Europa central – William T. Vollmann

Europa central  William T. Vollmann Grosz-George-Metropolis-1916 Borges Nietzsche Nick Cave David Bowie Gauchito Gil

Estado: nuevo (tapa dura).

Editorial: Mondadori.

Precio: conseguí un solo ejemplar para vender a precio oro y esta tan bueno que prefiero perder plata y quedármelo que venderlo.

La obra maestra de William T. Vollmann, uno de los escritores más importantes de la narrativa norteamericana
El compositor Dimitri Shostakóvich, el director de documentales Roman Karmen, el artista Käthe Kollwitz, el general ruso Andrei Vlaslov e incluso Adolf Hitler… todos estos personajes -la mayoría reales, otros fruto de la ficción- son los protagonistas de esta fascinante novela histórica ambientada en la segunda guerra mundial. Europa Central examina el comportamiento -a modo de estudio del género humano- de un amplio número de personajes: generales, mártires, oficiales y poetas, traidores, artistas y músicos. Cada uno de sus actos, cada decisión tomada en un momento histórico de gran trascendencia, lleva al lector a descubrir las marañas de los estados totalitarios y dictatoriales, plagados de crímenes. Europa Central ha sido premiada con el prestigioso National Book Award.
William T. Vollmann es autor de siete novelas, tres colecciones de cuentos y la monumental crítica a la violencia en siete volúmenes Rising Up and Rising Down. Su novela más reciente,Europa Central (Mondadori 2007) obtuvo el National Book Award. También ha obtenido el PEN Center USA West Award for Fiction, el Shiva Naipaul Memorial Prize y el Whiting Writer#s Prize. Su periodismo y su narrativa ha aparecido en The New YorkerEsquireSpin y Granta.
Europa Central, de William T. Vollmann
Rodrigo Fresán
Para empezar: la obra de William T. Vollmann (California, 1959) ya se acerca a las 25.000 páginas entre ensayos, crónicas, novelas y relatos (sin contar su actividad fotográfica y pictórica). Esto, cabía esperarlo, le ha hecho merecedor ya desde hace varios años –digamos que desde los días en que llevaba tipeadas apenas unas 3.000 páginas y todavía no había desarrollado una dolencia crónica en manos y brazos consecuencia de muchas horas frente al teclado– de ese adjetivo tan utilizado por algunos críticos literarios. Así, Vollmann es, para ciertos reseñistas y afines, lo que se dice un escritor excesivo cuando lo que en realidad ocurre es que se trata de algo mucho más interesante: un escritor sin límites ni fronteras, ya sean temáticas o geográficas.
Para seguir: no conforme con estar metido en la continua narración de una suerte de saga del progreso norteamericano en siete volúmenes, Vollmann se ha hecho tiempo para trabajar como corresponsal de varias guerras (casi muere en Croacia cuando su jeep pisó una mina), rescatar a niñas prostitutas tailandesas (y ficcionalizarlas en desgarradores textos), compaginar cerca de 4.000 páginas de apuntes reunidos durante veintitrés años sobre la ética de la violencia en el monstruoso tractat tituladoRising Up and Rising Down (publicado por la editorial McSweeney’s de Dave Eggers), ensamblar una investigación coral sobre la pobreza titulada Poor People y escribir varias novelas inmensas y conmovedoras. Así, por señalar a una, en el 2000 llegaron las casi 800 páginas de la noir y dostoievskiana The Royal Family (la odisea de dos hermanos torturados por el amor a una misma muerta en una San Francisco espectral y subterránea y cuya traducción sería de agradecer) y ahora las más de 800 deEuropa Central.
¿Y por dónde comenzar?
Yo diría que una buena puerta de entrada es la antología de grandes éxitos, rarezas e inéditos Expelled from Eden: A William Vollmann Reader, editado por Larry McCaffery y Michael Hemmingson en el 2004 con la colaboración del “protagonista” e incluyendo la perturbadora foto del artista adolescente apuntando una pistola a su propia sien así como una cronología biográfica que arranca en el 30.000 a. C. y que concluye prediciendo, para el año 2010, la “muerte accidental” de Vollmann causada por un arma de fuego.
O, tal vez, por el panorámico y nómada The Atlas: People, Places, and Visions (1996), donde Vollmann –único y natural heredero del William Gaddis de Los reconocimientos– emociona cuando confiesa el trauma que sostiene y justifica a toda su obra: la muerte –cuando él tenía nueve años y por un descuido suyo– de su hermanita menor, ahogada en una laguna de New Hampshire
O –seamos prolijos y disciplinados, después de todo hemos encontrado a uno de esos narradores que nos acompañarán toda la vida– por You Bright and Risen Angels(1987), debut novelístico celebrado en su momento por Thomas Pynchon y al que, nada es casual, se parece en más de un sentido su reciente Against the Day.
Para terminar: Vollmann –a diferencia de muchos de sus contemporáneos, para buscar un par tanto en preocupaciones como en calidad habría que ascender hasta el viajero y visionario Denis Johnson– es un escritor poco y nada conocido para los lectores en castellano. De su amplia obra apenas fueron traducidos –en El Aleph, a mediados de los años noventa– Historias del mariposaPara Gloria y Trece relatos y trece epitafios. De ahí que la publicación de Europa Central –ganador del confiable National Book Award en el 2005, uno de sus mejores títulos y, como los anteriores, otra novela-en-relatos, el formato que mejor y más frecuentemente maneja– no sólo sea un poco común acontecimiento sino, también, una ocasión para celebrar al mejor nobelista de su generación. (Y, entre paréntesis, la errata intencional, la b suplantando aquí a lav, apunta a que seguramente Vollmann, por méritos literarios pero también por su a veces poco ortodoxo compromiso social y humanístico, será el que más papeletas tenga cuando llegue, inevitablemente, la ocasión de escoger a un futuro Premio Nobel de Literatura Made in USA.)
