No te mates en mi verde cultivo – Julián Urman

Julián Urman Jorge Luis Borges George Grosz Libros Kalish Jorge Lanata David Bowie Lisa Ann Leo Mattioli Metropolis

Estado: nuevo.

Editorial: Tamarisco.

Precio: una botella de litro de whisky Johnnie Walker (el precio no se negocia y no es un chiste este libro vale lo que digo que vale una botella de whisky y la etiqueta la dejo a conciencia del comprador).

Nuestro personaje, encerrado en su casa, extraña a su mujer y fuma marihuana de su propia cosecha.
De pronto, ocurre un suicidio que desata un musical tenebroso, una comedia de ahorcados, una deriva donde la intimidad y el anonimato, el miedo, los cuerpos y los fantasmas, se cruzan y a veces chocan provocando pequeñas explosiones domésticas. Julián Urman, autor de Ravonne, construye un manual de autocultivo zen que es también una parábola sobre el aislamiento en tiempos de conectividad total.
 Aventuras de un cultivador indoor  
Andrés Tejada Gómez
Hay un entretenido libro de Antonio Escohotado titulado La cuestión del cáñamo. Y por qué no recordar A la rica marihuana y otros sabores de Terry Southern. O el desopilante sketch de Capusotto, donde uno de sus personajes intuye que siempre están hablando del “faso” en las canciones. También se puede mencionar la forzada expresión ibérica de un generador de un opinólogo: “Charuto”. Pero lo que estaba faltando era una novela que pudiera narrar con sutileza, mucho humor negro, ironía y transparencia, la peculiar experiencia de un cultivador de cannabis. Narrada desde un primea persona que no deja de asombrar en cada peripecia, en cada acción, mostrando su lado más humano junto a la desesperación y la arbitrariedad en sus apreciaciones. “La internet debería tener una imagen de cada cosa que existe en el mundo. Una foto de cada ser vivo, con y sin ropa, junto con un video porno casero y una lista de todas sus amistades”.
Ante la ausencia de la mujer del narrador por una razón académica, este se prepara para vivir un fin de semana de libertad sexual. Pero la vida siempre tiene sorpresas: un hombre se arroja al vacío con la intención de suicidarse. Su vida se apaga en el techo donde el narrador tiene su propio cultivo in door. La llegada de la policía, los bomberos, un juez, etc pondrá en riesgo la propia existencia del narrador. Pero lo más increíble es que tendrá que convivir con las cavilaciones de esa muerte inesperada. A partir de ese acontecimiento, se desencadenan una cantidad de aventuras. Drogas y suicidio: el tópico es arriesgado porque se puede caer en una pose moral o en el tedio del malditismo. Urman tiene la competencia de ser un dotado para la narración feliz sin golpes bajos ni artilugios innecesarios.
Verde que te quiero verde
Mauro Libertella
Viernes, tres postmeridiano”, reza la primera línea de la nueva novela de Julián Urman, y en ese alarde de exactitud hay toda una declaración de principios programáticos: lo que se va a narrar aquí, parece decirnos, sucedió en un punto fechado de la Buenos Aires contemporánea, en un lugar y un tiempo precisos que el narrador se encargará de reponer. En ese sentido, No te mates en mi verde cultivo es lo que el mexicano Salvador Elizondo quiso hacer en su novela Farabuef : la crónica de un instante. Texto breve, relojito que jamás atrasa ni adelanta, la de Julián Urman es, tal vez, la novela de una escena.
¿Y cuál es esa escena? Contarla sería arruinar un poco la intriga y la emoción de la lectura. Pero va un mínimo resumen para que sepamos de qué estamos hablando. El narrador es un hombre en sus treinta y pico de años, que vive con su mujer en una casa del barrio de Villa Crespo. Todo va bien: ella se va de viaje un par de días, él aprovecha para dedicarse de lleno a un puñado de placeres hedonistas. En el patio interno de la casa está su pequeño tesoro, una plantación privada de marihuana levantada con el amor y la entrega que le dedicamos a los objetos de nuestro culto personal. Todo va bien, entonces, en esa especie de paraíso del tiempo libre en que el narrador había convertido su tarde, cuando escucha un ruido. Minutos después mira por la ventana y en la puerta de su casa está la policía y un grupo de vecinos, que tratan de mirar, entre aterrados y extasiados, hacia el interior de su casa. Lo que pasó, entonces, es lo que va a contar esta novela.
