, viste…

    No me pidas que te cuente como fue que entramos en ese delirio del Peronito. La cuestión fue que al otro día estábamos ensayando un tema que compuso Estoy Muerto y que se llamaba “El rock de los chacales” y que era así:

    “EL ROCK DE LOS CHACALES” (Por Estoy Muerto, arreglos de Itaka)

    Cuando los pájaros oscuros te vengan a buscar
    no intentes escapar;
    si encontraste aquello que tantos años perdiste en buscar
    no creas que no te vamos a matar;
    en el escenario, en la cama, en la ruta, en la tumba
    igual te vamos a encontrar

    Estribillo

    En tu cielo, a volar
    Te vamos a matar (2 veces)
    En tu noche, a soñar
    te vamos a matar (2 veces)
    En tu lucha, a ganar
    te vamos a matar (2 veces)

    Cuando los pájaros oscuros te inviten a volar
    no intentes imitar;
    aun cuando parezcas un gran tipo dispuesto a delirar
    igual te vamos a matar
    te voy a enseñar que no vale la pena simular
    te voy a destrozar

    (se repite estribillo)

    Cuando los pájaros oscuros te obliguen a cantar
    sabrás que nunca supiste vibrar
    que nunca me pudiste engañar
    que te voy a asesinar

    (Final con estribillo)

    Improvisar aquel tema nos recontracopó y a pesar de que sacábamos que era una pajería subirse a la candileja para cantarle el arroró a la pendejada, nos mandamos al recital parecido a un aprendiz de torero que, en el debut, sale a torear un mamut. Andá a saber como mierda, pero el recital de los “Cáncer & Sida” fue un lleno completo. Más de mil jopendes se pusieron con los siete pinguinos de la entrada para ver a una banda que nunca había existido y que, además, después de esa noche, no iba a existir.

    El boliche era un velorio moderno: esa onda epiléptica de las luces estroboscópicas que te convierten en una fotografía en negativo de vos mismo y todo ese clima de resaca que hace que la gente no tenga ganas de chamuyo ni de coger, ni bailar y ni siquiera de tirarse un buen pedo.

    Pero eso es problema de la gilada, a mi lo que me jodió fue lo que le pasó a los Chacales: en el camarín, de entrada se pusieron en super-estrellas. Que decirte, imbancables. Entraron en una de esas troladas de creerse que salir al escenario a batir cualquiera, era una. El Pijo que cuando coje no está nervioso, Estoy Muerto que cuando deguella no siente un placer especial estaban histéricos como si les fuera la vida en la pajería que íbamos a hacer.

    Cuando entró Charly García al camarín para desarnos suerte fue lo máximo. Casi se ponen a gritar como conchas groupies “¡Ay Charly, Charly…!”.

    Ahí fui ejemplo. Puse sobre el vidrio una carrera tan larga que ni la liebre ni la tortuga ni el campeón mundial de las maratones y ni siquiera la nariz de Caputo podía llegar a aspirar sin respiro, sin parar y en 30 segundos. Y yo lo hice. Me dí un saque de un metro de largo, yo, nada menos que yo que no me gusta snifar. Porque la vieja puede ser puta, pero la nariz es sagrada porque por algo el aire eligió entrar y salir por ahí y no por el orto.

    Y así, careta de alma pero reloco de bronca, empujé a la manada al escenario.

    Viste que los buenos negocios los inventaron los yanquis, bueno, yo creo que la casualidad la inventaron los yanquis, porque no puede ser que pasara que justo cuando empezamos a tocar el único tema que sabíamos y que después andá a saber lo que le íbamos a tirar a la gilada para que se bancaran pagar 7 palos por ese bardo; no puede ser que justo entrara la yuta a pedir documentos al boliche. Eran los pesutis de civil, de los que no sabés a que vienen, si a robarte todo o a exigirte que devuelvas todo lo que vos robaste. Eran como siete y se desparramaron por el área penal buscando la falta. Tenían esa jeta mal parida de los canas de civil, pero había uno que otra que Itaka, era el recontraitaka. No tenía una cara, sino un tic, el tic de la muerte. Cancheros, se fueron desparramando po rla pista evitando el orsay. Y ahí se armó.

