Solo un asesinato – Jim Thompson

Solo un asesinato – Jim Thompson Stephen King Juan Sasturain Libros Kalish

Estado: impecable.

Editorial: Ediciones B.

Precio: $300.

Joe Wilmot, un modesto empresario, gestiona la única sala de cine de la ciudad junto con su mujer, Elizabeth. Un día, Elizabeth ve a su marido besándose con Carol, la joven que se ha instalado en su casa para ayudarla. El matrimonio empieza a hacer aguas y Elizabeth accede a marcharse si Joe le entrega a cambio veinticinco mil dólares. Para hacer factible el trato, los tres urden un plan que consistirá en asesinar a una mujer anónima, dejarla en el garaje de Joe y después incendiarlo. Elizabeth deberá desaparecer y esperar a que Joe cobre los veinticinco mil dólares del seguro de vida. Todo parece ir sobre ruedas hasta que las cosas empiezan a torcerse: el inspector de la compañía de seguros prolonga su estancia en la ciudad más de lo previsto, Carol comienza a dudar de los sentimientos de Joe y una cadena de cines se dispone a abrir una sala en la ciudad que hará peligrar el futuro del negocio familiar.
JIM THOMPSON Y EL ASESINO DENTRO DE SÍ
Juan Sasturain
Nacido el 27 de septiembre de 1906 en Anadarko, Oklahoma, hace algo más de un siglo, James Myers Thompson fue siempre Jim. Para usar el «James» ya estaba su padre, corrupto sheriff del condado entonces, borrado en México en los años siguientes, petrolero tramposo en Texas después, figura ambigua y poderosa que, cuando murió en un asilo y comiéndose el relleno del colchón (sic) hacia 1941, dejó al hijo que empezaba su primera novela en deuda, culposo y absolutamente referido.
Todo no deja de ser un verdadero picnic psicoanalítico para los críticos que no se han privado de rastrear huellas autobiográficas en una obra —tres decenas de novelas concisas, violentas y inconfundibles— que es sólo y nada menos que la modulación obsesiva de unos pocos temas en unos contados escenarios: los lugares y oficios múltiples que conoció, poblados de asesinos cerebrales, alcohólicos y desgraciados marginales sin salida. Un mundo opresivo de personajes determinados por el contexto social y/o la fatalidad de una índole perversa. Nadie podrá olvidar al Lou Ford de El asesino dentro de mí, ni al Nick Corey de 1280 almas, los pavorosos y reflexivos narradores de sus novelas más emblemáticas, psicópatas confesos con el asesino dentro de sí…
Sin embargo, el testimonio de su familia —cuando murió en 1977 dejó mujer y tres hijos— y de quienes lo conocieron de cerca ha coincidido siempre en mostrar a un Thompson amoroso y solidario que sacaba de sí mismo, a la hora de ficcionar, oscuridades sin fondo. Acaso para mostrar la vigencia del postulado tácito en cada una de sus tramas: «Nunca nada es lo que parece». Maltratado por el tabaco y el alcohol precoces, hombre sensible a las inquietudes sociales de su tiempo e incluso adherente fugaz del ordenador en los treinta, el autor de las autobiográficas Chico malo y En bruto estuvo habituado a ver, desde siempre, la cara de la desgracia. Juan Carlos Onetti, buen lector de policíacas, debe haberlo tenido entre sus favoritos del género.
Una particularidad de la narrativa de Jim Thompson es el soporte que eligió para publicarla. Tras sus tres primeros intentos durante los cuarenta con la tradicional edición de tapa dura dentro y fuera del género criminal, a partir de 1952 y en algo menos de cuatro años, produce por encargo para la editorial Lion una serie impresionante de trece novelas en formato de bolsillo —publicaciones de 25 centavos—, que constituyen el corazón de su obra. Nadie en ese momento, excepto Robert Bloch y algún otro crítico, vio lo que estaba pasando ahí: Hammett ya fuera del juego, Chandler agotado tras El largo adiós, algo nuevo y salvaje que no era el fascismo de Spillane irrumpía desde la selva del kiosco.