Y para volver a empezar: bienvenidos a Europa Central.
De algún modo inspirada –así lo hace constar el propio autor tanto en el inicio de este libro como en un muy revelador ensayo/epílogo/credo del 2001 recogido en el ya mencionado Expelled from Eden– por Una tumba para Boris Davidovich de Danilo Kis, esta novela de Vollmann es una de esas magnas novelas (como, cada una a su manera,Ragtime o La marcha de E. L. Doctorow, Poderes terrenalesde Anthony Burgess, Monstruos de buenas esperanzas de Nicholas Mosley o la Tetralogía Pyat de Michael Moorcock) cuyo tema es el modo en que la histeria de la Historia afecta a personas reales y estas luego afectan a personajes imaginarios que son los que acaban afectando a la Historia. De ahí, los espasmos, las intermitencias, las seducciones, los rechazos y el modo en que los acontecimientos se ordenan en maniobras militares o en arreglos sinfónicos –con el arte como materia acaso redentora de tanta sangre derramada– para desordenar a aquellos que los viven y los mueren proyectados, como si se tratara del reparto de una imposible colaboración fílmica de David Lean con John Cassavetes, fundiendo lo panorámico del Cinemascope con la mirada microscópica de la casi home-movie. Aquí –con la ya característica prosa febril y alucinatoria, como si Whitman y Poe y Melville y Burroughs compartieran un mismo mega-cerebro– entre Rusia y Alemania y entre Hitler “El Sonámbulo” y Stalin “El Realista”, intentando armonizar las disonancias de tiempos totalitaristas y la música concreta de la Segunda Guerra Mundial –el “héroe-aria” de la sinfonía es el compositor Dimitri Shostakovich. Uno de los vértices de un fatal triángulo amoroso completado (y un tanto exagerado por Vollmann por comprensibles cuestiones dramáticas) por la poeta Elena Konstantinovskaya y su marido el documentalista Roman Karmen. Y la sección titulada “Opus 110” –“Allí es cuando todos morimos”, precisa y explica Shostakovich– alcanza y sobra para asentar el inconmensurable talento y ambición de Vollmann. Intenciones en las que algunos han querido detectar una “ideología ambigua” (señalando, tontamente, cierta fascinación con la elite nazi-alemana que no es otra que la fascinación de los solistas y no la del director de orquesta) o una incontinencia patológica necesitada de los buenos oficios de un gran editor como aquel Maxwell Perkins del que en su momento se benefició el también aluvional americano Thomas Wolfe.
Y ahí están el más de medio centenar de páginas de fuentes que Vollmann debió procesar durante la composición de este colosal concierto del desconcierto que es Europa Central. Poca cosa en comparación a lo que año tras año vienen procesando sus seguidores extáticamente reunidos en torno a la lumbre electrónica de un site llamado The Vollman Club (más datos, si se atreven a abrir otra puerta de un palacio con muchas habitaciones, en http://www.edrants.com/wtv/), donde cinco entregados “voluntarios” se han repartido tiempo y papel y analizan obsesivamente la creciente bibliografía vollmanniana así como su recepción crítica donde se lo tilda, según el caso, de “aberración de la naturaleza” o de “un monstruo de talento, ambición y logros”.
Y sí, claro, por supuesto: en Europa Central Vollmann es excesivo otra vez. Pero lo es porque de lo que aquí se trata es de plasmar en detalle los excesos –algunos nobles, muchos infames– que el hombre comete en nombre de ocupar un sitio, de agregar algunas melodiosas notas en estado de gracia, a la desgraciada y ensordecedora partitura de la Historia. Vollmann coge la batuta para dirigir a fondo ese tema, ese desafío que también es el suyo y –sin límites ni fronteras, tanto con la cabeza como con el corazón– sale de escena triunfante por amor al arte.
“Siempre retrataremos problemas humanos importantes… Debemos proponer la solución a esos problemas; aunque no la encontremos la búsqueda profundizará el retrato… Tendremos la obligación de saberlo todo acerca de lo que estamos escribiendo… Creeremos sin dudar en la existencia de la verdad… Intentaremos ser de provecho a otros además de a nosotros mismos… Jamás escribiremos sin sentimiento…”, puntualizó Vollmann con pasión casi evangélica y de escritor de otra era –de aquella donde vivieron titanes como Thomas Mann, a quien, cabe pensarlo, le hubiera gustado este libro– cuando se le pidió que enumerara los mandamientos que todo escritor serio y en serio debe seguir para honrar a su sacra vocación.
Europa Central consigue ser, sí, en exceso, una de esas contadas y reverenciables ocasiones en las que el iluminado y luminoso oficiante predica, por fin, con el mejor de los ejemplos.
Entrevista con William T. Vollmann
Tony DuShane
William T. Vollmann ha experimentdo más que la mayoría de los escritores durante todas sus vidas.
Ha visto a su amigo balaceado y muerto justo frente a él en una zona de guerra, ama a las prostitutas (y tiene una esposa muy comprensiva) y se sabe que ha fumado un poco de crack.
