Los derechos de los animales – Henry S. Salt

Los derechos de los animales Henry S. Salt Pietro Croce Christian Ferrer George Steiner Sebastian Hernaiz Libros Kalish Hans Ruesch 

Estado: nuevo.

Editorial: Los libros de la catarata.

Precio: $160.

Todo el trabajo de Salt se orientó a avanzar desde el estado de semisalvajismo en que veía sumida a la sociedad de su tiempo, hacia otro de verdadera civilización que se caracterizaría por la fraternidad entre seres humanos, entre naciones, y entre seres humanos y animales no humanos. Su reflexión sobre el trato moral con los animales mantiene plena vigencia. El filósofo australiano Peter Singer -autor de la obra más importante en el siglo XX sobre ética y animales, Liberación animal- escribió en 1980 que Los derechos de los animales de Henry S. Salt, publicado por vez primera en 1892, es “la mejor obra de los siglos XVIII y XIX sobre los derechos de los animales”, y que, más allá de su indudable interés histórico, permanece como una contribución viva a un debate que continúa. Es cierto: este libro -traducido ahora al castellano- se sitúa en la frontera ética del siglo XXI. Henry S. Salt, escritor y reformador social británico, nació en la India en 1851 y murió en Brighton (Inglaterra) en 1939. Pacifista, vegetariano y defensor de un socialismo humanista, puso en práctica -junto con su mujer Catherine Leigh Jones- las ideas de Henry David Thoreau sobre la vida frugal cuando habitaba en una casita de campo, cerca de Tilford, donde recibía las visitas de amigos como William Morris, G.K. Chesterton o los líderes del partido laborista H.M. Hyndman y Ramsay Mac Donald, y donde cultivaba sus propias hortalizas al mismo tiempo que una obra extensa y valiosa. Escribió casi cuarenta libros, muchos de ellos para intentar hacer avanzar reformas económicas y sociales, otros interpretando la obra de poetas como Shelley, Tennyson o De Quincey. En 1891 fue uno de los fundadores de la Liga Humanitaria, una organización para la promoción de la justicia social cuyas dos revistas dirigió también Salt. Su lúcido racionalismo y su vigor moral ejercieron una notable influencia sobre escritores de la talla de George Bernard Shaw (quien anotó una vez: no he hecho otra cosa que escribir sermones en forma de obras teatrales, sermones para predicar lo que Salt practicaba) y Mohandas Gandhi (quien halló en Salt una convincente justificación moral del vegetarianismo y las ideas de la desobediencia civil y la no violencia).
Henry S. Salt, escritor y reformador social británico, nació en la India en 1851 y murió en Brighton (Inglaterra) en 1939. Pacifista, vegetariano y defensor de un socialismo humanista, puso en práctica -junto con su mujer Catherine Leigh Jones- las ideas de Henry David Thoreau sobre la vida frugal cuando habitaba en una casita de campo, cerca de Tilford, donde recibía las visitas de amigos como William Morris, G.K. Chesterton o los líderes del partido laborista H.M. Hyndman y Ramsay Mac Donald, y donde cultivaba sus propias hortalizas al mismo tiempo que una obra extensa y valiosa. Escribió casi cuarenta libros, muchos de ellos para intentar hacer avanzar reformas económicas y sociales, otros interpretando la obra de poetas como Shelley, Tennyson o De Quincey. En 1891 fue uno de los fundadores de la Liga Humanitaria, una organización para la promoción de la justicia social cuyas dos revistas dirigió también Salt. Su lúcido racionalismo y su vigor moral ejercieron una notable influencia sobre escritores de la talla de George Bernard Shaw (quien anotó una vez: no he hecho otra cosa que escribir sermones en forma de obras teatrales, sermones para predicar lo que Salt practicaba) y Mohandas Gandhi (quien halló en Salt una convincente justificación moral del vegetarianismo y las ideas de la desobediencia civil y la no violencia).
La tortura experimental
Henry Stephens Salt
Grande es el cambio cuando pasamos de la indiferencia ligera, irreflexiva, del cazador deportivo o el sombrerero a la actitud más determinada y deliberadamente elegida del científico. Tan grande en rigor que muchos -incluso entre los más arduos defensores de los derechos de los animales- consideran imposible seguir esas diferentes líneas de actuación hasta una y la misma fuente. y sin embargo puede demostrarse, creo, que en este caso, y en los que ya hemos examinado, la causa primordial de la injusticia del hombre para con los animales inferiores es la creencia de que éstos son meros autómatas, desprovistos de espíritu, carácter e individualidad. Lo único que ocurre es que, mientras el deportista ignorante expresa este desdén por medio de la matanza y el sombrerero lo hace mediante la toca, el fisiólogo, con una mentalidad más seria, lleva adelante su obra en la «tortura experimental» del laboratorio. La diferencia reside en el temperamento de unos y otros hombres, y en el estilo propio de cada profesión. Pero, en su negación de los más elementales derechos de las razas inferiores, se inspiran y se mueven instigados por un común prejuicio. (Nota del editor: dicho prejuicio es el especismo. Hemos de recordar que este es un texto de 1892, Salt desconocía este término, que aparece en los años 70 del SXX. Por otro lado, hoy día no usaríamos expresiones especistas como “razas inferiores”, que sin embargo Salt usa de manera reiterada.)
El método analítico empleado por la ciencia moderna tiende en última instancia, en manos de sus exponentes más ilustrados, al reconocimiento de una estrecha relación entre la humanidad y los animales. Pero, al mismo tiempo, ha ejercido un efecto sumamente siniestro en el estudio del jus animalium entre la masa de los hombres medios. ¡Considérese el trato del llamado naturalista con los animales cuya observación ha convertido en su dedicación! En noventa y nueve casos de cien es incapaz de apreciar la calidad distintiva esencial, la individualidad del objeto de sus investigaciones, y se convierte en nada más que en un satisfecho acumulador de datos, un industrioso diseccionador de cadáveres. «Creo que el requisito más importante en la descripción de un animal -dice Thoreau- es asegurarse de que se transmite su carácter y su espíritu, porque en ello se tiene, sin lugar a error, la suma y el efecto de todas sus partes conocidas y desconocidas. No cabe duda de que la parte más importante de un animal es su ánima, su espíritu vital, en la que se basa su carácter y todas las particularidades por las que más nos interesa. Sin embargo, la mayor parte de los libros científicos que tratan de los animales dejan esto totalmente de lado, y lo que describen son, por así decirlo, fenómenos de la materia muerta.»
Todo el sistema de nuestra «historia natural», tal como se practica en el presente, se basa en este método deplorablemente parcial y equívoco. ¿Se ha posado un ave rara en nuestras costas? Inmediatamente le da muerte algún emprendedor coleccionista, y con orgullo lo entrega al taxidermista más cercano, para que pueda «preservarse», entre toda una serie de otros cadáveres rellenos, en el «museo» local. Es un deprimente asunto, en el mejor de los casos, esta ciencia de la pieza de caza y el escalpelo, pero está de acuerdo con la tendencia materialista de una determinada escuela de pensamiento, y sólo unos pocos de quienes la profesan escapan a ella, y se sitúan por encima de ella para llegar a una comprensión más madura y clarividente. «El niño -dice Michelet- se entretiene, rompe las cosas y las destruye; encuentra su felicidad en deshacer. Y la ciencia, en su infancia, hace lo mismo. No es capaz de estudiar a menos que mate. El único uso que hace de una mente viva es, en primer lugar, diseccionarla. Nadie lleva a la indagación científica esa tierna reverencia por la vida que la naturaleza premia desvelándonos sus misterios.»
En estas circunstancias, escasamente puede asombrarnos que los modernos científicos, sedienta la mente de más y más oportunidades para satisfacer su curiosidad analítica, deseen recurrir a la tortura experimental a la que eufemísticamente se presenta como «vivisección». Están cogidos y se ven impulsados por una irresistible pasión de conocimiento y, como maleable objeto para la satisfacción de esta pasión, encuentran ante ellos a la indefensa raza de los animales, en parte salvajes, en parte domesticados, pero por igual considerados por la generalidad humana incapaces de tener «derechos». Están acostumbrados, en su práctica (pese al ostensible rechazo de la teoría cartesiana), a tratar a estos animales como a autómatas: cosas hechas para ser matadas, diseccionadas, catalogadas, para el avance del conocimiento. Son además, en su condición profesional, descendientes lineales de una clase de hombres que, por bondadosos y considerados que fuesen en otros aspectos, nunca tuvieron escrúpulos para subordinar los más vivos impulsos humanitarios al menor de los supuestos intereses de la ciencia[59]. Dadas estas condiciones, parecería inevitable que el fisiólogo viviseccione, así como que el señor rural cace. La tortura experimental es tan apropiada para el estudio del hombre semiilustrado como la actividad cinegética lo es para la diversión del imbécil.
Pero el hecho de que la vivisección no sea, como algunos de sus oponentes parecen considerar, un fenómeno siniestro e irresponsable, sino la lógica consecuencia de un determinado hábito mental desequilibrado, no le resta en modo alguno nada de su odioso carácter. Está de más emplear un solo minuto en defender los derechos de los animales inferiores si no se incluye entre ellos el derecho a estar, totalmente y sin excepción, a salvo de las terribles torturas de la vivisección: del destino de ser lenta y despiadadamente desmembrados, o desollados, o asados vivos, o infectados con algún virus mortal, o sometidos a cualquiera de las numerosas formas de tortura infligidas por la científica inquisición. Respaldemos, sobre este tema crucial, las palabras de miss Cobbe: «el mínimo de todos los derechos posibles es sencillamente que se les ahorre el peor de todos los posibles males, y si un caballo o un perro no tienen derecho a que se les libre de que se los haga enloquecer o se los despedace, al modo en que lo han hecho Pasteur y Chauveau, es entonces imposible que tengan derecho alguno, ni que ningún daño que se les inflija, por gente de alcurnia o sencilla, pueda merecer castigo».
Es necesario manifestarse, de manera enérgica e inequívoca, a este respecto, ya que, como he dicho, algunos de los «amigos de los animales» muestran una disposición a transigir con la vivisección, como si la alegada «utilidad» de sus prácticas, o los «concienzudos» motivos de quienes la practican, la pusieran en un plano totalmente distinto al de otras clases de inhumanidad. «Muy en contra de mis propios sentimientos -escribe uno de estos apóstatas[60]- veo una justificación para la vivisección en el caso de animales dañinos y de animales que son rivales del hombre en la obtención del alimento. Si se considera que debe darse muerte a un animal por otras razones, el vivisector puede intervenir llegado el momento, comprarlo, matarlo a su manera, y adquirir, sin tener nada que reprocharse, el conocimiento que su sacrificio pueda reportarle. Y mi teoría de que ‘la vida es dulce’ permitiría asimismo que se criaran animales especialmente para la vivisección, allí y sólo allí donde no se habrían criado de otro modo.» Este sorprendente argumento, que da por supuesta la necesidad de la vivisección traiciona por completo, como podrá observarse, la causa de los derechos de los animales.
La afirmación que por lo común hacen los apologistas de la científica inquisición, según la cual se justifica la vivisección por su utilidad -por considerarla, de hecho, indispensable para al avance del conocimiento y la civilización[61]- se funda en una visión a medias de la situación. El científico, como ya he señalado, es un hombre semiculto. Supongamos (lo que sin duda es mucho suponer, ya que está en contradicción con la mayoría de los testimonios médicos de gran peso) que los experimentos del vivisector contribuyan al progreso de la ciencia quirúrgica. ¿Y qué? Antes de sacar la conclusión precipitada de que la vivisección es justificable por esa razón, un hombre sabio tomará plenamente en consideración el otro lado de la cuestión: el lado moral, la monstruosa injusticia de torturar a un animal inocente y el terrible daño que se inflige al sentido humanitario de la comunidad.
El científico sabio y el sabio humanista son idénticos. Una ciencia verdadera no puede ignorar el hecho sólido e incontrovertible de que la práctica de la vivisección repugna a la conciencia humana, incluso entre los miembros ordinarios de una sociedad no sensible en exceso. La llamada «ciencia» (por des- gracia nos vemos obligados, en el habla común, a utilizar la palabra en este sentido técnico especializado) que deliberadamente pasa por alto este hecho, y que limita su visión a los aspectos materiales del problema, no es en absoluto una ciencia, sino una afirmación unilateral de las opiniones que hallan favor en una particular clase de hombres.
Nada que sea aborrecible, repugnante, intolerable a los instintos generales de la humanidad, es necesario. Es mil veces preferible que la ciencia renuncie a la cuestionable ventaja de ciertos descubrimientos problemáticos, o que los posponga, a que se atente incuestionablemente contra la conciencia moral de la comunidad creando confusión entre el bien y el mal. El atajo no siempre es el recto camino, y perpetrar una cruel injusticia contra los animales inferiores y tratar luego de excusarla sobre la base de que beneficiará a la posteridad, es un argumento tan inadecuado como inmoral. Puede que sea ingenioso (en el sentido de engañar al que no sabe), pero no es con certeza científico en ningún sentido verdadero.
Si hay un punto luminoso, un oasis refrescante en la discusión de este tema triste y monótono, es la humorística reaparición de la trillada falacia de que «es mejor para los propios animales». Sí, incluso aquí, en el laboratorio del vivisector, en medio de las cocciones y los aserramientos, nos encontramos con algo que nos es familiar: el orgulloso alegato de una leal consideración por el interés de los animales que sufren. ¡Quién sabe si algún benéfico experimentalista, con sólo que le permitieran cortar en pedazos a un número suficiente de víctimas, no descubriría un potente remedio para todos males que aquejan a los animales y a la humanidad! ¡Qué duda cabe de que, las propias víctimas, si pudieran llegar a darse cuenta del noble objeto que se persigue con su martirio, rivalizarían entre sí para acercarse lo más rápidamente posible al escalpelo! Lo único que nos maravilla es que, siendo tan meritoria la causa, no se haya presentado todavía ningún voluntario humano para morir a manos del vivisector[62].
Se admite plenamente que los experimentos hechos sobre seres humanos resultarían mucho más valiosos y concluyentes que los realizados sobre animales. Sin embargo, los científicos suelen rechazar todo deseo de resucitar tales prácticas, y niegan indignados los rumores, que corren de vez en cuando, de que en los hospitales se somete a los pacientes más pobres a semejante curiosidad anatómica. Es de observar, así pues, que, en el caso de los seres humanos, los científicos admiten como cosa natural el aspecto moral de la vivisección, mientras que en el caso de los animales no se le concede peso alguno. ¿Cómo puede explicarse esta extraña incoherencia, salvo dando por supuesto que los hombres tienen derechos y los animales no tienen ninguno, o -dicho de otra manera- que los animales son meras cosas, carentes de finalidad, ya las que no es de aplicación la justicia y la indulgencia de la comunidad?
Uno de los rasgos más llamativos y ominosos de las apologías que se ofrecen de la vivisección es la aseveración, tan común entre los autores científicos, de que «no es peor» que otras prácticas afines. Cuando los defensores de una institución bajo acusación comienzan a argüir que ésta «no es peor» que otras instituciones, podemos estar totalmente seguros de que sus argumentos son en verdad muy poco convincentes: son como alguien que se está ahogando y se aferra al último residuo de argumentación. Quienes abogan por la tortura experimental se ven reducidos al recurso de hacer hincapié en las crueldades del carnicero y del ganadero, e inquieren por qué, si se permite desnucar y castrar a los animales, no ha de permitirse también la vivisección[63]. La caza es también una práctica que ha provocado en gran medida la susceptibilidad del vivisector. En la Fortnightly Review define un autor la caza deportiva como «el amor por la destrucción inteligente de las cosas vivas», y ha calculado que anualmente los cazadores deportistas ingleses destrozan a tres millones de animales, «además de aquéllos a los que matan directamente»[64]
Ahora bien, si los ataques contra la vivisección procedieran principal o únicamente de los apologistas del cazador y el matarife, cabría considerar que este tu quoque del científico es una respuesta sagaz, aunque bastante ligera. Pero cuando se acusa a toda crueldad de inhumana e injustificable, una evasiva como ésta no tiene ya ninguna relevancia ni pertinencia. Admitamos, sin embargo, que, en contraste con la infantil brutalidad del cazador, la indudable seriedad y escrupulosidad del vivisector (pues no pongo en tela de juicio que actúa por motivos concienzudamente considerados) puede anotarse en su beneficio. Pero hemos de recordar, por otra parte, que el hombre concienzudo, cuando se equivoca, resulta mucho más peligroso para la sociedad que el granuja o el idiota. En rigor, el horror especial de la vivisección consiste precisamente en que no se debe a mera inconsciencia e ignorancia, sino que representa una usurpación deliberada, declarada, a conciencia, del principio mismo de los derechos de los animales.
