Postales de invierno – Ann Beattie

Postales de invierno – Ann Beattie libros kalish

Estado: nuevo.

Editorial: Libros del Asteroide.

Prólogo: Rodrigo Fresán.

Precio: $400.

Apuntes para una teoría del frío
Rodrigo Fresán
UNO El frío ahí afuera, el frío que asciende cuando desciende el calor del amor, el frío que corre por los pasillos del cuerpo que unen o desunen al corazón con el cerebro (o viceversa),el frío que hace danzar al mercurio rojo sangre la danza del termómetro, el frío que se siente en los huesos cuando comienzan a cerrarse las puertas de la juventud, el frío que no se puede aislar con abrigos o calefactores, el frío que es todavía más frío cuando pensamos en qué frío que hace, el frío del pasado que es también el frío del futuro y los fríos que no podemos dejar de pensar y sentir junto a este frío del presente.
De todos esos fríos que en realidad son un solo frío trata Postales de invierno, primera y perfecta novela de la norteamericana Ann Beattie publicada originalmente en 1976 y ahora, por fin, temblando en nuestro idioma, como si no hubieran pasado los años ni las nevadas.
DOS Postales de invierno es lo que se entiende como una novela generacional. Y siempre pensé que las mejores novelas generacionales deben cumplir dos condiciones.
La primera de ellas —la más obvia— es la de ser definitoria de una época histórica y de los modales de una determinada generación. Así, por citar uno entre muchos posibles ejemplos, En el camino de Jack Kerouac es una novela generacional.
La segunda —la más difícil— es que esa novela debe representar ya no una época sino también una determinada edad. Un momento histórico íntimo y particular. Y aguantar, por lo menos, tres lecturas en el tiempo y en el espacio cuando se la traslada de lo generacional a lo individual y privado.
Me explico: En el camino de Jack Kerouac hay que leerla antes del viaje, durante el viaje y después del viaje. Y ser disfrutada con la fuerza de la expectativa, el orgullo de la realización y la inevitable desilusión del haber llegado al final de la travesía.
Así, lo generacional debe retratar, forzosamente, lo de generacional, que no es otra cosa que lo generacional contemplado desde la perspectiva del tiempo transcurrido y de las ilusiones por lo general derrumbadas y en ruinas.
Del mismo modo, yo leí Postales de invierno—uno de los libros que más he regalado y que más me han agradecido— tres veces a lo largo de los años ochenta: antes de haber consumado, en el momento de la consumación y, ya consumido, apenas superado el apocalipsis de una relación que entonces me pareció amorosa pero que, en realidad, supongo, era algo muy diferente.
Era, ni más ni menos, una relación generacional.
Vuelvo a leer en estos días Postales de invierno después de tanto tiempo. La leo —para escribir este prólogo— en el aire, en un par de aviones que hacen la ruta Barcelona-Newark- Barcelona y descubro que —tanto tiempo después, aunque yo ya esté tan lejos de todo eso y de esto— Postales de invierno sigue siendo una gran novela.
Y me sigue haciendo temblar de emoción y de risa y de frío.
Y —como sucede con las grandes novelas, con las mejores novelas generacionales— nos obliga a pensar en el doméstico misterio, pero misterio al fin, de quiénes fuimos y en quiénes nos convertimos.
Y esa poderosa propiedad, ese poder raro, pienso, continúa intacto y latiendo, saludable, en sus páginas.
Así, no importa que en Postales de invierno (una de las novelas más telefónicas que conozco) no existan aún los móviles o los celulares o tantas otras taras y tics de nuestro presente. Novela histórica e histérica, Postales de invierno se las ha arreglado para trascender a su tiempo y convertirse en algo eterno a lo que regresar una y otra vez.
No habrá joven enamorado que no se reconozca en la figura del atribulado Charles. No habrá chica esquiva e inasible que no quiera sentirse un poco Laura. Y siempre tendremos —si hay suerte— un amigo como Sam.
Postales de invierno —como la estación de su título— siempre regresará, puntualmente, a nuestro almanaque.