Las ráfagas de bonanza que significaron para Thompson que el joven Stanley Kubrick primero lo eligiera —se confesó su admirador— para que metiera mano en el guión de la inicial policíaca Atraco perfecto (1956) y luego del memorable alegato antibélico de Senderos de gloria, con Kirk Douglas, al año siguiente, no alcanzaron para que su carrera despegara. Tenía cincuenta años, viviría veinte más, y mientras escribía ocasionalmente y sin demasiado entusiasmo para la televisión, el cine volvería a reclamarlo con adaptaciones —tardías— de su propia obra. Famosamente, Peckinpah hizo La huida con Steve McQueen y Ali McGraw en 1972, y Burt Kennedy —con menos ruido— El asesino dentro de mí en 1975. Pero él ya casi no estaba. Tampoco estaba, hacía rato ya, cuando Stephen Frears hizo una obra maestra con Los timadores. Le hubiera gustado el papel que hizo Angelica Huston, seguro.
Para leer a Thompson en castellano —para descubrirlo, bah— hubo que esperar más que con otros de su talla. Desde mediados de los setenta empezaron a difundirlo editoriales como Grijalbo y José Batlló. Después, el Club del Misterio de Bruguera. Ya avanzados los ochenta se lo tradujo masivamente, aunque no siempre con prolijidad: Cosecha Roja, de Ediciones B; Etiqueta Negra, de Júcar, y un par de colecciones más monopolizaron los títulos de Thompson. Y es durante esos años —la década inmediata a su oscura muerte en 1977— que se produce, también en Estados Unidos, su redescubrimiento. Él mismo lo había previsto así cuando, antes de morir, no había un solo título suyo en las librerías de su país.
En realidad, la fama de Jim Thompson, como ocurrió con la de David Goodis —con quien tiene muchos puntos en común—, fue un «invento francés». No es casual que el mítico Marcel Duhamel, director de la Série Noire de Gallimard, le tradujera su primera novela dentro del género, Sólo un asesinato —una prolija y bien escrita variación sobre el tema de El cartero siempre llama dos veces—, ya en 1950, un año después de su publicación original, y que después eligiera 1280 almas —insólitamente reducida en francés a 1275 âmes…—, una de las mejores y más emblemática de sus novelas, para celebrar el número 1000 de la colección, en 1964. Claro que para entonces lo mejor de Thompson ya estaba escrito.
También de Francia llegaron los tributos mayores y más respetuosos a la hora de ponerlo en la pantalla. En 1978 Alain Corneau hizo Serie Negra, su versión de Una mujer endemoniada, y el excelente Bertrand Tavernier ambientó en África las sordideces de 1280 almas en Coup de torchon. En los últimos veinte años —me entero por Javier Coma, que de esto sabe demasiado— no han dejado de llevarlo a la pantalla en su país, sobre todo a la chica.
Dice Max Allan Collins —uno que se hizo cargo de los argumentos de Dick Tracy a la muerte de Chester Gould y que sabe y suele escribir con autoridad sobre autores de novela policial norteamericana— que acaso Jim Thompson sea a James Cain lo que Chandler fue a Hammett. Si éstos, entre otras cosas, trabajaron sobre la figura del detective, le dieron humanidad, espesor y psicología. Thompson —como Cain— partió del otro lado del relato, de la fatalidad que lleva al crimen. No hay detective ni investigación, y la autoridad suele ser, precisamente, el asesino. Y ahí, paradójicamente, se cruza —en negativo— la sombra de David Goodis. El autor de Senda tenebrosa, El anochecer o Viernes negro contó sus maravillosas historias sombrías «desde la víctima». Y su paranoia tiene mucho en común, es el complemento exacto de los sádicos psicópatas de Thompson. Ambos, en esos coloridos libritos baratos que saturaban los kioscos yanquis de hace algo más de medio siglo, contaron como nadie la pesadilla en que devino ese sueño americano postergado sin término.
De todos esos textos feroces, acaso sea El asesino dentro de mí, publicado en 1952, su testimonio más elocuente.