No te mates en mi verde cultivo pivotea entre dos registros; una literatura delirante o de imaginación, por un lado, y un registro netamente testimonial, por el otro. Lo que sucede en realidad es que la historia, aquello que acontece después del ruido que oye el personaje esa tarde apacible, es tan increíble y rompe con tanta fuerza la “normalidad” y la quietud de la vida que podríamos pensar que estamos frente a la materialización de una imaginación desbocada y encendida. Sin embargo, Urman exhibe sus armas y nos muestra siempre que está jugando con materia vivencial, que algo del orden de lo real riega las arterias de su historia. Los inserts de “Manual de cultivo indoor”, clases breves de cultivo canábico para interiores que dividen los capítulos, son el golpe de gracia que reviste al libro de su carácter testimonial, porque lo que podríamos leer como un relato salido de una imaginación pura se corta todo el tiempo con estos fragmentos de una suerte de manual, que le aportan al conjunto un cable a tierra. Por lo demás, la prosa de Urman es irrefutable, y acompaña la historia como un padre que lleva a su hijo de la mano.
No te mates en mi verde cultivo es un libro agridulce y finalmente entrañable.
La Caída… *
Julián Urman
Viernes. Este fin de semana la alegría es doble: mi mujer (mi novia, pero vivimos juntos) está en un congreso en Brasil (estudia historia del arte) y la ocasión resulta perfecta para engañarla con una desconocida. Todas mis relaciones sexuales se basaron en la posibilidad de construir una pareja, por lo que en la cama como en la vida siempre intenté garantizar la serenidad de un afecto prolongado más que la furia del placer pasajero.
Llamo a una amiga. Quiero encontrar una fiesta pequeña para charlar porque soy el rey de la conversación casual. Mi amiga atiende en su trabajo nuevo. Ex-punk, ahora publicista, hace campañas políticas peronistas y cree en la honradez del Candidato. Conversamos, melón con jamón.
Explico por teléfono las condiciones especiales de este viernes y la conjunción de hechos varios en mi vida personal que me llevan a necesitar una fiesta pequeña donde conocer a una pseudo-intelectual semi-alcohólica para traer a casa a fumar unas flores.
En un cuarto de dos por dos en el patio, equipado con ventiladores y lámpara de sodio de 400 Watts, cultivo marihuana. Tengo trece nuevas plantas, pequeñas como brotes de soja, en vasitos de plástico agujereados. En cada una, la promesa de una escultura fotosintética. También tengo flores listas para fumar, que mi mujer compró para que yo no sufriera abstinencia mientras espero la cosecha (una santa).
En el sillón, bajo la ventana que da a la calle, hablo por teléfono; armo y doy lumbre a un cigarrito de cogollos. Me deslizo hacia un alegre pelotudeo. En eso estoy cuando oigo un portazo. Le digo al teléfono: un portazo. No le doy mayor importancia. Un portazo es un ruido posible.
Seguimos con la conversación, melón con jamón hasta que suena el timbre, insistente. Le digo a mi amiga que tocan timbre. Últimamente intento decir todo, es parte de una nueva política que me ayuda. Corto la comunicación telefónica. Dejo pasar un tiempo. Deposito esperanzas en que el mundo exterior olvide mi existencia.
Pero el timbre conoce estos trucos e insiste. Nunca lo escuché así. Nadie toca de esta manera. La repetición veloz de impactos cortos mezclados con otros largos da cuenta de una voluntad férrea, es la expresión de algo urgente. Alguien que sabe cómo tocar timbre. Alguien que conoce el alcance macabro de ese maldito instrumento.
Con esfuerzo levanto la persiana, antigua y pesada, para ver quién es. Afuera, un grupo de treinta vecinos señala mi casa, como si estuvieran frente a un ovni. Muchos hacen visera con la mano sobre los ojos. A un costado, el verdulero me hace gestos de que baje, aprovecha lo personal de nuestra relación para diferenciarse del conjunto. Bajo y abro.