TRES Y aun así, el enigma de que recién ahora se la traduzca y se la publique.(1) Ann Beattie (Washington, 1947) es una de las grandes firmas de la literatura norteamericana, ganadora de numerosos y prestigiosos premios como el PEN/Bernard Malamud Award o el otorgado por la American Academy and Institute of Arts and Letters y, sin embargo, continúa siendo una virtual desconocida para el lector en español. ¿Por qué? Misterio. O no tanto. Tal vez se deba a que su fama inicial se la debió al siempre poco interesante para nuestros editores relato elíptico —la revista The New Yorker la ha publicado y la sigue publicando asiduamente desde mediados de los años setenta luego de rechazar, cuenta la leyenda, sus primeros veintidós envíos— (2) que la convirtió para crítica y lectores en la sucesora femenina de John Cheever y John O‘Hara y John Updike. (3)
Aunque —a diferencia de los tres anteriores— Beattie no es una escritora moralista sino una escritora amoralista. Y explora y nos invita a su territorio con un guiño cómplice y un encogerse de hombros como diciéndonos «bienvenidos, pero no esperen que yo vaya a cambiar y mucho menos a mejorar el estado de las cosas». Es decir: Beattie como la radiógrafa implacable pero divertida de una determinada clase social —la media-alta— intentando conciliar los sueños idealistas con las pesadillas ideales. Lorrie Moore —una de sus discípulas junto a Amy Hempel entre muchas otras (4) — apuntó con precisión que Beattie es la primera narradora que escribió acerca del divorcio y el volver a casarse (en ocasiones con la misma persona) sin sentir la obligación de dar explicaciones. Y John Updike precisó que «el poder y la influencia de Beattie surgen de una inmersión sin resistencia alguna en el estoico aturdimiento de toda una generación sin una causa por la que luchar». De este modo, en la literatura de Beattie, los baby-boomers sobrevivientes al espejismo del oasis hippie (notar las múltiples alusiones en Postales de invierno a la tierra baldía de Woodstock, al fin del amoroso y dorado verano de los sesenta como fin de mundo, y al momento exacto en que la Era de Acuario muta a la Era de Cáncer y estalla la metástasis de los setenta como Twiligth Zone) preanuncian el Gran Escalofrío o La Nada más o menos divertida de sitcoms como Thirtysomething, Friends o Seinfeld (5) o películas como The Big Chill y buena parte del cine indie que llegaría hacia el fin del milenio (6): la Generación W de ameri can neurotics que precede a la Generación X de los american psychos. Personajes a la deriva, sonámbulos sin rumbo, angst existencial que no se priva del gag verbal, las risasenlatadas o la mueca envasada al más absoluto y atestadode los vacíos.
Así, Postales de invierno —están advertidos, abandonen toda esperanza de recuperarla más tarde quienes entren a este celestial purgatorio—es una de las novelas más tristemente graciosas o graciosamente tristes que jamás se hayan escrito. (7)
CUATRO Ann Beattie llegó a las librerías en 1976 con un doble golpe todavía hoy considerado como legendario: esta novela —a la que el Philadelphia Bulletin definió entonces como «la mejor novela sobre juventudes desencantadas desde El guardián entre el centeno en los cincuenta y Trampa-22 en los sesenta»— y la colección de relatos Distortions.
La foto en la primera edición de Postales de invierno muestra a una joven que —nada es casual— podría pasar por hija mayor o hermana menor de John Updike: los mismos rasgos de delicada pero implacable ave de presa, los mismos ojos de rayos X. Enseguida, la «curiosa celebridad»—en el decir de un crítico— de convertirse en la portavoz fiction de toda una muy non-fiction y muy amplia provincia demográfica: la clase media-alta que no sabe muy bien qué hacer con sus vidas salvo vivirlas día a día, noche a noche, y a ver qué pasa. Mientras tanto y hasta entonces —a la espera de que llegue alguien a explicarlo todo— se preguntan si deben ir a la universidad o huir al extranjero, da igual. La vida moderna y todo eso. El lugar donde resulta complicado poner puntos finales porque resulta tanto más fácil —o automático— vivir en estado de comas y de coma.
Así, las criaturas de Beattie se saben aburridas para sí mismas —y tan divertidas para nosotros y, muy inconscientemente, sin decirlo pero pensándolo—, darían cualquier cosa por dejar de ser personajes de Beattie y convertirse en los tan significativos, simbólicos y luminosos personajes de J. D. Salinger. O, por lo menos, en el Benjamin Braddock y la Elaine Robinson de El graduado.
Pero —por suerte para nosotros, cada loco con su tema y con su variedad de experiencia religiosa o atea, aunque siempre epifánica— no pueden, no se puede, no se va a poder.