Su voz única produce una prosa hecha aparentemente sin mucho esfuerzo. Su producción es masiva e incluye un trabajo de siete volúmenes y 3,352 páginas, titulado Rising up and Rising down. Es como haber escrito la Biblia. Estuve con Vollmann en su cuarto de hotel en el Rex, de la calle Post en San Francisco, durante la gira de promoción para su libro, Europe Central.
Hablemos de tu proceso de escritura, tu proceso creativo. El material que produces es una buena cantidad. Supongo que escribes todos los días.
Oh, claro, absolutamente.
¿Por las mañanas?
Cada vez que puedo, mañana, tarde y noche.
Definitivamente tienes una voz singular. Para un escritor que va comenzando, ¿cómo es que uno puede llegar a ese tipo de voz, o cómo es que tú la adquiriste?
Creo que debes comenzar por lo que dijo Hemingway, escribir sobre lo que conoces, que normalmente es sobre ti mismo…y tratar de tener la mayor cantidad de experiencias que puedas y leer lo más que puedas para ser capaz de crear voces distintas y conocer más.
Hablando de experiencia, eres el rey de la experiencia en lo que se refiere a lo que has pasado, tu experiencia en las zonas de guerra, etc. ¿Sientes el impulso por buscar realmente esos extremos?
Bueno, siento que he aprendido lo suficiente como para ser capaz de escribir narrativa de ficción y de crónica al respecto. Sabes que Rising up and Rising Down fue algo así como mi trabajo de vida y pasé por todas esas zonas de guerra para poder explicar lo que pensaba sobre la violencia y ya hice eso. Cuando escribí Europe Central, fui capaz de imaginarme en las cabezas de algunos de estos personajes, en parte porque había tenido algunas experiencias de guerra yo mismo. No necesito hacer eso por estas razones, pero por supuesto lo haría si pensara que podría cambiar las cosas. Si pensara que podría ayudar a las personas que están en zonas de guerra o si pensara que podría ayudar a los americanos a entender lo que pensaba que nuestro gobierno estaba haciendo mal, entonces claro que lo consideraría mi obligación hacerlo.
Entonces tu trabajo es en realidad una manera de abrirte a la gente que no es capaz de tener esas experiencias y mostrarles qué es lo que ocurre en el mundo.
En cierto modo. Sabes que, con Europe Central, es demasiado fácil simplemente decir, “Ah, los Nazis fueron terribles, los estalinistas fueron horribles.” Y es verdad, pero, ¿a dónde vas después de eso? Si puedes descubrir la verdad más profunda, que no sólo es que fueron terribles, pero que, si yo hubiera nacido en aquel entonces, probablemente hubiera sido uno de ellos. Y aun si me resistiera con todo mi ser, aun tuviera las características de uno de ellos, sin importar lo que hiciera.
Así como en esta sociedad, todo mundo piensa que el dinero es el valor más importante…a tal grado que se ha vuelto invisible. Los padres le dicen a sus hijos, sabes que tienes que aprender a venderte. Claro que se indignan porque las prostitutas se venden, pero eso es lo que somos, somos una cultura de prostitutos. Es un valor completamente distinto que se sostiene por gran cantidad de gente en el mundo. Y una de las razones por las que no podemos entender a otras personas mejor es porque no podemos imaginar que no comparten ese valor. Pero no lo comparten.
De modo que si naciste en el Tercer Reich, y todo lo que habías escuchado era que Alemania era la mejor y que los judíos eran muy peligrosos y venenosos y que los eslavos eran inferiores y esto y aquello, quizás pudieras, si eras en realidad compasivo y valiente, hacer a un lado algo de eso. Pero muy en el fondo, probablemente te seguirías sintiendo un poco bien por Alemania. Sabes que seguirías pensando, ah, Alemania es un lugar realmente progresivo y probablemente el resto del mundo es un poco primitivo. Eso es probablemente lo mejor que podrías hacer.
Hablando de prostitución, sí llegaste a vivir en el Tenderloin (distrito de San Francisco, una zona marginada de la ciudad) por un tiempo, o estabas haciendo investigación para tu…
Pasé buen tiempo en el Tenderloin, sí.
Especialmente con The Royal Family, ¿fue para la investigación de ese libro o para el de Whores of Gloria?
Así es, correcto.
¿Fue como una investigación, para ti, o sólo tratabas de vivir la experiencia y luego extraíste la creatividad de ello?
Bueno, quería ir para allá y aprender. No sabía cómo serían las personas cuando comencé a ir y traté de no tener prejuicios y sólo llegar y tener la experiencia y tomar notas y repetir el proceso, hasta que, gradualmente, conforme pasaban los años, comencé a ser capaz de crear personajes prostitutos. Es mucho más difícil crear un personaje ficticio que escribir acerca de una persona viva. Tienes que ver a muchas personas vivas de este tipo para poder construir a alguien que representa al tipo. Pero al mismo tiempo, no es sólo una concatenación de personas reales. Entonces, pues, es un gran reto.
¿Qué fue lo que inició tu necesidad por escribir?
Siempre fui de esa manera cuando era un niño.
Con respecto a la inmersión y la investigación, ¿eso comenzó de joven o fue desarrollándose con los años?
Pues yo disfrutaba mucho leyendo, de manera que estoy seguro que es de ahí de donde viene. Soy muy feliz haciendo la investigación de estos libros; es muy emocionante para mí.
Tratas temas realmente serios, pero hay mucho humor también.
Hago lo mejor que puedo.
