Mystery Train. Imágenes de América en la música rock & roll – Greil Marcus

Mystery Train. Imágenes de América en la música rock & roll – Greil Marcus Elvis Presley

Estado: nuevo.

Editorial: Contra.

Precio: $350.

Desde que en 1975 se publicara por primera vez, Mystery Train se ha consolidado como uno de los mejores, más clarividentes y fascinantes ensayos sobre la música popular en clave rock jamás escritos. Su influencia no ha dejado de crecer a lo largo de los años y su estética ha marcado el devenir de la crítica musical y cultural. Fue uno de los primeros libros que supo ver —y que puso en evidencia— que el rock & roll no era un arte menor, sino que algunos músicos y bandas, algunas canciones, proyectaban una imagen poderosísima e inextinguible que explicaba tan bien como el Moby Dick de Herman Melville o El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald la grandeza y contradicciones de América, sus miserias y su gloria, el origen y consagración de sus mitos.
A partir de las canciones de seis músicos y bandas capitales, Greil Marcus traza la geografía emocional y el Zeitgeist de todo un continente: del revulsivo de Harmonica Frank pasando por el atormentado universo del blues diabólico de Robert Johnson; de The Band y su sueño por construir una comunidad desde el desarraigo a las fricciones y terrores que en esa comunidad estallan de Sly and the Family Stone; del talento en los márgenes de la industria y la lucha por la libertad creativa de Randy Newman hasta la ambición y talento desmedidos, debacle y resurrección de uno de los iconos más incontestables del rock y del siglo XX: Elvis Presley.
A lo largo de los años, Greil Marcus ha ido ampliando la segunda sección de este volumen —una lección magistral de crítica musical—, la consagrada al comentario de la discografía de los músicos anteriormente citados, que en esta edición presenta su versión más actualizada, notablemente más extensa que la anterior publicada en nuestra lengua y con añadidos del autor especialmente escritos para esta ocasión. Esta edición de Mystery Train es, pues, la más completa y exhaustiva publicada en cualquier idioma hasta la fecha.
El arcón fantástico del hechicero melómano
Andrés Tejada Gómez
Greil Marcus es un crítico refinado de la música rock. Un audaz erudito en la materia. Su trabajo suele estar solidamente documentado y contener altas dosis de riesgo en sus hipótesis. Hasta el presente, su obra más ambiciosa sigue siendo Rastros de Carmín: una obra ensayística, donde se analiza la historia del siglo XX a partir de sus principales movimientos artísticos de vanguardia. Con facilidad logra establecer vínculos entre los heréticos medievales, el Dadaísmo, el Situacionismo francés y el movimiento punk.
La editorial Contra, oriunda de Barcelona, acaba de editar y reeditar dos libros que también son relevantes dentro de su producción. Editó Escuchando a The Doors y reeditó Mystery Train (1975). El primero es un curioso texto que analiza cada una de las canciones más representativas de la banda liderada por Jim Morrison. Su perspectiva de análisis es aguda, y se percibe la habilidad que tiene Marcus para establecer conexiones que exceden el mundo musical. Cada una de las canciones es un hábil pretexto para pensar de modo más detallado aspectos sociales, culturales o literarios. Las canciones elegidas son las que han hecho famoso al grupo de Los Angeles: “Light my fire”, “L.A. Woman”, “The End”, etc. Marcus no solo se atiene a lo especificamente musical, a las tonalidades, ritmos de percusión o melodías que constituyen el esqueleto de la canción; también logra insertar esas canciones en cadenas asociativas que muestran su espíritu escondido. “L.A. Women”, por ejemplo, es conectada a la reciente novela de Thomas Pynchon: Vicio propio. Ambientada en la época en la que la canción se dio a conocer, le permite a Marcus marcar nuevos significados. Otras aluciones a tener en cuenta, es el temor que se vivió durante esos años, al conocerse los asesinatos perpretados por el Clan Manson. Para Marcus eso ha dejado una huella profunda en la canción. Por otra parte, se puede encontrar una certera definición de Jim Morrison cuando alude a él como “el intento de emular a Rimbaud sustituido por una imagen de Marat en la bañera”. O el atinado recuerdo de haberlo visto en escena representado su papel hasta convertirse en un actor de su propio personaje: “aparecía en el escenario envuelto en una nube de odio hacia sí mismo, y podía llegar a odiar las canciones que tenía que cantar tan profundamente y efusivamente como podía llegar a odiar a sus compañeros de grupo, a su público y a sí mismo”. Más allá de eso, una mención particular merece el capítulo “Los Doors en los años sesenta”: un cúmulo de referencias e ideas innovadores se postulan sobre el lugar que ocupaba el grupo durante esos años; además de repasar la película de Oliver Stone. Marcus nos deja un interrogante: “¿qué significa pagar para ver gente que ya está muerta ser libre?”.