CINCO Y aquí viene, éstos son: el atormentado Charles prisionero del hechizo de una tal Laura que entró y salió de su vida («¿Por qué tuvo que conocerla su marido antes que yo?») luego de un breve affaire; su hermana Susan quien sólo aspira a que le toque una vida mejor que la que le tocó a su hermano; el mejor amigo y desempleado serial Sam, quien ha conseguido hacer de la disfuncionalidad una forma artística; la madre de Charles (Clara), adicta a largos y psicóticos baños de inmersión; su segundo marido (Peter) quien no deja de predicar las milagrosas propiedades de la cera Turtle para encerar y lustrar el automóvil; y un selecto reparto de figuras que entran y salen de sus vidas (entre ellos la paranoide voz de Mrs. Reynolds o la siempre inesperada lesbiana ocasional Pamela Smith) como en un trance hogareño de comida basura, humo de marihuana, trabajos sórdidamente efímeros o eternamente aburridos, conversaciones monologantes más cercanas a Donald Barthelme que a Raymond Carver, (8) alusiones literarias, (9) pastillas varias, algo (no demasiado) de actividad sexual más por compromiso que por pasión, y —por último pero no por eso en último lugar— un milagroso y redentor y casi proustiano suflé de naranjas. Y todas esas canciones que, en el momento de la publicación de la novela, se entendieron como original y novedosa marca de la casa tantas veces imitada a partir de entonces. (10)
Así, Postales de invierno ofrece también un noble soundtrack fácil de ensamblar (en un casete, seamos antiguos,tampoco hay iPods en Postales de invierno, hagamos honora los tiempos en que suenan y se escuchan aquí dentro) ytomemos nota: «My Sweet Lord» de George Harrison, «Loving You» de Elvis Presley (dos veces), «Me and Bobby McGee» y «Get It While You Can» de Janis Joplin, «Sunshine Superman» y «Mad John» de Donovan, una canción de Judy Collins cuyo título no se menciona por lo que propongo que sea su cover de «Suzanne» de Leonard Cohen, «I’d Trade All My Tomorrows» de Merle Haggard, «Satisfaction», «Wild Horses», «Gimme Shelter» y «It’s Only Rock ‘N’ Roll (But I Like It)» de The Rolling Stones, un casete con el título de Folk Fiddling from Sweden, «Mind Games» de John Lennon, «The Ballad of John and Yoko» de The Beatles, «Midnigth at the Oasis» de Maria Muldaur, «Where the Boys Are» de Connie Francis, «Heat Wave» de Martha and The Vandellas, «Most Likely You’ll Go Your Way (And I’ll Go Mine)», «Mama You Been On My Mind», «John Wesley Harding» y «Like a Rolling Stone » de Bob Dylan, «Good Night Ladies» de Lou Reed, guiños a «Girl from the North Country» y «Lay Lady Lay» de —otra vez— Bob Dylan y «Rock Around the Clock» de Bill Halley, «What I’ve Got» de Ray Charles, «Singing in the Rain» por Gene Kelly y «A Fine Romance» por Fred Astaire, «God Bless the Child» y «Don’t Worry ‘Bout Me» acargo de Billie Holiday, «Benny and the Jets» y «Rocket Man» de Elton John, el negro espiritual tradicional «Swing Low, Sweet Chariot», «The Name Game» de Shirley Ellis, «All I Have to Do Is Dream» de The Everly Brothers, «Stand By Your Man» de Tammy Wynette, «Layla» de Eric Clapton, «Chilly Scenes of Winter» de Cousin Emmy y The New Lost City Ramblers, (11) «Paradise and Lunch» de Ry Cooder y, cerca del final, algo que tal vez sea de Albinoni y algo que es de Keith Jarrett.
Pero —además de sus canciones nombradas más arriba y la para mí muy misteriosa omisión de algún título de Paul Simon circa Still Crazy After All These Years— quien más destaca en Postales de invierno, junto al cadáver todavía tibio de Janis Joplin, es el fantasma de la electricidad de Bob Dylan aullando en los huesos de sus protagonistas. Sam se la pasa buscando en la radio del auto lo nuevo de Dylan —aunque Charles le explique que un Dylan que se sabe vigilado nunca revela nada— porque necesita saber lo que tiene que decir y cantar Dylan acerca de lo mucho que le está pasando al mundo y de lo poco y nada que les está pasando a ellos. Y Postales de invierno fue publicada en 1976. Por lo que el disco —no hay compact-discs en Postales de invierno— que está esperando Sam, en 1975, no es otro que Blood on the Tracks, publicado ese mismo invierno. El más grande álbum divorcista jamás escrito y grabado y uno de los mejores de Dylan. No creo que a Sam le gustara demasiado, porque lo que él espera es un comunicado trascendente que ponga las cosas otra vez en movimiento y en marcha. A Charles, en cambio, seguro, le parecería perfecto, le parecería suyo y nada más que suyo. Y de Laura.
En Postales de invierno—como en Blood on the Tracks— la respuesta ya no está flotando en el viento ni los tiempos están cambiando. En Postales de invierno la única ideología válida —el único gesto político que vale— pasa por intentar recuperar a la mujer que se ama. Y con eso es suficiente, alcanza y sobra, no pidan más, es lo que hay, no hay ni queda otra cosa.