Es la policía.
Quieren saber si mi casa tiene patio al fondo. Estoy a punto de negarlo, pero sospecho que la pregunta es retórica, por lo que digo que sí. Quieren pasar. Los dejo. Quince uniformados entran, todos piden permiso. Alcanzo a preguntarle al último por el motivo de la irrupción. Me dice que se tiró una persona del edificio de al lado y que lo están buscando. Tardo en entender que esta persona debe estar muerta.
Sigo el camino de los policías, subo las escaleras que conducen de la puerta de calle hasta el living, luego paso a la cocina y salgo al patio. El patio contiene escaleras que suben a la terraza, además del pequeño cuarto con las trece plantas recién nacidas. Sobre el techo del cuarto hay un cadáver fresco. Está acá, dicen, y recitan una dirección que reconozco: es la de mi casa.
 ***
Vivo en Villa Crespo. Soy judío, siempre lo fui, y sin embargo no estoy circuncidado. La razón de mi prepucio es que mis padres consideraron el corte un ritual bárbaro. Bárbaro en términos de barbárico. Mi abuelo materno estaba en feroz desacuerdo y decía que yo, de adulto, reclamaría el corte. O sea que a la hora de nacer, mi pene ya era objeto de discusiones familiares.
En el patio hay bolsas de tierra, humus de lombriz, harina de hueso, perlita y cuatro macetas. Desconozco el poder incriminatorio de estos elementos, pero me alejo a temblar tranquilo en el living. Encuentro el teléfono inalámbrico donde lo dejé, sobre la mesa, junto al frasco de mermelada lleno de cogollos. El sentido común indica que debo alejar la marihuana de la presencia policial. Aprovecho que todos están afuera, custodiando el cuerpo, para esconder el frasco en un mueble lleno de discos de vinilo.
La altura promedio de los policías es baja, por lo que alcanza con esconder el frasco a la altura del último estante. En puntas de pie, balanceo el objeto de vidrio hasta que logro apoyarlo. Cuando giro hacia la ventana descubro que todos mis vecinos agrupados siguen mirando hacia arriba. Vergüenza: toda la cuadra me vio esconder la marihuana.
Pero lo hecho, hecho está, y justo a tiempo porque suben más policías acompañados de bomberos. La puerta de calle está abierta, ya nadie pide permiso para entrar. Adquiero una feroz conciencia de que todo en mi casa habla de mí. Como un torbellino de la decencia imparto el orden, escondo aquello que me parece inoportuno. Cargo mis bolsillos de pipas, picadores, papelillos saborizados, pinzas, tucas, tuqueras y demás parafernalia. Destruyo una representación en papel de la caída de las torres gemelas que desde el dos mil uno adorna mi biblioteca.
Afuera, en el patio, los policías montan sobre el techo del cuarto de cultivo un biombo que oculta la escena a la vista de espectadores casuales, a saber: vecinos que sacan fotos. El biombo es rojo y en letras amarillas dice “POLICÍA FEDERAL ARGENTINA”. Lamento no tener una cámara. Hago un esfuerzo mental por asimilar cada detalle de lo que veo, quiero guardar esta imagen para siempre.
 ***
En casa estamos los policías, yo y el cadáver, en ese orden. Ellos (policías) dicen que para llevarse el cuerpo falta la orden del juez, que puede tardar una hora o dos. Hacen chistes de poner agua para el mate. Empiezo a sentirme a gusto acompañado. Igual no pongo agua, no quiero mate, no me gustan las infusiones. Tengo un kit de mate de mi mujer que no ofrezco por respeto a la distancia que impone la tragedia.
Trato de parecer casual. Mientras no haya indicios de culpabilidad de mi parte, no habrá motivos para la pesquisa. Con el poder de mi mente implanto esa idea en mentes uniformadas. En el cuarto de ventanas tapadas no hay nada de importancia. Con solo convencer a uno, los demás, parte de la misma red neuronal, recibirán de fuente segura la información pertinente: en el cuarto de ventanas tapadas no hay nada de importancia.
