Cuerpo a cuerpo – David Viñas

Cuerpo a cuerpo – David Viñas Sebastián Hernaiz Andrés Tejada Gómez Libros Kalish

Estado: nuevo.

Editorial: Estanislao balder.

Precio: $200.

El enfrentamiento entre un general argentino y un periodista presuntamente sagaz es el núcleo de Cuerpo a Cuerpo. Pero, a la vez, condensa el conflicto entre el Poder y un escritor, disputa que se va exacerbando porque ni el militar y mucho menos el intelectual son de una sola pieza. Ambas figuras están cargadas de una ambigüedad que disuelve tanto el clásico combate de barbarie contra “civilización”, así como la relación que suele plantearse desde la víctima hacia el verdugo. Y a la inversa, Viñas, al trabajar en esta novela con mediaciones, equívocos y recíprocas complicidades, pone en escena una renovada versión del dilema que presupone mandar o escribir.
Historia, literatura y política.
David Viñas: De los montoneros a los anarquistas
Sebastián Hernaiz
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Para esta edición de http://www.elinterpretador.net, David Viñas nos facilitó un fragmento de un viejo libro suyo. Lo que publicamos es su final. Un final que es, al mismo tiempo, promesa de aperturas. En un doble sentido: por un lado, porque el libro se proponía ser el primero de una serie de diez tomos. Y por otro lado, y sobre todo: porque es un libro que arma y socializa la historia de aquellas formaciones comunitarias rebeldes que intentaron pensar un presente y un futuro a contrapelo de lo que el capital y su hegemonía cultural dictaban como ley.
Este tomo en particular se revela desde su principio como un “trabajo paralelo” al que se desarrolla en Literatura argentina y realidad política. De Sarmiento a Cortázar. Y si en Literatura argentina… se señalaba un comienzo sobre el que ésta se erige (“La literatura argentina se inicia con una violación”, se lee allí en referencia a la escena final de “El matadero”), no es de extrañar que este libro, que se propone polémico y didáctico a la vez, se pueda leer como un recorrido crítico entre dos muertes violentas: el que va del degüello del general Angel Vicente “Chacho” Peñaloza a la bomba anarquista que explota dando fin a los días del comisario Ramón Falcón. Dos muertes: una, que mancha de sangre las manos de Sarmiento, el burgués conquistador que en sus vida, obra y acciones estatales encarna los intereses de su clase. Y otra que en la figura y en la carne de un comisario ataca a la institución que, a fuerza de reprimir dislocaciones, lleva sobre sí la tarea de sostén ordenado del statu quo.
Vaivenes, claro, componen la historia. Sarmiento, que había escrito aquella traducción argentinizada de que las ideas no se degüellan; y el libertario Simón Radowitzky que termina en prisión, pese a ser menor de edad, condenado a veinte días de pan y agua cada año al conmemorarse el aniversario del atentado contra Falcón.
Pero sin personalizar: Viñas lee este recorrido desde una perspectiva que establece clara. Como en sus libros de crítica literaria, polemiza con la doble vertiente en que se conjuga el pensamiento de la burgesía argentina, ya la modalidad liberal-progresista, ya la nacional-popular. La clave de lectura desde la que esto se puede hacer aparece explicitada: como los textos, los hechos concretos se deben leer entramados en sus contextos mayores. Así, la primera frase del libro no deja dudas: “Una comprensión rigurosa del asesinato del Chacho en 1863 necesita integrarse en su contexto mayor. Y esta dimensión –a escala mundial- se llama imperialismo”. Y las leyes de este contexto mayor que se articulan en cada hecho particular se ponen en evidencia: “el único deus ex machina del drama de La Rioja y del Chacho es la acumulación de capital y su correlativa e implacable expansión”.