SEIS Porque, a la hora de la verdad y de las definiciones, Postales de invierno —escrita en tres semanas, de ahí la inmediatez casi documental de su prosa, retratando un presente permanentemente interferido por un pasado que suena como la voz de medianoche de un disc-jockey brotando de una radio lejana pero imposible de apagar— no es otra cosa que una love story en la que un joven de 27 años que ya no se siente joven (12) y camina y conduce por una ciudada la que nunca se nombra (pero que es Washington) intentando no comprender qué sucedió sino cómo hacer para que deje de suceder. Cómo poner fin a ese paréntesis en su romance. Y atención, detalle importante: su amor por la un tanto demasiado idealizada Laura no tiene la intensidad de un amor legendario y ardiente. Pero es lo único que tiene,lo poco que le queda, y —como le sucede a Gatsby con su Daisy— necesita que ella reciba acaso más de lo que él necesita dar. El suyo es un amor pleno pero, también, solipsista. Charles sabe que ese amor es lo único que tiene y que hacérselo llegar a su destinataria es su único fin y final en la vida. Y, si se lo piensa un poco, dentro de los parámetros de conducta de estos años, Charles podría ser considerado y demandado por su perfil de obsesivo y obsesionado acosador no sexual pero sí sentimental. Y la verdad sea dicha: parece haber más sentimiento y entrega —la buddy story imponiéndose sobre la love story— en la relación de Charles y Sam que en la de Charles y Laura.
Lo que nos lleva directamente a los finales en la obra de Beattie.
Otra de sus señales características e inconfundibles.
No exactamente finales abiertos sino finales entreabiertos (13).
En su elogiosa reseña a Postales de invierno en The New Yorker, John Updike concluyó que la novela acababa horneandoy sirviendo —junto al talismánico suflé de naranja sque para Charles no es otra cosa que la receta de la felicidad—«el más raro manjar: un final feliz convincente». Y Updike estaba y sigue estando en lo cierto. Pero con un matiz: es un final feliz que no finaliza del todo y —como en aquella tan expresiva última escena sin palabras de la ya mencionada El graduado— no podemos evitar el preguntarnos cómo seguirá la cosa y si seguirá por mucho tiempo más. (14)
Más que un final feliz, el final de Postales de invierno es un final que quiere tanto ser feliz. (15)
Volvió a sucederme —con el avión descendiendo sobre Barcelona— mientras  volvía a leer esas climáticas últimas líneas agridulces y ácidas y cítricas donde el aroma de naranjas se funde con los copos de nieve. Un final que Beattie declaró haber tecleado a mitad de camino en la escritura de Postales de invierno —cuyas primeras 49 páginas arrojó a la basura y de ahí la lograda sensación de que entramos en el libro como quien llega a una cena que comenzó sin nosotros— y que hizo a un lado y que recién recordó cuando, suponía, se aproximaba la hora de la más bienvenida de las despedidas: «Y es que yo no planeo mis finales. No recuerdo jamás haber sabido cómo iba a terminar una novela o un cuento. Lo mismo me sucede con la estructura de un texto. La forma nunca precede al contenido en lo que yo hago». (16) Así, el final de Postales de invierno es cálido pero —ya lo dije— entreabierto. De ahí esa corriente de aire frío que corre por los pasillos y habitaciones de la vida de Charles y Laura. Y pocas cosas más peligrosas para un suflé que una corriente de aire cuando se abre el horno antes de tiempo.
Ajústense los cinturones.
Iniciamos las maniobras para el más difícil de los aterrizajes de emergencia.
Turbulencia aquí arriba y niebla y nieve ahí abajo.
Y el frío, el frío, sí.
Y las tinieblas del corazón.
Y a ver qué tiene para decirnos, para seguir diciéndonos, Bob Dylan aquí y ahora, cualquier invierno de estos tiempos modernos mientras yo pienso que, en unos diez años, volveré a leer Postales de invierno.
Y, seguro, me seguirá haciendo temblar.
Nunca faltará tiempo para —calurosamente— tener y dar frío.
El invierno siempre vuelve.
Notas
(1) Hasta donde sé, la única incursión de Ann Beattie en nuestro idioma fue la edición hace más de veinte años, en Argentina, en la Editorial Sudamericana, de su excelente segunda novela Falling in Place (1980) con un título que no recuerdo. ¿El lugar apropiado? ¿El sitio correcto? Algo así… Y buenas noticias: Libros del Asteroide publicará también su perfecta novela fotográfica de madre-hijo Picturing Will (1989). Y entro en el site de la base de libros editados en España y veo que figura un Nadie como tú, Ann Beattie, Editorial Tassalia, 1997. ¿Será la traducción de la novela Another You, de 1995? ¿Dónde está? Yo nunca la vi por ninguna parte…
(2) Beattie debuta en esta revista en 1974 con el relato «A Platonic Relationship». Antes había publicado su primer cuento —«A Rose for Judy Garland’s Casket» —en 1972, en la Western Humanities Review.