Aprovecho una distracción de los policías para salir al patio y retirar la manija de la puerta, que no está atornillada. Un bombero sale un segundo después y me dice que tuve suerte de que el suicida no atravesara el techo. Dice que el hombre en cuestión, el cadáver, mide un metro noventa y pesa ciento cincuenta kilos. Habla en presente, lo que resulta lógico para el caso, ya que el cuerpo, muerto o vivo, pesa y mide más o menos lo mismo.
A la conversación con el bombero se suma un oficial azul oscuro. Ambos preguntan cómo no me llamó la atención el impacto. Su hipótesis es que yo me dormía una siesta. Lo dicen con tono picarón: eh, te estabas durmiendo una siesta. Intento defenderme pero noto que estoy en medias. No hay caso, al mirarlas descubro que son mis medias rojas.
Excitados por el foco de conversación, el resto de los presentes sale al patio. Percibo que entre las fuerzas del orden no hay dos uniformes iguales, hecho más marcado entre bomberos que policías. Los primeros llevan pantalones amarillos con tiradores de diversa índole, a veces cruzados, a veces no. Los segundos visten por lo menos cinco tonos distintos del azul al negro. Me pregunto si esta diferencia responde a un intento de individualidad por parte de los uniformados o a un hecho azaroso a la hora de repartir uniformes, indicativo de lo difícil que resulta para la institución homogeneizar a sus miembros.
¿Qué tenés, techo de loza?, pregunta un bombero y señala el cuarto. Ni idea, respondo. Todos giran para mirarme, son como treinta. Se genera un silencio. Resistimos, el techo y yo. El bombero insiste: pero el techo, ¿es de loza? No sé (me rasco la barba). Y llega la pregunta: ¿qué tenés ahí adentro?
Al no tener manija la puerta, la única opción para abrirla sería una llave, de la que yo podría desconocer el paradero al tratarse -como tenía pensado decir- de un cuarto con cosas de jardinería de mi mujer, que ella no quiere que yo toque. Este enfoque también permite la posibilidad de, si descubrieran los oficiales el cultivo, continuar con la mentira y afirmar que yo no tenía idea de que mi mujer era una narcotraficante anarquista. Mediante un llamado telefónico le indicaría que no volviera del Brasil, que disfrutara un tiempo más la negredad de sus habitantes.
Lo que no había considerado era qué decir si me preguntaban abiertamente qué había adentro del cuarto. No tuve en cuenta la posibilidad de que confiaran en mi palabra en vez de abrir la puerta y mirar. Supongo que algún recurso legal me ampara de su búsqueda (¿existen realmente esas cosas?) pero desconozco por completo mis derechos.
Las fuerzas del orden aguardan mi respuesta. Con la esperanza de ocultar los contenidos del cuartito en el arcaísmo de la palabra, respondo: cachivaches. Cachivaches. La palabra viaja por la red neuronal compartida por policías y bomberos, generando destellos de información. ¿Sabrán que miento? Supongo que sí, pero a nadie le importa. De a poco, una nueva conversación nace y todo se olvida. Cachivaches.
 ***
Mientras las fuerzas del orden conversan a gusto -han abandonado el aire de tragedia- recuerdo el timer automático, que a las seis de la tarde dará paso a la corriente que se transmitirá a la lámpara de sodio de 400 Watts que a su vez, por respeto a las leyes de la física, se encenderá para bañar con su luz anaranjada trece brotes de marihuana, mansos como ositos de peluche.
Comienzo a transpirar para desviar la atención de los presentes. Debería quitarme la ropa. No se puede arrestar a un hombre desnudo. No es decente. Menos si está sudado. Además, estoy en mi casa, ¿qué ley me lo impide? Podría también fingir un ataque de epilepsia. O extranjerismo. O clavarme un cuchillo de cocina y continuar esta fiesta en un hospital.
Pero no resulta necesario. El problema del timer y la luz al fin se resuelve gracias a una circunstancia imprevista: de a uno, los treinta bomberos y policías comienzan a retirarse. Me aseguran que volverán, que no me preocupe, que ahora falta que venga la gente de criminalística a sacar fotos, después la orden del juez, y después la morguera a llevarse el cadáver.