Elogio del gran Jim Thompson
Stephen King
Si me obligarais a punta de pistola (recurso que me parecería justificado en vista de la cuestión que se debate), probablemente me las arreglaría para mencionar a veinte novelistas de primera fila asociados al género negro en menos de media hora. Por supuesto, dicho listado no reflejaría sino mi propia opinión; los puristas acaso no vieran con agrado la inclusión de escritores como Ed McBain y John D. MacDonald, si bien el listado también incluiría a nombres que sin duda complacerían a esos mismos puristas, autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross MacDonald, Robert Parker y demás. Si a punta de pistola me obligarais a mencionar a aquellos novelistas estadounidenses que en mi opinión han escrito grandes novelas sobre la mente criminal, mi listado sería mucho más breve; y además, resultaría que la mitad de sus integrantes sólo escribieron una novela: Theodore Dreiser (Una tragedia americana), Frank Norris (McTeague) y Elliot Chaze (Wettermark). Los tres autores que escribieron más de una novela de esta clase serían Shane Stevens, James M. Cain y Big («Grande») Jim Thompson.
¿Acaso Jim Thompson era físicamente grande? La verdad, no lo sé. Thompson provenía de Texas, Oklahoma o algún lugar parecido, así que yo me lo imagino como un hombretón. Con todo, los escritores muchas veces inducen a pensar en un locutor radiofónico sobrado de peso pero de vocecilla atiplada: quienes escriben la prosa más viril resultan ser, viéndolos en una fotografía, sujetos rechonchos y paliduchos con aspecto de peritos de seguros. Pero tanto da; para mí, Thompson siempre será Big Jim, y ello porque escribía a lo grande.
Punto éste que merece una explicación.
El escenario de sus novelas no tenía nada de grande o imponente; sus personajes raramente resultaban imponentes (con la posible salvedad de Doc McCoy, el protagonista de La huida)—, los mismos crímenes que relataba estaban a años luz de las conspiraciones a gran escala a que nos tienen acostumbrados el Chacal de Frederick Forsyth o los nazis resueltos a liquidar a Winston Churchill ideados por Jack Higgins. Los criminales descritos por Big Jim Thompson, al igual que los creados por James Cain o Shane Stevens, más bien vivían atrapados en un mundo reducido, enmarañado y marcado por el botín irrisorio y los líos vulgares. Pero, a la vez, los libros de Thompson tenían una osada, una asombrosa dimensión en lo tocante a la ambición y el riesgo artísticos, a su perspectiva agresiva y en absoluto complaciente. Edmund Wilson (quien asimismo escribió un ensayo estupendo, por vitriólico, pero desatinado a más no poder, titulado ¿Y qué importa quién asesinó a Roger Ackroyd?) en su momento dictaminó que El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain, no era sino el aspecto salvaje de los figones de mala muerte. El problema no radica tanto en que Wilson anduviera desencaminado como en que el comentario provenía de un hombre que apenas había puesto los pies en los tabernuchos y las misérrimas cafeterías de Estados Unidos.
En todo caso, los figones existían y siguen existiendo; los pueblos como el descrito sin misericordia en la novela 1.280 almas de Thompson existían y siguen existiendo; los delincuentes de baja estofa y los individuos perseguidos y desesperados siguen existiendo. Es posible que no cenen en el restaurante del hotel Waldorf, pero los profesionales de la intelectualidad y las mujeres menopáusicas que sí lo hacen tampoco son exactos representantes del mundo entero.
En cierta ocasión Wilson se metió con Nelson Algren, acusándolo de practicar «una literatura próxima a la cloaca», como si la mierda no existiera… Y sin embargo, quienes tenemos los pies en este mundo podemos atestiguar que sí que existe. Y que su ámbito no se limita a retretes y alcantarillas. A veces llega a desbordarse y a inundar las calles, las cafeterías y la psique humana.
Para mí, Big Jim Thompson fue y sigue siendo un escritor grandioso porque no le tenía miedo al elemento salvaje presente en las cafeterías, porque no tenía miedo a la mierda que a veces se acumula en los sumideros bajo las previsibles y conscientes relaciones sociales. Ningún paciente disfruta cuando el médico se pone el guante de látex y le pide que se agache y se quede inmóvil mientras lo examina… Lo que pasa es que alguien tiene que dar con esas irregularidades que pueden apuntar a la existencia de cánceres y tumores, cánceres y tumores que pueden existir en el intestino de la sociedad tanto como en el del paciente. Dreiser lo sabía, Melville lo sabía, B. Traven lo sabía, Dostoievski lo sabía. Thompson también sabía la verdad, que toda sociedad sana necesita una literatura formada por proctólogos tanto como por neurocirujanos.
