Decadencia y caída del Imperio romano – Edward Gibbon

Decadencia y caída del Imperio romano – Edward Gibbon William Vollmann Jorge Luis Borges George Grosz Sandro

Estado: nuevo (2 tomos).

Editorial: Atalanta.

Precio: $2100.

Prólogo*
Jorge Luis Borges
Edward Gibbon nació en las cercanías de Londres, el día 27 de abril de 1737. Su linaje era antiguo pero no especialmente ilustre, si bien algún antepasado suyo fue Marmorarius o arquitecto del rey en el siglo XIX. Su madre, Judith Porten, parece haberlo desatendido durante los años azarosos de su niñez. La devoción de una tía soltera, Catherine Porten, le permitió sobreponerse a diversas y tenaces enfermedades. Gibbon la llamaría después la verdadera madre de su mente y de su salud; de ella aprendió a leer y a escribir, a una edad tan temprana que pudo olvidar su aprendizaje y casi creer que esas facultades eran innatas. A los siete años adquirió, a costa de algunas lágrimas y de mucha sangre, un conocimiento rudimentario de la sintaxis latina. Las fábulas de Esopo, las epopeyas de Homero en la majestuosa versión de Alexander Pope y Las mil y una noches que Gallant acababa de revelar a la imaginación europea fueron sus lecturas preferidas. A estas magias orientales hay que agregar otras del orbe clásico: las metamorfosis de Ovidio leídas en el texto original. A la edad de catorce años recibió, en una biblioteca de Wiltshire, el primer llamado de la historia; un volumen suplementario de la historia romana de Echard le descubrió las vicisitudes del Imperio después de la caída de Constantino. «Yo estaba abstraído en la travesía del Danubio por los godos, cuando la campana de la comida me hizo dejar de mala gana mi festín intelectual». Después de Roma, el Oriente fascinó a Gibbon, y éste cursó la biografía de Mahoma en versiones francesas o latinas de textos árabes. De la historia pasó, por gravitación natural, a la geografía y a la cronología, e intentó conciliar, a los quince años, los sistemas de Scalígero y de Petavio, de Marsham y de Newton. Por aquellos años, ingresó en la Universidad de Cambridge. Después escribiría: «No tengo por qué reconocer una deuda imaginaria para asumir el mérito de una justa o generosa retribución». Sobre la antigüedad de Cambridge observa: «Quizá intentaré alguna vez un examen imparcial de las fabulosas o genuinas edades de nuestras universidades hermanas, tema que ha encendido tantas encarnizadas y necias discusiones entre sus fanáticos hijos. Limitémonos ahora a reconocer que ambas venerables instituciones son lo bastante viejas para acusar todos los prejuicios y achaques de una edad avanzada. Los profesores —nos dice— habían absuelto su conciencia de la tarea de leer, pensar o escribir»; su silencio (no era obligatorio asistir a las clases) hizo que el joven Gibbon ensayara por su cuenta estudios teológicos. Una lectura de Bossuet lo convirtió a la fe católica; creyó o creyó creer —nos dice— en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Un jesuita lo bautizó en la fe de Roma. Gibbon envió a su padre una larga epístola polémica, «escrita con toda la pompa, dignidad y complacencia de un mártir». Ser estudiante de Oxford y ser católico eran estados incompatibles; el joven y fervoroso apóstata fue expulsado por las autoridades universitarias y su padre lo envió a Lausanne, que era entonces un baluarte del calvinismo. Se alojó en casa de un pastor protestante, el señor Pavilliard, que al cabo de dos años de diálogo lo condujo al recto camino. Cinco años pasó Gibbon en Suiza; el hábito de la lengua francesa y la frecuentación de sus letras fueron el resultado más importante de este período. A estos años corresponde el único episodio sentimental que registra la biografía de Gibbon: su amor por Mlle. Curchod, que fue después madre de Mme. de Staël. El señor Gibbon prohibió epistolarmente la boda; Edward «suspiró como amante, pero obedeció como hijo».

