Ejércitos imaginarios – Fogwill

Estado: usado.

Editorial: Centro Editor de América Latina.

Precio: $200.

Ejércitos imaginarios enrola a dos que se asilan del terror fundando una pareja que copia, en escala amorosa, los sutiles recursos del Estado; convoca a otro que arma y desarma su pasión como versión textual del acto sexual y, en el frente opuesto, presenta a alguien que sueña que puede resistir al sueño, mientras presenta a alguien que sueña que puede resistir al sueño, mientras duerme en la víspera de una “liberación”, que pondrá la pesadilla de las armas a la “única verdad” que reconoce el amo: la división humana obrada por la obediencia y el castigo. Hay un cuentista imaginario que exhibe su aparato narrativo sugiriendo que en todo relato hay seducción y violación. Otro relato historia el carácter onírico de los mecanismos sociales de imposición de fines colectivos, en tanto que el sueño muestra en otro los efectos de realidad que se resisten a la elaboración, el cuerpo, el tiempo, la muerte. Esta última es tema también de dos relatos. En uno se la asume como proyecto voluntario que puede reordenar una existencia, en tanto que en el otro se la suprime, para indicar que, desde la perspectiva de la eternidad, la historia y el mundo de los hombres pueden resultar objetos monstruosos, meros sujetos de la indiferencia. Ejércitos imaginarios (1983) es el tercer libro de relatos de Fogwill
(Nota del librero:  algunos de los cuentos de este libro Fogwill los eliminó de la edición de sus cuentos completos y la imagen del cuadro El origen del mundo de Gustave Courbet con un poema de Fogwill impreso encima me la envió Fogwill cuando era una chica que estudiaba Letras y cocinaba pan en una panaderia todas las noches ).
Fogwill, una memoria coral*
Andrés Tejada Gómez
Rodolfo Enrique Fogwill insiste en ser una intriga para el sistema literario argentino. Un interrogante arisco. Tal vez un escollo para las conciencias progresistas que acumulan pereza a la hora de lidiar con sus propias creencias. Reproductor de múltiples saberes, proclive a los gestos belicosos, a la euforia teatralizada expuesta en el chicotazo lingüístico y la argumentación mordaz, inició su frenesí literario cerca de los cuarenta años con un premio servido por una empresa de gaseosas. Huyó del ostracismo, de sus grilletes de publicitario y se hundió en la búsqueda de su narrativa. Nunca pudo abandonar el éxtasis del marketing. La fundación de una mítica editorial que iba a llamarse Wasteland y más tarde fue traducida por Tierra Firme lo tuvo como su principal responsable. En su sello publicaron a los Lamborghini, a Steimberg, a Perlongher. Siempre tuvo la vigorosa capacidad de ser un arriesgado gestor cultural. A contrapelo, claro. Su espíritu se maceraba en la ardua trama del debate ético-político-literario. La generosidad para hacer circular la obra de narradores y poetas jóvenes fue un signo de nobleza que todavía sigue presente como aura. También podía ser escandaloso e iracundo. Un showman. Durante los últimos treinta años estuvo azotando con su “inteligencia alienígena” las torpezas del sentido común. Su ausencia discursiva nos hace extrañar su “punto de vista” en los debates actuales. Tenía una inquieta fascinación por profanar los cementerios ajenos. Fue nuestro último enfant terrible. También están los que se atreven a considerarlo un profesional de la bravuconada. Como casi todos los escritores, anhelaba construirse como un personaje de sí mismo. Estuvo preso por estafa, fue un diletante de la cocaína, tuvo muchos hijos, escribió cuentos geniales y ahora está muerto. Tal vez canonizado. Nunca manifestó ni un atisbo de demencia.
Patricio Zunini acaba de editar en Mansalva una “memoria coral” sobre el espectro Fogwill. Un texto que reúne las reflexiones y los comentarios de quienes han conocido a “Quique” en todas las facetas que pudo ir inventándose. Los familiares fueron desalojados del relato. Hay escritores, amigos, editores. Toda la fauna cultural vernácula. En cada uno de estos fragmentos, Fogwill va apareciendo en la voz de los otros. Cada anécdota, cada semblanza nos presenta un perfil siempre atrapante. El texto resulta útil para acercarse a una figura insoslayable en el campo cultural argentino. Un hilo secreto lo atraviesa todo: es el de la pérdida y la deuda ante un autor que sabía cómo socavar nuestras falacias y dejarnos desnudos frente al pensamiento hecho relato. De las muchas impresiones que se pueden rescatar del texto, vale reproducir dos. Una de Daniel Molina: “era muy contradictorio, muy complejo. Cultivaba una imagen de maldito a través de lo inaceptable. Fogwill se autoconstruyó muy consciente como un dandy malvado. Era un comunista de derecha, una especie de nazi comunista. A él le gustaba ser un ser oximorónico”. La otra es de María Pía Lopez: “Fogwill no ponía resguardos éticos al despliegue de su lucidez. Políticamente eso es un problema”. Ojalá alguien pueda recuperar esa lucidez.