Ya he dicho que es ocioso especular acerca de cuál es la peor forma de crueldad para con los animales, pues en este tema, más que en ningún otro, debemos «rechazar la pertinencia del cuidadoso cálculo del más o el menos». La vivisección, si algo hay de verdad en el principio que vengo defendiendo, no es la raíz de la barbarie y la injusticia, sino lo más florido de ellas, su consumación: el non plus ultra de la iniquidad del trato del hombre con las razas inferiores. La raíz del mal reside, como he venido afirmando continuamente, en ese detestable supuesto (tan detestable cuando se basa en razones pseudorreligiosas como en razones pseudocientíficas) de que hay un abismo, una barrera infranqueable, que separa al hombre de los animales, y que los instintos morales de la compasión, la justicia y el amor deben ser diligentemente reprimidos y frustrados en una dirección, a la vez que se fomentan y extienden en la otra.
Por esta razón, nuestra cruzada contra la científica inquisición, para que sea completa y tenga éxito, ha de fundamentarse sobre la roca de la oposición coherente a la crueldad en todas sus formas y fases. No tiene sentido denunciar la vivisección como fuente de toda inhumanidad y, mientras se exige su supresión inmediata, suponer que otras cuestiones menores pueden posponerse indefinidamente. Es cierto que la emancipación real de las razas inferiores, como la de la raza humana, sólo puede producirse paso a paso, y que es natural y político que se ataque en primer lugar aquello que más repugna a la conciencia pública. No estoy despreciando la sensatez de centrar los esfuerzos sobre un punto en particular, pero quiero advertir a mis lectores contra la tendencia harto común de olvidar el principio general que subyace en cada una de estas protestas.
El espíritu con el que abordamos estas cuestiones debería ser liberal y perspicaz. Quienes trabajan para abolir la vivisección, o cualquier otro mal en particular, deberán hacerlo con el declarado propósito de tomar una de las plazas fuertes del enemigo, no porque crean que con ello habrá concluido la guerra, sino porque podrán hacer uso de la posición así ganada como un ventajoso punto de partida para un progreso todavía mayor.
NOTAS A PIE DE PAGINA
[59] La vivisección es un antiguo uso que se practicó durante 2000 años o más en Egipto. en Italia y en otros muchos sitios. Galeno menciona que la vivisección humana estuvo de moda durante siglos antes de su época, y Celso nos informa de que «se procuraban criminales sacados de las prisiones y, diseccionándolos en vida, contemplaban, mientras aún respiraban, lo que la naturaleza había ocultado hasta entonces». También los brujos de la Edad Media torturaban a seres humanos y animales con el fin de descubrir sus elixires medicinales. El reconocimiento de los derechos humanos ha convertido actualmente la vivisección humana en acto criminal, y la indagación científica de nuestro tiempo sólo cuenta con los animales para hacer de e1los sus víctimas. En nuestro país, la ley de 1876 ha restringido por fortuna, aunque no en grado suficiente, los poderes del vivisector.
[60] The Rights of an Animal, por E.B. Nicholson, 1879.
[61] El argumento médico de la «utilidad» se ha mantenido siempre in terrorem sobre la poco científica reivindicación de los derechos de los animales En el siglo tercero citaba Porfirio las siguientes palabras de Claudio el Napolitano, autor de un tratado contra la abstinencia de alimento de origen animal «¡A cuántos se impediría la curación de sus enfermedades si se abstuvieran de ingerir animales! Pues vemos que los ciegos recobran la visión comiendo carne de víbora». ¡Algunos de los resultados que los científicos «ven» hoy en día quizá resulten igual de extraños a la posteridad!
[62] Es cierto. no obstante, que Lord Aberdare, en su calidad de presidente de la última reunión anual de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Animales, advirtiendo a la sociedad contra el comienzo de una cruzada en contra de la vivisección, expreso la observación, deliciosamente cómica, de que él mismo había sufrido tres operaciones y le habían servido para mejorar mucho.
[63] Véase el artículo de J. Cotter Morrison sobre «Scientific versus Bucoljc yivisection». Fortnightly Review, 1885
[64] Profesor Jevons, Fortnightly Review, 1876.
LA MECANIZACIÓN DEL CADÁVER
La mala suerte de los animales
Christian Ferrer
“Todas cuantas cosas hay en la tierra perecerán. Más contigo yo estableceré mi alianza: y entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos. Y de todos los animales de toda especie meterás dos en el arca macho y hembra, para que vivan contigo. De las aves según su especie, de las bestias salvajes según la suya, y de todos los que se arrastren sobre la tierra según su casta: dos de cada cual entrarán contigo, para que puedan conservarse. Por lo tanto, tomarás contigo de toda especie de comestibles, y los pondrás en tu morada, y te servirán tanto a ti como a ellos de alimento”. Así le fue anunciado a Noé el diluvio y una misión: amparar un núcleo humano y a todos los animales, y no sólo mientras dure la catástrofe, también custodiar su conservación y reproducción. En tanto, humanos y animales comparten la misma suerte en el arca, emblema de la comunidad de todos los seres vivientes en momentos difíciles, aunque son los primeros quienes deben garantizar la nutrición durante el largo viaje en círculos pues los animales han sido extirpados de su ambiente natural a pesar de ser inocentes de toda iniquidad.
Como a un perro
Respondía únicamente al nombre de “Dash”. Era un perro de la calle entregado a la ciencia para testear la eficacia de la electricidad aplicada al arte de matar. Primero se descargaron 300 voltios sobre el cuerpo del perro, estremeciéndolo hasta el aullido. Luego se siguió con 400 voltios, que tampoco lograron destrozar su vida. De inmediato la corriente alcanzó los 700 voltios, y aunque su lengua era un colgajo, todavía continuaba vivo. Al cuarto ensayo, murió. Fue en New York el 30 de junio de 1888. La comisión estatal encargada de seleccionar un método alternativo a la horca –el preferido hasta ese momento– consideró treinta y cuatro propuestas distintas que abarcaban, increíblemente, la eyección desde un cañón, el hervido de la persona en carne viva y el abandono en medio de una jauría de animales salvajes. El abanico se cerró sobre cuatro teclas: el garrote vil, la guillotina, la inyección hipodérmica (posibilidad rechazada porque “la morfina podría llegar a eliminar en el reo el gran miedo de la muerte”) y la electrocución, que terminó por conformar a los miembros de la comisión. Dos años después, Francis Kemmler sería su primer cobayo humano: había levantado la mano sobre su esposa, fatalmente. En la nueva fórmula judicial que le fue leída se estipulaba lo siguiente: “Has sido condenado a sufrir la pena de muerte por medio de la electricidad”. El condenado respondió al tribunal: “Estoy dispuesto a morir por la electricidad. Soy culpable y debo ser castigado. Estoy listo para morir. Estoy contento de que no voy a ser ahorcado. Creo que es mucho mejor morir por la electricidad que por ahorcamiento. No me causará ningún dolor”. Se equivocaba, y mucho. La sentencia no se llevó a cabo de inmediato pues Kemmler apeló el fallo, que sería confirmado. Entre barrotes fue bautizado en le fe metodista e incluso aprendió a leer, pues había ingresado a prisión analfabeto.
La ejecución de Kemmler no fue sencilla; tampoco la de los sucesores de Dash, otros perros de la calle, y también varios caballos, con los que se terminó de aprontar al verdugo de cuatro patas. La guillotina, en su momento, fue tenida por considerable mejora en relación con los ahorcamientos y fusilamientos acostumbrados, y la silla eléctrica prometía dar una muerte tan veloz que incluso pasaría inadvertida para el condenado. Ese artefacto fatal se insertaba suavemente en la consideración progresista de los inventos científicos: precisos, infalibles, “modernos”; y sin duda no fueron seres enmascarados quienes aprestaron la primera ejecución, sino ingenieros y electricistas. Al ser conducido al último lugar que vería en vida, Francis Kemmler dijo a los mirones presentes: “Caballeros, les deseo a todos buena suerte. Creo que me voy a un lugar mejor, y estoy listo para partir. Sólo quiero agregar que mucho se ha dicho acerca de mi persona que no es verdad. Soy bastante malo. Pero es cruel sacarme de este mundo peor aún”. Una vez sentado y maniatado se dio la orden de liberar los 1000 voltios convenidos. Según relataron los testigos, el cuerpo de Kemmler se endureció repentinamente, se le desorbitaron los ojos, y la piel empalideció. Un médico certificó la muerte del reo diecisiete segundos después. El Dr. Alfred Southwick, dentista, no se privó de espetar: “Aquí esta la culminación de diez años de estudios y de trabajo, desde este día vivimos en una civilización más elevada”. Sin embargo Francis Kemmler no había muerto y varios presentes así lo hicieron notar. Entonces se elevó la corriente a 2000 voltios y la saliva comenzó a fluir por la boca y se le rompieron las venas y las manos se le llenaron de sangre. Al fin, el cuerpo entero ardió en llamas. Ocurrió el 6 de agosto de 1890.
Paleontología y política
Charles Darwin clavó dos rayos sobre un cielo sereno: El origen de las especies, de 1859, complementado en 1871 con El origen del hombre. Animal “evolucionado”, el hombre sería una pirueta autoprovocada por un mono. Luego de la muerte de Darwin se desató en Europa un áspero debate no exento de secuelas políticas en torno al “darwinismo social”, que se superpuso a la polémica paralela entre evolucionistas y creacionistas. “La supervivencia del más apto” no es un lema que resulte de inmediato agradable para describir la promoción de las especies. Hubo quienes privilegiaron la condición “gladiatorial” de esa lucha y extrajeron o más bien adjudicaron significados políticos y morales a la hipótesis de Darwin: la naturaleza, un cuadrilátero; las especies, boxeadores solitarios. El príncipe Piotr Kropotkin, anarquista y científico, les salió al cruce en 1902. En El apoyo mutuo, obra que gozó de cierta consideración pública, Kropotkin identificó dos tipos distintos de lucha. La del organismo contra organismo por los recursos limitados, una postal de coliseo romano que podía satisfacer a la impresionable sensibilidad burguesa del siglo XIX; y la del organismo y la especie juntos contra el medio ambiente, y entonces la supervivencia en el entorno dependería más de la comunión que del combate. Bandadas y manadas –también los humanos– cooperan, y así prosperan. Aquel príncipe no dejó de insistir en que los animales no son crueles entre sí; y también profetizó, retroactivamente y con lógica tenebrosa, que la dominación del hombre por el hombre era una consecuencia desplazada del dominio, maltrato y matanza de los animales por parte del hombre.
Tabula Rasa
Se diría un artículo de fe en ciencias sociales: el cuerpo se sostiene en la cultura, no en la dotación biológica. Pero si la historia se inscribe en el volumen de carne como si éste fuera un pizarrón límpido el linaje animal en el proceso evolutivo pierde su eslabón. Irónicamente, aquella tradicional negación humanística culmina ahora en numerosos sociólogos y filósofos progresistas que depositan en la biotecnología la esperanza de un cambio positivo para el destino histórico de la especie. Ya son legión: unos celebran la continuidad “irreversible” entre máquinas y hombres, y otros deliran con artefactos que reproducirían “inteligencia” y “emociones” humanas. Hastían, todos. Negada la dote de “animalitas” en el ser humano, la discontinuidad se hace abismo y entonces acorralar al resto del reino animal contra el precipicio es cuestión de tiempo. En la vida social, el “drama de la diferencia” puede conducir a la negación o la conculcación de derechos, a la tolerancia o la aceptación del ajeno, y también al reconocimiento de los atributos del “otro” que hay en “mí”. Pero estas operaciones emocionales y políticas se rarifican cuando se aborda la diferencia animal. ¿Dominio, piedad, concesión de “derechos”? La cuestión nos va a concernir únicamente cuando se asuma que la destrucción del cuerpo humano está directamente vinculada con el trato dado al resto de las seres vivientes. El boomerang retorna violentamente al brazo ejecutor. Después de todo, el ser humano bien podría ser una errata de la naturaleza, y la historia humana su persistencia fatal. Pero los animales estaban primero.
Descuido
Por causa de los desplazamientos continentales sucedidos hace millones de años Oceanía quedó desligada de la suerte ecológica de las otras tierras. Cuando los maoríes arribaron desde la Polinesia a lo que hoy llamamos Nueva Zelanda, hacia el año 1300 después de Cristo, había pájaros gigantes como el moa, el ave más grande que existía en el mundo. Siendo uno de los alimentos preferidos de los maoríes, se extinguió hacia el 1600. Sin embargo, en 1893 se descubrió que en una pequeña isla llamada Stephens, ubicada en el Estrecho de Cook, el cual separa las dos grandes islas, la Isla del Norte de la Isla del Sur, habían sobrevivido algunas especies de aves incapaces de volar del tamaño de un pollito que hacía siglos estaban extintas en el resto del archipiélago. Rápidamente, el gobierno neocelandés declaró a la isla reserva natural y prohibió las pisadas humanas en esa cápsula aislada en el tiempo. Un año más tarde todos los pájaros estaban muertos. El asesino, sin embargo, era inocente. El gobierno neocelandés había hecho construir un faro y en 1898 envió al farero quien a su vez llevó un gato por compañía que tardó apenas un año en acabar con todos los pájaros. Un solo ciclo de contacto con la cultura humana había dado de baja a cien millones de años de evolución. Para siempre.
Defensores
No fueron perros o gatos, como podría suponerse, mucho menos ballenas sino caballos, asnos y mulas las primeras víctimas que hallaron defensores. Las sociedades filantrópicas de “protección al animal” se crearon al rescoldo de la revolución industrial y del crecimiento urbano descontrolado, cuando la “tracción a sangre” era el medio de viabilidad más habitual y el maltrato era continuo y a la vista de todos. A su vez, a fines del siglo XIX se fundaron organizaciones en contra de la vivisección dedicadas mayormente a “crear conciencia” en una época en que la experimentación científica se estaba “profesionalizando”, en que se requerían mayores cantidades de animales a modo de cobayos “de indias” y en la cual destripar animales en las escuelas públicas resultaba ser un ítem del currículo. También de fines de ese siglo son las sociedades promotoras del vegetarianismo.
Las sociedades de protección al animal fueron las únicas instituciones devotadas a la defensa de los animales. Sus logros fueron escasos. Eran instituciones “filantrópicas” porque en Europa y Estados Unidos, donde llegaron a ser ricas y poderosas, el enroque de donación por exención de impuestos supone renunciar a la acción política. Solo les restaba el recurso de la “campaña de concientización”. Pero una época en que se criaba intensivamente al ganado con el fin de asesinarlo, en que aparecían males desconocidos antes (la así llamada “vaca loca” llevó a la hecatombe de millones de animales en Europa), en fin, una época en que se contaban por millones los animales con los que se experimentaba en laboratorios ya necesitaba de otro tipo de orientación política. El “Movimiento de Liberación de los Animales” copió los métodos y algunos de los propósitos de los cetáceos del movimiento social ya establecidos y propagó una nueva definición política de la relación entre hombre y animal. Eso ocurrió hacia 1975.
Subhumanos
 La vida –y la muerte– de los animales ha sido mecanizada: ya son productos cuyo control de calidad exige de la imposición de ciertas dosis de crueldad. Los cepos y trampas provocan un inmenso padecimiento además de prolongar la agonía del animal durante días. La compra-venta de especies “exóticas” resulta ser el preludio a su extinción al hacerse retroceder la diversidad genética necesaria para su supervivencia. Y en tanto los potentados de extremo oriente sigan adquiriendo ilegalmente polvo de cuerno a modo de afrodisíaco será muy difícil salvar a la actual población de rinocerontes negros. Y al fin la cría de ganado, que supone castración, separación de madre e hijo, marcado, transporte al matadero y muerte prematura, actividades interdictas para con los seres humanos, salvo que se quiebre el lazo de continuidad con algún grupo humano específico, acontecimiento sucedido sesenta años atrás a millones de hombres y mujeres inermes. Rememórese: hasta hace siglo y medio, y en los Estados Unidos, era perfectamente legal separar a las madres de sus hijos, transportar éstos últimos al mercado, y también matarlos antes de tiempo. Durante el ciclo del esclavismo las madres no solían desarrollar afectos fuertes con sus niños pues a la edad de seis años ya podían ser comercializados. Por cierto, en aquellos tiempos los propietarios solían hacer pelear a sus esclavos entre sí, con argolla al cuello y en combates a muerte. Y apostaban, como aún suele hacérselo en las riñas de gallos o de perros de lidia.
