Heliópolis. Visión retrospectiva de una ciudad – Ernst Jünger

Heliópolis. Visión retrospectiva de una ciudad – Ernst Jünger Libros Kalish

Estado: impecable.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $600.

Heliópolis es la primera gran novela de Jünger del período de postguerra. Tras la parábola anti-hitleriana de Sobre los acantilados de mármol, y antes de la escéptica recapitulación global que desplegaría en Eumeswil, el escritor, en Heliópolis, construye el modelo de una sociedad en crisis, desgarrada entre la legitimidad conservadora y la legalidad del poder popular. Utopía negativa, centrada en el fracaso del personaje central, cuya creciente conciencia de la imposibilidad moral de adherirse cualquier alternativa concreta le impulsa a buscar en lo intemporal una armonía superior. A la vez poema y apólogo, Heliópolis es una de las cimas del arte de Jünger.
Eros, la droga y la trascendencia
Julien Hervier
Ernst Jünger vivió 102 años. En su juventud se unió a los Wandervögel, un movimiento de principios radicales posteriormente adoptados por el movimiento Hippie. Durante la Segunda Guerra Mundial frecuentó los salones literarios y los fumaderos de opio de París. En los años ´50 entabló amistad con Albert Hoffman, el creador del LSD, y luego de sus primeras experiencias psicodélicas publicó Visita a Godenholm (1952). En 1970 publicó Acercamientos. Drogas y ebriedad, su gran obre sobre las sustancias psicoactivas. 
La conversación que reproducimos a continuación es el resultado de una serie de entrevistas realizadas para la radio alemana en ocasión de los noventa años del nacimiento del escritor. 
Julien Hervier: Hablábamos, a propósito de los Acantilados, de la importancia del Reino de las Mares. Al contrario, parece que hasta la Boudour Péri de Heliópolis, las mujeres jóvenes desempeñaron un papel débil en su obra. ¿Debe verse en esto un viraje significativo de su evolución?
Ernst Jünger: Sí, sin duda es posible sostener que es un síntoma. En mi último, que es una especie de novela policíaca, una mujer del siglo XX que se anuncia, o del siglo XIX que termina, desempeña igualmente un papel importante. Es pues, una tendencia que se ha marcado claramente.
JH: En Eumeswil, la pequeña Latifah es completamente encantadora.
EJ: Seguramente, hay a menudo reminiscencias personales que vuelven a cobrar vida y encuentran expresión en una figura novelesca. En efecto estaba en el hotel de Agadir, y era necesario que me hiciera cortar el pelo. Una pequeña árabe muy joven lo hizo con tal destreza que le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Latifah y me serví de ese nombre.
JH: Usted se ha interesado en el erotismo de Henry Miller, a quien cita en particular en Paso de la línea.
EJ: Si se trata de una pornografía -aunque no querría ciertamente aplicar el término expressis verbis a Miller-, ésta siempre ha existido. Pero ha progresado considerablemente en la medida en que la publicidad se ha apoderado de ella. En otros tiempos se vendía en secreto, mientras que ahora ha adquirido derecho de ciudadanía en la gran literatura, aunque yo no la considero alta literatura. Cuando estaba en París, mi amiga Banine -una caucásica que se llama realmente Oum el Banine y se ocupa todavía con un gran cuidado de mi correspondencia francesa- había atraído mi atención sobre Henry Miller que, incluso en París, aún se difundía en forma confidencial. Ella me había dado una o dos novelas… Trópico de Cáncer, creo, y tuve la impresión de que Miller tenía una idea muy justa. Contra el mundo de las máquinas y de sus terribles destrucciones, es necesario reaccionar de manera ofensiva; y una fuerza muy grande, tal vez la más fuerte de todas, es Eros. Miller desprecia pues el mundo técnico y se abandona a Eros, pero es la serpiente que se muerde la cola: en otros términos, yo diría que ha puesto sus caballos al revés, en la medida en que la sexualidad toma en él un cariz mecánico, lo que le resta todo su encanto. Es necesario que subsista en el erotismo un elemento numinoso, si no, todo cae en el puro automatismo y el mundo técnico encuentra en ello la ocasión de triunfar. En todo caso cuando aquí, en Alemania y por todas partes, se ha extendido ampliamente la libertad de describir situaciones y hechos sexuales, tengo la impresión de haber resuelto ya ese problema en París, en 1942. Por otra parte, sería verdaderamente una lástima perder el encanto que ejerce siempre cierta ocultación.
JH: Usted escribe justamente en Paso de la línea: “El segundo poder de las profundidades es Eros; allí donde dos seres se aman, sustraen una parte de su terreno al Leviatán.”