En 1758 regresó a Inglaterra; su primera tarea literaria fue la formación gradual de una biblioteca. Ni la ostentación, ni la vanidad intervinieron en la compra de los volúmenes y, al cabo de los años, pudo aprobar la tolerante máxima de Plinio, que dice que no hay libro tan malo que no encierre algo bueno.(**) En 1761 apareció su primera publicación, redactada en francés, que seguía siendo el idioma de su intimidad. Se titulaba Essai sur l’étude de la littérature y vindicaba las letras clásicas, entonces algo desdeñadas por los enciclopedistas. Gibbon nos dice que su trabajo fue recibido en Inglaterra con fría indiferencia, poco leído y rápidamente olvidado.

Un viaje a Italia que inició en abril de 1765, le exigió varios años de lecturas preliminares. Conoció a Roma; su primera noche en la ciudad eterna fue una noche de insomnio, como si ya presintiera y ya lo inquietara el rumor de los millares de palabras que integrarían su historia. En su autobiografía escribe que no puede olvidar ni expresar las fuertes emociones que lo agitaron. Fue en las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos cantaban vísperas en el Templo de Júpiter,que vislumbró la posibilidad de escribir la declinación y la caída de Roma. Al principio la vastedad de la empresa lo intimidó, y optó por escribir una historia de la independencia de Suiza, obra que no terminaría.

Por aquellos años ocurrió un singular episodio. Los deístas, al promediar el siglo XVIII, argüían que el Antiguo Testamento no es de origen divino, ya que sus páginas no enseñan que el alma es inmortal ni registran una doctrina de futuros castigos y recompensas. A despecho de algunos pasajes ambiguos, la observación es justa; Paul Deussen, en su Philosophie der Bibel, declara: «Al principio, los semitas no tuvieron conciencia alguna de la inmortalidad del alma. Esta inconsciencia duró hasta que los hebreos se relacionaron con los iranios». En 1737, el teólogo inglés William Warburton publicó un extenso tratado que se titula The Divine Legation of Moses, en el que paradójicamente se razona que la omisión de toda referencia a la inmortalidad es un argumento a favor de la autoridad divina de Moisés, que se sabía enviado por el Señor y no necesitaba recurrir a premios o castigos sobrenaturales. El razonamiento era ingenioso, pero Warburton previó que los deístas le opondrían el paganismo griego, que tampoco enseñó futuros castigos y recompensas y que, sin embargo, no era divino. Para salvar su tesis, Warburton resolvió atribuir un sistema de premios y de penas ultraterrenas a la religión griega y sostuvo que éstos eran revelados en los misterios eleusinos. Démeter habla perdido a su hija Perséfone, robada por Hades, y al cabo de años de vagar por el mundo entero, dio con ella en Eleusis. Tal es el origen mítico de los ritos; éstos, que al principio fueron agrarios —Démeter es diosa del trigo— simbolizaron después, por una suerte de metáfora análoga a la que usaría San Pablo (así también es la resurrección de los muertos; se siembra en corrupción, se levantará en incorrupción), la inmortalidad. Perséfone renace de los reinos subterráneos de Hades; el alma renacerá de la muerte. La leyenda de Démeter consta en uno de los himnos homéricos, donde se lee asimismo que el iniciado será feliz después de la muerte. Warburton, pues, parece haber tenido razón en aquella parte de su tesis que se refiere al sentido de los misterios; no así en otra que agregó como una suerte de lujo y que el joven Gibbon censuró. El sexto libro de la Eneida refiere el viaje del héroe y de la Sibila a las regiones infernales; Warburton conjeturó que representaba la iniciación de Eneas como legislador en los misterios de Eleusis. Eneas, ejecutado su descenso al Averno y a los Campos Elíseos, sale por la puerta de marfil, que corresponde a los sueños vanos, no por la de cuerno, que es la de los sueños proféticos; esto puede significar que el infierno es fundamentalmente irreal, o que el mundo al que regresa Eneas también lo es, o que Eneas, individuo, es un sueño, como tal vez lo somos nosotros. El episodio entero. según Warburton, no es ilusorio sino mímico. Virgilio habría descrito en esa ficción el mecanismo de los misterios; para borrar o mitigar la infidencia así cometida habría hecho que el héroe saliera por la puerta de marfil, que, según se ha dicho, corresponde a las falsedades. Sin esta clave, resulta inexplicable que Virgilio sugiera que es apócrifa una visión que profetiza la grandeza de Roma. Gibbon, en un trabajo anónimo de 1770, razonó que si Virgilio no había sido iniciado, no podía revelar lo que no había visto, y, si lo habían iniciado, tampoco, ya que esta revelación habría constituido (para el sentimiento pagano) una profanación y una infamia. Quienes traicionaban el secreto eran condenados a muerte y crucificados públicamente; la justicia divina podía anticiparse a esta decisión y era temerario vivir bajo el mismo techo que el miserable a quien se atribuía este crimen. Estas Critical Observations de Gibbon fueron su primer ejercicio de prosa inglesa, apunta Cotter Morrison, y tal vez el más claro y el más directo. Warburton optó por el silencio.