Estómago
El lugar común lo tiene por invento contemporáneo que sólo concierne a la clase media sofisticada o esnob. Nada más erróneo. El naturismo fue una doctrina ampliamente difundida desde finales del siglo XIX en Occidente y fogoneada, en especial, por los anarquistas, siempre preocupados por mejorar la calidad de vida de los trabajadores. Distintas vetas confluían en esa olvidada ecología social de los pobres: ideales existenciales de “buena vida”; la propaganda de la alimentación “proteínica-racional” en los barrios obreros; la difusión de la “biofilia”, el nudismo y el vegetarianismo; la creación de centros de medicina natural; la promoción de la “procreación conciente”; en suma, el naturismo como ideal de vida social. No faltaron, entre los anarquistas, comunas y restaurantes vegetarianos ni tampoco piquetes contra carnicerías. A sus escuelas, también llamadas “racionalistas”, la vivisección les era ajena; por el contrario, en ellas se enseñaba la vida de la naturaleza por medio de paseos por la ciudad destinados a identificar y escuchar a los pájaros, o bien inspeccionando los prósperos nichos de insectos bajo las baldosas. Un equilibrio posible entre existencia e historia olvidado hacia 1930. Vegetarianismo y anarquismo no conformaron una excentricidad ideológica sino una alianza entre política y cultura popular. Los pobres siempre se han nutrido de vegetales, pues la carne animal (conejos, jabalís, ciervos, ostras, faisanes, además de las reses) fue, y sigue siéndolo, un privilegio de ricos. En Occidente la práctica del vegetarianismo no tiene más de dos siglos, pero en China y en India hace miles de años que la comida está preparada a base de vegetales. Por cierto, los hindúes reverencian a las vacas, pero no dejan de ordeñarlas. Sin embargo, la necedad no deja de expandirse: el ganado necesita de alimento proveniente de tierras de cultivos que podrían ser usadas para nutrir a la especie humana con proteína vegetal; se destruyen bosques para hacer lugar a tierras de pastoreo; y las flotas pesqueras capturan un cincuenta por ciento de pesca inservible que sucumbe en el buque-factoría. Si se considera que los vegetales producen diez veces más proteínas que la carne cabe concluir que la industria de la proteína animal no colabora en la disminución del hambre en el mundo. Sólo un boicot podría detener esta trituradora.
El especismo
Los filósofos que han dejado su impronta en el diccionario son escasos. El nombre de Peter Singer quedará vinculado para siempre al “especismo”, concepto al que pensó y definió. En Animal Liberation, de 1975, Singer escamoteó la palabra “derechos” del título de su libro anteponiéndole la noción de “interés” de un grupo, en este caso los animales. Si nos orientamos por principios éticos que promueven la disminución del sufrimiento y el aumento del bienestar no sería aceptable provocar dolor a una especie en función de los intereses de un grupo definido por su estatuto superior, y en el supuesto de que los animales tengan intereses, el primero de ellos sería no sufrir. Entonces, la consideración de los intereses de todos no se restringiría arbitrariamente a los miembros de la propia especie, pero como las especies “explotadas” no pueden organizarse en defensa propia solo una metamorfosis mental y del lenguaje podría dejar en paz al reino animal –y a los seres humanos, mamíferos ellos también.
Hay contra-argumentos y Singer los desactiva. Primero: los animales carecen de inteligencia, atributo que posibilita establecer una simetría de intereses. Pero un mono despliega mayor inteligencia que un bebé, y no por eso consideramos a éste último un inferior. Segundo: los animales carecen de autonomía fuera de su ciclo instintivo. Pero un enfermo grave o un bebé tampoco la tienen, y no por eso los descuidamos. Tercero: los derechos suponen reciprocidad, y los animales no la conceden. Pero tampoco los niños suelen otorgarla, ni pueden concederla aquellos que experimentan una “vida vegetativa”, y el hecho de que las futuras generaciones no existan aún no es criterio para hacer de la tierra un pantano. Cuarto: ausente en los animales un lenguaje auto-reflexivo, no habría continuidad posible con lo humano. Pero tampoco los bebés pueden expresarse de tal manera aún cuando dispongan de la facultad para hacerlo en el futuro, y en otras épocas los sordomudos también carecían de lenguaje.
No hay pruebas científicas para “comprobar” la necesidad de terminar con la destrucción de los animales. Es un ideal orientador. En el pasado se publicaron libros “científicos” que “probaban” la inferioridad “natural” de los esclavos, o de las mujeres, o de los que no fueran blancos. Justamente, el especismo niega los intereses de otras especies a partir de prejuicios favorables a la propia. Si las sensaciones de sufrimiento o de gozo son los atributos que regulan toda preferencia o decisión no se justifica la negación a tener en cuenta otros padecimientos. Comer animales o experimentar con sus vidas depende del ocultamiento del proceso, en particular a los niños. Es una precondición imprescindible para engullir cadáveres de animales.
No
En 1988 una adolescente llamada Jennifer Graham se negó a practicar una vivisección. Habiéndosele bajo la nota por causa de su negación, la chica inició un juicio al Estado de California, y lo ganó. La disección en vivo ya no sería obligatoria en ese Estado de allí en adelante. Una ley caída por causa de la palabra no, dicha en un colegio estatal.
Un solo hombre
“¿A cuántos conejos Revlon deja ciegos por causa de la belleza?”. Esta pregunta, publicada a página entera en el New York Times del 15 de abril de 1980 logró que millones de dólares en acciones de la corporación hegemónica en el mercado de la cosmética se desplomaran en menos de veinticuatro horas. Hasta ese entonces la pasta de rouge o de rimel era testada sobre conejos, a los que se les embadurnaba la mucosa ocular con el fin de averiguar si el exceso de sustancia cosmética producía algún efecto. La consecuencia era la ceguera final del animal previa ulceración progresiva de la piel y el ojo. El aviso se repetiría dos veces más hasta hacer doblegar a Revlon. De allí en más el “animal testing” fue abandonado y el “control de calidad” se hizo sobre imitación artificial de la carne viviente. El mismo camino fue seguido por el resto de la industria cosmética, temerosa del costo a pagar en publicidad negativa.
Henry Spira, maestro de escuela y miembro exclusivo de una organización dedicada a la “liberación animal”, había encargado ese aviso.     Había nacido en Antwerp, Holanda, en 1927, pero previendo la tormenta y matanza que se avecinaban su familia se estableció en Panamá primero, y luego en New York. El hijo adolescente pronto comenzaría a activar en grupos sionistas de izquierda y en 1944 se afilió al Socialist Worker’s Party, al cual permanecería unido la mitad de su vida. A pesar de ser la organización trotskista más importante de los Estados Unidos la suerte nunca la acompañó en comicios: en su mejor actuación sólo pudo acopiar 40.000 votos. Henry Spira escribía en el periódico del partido a la vez que se embarcaba en la marina mercante, oficio en el que activó contra la dura burocracia del sindicato.
En diciembre de 1955, y en la ciudad de Montgomery, una mujer llamada Rosa Parks se negó a levantarse de su asiento. En el Estado de Alabama, por entonces, un negro estaba obligado a ceder su posición a los pasajeros blancos. El hombre blanco al cual se le negó ese “derecho” reclamó ante el conductor, quien no pudo persuadir a la mujer de abandonar la actitud. Obstinado, el hombre llevó a juicio a la mujer y a la empresa de transportes. La respuesta fue el boicot: durante siete meses miles de personas fueron y volvieron caminando hasta conseguir derogar la ordenanza municipal. Fue el inicio del movimiento de lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. Henry Spira cubrió el conflicto para su periódico y de la simple observación de los acontecimientos aprendió algunas cosas. Luego, en 1959, viaja a Cuba para conocer la revolución de cerca pero meses después abandonó la isla decepcionado ante la política positiva de Fidel Castro para con la Unión Soviética. Al fin, deja la marina mercante y trotskismo y se transforma en maestro de una escuela secundaria. Y así hasta 1973.
            El 5 de abril de 1973 The New York Review of Books publicó un comentario favorable a la edición reciente de un par de libros que trataban el tema de los derechos del animal. El autor de la reseña era un joven filósofo llamado Peter Singer. Meses después, Henry Spira lee en una publicación trotskista de escasa tirada una crítica a la crítica de Singer; básicamente una denuncia de la “bancarrota-intelectual-de-los-intelectuales-de-izquierda-que-en-vez-de-defender-a-los-trabajadores-se-dedican-a-causas-superfluas”. Pero Spira, muy entrenado en el arte de leer entrelíneas, se procuró el artículo original. Al año siguiente Singer ofreció un curso de “extensión” en la Universidad de New York en el que expuso avances de su libro Animal Liberation. Concurrieron veinte personas y Henry Spira era uno de ellos. Seis de aquellos estudiantes formaron el núcleo original de Animal Rights International, que se apropió de la tradición de lucha del feminismo y del movimiento por los derechos civiles para su propia causa.
Era preciso elegir donde golpear. En 1975 el Museo Americano de Historia Natural amparaba archivos y objetos pero también un laboratorio en donde se experimentaba con felinos desde hacía década y media. A los gatos se les extirpaban los órganos sexuales y se les inducían lesiones cerebrales con el fin de saber si ello afectaba a su conducta reproductiva. Constatación tan cruel como innecesaria para el mundo. El grupo comenzó con un carteles y reparto de panfletos en la entrada del Museo. De a poco, las radios se ocuparon del caso. En uno de los piquetes una octavilla le fue entregada a un hombre trajeado, quien se ofreció a mejorar la espantosa presentación de esos panfletos: era vegetariano y también publicista. Cuatro años más tarde Henry Spira lo llamaría por teléfono con el fin de averiar a Revlon. En un principio el Museo ignoró los reclamos, pero pronto se vio obligado a defenderse pues Spira había convencido a un joven legislador llamado Ed Koch, futuro alcalde de New York, de realizar una inspección al laboratorio. La comisión que visitó el museo inquirió por la naturaleza de los experimentos y se le mostró un gato macho con lesiones cerebrales inducidas encerrado en una jaula donde también había una gata y un conejo hembra. Koch preguntó por las secuelas del experimento: ¿acaso la preferencia sexual del felino sería afectada por la lesión? Se le respondió que el gato iba indistintamente con la coneja o con la gata. Koch repreguntó: “¿Y qué opina la coneja de todo esto?”. El clima de opinión de aquellos años no favorecía a éste tipo de activismo. Por un lado, los “líderes de opinión”, los políticos y los periodistas no tomaban en serio a la cuestión; por otra parte, el desprecio de la comunidad científica para con los objetores de experimentos con animales era inconmensurable. Sin embargo, Henry Spira se cuidó siempre de confrontar con la ciencia en sí misma. Al fin, la presión de la opinión pública logró que el Museo se viera obligado a suspender los experimentos y a deshacerse de los investigadores. El epitafio de los mismos fue cincelado en octubre de 1976 por la revista Science, que publicó un artículo crítico de esas investigaciones. Fue el golpe de gracia. Science abandonó al Museo a su suerte quizás porque ya se hacía evidente que no era posible defender cualquier experimento realizado con animales, y además porque en aquel laboratorio acostumbraban poner nombres de famosos científicos vivos a los felinos lobotomizados o castrados; entre otros, el del director de la revista Science.
Fue el comienzo. El siguiente paso condujo a Spira a confrontar con la industria cosmética, consiguiendo un triunfo casi inimaginable en décadas anteriores. Luego, en los años noventa, Spira lanzó una campaña destinada a bajarle la cerviz a un gigante, Mc Donald’s. Pues si los experimentos “científicos” realizados en el Museo de Historia Natural suponían la castración y daño de cientos de felinos, y sí la experimentación en cosmética atañía a la suerte de miles y miles de conejos, la producción de carne vacuna o de pollo para hamburguesas implicaba la mecanización de la vida y la muerte de millones de animales. La campaña culminó en un juicio iniciado y ganado por la empresa, aunque el veredicto se constituyó en una victoria pírrica para Mc Donald’s que ni siquiera intentó cobrar los cientos de miles de dólares cargados a cuenta del defensor de los animales. Henry Spira murió en el año 2001. Los muchos logros que consiguió para su causa se desprendían del potencial político que la palabra “liberación”, ojo de la cerradura de los años sesenta y setenta, extendía ahora al reino animal.
Hominización
El largo proceso de hominización culminó en un desequilibrio. Transformado en el arbitro de todas las especies, el hombre las sometió a su arbitrio. Es un acontecimiento que no puede ser revertido, ni redimido, y quizás tampoco pueda ser detenido. La progresión de la historia humana, y el rango de sus necesidades, así lo exigen. Constatación trágica de un inmenso y cruel experimento diseñado para antedatar la llegada del Apocalipsis, comenzando con el de los animales. Se trataría de la remoción de la orden dada a Noé: no la conservación y cuidado de la vida animal, sino su holocausto.
John Berger. “¿Por qué miramos a los animales?”, en Mirar. Editorial Hermann Blume, Madrid, 1987.
Peter Coetzee. Elizabeth Costello. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2004.
Richard Moran. Executioner’s Current: Thomas Edison, George Westinghouse and the Invention of the Electric Chair.
Peter Singer. Liberación animal. Editorial Trotta, Madrid, 1999. (Edición original: 1975).
Peter Singer. Ethics into Action. Henry Spira and the Animal Rights Movement. Rowman & Littlefield Publishers, Lanham, Maryland, 2000.
El Ojo Mocho nº 18. Buenos Aires, 2004.
DEL HOMBRE Y LA BESTIA*
George Steiner
Presumiblemente el proceso requirió de cientos de miles de años. No sabemos dónde ni cómo ocurrió. Como una gradual luz mañanera, el homínido prehistórico debió identificarse a sí mismo como distinto al animal. O en una de las mayores revoluciones de la consciencia se reconoció como proveniente una cría especial. Los estímulos para este reconocimiento- sensoriales, cerebrales, quizás sociales, quizás de manera tentativa pero fluida- debieron aparecer madurando tanto  pragmáticamente como desde la profundidad de la psiquis. Si supiéramos indagar suficientemente hondo en el magma nocturno de lo que llamamos “yo” podríamos detectar huellas de ese “big bang”. En el trasfondo quizás subsiste algún sonido en forma seminal- aunque de contornos irrecuperables- en esos momentos cuando la racionalidad humana se resquebraja o en los prólogos escondidos de algún sueño. Este símil cosmológico, sin embargo, resulta engañoso. No hubo un acontecer repentino, ninguna expansión fantásticamente rápida. Este desenvolvimiento debió sucederse en estadios ínfimos acentuados por regresiones innumerables, con una fuerza gravitacional que presionaba hacía atrás, debido quizás a una reversión compulsiva por la perdida de confort en la animalidad.
Se necesitaron millones o más de años de indecisión subconsciente y nostalgia antes de cruzar el umbral- aunque esta sea una imagen simplista- hacia la singular condición- al mismo tiempo soberana y catastrófica- en la cual el “yo” se percibe como humano, como un animal otro al animal. Uno no necesita ser un lógico hegeliano para comprender la conmoción de lo negativo en la aserción: “Soy humano, no soy un no-humano”.Esta proposición de identidad es siempre hipotética, siempre sujeta a calificaciones psicológicas, morales y genéticas. Implica un reclamo de “otredad” del orden de lo más radical, que conlleva, como lo acentúo Marx, aquello que involucra nuestras raíces.
Puede conjeturarse que algunos de nuestros seminales encuentros con el orden natural, con la fauna que abundaba sobre la tierra, a menudo con fuerza física mucho mayor que aquella que exhibió el hombre “embrionario”, disparó el desarrollo hacia la diferencia. Erectos, con vista estereoscópica, con pulgar prensil eso nos permitió elaborar instrumentos con eficacia creciente, los bípedos que somos empezamos a matar más a menudo de lo que éramos matados, devorando más de lo que éramos devorados. Algunos antropólogos dan al factor de la maestría adquirida sobre el fuego como el elemento determinante en la transición- aunque bien podría ser una “trasgresión”. Capaces de prender y sostener el fuego a voluntad, el hombre y la mujer protohistórica se adentraron en el ámbito de la planeación, un conocimiento enteramente ausente incluso entre los más prudentes de los animales. Las criaturas prometeicas pudieron, a partir de ese momento, cocinar sus alimentos, mantener el calor en el invierno y contar con luz en el anochecer. Incluso en modelos marxistas el hombre adviene en “hombre” con el cultivo colectivo y el almacenaje de víveres. Estas habilidades para la sobre vivencia  necesitan, a cualquier nivel por más transitorio o rudimentario, algún grado de organización social (aunque precisamente en este sentido las hormigas y las abejas son más eficientes que el homo sapiens). En esencia el hombre aislado no es aún humano, como explicó Rousseau. La sabiduría antigua lo tuvo por un dios o una bestia.