* Esta reseña al libro Fogwill, una memoria coral de Patricio Zunini apareció en el sitio  http://revistaotraparte.com/semanal/ .
Apuntes para un ensayo que no voy a escribir nunca a partir de una reseña de Andrés Tejada Gómez sobre Fogwill
Juan Pablo Liefeld
F – Muelas podridas. Hay pensamientos que se mueven buscando el nervio enfermo, el núcleo del dolor y cuando lo encuentran escarban en él. Su inteligencia y lucidez se abre como una flor al sol, ahí, justo ahí, cuando encuentran la raíz de la muela podrida y hunden en la podredumbre su instrumental doloroso.
F – Una serie de muelas podridas: Ezequiel Martínez Estrada, Fogwill, Enrique Symns y Fernando Peña. Cada uno de ellos supo ser insoportable como una muela cariada. Con poéticas diferentes y maneras que no se equivalen, cada uno de ellos en sus momentos más memorables supieron encarnar la molesta tarea de pensar sin red lo que se resiste dolorosamente a pensar.
F – En Argentina las memorias y biografías son rápidamente compost que nutre la bateas de saldo y ofertas. Cómo es posible que las memorias de Moria Casan o Maradona no sean libros interesantes, divertidos. El problema es que se “cuida” al biografiado, se intenta dar una forma humana a partir de un fotoshop que lo convierte en una caricatura. La autobiografía de Miles Davis o el Foucault de Paul Veyne son buenos ejemplos de cómo una vida se puede contar sin borrar lo incomodo y oscuro y contradictorio de una vida. Por aquí solo se han escrito un puñado de buenas biografías: el Galimberti de Larraquy y Caballero, el Barón Biza de Christian Ferrer, la del Potro Rodrigo de Cicco y el Lamborghini de Ricardo Strafacce.
F – Y obviamente los diarios de Bioy sobre Borges son un caso único dentro del sistema cultural nacional. Bioy esta muerto y el personaje del diario es desmesurado. Pero eso esta visto como traición. Para mi es un gesto de amor y de tomarse en serio el asunto.
F – Hablar y pensar en Argentina sin comenzar evaluando si lo que se va ha hablar y pensar afecta a un amigo o enemigo y si eso lo es positivo o negativo lo tiñe todo de balbuceos y peroratas que nadie termina de creer y aburren.
F – Fogwill esta siendo monumentalizado. Lo cual nada tiene que ver con pensarlo o leerlo con amor (como reclamaba Pasolini de una lectura). Fogwill es un nuevo muñeco de cera en el museo de la cultura. Si es bueno lo que hizo sobrevivirá a eso como Sarmiento o Borges.
F – Fogwill era una persona que sabía escuchar. También sincero. De ahí el supuesto miedo que generaba en algunos. De ahí la supuesta maldad que podía ejercer sobre otros.
Escuchar y hablar franco no son monedas de curso legal.
F – Tenía una sólida formación académica y era poeta. Ser poeta (ser escritor es una fatalidad, no importa si sos bueno o no en lo que escribís, pero el escritor si no escribe no deja de serlo y solo vive cuando la fugacidad de la escritura fluye) es en su caso una marca de nobleza y jerarquía, como ser soldado (¿guerrero?) para Ernst Jünger o albañil como Cipriano Mera. Digo esto porque sus ingresos provenían del marketing y la publicidad. Qué tiene que ver la poesía con la publicidad. Qué tiene que ver el marketing empresarial con un implacable crítico del pulso político y sus oscuras bambalinas. Nada y todo. ¿Cómo compartimentaba esos dos universos que se oponen y rechazan – que en la superficie pueden complementarse pero en el subsuelo se rechazan y enfrentan por representar formas de mundo radicalmente opuestas? No lo sé. Supongo que eso lo abra lastimado y roto bastante. Porque era poeta y no era boludo, sabía que era una mierda su brillante carrera publicitaria o sus servicios empresariales.