(3) Un buen sitio por donde empezar a disfrutar esta faceta de Beattie es la antología personal Park City: New and Selected Stories (1998).
(4)El influjo forense de Beattie para diseccionar todo un periodo a partir de la autopsia de sus marcas y productos también se percibe, lateralmente, en Planeta Champú de Douglas Coupland y La tormenta de hielo de Rick Moody y, más recientemente, en Acción de gracias de Richard Ford.
(5) El antológico capítulo 8 de Postales de invierno —casi un relato en sí mismo— puede leerse sin esfuerzo como una perfecta conversación entre Jerry Seinfeld y George Constanza en la mesa de al lado del bar donde nos estamos tomando un café.
(6) Existe una muy poco conocida adaptación fílmica fuera de Estados Unidos de Postales de invierno. Yo pude verla una sola vez —no está editada en DVD, sí se consigue usada en VHS— en un casual trasnoche televisivo. Se titula Head Over Heels («Algo que recuerda más a Fred Astaire bailando que a otra cosa», gruñó Beattie en su momento), fue escrita y dirigida por Joan Micklin Silver y estrenada sin pena ni gloria en 1979 y es hoy, luego de su reestreno en 1982, rebautizada con el título de la novela, un film de culto y, para muchos, un clásico de la comedia moderna. El rol de Charles está a cargo de John Heard (quien más tarde haría de Jack Kerouac en la digna Heart Beat, de padre de Macaulay Culkin en esa infame serie de películas en las que un niño intragable se queda solo en casa y quien no hace mucho fue policía corrupto en Los
Soprano). Mary Beth Hurt fue Laura, y Peter Riegert fue Sam y mención especial para Gloria Grahame como Clara. Y detalle para obsesivos y fetichistas: Ann Beattie tiene allí un pequeño cameo como camarera de bar. «Pedí de rodillas que me dejaran aparecer», comentó la escritora a quien la película —a pesar de unos cuantos cambios respecto a la novela— le gusta mucho. De imaginar un remake, no puedo dejar de pensar en actores que ya son un poco grandes para todo esto: John Cusack o Ben Stiller como Charles o Robert Downey, Jr. u Owen Wilson como Sam. Y hay tantas candidatas a Laura… Y, como si aquí no hubiera pasado nada, como si las cosas no hubieran cambiado, música de Bob Dylan.
(7)En una entrevista de 1980 con Fred Sokol —incluida en Conversations with Ann Beattie (The University Press of Mississippi, 2007)— la autora dice: «Un periodista una vez me dijo que Postales de invierno era una de las novelas más tristes y deprimentes que jamás había leído. Y la verdad que el comentario me desconcertó. Lo cierto es que yo no paraba de reír mientras la escribía y, en ocasiones, tenía que detenerme porque mis carcajadas me desconcentraban. Pienso que Postales de invierno, en escencia, es un libro muy gracioso».
(8) Beattie no es minimalista ni realista sucia. Todo lo contrario. Hay que pensar en Beattie como en alguien que usa un telescopio para contemplar microbios. Y no es casual que siempre haya considerado al clásico experimentador Donald Barthelme como a su lector ideal.
(9) En Postales de invierno se menciona a Ernest Hemingway, J. D. Salinger, Jane Austen (con quien en más de una ocasión Beattie ha sido comparada, especialmente en sus novelas Love Always de 1985 y My Life, Starring Dara Falcon de 1997), John Fowles, Thomas Pynchon, J. P. Donleavy, Ezra Pound, William Butler Yeats y —en un momento desopilante, en un diálogo entre Charles y Sam— a El Gran Gastby de Francis Scott Fitzgerald, uno de los escritores favoritos de Beattie.
(10)Postales de invierno en particular y Ann Beattie en general —como ya se dijo antes— no sólo anticipan con aggiornados modales cassavetianos buena parte del cine independiente (el cine de Hal Hartley, del primer Steven Soderbergh y su Sexo, mentiras y cintas de video, algo de los parlamentos autistas de Wes Anderson o los desplazamientos en círculo cerrado de Paul Thomas Anderson en Magnolia) sino que, además, prefigura buena parte de la actual lírica épica en la derrota de songwriters como Elliott Smith, Ryan Adams y el muy invernal Bon Iver, por nombrar a unos pocos. En lo literario, una de las descendientes más célebres y, para mí, reprochables y bastardas de Postales de invierno es (con un argumento bastante parecido, también muy musicalizada y reincidiendo con las figuras de omnipresente mejor amigo y ex novia difuminada) la muy sobrevalorada Alta fidelidad (1995) del inglés Nick Hornby.