A partir de 1768, Gibbon se dedicó a las tareas preliminares de su empresa; sabía, casi de memoria, los clásicos, y ahora leyó o releyó, pluma en mano, todas las fuentes originales de la historia romana desde Trajano hasta el último César del Occidente. Sobre estos textos arrojó, para repetir sus propias palabras, «los rayos subsidiarios de medallas y de inscripciones, de la geografía y de la cronología».

Siete años le exigió la redacción del primer volumen que apareció en 1776 y que se agotó en pocos días. La obra motivó felicitaciones de Robertson y de Hume, y lo que Gibbon llamaría casi una biblioteca de polémica. «La primera descarga de la artillería eclesiástica» (se transcriben aquí sus propias palabras) lo aturdió, pero no tardó en sentir que este vano estrépito sólo era dañino en el propósito, y replico desdeñosamente a sus contradictores. Refiriéndose a Davies y Chelsum dice que una victoria sobre tales antagonistas era una humillación suficiente.

Dos volúmenes subsiguientes de la Declinación y caída aparecieron en 1781; su materia era histórica, no religiosa, y no suscitaron controversias, pero fueron leídos, afirma Rogers, con silenciosa avidez. La obra fue concluida en Lausanne en 1783. La fecha de los tres últimos volúmenes es de 1788.

Gibbon fue miembro de la Cámara de los Comunes; su actuación política no merece mayor comentario. Él mismo ha confesado que su timidez lo incapacitó para los debates y que el éxito de su pluma desalentó los esfuerzos de su voz.

La redacción de su autobiografía ocupó los años finales del historiador. En abril de 1793, la muerte de lady Sheffield determinó su regreso a Inglaterra. Gibbon murió sin agonía el 15 de enero de 1794, al cabo de una breve enfermedad. Las circunstancias de su muerte están referidas en el ensayo de Lytton Strachey.

Es arriesgado atribuir inmortalidad a una obra literaria. Este riesgo se agrava si la obra es de índole histórica y ha sido redactada siglos después de los acontecimientos que estudia. Sin embargo, si nos resolvemos a olvidar algunos malhumores de Coleridge, o alguna incomprensión de Sainte-Beuve, el consenso crítico de Inglaterra y del continente ha prodigado, durante unos doscientos años, el título de clásica a la historia de la Declinación y caída del Imperio Romano, y se sabe que este calificativo incluye la connotación de inmortalidad. Las propias deficiencias, o, si se quiere, abstenciones de Gibbon, son favorables a la obra. Si ésta hubiera sido escrita en función de tal o cual teoría, la aprobación o desaprobación del lector dependerían del juicio que la tesis pudiera merecerle. Tal no es, ciertamente, el caso de Gibbon. Fuera de aquella prevención contra el sentimiento religioso en general y contra la fe cristiana en particular que declara en ciertos famosos capítulos, Gibbon parece abandonarse a los hechos que narra y los refleja con una divina inconsciencia que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña, como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño, Gibbon, en su siglo XVIII, volvió a soñar lo que vivieron o soñaron los hombres de ciclos anteriores, en las murallas de Bizancio o en los desiertos árabes. Para construir su obra, hubo de compulsar y resumir centenares de textos heterogéneos; es indiscutiblemente más grato leer su compendio irónico que perderse en las fuentes originales de oscuros o inaccesibles cronistas. El buen sentido y la ironía son costumbres de Gibbon. Tácito alaba la reverencia de los germanos, que no encerraron a sus dioses entre paredes y que no se atrevieron a figurarlos en madera o en mármol; Gibbon se limita a observar que mal podían tener templos o estatuas quienes apenas tenían chozas. En lugar de escribir que no hay confirmación alguna de los milagros que divulga la Biblia, Gibbon censura la imperdonable distracción de aquellos paganos que, en sus largos catálogos de prodigios, nada nos dicen de la luna y del sol, que detuvieron todo un día su curso, o del eclipse y del terremoto que acompañaron la muerte de Jesús.