“Imperialismo”, “asesinato”, “capital”, “drama”, “anarquistas”, “rebeliones”, “estado” y “comisarios”: el léxico de la historia argentina se entreteje en textos de entonación trágica, conflictiva y áspera. La prosa de Viñas incorpora, aunque sin las crispaciones que llevará a su extremo con libros como Cuerpo a cuerpo o Prontuario, la sintaxis quebrada y las escenas entrecortadas que le resultan el mejor modo de trenzar la complejidad del relato histórico, al que organiza a su vez alrededor de escenas que construye con alta tensión dramática y fuerte impronta visual. Su relato incluye –como irrupciones textuales que lo plagan de resonancias- fragmentos de cartas, de novelas, ensayos, diarios y anotaciones personales, incluye discursos, voces a recordar y con las que discutir, como el programa de la burguesía letrada que modaliza repartos y diálogos interburgueses, las voces de los órganos de difusión proletarios –anarquistas y socialistas- y también los mitos heredados de la tradición precapitalista. Cursivas, citas y sintagmas entrecortados y correlativos constituyen el texto de Viñas. Abundan las marcas gráficas que ponen en diálogo a la oración con la misma oración: los dos puntos, los guiones, los punteos numerados, los paréntesis y demás grafías que desbordan a los habituales punto y coma diagraman la página y sirven para duplicar la confrontación de hechos, incluir voces y réplicas, insertar hechos en contextos, reforzar fechas, señalar las modalidades en que se entrelazan figuras, acontecimientos y procesos.
El despliegue de estas operaciones discursivas y herramientas críticas que Viñas articula dando tensión estimulante a su libro y su voluntad ética y política de viejo anarquista a la hora del trabajo intelectual hoy nos sigue seduciendo.
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“Dos muertes violentas”, decíamos, articulan el recorrido del libro. Pero la perspectiva sobre cada una difiere radicalmente. Si la primera es una orden del sistema para dar muerte al líder de las montoneras que luchaban contra la hegemonía de la ciudad-puerto que aplacaba el desarrollo de las economías del interior del país, la otra es la de un oficial del sistema a manos de un anarquista que, golpeado en su calabozo a pocas horas del atentado, lo único que repite es “Viva la anarquía”. Y si De los montoneros a los anarquistas adelantaba desde el título del libro la perspectiva con la que el autor historizaría estas muertes, el último párrafo especificará el sentido político e historiográfico de esa sentencia nominal:
“Y para concluir: la violencia de Radowitzky, enfrentada al brillante e inquieto apogeo de la burguesía oligárquica, resulta simétrico, correlativo y complementario de la represión ejercida por la burguesía inaugural contra el Chacho en 1863. En forma simbólica, los anarquistas vengan a los montoneros. Es que a lo largo de un circuito de cincuenta años, los verdugos de la élite empiezan a convertirse en víctimas y su agresividad expansiva en sobrevivencia y repliegue. Por eso, la acción aparentemente individual de Radowitzky perfigura, en su secreto, la muerte de un sistema.”
Sesenta años después de la muerte de Falcón a manos de Radowitzky, sesenta años después de la venganza simbólica del asesinato del Chacho Peñaloza, Viñas publica su libro. Esas dos muertes organizan el recorrido central de la escritura, ya dijimos, pero algunas elecciones del autor, minuciosas y elementales, enmarcan y orientan ese recorrido.
De epígrafe, Viñas inscribe una frase de Aníbal Ponce: “Esas fuerzas, señores, son como ciertos ríos subterráneos que, a veces, brotan o se hunden y hasta parecen secarse, pero siempre avanzan empecinada, victoriosamente”. El carácter de entonación polémica y la confianza irreductible en esos ríos subterráneos que, como el viejo topo, brotan intermitentemente y avanzan con necesario tesón, dan desde este epígrafe una panorámica del libro todo. Pero antes del epígrafe se lee otra inscripción.
La dedicatoria del libro será un posicionamiento ético y político que, a la luz del recorrido entre muertes que se realiza luego, resulta radical. Leemos:
“A la memoria de Simón Radowitzky”
1971: sesenta años después de la muerte de Falcón a manos de la explosión ácrata, Viñas elije dedicar su libro a la memoria del anarquista insurrecto. 1971: el libro de Viñas pide ser leído como venganza simbólica en la serie historiográfica y literaria del final de Radowitzky, una reubicación de su legado rebelde en la memoria de las clases oprimidas.