EJ: Eros es uno de los poderes fundamentales. Afrodita y Dionisos: he allí las dos fuerzas que todavía se toman en serio hoy. Se celebra aún a Dionisos en la menor taberna. La irrupción de Dionisos debe de haber sido algo monstruoso, la irrupción del vino en el mundo griego, el Asia Menor, con sus prodigiosos cortejos. Entretanto, el vino ha sido domesticado; pero en aquella época el vino debió tener una influencia semejante a la que ejercen hoy, aunque en un grado menor, el LSD y las drogas del mismo género: a saber, la instauración de un vínculo inmediato con potencias divinas. Cuando se leen textos sobre las escenas orgiásticas, las mujeres que bailaban con cabezas cortadas, se está constreñido a confesar que el fenómeno debió presentar un peligro extremo hasta que fue dominado y el vino adquirió un valor sacra-mental. La relación con lo cultural es, por lo demás, absolutamente apropiada en el caso de las drogas, el péyotl, etcétera.
No deseo extenderme demasiado sobre este capítulo, pero como tengo correspondencia con químicos que están muy al corriente de la cuestión, tengo también la sensación de que, en el escenario de las drogas, han cambiado muchas cosas. Ciertas drogas que tenían, podría decirse, un efecto expresionista, han evolucionado hacia acciones más suaves y más impresionistas. Pero es arriesgado hablar de estas cosas, pues es posible dar con oyentes sin vocación para entenderlas.
JH: Aunque con Aproches usted haya consagrado un libro entero al problema del vino, de la ebriedad y de la droga, ¿su actitud actual habría vuelto más bien a una puesta en guardia?
EJ: Este es un terreno extremadamente escabroso. Mi interés por la droga me ha valido diversas dificultades. Pero tomo la droga muy en serio como para pensar que se puede hacer de ella un hábito y utilizarla como una especie de cigarrillo. En este dominio, mi ejemplo son los mexicanos, que no la consumen todos los días, sino que se reúnen en ciertas ocasiones para darse a ella con un propósito cultural. Por eso el cristianismo ha debido trabajar tanto para convertirlos. Decían a los misioneros: “¿Qué hemos de esperar de su Cristo? ¡A nuestros dioses los encontramos muchas veces, los vemos, nos sentamos a la mesa con ellos!” Qué grandes intuiciones pueden entonces salir a luz, estoy íntimamente persuadido de ello, pero esto no le está concedido a cada uno de nosotros. Tal vez sea entonces deseable entregarse a un iniciador, a un gurú o a un sacerdote que ayude a asegurar el modo de proceder, en lugar de lanzarse solo, a ciegas, al peligro: quien se lanza allí sin precaución se juega en ello la vida.
JH: ¿No es también ese género de intuiciones el que busca usted en el sueño?
EJ: Debo mucho a los sueños y los he observado mucho; en mi opinión, la vida del sueño se hunde a mayor profundidad que nuestra visión diurna del mundo.
JH: Usted hablaba, a propósito de sus padres, del don de usted para encontrar a los muertos en sueños.
EJ: Sí, pero ¿es verdaderamente un don o es más bien una capacidad receptiva? Le decía que sucede algo extraño con los muertos y las casas con las cuales sueño. Me encuentro con ellos en las casas que fueron desde hace mucho tiempo destruidas por las bombas; sueño eso durante diez años y después ya no. Me digo que en este caso debe haber una supervivencia póstuma de los seres y de los lugares que después desaparecen. Esto es lo que ha ocurrido con mi abuela. Me encontré a menudo con ella en su casa, pero esto es raro hoy, como si hubiera una segunda existencia que también se debilita poco a poco y acaba por desaparecer completamente. Esto tiene algo de fantasmal.
JH: ¿No dice usted que hay momentos privilegiados para esas apariciones de los muertos?
EJ: En efecto, esto es muy sorprendente; aparecen en ciertas épocas, durante las doce noches que van desde la Navidad hasta después del primer día del año. Es una experiencia que conocen muchas personas, pero a la mayoría no le gusta que se hable de ello en esa forma. Acerca de este tema trata Visita a Godenholm. Se funda en una experiencia real; en cierto momento, la luna se levantaba y tuve la impresión de una formidable irrupción.
JH: El personaje principal de Godenholm es el mago Schwarzenberg o Nigromontanus.
EJ: Sí. Reaparece a veces en mis otros libros.
JH: ¿Mantiene una relación con la realidad?
EJ: Exactamente como el gran guardabosques en Desde los acantilados de mármol. Son sueños que enseguida dan lugar a procesos narrativos. Pero después siempre se buscan las claves.