De Quincey escribe que la historia es una disciplina infinita, o, a lo menos, indefinida, ya que los mismos hechos pueden combinarse, o interpretarse, de muchos modos. Esta observación data del siglo diecinueve; desde entonces, las interpretaciones han crecido bajo el influjo de la evolución de la psicología y se han exhumado culturas y civilizaciones insospechadas. Sin embargo, la obra de Gibbon sigue incólume y es verosímil conjeturar que no la tocarán las vicisitudes del porvenir. Dos causas colaboran en esta perduración. La primera y quizá la más importante, es de orden estético; estriba en el encanto, que, según Stevenson, es la imprescindible y esencial virtud de la literatura. La otra razón estribaría en el hecho, acaso melancólico, de que al cabo del tiempo, el historiador se convierte en historia y no sólo nos importa saber  cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII. Épocas hubo en que se leían las páginas de Plinio en busca de precisiones; hoy las leemos en busca de maravillas, y ese cambio no ha vulnerado fortuna de Plinio. Para Gibbon no ha llegado aún ese día y no sabemos si llegará. Cabe sospechar que Carlyle o cualquier otro historiador romántico está más lejos de nosotros que Gibbon.

Pensar en Gibbon es pensar en Voltaire, a quien tanto leyó y de cuyas aptitudes teatrales nos ha dejado un juicio nada entusiasta. Comparten un mismo desdén por las religiones o supersticiones humanas, pero su conducta literaria es harto distinta. Voltaire empleó su extraordinario estilo para manifestar o sugerir que los hechos de la historia son deleznables; Gibbon no tiene mejor opinión de los hombres, pero sus acciones lo atraen como un espectáculo, y usa de esa atracción para entretener y fascinar al lector. No participa nunca de las pasiones que movieron las edades pretéritas, y las considera con una incredulidad que no excluye la indulgencia y, acaso, la lástima.

Recorrer el Decline and Fall es internarse y venturosamente perderse en una populosa novela, cuyos protagonistas son las generaciones humanas, cuyo teatro es el mundo, y cuyo enorme tiempo se mide por dinastías, por conquistas, por descubrimientos y por la mutación de lenguas y de ídolos.

NOTA
(*)Prólogo. Edward Gibbon. Historia de la decadencia y ruina del imperio romano. Madrid: Hyspamérica, 1985.
(**) Plinio el Joven ha conservado esta generosa máxima de su tío (Epístolas, 3, 5). Es común atribuirla a Cervantes, que la repite en el tercer capítulo de la segunda parte del Quijote.

Decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward GibbonPublicado
Patricio Pron
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A ver, la situación es esta: Edward Gibbon decidió escribir sobre la decadencia y caída de la ciudad de Roma y su imperio el 15 de octubre de 1764, “sentado meditabundo en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos estaban cantando vísperas en el templo de Júpiter” (LXXXIV). No publicó el primer volumen de su historia sino hasta 1776, doce años después de haber concebido su plan general y una docena antes de darla por concluida en 1788; por consiguiente, la importancia de la efeméride solo pudo ser comprendida unos veinticuatro años después, cuando Gibbon completó la que es una de las más formidables hazañas intelectuales de un siglo no particularmente exento de ellas como el XVIII inglés. Que mencionara más tarde la efeméride y le otorgase la importancia que tienen los momentos decisivos de la vida es una demostración más de su ambición y de la enormidad de las tareas a las que se creía llamado.
Para entonces Gibbon tenía cincuenta y un años (una edad relativamente provecta en su época) y le quedaban solo seis años de vida. Había nacido en Putney (Surrey) en 1737 y había sido un niño enfermizo (su madre murió cuando tenía diez años) pero inusualmente talentoso para adquirir conocimientos de forma más o menos autodidacta. En 1752 había sido matriculado en Oxford, donde había pasado un período que años después describiría como “los catorce meses más aburridos y desaprovechados de toda mi vida” (LXXVI); había sido expulsado por apostasía (durante ese período se había convertido al catolicismo), su padre lo había enviado a Suiza (donde se había distanciado del monumental error filosófico que aún hoy sostiene a la iglesia de Roma y se había enamorado) y había regresado a Inglaterra en 1758 y sin un plan claro de acción. En 1761 publicaría en francés un Ensayo sobre el estudio de la literatura y en 1770 unas Observaciones críticas sobre el libro VI de La Eneida, ninguno de los cuales anticipaba la ambición y la trascendencia de su obra futura. Gibbon tendía a la obesidad y debe haber parecido a sus contemporáneos alguien un poco ridículo, un historiador de provincias excedido de peso y sin ninguna educación formal; es decir, alguien de quien se puede esperar cualquier cosa (se me ocurren dos en este momento: la misa diaria y el conservadurismo político) pero no algo de la importancia de la Decadencia y caída del Imperio Romano.
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La gran obra de Edward Gibbon se compone de seis volúmenes (más aun: de setenta y un capítulos, de dos mil ciento treinta y seis apartados, de un millón y medio de palabras y de alrededor de ocho mil notas a pie de página), pero suele ser dividida en dos partes: la primera y más extensa de ellas narra la historia de Roma desde el final de la República hasta el año 476, cuando Odoacro depuso a Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, poniendo fin formalmente al Imperio Romano de Occidente; la segunda, más breve, comprende desde ese año hasta 1453, cuando Constantinopla fue tomada por los turcos y llegó a su fin el Imperio oriental. Algunas de las críticas que se realizan en ocasiones a la obra tienen que ver con esa desigualdad en el tratamiento a los dos imperios (es evidente que, al menos para el historiador, Roma es principalmente su Imperio occidental); otras (que Gibbon rebatió desdeñosamente en vida) se deben a la que es la principal hipótesis del libro: la de que, además de a factores políticos (la sucesión de príncipes débiles y odiados, las invasiones bárbaras y la dependencia cada vez más estrecha de los volubles ejércitos de auxiliares mercenarios), demográficas (la disminución de la población a causa de los estragos de la guerra) y económicas (la pérdida de las provincias tributarias de África y Egipto y la ruina de la agricultura en Italia), la decadencia y caída del Imperio Romano se debería principalmente al triunfo del cristianismo, con su desprecio por la vida terrena, su moral piadosa, su resistencia al progreso social y tecnológico y su absorción de las estructuras centralizadas del Estado.
Aunque Gibbon parece venir a decir que la caída del Imperio era necesaria para el ascenso del cristianismo, la suya no es, en sustancia, una obra dogmática; por el contrario, para el lector de nuestros días es particularmente placentero comprobar que Gibbon no juzga a sus personajes, o al menos no lo hace de forma deliberada y que ni siquiera se aferra demasiado a sus conjeturas. En palabras de Jorge Luis Borges,