Mystery Train es un excelente texto que reúne ensayos sobre músicos centrales del rock & roll en Estados Unidos. No necesariamente los más conocidos dentro del mercado pero si aquellos que fueron piedra fundamental. Marcus busca dar con la clave del entramado que encendio la chispa a lo que en los años sesenta sería mucho más que un género: una renovadora experiencia en la cultura de occidente. El texto comienza con un primer capítulo, donde se va diagramando una genealogía que toma como precursores a Harmonica Frank y Robert Johnson. Ambos son quienes dan los primeros pasos en la construcción de los sonidos que conmoveran a la industria musical. Con una prosa que no evita la elegancia, y anécdotas que buscan ser reflejo de ese arduo universo que es el rock a partir de mediados de los años ciencuenta. Estableciendo cruces entre biografía, análisis musical y reconstrucción de la época historico-social, sus ensayos tienen una cadencia más que llevadero; además de instructivo. Pero sería una equivocación leerlo solamente desde una aspecto teórico musical. Su horizonte se encuentra mucho más lejos. Se puede constatar que Marcus se sirve de autores como Raymond Chandler o Tocqueville para tratar de apreciar y comprender los fundamentos de la cultura norteamericana. “Quizá el combate americano más interesante sea el combate de uno mismo para liberarse de los límites en que nació y aprender luego algo acerca del valor de esos límites”. Podría ser pensado como reflexión para cada uno de los artistas y a su vez como revés del gran sueño americano.
El resto de los músicos seleccionados a los que les dedica ensayos, también exponen en carne viva las contradicciones inapelables de la vida norteamericana. The Band, Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley aparecen troquelados como los fugaces y espasmódicos intentos por revelarnos, a su pesar, una realidad distorsionada. El ensayo dedicado Presley es el más extenso y tal vez el más provocador: “Elvis puede personificar lo peor de nuestra cultura: es fanfarrón, egoísta, narcicista, condescendiente y materialista al borde de la locura. Pero no es necesario tomárselo en serio”. A Marcus si lo debemos tomar en serio y con dicha. Como un agradable bourbon.
Prólogo
Greil Marcus
Nuestra historia comienza poco después de medianoche, no hace mucho tiempo. El show de Dick Cavett se halla en su apogeo.
A la izquierda de Cavett se sienta John Simon, el crítico neoyorquino. A la derecha de Cavett, y por orden de proximidad, se hallan el cantante de rock & roll y bicho raro Little Richard, la actriz Rita Moreno y Erich Segal, profesor de Literatura Clásica en Yale y autor de Love Story. A la señorita Moreno y al señor Segal les ha encantado Love Story. Al señor Simon no. Y Little Richard no la ha leído.
Cavett concluye un anuncio publicitario. El señor Simon ensaya mentalmente su ataque inicial contra el señor Segal, que está muy nervioso. La señorita Moreno parece que se adormece. Little Richard busca una obertura.
El señor Simon ha atacado al señor Segal. El señor Segal trata de replicarle, pero está demasiado nervioso para hablar con coherencia. El señor Simon ataca por segunda vez. Little Richard se dispone a saltar de su silla y colocar su cara frente a la cámara, pero el señor Simon lo refrena bruscamente y ataca de nuevo al señor Segal.
—¡NEGATIVO! ¡NEGATIVO, NEGATIVO, NEGATIVO! —grita el señor Segal.
Él y Simon discuten acerca de un aspecto en concreto de la historia de la tragedia griega con el que el señor Simon ha comparado desfavorablemente Love Story.
—Ne-ga-ti-vo —reflexiona el señor Simon—. ¿Eso quiere decir «no»?
El señor Segal intenta infructuosamente ignorar el desprecio del señor Simon hacia su curioso dialecto y afirma que los críticos se equivocaron con respecto a Esquilo. Insinúa que Simon se hubiera marchado de la Orestíada. Apoyado por el público, que parece la afición del béisbol de Filadelfia y ha confundido al señor Simon con Richie Allen, Segal impone su ventaja. Little Richard permanece en su silla, momentáneamente intimidado.
—MILLONES DE PERSONAS se han EMOCIONADO PROFUNDAMENTE con mi libro —grita Segal, que ha olvidado erguirse y se deja caer en su silla hasta que su cuerpo se halla prácticamente paralelo al suelo—. Y SI A TODAS ESAS PERSONAS LES HA GUSTADO… —la voz de Segal alcanza un trémolo bizarro— ¡SERÁ QUE ALGO HABRÉ HECHO BIEN!