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Leído en su contexto, el libro obliga a un parangón que invierte la secuencia y llama a preguntas sobre los lugares de la escritura en la política y de la política en la escritura, enclavadura de la época que aún hoy organiza –por ausencia, presencia o sombreado- nuestras lecturas.
Rodolfo Walsh, que en 1957 había publicado la primera edición de Operación masacre, donde denuncia los asesinatos que el gobierno de Aramburu había cometido la noche del levantamiento de los generales Tanco y Valle, reedita en 1972 su libro, incluyendo, una vez más, un agregado: “Aramburu y el juicio histórico”. Ahí leemos:
“El 29 de mayo de 1970 un comando montonero secuestró en su domicilio al general Aramburu. Dos días después esa organización lo condenaba a muerte y enumeraba los cargos que el pueblo peronista alzaba contra él. Los dos primeros incluían la matanza de 27 argentinos sin juicio previo ni causa justificada el 9 de junio de 1956”.
La denuncia perfecta que en 1957 hace Walsh de los asesinatos del basural de José León Suárez apenas había llegado hasta entonces a ser una venganza simbólica. En su “Epílogo” a la edición de 1964 se leía: “quiero decir lo que he conseguido con este libro, pero principalmente lo que no he conseguido. Fue una victoria llegar al esclarecimiento de unos hechos que inicialmente se presentaban confusos (…) En lo demás, perdí. Pretendía que el gobierno, cualquier gobierno, por boca del más distraído, del más inocente de sus funcionarios, reconociera que esa noche del 10 de junio de 1956, en nombre de la República Argentina, se cometió una atrocidad (…), que se les reconociera que hubo un error, que hubo una fatal irreflexión, para qué decir un crimen (…), que a los hijos y mujeres de esos hombres se les reconociera algún derecho, que se les diera algo. Algo. En esto fracasé.”
1970: más de diez años después la denuncia de Walsh encuentra su escucha. Finalmente hay una resolución material que vengue los crímenes de 1956, aunque no será en los tribunales que el sistema ofrece, porque, como sabía en su actuar Radowitzky y como pudo adivinar Peñaloza con el filo de la idea sarmientina deslizándose sobre su piel, el sistema no castiga a sus hombres, sino que los premia.
De la denuncia, en tanto venganza simbólica, al fusilamiento, venganza material. El arco que pone en serie a Walsh con Aramburu se termina de configurar con la inscripción del fusilamiento y su interpretación histórica en la reedición del libro.
Walsh, como Viñas con el asesinato del Chacho y el atentado de Radowitzky, entenderá el fusilamiento de Aramburu como simétrico, correlativo y complementario de aquellos fusilamientos de 1956 que sostuvieron la política de la llamada Revolución Libertadora: “[Hoy] es posible hacer el balance de la política del gobierno de Aramburu: un país dependiente y estancado, una clase obrera sumergida, una rebeldía que estalla por todas partes. Esa rebeldía alcanza finalmente a Aramburu, lo enfrenta con sus actos, paraliza la mano que firmaba empréstitos, proscripciones y fusilamientos(1)”.
El fusilamiento de Aramburu, sobreimpreso con el siempre actualizado libro de Walsh que lo justifica a priori y a posteriori, es una marca del contexto que configura la lectura del libro de David Viñas. Invertido y paralelo, Viñas ubica en su libro el accionar de Radowitzky como Montoneros ubica en su accionar al libro de Walsh.
La escritura –esa que Walsh no dejó nunca de practicar pero tampoco de poner en duda por su ineficacia o eficacia específica para actuar sobre lo real- se demuestra, así, plena partícipe material de los hechos históricos. Y los hechos: material inalienable de la configuración escrita. El carácter didáctico que propone Viñas para su libro y la dedicatoria que orienta su escritura se inscriben en la encrucijada del contexto como conjugación de estas variables. 1971: escritura y política se entreveran hasta lo irreconocible. Como sus libros de crítica de entonces, De los montoneros a los anarquistas es uno de los enclaves cuya potencia reverbera hasta la actualidad.