“Gibbon parece abandonarse a los hechos que narra y los refleja con una divina inconsciencia que lo asemeja al ciego destino, al propio curso de la historia. Como quien sueña y sabe que sueña, como quien condesciende a los azares y a las trivialidades de un sueño” (Miscelánea. Barcelona: Debolsillo, 2012. 80).
No es el único mérito de la obra. Gibbon narra con una plasticidad y una elegancia que se vislumbran en sus mejores traducciones; sus referentes son clásicos, naturalmente, y Gibbon los mejora con un uso de la ironía y del epigrama que son comparables con sus contemporáneos franceses como Denis Diderot y Voltaire. SegúnJosé Sánchez de León Menduiña, la Decadencia y caída del Imperio Romano es “tal vez la única obra histórica occidental que continúa siendo leída frecuentemente por el público educado no especializado” (XCV), lo que se debe casi excluyentemente a la belleza de su prosa y a un mérito adicional, que Borges resume de la siguiente forma: al leer su obra, “no solo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII” (81).
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De ese modo, leer Decadencia y caída del Imperio Romano tiene un doble atractivo para el lector contemporáneo: el de conocer de qué forma Roma narró su historia (reflejada en cientos de fuentes que Gibbon consultó y resumió en su obra), pero también la forma en que ésta podía ser narrada en la época del autor. Aquí y allá, esa época se entromete en la historia del Imperio Romano, por ejemplo allí donde el historiador afirma que “la posesión y el disfrute de la propiedad son las garantías que convierten a un pueblo civilizado en un país de provecho” (232), cuando sostiene que “la relación entre el trono y altar es tan íntima que muy pocas veces la bandera de la Iglesia ha sido vista del lado del pueblo” (58), cuando dice que “de los primeros quince emperadores Claudio fue el único cuyas aficiones amorosas eran totalmente correctas” (78) (lo que lleva al lector a conjeturar qué era lo que la moralidad pública inglesa consideraba “correcto” en ese contexto) o cuando afirma que Hispania “floreció como provincia y decayó como reino” (48), una afirmación que los más de doscientos años que median desde la época de Gibbon y la nuestra posiblemente sólo ratifique.
César Aira sostuvo en cierta ocasión que la lectura de todo texto se articula en torno a tres fechas: la de su escritura, la de los hechos a los que se refiere y la de su publicación; si Decadencia y caída del Imperio Romano es una lectura imprescindible en nuestros días es (también) debido a la tercera de estas fechas, las de su publicación. Ante los hechos actuales (que tanto recuerdan a los narrados por Gibbon) el lector no puede sino preguntarse si acaso el historiador no hablaba también de épocas futuras cuando afirmaba que el período desde la muerte de Domiciano hasta el acceso al trono de Cómodo fue “el único de la historia en que la felicidad de un gran pueblo era el único objeto de gobierno” (79); también cuando afirmaba que “su reinado está marcado con la rara ventaja de suministrar muy pocos materiales para la historia, la cual verdaderamente es poco más que el registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” (79).
Gibbon sostiene que “el poder de la instrucción rara vez es de mucha eficacia, excepto en aquellas disposiciones felices donde casi es innecesario” (86); si tuviese razón (y creo que la tiene), es posible que nuestra época no aprenda nada de la que vio caer al imperio más poderoso de la Antigüedad y la corrupción de su época en una Edad Media de ignorancia y fanatismo religioso. No importa. Sánchez de León Menduiñarecuerda que Gibbon se veía a menudo “obligado a cerrar los volúmenes del historiador [David Hume] con una sensación mezcla de encanto y desesperación” (LXXXI). Decadencia y caída del Imperio Romano provoca en el lector una impresión similar; si nuestra época no tiene nada que aprender del “registro de crímenes, locuras e infortunios del género humano” que es la historia, quizás podamos al menos comprender esa época y sus terribles consecuencias.
*Nota: Atalanta ha publicado recientemente en dos volúmenes Decadencia y caída del Imperio Romano (Girona: Atalanta, 2012) en una traducción de José Sánchez de León Menduiña que sigue la edición de la Everyman Library, considerada por lo general la mejor, aunque prescinde de buena parte de las notas de Gibbon.
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