    Yo lo tenía al lado al Estoy Muerto y le ví la transformación, otra que el tal doctor Jekyl. El quía dejó de tocar y al toque, como en una jugada pensada pero no, todos paramos. Se hizo un silencio choto. Estoy Muerto, más duro que la poronga del Pijo, le puso la mirilla telescópica de su mirada al recontraitaka. No se cuantos momentos pasaron en ese momento pero en lo que duró esa pijada de instante sé que el Itaka se levantó de su asiento, el Pijo se descolgó el bajo, yo tantié la granada que siempre llevo en mi bota y ahí el Estoy Muerto dió un paso adelante y dijo aquella frase gloriosa…

    -Rata, que te pasa, rata…

    El rati recontraitaka no lo pudo creer. La pendejada disfrazada de punkie no lo podía creer. Los demás ratis no lo podían creer.

    Y un invisible pasillo se abrió entre ellos. Se cojieron, se destriparon, se mataron con los ojos. Estoy Muerto y el rati solos, mirándose en aquella. Y solamente ellos dos supieron antes de los demás quien había ganado la pelea. Estoy Muerto empezó a reírse, si podemos decir risa a ese carajudo escalofrío que le brotó de la cara y que rasgó el silencio como una navaja y mientras reía bajaba del escenario y caminaba hacia el rati. Y la risa fue el cuchillo que lo tajeó al naca. Y cuando estuvieron a la misma distancia que una estampilla pegada al sobre, el cana arrugó.

    Yo sé lo que vió el rati en la mirada de Estoy Muerto. Vió que estaba muerto y que los muertos no tienen miedo y que a los muertos no los podés asustar con gilada. Y por eso me bajé del escenario y por eso bajaron también el Itaka y El Pijo que se dieron cuenta de lo mismo y dosos nos dimos cuenta que no teníamos nada que perder porque ya lo habíamos perdido todo y darse cuenta mató. Los Chacales volvieron, en un instante, a ser los Chacales.

    Nos pusimos los cuatro a la par, como en las Farwes, y sin armas en la mano, sin decir nada, ametrallándolos con los ojos hicimos retroceder a los ratis hacia la puerta. Uno hizo ademán de desenfundar la 45 y su gesto quedó congelado cuando el Itaka, casi en un susurro, le dijo:

    -“No”

    Fue la última palabra. No dijmos ni nadie dijo más nada. Hasta las moscas se quedaron moscas pegadas a la pared. Solamente se escuchaba el ruido de los pasos, de nuestros pasos y los de toda la pendejada que, casi hipnotizados, comenzaron a seguirnos. En la calle, los canas comenzaron a llamar por las motorolas. Pero nosotros ni bola, seguíamos caminando enfilando hacia la calle San Martín. Eramos como mil, todos en silencio, caminando como zombies hacia ninguna parte. Yo no sabía adonde íbamos, ni el Itaka ni el Pijo ni Estoy Muerto ni ninguno de los que caminaban atrás nuestro. Caminar así, sin miedo, sin que importara un joraca lo que iba a pasar al llegar a la esquina era lo más, era el título mayor, el diploma.

    A las tres cuadras éramos como tres mil que marchaban porque la gente se iba sumando. Nadie preguntaba nada, nadie sabía de que se trataba pero en cuanto veían la onda se prendían a la nave.

    La barrera policial estaba a la altura de la Jockey Club.

    Estaban con toda la parafernalia que se ven en las películas y también en la realidad: pistolas lanzagases, camiones hidrantes, palos y pistolas desenfundadas.

    Nos dieron la voz de alto y un minuto para desconcentrarse en caso contrario, la de siempre.

    Sin darnos vuelta, sentimos el escalofrío en la espalda. El miedo había despertado en la tripulación que se había colado en viaje. Allá ellos, me dije, que se jodan.

    Observé atentamente la tropa enemiga. Eran como 30. Pero yo buscaba al capo. Y allí estaba el ofiche, fumando, enfundado en un jetra elegante pero recaretón, ortivando por la motorola. Y me dije, a por él.

    Y comenzó a caminar.

    Atrás mío y, casi al toque, el Itaka, el Estoy Muerto y el Pijo respetando los centímetros de diferencia que hacían que yo fuera el capo y no ellos, me hicieron de retaguardia.

    El ofiche hizo apenas una seña y sentí que era como el “apunten” de los fusilamientos.

    Cuando el boga trató de aparecer en mi mente para aconsejarme rendición, tregua o alguno de esos chamuyos, lo borré de una cachetada.

    Recuerdo que pensé:

    Capaz que no vale la pena, capaz que siempre hay una mejor para hacer la escena principal de la vida, pero una vez, al pedo nomás, hay que probar para darse cuenta.

    Capaz que hasta no pueden con nostoros.

    Andá a saber.