JH: Usted evocaba hace poco la relación de la serpiente con el Reino de las Madres. Es un animal que ocupa en el universo de usted un lugar absolutamente privilegiado.
EJ: La serpiente tiene igualmente una gran significación en / Nietzsche, que la nombra el más inteligente de los animales; ahora bien, si usted considera este animal sólo desde el punto de vista anatómico, es sorprendente notar que su cerebro está muy poco desarrollado en comparación con el de los primates. Pero manifiestamente, Nietzsche ha visto en ella una forma completamente diferente de inteligencia, la proximidad a la tierra. Nietzsche dice que lo peor es dudar de lo que la tierra quiere y justamente la serpiente sabe lo que ella quiere.
Además, la serpiente siempre me ha fascinado e impresionado por su ausencia de miembros, que constituye una aproximación a la perfección, pues todos nuestros miembros y todos nuestros sentidos son, de hecho, derivaciones de un estado de perfección. Puede decirse que nuestros sentidos son también derivaciones de lo que Angelus Silesius, por ejemplo, nombra el sentido, si además es posible percibir en el protozoario un gran poder concentrado en sí mismo. En los organismos monocelulares todavía todo está indiferenciado; en cuanto surge un pequeño punto rojo, el ojo, algo se separa del todo, a saber, la luz, y esto constituye ya el principio de una especialización. En cuanto desarrollo un sentido, retiro pues algo a la totalidad. Es el mismo fenómeno que se produce en el caso de un miembro. Por eso, el bios en su totalidad siempre tiene la tendencia a reconstituir un estado en que los miembros están excluidos. Así, todos los animales que se desplazan con una gran rapidez, los que se sumergen, nadan, vuelan, tienen la tendencia a replegar sus alas a lo largo del cuerpo, tienden a esta ausencia de miembros. Esto es verdad también en un sentido metafísico. El Buda en meditación mete casi en sí mismo sus brazos y sus piernas. La actitud de la plegaria consiste en cruzar los brazos y replegar las piernas bajo sí; no se dejan las manos abiertas, se juntan; es una reducción a un estado menos móvil pero más perfecto, al cual se tiende permanentemente. La serpiente constituye en sí un caso de reducción: a saber, un reptil que ha perdido sus miembros. Y por eso experimento ante él esa especie de inquietud fascinada.
JH: La Biblia abunda igualmente en sueños proféticos. ¿Conserva para usted tanta importancia como en los tiempos en que la leía durante la guerra?
EJ: De hecho, la Biblia tiene siempre algo que ofrecernos. Sin embargo, a veces el hombre se aleja de ella a mayor o menor distancia. Esto es exactamente lo que me ha ocurrido; desde este punto de vista, he mantenido una relación bastante típica con la Biblia. En la infancia, se vive la edad de los cuentos de hadas, con los tres reyes magos; todo esto reviste un significado muy personal. Pero más tarde —quizá hacia mis trece años—, cuando conocí el sistema de Darwin, creí que en lo sucesivo yo estaba muy por encima de esto: no quería oír hablar ya de todas esas historias de curas, como se dice cuando se es joven. Sin embargo, el proceso es el siguiente: en cuanto las cosas toman un giro apocalíptico, la Biblia recupera toda su fuerza sobre los hombres. Sin embargo, yo no llegaría a decir, de acuerdo con la expresión de Nietzsche, que me ha arrastrado hasta el pie de la Cruz. Pero de un solo golpe, la Biblia tiene más que decir a cada quien, ya que se encuentra ahí una multitud de situaciones fundamentales; Jeremías e Isaías, la transformación del mundo en desierto, la destrucción de Babilonia y de todas esas ciudades, se imponen plásticamente a la imaginación, tanto más cuanto se puede pensar én el aniquilamiento de Dresde. Es por esto por lo que me interesé particularmente en la Biblia durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la primera guerra, yo era todavía absolutamente ateo. Recuerdo que un día me encontraba ante una trinchera bajo fuego. Era necesario que yo la atravesara y pensé entonces que una plegaria hubiera sido buena en tales circunstancias. Pero me dije: “No; si no me he preocupado del buen Dios cuando todo iba bien, ¡sería mezquino reclamar ahora sus servicios!” En una palabra, durante la segunda guerra comencé una lectura de la Biblia, y la llevé a cabo dos veces. Por mi parte, prefiero las parábolas a los milagros, y todavía recurro a ellas cuando se presenta la ocasión. En líneas generales, procedo de acuerdo con el esquema siguiente: leo un capítulo, paso enseguida a la crítica; después refuto y rebaso mi propia crítica. Tomemos por ejemplo la resurrección del joven de Naïn, ese lugar sobre el camino de Jerusalén a Damasco por donde yo mismo he pasado y donde ocurrió el suceso… o donde se supone que ocurrió. En primer lugar pensé: “Ese hombre ha vuelto ahora al seno de Abraham; está en un estado bienaventurado. ¿Para qué hacerlo volver a la tierra? ¡Casi no tendrá motivos para alegrarse por ello!” Después me dije que no era un milagro sino una parábola y por lo tanto mucho más plena de sentido. El Cristo dice a la madre: “Tu hijo vive.” Y él vive en efecto allá arriba, en el paraíso. Pero los asistentes no lo creen. El Cristo debe entonces resucitar el cuerpo; se trata de un acto pedagógico. Por consiguiente, es necesario tomarlo por tal y atenerse a ello. Tal era más o menos mi manera de concebir la lectura de la Biblia, y debo confesar que me ha dado mucho.