(11)Ésta es la canción de la que sale el título original de la novela. En cuanto a su relación con las canciones y la importancia que tienen en sus novelas y relatos, Beattie explicó: «No estoy segura de que ahora se escuche la música del mismo modo en que la escuchaba la gente de mi generación… Yo podría nombrarunas cuántas y precisar con exactitud qué hacía y de quién estaba enamorada cuando las escuché por primera vez… “Chilly Scenes of Winter” es una canción que yo jamás había oído pero mi esposo por entonces, un aficionado a la música, me dijo que sería perfecta como título de la novela. Así que me la puso. Y la oí. Y tenía razón». Detalle mencionable: el músico al que se refiere Beattie acabó convirtiéndose en el periodista musical y gran escritor David Gates, autor de obras maestras como Jeringan (1991) y todavía desgraciadamente inédito en español. ¿Hay alguien ahí?
(12) Beattie es, además, una de las mejores mujeres escribiendo hombres. Y Postales de invierno es una de las novelas más sensiblemente masculinas jamás escritas por una mujer. Lo que no impide —ya lo verán, ya lo leerán—que Picturing Will sea una de las mejores novelas feministas en el sentido más noble y auténtico del término.
(13) Y por ahí circula la leyenda urbana de que los editores y colegas de Beattie se limitaban a cortar los finales de sus relatos cuando se los mostraba. La misma Beattie se ha reído del rumor en alguna entrevista: «Es verdad… Cada vez que le muestro el manuscrito de algún cuento a mis amigos siempre vuelve cortado».
(14) Ann Beattie siempre ha sido una escritora prolífica alternando, desde sus inicios, la publicación de novelas con recopilaciones de cuentos cada dos años. Pero no hay noticias desde los relatos y la nouvelle reunidos en Follies (2005). Y yo siempre fantaseo con una secuela de Postales de invierno que nos cuente en qué andan Charles y Sam y Laura y nos cante qué ha sido de ellos con el paso de los años y el cambio climático en sus vidas mientras, al fondo, Bob Dylan canta una canción de amor incondicional que bien puede ser «Nettie Moore»: la historia de alguien que se va a dar la vuelta al mundo sólo para experimentar el gozo de volver al punto de partida y al amor de sus inicios.
(15) Y a propósito, al ser reestrenada en 1982, los productores de la adaptación fílmica de Postales de invierno decidieron cambiar/extirpar el final feliz de la versión de 1979 (cortaron la última escena) y recuperar la atmósfera más in – cierta y melancólica y, sí, entreabierta de la novela. Y, de más está decirlo, les fue mucho mejor en la taquilla.
(16) En una entrevista de 1989, con Neila C. Seshachari y publicada en Weber Studies 7.1 (Primavera 1990).
La escritora sobreviviente de los 70
Antonio Díaz Oliva
En octubre del año pasado Ann Beattie se subió a un avión rumbo a Italia. Ahí, cuando ya estaba en las alturas, confirmó la decisión que venía rondando su cabeza hace unos días: era tiempo de volver a enfrentarse a “Postales de invierno”. Luego de mucho tiempo releería la novela que tempranamente la lanzó a la fama en 1976. La novela que -cuando era una estudiante universitaria y compartía casa con varias personas- escribió en apenas tres semanas. La misma que instantáneamente le valió que escritores como John Updike la alabaran y que fuera invitada a publicar sus relatos en la prestigiosa revista The New Yorker.
“Habían pasado 35 años desde que la escribí”, dice Beattie (63) desde Nueva York para Qué Pasa, sobre la ocasión en que releyó su novela iniciática. “¿Y cómo fue? Me gustó. Me pareció que había más cosas divertidas de lo que sentí cuando la escribí”. “Postales de invierno”, algo así como “El gran Gatsby” para la generación estadounidense de los años 70, fue un éxito editorial inmediato. De alguna manera, Beattie se adelantó al humor de películas de Wes Anderson, como “Los excéntricos Tenenbaum”. Personajes torpes, y a veces patéticos, que el lector no sabe si despreciar o congraciar cuando, nuevamente, son rechazados por la chica que ya los dejó una vez. Es el caso de Charles, un joven eternamente enamorado de Laura, de quien fue alguna vez amante hasta que ella volvió con su marido. O de Sam, el mejor amigo de Charles, quien no hace nada más que estar todo el día en la casa, ya que acaba de ser despedido de su trabajo, y más encima, perdió a su perro. Todo en medio de un crudo invierno en Washington que parece nunca acabar, y con la temprana sensación de que los años 70 no serán tan relevantes como los 60. “Los jodidos años sesenta. ¿Cómo hemos podido acabar así?”, se pregunta Charles en un momento.
