Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld
Las manos androides del narcolibrero
(relato escrito entre las brumas resacosas del domingo y antes de ponerme a cocinar unas pizzas caseras)
El negocio venía para la mierda.
Los números de la librería hacía meses que titilaban rojo sangre.
Estaba sin aire, contra las cuerdas, a punto de morder la lona cuando un mediodía después de llevar un libro a domicilio fui a El Cuartito a comer unas porciones de pizza.
En la caja pedí una de muza y otra de fugaza con una Seven Up.
Cuando me las dieron me las puse a comer parado en el mostrador.
A mi lado había un tipo que note con incomodidad su mirada insistente sobre mí.
Soy observador. Y cuando estoy en la calle mis ojos adquieren la capacidad de observar 360° todo lo que se muestra y oculta a mi alrededor.
Este tipo no dejaba de mirarme.
Primero pensé que era un puto que me quería levantar. Después pensé que se me notaba mucho la resaca de la noche anterior. En todo caso me rompia las pelotas que este pelotudo no me dejara comer la pizza tranquilo con su mirada indiscreta.
Entonces lo encaré.
Y como por arte de magia el destino saco un conejo de la galera y mi suerte cambió.
El tipo resulto ser un compañero de la primaria y me miraba insistentemente porque dudaba si era o no el pendejito boludo con el que compartía banco en la primaria.
Sí era.
La cosa que nos pusimos a charlar y pegamos onda, lo cual me sorprendió porque después de todo no dejábamos de ser dos extaños cuyo uno nexo en común eran los cadáveres de dos chicos sepultados hacía muchos años.
Así que pasamos por un chino a comprar unas birras y la seguimos en la librería.
Se hizo de noche y me invito a cenar a su casa. Después de la cena salió el tema de mis desdichas económicas y cuando termine de contarle se levantó de la mesa y volvió con una botella de wiskhy y una tiza.
Sirvió dos medidas de Johnnie Walker y peinó en un plato dos rayas grandes de merca.
La cocaína era increíblemente rica. Y cuando le pregunte dónde pegaba esa maravilla me dijo que era de él. Que el vendía. Y me propuso que yo vendiera para sañiar mi economía. Que él me podía hacer los contactos y que me dieran en consignación un kilo.
Una semana después tenía en la librería un kilo de cocaína, una balanza de precisión y me puse a armar bolsitas de un gramo.
La clave para los clientes que quisieran comprarme merca seria: ¿Tenés el Borges de Bioy Casares?
Bien.
Durante un mes todo muy lindo. Pase de muerto de hambre a capitán de mi nave pirata.
El Borges de Bioy Casares era un éxito. Lo que me había dado en consignación era algo realmente muy bueno y el que la provaba se enamoraba para toda la vida.
Pero al segundo mes la cague. Empecé a tomar y a bardear.
Y al tercer mes la mitad me la tome y la que vendí me la fume en boludeces.
Y al cuarto mes vinieron a cobrarme lo que me habían dejado en consignación y se desayunaron que estaba tan pobre como antes.
Entonces me dijeron sin vueltas. Tenés 24 horas para darnos lo que nos deves. Me dejaron una 9 milimetros cargada sobre unos libros y me dijeron, si en 24 horas no tenes el dinero mejor que te vueles la cabeza porque si seguís vivo y no tenes lo nuestro lo peor que te puede pasar es que sigas vivo.
Dije lo único que podía decir en ese momento, gracias.
Cuando se fueron. Fui al chino, compre una botella de whisky y peine unas rayas de lo que me quedaba de la merca.
Me puse a pensar qué hacer.
Y me enrosque y me enrosque y me enrosque pensando y tomando hasta quedar remanija y a la madrugada salí a la calle, me subí a un taxi y me fui a un puterío.
Estuve unas horas ahí garchando y tomando con la puta y así se hizo la mañana.
Volví a la librería y antes de entrar vi que los ricachones de enfrente estaban saliendo de su casa.
Saqué la 9 milimetros y los encare. Los meti para adentro de la casa y comencé a patearle la cabeza al padre y como no quería decirme dónde mierda guardaba la guita fui por más. Redoble la apuesta. Agarre al hijito de 5 años y le puse la 9 en la cabeza.
Los padres gritaban, lloraban, imploraban.
Pero yo estaba tan quemado que me olvide de cerrar la puerta de calle detrás de mí.
Y se ve que arme tanto bardo que llame la atención de todo el barrio.
La cuestión es que entraron como tromba unos 10 vecinos que nunca sino cuando me derribaron.
Y entonces lamente no haber usado la pistola para volarme la cabeza.
Los vecinos, mis vecinos, se volvieron una jauría de perros rabiosos.
Buscaron un acha y me cortaron a achazos las dos manos.
Lo siguiente que recuerdo es estar en un hospital una semana después con dos policías custodiándome.
La cosa que termine en cana, obvio.
Pero ahí el destino sí me dio una segunda oportunidad sacando un conejo de la galera y mi suerte cambio para siempre.
En la tumba le salve la vida en una pelea en los baños a un tipo que resulto ser el testaferro en la Argentina de un cartel de Mexico encargado de lavar guita. Y como le salve la vida y sabía de libros el tipo me tomo afecto.
Te la hago corta. Estuve enterrado en una tumba solo seis meses.
Y una vez en la calle nuevamente los mexicanos me compraron dos manos androides con las que te podes hacer una paja como con una mano humana y me pagaron mi deuda y me compraron un container, sí, un container para que tuviera la mejor librería de la Argentina.
Así que ahora tengo la mejor librería de la Argentina y lavo guita para los mexicanos.
¿Y qué paso con mis vecinos?
Te voy a contar.
Porque este es un cuento con final feliz.
Los fui agarrando a uno por uno y cortándole las manos. Con mis manos androides y la misma hacha con la que ellos me las cortaron les corte las manos. A todos. Sí, al nenito también.
Columnas anteriores:
 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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