2009: cien años del atentado de Radowitzky contra Falcón. Círculos anarcos agitan su memoria dentro del horizonte de posibilidades que encuentran en las grietas de la democracia burguesa. A tres cuadras de la universidad pública donde Viñas todavía da clases de literatura, paralela y a una cuadra de la avenida Rivadavia, nace una calle que rememora al difunto comisario. Es una calle larga: llega de Caballito hasta la General Paz, en el límite de Liniers. Los nombres de las calles organizan la ciudad y son un resumen nominal de los lugares comunes de la historiografía dominante: eso es fácil recordarlo al leer las novelas de Viñas. Cada tanto, algún grupo de intervenciones urbanas, remanente de las fisuras abiertas en diciembre del 2001, le cambia a la calle el nombre del comisario por el del anarquista que le dio muerte o por el de “Che Guevara”(2), aquel que muriera en la selva boliviana por los años en que Aramburu era fusilado y Viñas publicaba su libro. Inmediatamente, policía y guardia urbana proceden a reparar el exabrupto: sacan el nuevo cartel, destapan el viejo. Cada tanto alguien pasa y puede ver la ineficacia del sistema de control que durante unos días deja lugar al cartel sobreescrito en el que se puede leer un pedazo de historia argentina: De los anarquistas a la guerrilla. Es significativo: el segundo tomo que se planeaba para la colección de historia de las rebeliones populares argentinas proponía un recorrido similar: De la semana trágica al cordobazo.
Los contextos cambian, pero las ciudades siguen poniendo nombres a sus calles. La curva que toma la historia, la que une en su sinuoso y difuso trazado a personajes emergentes como el Chacho Peñaloza, Simón Radowitzky o el Che Guevara como parte de un contexto mayor de confrontación social y violencia política, la curva de la historia, decíamos, no deja de interpelarnos. Como no pueden dejar de hacerlo las entonaciones escritas que la entrecruzan con potencia, desde la historiografía, la literatura, la escritura en general.
2009: por eso, este texto de Viñas en nuestra revista.
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1 No parece arbitrario recordar que no fue siempre así el enfoque totalizador en el que Walsh en los setenta incluye a Aramburu y a los fusilamientos del ´56 como parte del proceso social general. Al momento de la primera edición de Operación masacre, allá por 1957, la perspectiva de Walsh era otra, como bien reconoce él mismo en 1969: “Ese método me obligaba a renunciar al encuadre histórico, en beneficio del alegato particular”. Los tiempos cambiaron y así la mirada de Walsh y su concepción de la historia y la política. El modo en que las perspectivas de Viñas y Walsh se entrecruzan drásticamente se percibe en sus textos: no sólo en el hecho de que en 1969 sea David Viñas quien firme la contratapa de la nueva edición del libro de Walsh, sino por el modo en que se solidariza la perspectiva de la historia del epílogo que entonces agrega Walsh (“Hoy se puede ir ordenadamente de menor a mayor y perfeccionar, a la luz del asesinato, el retrato de la oligarquía dominante”) con la perspectiva que eslabona Viñas en su libro: “Una comprensión rigurosa del asesinato del Chacho en 1863 necesita integrarse en su contexto mayor”. Sea.
2 Es interesante recordar por qué a veces se ve un cartel del Che y otras veces uno de Radowitzky. Luego de diciembre del 2001 las intervenciones callejeras como forma del activismo político crecieron exponencialmente, encontrando en las asambleas barriales un sostén territorial para el trabajo artístico de intervención sobre los discursos establecidos. Uno de los proyectos llevados a cabo en ese contexto fue el de renombrar de hecho, mediante el recambio repetido de los carteles, la calle que recordaba al comisario represor y asesino de obreros. Así, se hizo una asamblea abierta para que decidiera colectivamente qué nombre iba a reemplazar al oficial: difícil tarea elegir un nombre en el contexto de un movimiento político que centraba uno de sus frentes de discusión en alejarse de la idea de representación como eje de la política. En la asamblea la discusión se polarizó entre un grupo de tendencias anarquistas y un grupo de activistas ligados a partidos de la izquierda tradicional: leninistas, trotskistas, maoístas. Los unos proponían a Radowitzky como la figura que lógicamente debía reemplazar a Falcón, los otros al Che Guevara, que era más fácilmente reconocible por todo el mundo y que eso generaría mayor consenso. La discusión finalmente se enredó en posiciones irreductibles y se resolvió por votación el futuro de la calle. En la elección ganó el reemplazo por “Che Guevara”. Sin embargo, ambas formas se alternan desde entonces hasta ahora, acaso escribiendo en las tensiones interiores de estos movimientos la historia de los proyectos críticos de lo establecido.