F – Su voz me recuerda a la de Silvio Soldán.
F – ¿Fogwill siempre decía todo? No. Nadie dice todo. Solo que la muela cariada suele tocar el núcleo del dolor que se resiste a ser pensado y eso produce la impresión de que es capaz de decirlo todo. Pero no, la muela cariada tiene la virtud de ponerle palabras al dolor que no se quiere ver o pronunciar.
A pesar de él, de nosotros*
  Guadalupe Marando
Toda ficción actúa sobre la historia. La novela de Fogwill abre un espacio en el tiempo durante el que se prolonga la guerra de Malvinas, e inserta allí una fábula que contradice los hechos de la realidad para decir otros: los que esta misma realidad autoriza a imaginar y torna verosímiles. No fue así y, sin embargo, es así como podría haber sido, como debería haber sido si en el mundo real los acontecimientos tradujeran con la misma exactitud que en la literatura el significado de determinados momentos históricos. Lejos de ser el paisaje sobre cuyo fondo se erige un relato imposible, Malvinas es el escenario que posibilita y justifica el accionar de los no combatientes imaginados por Fogwill. La resistencia a arriesgar el cuerpo es el más perfecto correlato de esa verdad histórica que esta ficción subterránea descubre simultáneamente –y ese es su mérito– a lo que acontece, y que sus personajes muy pronto constatan: no hay nada en esa guerra, más allá de la propia supervivencia, por lo que valga la pena arriesgarse.
    Dice Fogwill en la contratapa de esta edición de Interzona: “al escribirla, estaba lejos del autor cualquier preocupación sobre el acontecimiento. Como decía por entonces –digo–, estaba escribiendo sólo acerca de mí, de la revolución, la contrarrevolución, el amor, el comercio, la democracia que sobrevendría”. Y en otro contexto: “Me hubiera gustado escribir Los pichiciegos sin Malvinas”. Fogwill parece no saber que la novela triunfa precisamente allí donde fracasan sus pretensiones; que lo que vuelve a este libro perdurable –reeditable– es, al menos en parte, esa fricción entre realidad e invención, ese intercambio entre la subjetividad del que escribe y todo lo que no es él y se le escapa. Hay quienes piensan que en el acto de creación de toda obra resistente al paso del tiempo hay un momento de pérdida del artista en lo otro –la realidad objetiva–, y que es ese núcleo de realidad que se instala en la obra, incluso a pesar del autor, el que asegura que muchos, aún mucho después, puedan reconocerse en ella. Nostra causa agitur: se trata de nosotros, de un instante en la historia compartida que da origen al relato y cuyo sentido preciso –o su sinsentido– el relato logra captar. Fogwill tal vez no lo sabe, pero sí su novela, menos reticente que él a la hora de admitir su deuda con la realidad sobre la que opera:(1)
    Al comienzo, a nadie se le hubiera ocurrido juntar tanto carbón, tanto paño de carpa, mantas, raciones, ropa vieja. […] A él sí. Él precisó juntar. O primero necesitó la guerra y la posibilidad de mandar, para que le naciera aquella idea de juntar y cambiar.(2)
    En la sintaxis, en la lógica causal de este pasaje es posible detectar la clave de ese efecto que produce la lectura de Los pichiciegos: la novela anuda de un modo necesario la ficción al acontecimiento histórico, la realidad de la época referida habilita la invención de hechos que no llegan a resultar del todo increíbles. Sin Malvinas no hay relato posible, o al menos no hay este, que es el que todavía nos interpela. Los pichis son la más lógica consecuencia de la guerra.
    Y se trata de nosotros –y no sólo de Fogwill– todavía en otro sentido. Podemos, como ya se dijo, reconocer nuestra historia en el reverso, la sombra o el sueño de la historia que la novela escribe, pero también reconocernos en la sensibilidad de los cuerpos que la escritura vuelve nítida. El discurso del informante es puesto enteramente al servicio de la transmisión de una experiencia física: la de sobrevivir. Las palabras se adhieren a las cosas y a los cuerpos, como si quisieran actualizar la materialidad de sus referentes. Las frases son breves y precisas, y apelan al recurso poético sólo cuando el lenguaje corriente se queda sin recursos para significar una sensación o un proceso: “se siente el frío, se lo sufre, tarda en acostumbrarse: el frío duele, el aire es como vidrio y si uno quiere respirar parece que no entrara”.(3) Al leer, es inevitable pensar: es así.