Casi universalmente- aunque existen excepciones intrigantes- los mitos de la creación y la antropología filosófica marcan la frontera entre el hombre y el animal con relación al lenguaje. El hombre es el “animal con lenguaje”(zoon phonanta). Pájaros, ballenas, primates, insectos han desarrollados medios de comunicación, algunos de los cuales parecieran muy sofisticados (las danzas semióticas de las abejas, los cantos-señas de las ballenas). Pero solo el hombre habla de manera innovadora y comprehensiva. El origen de esta especificidad decisiva agotan las especulaciones teológicas, epistemológicas, poéticas y sociológicas desde la remota antigüedad. Hoy, el argumento y la conjetura más sustancial se inclina por la anatomía comparativa (la evolución de la laringe), la teoría de la informática, la neurofisiología y el mapeo de la corteza humana. Simulacros computarizados, modelos basados en la electroquímica de las sinapsis en el cerebro, la gramática generativa transformacional, han producido suposiciones altamente ingeniosas.¿Es injusto entonces sugerir que se ha alcanzado poco conocimiento fundamental? Demasiado a menudo estos algoritmos positivistas asumen aquello que deben demostrar. La clásica convicción  que el habla humano esta donado e inspirado por la divinidad  pareciera ingenua (aunque magistralmente propuesta por Hamman). Lo innato postulado por la gramática generativa carece de todo sustento neurológico y elude el problema de su génesis. El conundrum si puede haber conceptualización sin lenguaje o previo al lenguaje permanece sin resolverse. Un suelo común es el reconocimiento de la capacidad del lenguaje para clasificar lo abstracto- para acceder a la realidad a través de las metáfora- ciertamente si existe algún lenguaje “externo”- constituye no solo la esencia de los humano sino su principal distinción del animal ( nuevamente el caso del sordo mudo engloba lo que pudiera ser una cuestión enigmática). Hablamos entonces pensamos, pensamos entonces hablamos, una circular dinámica que nos define. La “palabra” que estuvo al comienzo, incluso desprovista de sus implicaciones místicas y teológicas, inician a la humanidad. También anuncia la despedida del hombre de sus competidores animales, sus compagnons, es decir sus contemporáneos. Los tiempos de los hombres y mujeres serían otros que el de los animales. Nosotros no podemos concebir nuestra condición interna y externa, el conocimiento ni la imaginación, de la historia y la sociedad, de la remembranza y el futuro, sin el lenguaje (o lenguajes). Esta axiomática e indispensable condición nos inclina a olvidar las funciones primarias que no requieren del discurso. He anotado las relaciones ambiguas entre el lenguaje y la sexualidad. El hambre y la sed tienen un imperativo carente de lenguaje. También el odio. Los gritos de guerra no tienen sintaxis. Pero en general somos más que un animal, o para ser más justo, somos distintos a otros animales, incluso ante otros primates con los cuales compartimos el noventa por ciento del genoma humano, en virtud de que somos capaces de conceptualizar y articular este hecho. Solo un puñado mítico entre nosotros- Siegfried cuando escucha la advertencia del pájaro o San Francisco cuando predica a los peces- pueden cruzar hacia el lenguaje de los animales que no es el lenguaje del hombre. Para nosotros ante nosotros mismos y ante otros hombres, solo el hombre habla.
La intuición y la reflexión largo tiempo han asociado esta singularidad con la aprehensión humana de la muerte. La capacidad lingüística del hombre y la mujer los empodera a conceptualizar y a verbalizar su propia mortalidad. Concomitantemente se ha sostenido que los animales no poseen conciencia de su mortalidad, que ellos habitan un constante presente. Pero ¿es así? No es solo a los elefantes a los cuales las fábulas y los testigos atribuyen alguna previsión de su muerte con señales de un discreto aislamiento hacia la soledad. Todos los que están familiarizados con alguna especie domestica, notablemente los perros, pueden observar comportamientos, modulaciones en actitudes, que con claridad sugieren anticipaciones de la muerte. Existen fenómenos entre mamíferos que parecieran reflejar duelos y visitaciones a los restos de aquellos que han partido. Los elefantes nuevamente son un ejemplo notable. Correspondientemente, mitologías y folclor convierten a los animales en heraldos de nuestras muertes. Si la muerte tiene un olor, los animales lo detectan anticipadamente. La lechuza grita, el cuervo grajea, los lobos aúllan alrededor del lugar del condenado. El caballo de Aquiles conoció su ineluctable destino. Los gatos, adorados por largo tiempo, se retraen del olor en una enfermedad fatal y se crispan ante la muerte. La diferencia pareciera encontrase en otro lugar. He querido demostrar en Después de Babel que la vitalidad, el movimiento hacia adelante de la consciencia humana y la historia social se relaciona íntimamente con nuestra gramática de subjuntivos, optativos y contrafactuales. Nuestra capacidad semántica para trascender, para negar el brutal imperativo de nuestra condición orgánica, para debatir con la muerte, depende del inductivo “absurdo”, de la magia del tiempo gramatical, del verbo futuro. Por virtud de las libertades gramaticales, cuyas pretensiones infundadas casi nunca nos detenemos a considerar, hombres y mujeres pueden describir, pueden conversar sobre el día después de sus muertes. Pueden programar metas sociales, analizar configuraciones científicas por venir en milenios. Es esta sintaxis del futuro lo que pareciera esencialmente humano. Y que nos separa ontologicamente. Los animales obviamente pueden anticipar un eminente peligro. Pueden presentir terremotos horas antes de que destrocen nuestras ciudades. Mis perros tiemblan con los truenos muchos antes de que sean audibles al oído humano. Los animales corren, se esconden, rascan resguardos, guardan comida. Pero no hay nada que sugiera que ellos se “imaginan” más allá de sí mismos, que mentalmente o simbólicamente acceden a mañanas. Sus gramáticas son del pasado y el presente, quizás una caracterización de sus instintos.
Con todo, históricamente y en la actualidad, las demarcaciones, las fronteras permanecen inciertas. El conocimiento que los animales precedieron al hombre, y que son nuestros ancestros esta firmemente establecido salvo entre fundamentalistas. Los mitos de la creación, etiologías de la evolución humana invocan nuestro parentesco animal. El hombre prehistórico era darwiniano. En las fábulas nacimos de huevos de pájaros, de excrementos de animales, de los dientes de un dragón. Fuimos amamantados por lobos, nos alimentaron unos cuervos misericordiosos, montados sobre la espalda de unos delfines fuimos salvaguardados. No hay orígenes de religiones o mitos en los cuales la distinción entre el orden humano y el animal no es borroso y susceptible de una metamorfosis. El giro al ritual se inició con representaciones de animales. Anubis y el panteón egipcio tienen cabeza de animales. Los primeros humanos buscaron un orden cósmico y una identidad tribal por medio de totems de animales. El oso totémico o el águila y la serpiente dieron acceso inmediato, literal y simbólico, a los poderes que custodian lo sobrenatural. El chaman usa la máscara de un jaguar; el es un jaguar que su clan descubre en medio del trance en el ritual de iniciación hacia la adultez. La heráldica que nos acerca a la modernidad es zoología. Los unicornios soportan las armas reales y aguardan en los vestidores. Es más, el mundo de las fábulas primordiales de la figurae gráfica que marcan nuestra madurez, esta poblado de criaturas híbridas, parte dios, parte animal y parte hombre. En ningún momento la imaginación o el subconsciente renuncia a su parentesco con otras categorías del ser estrictamente humano. Parcial como lo es- la historia del homo sapiens es corta- el proceso de humanización pareciera haber dejado cicatrices hondas y nostalgias. Hemos sido exiliados en nuestra humanidad.
De allí el vasto catálogo de formas híbridas. Centauros, sirenas, arpías, pejemujeres que cabalgan, cantan, se zambullen o nadan en las legendas y en nuestras pesadillas. Pájaros con el rostro de mujeres, mujeres con la cola de un pez, caballos mitad hombre hablan de un mundo en el cual la creación esta llena de bosquejos, indiscriminaciones y alquimia provisional. Existen criaturas que cruzan una y otra vez la ambigua frontera, son trasgresores en el sentido propio del la palabra. Los hombres lobos abundan en el folclor y en los cuentos de hadas. La separación del hombre del oso es tentativa y susceptible de revisión. Los hombres leopardos rondan las noches africanas. Desde el cerdo de Circe unos ojos humanos hacen un guiño. Entre íconos escatológicos, en Revelaciones y el Paradiso, el advenimiento divino, las formas que adquiere la radiación trascendente, asumen parecidos animales. Existe “Cristo el tigre” y el águila coronada de lo pontífico y de la soberanía militar. En estas esferas de posibilidades combinatorias lo divino puede cohabitar con el hombre o el animal. No es solo las deidades, sean paleo siberianas, olímpicas o amerindias, entran en lo humano y animal cuando merodean entre nosotros, sino que la cosmogonía esta poblada de “mulattos” heroicos y demonícos, mestizos, ochavón, en el cual todas las posibles y concebibles amalgamas del dios y la mortalidad, de lo divino y lo bestial, se conjugan. La proveniencia es una mazmorra. En una sola mujer o hombre, en su apariencia externa, entre los hijos de Leda o Semele, una esperma divina engendró en forma animal dentro de un recipiente humano y éstos quedan inextricablemente unidos. En Hércules y Aquiles el linaje divino y humano, la frágil tela de la humanidad en el misterio de la inmortalidad, crea una tensión al mismo tiempo carismática y divisoria. Esos misteriosos “hijos del Dios” que visitan a mujeres terrenales en el Génesis 6, las órdenes angelicales que por largo tiempo han confundido las disputas teológicas entre cristianos, los “superhombres” de la futurología de Nieszche y de nuestra ciencia ficción y revistas “comics” testifican de un mestizaje sin fin. Somos una aleación. Si los seres humanos son propensos a despertar un día caminando erectos cual demiurgos, Titanes, o como el Rey León, igualmente existen con el peligro de amanecer un día como cucarachas. No es ningún accidente que la parábola de Kafka, más que cualquier otra, sea la más emblemática de nuestra inestable condición.
Consecuentemente, los contornos de la sexualidad permanecen maleables. Etnógrafos, sociólogos y criminólogos conjeturan lo que la ley designa con el sucio y grosero término “bestialismo”. Sin lugar a dudas, las formas de la intimidad erótica y el coito entre el hombre y la bestia han sido constantes y generales. La familiaridad erótica entre el hombre y el animal son legión en la existencia del pastor, en la soledad hipnótica de los pastizales alpinos y de las praderas. El “temblor entre las piernas”, esa momentánea humedad y bochorno de vitalidad no es solo cosa de mitos, de Pasifae y su toro, sino común en los dominios de la agricultura, el pastoreo (husbandry-pastoreo en inglés también es desposorio y Steiner nota la palabra) y la migración. Acotado por la alegoría, proveen de pulso a la narración en la Metamorfosis de Ovidio, a Un Sueño de una Noche de Verano y al Lamia de Keats. Con todo, en la literatura seria, el tema del coito entre hombre y animal permanece casi tabú. Entre los modernos lo encontramos en D.H. Lawrence y Montherlant. Una novela canadiense, escrito por una mujer que murió tempranamente, es una oferta plausible y honda del amor entre una mujer solitaria y un oso inquisidor. Es una rara obra maestra. Una libido trasgresora tiñe las junglas oníricas y el desierto bañado de luz de luna en algunos cuadros del Aduanero Rousseau. Una apenas camuflada fantasía de añoranza sexual esta detrás de ese kitsch memorable, King Kong así como en el escabroso ingenio del Asno de Oro de Apuleyo. ¿Qué sería de los cuentos de hadas sin ese motivo, traducble en todo el mundo, de la belle et la bete, del cuerpo de una mujer unido al pellaje y a las garras encubiertas de su seductor, un abrazo que se torna aún más inquietante cuando ella le pide a su compañero que reasuma su forma felina?
Aquellos que han tenido sexo con un animal conversan con su pasado biológico y psicosomático. Retornan a una realidad perdida, al mismo tiempo pastoral y todavía en las inmediaciones del orden natural. De la orgánica familia extensa. El “amante del animal” (en inglés “animal lover” es también la designación de aquellos que defienden y protegen a los animales) en un sentido carnal escapa del despotismo intruso, de los límites del lenguaje, a los cuales  aludí previamente. En un relato húngaro, al cual Bartok le puso música, es el bramido de un cabrón en celo, él mismo trasmutado de su humanidad, el que compele a las hembras. Y existen muchas fábulas en las cuales los recién casados, retornando a la alcoba nupcial, se confrontan con el odio, la venganza febril, del animal domestico que se siente traicionado y que exhibe dientes y garras. Un proverbio turco dice: “Cuando entras a la alcoba nupcial fíjate en los ojos de tu gato”.
La historia del hombre en relación al animal es fragmentaria. Su inserción decisiva se nos escapa. Las representaciones de animales en cuevas paleolíticas, las estatuas esculpidas de marfil de mamuts o morsas quizás de hace dos mil años vibran de vida. Son las anotaciones de predadores entre predadores. Su “viaje interior”, su penetración dentro del aura animal ha sido reproducida solo por Durero y Picasso. Pero su intención se nos escapa. ¿Fueron objetos de veneración religiosa y propiciatorios que buscaron honrar y atraer a aquellos seres que los cazadores había matado y consumido? ¿Estos inspirados frescos debían servir de carnada para atraer a las presas de la caza? ¿O quizás los misterios de Lascaux son “solo del arte” producto de una creación mimética e instintiva sobre la belleza y propia del hombre? Este acto en verdad disociaría al hombre del animal. En cuyo caso la inaccesibilidad de la mayoría de las pinturas rupestres ofrece un problema adicional. Lo que es cierto es la intensidad de la consciencia, la cercanía de la interacción, ya sea hostil o familiar, que amarraba a las comunidades prehistóricas con los caballos, osos, mamut, lobos y siervos cuadrúpedos entre los cuales los hombres llevaron sus  vidas en la aurora de la humanidad. Lo que siguió debió ser carnicerías y domesticación a una escala cada vez mayor y a lo largo de milenios. Sean salvajes o domesticados, sueltos o amarrados, los animales se volvieron las victimas y esclavos de los hombres. Ellos sirvieron a la diversión de la cacería- monarcas medievales y del ancien régime, ricachos edwardianos, cazadores en las grandes praderas americanas masacraron animales con obscena frivolidad- y también por las exigencias de comida, ropa, implementos y ornamentos. Hasta el día de hoy, los mares se tornan rojos de sangre del atún capturado; pájaros jilgueros son cazados en el aire por pura diversión y lo que queda de las especies en peligro amenazan con extinguirse por causa de ricos o de cazadores furtivos. Como si buscáramos la complicidad de los dioses con nuestro descarriado deseo sangriento, el sacrificio animal se volvió parte integral de los rituales religiosos. Este desarrollo se cita como progresivo en la humanidad al compararlo con el sacrificio humano. Un equívoco elogio. ¿Cual fue la culpa del macho cabrío “atrapado en el enjambre de sus cuernos” cuando Abraham “lo ofrece para el holocausto en vez de su hijo? ¿Cuál fue el crimen del “bello” novillo cuyo cuello Odiseo cortó para que su sangre atrajera los espíritus sedientos de los muertos?
Los animales totémicos presiden los clanes; las deidades son adoradas bajo el disfraz animal; la sabiduría folclórica y las mitologías adscriben a los animales poderes prenaturales de anticipación, venganza o salvaguardia; en el Zodiaco los nombres de los animales delinean y dan contorno a las estrellas; en momentos de lucidez nosotros sabemos que no somos mejor que el mono desnudo. Y con todo, quien cuestionó el mandato de Jahweh que el hombre debía ejercer “dominio sobre los peces del mar, sobre las aves en aire y sobre el ganado…y por sobre cada cosa que se arrastrara sobre la tierra”. Es más, allí donde el budismo, jainismo y las creencias animistas predican reverencia por toda la vida es donde la crueldad hacia los animales puede ser más bárbara. Entre chinos, la crueldad y la explotación de los animales son indecibles. Aristóteles sostuvo que era improbable que los animales poseyeran alguna facultad equivalente al alma humana. En las doctrinas de le metempsicosis, como las de Pitágoras, la psiquis en caída lucha por liberarse de su transitoria y punitiva cubierta animal para acceder nuevamente al santificado estatus humano. A través de la tierra y por miles de años, los animales han sido masacrados, cazados, explotados hasta la muerte. Señales de alguna culpa humana son casi inexistentes. La apenas examinada prioridad de la eminencia y el bienestar humano es aceptada por muchos para justificar la vivisección (una practica que siento aborrecible). La noción de los derechos de los animales, de la responsabilidad ética hacia los animales, se mantiene acotada y excéntrica. La mula fue abandonada para que se muera de hambre o sed después de una vida de servicios; el perro amarrado fue abandonado a enloquecer de terror y hambre cuando sus dueños (¿quien puede “adueñarse” de un animal?) se mudaron de casa. La historia del nacimiento de una alguna compasión efectiva y de alguna responsabilidad permanece nebulosa aunque un puñado de historiadores sociales y antropólogos filósofos empiezan hoy a dar cuenta de ello. A pesar que los momentos documentados son escasos, las protestas contra la tortura y la matanza de animales en los coliseos suben a la superficie con algunos moralistas romanos y los Padres de la Iglesia. Por el camino de procesos solo parcialmente clarificados, el sacrificio animal cedió en el Judaísmo (¿pero se puede restaurar el Templo sin el sacrificio?). Su rechazo es una de las glorias del naciente y maduro cristianismo precisamente cuando prevaleció sobre los rituales sangrientos de los cultos Mithraics (mitráis???). Una corriente de sensibilidad intermitente y en gran parte subterránea precede a la ternura franciscana hacia la vida animal. La iconografía del cordero y burro en el simbolismo cristiano y las parábolas cristológicas pudieron haber jugado un papel heurístico. El cazador asesino, como San Huberto, se detiene y se arrepiente cuando percibe una cruz sagrada que emana de los cuernos de un siervo herido. Se le honra al perro cuando, según las leyendas y las crónicas, mantiene la guardia sobre el cuerpo muerto de su amo incluso al extremo de morir de hambre. Regresivamente, quizás inconscientemente hacia rituales arcaicos, grandes artistas como Wagner pidieron ser enterrados al lado de sus animales. Cuando un perro muerto es arrojado para profanar el viejo cementerio de Praga, el Rabino ordena que se le de un entierro digno. Estas empatías e intimaciones de hermandad fundamental son, sin embargo, anecdóticas y esporádicas. La Ilustración, incluso en su ala más radical, no genera ningún específico sentimiento de protección hacia los animales.  Los philosophes más bien pensaron que cualquier sentimiento especial de afecto hacia los animales era un sentimentalismo infantil. La servidumbre de la bestia al hombre es axiomática.