    FINAL

    REPORTAJE A “EL LACRA”

    Este breve e histórico reportaje fue realizado en la alcaldía de Tribunales, pocas semanas antes de que se produjera la fuga de la feroz y peligrosa pandilla conocida con el nombre de “Los Chacales”. Curiosamente, el Lacra, el jefe de los pandilleros, accedió a esta entrevista y además narró algunas anécdotas de su vida que echan un poco de luz sobre la despiadada matanza que organizó. El cassette en que se grabó está a disposición de la justicia y de todos los estudiosos que quieran escucharlo.

    ¿Porqué aceptaste que te hiciera un reportaje?

    Para decir un par de giladas, para aburrirme menos…

    Pero no se lo diste a “La Semana” o a “Gente” que supongo te deben haber ofrecido mucha plata…

    Vos sos medio ratón, mucha plata para mí es mucha plata… tu revista es una pajería como todas las otras. Yo leí algunos libros no te voy a negar, en este país no te queda otra que terminar leyendo. Estoy Muerto peor, se leyó todo. Pero leer no está con nada, uno lee cuando anda al dope… tu revista encima le hace el bocho a la pendejada…

    Bueno, ustedes también pueden ser un ejemplo para los jóvenes, un ejemplo violento, en la onda “matar por matar”

    ¿Matar a quién? Cuando vos matás a alguien que es alguien es como echarse un polvo. Esos tipos que matamos nosotros no los matamos nosotros, ya estaban muertos, eran de cartulina. Es lo mismo que echarse un polvo sobre un cadáver, vos sabés que estás sólo. O me sentí solo mientras los mataba…

    Pero no podían darse cuenta antes, por ahí mataban a alguien que “estaba vivo”…

    Mirá, si vos no querías morir no ibas a estar ahí justo cuando la muerte te vino a procurar… el tipo que sube a un avión que se cae es un tipo que subió al avión a caerse…

    Sabés que entre el centenar de muertos…

    Fueron 185…

    … que entre los 185 muertos había algunos niños…

    ¿Y qué? Cuando el terremoto llega a un pueblo, el terremoto no golpea la puerta de la casa para preguntar: “¿Aquí vive algún niño?”, el terremoto agarra y se carga a todos…

    ¿Cuál era la idea de secuestrar al presidente?

    De eso no te digo ni mú.

    Entonces me gustaría que me contaras tu historia…

    De eso tampoco…

    Pero es una manera de comprender…

    Comprender un joraca, comprender es un verso de yuta, vos no querés comprender, vos queres que yo te dé mi palo para poder decir “Ahhh, fue por eso!”…

    Creo que tenés razón, pero tengo la impresión que te dá temor hablar de vos…

    Temor es una palabra de miedoso. O tenes miedo o no tenés nada. Vos tenés miedo, ahora. Se te vé. Estás haciéndote el bueno para que no me raye. Y hastá pensás si el yuta que vigila llegaría a tiempo. No, no llegaría. Pero no te calentés, no pasa nada.

    Insisto con tu historia. Parte ya se conoce. “La Semana” prácticamente contó tu vida…

    Contó lo que le contaron, la vida de uno no la sabe nadie. Bueno el día que alguien la sabe ya no es tu vida…

    …reportearon a tu padre

    Yo no tengo padre. Un señor se echó un polvo con una señora y después escupieron esa cosa que fue su hijo. ¿Pero viste, Alien? Bueno, de ese coso que era ese hijo del polvo de la señora y el señor, a esa cosa se le abrió el bocho y salí yo graznando (ríe)… yo soy el hijo de mi propio polvo…

    Tu padre… o ese “señor” como vos lo llamás contó cosas de vos… contó, por ejemplo, que estuviste secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada cuando tenías 14 años e inclusive el abogado que te defiende va a fundamentar en tu defensa las profundas alteraciones mentales que esa experiencia produjo…

    Boludeos… ¿Sabés como fue? No fue como lo contaron en “La Semana”. Yo estaba laburando de cadetón en un estudio de abogacía. Sí, ese medio gil, todavía no era yo. Y bueno un día aparecieron los quías de la capucha. Venían por los bogas y de yapa me llevaron a mí. Pero no me podían soltar y tampoco se coparon en una de borrarme del pizarrón. Fue una gilada, tenían que haberme limpiado. Mirá el quilombo que tienen ahora…

    Estuviste dos años encerrado…

    Sí, pero no tanto de encerrado. De cadete de los bogas pasé a ser cadete de los milicos. Hacía de todo. Limpiaba los baños, limpiaba las celdas, cebaba mate. Entré en una de hacerles creer que me copaba. Morfaba con ellos, me reía como un ortiva de sus chistes boludazos. Y me dejaban andar por todos lados. Al principio no me animaba, pero después entre en una de ir a mirar las “sesiones”. Y ahí me fui dando cuenta de como era la cosa.