¿Qué sientes con respecto a tu ficcionalización de eventos históricos reales? ¿es esto una declaración sobre cómo la historia supuesta es una verdad absoluta, cuando leemos historia?
Pienso que las historias literales son esenciales. Al mismo tiempo, pienso que una representación literaria de un evento histórico puede sacar a relucir otros lados, puede hacerlo de alguna manera más inmediato para el lector. Sabes que podemos leer cualquier cantidad de descripciones ocultas de lo que ocurrió en la vida del General Vasoff (personaje y persona histórica en Europe Central), pero siento que lo puedo volver real. La paradoja de la ficción, claro, es que haces que las cosas sean reales fabricándolas. Lo más importante es que te mantengas relativamente fiel a los hechos y decir, okay, si yo fuera esta persona, cómo puedo llegar del punto A al punto B y porqué. De esta manera, por lo menos, puedes inculcar una empatía temporal por el General Vlasoff y la gente puede de alguna manera seguir su carrera un poco y meditar sobre todas las paradojas que lo rodean.
He tratado de descubrir cómo es que un holocausto puede ocurrir, con una nación entera siguiéndola, pero después de leer Europe Central, realmente puedes verte realmente en la fiebre de todo lo que ocurre, con Alemania tratando de formar su propio nombre y la emoción de todo aquello.
Todos siempre están buscando a alguien a quien culpar. Siempre es más fácil culpar a alguien más por tus problemas que resolverlos por ti mismo. Justo en este momento, por ejemplo, si tuviéramos un ataque terrorista que fuera, digamos, más grande en escala que el 11 de septiembre, digamos que una maleta nuclear explotara en Los Angeles, quizá no sea muy problemático para muchas personas en nuestra sociedad si pusiéramos a todos los americanos árabes en campos de concentración, como lo hicimos con los japoneses americanos. Eso puede suceder rápidamente. Si la gente llega a estar convencida de que hay células de Al-Qaeda en todas partes, y estos árabes americanos son muy peligrosos, sabes, probablemente muchos de ellos podrían ser asesinados. Puedes ver con qué facilidad pueden pasar este tipo de cosas.
Todo eso tiene que ver con una falta de información. Y la mayoría de los americanos son muy ignorantes, porque los medios simplemente le presentan Estados Unidos a los americanos, de modo que es lo único que conocemos. Por lo tanto, muchas personas no pueden distinguir entre un Sikh con un turbante y un Musulmán con un hajib. Entonces, cuando no tienes información y alguien de esta categoría ha hecho algo malo, es muy humano pensar que todos en esa categoría son peligrosos.
Esto me trajo a la mente tu retrato de las prostitutas, porque, sabes, en general, son vistas como menos, pero le otorgas mucha empatía a esos personajes.
Le tengo mucho amor y respeto a las prostitutas.
Y tratas de mantener las cosas en un plano genuino, y aparte, como dijiste antes, todos somos prostitutos en cierta manera.
Claro, están allá afuera para obtener lo que puedan, y se aprovechan de los tipos ocasionalmente. Les roban, les dan enfermedades, bueno, así es la vida, así es la gente. Y al mismo tiempo, hacen feliz a sus clientes, mantienen juntos los matrimonios, consuelan a la gente solitaria. Pienso que son muy, muy espirituales con lo que hacen.
Hablando de espiritual, especialmente al leer tu último libro, parte de éste se sentía como parábolas de la Biblia, ¿sientes esa influencia en tu escritura?
Definitivamente muchas de las historias son parábolas. Estaba leyendo “Operation Magic Fire” (un capítulo de Europe Central) anoche, en la librería Booksmith, y esa es la parábola del tipo que se hace responsable por todos, y entonces piensas, ah, es algo así como una figura de Jesús en cierta manera, excepto que él es absolutamente vil. Me interesa mucho la Biblia, no sólo en la Biblia, sino en muchos textos espirituales.
Escribes de una manera muy conversacional. ¿Te resulta fácil?
A veces puedo obtener un enunciado correctamente la primera vez. Otras veces, me toma unas cuarenta o cincuenta veces para que quede correcto. Todo depende. Necesita sentirse fácil y verse natural. Si no, entonces no tienes el toque y no lo estás haciendo bien.
En lo que respecta a los editores de la editorial, se jalan los pelos para que intentes cortar más de lo que…
Ah, claro, nunca corto nada que no quiera que corten. A veces me recortan las regalías como opción. Y eso está bien.
¿Te cortaron las regalías para Europe Central?
No, tuve suerte.
Las cortaron para The Royal Family
Sí, y también para Argall. Con Europe Central tenía una cronología al final. Una cronología muy detallada, básicamente desde un poco antes del nacimiento de Hitler hasta finales de la década de los ochenta, y con todo lo que tuviera que ver con los personajes, y lo que ocurrió cuando en la Segunda Guerra Mundial, y en la Primera y así…todo. Pensé que era importante, eran más o menos unas veinticuatro páginas. (La editorial) Viking me pidió que lo quitara. Lo pensé, y mi primera reacción fue decir que no, como siempre lo hago, y sabía que sólo querían que lo quitara para ahorrar en papel, y eso me encrespó. Luego o pensé y decidí que, como no formaba parte de los siete sueños, y de todas formas estaban las notas de fuentes, probablemente no era necesario, de modo que estaba bien hacerlo a un lado.
No siento ningún arrepentimiento y sí compacta el libro un poco, pero es muy muy taro que esté de acuerdo con las sugerencias de recortar partes de libros.