El esfuerzo ha dejado a Segal exhausto y, mientras respira profundamente, Little Richard comienza a levantarse de su silla. De nuevo Simon es demasiado rápido para él. Simon trata de que Segal comprenda que está muy sorprendido de que alguien, y Segal en particular, pueda tomarse su basura como algo más que, bueno, basura.
—La he leído y releído muchas veces —contraataca Segal con gran honestidad—. Y siempre me conmueve.
—Señor Segal —dice Simon, que ya ha mareado al toro con el capote y se dispone a entrar a matar—, tenía la posibilidad de comportarse como un sinvergüenza o como un tonto, y ha escogido la segunda.
Segal se ha quedado estupefacto. Cavett se ha quedado estupefacto. Da paso a publicidad. Little Richard sopesa la situación.
Se reanuda el combate. Segal aún se ha hundido más en su silla, si eso es posible, y parece que discuta con el techo.
Usted no es más que un crítico —dice como si le hablara a Simon—. ¿Qué ha escrito usted? ¿Qué sabe sobre el arte? Jamás en la historia del arte…
—¡ESO ES! ¡JAMÁS EN LA HISTORIA!
Ha llegado el momento. Little Richard entra en el cuadrilátero. Salta de su silla y se pone en pie agitando los brazos, despeinado, con una mirada salvaje y una mueca en su boca. Avanza hacia Segal, Cavett y Simon, que retroceden como un solo hombre. La cámara da paso a un primer plano de Segal, que tiene un aspecto miserable, luego de Simon, que trata de componer la expresión de desconcierto que tendría si, por ejemplo, alguien defecara sobre el suelo. A Little Richard puede oírsele fuera de campo y rápidamente su rostro ocupa toda la pantalla.
—¡ESO ES! ¡CLARO QUE SÍ! ¡EN TODA LA HISTORIA DEL AAAARTE! ¡ESTOY DE ACUERDO! ¡CÁLLESE! ¡CÁLLESE! ¿QUÉ SABE USTED, SEÑOR CRÍTICO? CUANDO CREEDENCE CLEARWATER SACARON SU TRAVELIN’ BAND TODO EL MUNDO DIJO ¡GUAAAUUU! PERO SÉ QUE ERA SOLO PORQUE HACÍA “LONG TALL SALLY” IGUAL QUE LOS BEATLES YLOSSTONESYTOMJONESYELVIS… ¡Y TODO ESO SOY YO! ¡LITTLE RICHARD EN PERSONA! ¡EL MEJOR! ¡EL MÁS GUAPO! ¡Y A USTED… —dirigiéndose a Segal, que parece que esté por los suelos— Y A USTED… —dirigiéndose a Simon, que mira a Cavett como si quisiera decirle, vamos amiguete, ha sido divertido, pero esto ya está desmadrándose, colega, ¿qué tal si das paso a la publicidad?—, SÍ, YO, SOY ESCRITOR, HE ESCRITO UN LIBRO QUE SE TITULA… “HE GOT WHAT HE WANTED BUT HE LOST WHAT HE HAD” ¡ESO ES! ¡CÁLLENSE! ¡CÁLLENSE! ¡TUVO CUANTO QUISO PERO PERDIÓ CUANTO TENÍA! ESA ES LA HISTORIA DE MI VIDA. ¿LO PILLAN? ESE ES EL RETRATO DE LITTLE RICHARD. ¡POR MI ALMAAA!
Little Richard regresa a su silla y se deja caer en ella.
—¡GUAAAUUU! ¡POR MI ALMA! ¡POR MI ALMA!
Little Richard se sienta junto a los árbitros del buen gusto, indiferente a sus miradas despectivas, saboreando ese instante. Es Little Richard. ¿Quiénes son ellos? ¿Quién se acordará de Erich Segal, John Simon o Dick Cavett? ¿Qué más da? Ah, pero Little Richard, ¡el mismísimo Little Richard! Es un hombre importante. Sabe rocanrolear.
En mi memoria resuena una frase de Erich Segal que Little Richard citó: «Jamás en la historia… en toda la historia del arte…». Y eso era. Aquella noche Little Richard era el único artista en el plató, el único que revolucionó una época, el único que podía reivindicar la inmortalidad. El que rompió las reglas y creó una nueva forma; el que dio forma a una vitalidad que gritaba en silencio en el interior de cada uno de nosotros hasta que él le dio voz.