JH: Las amenazas de apocalipsis que pesan de nuevo sobre la humanidad, ¿conservarían pues hoy todo su sentido en la Biblia?
EJ: Sí; pero debo confesar que, si considero a la mayoría de los representantes de nuestra tecnología actual, compruebo que casi no han entrado en la visión apocalíptica. Se preocupan más bien por cuestiones sociales, lo cual les concierne, en efecto, pero sólo de manera tangencial. Si todo esto debe estallar en pedazos, a uno le gustaría saber cómo deberá comportarse. Cuando leo los viejos libros de cánticos, es muy diferente:
“Si el mundo corriera a su pérdida,
¡yo entraría en el estado de gloria!”
¡Este género de cristiano ha llegado a ser muy raro! Lutero todavía era así.
JH: ¿Piensa usted entonces que es posible que nazca una nueva forma de religiosidad?
EJ: Se necesitaría que pasaran muchas cosas en las esferas superiores. En todo caso, esto no se producirá por un simple efecto de nuestra voluntad.
Hervier, Julien:Conversaciones con Ernst Jünger, pp. 37-44. Trad.: Hugo Martínez Moctezuma.Argentina, FCE, 1990.
GOCE Y EXIGENCIAS DE LA LIBERTAD
Antonio Escohotado
En la mitad matemática de este siglo, cuando su país empieza a reconstruirse, Ernst Jünger (1895-1998) redacta un breve libro, Der Waldgang, que aparece en francés al año siguiente con un título sugestivo: Tratado del rebelde. Andrés Sánchez Pascual, a quien debemos la tardía versión castellana (1988), demostró una vez más su competencia llamándolo La emboscadura; en efecto, Waldgang es un compuesto de Wald (bosque) y Gang (marcha, andadura). Abrumados por la derrota y la miseria, no menos que por su responsabilidad en el Holocausto, los alemanes inauguraban una democracia muy vigilada, escindidos en hermanos irreconciliables por exigencias de la Guerra Fría. Y en ese clima –de terror, confusión, verguënza y baño propagandístico- Jünger redacta un majestuoso himno a la dignidad humana.
Desde los antípodas del ánimo patético y el victimismo, recuerda que el tema de nuestra vida sigue siendo resistir a la opresión, sean cualesquiera sus formas, y que de mantener dicha resistencia se derivan innumerables alegrías y cumplimientos. Con todo, eso será cada vez más ilusorio sin consolidar una “nueva respuesta de la libertad”. Como dicha respuesta resulta ajena a las figuras hasta entonces preponderantes en el drama histórico -el Trabajador y el Soldado Desconocido, puntas del enorme iceberg representado por “las masas”-, recae ahora sobre una figura que Jünger bautiza como el Emboscado, cuya esencia es “la persona singular soberana”.
En contraste con el humano-masa, que huye del fantasmagórico bosque para embarcarse en vapores de lujo tan seguros como el Titanic, o rinde culto a Leviatán hacinándose en bloques presididos por antenas que “semejan el cabello erizado” de terror, los emboscados ni se ocultan la catástrofe ni aceptan su fatalismo. Independientes de fachadas y agrupaciones, quieren introducir libertad en la evolución, y atienden para ello a lo fundamental. “¿Es posible librar del miedo al ser humano? Tal cosa resulta mucho más importante que proporcionarle armas o proveerle de medicamentos. El poder y la salud están en quien no siente miedo.”