¿Qué ha contribuido, significativamente aunque solo parcialmente,  a los cambios en esta perspectiva en tiempos recientes? Nuevamente la historia es complicada y todavía poco clarificada.¿Qué ha inspirado mutaciones en el sentimiento humano que ahora clama por la protección de los tiburones que devoran humanos y se pide respeto por la serpiente venenosa? ¿Qué ha impulsado que en algunos sistemas legales se hayan inscrito prohibiciones para ejercer la crueldad sobre animales? El darwinismo es de importancia capital. Es un terror antiguo y atávico el descenso y la consanguinidad con los animales, con los primates, el que ha alimentado la oposición a la teoría de la evolución y que continúa incendiando a los fundamentalistas cristianos en EEUU. La biología molecular y la genética han dado impulso al darwinismo al demostrar, como lo he mencionado, la virtual identidad genética entre humanos y primates. Cuando matamos un animal o lo maltratamos- la lagartija también esta en nuestro pasado- cometemos una acción de parricidio genético. De comparable importancia han sido las investigaciones científicas y etológicas del comportamiento animal. Jane Goodall entre los chimpancés, Diana Fossey queriendo salvar a los gorilas de las montañas de la extinción, Biruté Gladikas (la llamada “madre de los monos”) nos ha agudizado la consciencia sobre la complejidad social, la riqueza y el pathos de la vida emocional de nuestros primos cercanos. Nos han enseñado a sorprendernos de la danza de las abejas y de la impronta que ocurre cuando un pato busca a sus progenitores. La probabilidad que las ballenas y los delfines estén capacitados con un sistema de comunicación, con signos codificados todavía no descifrados, conocimientos crecientes sobre el sistema de navegación global, celestial o magnética, de los pájaros emigrantes que atraviesan inmensidades oceánicas han ayudado a elevar el estatus de los animales en las jerarquías de los seres orgánicos. Cuando miramos a los ojos a un chimpancé nos vemos en un espejo triste. En un espejo que nos acusa.
Cual sean las instigaciones, una nueva actitud hacia la vida animal, conjuntamente con nuevas valoraciones sobre los derechos de los niños (estos dos temas pueden muy bien estar sicológicamente  entrelazados) están entre los pocos avances morales de la modernidad. Una pesadilla se cierne sobre nosotros: un planeta contaminado, arrasado, explotado al grado de una muerte lunar. Catástrofes climáticas desatadas por nuestra avaricia sin fin. Ya en este momento una gran parte de la tierra ha sido barrida de su fauna natural. Ya ha sucedido que cientos, probablemente miles, de especies animales han sido aniquilados. Ríos, lagunas, mares explotados por la pesca desenfrenada ya no pueden sostener la sorprendente cadena de vida marina y acuática. La hambruna enloquece y diezma especies como el tigre, el leopardo de las nieves o el oso polar. Con ironía obsesiva, los balleneros japoneses masacran su capturas para darle de comer a sus animales domésticos, cazadores furtivos llevan a los rinocerontes a la extinción para que sus cuernos provean de afrodisíacos a estúpidos chinos. La alpaca ha sido casi aniquilada por proveer de sweaters y bufandas a tiendas occidentales. Aunque cada vez son más potentes las voces que protestan. La protesta abarca desde la histeria criminal de algunos grupos defensores de animales hasta la critica razonada pasando por un sentimiento de malestar difuso de una culpa compartida. Empezamos a sentirnos solos en esta sobre poblada tierra. La protección de animales salvajes, la salvación de algunas especies como el oryx o el panda gigante a un brinco de desaparecer, la legislación para controlar la crueldad a los animales, enlistan hoy una creciente cantidad de energías individuales y comunales. El león de las montañas y el oso negro ya tienen alguna protección legal ante el cazador, el coleccionista de “trofeos”.Las pieles aún se usan en ciudades occidentales que cuentan con calefacción excesiva pero incitan crecientes protestas. Quizás al Lejano Oriente se le puede enseñar que hay mejores cosas que hacer con un perro que comerlos. El tema del uso de animales en la investigación médica es extremadamente complicado. Presenta preocupaciones éticas y psicológicas extremadamente delicadas. Pero el debate y la furia son invaluables. Demuestra un cambio sísmico en la sensibilidad, en la percepción del hombre de su incómodo lugar dentro de la creación. Ya sea el grito o el asfixio de un animal en un laboratorio que es justificado en relación al progreso médico por lo menos amerita un cuestionamiento.
Vaciado de consciencia o en algunos casos excepcionales de cualquier componente sexual subconsciente, el amor por un animal puede ser igual o incluso puede sobrepasar cualquier otro amor. ¿Hemos intentado entender esto? A diferencia del amor más fiel y más apasionado entre humanos, el amor hacia un animal puede ser totalmente desinteresado. Quisiéramos creer que los animales pueden desarrollar algunas formas de afecto recíproco, que pueden “amarnos” a cambio. Ellos muestran comportamientos de necesidad recíproca, de un afecto dependiente y de fidelidad (el perro de Odisea). Pero estos reflejos podrían ser, al grado significativo, desiderata de nuestra parte, engreimiento metafórico y antropomórfico.¿ Podemos estar seguros? Lo único que podría ser amor absoluto por nuestro animal o animales proviene de nosotros y sin garantía de reciprocidad. Y  parte de la lógica de este extraño amor absoluto además esta la implicación que cualquier animal podría ser objeto de ese amor. Elefantes, caballos, cabras y también cuyos, loros y canarios han despertado amor humano y aflicciones del corazón. La muerte de un pez o un pinzón puede traumatizar a los niños y también a adultos y repentinamente hacerles conscientes de las concordancias entre el amor y la muerte. Ha habido hombres que arriesgaron sus vidas para rescatar de una casa en llamas a un adorado pitón. Son comunes los relatos de aquellos que se sumergen en aguas heladas o en medio de tempestades para rescatar a sus perros. Y para la mayoría de nosotros son nuestros perros los receptores de nuestra insensata y total devoción humana. Los gatos son de otro reino. Sea a los pies de Richeleu o en el disfraz del Mitsou de Colette o como Bola de Nieve acostado sobre el escritorio de mi traductor al francés, estos animales responden a nuestros afectos con ironía y cierta observante distancia. Algo en sus antiguos ojos nos dicen que sienten nuestro amor como un poco ridículo. Los perros, sin embargo, pueden amarse con cada nervio y fibra de nuestro ser. Sus actitudes se vuelven una suerte de talismán de un reconocimiento mutuo. Ellos parecieran reflejar de manera misteriosa tanto sus incipientes muertes como la nuestra. Prestamos atención a sus pasos, a sus ladridos, cuando gruñen en sueños como si fueran latidos de nuestro propio corazón. Cuando se muere nuestro perro se fractura nuestra existencia. La casa se vacía. La cobija, su recipiente de comida, nos resultan insoportables. De manera fascinante esta condición humana parece haberle eludido a Shakespeare en su  registro casi todo comprensivo de los reflejos humanos.
Una paradoja inquietante contiene este amor. Existen muchos, posiblemente son legión, que quieren más a los animales que a los seres humanos. Este hecho casi nunca se discute. La enfermedad o la muerte de un animal puede solicitar emociones profundas y mayores que aquellas que surgen con la enfermedad de humanos. El dolor sufrido por un animal, incluso a la distancia, ensombrece mi mente. Ruth Padel, poeta y viajera, en su maravilloso libro sobre los tigres reporta el grito de una boa que es despellejada viva. ¡Dios mío! Hubiera querido nunca haber leído ese pasaje. Enferma mis sueños incluso en el día. Querer más a los animales que a los hombres podría testificar también de un pensamiento no explícito y visceral que rechaza la inhumanidad en el hombre, su “bestialidad”. Existe la intuición que los animales poseen cierta dignidad, lealtad, capacidad para soportar el dolor y la injusticia ausente en el grueso de los hombres y mujeres. Esto podría explicar el perturbador dato sobre la compasión y el amor peculiar y agudo que caracterizan a hombres de naturaleza despótica y de temperamentos ideológicos odiosos. Wagner y su perros Newfoundland; el colapso mental de Nietszche cuando vió que se castigaba a un caballo; si el mito es cierto, Hitler lloró cuando tuvieron que sacrificar a su amado perro alsaciano, Blondie, en el infierno del bunker. Tengo razones fundadas para creer que físicamente soy un cobarde, un burgués mandarino asqueado y aterrorizado por la violencia. Sin embargo “se” que si el peligro acechara a mi perro, si alguien buscara hacerle daño, mi enojo sería impulsivo y mi intervención podría convertirse en homicida. Si torturadores atrapan a mi esposa o hijos yo clamaría porque se mantengan firmes y aspiraría a lo mismo para mi persona. Si torturaran a mi perro o le sacan los ojos yo me quebraría inmediatamente y traicionaría a todos. Estas no son verdades complacientes. Carecen de racionalidad y de la jerarquía que debería tener el amor humano. Resaltan cuestionamientos sobre inestabilidades primordiales, sobre la sobrevivencia de afinidades zoológicas y el ocaso que subvierte nuestra frágil humanidad. Pero son verdades a pesar de todo. Compartidas, supongo, por más de uno indispuesto a admitirlo. Odiseo dijo adiós a Penélope pronto después de arribar a casa.¿Hubiera dejado Itaca si vivía su perro Argos?
Una tormenta calurosa nos envolvió. Mis dos hijos habían visto fotos de un perro, de raza Old English Sheepdog, también conocido como Bobtails, en un suplemento dominical a color. Mi mujer externó, con justicia, que esa raza era demasiado grande para nuestra casa, que su grueso pelambre exigiría peinarse constantemente y que pesaba sobre toda esta criatura cierto aire absurdo por su parecido a una caricatura de James Thurber. Debíamos buscar algo más razonable. ¿Por qué no un Golden Retriever? Por pura casualidad sucedió que unos criadores de Old English Sheepdog tenían su casa a una corta distancia de la nuestra. ¿Cuál sería el daño si los visitáramos? Allí nos vimos cuando se abrió la puerta a la sala. Cinco felices monstruos se lanzaron sobre nosotros. El hijo y la hija desaparecieron, gritando de gusto en medio de una turbulencia de pieles grises, negras y blancas, con narices negras y patas imposibles de grandes. El patriarca llamado Markus acampó sobre la falda de mi esposa. Sus ojos negros como las perlas y un ventarrón de incontenible afecto canceló cualquier precepto darwiniano sobre la sobrevivencia del más fuerte o de nichos adaptivos. Entonces la gloriosa jauría, de tres hondas generaciones, se acomodó a nuestros pies y levantaron sus miradas. ¿Cómo íbamos a considerar otra cosa? Mi mujer derramaba lágrimas de felicidad y de aceptación.
Así llegó con nosotros el cachorro. Tan pequeño y endeble con sus patas acolchadas y casi sin poder cubrir la distancia que le acercaba a los niños que le esperaban de rodillas en el jardín. Unas semanas después, al llegar a casa, nos percatamos que había quedado abierto el portón. ¿Se salió el cachorro? Jamás voy a olvidar el tono de angustia en la voz de mi mujer y el dolor que sentía mientras llamaba al perro. Después de unos interminables minutos una bola de lana apareció corriendo desde la oscuridad.
Rowena, Lady Rowena (Sir Walter Scott fue una lectura importante de nuestros hijos David y Deborah) creció con real esplendor. Los tonos de gris, blanco y los matices entre gris y azul brillaban en su pelaje incluso bajo la luz de la luna. Ella nos adiestró enteramente. La presencia de un Old English Sheepdog puede ser suave o rápidamente extenuante 25 horas al día. Ninguna palabra puede dar cuenta de la manera en que incluso durmiendo su intensidad apabullante daba calor a la casa. Rowena nos enseño que una bola adherida a su pata no era una herida abierta- por supuesto que alarmados la trasladamos rápidamente al veterinario- sino simplemente lodo congelado. En ese tiempo yo estaba contratado en el extranjero y conmutando. Ella se entristecía y encogía con solo ver mi equipaje y corría excitada hacia la puerta justo a la hora en que yo arribaba al aeropuerto de Ginebra para retornar a casa (los humanos emiten olores ante la expectación). La partida tenía su olor. Los ancestros de Dame Rowenta fueron perros pastores que arreaban ganado en las praderas altas de Gales. Pero la triste vaca solitaria que encontrábamos en nuestros paseos por el río Cam le llenaba de aprehensiones. Las modulaciones de su actitud cuando nos encontrábamos con otros perros eran tan variadas y jerárquicas como cualquiera presente en el Almanaque de Gotha. Ella aceptaba como su par a un Setter Irlandés pero demostraba condescendencia en relación a un sagaz Labrador que vivía calle abajo. Pequeños ladridos, algún perro de cacería o spaniels, le provocaban más bien desdén. Los perros sufren de pesadillas: Rowena temblaba en su sueño, se despertaba desconcertada y se acurrucaba a mi lado hasta tranquilizarse. La menor aflicción desataba una manifiesta melancolía. Nada sobre la tierra de Dios se siente más victimado que un Bobtail incómodo o incomprendido. Una vez, pero solo una vez, le apartamos un tiempo en una perrera. Rowena se tiró al piso enfrente del portón y rehusó moverse. Mi mujer y yo nos miramos con culpa, los hijos se soltaron a llorar y las vacaciones las cancelamos. Nunca olvidaré el aire de disculpas que nos otorgó Rowena cuando regresó al coche. Por lo general esta exigente raza no vive más de 10 o 12 años. Mi mujer que nunca había sido dueña de ningún cuadrúpedo de ninguna especie se convirtió en su experta y agudamente perceptiva entrenadora (ella es también una gran historiadora pero eso pareciera más rutinario). Rowena vivió hasta los 16 años. Durante una reunión, una tarde, nos avisó que sus fuerzas se debilitaban y la sacrificamos. Mis nervios me fallaron enteramente. Zara estuvo con ella mientras descendió en el sueño. Después nos sentamos juntos en el coche, inermes, llenos de dolor. Un mundo se había colapsado.
Escogimos a Jemima entre una camada en Gloucestershire. Incluso de cachorro su elegancia, su vivacidad nerviosa y sus movimientos eran inconfundibles. Pero había sido una cruza demasiado cercana. Todo tipo de ruidos, de reuniones inesperadas le producían miedo. Era caprichosa casi felina en sus estados de ánimo y afectos. Difícil también con su dieta. Intentos reiterados por cruzarla terminaban en cómicos fiascos. Ella parecía decirnos que todo ese proceso estaba por debajo de su dignidad mercurial. Cuando movía la cabeza tenía todo el aire de aquellos vibrantes perros heráldicos de Pisanello. La adorábamos pero nunca nos sobrepusimos a la impresión que Jemima era una visita, un transeúnte salido de un dominio de fábulas y solo en parte accesible a nosotros. Ella no vivió hasta una edad madura.
Si la palabra “dulzura” tiene algún significado ese se refiere a Lucy. Ella fue un perro de rescate, de tamaño pequeño y con un corazón inmenso. Quizás supo del dolor antes de llegar con nosotros. Sus rasgos eran delicados con suaves pintas en solor beige. Su felicidad por haber dado con un buen hogar era manifiesta. Nunca he conocido a un animal con una disposición más suave y más ansiosa por adaptarse. Le encantaban los niños y los niños se encantaban con ella. Ruidos fuertes le daban miedo (Jemima resentía intensamente el golpeteo de los botes y el camión de la basura). No existía un solo hueso agresivo en su compacto cuerpo y ningún impulso hostil en su existencia luminosa. Se murió en un sueño sereno, su pata en una postura característica de bienvenida.
Mientras escribo esto, Ben reina. El preside sobre nuestras vidas. El primer macho después de las tres hembras, Ben es leonino en su fuerza y salto. Es imposible contenerlo con una correa cuando persigue gatos, ardillas o urracas alborotadas. Ben es un mafioso que demanda respeto y es muy capaz de pelar sus afilados dientes. Sin embargo es también el más afectuoso de todos los que le precedieron. Propenso a darse un brinco a tu falda ofrece su pata en salutación y cariño. Se encuentra enteramente cómodo con cualquiera que se topa o llega a la puerta. Un aventajado explotador de todas nuestras indulgencias, intercambia los zapatos y las zapatillas por una galleta y se vuelve berrinchudo cuando no hay un televisor de fondo al acostarse a dormir en la noches. El cronómetro interior de Ben es preciso: él entra en acción a sus horas habituales siempre con exactitud sea la hora de comer o la hora de dormir. Sus gustos musicales son discriminatorios. Se queja con música de aliento y emite un gruñido hondo cuando escucha el Bolero de Ravel. Se siente en paz con Haydn y con todo tipo de instrumentalización barroca. Ha salido en reportajes y entrevistas y su foto ha enaltecido la cubierta de una prestigiosa revista literaria. Ben tiene alguna fama. Le han descrito como el “carismático Monsieur Ben” (Lucy se hubiera escondido). Pareciera enteramente consciente de su status. Quizás eso provoca el trato magisterial que concede a los otros perros. Perros falderos, terriers miniaturas, perritos ruidosos excitan su algo amenazante desdén. Ha habido incidentes (el joven policía que vino a hacer averiguaciones se derritió con un abrazo de Ben). No son los perros sin embargo su foco de atención. Es a sus dueños sobre los cuales se avalancha. Ben cuenta con que es irresistible y raramente se siente frustrado. Juegos artificiales y truenos son su castigo, sin embargo, la marcha con tambores que anuncia la visita del Ejército de Salvación en la Navidad le producen felicidad. Ben es inexcusablemente exigente. Cuando le dejamos solo en la casa, así sea por corto tiempo, su mirada herida y llena de reproches podrían convertir en piedra a la Medusa. Lee cada uno de nuestros estados de ánimo y se hace eco, mimetiza a su manera, nuestras tristezas y felicidad. El llena nuestros días. Yo se que Ben nos va dejar pronto. Solo que hoy no concibo vivir sin él.