Él es el rock, el bombardero del jive, el sabio. “Tutti Frutti” fue su primer éxito y saltó a las ondas en 1955 para sacudir las desabridas esperanzas de la juventud blanca; quince años después, en el show de Cavett, el Bicho Raro reunió cuantas fuerzas le restaban y sentenció una discusión acerca del significado del arte con un espíritu que recordaba la absurda promesa de sus días gloriosos. « HE ESCRITO UN LIBRO, SÍ, YO, QUE SE TITULA…»
Al escuchar ahora a Little Richard, Elvis, Jerry Lee Lewis, los Monotones, los Drifters, Chuck Berry y decenas de otros, me siento admirado ante lo estupenda que era su música. Solo puedo maravillarme ante su arrogancia, su humor y su placer. Estaban muy seguros de sí mismos. Cantaban como si supieran que no solo estaban destinados a pervivir unas semanas en las listas de éxitos, sino a hacer historia; a reemplazar los deprimentes acontecimientos de los años cincuenta en los recuerdos de quienes escucharon sus discos; a fundar una música que veinte años más tarde lucharía para cumplir sus promesas. Por descontado, sonaban como si todo ello les tuviera sin cuidado, siempre y cuando sus pequeños discos negros de 45 revoluciones alcanzaran el número uno en las listas de éxitos y los hicieran ricos y famosos. Sin embargo, con su música ofrecieron una nueva versión de América y son incontables las personas que aún tratan de descubrir cómo se puede vivir en ella.
Por lo tanto, este es un libro sobre rock & roll —parte del mismo— y sobre América. No se trata de una historia, ni de un análisis puramente musical ni de una serie de perfiles de diversas personalidades. Se trata de un intento de ampliar el contexto en el que se escucha la música y de tratar el rock & roll no como cultura juvenil o como contracultura, sino, sencillamente, como cultura americana.
Los intérpretes sobre los que he escrito llaman mi atención en parte pues son más ambiciosos y se arriesgan más que la mayoría. Se arriesgan al fracaso artístico (en el vocabulario del rock, lo pretencioso) o a alejarse de un público al que es más fácil halagar que provocar; sus ambiciones se asemejan a la afirmación de Robbie Robertson respecto a sus ambiciones para The Band: «La música jamás debe ser inofensiva».
Lo que aún atrae más mi atención en The Band, Sly Stone, Randy Newman y Elvis es que, en mi opinión, esos hombres tienden a verse ellos mismos como americanos simbólicos y creo que su música es un intento de hacer honor a ese rol. Sus discos —el Big Pink de The Band, el There’s a Riot Goin’ On de Sly, algunas canciones de Randy Newman y los primeros sencillos que Elvis grabó en Tennessee— dramatizan qué es ser americano, qué significa, por qué merece la pena y cuáles son los retos de la vida en América. Este libro, por tanto, explora a algunos artistas que considero que han logrado dar con su propia voz, y se basa en la idea de que esos artistas pueden arrojar luz sobre esas cuestiones americanas y que esas cuestiones pueden dar resonancia a su trabajo.
Los dos hombres con cuyas historias se inicia el libro —el cantante country cómico blanco Harmonica Frank y el cantante negro de blues del Misisipí Robert Johnson— vivieron cuando las palabras «rock & roll» no tenían ningún significado cultural. Ambos representan tradiciones cruciales para el rock & roll y ambos son únicos. Trabajaron en las fronteras de la música y pueden proporcionarnos una idea de cuáles son las materias primas que el país puede ofrecer a la música y una idea de hasta dónde puede llegar la música. Harmonica Frank cantaba con una sencilla alegría y un orgullo simplón. Consiguió atrapar un espíritu que el rock & roll primigenio dominaría sin esfuerzo alguno, un sentimiento que la música continuamente pierde y trata de recuperar. Robert Johnson era muy diferente. Era un tipo inquietante que llevó a cabo su trabajo en el lado más oscuro de la vida americana y sus canciones tratan de terrores y miedos que pocos artistas americanos han expresado de manera tan directa. En este libro, Frank y Johnson aparecen más en calidad de metáforas que de influencias musicales. Sus capítulos pretenden ser el telón de fondo de los capítulos siguientes, el marco para las imágenes construidas por los otros artistas.
The Band, Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley tienen en común unas personalidades musicales y públicas únicas, son lo bastante ambiciosos para que incluso sus fracasos sean interesantes y sobre ellos no existe una crítica lo bastante extensa o comprometida para hacer justicia a su obra. Su música y sus carreras comparten un registro y una profundidad que parece cristalizar naturalmente en visiones y versiones de América: sus posibilidades, límites, perspectivas y encerronas. Sus historias no son más que retazos de la historia, pero ponen en evidencia la importancia de la misma. Esto es sobre lo que trata este libro.
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