En la revista digital elinterpretador http://www.elinterpretador.com.ar/37/numero37.html se puede leer un numero dedicado a los hermanos Lamborghini y Viñas.
Ética y literatura
 Andrés Tejada Gómez
Ya no hay escritores con la vitalidad de David Viñas. Tampoco críticos con su talento  para polemizar ni con su brío para poder hacer de ese tono estremecedor un blasón plebeyo. Autores de esa estirpe ya no existen. Ni hablar de intelectuales que puedan oradar los discursos hegemónicos sin tropezar con el vacío retórico. Riesgo: eso es lo que falta. La tradición iniciada por Zola ante el caso Dreyfus, continuada por Sartre y practicada por Viñas hasta su muerte está ausente. A lo sumo se reproducen los  funcionarios del sentido común. El firmamento seguro detrás de la línea de fuego. Por el contrario, Viñas siempre supo estar en un sitio incómodo, opuesto al orden establecido. Irreverente. Despreciaba la cortesía servil.
Su relectura ha sido siempre necesaria. En un doble movimiento, su obra es testimonio y relámpago feroz sobre la conciencia de los vivos. La lucha con la que nos mantiene atentos es demencial porque busca el “cuerpo a cuerpo” de la historia para tratar de imponerse en toda su materialidad.
Sus textos cautivan. Provocan admiración o rechazo. Para nuestro beneficio le huyen al aturdimiento del confort. Viñas acude a las prácticas académicas con soltura pero también las esquiva cuando lo considera pertinente. Para algunos de sus colegas no es más que un premeditado desdén del ensayista ante “la comunión de los santos”. ¿Será necesario aclarar que su destino no estuvo tallado en la resignada experiencia de la sumisión? Su función giró entorno a la mirada del intelectual comprometido, mordaz, virulento pero a su vez excedió ese marco. Lo desbordó. Se opuso a toda clase de status quo. Logró asombrar por su vehemencia a la hora de la contienda. Contienda, sí, porque la concepción crítica de Viñas se apoya sobre un enfrentamiento incesante con su objeto de análisis. Viñas diagrama relaciones de orden personal con los escritores que examina.  Su lógica interna es la del duelo.
Existe un consenso que admite al ensayo como el formato donde su trabajo muestra mayor envergadura. Vigor belicoso, diríamos. Su prosa, su voz, sus hipótesis, su porte atraen como un imán. Viñas siempre se ha impuesto con prepotencia de trabajo. Legado o légamo arltiano. Autor de una de las sentencias con mayor resonancia de nuestra historia cultural: “La literatura argentina emerge a partir de una metáfora mayor: la violación”. Así comienza De Sarmiento a Cortázar. Violentado las secuencias de la historia. Su proyecto crítico demuestra una evidente ambición totalizadora, un afán de dar por sellado, y a su vez, volver a inaugurar la discusión. Jauretche, en Los profetas del odio, dice del aún joven Viñas: “Pinta para intelectual sin despintar para hombre”. Siempre fue un sujeto de fuertes convicciones de izquierda; a veces, como prefería definirse, un anarquista. Un heterodoxo, según su terminología. En el año 1948, trabajando en el Banco Provincia, es detenido durante cuarenta días por participar en una huelga. Fue Jauretche quien dispuso que lo encerraran. Poco tiempo más tarde se ve en la obligación de escribir novelas policiales bajo el pseudónimo de Pedro Pago, ejercicio vinculado con los apuros económicos ocasionados por el nacimiento de su segunda hija. Estos novelas tan particulares han sido reeditados por la Biblioteca Nacional.
