Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld

Son casi las diez de la noche.
Hace frío.
Estoy cansado. Molesto. Hace meses que busco que la nave no se hunda. Y no logro más que tapar agujeros.
Antes de llegar a la puerta de mi edificio saco las llaves. Barro con la mirada la cuadra. No hace mucho me pusieron un cuchillo en el estomago y me robaron.
Cuando llego a la puerta, ahí, justo ahí, en la entrada, sentado en el piso, sobre una manta, esta mi nuevo vecino. Tiene un libro abierto apoyado en el piso y fuma un cigarrillo.
Está desenroscando una petaca. Por tomar un trago. Y me ve llegar.
Lo saludo.
Buenas noches, cómo va.
Percibo en su rostro curtido por el frío, un pasado que ignoro y la crueldad de vivir en la calle que esta avergonzado. Que lo sorprendí por darle un beso a su petaca y que eso lo avergüenza como si  hubiera entrado al baño sin tocar la puerta y lo hubiera visto cagando o haciendose una paja.
Rápidamente esconde, ya tarde, ya tardísimo, la petaca y me saluda.
Buenas noches, cómo esta usted.
Cada noche cuando llego a casa no cruzamos mas que estas palabras, si es que ya no esta durmiendo.
Yo le digo, buenas noches. Y el me responde, buenas noches. O al reves.
Pero esta vez lo vi haciendo algo que lo averguenza y tiene la necesidad de tapar con palabras su acto.
Y dice, yo estoy contento, mañana a las nueve tengo que ir a ver un trabajo. Para pintar una casa. Vamos a ver si tenemos suerte.
Abro la puerta de calle.
Suerte mañana.
Gracias, ojala todo vaya bien.
Buenas noches.
Buenas noches.
Y llamo al ascensor.
Y se que es mentira. Que necesito mentirme. Y no se que mierda hacer con esa mentira. Y me siento para el culo.
Me hubiera gustado decirle que mas de una madrugada mientras el dormía pase a su lado arrastrándome borracho como una cuba. Pero no le dije nada. Sabía que era inútil.
Alguna vez, en la esquina de Rivadavia y La Plata, donde en una época había un bar que ahora es un horrible Starbucks, estaba tomando una birra en una mesa en la vereda con un anarquista – especie en extinción como los osos panda o la ballena franca – y cuando se acerco un flaco con todos sus chirimbolos para sobrevivir en la calle nos pidió un pucho, se lo dimos y el anarquista me dijo, no hay que perder de vista que uno siempre puede terminar en la calle como él, hoy esta él y mañana podemos estar nosotros en su lugar.
Y me hubiera gustado contarle a mi vecino que duerme en la puerta de mi edificio esta aneadota. Y que le de todos los besos que quiera a su petaca. Que esta todo bien. Que si somos vecinos durante mucho tiempo me va a ver entrando a casa travestido de Moria Casan, devenido Alf, volando en una nave extraterrestre más perdido que el Capitán Beto.
Pero no.
No le dije nada.
Lo deje que me mintiera y le deseé suerte.
Cuando entro al departamento el olor a mierda de la vida que deje dos pisos más abajo me hizo ir derecho a la botella de Vat 69 – que es un wiskhy tan malo como el que tomaba William Faulkner cuando era pobre – y servirme un trago para ahogar la tristeza infinita del mundo y los seres que en el habitan.
Columnas anteriores:
 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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