¿Has estado trabajando con la misma editorial para la mayoría de tus libros?
He trabajado con Viking para muchos de mis libros.
¿Cuáles son tus influencias, ya sean artistas o de otra índole?
Me gusta Tolstoy, Lady Mira sake, Lautreamont, Hawthorne, Faulkner, las sagas nórdicas, esas son algunas de mis influencias.
¿Hay algún proyecto de periodismo en puerta?
Acabo de terminar de escribir algo para Playboy, con mi cámara de botón, de hecho, para mi libro Imperial Valley, veremos qué sucede después.
¿Cuál era el contenido de su cámara de botón?
Fui a un montón de fábricas, en México, maquiladoras, fábricas de Ford, para buscar si había maltrato a los trabajadores.
Y…
Había algunas cosas malas pero no tan malas como las hubiera esperado, de modo que eso fue bueno.
¿Fue cuando tuviste el problema de volver a cruzar la cámara de botón por la frontera?
Usé la cámara alternativamente en varias ocasiones, y tuve un problema en particular en enero. Me detuvieron en la border por cinco horas y llamaron al FBI y fui tratado como criminal.
¿Reconocieron quién eras, había algún fan entre los paganos?
No, se fueron y después de un rato dijeron, “Sr. Vollmann, descubrimos bastantes cosas sobre usted.” Yo dije, “Ah, muy bien, como sea.”
Hablando un poco más sobre las situaciones en las que has estado, en zonas de guerra en países u otras situaciones similares, ¿cómo lidias con el miedo? Sé que te han disparado, estoy seguro que hay otro montón de historias que puedes contar. ¿Cómo lidias con eso?
Pues, sólo tienes que tener tu mejor plan, como buen boy scout, y averiguar qué ocurriría hacer el mejor esfuerzo por protegerte por adelantado. Comprar el mejor equipo, hacer los mejores amigos, descubrir cuál es la mejor ruta, saber exactamente qué es lo que vas a hacer, luego, una vez que tienes todo esto preparado, tienes que confiar en tu plan y confiar en la gente que has escogido y estar abierto y ser flexible y someterte a la situación y sólo tratar de tener una actitud positiva, porque una vez que estás ahí, no puedes controlar mucho lo que va a suceder, y tienes que estar listo a morir. Y si eso ocurre, vivir con la esperanza de que no te quedas con muchos arrepentimientos. Y si no sucede, te escabulles para poder hacerlo otra vez.
No es tan malo. Sabes, la gente que escoge hacer eso, los periodistas, personas como yo, si algo nos pasa, se nos compadece menos que las personas que están atrapadas y no escogen estar en esa situación.
¿Tienes que estar bastante a gusto con tu propia mortalidad?
Claro, absolutamente.
¿No te da mucho miedo la muerte?
Pues, siempre da miedo y te llega tarde que temprano, y como te va a llegar tarde que temprano y da miedo, entonces, porqué no hacer lo que quieres hacer. No vas a ser inmortal rehusándose a tomar riesgos…Pienso que es en cierto modo liberador ser mortal, y en realidad, no puede ser peor que lo que ya es; por lo tanto, ¿para qué preocuparse?
¿Has tenido interés de los estudios cinematográficos por obtener los derechos de tus libros?
Sí, escribí dos guiones bajo comisión de dos estudios, pero nunca se produjeron.
Claro, ¿fue buena paga?
Sí, fueron como 20,000 por uno y 30,000 por el otro, de modo que no estuvo mal. Me tomó como cinco o seis horas para cada caso, y pues no me puedo quejar.
¿Escribiste un guión en cinco o seis horas?
Ajá.
¿Cómo?
Bueno, sólo corté todas las descripciones y en todos los casos donde hubiera diálogo, sólo añadí unos guiones y palabras en mayúscula y así fue la cosa.
Tengo amigos que escucharían esto y simplemente se encogerían. ¿Escribes en computadora o a mano?
Si voy a un lugar como el Congo o una zona de guerra, sería de locos cargar una laptop, ya que me la robarían, y no hay electricidad. Pero iré a Japón el próximo mes y me llevaré mi laptop.
¿Qué consejos les puedes ofrecer a los escritores que van comenzando?
Yo les diría que hicieran a un lado la fijación por ser publicados, porque esa es en realidad la preocupación menos importante. Si en realidad te importa escribir, debes hacerlo porque te hace feliz y debes ser igualmente feliz si puedes escribir algo que tú pienses que es hermoso y puedas dejar en un cajón y mostrárselo a las personas y ver cómo se emocionan. Eso es igualmente importante. Si puedes tener esa actitud, entonces nadie puede quitarte el placer. Tantas veces nos encontramos con escritores nóveles que ponen “copyright de” en cada página de sus manuscritos, y tienen tantas ansias por conseguir un agente y hacer esto y aquello. Esas cosas son irrelevantes. Es como si le preguntaras a un fotógrafo cuál es el mejor equipo y todo lo que importa es la imagen. Con la escritura, lo que más importa es la palabra.
Tienes que pensar en las vidas tristes y los fracasos comerciales, que tantos grandes escritores han experimentado. Mira a alguien como Melville. Si eres aspirante a escritor, ¿quieres escribir Moby Dick? Claro. Bueno, si vas a hacer eso, eso quiere decir que estás dispuesto a aceptar no sólo el éxito, sino la pobreza e incluso cierta medida de desgracia por el resto de tu vida. ¿Puedes aceptar eso honrosamente? Si es así, quizá aun no seas un buen escritor, pero vas por el buen camino. Si tu asunto es obtener reconocimiento lo más pronto posible, entonces yo te preguntaría porqué, porqué querrías hacer eso, y si acaso la escritura te va ayudar a hacer eso. Y además, ¿vas a ser una persona más feliz al obtener dicho reconocimiento?