El Viñas del año 1964, el de Literatura argentina y realidad política está obsesionado por los viajes y los desplazamientos. La exigencia es historizar – y por lo tanto politizar– el intervalo donde el escritor abandona la figura del gentleman y deviene en un profesional de la cultura. La situación concreta del escritor se vuelve una instancia material, en el sentido marxista. Su andamiaje teórico tiene dosis de Lukács y Goldmann, junto a la impronta existencialista que ostentaba. Su  pensamiento está desligado de las reprochables jactancias del PC; su estilo atraviesa la incertidumbre metodológica y por eso mismo su sintaxis se vuelve arma política. La organización del texto –de cualquiera de sus textos– es un tejido enmarañado y rudo. Su intencionalidad crítica buscaba ir “del texto al contexto y de éste a la textura”. Nadie lo ha vuelto a hacer con su precisión. El libro en sí mismo es la recopilación de artículos publicados en las revistas Contorno, La Gaceta y la Revista Universidad de México. “Su propósito es trazar la trayectoria de dependencia ideológica y política de la Argentina, mediante un análisis sociológico que aspira obtener una cosmovisión marxista, insertando la literatura en el contexto histórico-político”, afirma con certeza Estela Valverde.
El epígrafe de Robert Escarpit que presenta el texto es elocuente de toda su intención crítica sobre la periodización de la literatura vernácula “Hay que quitar a la literatura su aire sacramental y liberarlo de sus tabúes sociales aclarando el secreto de su poder.” A su vez, en toda su obra está presente con desparpajo la interrogación sartreana que postula qué se escribe, para qué y para quién. Todo un mandato que sostuvo con rigor hasta sus últimas publicaciones. “Su lectura de la literatura argentina no ha sido superada y la zarpa de sus logros alcanza aun a sus enemigos” afirma María Moreno en Tributo a David Viñas, texto incluido en su libro Subrayados.
La editorial Santiago Arcos viene reeditando su obra crítica. Es un trabajo tan necesario como gratificante. Ahora es el turno de uno de sus libros centrales de los años setenta. Rebeliones populares argentinas. De los montoneros a los anarquistas estaba pensado como un proyecto de largo aliento donde se pudiera advertir otro rostro de la historia. Un espacio textual donde las luchas emancipatorias de los sectores populares tuvieran una relevancia sustancial frente a la cristalización de la historia oficial. “Nuestra perspectiva pretende ser otra. En doble polémica frente al liberalismo progresista y frente al nacionalismo populista. No por afán ecléctico de a más be sobre dos. No. Porque entendemos que no sólo esas dos posiciones son revés y derecho del pensamiento burgués, sino porque ha llegado el momento de lograr una síntesis que abarcando lúcidamente el pasado, resulte operativa en este presente”, afirma Viñas.
Un aspecto que nos llama la atención en la lectura de De los montoneros a los anarquistas es a quién está dedicado el texto. Elige a un sujeto que despierta fuertes repudios en la historia política. Sin mayores preámbulos se lo dedica a la memoria de Simón Radowitzky. En el año de su publicación (1971), adquiere un sólido sentido de reivindicación además de lucha programática. A su vez, no se puede dejar de mencionar la particular situación política-social que estaba viviendo la Argentina cuando se publica el texto. Eran tiempos de fuerte conflictividad, las organizaciones armadas peronistas habían iniciado el complejo camino de unificación bajo un nombre: montoneros. ¿Será pertinente arriesgar que hay una explícita lucha por el significante “montoneros” en el uso de Viñas? Tenemos la impresión de que sí, ya que en el texto queda en claro que los montoneros del siglo XIX que luchaban contra el centralismo de Buenos Aires tenían un acompañamiento popular. Tanto el Chacho Peñaloza, como Felipe Varela o López Jordán son líderes populares y no vanguardias iluminadas que señalan el rumbo de la revolución. Surgen como síntoma de la misma lucha de clases. A su vez, lo mismo se podría decir sobre los grupos anarquistas de fines de siglo XIX o principios del siglo XX.  De los montoneros… pertenece a la serie iniciada en 1964 pero como esquema complementario. Su objeto de estudio no es la literatura –De Sarmiento a Cortázar es el libro de crítica literaria con el que debe ser vinculado, ambos publicados en el mismo año– sino los eventos históricos, pero analizados desde una perspectiva ideológica innovadora. Por lo tanto, nos encontramos ante un singular libro de historia pero con evidentes operaciones del arte narrativo. Los procedimientos literarios abundan y hacen del texto un manifiesto de especulaciones y aseveraciones que buscan irradiar en el lector la sensibilidad denuncialista. A veces con tono planfetario, otras veces con una brusca pero necesaria posición tomada con deliberación. “Lo que va a decir se sabe de antemano, lo que importa es el estilo”, afirma María Moreno. Y el estilo de Viñas es “lecho, afluente y desembocaduras”. Atrapa al lector en el vértigo de su propia manifestiación donde lo irascible se conjuga con lo analítico.