He querido escribir, ilustrar un libro con estos cuatro íntimos. No es difícil convertir a los animales en micrófonos de voces humanas como lo han hecho Aesop y La Fontaine. Tampoco inventar un Babar o un Bambi. Pero es inmensamente difícil hacer plausible lo que uno intuye es la identidad interior de un animal o la manera como él nos ve a nosotros. Hubiera querido escribir un cuento de hadas para mis dos nietas. Contaría sobre una tienda de ensueños donde Rowena, Jemmy, Lucy y Ben se reúnen durante largas noches, consumiendo una cantidad enorme de chocolates y sin enfermarse nunca. Contaría de un jardín de magos en el cual ellos son los maestros. Hubiera querido persuadir a mi Rebeca y mi Miriam, también persuadirme a mí mismo, que existe una Arcadia después de la muerte en la cual seríamos reunidos. Aquellos que han logrado escribir cuentos así, que han escuchado el silbido del viento entre los sauces y al lobo murmurar  son excepcionales. Son escritores geniales (Jack London, Rudyard Kiplin, Virginia Wolf, Colette). El niño perduró en ellos- una rareza envidiable. Yo no soy de esa estirpe.
Sin embargo es mi convicción que la crueldad humana, la codicia, la rapacidad territorial, la arrogancia exceden al orden del mundo animal. Nuestra maltrato a los animales, las hecatombes insensatas a las cuales recurrimos, por ejemplo cuando se dio el pánico de la fiebre aftosa, son sintomáticos de una ceguera tiránica o de la indiferencia. Como lo he contado, no existe un rincón de la tierra en el cual, cada día y cada hora, animales son maltratados, explotados hasta la muerte o cazados por entretenimiento (la palabra en inglés “game”: presa de cacería es elocuente). Es como si el hombre estuviera obsesionado por destruir cualquier remanente del Edén perdido. Pareciera que le recuerdan insoportablemente su caída de la inocencia o de una compañía universal. Mientras seguimos humillando y masacrando animales, mientras rehusemos atender los signos premonitorios y el sufrimiento en sus ojos, no habrá fin a nuestras políticas de odio y ruinosa carnicería. Desastres naturales se multiplican: olas sísmicas, erupciones volcánicas, terremotos, derrumbes letales y barriadas de lodo. Es como si un planeta arrasado se rebelara. Como si el universo orgánico en el cual los animales son un componente esencial se hubieran cansado del dominio despilfarrador y predatorio del hombre. Allí donde fábricas contaminantes se han cerrado en el norte de Inglaterra, los bosques regresan. Existen nidos de pájaros bitango que se acomodan en las cornisas de los rascacielos. Alguna vez cazados casi hasta la extinción el jabalí vuelve a habitar los bosques de Europa. Se han visto salmones en el Hudson.
Estoy consciente que en estos argumentos se oyen voces confusas o irracionales. Yo como carne. Me beneficio de los adelantos médicos asociados a experimentos con animales. En el amor que le he tenido a mis perros estos últimos treinta años sin lugar a dudas hay señas de sentimentalismo y un  pathos auto indulgente. Mi duelo por la muerte de estos compañeros es algo más agudo, más prolongado, que aquel que siento salvo por un puñado de íntimos. Esto apunta quizás a un defecto emocional, a cierta inmadurez en mi psiquis. Podría ser equivalente a la desolación de un niño que perdió su osito de tela. Si tuviera algo que dejar de herencia después de mi muerte (no lo creo) debería, pero muy probablemente no será así, dejarlo a los pobres o para la protección de los niños pero será para entrenar a los perros de ciegos. Son criaturas gloriosas. Necesitan casas de retiro. No me vanaglorio de esta decisión. Son indefendibles pero no negociables. Quizás es lo menos Judío que hay en mi.
Para que yo escribiera un libro sobre los animales eso me hubiera exigido habilidades eminentemente no solo psicológicas sino literarias. Hubiera requerido  de mí una cruda introspección. No tuve el valor.
 * Capítulo 7 de su libro My Unwritten Books, publicado por la editorial New Direction, en New York, año 2008. Traducido por Anamaría Ashwell en Cholula el 16 de mayo de 2008.
Por qué me volví antiviviseccionista 
Pietro Croce
Transcribimos la ponencia presentada en las Jornadas de Tossa de Mar (Costa Brava) por el profesor Pietro Croce. Es, sin duda, un valioso análisis científico y filosófico. La rigurosa racionalidad con que son expuestos sus argumentos merecen que sea considerada como un documento de gran interés al venir desde un cualificado pensamiento científico. Su sentido crítico viene definido por su propia capacidad analítica cuando nos dice: Desde el día en que entramos en la Universidad, nos ha sido impuesta una visión científica de la vida en la cual los experimentos en los animales forman una parte importante. Pero en ciertos momentos de nuestras vidas, a alguno de nosotros le ha sido posible mirarse a sí mismo y reflexionar que la cultura que les ha moldeado esta visión, tiene, también otra cara diferente de la oficial y académica. Una cara que nos ha sido escondida, como la otra cara oculta de la luna.
¿Está la ciencia trabajando a favor, o en contra del hombre? Esta pregunta, que hace tan sólo una decena de años habría sido imposible proponer se ha vuelto, en la actualidad, necesaria y urgente. La ciencia se ha degradado en cientismo: una religión con sus dogmas, prejuicios y privilegios. Nos han impuesto la ecuación: Ciencia = Progreso. Cuando el progreso, en realidad debería conocer solo una dirección única: aquella que va dirigida en beneficio del hombre. Por eso, el científico se califica a sí mismo como benefactor de la humanidad, a pesar de que nos proporciona la bomba atómica, la destrucción sistemática de la Naturaleza, y unos medicamentos que producen más enfermedades de las que curan, puesto que apoya sus bases experimentales en un error metodológico.
VIVISECCIÓN, UN ERROR METODOLÓGICO
En la experimentación médico- biológica, la afirmación pre-judicial es: el animal es un modelo experimental de hombre. Sin embargo, el término animal es una abstracción; el animal no existe, sino que existen, numerosas y bien diferenciadas, especies animales. ¿Cuál, de los millones de especies que viven sobre la Tierra, debería ser el modelo experimental del hombre? Esta pregunta, todavía hoy, está esperando una contestación coherente. Cada investigación científica nace de una idea y, para alcanzar un resultado, pasa a través de un método. Un método erróneo proporciona un resultado erróneo. La experimentación en los animales constituye un error en la elección del método; por eso, solo puede proporcionarnos resultados falsos. Contestan los científicos: pero la ciencia siempre ha adelantado por ensayo y error -by trial and error-. Sí, siempre que el error no sea sistemático, y no esté alentado por una medicina que está transformándose en una industria cada vez más interesada en promoverse a sí misma según la lógica consumista: crear enfermedades para poder curarlas, y después curar las enfermedades provocadas por los fármacos usados para curar las enfermedades,… etc.
Experimentar en los animales en función de la medicina humana, es como jugar a la ruleta que cuando sale el número afortunado, el mismo jugador se queda extrañado.
LA ROSA DE LOS VIENTOS
Dicen los científicos que de la experimentación en los animales no pretendemos lograr resultados concluyentes. Nos basta con lograr resultados indicadores, que nos alienten a continuar por el mismo camino. Esa es, a primera vista, una argumentación irreprochable; sin embargo, no es difícil descubrir el engaño dialéctico que encierra tal argumento. ¿ Qué significa decir indicación? Una indicación es una información incompleta, orientadora; pero, tal como nos enseña la rosa de los vientos, una orientación puede llevarnos hacia la dirección justa, que será tan solo una, o, por el contrario, hacia una de las innumerables direcciones falsas. Pues bien, la experimentación en los animales, sólo alguna vez orienta en la dirección justa, y cuando lo hace, es por una coincidencia casual, del todo imprevisible y pendiente de comprobación posterior. Experimentar en los animales en función de la medicina humana, es como jugar a la ruleta que, cuando sale el número afortunado, el mismo jugador se queda extrañado.
TÓXICO, ¿PARA QUIÉN?
Hace unos años, los resultados obtenidos de la experimentación en animales se transferían ipso facto al hombre, sin plantearse ninguna duda acerca de la legitimidad de esa inducción. Por ejemplo: era suficiente que un fármaco fuese tóxico para una o dos especies de animales, para ser excluido del uso humano. Pregunta: ¿cuántos fármacos útiles han sido descartados por el mismo falso equívoco? La penicilina, por ejemplo, fue salvada solo por casualidad: si en lugar de probarla en el ratón, la hubiesen probado en la cobaya – para la cual resulta tóxica -, la habrían lanzado directamente a la basura. Por lo tanto, la experimentación en los animales puede hacernos perder fármacos muy útiles, haciéndolos pasar por tóxicos, como también puede causar envenenamientos por su ingestión, que los experimentos en animales han garantizado como inofensivos. La toxina botulínica, mortal para el hombre, es inocua para el gato; el hongo Amanita Phalloides es comido, sin ningún peligro, por el conejo; la cicuta, que provocó la muerte de Sócrates, es una gustosa yerbecita para las cabras, ovejas, caballos, ratones y alondras. El gato tolera la escopolamina en dosis trescientas veces superior a la que resulta mortal para el hombre. El alcohol metílico produce ceguedad en los humanos, pero no en ninguno de los demás animales conocidos.
La estrcinina no altera a las cobayas y los pollos en dosis que serían suficientes para provocar convulsiones a una familia humana. En realidad, ninguna sustancia es absolutamente tóxica, sino que lo es tan solo en relación con una u otra especie. Por eso, con la experimentación en los animales, se puede demostrar todo lo que se desee y también todo lo contrario: basta en coger la especie apropiada para que un fármaco sea considerado como inofensivo o venenoso, eficaz o inútil; según más convenga, o interese, acomodarlo a uno u otro lado.
PROMOCIONES INMERECIDAS
¿Cómo se promueve a un animal cualquiera al rango de animal de laboratorio? Los científicos, para eso, no reparan en detalles: escogen el animal que cueste poco, que no sea embarazoso, y que se reproduzca fácilmente. Pero luego quedan sistemáticamente desilusionados por los resultados obtenidos. Entonces, la insensata búsqueda y rebúsqueda de una mítica quimera que se parezca al hombre, prueban con los monos: que tanto se nos parecen. ¿Cuál es el resultado de este juicio, tan increíblemente grosero desde el punto de vista biológico? El resultado, real y trágico, es que el consumo de estos costosos animales es tan grande, que esta misma especie esta amenazada de extinción. ¿Y qué ocurre en los laboratorios que pueden permitirse este lujo? Pues que siguen usando, muy pragmáticamente, el pequeño ratón, el perro que cuesta poco – especialmente si lo proporciona el lacero – y el conejo que no muerde.
MEDICINA DE LA INCOHERENCIA
Los resultados de todo ello son los de una medicina de la incoherencia. Esa medicina que lleva decenios prohibiendo al diabético el plato de fideos y después cándidamente avisa: cuidado, no priven al diabético de una cantidad justa de carbohidratos; la misma medicina que, también por decenios, pone en guardia contra la mantequilla como asesina de nuestras arterias y luego descubre que las grasas de la mantequilla no tienen ninguna relación con la arteriosclerosis. Y se podría continuar hasta el infinito con afirmaciones… seguidas por desmentidos; con promesas nunca sostenidas, con fármacos que ayer resultaban milagrosos, y hoy son peligrosos. Una forma de medicina que nos induce a una reflexión: no presten oídos, vivan según el buen sentido común y con moderación. ¡Pero eso también lo sabía Ulises!
PALABRA DE FILÓSOFO
A menudo nuestros catecúmenos, los que se instruyen y acercan a la nueva cultura, nos preguntan ¿(…) entonces, por qué – los vivisectores – continúan haciéndolo (…)? La contestación ya la dio, hace dos siglos, el filósofo John Stuart Mill: sucede a menudo que un convencimiento, universal en una época – del cual ninguno se libraba a no ser al precio de un esfuerzo extraordinario de genialidad y coraje -, sucesivamente se transforma en una absurdidad tan palpable, que la única dificultad reside en tratar de comprender cómo una idea similar podía haber sido creíble. Esta es una respuesta ejemplar pero resulta incompleta, porque no tiene en cuenta el grado de deshonestidad que gravita sobre todas las acciones humanas. Los vivisectores no se dejan convencer, porque se duerme mejor sobre un colchón relleno de dólares que sobre un jergón de paja.
LA CULTURA TOLEMÁICA
El día veintidós de junio de 1663, la Congregación del Santo Oficio sentenció a Galileo a un silencio que duró nueve años y, asimismo, a un descrédito que todavía dura hoy. La cultura tolemaica, durante dos mil años, había construido un sistema intrínsecamente perfecto: una esfera en el interior de la cual, todos los pedazos que componían su mosaico se ajustaban perfectamente entre ellos. No obstante, estaba equivocada la esfera entera, puesto que había fundamentado sus raíces en un error metodológico; el de confrontar los libros sagrados con los resultados fruto de una observación objetiva. En este caso, el razonamiento era el siguiente: no es verdad que la Tierra da vueltas alrededor del Sol, porque Joshué ordenó párate al Sol, y no a la Tierra.
A pesar de eso, el sistema tolemaico era intrínsecamente coherente y todavía útil: su cosmografía enseñaba la dirección a los navegantes, y sus sabios sabían predecir puntualmente los eclipses de Sol y de Luna. El viviseccionismo también prospera sobre un error de base que no justifica su coherencia intrínseca. Es, precisamente por eso que debe ser rechazado con toda entereza, como le tocó a su ilustre predecesor.
LA CUMBRE
Los zoófilos y los animalistas condenan el viviseccionismo porque no aceptan el principio de prioridad del hombre y su incondicional dominio sobre la Naturaleza. Nosotros, de formación científica y médica, prescindimos de la ética naturalista y enfocamos directamente el problema en el factor humano. La experimentación en los animales amenaza a la humanidad de dos formas: de forma indirecta, proporcionándonos una medicina una gran parte equivocada, y de forma directa, porque de la experimentación en los animales se va pasando por grados, a través de las especies progresivamente más desarrolladas, hasta la experimentación en el hombre. Con ello, el viviseccionismo se ha negado a si mismo, admitiendo implícitamente que el único modelo experimental del hombre no puede ser otro que el mismo hombre.
Se experimenta extensamente en los EU en los prisioneros. Se experimenta, en toda Europa, en los denominados voluntarios hábilmente persuadidos. Se experimenta, en formas atroces, en los niños – especialmente en los disminuidos psíquicos y físicos – y en los fetos prematuros. En su lógico desarrollo, el viviseccionismo ha alanzado la cumbre. Pero ha subido demasiado; nos toca a nosotros, ahora, la tarea de acelerar su inevitable ruina.
CONFUTACIÓN CONTÍNUA
No es científico lo que parece ser cierto, sino lo que es confutable (K. Popper). Eso quiere decir que una gran confutación contínua – impugnar victoriosamente la opinión contraria – es la condición que hace de la ciencia un acontecimiento cultural dinámico, evitando así que se convierta en cientismo. La confutación contínua debe ir acompañando a la ciencia constantemente, paso a paso. Sin embargo, esta crítica minuciosa y constante, no es suficiente en todos los momentos del desarrollo científico. Ha llegado el momento, en que, irremediablemente, el sistema debe ser reexaminado y confutado con toda entereza. Es la consecuencia lógica cuando el sistema, después de haber dado más de lo que podía, va decayendo y envejeciendo.
Existen en la historia de la ciencia, igual que en todas las actividades humanas, momentos de grandes pasajes: Galileo es la representación y el emblema de uno de ellos. Sería erróneo considerar el antiviviseccionismo -que es sólo la imagen parcial de una nueva cultura naciente -, como un simple tanteo para acomodar la metodología de la investigación biológica. Por eso, los viviseccionistas podrían ser denominados como los nuevos tolemaicos; porque, al igual que sus predecesores, ellos defienden una concepción antropocéntrica de la vida, tan obsoleta como la concepción geocéntrica que imperaba antes de aquel dieciocho de febrero de 1564, que vio nacer, en Pisa, al hijo del músico Vicenzo Galilei.