Tengo una revista en la web, y cuando me llegan esas propuestas que tienen el “copyright” en cada página, me doy cuenta que esos son los peores escritores.
Sí, ¿acaso no es triste eso?
¿Cuánto tiempo viviste en el (anteriormente mencionado distrito de) Tenderloin?
Entraba y salía. Me quedaba en uno de los hoteles, a veces sigo quedándome ocasionalmente ahí. Sabes, me gusta el tipo de hotel, donde no tienes que comprar tu propio crack porque el humo del crack se escabulle por los muros del cuatro de al lado, y sólo tienes que disfrutar la fragancia.
¿Fumaste crack en el pasado?
Creo que diría que sí lo he hecho.
¿Y en verdad es tan bueno como dicen?
Es como si no hubieras tomado café en mucho tiempo, y luego te tomas un café muy fuerte. Es como eso, pero mucho más.  
Entrando en este link se puede leer en PDF el cuento La cartera azul del libro Historias del arcoiris:

http://www.palidofuego.com/wp-content/uploads/2013/10/Historias-del-arco%C3%ADris_La-cartera-azul.pdf

Susan Meiselas & William T. Vollmann
3/15/11 — Susan Meiselas is a documentary photographer best known for her coverage of the insurrection in Nicaragua and her documentation of human rights issues in Latin America. Her awards include the Robert Capa Gold Medal, Leica Award for Excellence, and Maria Moors Cabot Prize. William T. Vollmann is the author of, among others, Imperial, Europe Central, winner of the 2005 National Book Award for Fiction; The Atlas, winner of the 1997 PEN Center West Award; and Rising Up and Rising Down, a finalist for National Book Critics Circle Award in nonfiction. (Run time: 1 hour, 8 min.):
EL FANTASMA DESMEMORIADO*
William T. Vollmann
1
Tras la muerte de mi padre, comencé a preguntarme si mi turno llegaría más pronto que tarde. ¡Qué lástima! ¡Más tarde habría sido mucho más conveniente! ¿Y qué tal si mi tiempo llegara mucho más pronto que pronto? Antes de darme cuenta, reconocería a la muerte por su helado brillo como de latón. Por lo tanto, debo confesar que en aquellos días me molestaba que los tesoros de la luz del sol se escaparan de mis manos sin importar lo mucho que me aferrara a ellos. Amaba la vida con tal perfección, según yo, que sentía que debía vivir para siempre, o al menos hasta más tarde que pronto. Pero en caso de que la muerte ignorara todos mis tan importantes puntos de vista, decidí buscar a un fantasma para pedir el consejo de un experto sobre lo que implica estar muerto. Los vivos aprenden a sopesar los méritos de la preparación contra aquellos de la espontaneidad, y por eso contratan los servicios de asesores financieros y otros adivinos. Y habiendo nacido en Estados Unidos, consideraba, naturalmente, que tenía el derecho a recibir cualquier destino que fuera capaz de pagar. ¿Por qué mi vida después de la muerte no habría de extenderse como una hermosa procesión de lámparas de piedra?
Si crees, como H.P. Lovecraft afirmó, que todos los cementerios están subterráneamente conectados, entonces realmente no importa cuál de estos visites; así que puse un pie delante del otro, y media hora después me encontraba hechizado por el musgo verde y brillante en las puntas de las columnas de piedra donde yacen los soldados que fielmente se suicidaron por el tercer shogun. Después encontré, brillando más fuerte que la luz del sol, más musgo verde sobre los pasamanos y el tori que rodeaba estas parcelas cuadradas de tumbas erigidas altas como árboles, cada piedra grabada con el nombre budista post mórtem de su inquilino subterraneo.
El olor a musgo era una mezcla de nuevo y viejo. La materia muerta se descompone en tierra fértil, y la tierra vuelve a enverdecer. Uno puede oler el regreso de la vida. Recuerdo que cuando mis padres envejecieron, les gustaba caminar conmigo por una ciénaga en particular. El lodo en ese lugar olía a limpio y a chocolate amargo. Ahora estaba ahí absorbiendo ese mismo olor fangoso; los tonos verdes y anaranjados en las puntas de los árboles de cryptomeria seoscurecían mientras una nube se posaba frente al sol. ¿Alguna vez has visto el párpado de una lagartija cerrarse sobre esa bola amarilla? Si la respuesta es sí, entonces has estado en las regiones fantasmales, que es donde yo me encontraba al esconderse el sol. Sin embargo, no me había alejado demasiado: del otro lado de la barda, el dulce zumbido de los autos transportaba a esos esqueletos todavía con vida a todo tipo de destinos premórtem. Reconfortado por la superficialidad de mi cometido, me acerqué hasta la tumba más cercana.
El momento en el que toqué el musgo húmedo sobre el barandal, entré en comunicación con su severo ocupante, su oscura y húmeda tumba tapizada con puntas muertas de cryptomeria. Decir que se negó a salir sería decir poco. ¡Fue suficiente para hacer que cualquiera desdeñara la vida después de la muerte! Sentí su enojo como una descarga eléctrica. Para él, yo no era nada, un alienígena desarraigado sin un amo por el cual dar la vida. ¿Por qué habría de enseñarme?