La necesidad de diagramar el contexto político-social en una dimensión mayor es el mandato imperante del texto. Para Viñas, el asesinato del “Chacho” tiene que ver con la reorganización del Imperialismo a nivel global. Por lo tanto, busca “figuras análogas” con las cuales establecer vínculos: el jeque Arabi Pachá en Argelia o en la muerte del caudillo tonkinés Pant-Trao. Siguiendo su razonamiento, la batalla de Pavón no puede ser pensada sino como otro eslabón en la cadena que va tejiendo “el proceso expansivo imperialista”. Mitre responde a los intereses de las corporaciones, al espíritu del “burgués conquistador”. A Sarmiento se lo piensa como el ideólogo más afinado de las postulaciones liberales. Las afirmaciones de Viñas son tajantes, categóricas; no hay sitio para la duda. “El pensamiento liberal, al desconocer las clases y los desniveles concretos entre los países centrales y los periféricos, formulaba un universal del hombre que sólo era el universal de la burguesía.”
Al ir acercándose en el tiempo, su análisis del período histórico se vuelve más incisivo, más denso y confrontativo. Viñas arremete con ironía ante las propuestas de la oligarquía argentina, que una vez que había exterminado al gaucho y conquistado el desierto, se proponen una política inmigratoria que los termina por alarmar. La serie montoneros-anarquistas, como sujeto social insurrecto ante la desigualdad política y social, cierra su ciclo, ante la Ley de Residencia propuesta por Cané en 1902. “La burguesía necesita mano de obra: los llama como inmigrantes y los hace venir como esclavos. Sólo falta que los defraude en sus promesas de tierra para que se conviertan en obreros urbanos y reaccionen como huelgistas”, postula Viñas. El proyecto De los montoneros… se ve abruptamente finalizado por decisiones que tienen que ver con la impugnación que se sostiene por parte de “los dueños de la tierra”, que tenían en el gobierno de Lanusse a un fiel representante. Las pocas palabras que Viñas decide agregar a esta nueva edición son contundentes: “Al reeditar este trabajo intento recuperar un par de cosas: en primer lugar, que los planteos generales de 1971 se encuentran vigentes. He resuelto, por lo tanto, no modificar ni una línea. Y en segundo lugar, señalar que los originales del tomo siguiente, De la Semana Trágica al Cordobazo, cuya edición estaba planificada para ese momento, fueron secuestradas cuando “desaparecieron” al editor de entonces, Carlos Pérez”. Se hace imposible continuar con un proyecto de intensa discusión e impugnación. Así se instala la primera discontinuidad en la obra crítica de Viñas por razones políticas. “A mayor grado de heterodoxia, mayor grado de sanción”, solía repetir Viñas. Y estaba en lo cierto.
En El tamaño de mi esperanza Borges se definía a sí mismo como “enciclopédico y montonero”. Su intención era dar cuenta de lo heteróclito. También puede ser pensada como una definición que le cabe a David Viñas. En “el revés de la trama”, claro.

 

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