Algo extraño, eso sí, sucedió: “Postales de invierno” nunca salió fuera de Estados Unidos. Beattie, a diferencia de Philip Roth o John Updike, nunca fue traducida en su momento. Recién en 1997 se editó en castellano “Nadie como tú”, una obra no tan relevante dentro de las siete novelas y ocho libros de relatos que suma la bibliografía de Beattie. Todo eso cambió cuando la editorial independiente española Libros del Asteroide la rescató, tradujo y editó. Así, en un entusiasta prólogo de Rodrigo Fresán, el escritor argentino asegura que “Postales de invierno” tiene la misma importancia que “En el camino”, de Jack Kerouac, tuvo en su momento. Algo que no es tan extraño si pensamos que, incluso, en 1979 se hizo una película basada en “Postales de invierno”.
-¿Vio la película o, como muchos escritores, se sintió incómoda al ver lo que había escrito en una pantalla?
-Me encantó, lo cual me hace una excepción entre los escritores que adaptan sus obras. Creo que Joan Micklin Silver, quien escribió el guión, mantuvo mi sentido del humor y escribió nuevas escenas con el mismo espíritu del libro. La novela está ambientada en Washington D.C., pero se filmó en Utah, en medio del invierno. De todas maneras, era el mismo efecto que yo quería transmitirle al lector.
Un aire nuevo
Sucedió hace unos meses en una fiesta. Una de esas típicas reuniones neoyorquinas en donde se juntan pintores, fotógrafos, escritores, periodistas y toda la intelligentsia de esa ciudad. Ahí Beattie, frente a un grupo de personas desconocidas, fue presentada como la autora de la influyente novela “Postales de invierno”. Y muchos -los cercanos a los veinte años, más que nada- pusieron cara de no tener idea de lo que les estaban hablando. Y tanto fue así, que uno de los comensales no encontró nada mejor que sacar su iPhone para, ahí mismo, googlear y hallar la referencia. Todo a la vez que Beattie miraba algo incrédula. Aquel es un dato que ayuda a entender, tal vez, por qué Scribner (una de las editoriales más relevantes en Estados Unidos) empezó una campaña para volver a poner a Ann Beattie sobre el mapa literario, luego de que en los 90 prácticamente desapareció de la escena cultural.
Algo que a ella no le complica, y de hecho, achaca a que siempre ha preferido estar al margen de las modas literarias. No es casual, entonces, que esta escritora viva recluida en medio del bosque, en la casa que comparte con su marido, el pintor Lincoln Perry. Una pareja -por supuesto- que parece extraída de una de sus novelas. El resto del tiempo, Beattie hace clases de literatura creativa en la Universidad de Virginia.
Lo extraño, claro, es que las nuevas generaciones de escritores -gente como Lorrie Moore, Jonathan Franzen o Michael Chabon- han comenzado a mencionarla como una de sus influencias. “Siempre he sido una outsider”, dice Beattie cuando se le pregunta por su posición en la literatura actual. “No es que mi identidad se haya visto alterada por la era en que me tocó vivir. Siempre he vivido fuera del establishment”. Y luego explica los siguientes pasos de la campaña de su editorial para reposicionarla: “Vienen dos libros en camino. Uno en noviembre o diciembre, que será una novela. El otro el 2011; un compilado esencialmente de no ficción, aunque también tiene algunos textos de ficción. Es una mezcla de ambos”.
-¿Y está escribiendo algo nuevo ahora?
-En estos momentos no estoy escribiendo nada nuevo. Sé que eso no me hace sonar muy interesante que digamos. Pero no estoy segura si soy interesante a estas alturas de la vida. He tenido una carrera larga; empecé como escritora a los 20 años.
Así, Ann Beattie se toma las cosas con calma. Mientras “Postales de invierno” se traduce en otras ciudades de Europa, en Estados Unidos el influyente suplemento literario del New York Times publicó un artículo sobre su regreso: “Ann Beattie era la más popular y admirada escritora de su generación. Cada semana aparecía un cuento suyo en The New Yorker. Su novela ‘Postales de invierno’ se convirtió en una suerte de biblia para los veinteañeros de entonces, y Beattie, con sus cachetes robustos y su cabello abultado, s
En todo caso, y vale aclarar, Italia y España no son los últimos lugares donde la obra de Beattie se ha redescubierto en el último tiempo. Hace más de un año llegaron a Chile algunas copias de “Postales de invierno” y la respuesta ha sido alentadora: la distribuidora (Hueders) ha tenido que reponer constantemente copias de la novela. De esa forma, y a la vez que en España se planifica una antología con los cuentos de Beattie, a Chile acaba de llegar “Retratos de Will” (1989), otro de los libros emblemáticos de Beattie. Una novela donde sigue retratando a la generación que fue adolescente en los 70, pero esta vez a través de los años 80, en el Estados Unidos de Ronald Reagan. Pero no sólo eso: en su país acaba de lanzarse “Walks with Men”, una nouvelle de pocas páginas que recibió el visto bueno de Michiko Kakutani, la severa crítica del New York Times. “La idea inicial era hablar sobre una cápsula enterrada que contiene cosas importantes sobre la relación de una persona. Hice que las cosas fueran ridículas; un anillo de estados de ánimo que cambia de color, una fotografía alterada”, dice Beattie.