Humillado, me di la vuelta, y me abrí paso hacia el patio inferior detrás del templo. Aquí crecían las diminutas, ovaladas y fálicas tumbas de sacerdotes. Algunas tenían patrones ondulantes de flores de loto grabados sobre ellas. Una tenía aspecto de espejo o de cepillo vertical. Consideré la opción de invitarme a pasar, pero después pensé: si ese señor de allá arriba reaccionó de forma tan violenta, ¿acaso un sacerdote no me despreciaría aún más?
Así que empecé a caminar hasta la angosta entrada del templo y me senté con los pies en el aire, contemplando las flores de los cerezos llover sobre las tumbas. Los brazos retorcidos de ese árbol apuntaban hacia cada una de las lápidas, y la tarde se convirtió en crepúsculo.
Una flor blanca comenzó a caer como una araña que desciende por su más reciente hilo. Entonces mis oídos comenzaron a zumbar: el llamado de la muerte.
Huí del lugar. Me senté en mi habitación y me escondí. Mirando por mi ventana, veía a la muerte en todos lados. La muerte mató a un perro. ¿Y si el siguiente fuera yo?
2
No quise perder el tiempo, así que me aventuré a encontrar una tumba más humilde. Y justo por la carretera, más allá de los empantanados campos de arroz rasgados por la luz, encontré una necrópolis gris y húmeda sobre un cerro cubierto de casas destartaladas. Al principio me pregunté cómo sería vivir en un lugar así, con la muerte sobre todos. Después recordé que todos vivimos así.
El cielo se despejó justo antes del anochecer. Maté el tiempo, por así decirlo, en un pequeño restaurante donde servían anguilas. Dentro de la cajita laqueada en la que el viejo me sirvió, se retorcían pequeños segmentos cafés sobre una cama de arroz blanco como la nieve. Estaban deliciosos. Sentí que me vengaba por adelantado de esos gusanos de la noche que me devorarían algún día. Y le grité al viejo: ¿no te alegra estar vivo?
A veces, me respondió, olvido todo menos pagar mis impuestos.
Para entonces la luna ya había salido. Subiendo por un camino inclinado, llegué a la maraña de tumbas y encontré una exigua con pocos rastros de líquenes sobre ella. El nombre había sido casi borrado por completo, y tres estelas cercanas la ensombrecían de tal manera que tuve la esperanza de que esta alma no fuera tan orgullosa como las demás. ¡Gracias al cielo!
Hice dos reverencias desde el fondo de mi corazón, junté mis manos, y toqué sobre la tumba. En ese preciso momento el fantasma flotó hacia el exterior. Tenía un rostro pálido y sonriente, y se veía rígido y sereno, como un cerezo bajo el sol. Sus ojos eran espejos sobre los que yo no me podía ver.
—¿Sí? —me preguntó. —¿Quién eres? ¿Nos conocemos?
—No lo creo—, le respondí.
—Bien—, me dijo —en ese caso estoy confundido. No estaba seguro si me acordaba de ti.
Al principio me pareció alegre y animado; sus movimientos eran tan claros como los caracteres dorados del Lotus Sutra marchando por una azulada oscuridad, cada columna marcada con oro, cada letra alineada horizontal y verticalmente con las demás.
Le pregunté su nombre y me dijo: Solía ser… ¿Qué importa? Por cierto, esta luna es casi demasiado brillante. ¿No te lastima?
—No realmente.
—Oh, desearía ser tan fuerte como tú.
Le gustaba interrumpirme con la prontitud con la que la lluvia rebota sobre las piedras. Entre palabras y vuelos hacía gestos jactanciosos, pero pronto comenzó a divagar. Era un fantasma completamente amigable; no puedo decir que me molestara.
Le pregunté qué hacer para no sufrir después de mi muerte, y revoloteó como una carpa gigante, su sonrisa era tan grande que por un momento dudé si tenía intenciones de comerme. Le pregunté si lo estaba hartando; ofrecí alejarme corriendo, pero me dijo que no serviría de nada.
¿Cuáles son tus aspiraciones? Pregunté, y me dijo que deseaba lamer el sudor de la pierna de una jovencita sólo una vez más; estaba demasiado confundido con su persona para aspirar a otra cosa.
Intenté descubrir si una vida sin conciencia sería preferible a una conciencia sin vida; pero para contar las respuestas tuvo que contar múltiples variables secretas al mismo tiempo con sus dedos brumosos, y pronto se perdió en sus cuentas. Por supuesto, no podía escribir sobre la arena con un palo, ni tomar prestados papel y pluma, siendo completamente permeable en relación con los objetos.
No podrías lamer la pierna de nadie, le recordé. No pude evitar regodearme en mi propia satisfacción por el solo hecho de que este fantasma estaba muerto y yo vivo. Me sentía seguro, superior, ¡y era menos probable que nunca que estuviera muerto!
Sus ojos seguían mirando hacia todas partes. Le pregunté si moriría pronto.
—¿Recortar? —preguntó el fantasma, desconcertado.
Seguimos discutiendo el sufrimiento, y repentinamente gritó: Justo en este momento no recuerdo el significado de “sufrimiento”. ¡Lo siento! ¿Cómo se escribe?
—S, u…
—¿Perdón? ¿F?
—S.
—¿Estás seguro?