Calculan que hora y media, dos a más tardar (plazo que parece gustarles porque lo repiten a cada rato). Incluso retiran el biombo rojo que colocaron a causa de los vecinos. El cuerpo ahora se encuentra cubierto por un nylon negro, sujeto con macetas de mi terraza; plantas de mi mujer, legales. Las fuerzas del orden toman sus pertenencias y se van. Varios me palmean el hombro, algunos con fuerza innecesaria. Quedo a solas con el cadáver.
 ***
Ya dije que soy judío y no estoy circuncidado. Ojalá eso fuera todo. Tengo también la maldita costumbre de limpiar inodoros ajenos. Más que nada en fiestas, donde bebidas diuréticas dan como resultado un flujo de orina casi constante, interrumpido solo por el momento en que alguien sale del baño para dar paso al siguiente usuario.
En algún momento me toca entrar a ese baño. Si tengo suerte, lo encuentro salpicado por gotitas; en el peor de los casos, restos de vómito y excrecencias. Cualquiera sea la situación, una fuerza interna me compele a tomar un trozo de papel higiénico y limpiar la totalidad del inodoro antes de proceder a utilizarlo. No porque me de asco hacer uso de instalaciones que no estén pulcras, sino por la sencilla razón de que no tengo otra salida más que blanquear la porcelana con la angustia propia de las actividades compulsivas.
Sin dudar un segundo, tomo la manija que quité de la puerta y me dirijo al patio. La mejor forma de evitar inconvenientes es desenchufar de cuajo el timer y los dos ventiladores. La operación debe ser llevada a cabo con precisión y velocidad, ya que en cualquier momento vendrán los de criminalística a tocar timbre.
Pero una vez afuera, el descubrimiento de un objeto extraño me impide acatar la presura del momento: una zapatilla deportiva blanca con detalles en colores fluorescentes descansa sobre las baldosas del patio. La zapatilla del muerto. Calculo la posibilidad de que durante la caída se desprendiera del pie del suicidante; me resulta bastante baja. Además, tiene los cordones desatados.
A metros de la primera, la segunda zapatilla, en iguales condiciones. La única opción que se me ocurre es que la voluntad del muerto fuera quitarse las zapatillas previo a saltar y arrojarlas de a una hacia mi patio. Supongo que para calcular la trayectoria. Esto significa que eligió el lugar donde cayó; el techo donde terminó por alojarse no es mucho más grande que las dimensiones de su cuerpo: o el muerto tuvo excelente puntería -le segunda zapatilla está más cerca del techo que la primera- o, por el contrario, falló en su propósito de caer en mi patio al aterrizar sobre el techo del cuarto de cultivo.
El punto de origen de su caída es el tanque de agua del edificio adyacente a mi casa, equivalente a un noveno piso. Lo más probable es que la terraza del edificio tuviera paredes que le impidieran saltar, por lo que subió al tanque. Las zapatillas indican que quiso imponer un criterio de orden a su caída, y trepar las paredes de la terraza incluía el peligro de caer por accidente en cualquier parte.
El ángulo del tanque de agua ofrece tres destinos posibles: el primero es el patio del vecino, que tiene deck de madera y una habitación donde duerme un recién nacido. El segundo y el tercero son el techo de mi cuarto de cultivo y mi patio, respectivamente. Este último es el más bajo de los tres.
Me tranquiliza pensar que el suicida quiso asegurarse la muerte al elegir la distancia más larga al suelo, y por un error de pocos metros terminó sobre el segundo punto más bajo. Esto se opone a la paranoia de creer que se tiró a propósito sobre mi cultivo de marihuana.
 ***
Desconecto el timer y los ventiladores y vuelvo a cerrar la puerta y retirar la manija. Escondo en un baño pequeño bolsas de harina de hueso, humus de lombriz y perlita. En el patio quedan sólo cuatro macetas, sobrantes de mi cosecha anterior que originalmente iba a reutilizar, pero encontré en ellas la presencia de vida inséctil y babosas, por lo que decidí descartarlas y utilizar macetas y tierra nueva. Además, eran demasiado grandes para mi propósito de cultivar plantas enanas.