    Todo eso bastaría para hacer de la descripción de las reacciones corporales y emocionales de estos hombres la descripción de la sensibilidad de los hombres en general. En el registro de la memoria de los soldados, que en condiciones miserables idealizan las miserias de sus realidades cotidianas anteriores a la guerra; en el registro de la necesidad, el instinto y el deseo; en el registro de los estados y, sobre todo, de los pasajes –del frío al calor, del silencio a la palabra, del miedo al miedo–, Fogwill atrapa algo que podríamos llamar lo humano. Pero esto además se ve confirmado por el estilo del lenguaje del informante, un lenguaje que transforma los hábitos del pasado en las islas, en saberes prácticos dichos en presente –que es el tiempo de los enunciados de validez universal–, y en el que no faltan los axiomas que condensan estos saberes: “pasando un tiempo en el calor, el hombre aguanta más el frío.”(4)
    Hay que decir algo más. La novela de Fogwill va a permanecer porque habla de nosotros, pero también porque está bien escrita. Bellamente escrita. Esto es algo imposible de justificar teóricamente. Se podría intentar –inútilmente– rastrear la belleza en el ritmo que al texto imponen las frases breves, en la ausencia de excesos retóricos, en la serenidad del tono con el que se dice lo violento, en la elección de un léxico cercano, familiar y hasta pueril –”olas que corrían cargadas de espuma como corderitos”–,(5) exacto en su simpleza. No sería suficiente. Convendría hacer silencio y dejar que el libro hablara por sí mismo.
    Fogwill es uno de nuestros mejores escritores. Esto, él lo sabe, y en lugar de callar, como yo ahora, lo dice hasta el cansancio. Claro que sus novelas lo dicen y lo seguirán diciendo mucho mejor.
    NOTAS
* Sobre la reedición de Los pichiciegos aparecido en la revista digital El Interpretador Julio – 2006
(1) Dada la ya conocida tendencia de Fogwill a verse como el acreedor –precursor, visionario, adelantado, profeta, fuente de inspiración y objeto de plagio– de las deudas del resto, es lógico que así sea.    (2) Fogwill, Los pichiciegos, Buenos Aires: Interzona, 2006, p. 103.     (3) Ibíd., p. 35. (4) Ibíd.      (5) Ibíd., p. 156.
Sentimientos y autopistas*
Elvio E. Gandolfo
Los hechos ocurren entre 1971 y 1982: entre las convulsiones revolucionaristas, la toma del poder por los militares, el Mundial del ’78, la guerra de Malvinas. Pero como lo anuncia ya el título, todo ocurre mirado (y escrito, y sentido) desde “otro orden de cosas”. El personaje (probable alter ego del autor) vive una relación afectiva con una mujer en los dos primeros capítulos, pero después, sencillamente “se va” de ese vínculo: camina y no puede parar, y pasa a otro nivel
Es decir: se convierte en los llamados “cuadros” del Montonerismo. Vigila supermercados, da paquetes, instrucciones. Cuando llega el momento de la dispersión, ya en el ’75, pasa a ser peón demoledor de casas para despejar áreas para las famosos autopistas que terminaron de trenzarse sobre el paisaje de Buenos Aires y alrededores. Después se descubre y le descubren una insólita capacidad para manejar las máquina hidráulicas de derribo. Pronto algún capataz o ejecutivo descubre que pasa los momentos de ocio diseñando cambios para los circuitos de esas máquinas suecas. Sintetizando, no tarda en subir dos o tres niveles en la empresa, hasta tener las ventajas, los vicios y la sensación radical de irrealidad del ejecutivo intermedio.
