Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld

Borges y Bioy
(o las desdichas de dos perros sarnosos)
Cheever y Carver iban por el segundo whisky cuando entramos con Ringo al baño de la confitería Atenea y los vimos en una de las mesas del fondo.
Cheever no podía dejar de agarrar su celular de forma mecánica y obsesiva para chequear si le había entrado un mensajito de texto. Y Carver no podía evitar repetirle cada dos segundos, ¿ya respondió?, enviále otro mensaje, que quizá no le llego al Peruano.
Ringo y yo saludamos y nos sumamos a la mesa y a la angustia de la espera de Cheever y Carver.
Pocas cosas deben ser tan angustiantes como esperar que caiga el dealer con la bolsa.
Viajar en un tren que te lleva a Auschwitz. Que zumben las balas del ejército israelí sobre la cabeza de tu hijito que tuvo la mala leche de nacer palestino. Que se te declare una enfermedad cuyo remedio lo comercializa Bayer y no tener la guita para comprarlo. Quedarte en la calle. Descubrir que sos un viejo choto y pelotudo y que eso es solo el principio de una larga agonía. Y mierdas así.
En fin.
Y fue ahí, justo ahí, en medio la angustia de la espera y de su tortuoso vía crucis eterno que Ringo para distender la situación sacó el tema.
¿Vieron lo que hicieron los hijos de puta?, preguntó Ringo y no dijo más.
Cheever, Carver y yo presos de que el puto celular nos diera una señal de vida tardamos como un minuto en poder escapar de la prisión de Guantánamo y poder  escuchar la pregunta de Ringo.
¿De qué mierda estás hablando?, pregunto Carver.
Y ahí, justo ahí, el telefonito sonó. Nos quedamos todos mudos como sí estuviéramos frente a un juez que va a leer el veredicto que nos condenara o absolviera al infierno de una tumba. Cheever atendió. El Peruano estaba retrasado, en media hora pasaba por el baño de la confitería Atenea con lo nuestro. Y todos nos removimos en nuestras sillas he hicimos un gesto de ¡vamos! con los puños serrados como si Argentina estuviera en la final del Mundial contra Brasil y acabara de meter un gol.
Y sí, llegar a la final de un Mundial de futbol también angustia tanto como esperar al dealer.
Ahora solo había que esperar media hora más. Que nunca es el tiempo que te dicen. Siempre es más.
En fin.
Había que aguantar los trapos.
Así que todos nos agarramos de la pregunta de Ringo para no hundirnos en el mar de la angustia de la espera y nos dejamos flotar como náufragos a la espera de que alguien nos viniera a rescatar.
¿De qué mierda estaba hablando Ringo? ¿Qué mierda habían hecho qué hijos de puta?
Demoró aun un momento en abrir la boca y  cuando estuvo seguro de que su arte de psicópata profesional nos había capturado con su arte nos explico lo que había sucedido.
Resulta que a unos hijos de puta se la había ocurrido hacer unos muñecos horribles de Borges y Bioy y los habían sentado en la confitería La Biela para que los boludos que fueran ahí se sentaran a tomar un café con ellos y sacarse fotos.
Empezamos todos a putear – Cheever en la lengua de Shakespeare y en homenaje a Borges – y maldecir y cagarnos en el avance imparable de la horribilidad de este mundo que no tiene fin.
Cuando entro el Peruano al baño de la confitería Atenea y se acercó a nuestra mesa ya no éramos nosotros sino complotados anarquistas pergeñando un atentado contra los muñecos  de Borges y Bioy y en defensa de la libertad.
El Peruano nos dio la bolsa y le pedimos tres más.
A mierda, dijo el Peruano, pero si todavía no son ni las doce del mediodía, chicos, chicos, cuidado, no se me vayan a la mierda, nos aconsejo medio en tono recriminatorio y paternal.
Un fenómeno el Peruano. Un tipo de ley.
Pero nosotros lo sacamos cagando.
Le explicamos que teníamos una misión. Borges y Bioy Casares se estaban revolviendo en sus tumbas y solo nosotros podíamos devolverle la paz a su memoria.
El Peruano se nos quedo mirando. No sabía de lo que le estábamos hablando.
¿Quién es Borges y Bioy, amigo?, pregunto.
Cheever le explico.
Dos amigos de toda la vida, loco y que hay unos hijos de puta que les están haciendo pasar un momento de mierda. Y los vamos a ir a cagar a piñas. Así que danos lo nuestro y sentáte a ver la tele porque en un rato vamos a aparecer en todos los canales, le dijo Cheever a el Peruano.
Dos horas mas tarde llegamos duros como la momia blanca de Titanes en el ring a la puerta de La Biela.
Yo antes había pasado por casa a buscar la Luger que herede de mi abuelo que combatió para el ejercito alemán en la Segunda Guerra Mundial y el resto le alquiló al mozo del Atenea, el mozo Queen, unas pistolas Bersa Thunder calibre 9 mm.
Antes de entrar fumamos un último pucho en la puerta de La Biela y repasamos el plan.
¿Cuál era el plan?
Ninguno.
Estábamos de la cabeza.
El plan era entrar y robarnos los muñecos demoníacos de Borges y Bioy.
Ese era todo el plan.
Cuando Ringo termino el pucho y Cheever evaluó que estábamos puestos pero sin bardear ni llamar la atención  que era lo que necesitábamos hasta el momento de hacer justicia, entramos.
Adentro hicimos foco en nuestro objetivo y buscamos una mesa para los cuatro cerca de Borges y Bioy.
Entonces se nos acerco un mozo a la mesa y nos dijo que no se admitía el ingreso con mascotas en la confitería.
Me olvide de contarte.
Ringo es un perro atorrante de la calle.