Acomodo con sutileza las cuatro macetas para que parezcan parte integral de la decoración del patio. No quiero intervenir de manera tan obvia la escena del crimen (¿un suicidio es considerado un crimen?) y encender la llama de la sospecha en la mente colectiva de los agentes de la ley. Vuelvo al living.
Mi primera intención al quedarme solo, una vez desconectado el timer, fue subir a observar el cadáver. Alimentar el morbo pero también darle una imagen; todo el mundo sabe que una presencia sin rostro logra los mejores sustos, ya que nos obliga a proyectar sobre la nada nuestros propios monstruos internos.
Por eso quise subir, pero una sensación revulsiva me impidió seguir los mandatos de la lógica. Me pareció inapropiado observar a alguien que ya no puede mirar. Mirar sin ser visto tiene tonalidades sexuales inevitables, a pesar del aspecto exhibicionista del suicidio, más cuando ocurre hacia afuera del hábitat del suicidante. La imagen del cadáver, entonces, amén de lo poco que vi desde el patio, sigue siendo un misterio para mí. Y sin embargo estamos los dos en casa, a metros de distancia, separados por el material del que están hechas las paredes. Ruego a Dios que no existan los fantasmas.
* Capítulo 1 de No te mates en mi verde cultivo.
Pepe Bigotes, un conejo en Villa Corpse*
Julián Urman
Qué querés que te diga, a mí el advenimiento de lo cool, de los outlets, de las Macs y los Hipsters, de la quinoa y el cus-cus, del sushi y el shawarma, los in-designs y los deli bars, de los sacacorchos con blue tooth, los anteojos de colores, el debate del ultimísimo capítulo de la última serie de dragones, drogones o políticos del capitolio, me hinchan un poco la pelusa.
Soy un conejo tradicional, de alfalfa, batata y zanahoria.
Todo bien con el extranjero que viene a por el cuero de Murillo, o el vecino que rebusca precios en Aguirre, pero si me sacás el almacén, ¿dónde compro el pepino para el pletzalej?
Con la oreja pegada al piso te digo que la avenida Corrientes resiste cual muralla china las oleadas de modernidad que en Palermo afloran con su claro interés mercantilista, y revientan contra la trinchera azulejada del subte B.
A un lado de la Línea que Divide la Historia tenés las tradicionales casas de lunch; del otro lado, te espera a media mañana un apátrida y completito brunch.
Junto a la costumbre dudosa de alfombrar paredes de rojo, se fue Le Parc de Warnes y Angel Gallardo, y perdimos por siempre una pavita York que te la comías con la vista, pletórica de palmitos y salsa Golf, ensalada rusa y no-me-acuerdo-qué-más, porque la pavita se fue de su esquina de Warnes, con el rabo entre las patas y un culito de champagne nacional, rancio y sin burbujas, con aroma a quitaesmalte de burdel.
Quizás sea la vejez que me hace pensar en Hugo Orlando bohemio, o las máquinas de pachinko del San Bernardo; quizás sea la vejez que me pone intolerante, nacionalista y conservador; o quizás siempre estuve a la espera de esos otros que invadieran, para echarles el melancólico aceite hirviendo de las papas fritas de anteayer.
Cualquiera sea el caso, el Villa Crespo de mis recuerdos ha seguido el camino de Dios y ha muerto, para darle lugar a este otro barrio, que resuma juventud y sofisticación y nouveau boheme, lo que sea que eso signifique.
Bueno, me voy a mi clase de Pilates, y a cortarme el pelo en Roho, que a la noche tengo cita con cierta conejita en un wine bar vegano a puertas cerradas…
*  Publicado en avc amo villa crespo, NÚMERO 1 – JULIO / AGOSTO 2014.
Otros libros relacionados:
Monstruos invisibles – Chuck Palahniuk
Knockemstiff – Donald Ray Pollock
Plástico cruel – José Sbarra
Llevatela, amigo, por el bien de los tres – Osvaldo Baigorria
Porno – Irvine Welsh (versión original en inglés)
Misery. El riesgo de la fama – Stephen King
Fay – Larry Brown (versión original en inglés)
El Cantante de Gospel – Harry Crews

 

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