CAMBIOS. En su obra novelística, Fogwill se ha planteado varias veces a la vez la necesidad de saber y la perplejidad ante la realidad argentina, explosiva y cambiante como pocas. Como dice en un momento: “Todo cambio es gradual hasta el instante en que se revela y parece repentino.” Los Pichy Ciegos (1983) instaló una de las mejores novelas sobre Malvinas, con una gran creatividad lingüística, y escrita en tiempo record. En La buena nueva (1990) se acercaba al país, a la realidad través de la itinerancia física y la digresión, con algo entre manual y estilo “beatnik”, a la Kerouac. En Una pálida historia de amor (1991), tal vez su novela más fallida, intentaba un acercamiento muy lateral al tema de una mujer poderosa como Isabel Perón, con mezcla de clima tropical. En la reciente Vivir afuera (1998) inició un ciclo donde se combinaron la complejidad de cada intento con la felicidad de expresión. Ese primer caso era puesto hasta punto en jaque por la cantidad de niveles sociales, de tipos de violencia, y hasta por la extensión. En cambio La experiencia sensible (2001) y esta En otro orden de cosas manifiestan un ajuste entre el tema y el tono, la forma, que esquiva por entero caer en zonas ya recorridas por otros autores, de Piglia a Saer, de Arlt –demasiado citado en su caso- al Asís de la primera época.
Hasta estos dos últimos libros, era de recibo opinar que “los cuentos son mejores que las novelas”. Ahora, en cambio, ha alcanzado una madurez envidiable.
El Gran Tema de la “guerra sucia” y la dictadura, tratado hasta el hartazgo en sus costados más obvios, no está esquivado: varios párrafos, de hecho los menos literarios y más informativos, hablan de sus núcleos. Pero en el resto, en la carne misma del texto, el protagonista es sencillamente alguien que vive una realidad desquiciada como si fuera no sólo normal, sino además envidiable.
Pronto su ascenso lo va ubicando en un círculo de virtualidad devoradora: desde la lectura de un informe español cuya falta de sustancia es tan indudable como su lenguaje esquivo, de aparente seguridad, hasta los ejecutivos, que se dividen en “los caballeros masones” y los (sic) “damas del Opus” (los españoles). Allí aparece el espejismo nítido de un probable cambio que sacaría a los argentinos de su provincianismo, aparece el avance demoledor de la corrupción (el personaje le llama “el prenderse”), aparece el reciclaje de los antiguos “revolucionarios” o “montos”: “inauguraban agencias de automóviles, gomerías, bares. O hacían política, canjeando su historia pasada por las dávidas de los partidos que empezaban a reaparecer”.
MUJERES. “¿Qué es el amor?” La pregunta insólita, repetida y sorprendente por lo inesperada y fugaz, es otro puntal. También allí hay mucho de virtual. Una novia, arquitecta paisajista, resulta una “chica moderna”, sofisticada que, por ejemplo, se horroriza de una carencia en el baño masculino: “-Este tubito, un jabón y una máquina de afeitar eléctrica son lo único que tenés en el baño… ¿Cómo puede alguien vivir sin tener un puto cosmético en el baño?” La respuesta no puede ser más viril: “Viviendo”, había pensado responderle.” A esa mujer se suma una psicoanalista superada que viene de Francia aunque sea argentina, con la que se instala un triángulo tan desprovisto de tensión como notablemente infantil. A la larga derivará hacia una hermana “buena”. En el cierre, como en 2001, como en tanta obra artística de cualquier tipo, aparece la espera de un bebé, símbolo/comodín de la esperanza.
Ante esa nueva perspectiva el personaje hace su balance “no había hecho nada más que unos ejercicios de adaptación a la política, unas válvulas de derivación hidráulica para las topadoras Babis de Suecia (…) y ese hijo que abultaba su vientre.” Persiste una pregunta, una intriga, una puerta abierta a otras novelas: “Seguro, pensaba, para las mujeres todo ha de ser distinto. ¿Cómo sería? Tenía muchos años por delante, y, con toda probilidad, nunca llegaría a saberlo.”
Una de las sensaciones crecientes que provoca la lectura, es la de que el texto va mostrando claramente cómo la realidad “menemista” de alucinación colectiva, que terminó en el gran desastre reciente, tenía una fuertes raíces en la dictadura, en su planteo económico y cultural. Y que la democracia, en vez de eliminarlas, consolidó para su propia puesta en jaque. En ese sentido, aunque pase en “los años de plomo” En otro orden de cosas se niega a toda catarsis. Por momentos es fría y subyugante, por momentos desorientante. Ya es un lugar común hablar de que una novela no habla de la época en que transcurre, sino de aquélla en que escrita. No hay dudas de que aunque se desarrolle entre el ’71 y el ’82, está escrita en el 2000.
* Sobre En Otro Orden de Cosas aparecido en El País, Montevideo, Julio 2002.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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