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[El Profesor Pietro Croce es Patólogo, Médico-Cirujano, y Laureado por la Universidad de Pisa. Becado por el Institute of International Education de New York, becado Fulbright. Ha trabajado en el departamento de investigación del National Jewish Hospital de la Universidad de Colorado de Denver (USA) y en el laboratorio y departamento de investigación de Toledo, Ohio (USA). Becario de la ciudad Sanatorial de Terrasa (Barcelona) desde 1952 hasta 1982. Médico Jefe del laboratorio de análisis químico- clínico, de Microbiología y de Anatomía Patológica del Hospital L. Sacco de Milán. Miembro del Colegio Americano de Patólogos. Autor de diversos libros de medicina, entre ellos Vivisezione o Scienza].
*El presente artículo (y la nota introductoria) ha sido extraído en su totalidad del segundo número de la revista de la asociación española ADDA.
En nombre de la ciencia. Experimentación en animales: un retraso para la medicina humana
Pietro Croce
DOS EQUIVOCACIONES FUNDAMENTALES
En los últimos años, el tema del viviseccionismo ha ido adquiriendo en todo el mundo un mayor sentido de actualidad. El hecho más notable, sin embargo, es que el público asocia casi automáticamente el concepto de la vivisección con el concepto de sufrimiento para los animales. Y a continuación, como lógica consecuencia, se plantean la siguiente pregunta: «¿Pero, este sufrimiento, es necesario para el progreso de la ciencia médica? ¿Es útil para la salud humana?».
«Claro, si los científicos lo hacen quiere decir que es beneficioso para la humanidad». Y así, los conformistas se contentan a si mismos, tranquilizando sus conciencias.
De esta forma, como se ve, nos encontramos frente a dos equivocaciones conceptuales:
• La primera consiste en creer que el concepto de vivisección queda limitado a la «experimentación en los animales no humanos»; cuando, en realidad, la experimentación se practica tanto en los animales como en el mismo hombre.
• La segunda consiste en creer también, equivocadamente, que el método basado en la experimentación de especies animales no humanas sea un método científico correcto que favorece el progreso médico y, por consiguiente, redunda en favor de la salud humana.
Estas son las dos equivocaciones fundamentales, favorecidas y alimentadas por una minoría que tiene interés en conservar una medicina que crea más enfermedades de las que cura y que no favorece el progreso médico, sino solamente el progreso económico de actividades que prosperan sobre las enfermedades y el sufrimiento, no sólo de los animales, sino del mismo hombre. Por ello, es preciso dejar bien claro los dos siguientes conceptos: Primero: el término «vivisección» incluye la experimentación en todas las especies animales, incluso la especie humana. Y segundo: la experimentación en los animales no humanos, no sólo no sirve para adelantar, sino que retrasa el desarrollo de la medicina humana. La experimentación en los animales no humanos es una de las mayores amenazas que incumben a la humanidad.
FRACASOS
Como demuestran los ejemplos, con los animales se puede demostrar todo lo que se quiere: el blanco puede volverse negro. Un ejemplo: unos científicos quisieron demostrar que el ácido tartárico —un componente normal de casi todas las verduras—, es tóxico. Lo suministraron a unos animales de laboratorio en dosis variables de 2,5 a 32,2 gramos por kg. de peso corpóreo, causando la muerte del 50% de los animales. Pero no por toxicidad, sino por erosión de la mucosa gástrica. Considerando la pequeña cantidad de ácido tartárico que contienen los alimentos de consumo humanos, la dosis suministrada a los animales corresponde a beber 2.500 litros de vino o comer 250 kg. de alimento sólido en una sola vez. Además de los fármacos que resultan tóxicos de una forma directa —es decir haciendo daño a la misma persona que los consume—, hay también otros fármacos que perjudican a la sucesiva generación provocando malformaciones en los recién nacidos. Se llaman fármacos teratógenos. Existen en cantidad y producen efectos en las diferentes especies animales: Hay fármacos teratógenos para una especie que son inocuos para otra, y viceversa. El ejemplo más tristemente conocido de esta clase de monstruos creados por la locura humana es la talidomida (Imida del ácido nftalil-glutámico; nombres comerciales: Contergan y Distaval). La campaña publicitaria en favor del tranquilizante fue lanzada el primero de octubre de 1957. Uno de los eslogans que destacaron en su publicidad fue el presentarlo: «inofensivo como una tableta de azúcar, particularmente indicado para las mujeres encintas». ¿El resultado? Cerca de 10.000 niños nacidos sin brazos y sin piernas. Pero a los viviseccionistas esos trágicos resultados no les bastó: supusieron que era debido a que la talidomia no había sido experimentada en las hembras de animales preñadas. «Si lo hubiéramos hecho»… dijeron. Y así, después de la catástrofe, la experimentaron en un gran número de hembras animales embarazadas.
El resultado fue que tan sólo se observaron unas malformaciones en las crías nacidas del conejo blanco de Nueva Zelanda —una de las 150 especies de conejos conocidas—, en el ratón, en el perro y en una sola —entre las numerosas especies conocidas— del Macacairus philippinensis. Entonces —para concluir— se atestiguó que los científicos tenían razón: «que la talidomida es teratógena, si no en todas, por lo menos, en unas especies animales, además del hombre».
Sí pero ¿con qué dosis los experimentadores obtuvieron los resultados que ellos querían lograr a cualquier precio? Dosis enormes. Tanto, que cualquier substancia desde la sal común de cocina hasta el azúcar, habrían producido parecidas malformaciones a las causadas por la talidomida.Y eso redunda en el concepto de que usando los animales como modelo experimental, se puede alcanzar todo lo que quiera y, todo lo que convenga al experimentador. Pero, además, hay otra hipótesis —algo menos benévola—: ¿no están, acaso, algunos experimentadores pagados para demostrar lo que les encarguen que demuestren a cualquier precio y con cualquier engaño? ¿Y no hay industria —no sólo farmacéuticas— que tienen interés en demostrar que una substancia posee una determinada propiedad, o, lo contrario de aquella? ¿Puede el público fiarse de una ciencia que depende tan estrechamente de intereses económicos generales o particulares? ¿Debe el público seguir tomando medicinas que los mismos fabricantes saben que son peligrosas puesto que el método experimental utilizado —uso de los animales— es falso y que la experimentación clínica efectuada —en los hombres— con la misma mentalidad viviseccionista que se emplea en los animales, es inaceptable desde el punto de vista moral e incorrecta desde el científico? El proceso contra la Grünenthal-Chemie —la firma productora de la talidomida— se celebró el dia 12 de abril en la ciudad alemana de Alsdorf. Fue el más largo de Europa después del proceso de Nüremberg. Testimoniaron 1.200 testigos.
REGLAMENTARISMO
Hay zoófilos que proponen reglamentar la experimentación en los animales, hacerla más humana. Hablan de anestesia obligatoria. De sacrificar al animal después de la experimentación. Estas reglas, aunque fuesen impuestas por la ley, no podrían aplicarse.
Dos ejemplos entre muchos:
1. ¿Sería posible estudiar los efectos del dolor en un animal anestesiado?
2. Sería posible efectuar una operación quirúrgica, y luego suprimir el animal renunciando a los resultados que requieren largos períodos de observación?
Los mismos «amantes de los animales» dicen: «por ahora, tenemos que contentarnos con lo poco que podemos conseguir en breve plazo». Evidentemente, no han comprendido el punto esencial de la cuestión: el anti-viviseccionismo científico no aspira solamente la protección de los animales, sino, sobretodo, a la protección de las personas, y esto sólo puede alcanzarse mediante una renovación radical de la metodología experimental.
INTER-SPECIES, INTRA-SPECIEM
Experimentación «inter-species»: significa experimentar en una especie animal y transferir los resultados a otra especie. Esta forma de experimentación es siempre falsa. Por otro lado, la experimentació: «intra-speciem» —entre la misma especie— significa experimentar en una especie y utilizar los resultado en la «misma especie». Esta forma de experimentación es teóricamerte correcta, aunque no siempre meramente aceptable. Otra distinción terminológica que implica tanto al hombre como a los demás animales, debe hacerse entre:
• Experimentación Activa: «Experimentación Activa» significa producir intencionadamente una enfermedad para estudiarla y, posiblemente, cuidarla. Es preciso rehusar este método tanto por razones éticas como por razones científicas, porque una enfermedad producida artificialmente no es la misma a la que se produce espontáneamente.
• Experimentación Clínica. Por otra parte, la «Experimentación Clínica», que significa averiguar —en el hombre o en otros animales— una enfermedad nacida espontáneamente, está justificada tanto desde el punto de vista ético como científico. La experimentación clínica no sólo es legítima sino también indispensable para el progreso de la medicina.
MEDICINA: CIENCIA DE LA OBSERVACIÓN
A menudo nos preguntan: «¿Cómo podría —la medicina— adelantar sin la experimentación?».Nuestra respuesta se limita, con frecuencia, a los métodos «científicos». Es decir, a los procedimientos que no utilizan animales. Esta es una refutación correcta. Pero a menudo se descuida una cuestión fundamental, que incluye a problema en su totalidad: se olvida que, en esencia, la medicina, no es una ciencia experimental, sino una ciencia de la observación; siendo la experimentación sólo uno de los diversos instrumentos a disposición de la investigación médica, y aun así, sólo en ocasiones particulares, y siempre bajo un estricto control crítico. La historia del pensamiento evoluciona por etapas: el paso de un periodo a otro puede producirse de forma gradual, en cuyo caso hablamos de desarrollo o de forma traumática, es decir de revolución. Cada periodo histórico se halla fundamentado sobre un “esquema conceptual” un camino ideal que endereza la cultura, y le confiere un sentido lógico, imponiendo unos límites. Esquemas conceptuales que inciden profundamente en la vida individual y colectiva son las religiones, así como también unas fundamentadas concepciones políticas. Esquemas conceptuales los hay en el arte, la literatura, la moda y en los comportamientos humanos.
El anti-viviseccionismo científico lucha contra un esquema conceptual que ha llegado al final de si camino, que, ademas no puede ser modificado ni corregido, porque es falso en toda su globalidad. Debemos luchar por la abolición total e incondicional de cualquier experimentación basada en los animales como métodos de investigación en la medicina humana. No sólo en favor de los animales, sino también en favor de la salud del hombre. Esta afirmación, que es tanto ética como científica, se apoya sobre la comprobación probación que los animales no son modelos experimentales del hombre, así como que toda extrapolación de una a cualquier otra especie animal, es arbitraria y desorientadora. La experimentación en los animales es un error en la metodología de la investigación científica. Un error metodológico. Y un error connatural y nacido en el método, es un error en cualquier tiempo y lugar y no depende de la cantidad de la experimentación. Por eso, no podemos aceptar la propuesta de reducir la experimentación animal, pues entonces dejaría el método intacto.
Es verdad que todos los esquemas conceptuales que se han sucedido en el curso de los siglos han contribuido al desarrollo del pensamiento. Pero este hecho nunca ha legitimado la pretensión de hacer sobrevivir los esquemas que resultaron obsoletos más allá de su función natural.
CIENTISMO
«Cientismo» es un neologismo que procede del término «ciencia», pero es precisamente lo contrario de ella. Así como la ciencia es la expresión de un sentimiento libre, sin prejuicios, enfocado hacia el futuro, el cientismo es todo lo contrario, por dogmático, intolerante y atado al pasado. La medicina de hoy en día es una medicina «dentista»: el médico se aproxima al enfermo descuidando hablarle, escucharlo y visitarlo según los dictámenes de la semiótica clásica; interpretando su «recóndita» psiques. En definitiva: de considerarlo un ser humano. Ocurre lo contrario. Después de haber reducido al paciente a un conglomerado de mecanismo llamados «órganos», el médico condiciona a los sofisticados medios de la tecnología ingenierística la labor de analizar, una a una, sus funciones. Y si estas resultan «normales», el médico despide al paciente con su «no diagnosticada» enfermedad, convencido de haber cumplido con la más noble de las misiones. Los errores que, cotidianamente, se producen por la actitud dentista de la mayoría de los médicos podría ser motivo de una amplia colección de libros. Pero, ante todo, constituyen el motivo de una grave acusación contra esa medicina que está causando más enfermedades de las que cura.
Puesto que ninguna especie animal sirve de modelo de cualquier otra, para investigar unas funciones y unos posibles desarreglos — enfermedades— del hombre, es inevitable recurrir a su único modelo experimental confiable: el hombre mismo. Y se hace principalmente en los débiles y en los indefensos, en los prisioneros, en los niños, en los fetos maduros, en ancianos disminuidos psíquicos y en hambrientos del tercer mundo. Por eso, el problema no está en determinar si es legítimo experimentar en el hombre, sino de qué forma y dentro de qué límites estamos legitimados a hacerlo. Y puesto que el concepto de legitimidad nunca queda separado de una moral arraigada en convencimientos y en comportamientos aceptables y exigidos por la comunidad, el primer paso debe ser el de informar a la comunidad de qué sucede en la medicina oficial, en sus laboratorios y en las salas de sus hospitales. Se debe informar al público que una parte notable de la actividad médico-científica está representada por una forma de investigación que todavía se está desarrollando de forma descontrolada, confiando tan sólo a la conciencia ética —no siempre transparente—, de personajes que, en sus departamentos hospitalarios, o universitarios, parecen gozar de una forma de «placet», amparados también por la imagen cómoda que ellos mismos se han creado, de «bienhechores de la humanidad».
Y lo que es aún más lamentable: estos personajes consiguen de la experimentación clínica, en dinero o en otras prebendas menoscomprometidas —pero equivalentes—, suficientes remuneraciones para dar la luz verde a cualquier propuesta conveniente a los intereses de los que pagan…, pagan…, y aún siguen pagando. Una de las consecuencias de esta situación mercantil de la medicina se manifiesta en el número enorme de fármacos que obtienen licencia, y luego deben ser retirados del comercio, después de haber resultado su toxicidad. Pero eso sucede a costa de un número incalculable de víctimas.
REGLAMENTACIÓN DE LA MEDICINA
Establecer reglas y límites, es decir «reglamentar», se ha vuelto un imperativo rotundo. En el futuro, las Asociaciones para la Defensa del Enfermo, después de haber sido convenientemente informadas —lo que podrá suceder si la prensa y los demás medios de información se deciden a abrir, también a nosotros, algunas de aquellas puertas que hoy están tan ampliamente abiertas en favor de nuestros adversarios— tendrán que afrontar una labor nueva, que trasciende los fines que hasta ahora satisfacían sus funciones: la tarea de colaborar en la creación de una medicina completamente renovada en espíritu y en la práctica.
LO QUE HAY QUE HACER, LO QUE HAY QUE EVITAR
A menudo nos sucede que debemos replicar a unos zoófilos impacientes que nos preguntan: «¿En definitiva, qué debemos hacer?»
1. Primeramente, no debemos infravalorar nuestro movimiento; no debemos reducirlo al mero hecho técnico de: «experimentar o no experimentar en los animales». El anti-viviseccionismo es la vanguardia más adelantada y atrevidsa de una cultura nueva que se opone a una pseudo cultura, la cual capta fácilmente la opinión pública presentándose «en defensa de la salud humana». Debemos cambiar la propuesta: «el viviseccionismo defiende la salud humana» por el aserto, «el viviseccionismo amenaza la salud humana».
2. Debemos valorar con espíritu crítico los triunfalismos de la ciencia oficial: considerar a nuestros adversarios con despego pero sin desprecio; considerando que ellos mismos son víctimas de una cultura que les ha sido impuesta desde las escuelas elementales y ha martilleado en sus conciencias individuales durante toda su vida profesional. Debemos convencernos de que los científicos son hombres corrientes y tal vez sorprendentemente unilaterales: que lo saben todo sobre la hoja pero no se dan cuenta que pende de un árbol.
3. Debemos encaminar, sobre todo a los jóvenes, señalando al viviseccionsimo como una parte integrante de aquella cultura negativa que promueve el envenenamiento de las aguas y de la atmósfera, la destrucción de los bosques y la contaminación de los océanos. Debemos presentar de forma clara la ecuación: lucha contra la naturaleza = lucha contra el hombre. No debemos aceptar el diálogo con los viviseccionistas. Ellos se dan cuenta que nuestro movimiento ya no volverá a ser —como lo fue en el pasado— un miope y estéril amor por los animales y, ahora, después de habernos ridiculizado y humillado durante décadas, vienen en busca de diálogo. No caigamos en la trampa: los viviseccionistas quieren llegar a un compromiso porque saben que, de otra forma, van a perderlo todo. Pero, precisamente, debemos exigirles que lo pierdan todo. Debemos y podemos exigirlo porque todos los auspicios están volviéndose a nuestro favor. El viviseccionismo será abolido porque está volviéndose cada vez más extraño a la historia de la humanidad.