Lo conocí una tarde en Almagro cuando lo vi acostado arriba de una pila de cartones en un changuito de supermercado Carrefour que empujaba su dueño, un cartonero que duerme en la calle. Le pregunte al cartonero si podía sacarles unas fotos  para las entradas de los libros que subo a la pagina de mi librería online y Ringo me dijo que sacara todas las fotos que quisiera y me mangueo unos pesos para un vino.
Así nació nuestra amistad con Ringo y al poco tiempo lo sume a la mesa del baño de la confitería Atenea para que viniera a charlar y emborracharse con Cheever, Carver y yo.
En fin.
Ninguno de los cuatro había evaluado la posibilidad de que Ringo fuera un perro y que si no sos una ricachona famosa no podes entrar a ninguna confitería con un animal.
Habíamos querido entrar sin llamar la atención para hacer logística sin levantar la perdiz hasta el momento de dar el golpe y la habíamos cagado.
Estábamos desorientados. No sabíamos que hacer. Necesitábamos mas que nunca ir al baño a darnos un saque y pensar una opcion B, lo cual dado como se venían desarrollando los hechos solo implicaba seguir cagándola más.
Entonces fue Ringo el que tomo el timón de la nave.
Lo miro al mozo a los ojos y le dijo, qué te pasa pelotudo conmigo, si sos tan guapo vamos a la vereda y volvé a repetir lo que me dijiste, pedazo de forro.
El mozo se quedo congelado. Pánico y locura había en su rostro. No entendía qué estaba pasando.
Carver y yo estudiamos la escena.
Relojeamos a nuestro alrededor.
Todas las miradas nos miraban entre curiosas y espantadas.
La voz Ringo había logrado volver estatuas de sal a todos los parroquianos de La Biela. Por un momento no hubo diferencia entre la rigidez de los muñecos de Borges y Bioy y la de los seres vivos que estábamos en la confitería.
Entonces Cheever sacó Bersa 9 mm. y empezó a los gritos, ¡todos al piso, con las manos en la cabeza pedazos de putos o los cago a tiros!
Carver y yo fuimos por los muñecos maléficos de Borges y Bioy.
Ringo y Cheever se desplegaron estratégicamente por la confitería cuidando que todo estuviera bajo control con las 9 mm. apuntando a todos.
Carver agarro a Borges y yo a Bioy y salimos cagando por la puerta.
Ringo y Cheever vinieron detrás cuidándonos las espaldas.
El auto estaba a una cuadra.
Aunque no lo creas corrimos una cuadra tres hombres y un perro con armas en mano y unos muñecos de Borges y Bioy en pleno Recoleta a las dos de la tarde y nadie nos paro ni nos dijo nada.
Nos subimos al auto y arrancamos.
Cheever enfilo derecho para Once.
Cuando llegamos al baño de la confitería Atenea le pedimos al mozo Queen que pusiera TN que seguro íbamos a aparecer nosotros de un momento a otro. Y le pedimos que nos trajera unos whiskys.
Sentamos a Borges y Bioy en nuestra mesa del baño del Atenea y peinamos 6 lagartos grandes como Margarito Terere. Uno para Carver, otro para Cheever, otro para Ringo, otro para mí, otro para Borges y otro para Bioy. Cada uno tomo su raya y dejamos las de Borges y Bioy en la mesa en su homenaje.
El mozo Queen mientras nos servia los whiskys de repente se detuvo y luego grito, ¡ahí en la tele aparecieron los dos boludos que vinieron con ustedes!
En efecto en TN estaban denuncia el secuestro de Borges y Bioy.
Las cámaras de seguridad de la confitería habían registrado todo.
El conductor y los entrevistados y la policía, todos estaban entre indignados y desorientados.
Una banda liderada por un perro que habla robo las esculturas de Borges y Bioy de La Biela.
El telefonito de Cheever sonó.
Era el Peruano que acababa de ver por la tele el quilombo que habíamos armado y nos dijo que ya iba para allá para prestarnos apoyo para el baile que se venía y que valláramos pensando un plan de fuga.
El mozo Queen empezó a sacar fierros de atrás de la barra del baño de la confitería Atenea y a repartirlo entre los del lugar.
A la hora teníamos en la puerta del Atenea a mas de cien efectivos de la federal, un helicóptero y al grupo GEOF para negociar la entrega de los dos secuestrados.
A Borges y Bioy no los íbamos a entregar. Eran nuestros amigos.  No íbamos a permitir que volvieran a La Biela para hacer el papel de muñecos forros para diversión y alegría de turistas forros y analfabetos recibidos en la universidad de la pelotudez.
Afuera había mas de cien efectivos. Adentro, contando a Borges y Bioy que estaban de nuestro lado, éramos cuarenta y cuatro monos todos entierrados hasta los dientes.
A las siete de la tarde ya aburridos de escuchar las boludeces de los negociadores  del GEOF  Ringo le voló la cabeza a un Federal mientras cantaba “explota la bailanta/ ya comienza el show/ ha vuelto el matador…”. Y empezó el cachangue. Que duró hasta las cinco de la mañana del día siguiente.
Cuando los ortivas lograron entrar lo único que  encontraron fue al mozo Queen sentado en una mesa haciéndose pasar por una victima nuestra.
¿Cómo escapamos?
Obviamente que no te lo voy a contar.
Pero escapamos todos. Jamás nos pudieron encontrar.
¿Y qué pasó con Borges y Bioy?
Ahora viven en la calle.
Cartonean por Buenos Aires y duermen en la calle con Ringo y su dueño.
Y cada tanto Ringo los trae a Borges y Bioy al baño de la confitería Atenea y se nos va la noche charlando de boludeces sobre la vida alrededor de una botella y una bolsa.
Columnas anteriores:
 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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