¿Sabéis lo que más admiro de Thompson? Que el hombre se pasaba mucho. Thompson se pasaba, y en cantidad. A la hora de escribir, Big Jim no sabía lo que era la contención. Lo que habla de su extrema osadía: osadía para ver las cosas como son, osadía para reflejarlas en el papel, osadía para publicar unas obras como las suyas.
Sus novelas son aterradoras viñetas del dolor, la hipocresía y la desesperación existentes en tantas y tantas pequeñas poblaciones estadounidenses. Son novelas marcadas por una fealdad imponente, por un mal gusto que se diría triunfal. Thompson narraba unas historias tremendas, pero las historias tremendas están lejos de ser verdadera literatura. ¿Quién puede saberlo mejor que yo mismo? Lo que convierte a los libros de Thompson en literatura es su disección clínica de la mente alienada, de la psique trastornada hasta convertirse en una bomba de nitrógeno, de las personas cuya existencia recuerda a unas células enfermas e inscritas en el intestino de la sociedad norteamericana.
Thompson no siempre era bueno, pero cuando estaba en forma era el mejor de los escritores…, precisamente porque llegaba hasta el límite. El lector siempre acaba sumergiéndose en los enfebrecidos relatos de Thompson, relatos que progresan gracias a que el escritor piensa llevarlos hasta sus últimas consecuencias, por muy feo, perverso o desagradable que sea su final (quienes sólo conozcan la versión fílmica de La huida no tienen idea de los horrores existenciales que aguardan a Doc y Carol McCoy allí donde Sam Peckinpah decidió poner punto final a la historia).
Alguien tiene que examinar las heces de la sociedad; alguien tiene que describir esos tumores que repelen a los miembros más refinados de nuestra sociedad. Jim Thompson fue uno de los pocos que se atrevió.
Thompson está muerto y no ha sido reeditado con particular prodigalidad; sin embargo, no todos lo han olvidado. Gracias a Dios, es algo habitual. Los grandes escritores siempre parecen componérselas para seguir en el candelero. Razón por la que tenéis este libro entre manos, supongo. Y ahora, amigos, abrochaos los cinturones y echad mano a las mascarillas antigás.
Disponeos a adentraros en la oscuridad sin mi concurso, sin el de Eudora Welty ni el de John Updike, Truman Capote o Edmund Wilson. Vuestro acompañante es un verdadero maníaco experto en el lado oscuro de la naturaleza humana. Igual os da asco. Igual dejáis de leer, arrugando la nariz mientras soltáis una nerviosa risilla de horror. Lo que está claro es que el gran Jim Thompson no piensa detenerse… y mucho me temo que vosotros tampoco.
 Bangor, Maine, septiembre de 1985.
Otros libros relacionados disponibles en LibrosKalish:
La educación de un ladrón – Edward Bunker
Camino púrpura – James Lee Burke
Los Angeles confidencial – James Ellroy
1280 almas – Jim Thompson
El largo adiós – Raymond Chandler
El halcón maltes – Dashiell Hammett
La victima – David Goodis
Mátalos suavemente – George V. Higgins
Manual del contorsionista – Craig Clevenger
Bésame, Judas – Will Christopher Baer
No hay bestia tan feroz – Edward Bunker
Hollywood Station – Joseph Wambaugh
El poder del perro – Don Winslow
Sartoris – William Faulkner
Meridiano de sangre – Cormac McCarthy
Out – Natsuo Kirino
Sombra de la sombra – Paco Ignacio Taibo II
Santería – Leonardo Oyola
Pacto, s.a. – Les Standiford
Bajo los vientos de Neptuno – Fred Vargas
La sombra del cuervo – Joel Rose
Sopa de miso – Ryu Murakami
Canciones de sangre – Jake Arnott

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Jim Thompson, Juan Sasturain, Stephen King. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s