-Nunca queda claro si sus personajes quieren olvidar el pasado o están intentando recordarlo…
– Sí, de hecho en un momento consideré tal vez demasiado ridículo lo de la cápsula. Pero luego concluí que no era para nada así: todos nos aferramos al pasado, con sus artefactos embarazosos. Mientras más lejanos estamos de ser jóvenes, más nostálgicos nos ponemos, y lo recordamos constantemente. Es una tendencia humana.
Buscando a Will
En “Retratos de Will” se nota una prosa más madura. Ann Beattie tiene más control de lo que está escribiendo. En esta novela le seguimos la pista a Jody, una fotógrafa artística que termina trabajando en matrimonios y que tiene un hijo, Will, de seis años. Una historia sobre treintañeros que van en su segundo matrimonio, en donde también leemos sobre Mel, el joven novio de Jody, que trabaja en una galería de arte y quiere convencerla de mudarse a Nueva York. “Mi idea cuando escribí ‘Retratos de Will’ era que el niño fuese el centro de atención de todos. Pero, asimismo, quería escribir sobre los adultos y cómo el niño los influencia, más que tener al niño como personaje central”.
-¿Y por qué escribir una novela sobre el mundo de los fotógrafos?
-Para mí, sacar fotografías es similar a escribir historias. Estudié fotografía por un tiempo, y tengo muchas imágenes colgadas en mi casa, además de tener varios amigos fotógrafos profesionales. La sensibilidad de ellos me interesa. Asimismo, como pienso visualmente a la hora de escribir, me gusta sentir que funciono como lo hace un fotógrafo. La idea de ver las cosas desde diferentes ángulos se me hace atractiva, de observar lo que parece haber quedado detenido en el tiempo.
Beattie sabe que las modas literarias pueden ser una tiranía. Que el supuesto relanzamiento que se pretende hacer con ella puede que no funcione. O que funcione y luego se desvanezca en un par de años y -por qué no- se siga encontrando en fiestas con gente que googlea su nombre en un iPhone. Por el momento revisa los cuentos de Miranda July (“me gustó mucho su colección de cuentos”), y de Chile reconoce que lo único que ha leído es la novela “El Paraíso”, de la escritora española exiliada en nuestro país Elena Castedo.
-¿Le molesta que la gente la catalogue como una escritora generacional?
-Está bien si la gente asocia mi trabajo con ciertos años o una época específica. Siempre me he referido en mi obra a canciones o perspectivas de un tiempo en particular. Y eso es principalmente porque pienso y escribo de manera visual.
 -¿Pero no le da miedo que sólo se le asocie con una época?
-Ciertamente “El gran Gatsby” no es sólo eso. Tampoco, por ejemplo, se puede reducir “Dublineses” a una era especial. Trascienden más allá de ser un retrato de una época. En mi caso -y como cualquier escritor-, espero que mi obra no sea considerada una cápsula del tiempo. De todas maneras ya no me preguntan tanto por “Postales de invierno” en Estados Unidos, como sí lo hacen en el extranjero. Lo frustrante es que cuando me lo preguntan acá, en mi país, es más por su reputación que por haber leído la novela efectivamente.
-Como retratista de los años 70, ¿qué diferenció a aquella época de los 80?
-Oh, los 70 nunca alcanzaron a ser un ápice de lo interesantes que fueron los 80. Y los 80 fueron interesantes porque terminaron convirtiéndose en un espectáculo.
Otros libros relacionados:
Furias – Fernanda Eberstadt
Secretos a voces – Alice Munro
Personajes secundarios – Joyce Johnson
Personajes desespearados – Paula Fox
El tiempo es un canalla – Jennifer Egan
Blonde. Una novela sobre Marilyn Monroe – Joyce Carol Oates
Wyoming – Annie Proulx
Selected stories – Eudora Welty (versión original en inglés)
The collected plays –Lillian Hellman (versión original en inglés)
Una mirada atrás. Autobiografía – Edith Wharton
Shiloh – Bobbie Ann Mason
Trabajo de campo – Rachel Seiffert
Es más de lo que puedo decir de cierta gente – Lorrie Moore
La nave de los locos – Katherine Anne Porter
Poesía completa 1956-1963 – Sylvia Plath (edición bilingüe español-inglés)
Las increíbles aventuras de las hermanas Hunt – Elisabeth Robinson
Amor profano – katherine Dunn
Alondra y Termita – Jayne Anne Phillips
Residente permanente – Gish Jen
El mundo es redondo – Iva Pekárková

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Ann Beattie, Rodrigo Fresán. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s