Había olvidado lo suficiente para hacer que una conversación fuera exasperante, pero no lo suficiente para perder la esperanza de transmitir sus pensamientos, ni de escucharme, en un esfuerzo por recordar lo que era estar vivo, y quizá incluso para escapar, por momentáneo que fuera, a las pretensiones de su propia vida. ¡Cómo anhelaba escapar de él! Habría hecho casi cualquier cosa para evitar convertirme en su hermano menor. Por desgracia, no dependía de mí. En cuanto a él, ¿era su culpa estar muerto? Muchas veces he visto cómo hombres viejos recogen jovencitas que se habrían dejado llevar con alegría en tiempos pasados; es como si uno tuviera que aprender una y otra vez sobre la pérdida, e incluso entonces uno espera que como las reglas fueron alteradas antes, serán alteradas de vuelta, otra vez. Pero eso nunca sucede, al menos no para bien; y aunque intenté ser lo más paciente que pude, comencé a convertirme en ese niño ignorante y activo que se molesta cuando su abuelo no puede jugar.
Quería saber el precio actual de todo. ¿Cuántos ryos de oro? ¿Cuántos kwans de plata? Se imaginaba bien informado por no haber olvidado esas dos monedas ancestrales.
—Bien—dije al fin, —estaba pensando…
—¿Siempre estás pensando? —me interrumpió el fantasma, muy interesado.
—Sí.
—A veces yo no pienso en nada —me confesó.
—¿Y eso te relaja? ¿Preferirías no pensar, que pensar?
—¿Relajar es un patrón o un sonido?
—Un patrón.
—¿Qué era lo que querías preguntarme?
—No importa.
—¿Lo olvidaste? Eso me hace sentir mejor. A veces olvido cosas también. ¿Sabes por qué?
—No.
—Esperaba que tú pudieras decirme porqué.
Quería aprender a morir, pero en lugar de eso fui condenado, en vano, a enseñarle a un fantasma cómo vivir. ¿Quizá entonces podría ayudarlo a olvidar que estaba muerto a cambio de que él me enseñara a olvidar cómo vivir? No importó; me sentía cada vez con menos intenciones de hacer el viaje hacia mi muerte dentro de un cofre montado en un palanquín. Prefería aferrarme a mi ser, al menos hasta que caiga la lluvia en Tokio y la gente corra con periódicos sobre su cabeza.
El fantasma no dejaba de hacerme preguntas. Finalmente le dije: pregúntale al pasto. Pregúntale por qué vive.
¡Qué gran idea! Se agachó tímidamente sobre un pedazo de pasto, y yo me escabullí fuera de ahí. Quizá regresaría al cementerio donde yacían los tenientes del shogun. Descansaría una vez más bajo la sombra de las cryptomerias. Desde el cerezo saldría una pálida lluvia rosa. ¿No tenía lugares a donde ir? ¿No era yo alguien que alguna vez había sido un conocedor?
Pero sin el fantasma pronto recordé mi desesperanza en este extraño lugar y me arrepentí de mi crueldad. Me encontraba perdido entre las tumbas. Chocando contra ellas, me encontré rodeado de fantasmas vestidos con armaduras rojas, sus piernas vendadas como gusanos momificados, sus rostros manchas fluorescentes de terror. No podían asfixiarme de verdad, pero sus manos me congelaban; mis huesos ardían de dolor. Sobre mí yacía una inmensa rueda negra; mi muerte, sin duda. Bien, bien: ¡sería más pronto! De alguna forma llegué hasta la orilla del cementerio y salté hacia la oscuridad. Caí y caí. Cuando llegué al suelo, ya casi no había dolor, y eso me hizo preguntarme si había muerto.
Sobre mí flotaba una figura pálida y familiar. El fantasma había flotado hasta mí. Era muy bueno para eso.
—¿Qué debía preguntarle al pasto? —me preguntó.
—Pregúntale quién de nosotros está muerto.
—¿Muerto? ¿Eso se escribe con x o con z?
—Con z.
—Dame un momento. Iré a averiguar. De hecho, yo me preguntaba lo mismo.
Se alejó volando lentamente, pero cuando regresó su vuelo era alto y erguido como los clavos en la puerta de un santuario. Me reportó: el pasto, dijo, olvida que estás muerto y podrás seguir adelante. Ambos deberíamos hacerlo.
—Bien…
—¿Pero la última vez no dijiste que se escribía con x?
Exigí una explicación. El fantasma suspiró: ¿Acaso no recuerdas cuántas veces has estado aquí?
* Este cuento pertenece al libro Last Stories and Other Stories.
Otros libros relacionados:
País de sombras – Peter Matthiessen
Meridiano de sangre – Cormac McCarthy
Su pasatiempo favorito – William Gaddis
It (Eso) – Stephen King
Los Angeles confidencial – James Ellroy
El teatro de Sabbath – Philip Roth
El Cantante de Gospel – Harry Crews
El diablo a todas horas – Donald Ray Pollock
Árbol de humo – Denis Johnson
Monstruos invisibles – Chuck Palahniuk
Laberinto de muerte – Philip k. Dick
Drop City – T. C. Boyle
El hombre que se enamoró de la luna – Tom Spanbauer
El arco iris de gravedad – Thomas Pynchon
El Cadillac de Big Bopper – Jim Dodge
Postales de invierno – Ann Beattie
El tiempo es un canalla – Jennifer Egan
Furias – Fernanda Eberstadt
Chicas – Nic Kelman
Jernigan – David Gates
Amor malo y feroz – Larry Brown
El tiempo de nuestras canciones – Richard Powers
La escoba del sistema – David Foster Wallace

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