Quienes se esfuerzan por confundir este temor con peligros puntuales, rodeándose de guardaespaldas, galenos y enfermeros olvidan que “ni con las armas ni con los tesoros se conjuran las amenazas”. La única defensa es el cultivo de nuestra libertad, entendida como substancia que transforma el hado en historia, eligiendo los azares de la autonomía a las seguridades de la servidumbre.
De hecho, la libre acción es el único poder que vence al miedo, si bien sólo allí donde además de resistencia al soborno o a la coacción es también “placer”, disfrute de sí misma. La emboscadura examina diversas estrategias de guerrilla para oponerse a lo intolerable -aliado primario del miedo-, llamándolo “crueldad” o violencia gratuita. Pero funda esas emboscadas en la plenitud que acompaña a la libertad como goce, ya que sin una dimensión de “patria, paz y seguridad”, esencialmente intemporal, definida unas veces como Ser y otras como Ser Humano, la propia crueldad se hace invisible, difuminada en la niebla del temor inconcreto. O, peor aún, alimenta una fascinación por la pura violencia, articulada sobre el principio de que la propiedad es un robo, suscitando renovados “repartos de la injusticia”. Básicamente, se trata de saber que “los hombres libres son poderosos, aunque constituyan únicamente una minoría pequeñísima”. Su fuerza les viene de que hay Bosque por todas partes, y muy especialmente en la retaguardia del enemigo. Sin paralizarse ante la ubicua muerte, ni convertirse en sus sicarios, a esos emboscados incumbe discernir lo cruel de lo inevitable en cada caso, las relaciones de poder pasajeras y las permanentes. El cimiento sobre el cual están instalados es ser “personas singulares concretas” en colectividades tentadas por la masificación y rendidas al miedo, donde el apoyo de una mayoría sigue pareciendo necesario para defender lo común.
No obstante, lo verdaderamente común es aquella “base de la cual irradian las individuaciones”, y la minoría de personas soberanas es en realidad quien una y otra vez “dispensa ayuda” al conjunto, recordando que no hay excusa para postergar la humanitas, el respeto al prójimo y a uno mismo. De ahí que lucha y aquiescencia no puedan disociarse. “En las esferas de la medicina, del derecho y del empleo de las armas la decisión soberana corresponde al emboscado, quien tampoco en moral actúa de acuerdo con doctrinas, y se reserva la aceptación de las leyes […] Él decide su propiedad y el modo de afirmarla”.
Estas premisas son una declaración de guerra al gregarismo y a la propaganda, por no decir que una declaración de guerra a la autoridad coactiva en general. Pero resistir viene de que los emboscados se vacunaron contra el nihilismo –al expulsar de sus pechos el resentimiento ante la necesidad de morir-, y gracias a ello topan con fuentes de vida que ofrecen “manantiales de abundancia, veneros de poder cósmico”. Fuere cual fuere su suerte particular, “son conscientes de la inatacable profundidad […] y la plenitud del mundo”. Eso funda en ellos ánimos de benevolencia, como funda el amor de los padres propia estima en los hijos. Las líneas finales del libro, que resumen el paisaje deparado por el bosque, dicen así: “Lo grisáceo, lo polvoriento, se adhieren únicamente a la superficie. Quien cava más hondo alcanza en cualquier desierto el estrato donde se halla el manantial. Y con las aguas sube a la superficie una fecundidad nueva”. Esta certeza arraiga en el sentimiento, y es la buena nueva que sigue a la más terrible de las guerras.
Medio siglo después de enunciarse, el principio de la singularidad soberana forma e informa a nuestros hijos. Coexistir en grupos que no tienen soberanos distintos de sus miembros (siquiera sea nominalmente) es la ciudadanía, el “pueblo”, como único origen de legitimidad política. Por otra parte, la soberanía lleva consigo responsabilidad, conciencia del límite objetivo, y la propaganda sugiere aplazar personalmente esa asunción, seguir delegando en profesionales del mandato la articulación de cada yo con los otros cinco pronombres del verbo. Rodeado de ruinas, en 1950, Jünger escribe: “No hay duda alguna de que existe una vía legal que en el fondo es aceptada por todos.” ¿Cómo? ¿Una vía legal sin malentendidos ya desde el principio? “Es evidente” –añade de inmediato Jünger- “que estamos alejándonos de los estados nacionales […] y dirigiéndonos hacia unos órdenes planetarios […] Hay ideas, y hay también hechos, sobre los cuales es posible construir una gran paz”.
Sin embargo, no nos engañemos nosotros: la gran paz, la que sigue al retroceso del miedo, sólo alcanza “a quien ascienda moralmente un nuevo piso en el edificio del mundo”.

 

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Contacto:juanpablolief@hotmail.com

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