    ¿Y cómo es la cosa?

    Que el único lugar donde te pueden agarrar es en el dolor, que tenés que estar muerto en vida para que nada te duela, tenés que ver lo que es ver a untipo mientras lo convierten en nada, le arrancan el libreto de la zabiola. Creo que matar te lleva al otro lado, pero torturar te manda al carajo, más allá de todo, no sé adonde mierda queda eso. Habría que hacer como con las arañas, no preguntarse si es venenosa o no, pisarla al toque…

    ¿Conociste al teniente Astiz?

    Sí, era el chabón más pirado de ahí, el quía se creía Hoppalong Cassidy. Un día se me sentó enfrente y se mandó el filo de mirarme con esa mirada parecida al cubito de hielo que mandó al pique al Titanic. Y ahí hablamos la única vez.

    ¿Qué hablaron?

    Me dijo: “Vos te hacés el boludo”. Y yo, al toque: “Si vos lo decís”. Ahí el quía se echó a reír con la carcajada de un hacha y me dice: “Vos estás más loco que todos nosotros”. Y ahí me di cuenta que sí, que todos los que estaban ahí estaban en alguna, los chupados y los chupadores. Vos tenías que verlos., hasta los que les gustaba solamente mirar, se copaban en mirar cómo se le hinchaban las tetas o la concha a una mina o cómo saltaba una poronga cuando la cableaban. Después iban a hacerse la paja. Pero yo miraba y no me pasaba nada. Lo veía como una obra de teatro. Un día se cojieron a una nena de 12 años delante del drepa y el quía mientras se al recogía lo miraba al padre y cuando se echó el polvo se lo echó al viejo. El padre aullaba, lloraba, la nena gritaba y a mi todo me parecía un trip, bueno como en un trip, todo es una película.

    ¿Te comunicabas con los prisioneras

    No, me tenían desconfianza, para ellos yo estaba en el otro bando…

    ¿Hubieras hecho algo por ellos de tener una oportunidad?

    A “hubiera” no se lo llevaron preso porque nunca estuvo, así que es pajería hablar de lo que hubiera hecho…

    ¿Y cuando saliste, cómo fue salir?

    Un día me soltaron. Hasta comimos un asado de despedida. “Se va el pibe” decían todos. Fijate que cuando estaba adentro soñaba con matarlos a todos. Cuando salí se me cambió la cabeza, vi lo que pasaba con la gente…

    ¿Qué pasaba con la gente?

    No son gente, son ratas. Ni ahí. Las ratas capaz que mueren defendiendo a sus crías. Pero acá estos roñosos se dejaron llevar todo. Y después nadie vio nada. Y encima se olvidaron. Y encima ni siquiera se vengaron, se mandaron el bardo del juicio. Pero te cuento, cuando una vez vos arrugaste en una pelea, te queda para siempre. Les va a quedar para siempre. Eo que pasó ahí es un cáncer. Todos tienen cáncer y se los va a comer despacito. Y nosotros, los chacales, no vamos a matar asesinos, vamos a matar giles, a esas malas ratas, y lo vamos a hacer de puro cáncer que somos…

    Finalmente contaste tu historia…

    ¿Vos creés?.. Andá a saber.

    (Contratapa del libro)

    “No Future”, de The Partisans estalla en mi cabeza mientras escribo esto. Es la música apropiada para esta Banda de los Chacales, para los miles de Chacales que existen en esta ciudad. Para estos Chacales que son lo más de todo lo que se ha leído en los últimos tiempos. Serán suceso, no me cabe duda.

    En una ciudad en la que por cada policía muerto, doce civiles son acribillados; en un país en el cual 23 capitanes sublevados de Campo de Mayo volverán a estudiar en la Escuela Superior de Guerra el año que viene; en un territorio en el cual la economía va de mal en peor a pesar de los técnicos y su palabrerío traidor; donde la moral y los ánimos andan para el Rejoraka; la aparición de esta Banda de los Chacales es un alivio, un llamado a la razón, un deseo multitudinario.

    Para mí es un gran orgullo cubrirles las espaldas al Pijo, al Itaka, al Estoy Muerto y al Lacra. Para mí esto es la cúspide de mi notable ccarrera.

    Y lo único que les puedo decir es que compren esto, no sólo porque es lo mejor de la literatura porteña, sino también porque de algo tenemos que vivir.

    Larga vida al rock´n roll y buena muerte a los Chacales.

    Helmostro Punk

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