4. No debemos nunca admitir que, en el pasado, la vivisección haya proporcionado algún resultado útil. El viviseccionismo no es un método superado, sino un «error de método», y por eso, siempre ha seguido desorientando la medicina humana. No obstante, no debemos extrañarnos si entre los millones de experimentos del pasado, encontramos que algunos experimentos en los animales han hallado, posteriormente, confirmación en el hombre. Pero, siguiendo la cronología de los hechos, siempre encontraremos que la ratificación se ha producido «a posteriori», es decir: que en el instante en que la experimentación se producía, su resultado no tenía ningún significado para la medicina humana. Los casos de identidad entre ciertos comportamientos experimentales del animal y análogos comportamientos en el hombre, son meras coincidencias, totalmente desprovistas de contenido científico.
La pseudociencia viviseccionista cuenta con casi dos siglos de vida y actividad: eso proporciona a los vivisecciónistas una gran posibilidad de escoger siempre los ejemplos más cómodos; es decir lo que les han ofrecido un resultado «positivo». Al contrario, los anti-viviseccionistas no tienen ninguna posibilidad de hacer constar los innumerables resultados «negativos» porque de ésos casi nunca nadie ha hablado o escrito. Por eso, no debemos contentarnos con citar sólo los resultados que han alcanzado consecuencias tan catastróficas y que han superado la barrera del silencio al llegar a los medios de comunicación.
Aquí me dirijo particularmente a los colegas médicos. Nosotros, los médicos, no tenemos que olvidarnos que la experimentación es sólo un sostén de la medicina. Pero no representa toda la Medicina. Nuestra tarea es la de cuidar al hombre, que es un complejo indivisible de materia, mente y espíritu. Al cientismo —que está deteriorando las bases éticas de la medicina — , debemos replicar con la «praxis» que considera a la ciencia experimental como un instrumento a disposición de la medicina, pero que no es la esencia misma de la Medicina la cual es ciencia de la observación, respeto por la vida y vocación.
INDICACIONES PARA UNA REGLAMENTACIÓN SOBRE LA EXPERIMENTACIÓN CLÍNICA
1. Cualquier prueba experimental debe garantizar una razonable probabilidades de proporcionar un beneficio a la persona que constituye el objeto de la experimentación. El experimentador tendrá que olvidar la hipótesis sobre que el result; alcanzado en el individuo pueda ser extensible a la comunidad, siendo esa i acción que convierte al individuo —unidad concreta — , en víctima de una entidad abstracta: la comunidad.
2. El sujeto sobre quien se experimente deberá dar, con pleno conocimiento, consentimiento escrito. En el caso de incapacidad física o psíquica, se pediré consentimiento a un tutor legalmente autorizado.
3. El sujeto de la experimentación, o su tutor, deben ser informados por el experimentador mismo, o por personas delegadas por él, respecto al motivo de la experimentación, a los riesgos y posibles ventajas.
4. El sujeto de la experimentación, o su tutor, podrán exigir en cualquier momento la interrupción de la experimentación, sin justificación alguna. El experimentador deberá atender, al instante, la voluntad del requiriente.
5. Una experimentación enfocada a curar una enfermedad, o a perfeccionar diagnosis, debe ser aplicada sólo a los portadores de aquella y no otra enfermedad.
6. Ninguna experimentación debe ser permitida en voluntarios sanos. Eso pertenece a las consideraciones, científicas y morales. Desde el punto de vista científico, es suficiente recordar que el metabolismo de una persona sana no es el mismo que el de una persona enferma, y que las distintas enfermedades pueden alterar de una forma distinta e imprevisible las reacciones orgánicas a vario estímulos. Para estudios de nuevos fármacos y nuevos medios de diagnósticos, los experimentadores deberán perfeccionar sus conocimientos y su habilidad técnica en el uso de los métodos «alternativos», desarrollándolos, perfeccionándolos e ideando otros nuevos. Lo mismo deberán hacer los veterinarios, con reglas análogas a las usadas en la medicina humana.
7. Cuando se proponen nuevos fármacos y nuevas técnicas diagnósticas los experimentadores, y las firmas farmacéuticas, en relación a los posibles daños tóxicos afirman: «Nosotros valoramos la proporción entre riesgo y beneficio». Pero se olvidan que el riesgo se manifiesta con daños concretos y cuantificables, mientras que el beneficio es una hipótesis que queda oculta en la incertidumbre de los datos estadísticos.
8. Mientras que la investigación médica continúe contaminada por el error metodológico de la «experimentación en los animales», el investigador no deberá tener en cuenta los resultados de este método y deberá afrontar la experimentación clínica con la mente pura, limpia de toda idea preconcebía.
Un análisis de las indicaciones enumeradas en los párrafos precedentes, pone en evidencia un hecho incontestable: los anti-viviseccionistas científicos conciben la experimentación clínica con una perspectiva mucho más garantizada para la persona y más científica que ciertas recomendaciones oficiales —en parte ya obsoletas—, como la de Helsinki de 1964 y de Tokyo de 1975, que ponen el acento sobre las finalidades colectivas de la experimentación clínica, basado en el supuesto de que «un beneficio colectivo merece el sacrificio de unos pocos». Esta justificación es un residuo de aquel pensamiento religioso-sacrifical que gravita sobre la humanidad desde la noche de los tiempos, y que va desde la inmolaciones propiciatorias en los altares, hasta la condena al fuego de los heréticos y de las brujas: sufrimientos que, hoy como entonces, son inflingidos al HOMBRE «por el bien de la humanidad sufriente».
Elegir entre vivisección o ciencia
Pietro Croce
 En este libro he yuxtapuesto deliberadamente la ciencia y la pseudociencia, con el objetivo expreso de que se produzca una lucha entre ambas.
La pseudociencia, como todos los asuntos relacionados con el misterio, suele causar la burla o el sarcasmo. Sin embargo, al igual que no debemos burlarnos de un borracho, uno tampoco debe burlarse del pequeño grupo de investigadores que, actuando de buena fe, siguen empeñados en buscar las respuestas a las enfermedades humanas en las entrañas de las ranas, los conejillos de indias, los perros, los gatos y los primates no humanos.
Sin embargo, también existen investigadores que actúan de mala fe, y son una legión. Son los que consiguen diplomas, doctorados, cátedras universitarias –y, por supuesto, dinero– de las vísceras de los animales. Me ocuparé de este asunto en la primera parte de este libro.
La segunda parte está dedicada a la verdadera ciencia. En ella se analizan los métodos básicos de investigación biomédica, entre los que se incluyen la epidemiología, los métodos matemáticos e informáticos, y la experimentación in vitro.
He intentado evitar una excesiva complejidad, para no disuadir de la lectura al público lego en la materia. Al mismo tiempo, no he sacrificado el rigor propio de la ciencia, de forma que quienes tengan conocimientos científicos encuentren en estas páginas ayuda para dar los primeros pasos hacia una ciencia que necesita una renovación radical.
MI TRANSFORMACIÓN
Yo solía experimentar con animales. Durante muchos años obedecí sin dudar la fría lógica positivista que se me impuso en mis estudios universitarios, y que me llevó a creer durante mucho tiempo en la máxima de que “el positivismo científico es la única lógica posible en la investigación médica y biológica”. Sin embargo, asegurar que la mente humana sólo puede funcionar con un único sistema de lógica, implica admitir que es incapaz de mirar en más de una dirección.
Tenía mi cabeza llena de nociones inculcadas por mis profesores y extraídas de los libros y de mis prácticas en hospitales italianos y extranjeros, y por ello tuve que hacer un esfuerzo para poner en orden mis ideas. No obstante, era como intentar completar un puzzle defectuoso, porque las piezas no encajaban, producían imágenes distorsionadas que estaban separadas por espacios que yo no podía llenar, y formaban un mosaico que se descomponía con una mínima sacudida.
Me di cuenta de que tenía que haber algún error en la práctica y la teoría de la medicina –una falsa premisa, tanto fundamental como elemental, capaz de socavar la estructura en su totalidad y de viciar todo lo construido sobre ella–, o en otras palabras, un error metodológico.
El pensamiento viviseccionista tiene su origen en la ciencia empírica, que alcanzó su cénit en el siglo XIX y está basada en la selección y construcción de modelos experimentales que reproducen libremente los fenómenos que se pretende investigar.
Por ejemplo, dos condensadores cargados con electricidad, con un polo positivo y otro negativo, producen una chispa cuando se colocan juntos. Así se construye un modelo experimental del fenómeno natural que provoca los rayos. ¿Y cuál es el modelo apropiado para el estudio del ser humano, de sus funciones, de sus problemas y de sus enfermedades? La respuesta parece obvia (pero precisamente por eso contiene un error que la invalida completamente), y consiste en afirmar que debe ser utilizado un animal como modelo experimental del ser humano. Inmediatamente aparece el primer obstáculo: ¿Qué animal debemos elegir? Hay miles de especies de animales en la Tierra. ¿Debemos usar ratones? ¿Perros? ¿Y por qué no usamos rinocerontes o jabalíes?
En las ciencias físicas y mecánicas, el investigador diseña y construye un modelo experimental que posee las características apropiadas para su objetivo. Por otra parte, el investigador de las ciencias biológicas que escoge un animal como modelo experimental está obligado a aceptar algo ya formado por la naturaleza. Sería una extraña e improbable coincidencia que las características de dicho animal fueran adecuadas para su propósito.
Incluso la elección entre diferentes especies de animales es ilusoria: es como elegir al azar con los ojos tapados entre diferentes posibilidades, o lo que es peor, es como una búsqueda oportunista del animal más “conveniente”. Los ratones, los conejos y los conejillos de indias son convenientes, porque son fáciles de mantener, y también lo son los gatos y los perros, porque se pueden obtener a bajo coste. El único elemento que tendría que ser decisivo y determinante –que el animal debe tener características morfológicas, fisiológicas y bioquímicas aplicables al ser humano–, es un elemento que no se tiene en cuenta. De hecho, solamente un ser humano o una quimera pueden cumplir dicho criterio.
No existe un modelo experimental del ser humano. Todas las especies, todas las variedades de animales e incluso los individuos de una misma especie, difieren entre ellos. Ninguna experimentación realizada con una especie puede ser extrapolada a otra. La creencia de que esa extrapolación puede ser legítima es la principal causa de los fracasos, y en ocasiones de las catástrofes, que la medicina moderna nos inflige, especialmente en el ámbito de los fármacos. Se habla y se escribe muy poco sobre algunos hechos desagradables, algunas veces como deferencia a una ciencia que pretende ser la “salvadora de la humanidad”, pero con más frecuencia para evitar provocar a los enormes intereses económicos y políticos que sostienen a nuestra medicina “salvadora”. Por ejemplo, en Agosto de 1978, sólo los periódicos japoneses informaron de la manifestación de 30.000 personas paralizadas y cegadas por el clioquinol que recorrió las calles de Tokio, y únicamente cuando se celebró un juicio y la empresa fabricante del fármaco fue declarada culpable el asunto llegó a ser conocido por la opinión pública. En el capítulo séptimo se analizarán los detalles de la tragedia del clioquinol.
El número 8 de Il Bolletino d’Informazione sui Farmaci (Boletín de Información sobre Fármacos), publicado por el Ministerio de Sanidad de Italia, que sabe que tales publicaciones no cuentan con un número de lectores importante, aseguró que “entre 1972 y junio de 1983 se retiraron del mercado 22.621 productos farmacéuticos (en otras palabras, dichos productos fueron prohibidos). Como los fármacos son normalmente fabricados en diferentes formas (pastillas, supositorios, etc.), en total se retiraron unos 5.000 fármacos. Todos ellos habían pasado aparentemente “con un gran éxito” todos los experimentos con animales exigidos por la ley.
Otro informe oficial reveló que las cosas no han mejorado con el tiempo. Entre 1984 y 1987, los efectos secundarios (sólo los registrados, por supuesto) de los fármacos alcanzaron la cifra de 14.386, incluidas 112 muertes. ¿Cuántos años tienen que pasar para que se detecte que un medicamento es peligroso, y cuántas personas se convertirán en sus víctimas entretanto? Esta pregunta fue contestada por el Profesor Hoff en el Congreso de Medicina Clínica celebrado en Wiesbaden, en 1976: “El 6% de las enfermedades fatales y el 25% de todas las enfermedades tienen su origen en los medicamentos”. El Dr. Remner, de Tübingen, dijo lo siguiente en una reunión organizada por las compañías de seguros de Alemania: “En la República Federal de Alemania se producen unas 30.000 muertes cada año a causa de los medicamentos”.
Si en Alemania no pueden evitar lamentarse de dicha situación, en Italia tampoco pueden mostrarse muy contentos: las estadísticas oficiales sobre salud informan de que el 10% de las hospitalizaciones se producen a causa de los efectos tóxicos de los fármacos, y de que el 30% de los pacientes hospitalizados deben prolongar su estancia en el hospital a causa de un tratamiento incorrecto. También encontramos estadísticas alarmantes en el Reino Unido: en 1977, se registraron 120.366 casos de efectos secundarios tóxicos en pacientes hospitalizados (Mann, 1984). Y en Estados Unidos, una de cada siete camas de hospital está ocupada por pacientes que padecen los mencionados efectos secundarios.
Mi demanda de que los experimentos con animales sean abolidos no está basada en el amor a los animales, sino en mi preocupación por la salud de mis semejantes humanos. El pensamiento antiviviseccionista es mucho más científico que la jactancia de los viviseccionistas, que operan en un ambiente de pensamiento medieval. Son demasiado perezosos o avaricio­sos para apartarse de la cómoda tradición y para dedicarse a los métodos de investigación científicamente correctos (por ejemplo, la observación clínica), que actualmente están en desuso, y para utilizar los numerosos métodos científicos modernos, como los cultivos de tejidos y celulares, los modelos matemáticos, la epidemiología, etc.
Por tanto, hay muchas alternativas para la vivisección. Se han descrito unas 450, pero su número es teóricamente ilimitado, porque cada sección de la investigación presupone la aplicación de un método científico a esa investigación, capaz de garantizar un resultado creíble que sea compatible con la lógica científica, que sea reproducible libremente y que satisfaga el “criterio de falsificación”[1] de Karl Popper. Sin embargo, la metodología viviseccionista no cumple ninguno de los requerimientos que acabamos de enumerar.
El progreso científico solamente se puede conseguir con pequeños pasos. Es preferible que esos pasos sean minúsculos, pero seguros. Los vivisectores intentan definir la experimentación animal como un atajo hacia el conocimiento biológico, pero no se han dado cuenta de que es un atajo en la dirección incorrecta. La afirmación de que la medicina debe progresar a base del ensayo y del error es inaceptable. En medicina, un “error” significa el sacrificio de una persona, o quizá de miles de personas. Y digo una persona o miles deliberadamente, porque una persona tiene tanto valor como mil personas. Un vivisector afirmará: “Nosotros trabajamos por el beneficio de la mayoría”. ¡En absoluto! Ellos no tienen derecho a sacrificar a un único ser humano por el beneficio hipotético e indeterminado de un número indefinido de personas en un momento no especificado del futuro.
El 16 de noviembre de 1984, a las 5 y 25 de la tarde, se anunció en la radio que “Baby Fae” había fallecido. “Baby Fae” fue el apodo que se utilizó para referirse a una niña que había nacido en California el 14 de octubre de ese mismo año. Tenía una malformación en el corazón que implicaba que no podría vivir por mucho tiempo. El 26 de octubre, en el Centro Médico Universitario de Loma Linda, el Dr. Leonard Bailey trasplantó el corazón de un babuino en el cuerpo de la niña. Se organizaron concentraciones de protesta cerca del hospital. La pequeña víctima murió 21 días después de la operación, probablemente a causa del rechazo del nuevo corazón.
“Baby Fae” fue un conejillo de indias en un experimento viviseccionista. El objetivo primordial del experimento era (supuestamente) averiguar si se produce el rechazo incluso cuando el sistema inmunológico está incompleto. Es un descubrimiento científico importante que se demostrara que el rechazo sí se produjo, aunque era un hecho fácilmente predecible. Pero al margen de los descubrimientos científicos, la ética humana y médica también debe tenerse en cuenta, y una tortura como la que acabamos de describir no puede justificarse en nombre de la ciencia.
Sin embargo, eso no fue todo. Hubo otro aspecto importante en esta espantosa historia que resulta asombroso desde el punto de vista técnico más elemental (evito deliberadamente utilizar el término “científico”). El propio Profesor Bailey indicó que el rechazo no se produjo por la incompatibilidad del corazón del babuino y el cuerpo de la niña, sino porque –aunque esto pueda parecernos realmente inconcebible– su equipo no se tomó la molestia de hacer algo que hoy es un procedimiento rutinario en todas las transfusiones de sangre que se hacen en el mundo: no se dieron cuenta de que debían comprobar los grupos sanguíneos de receptor y donante. Con el tiempo se filtró a los medios que la sangre de “Baby Fae” era del grupo O, mientras que la del babuino era del grupo AB. El Profesor Bailey hizo las siguientes declaraciones en La Repubblica, el 13 de mayo de 1987: “Resultó fatal mezclar sangre de dos grupos diferentes. Estábamos más preocupados por las diferencias entre las dos especies que por la sangre. Cometimos un error”.
Como científico, reconozco el gran interés para la ciencia del experimento de “Baby Fae” , pero como ser humano, mantengo que la pequeña fue usada como conejillo de indias y que los responsables del ejercicio deberían ser castigados por la ley. De lo contrario, todos tendríamos que aceptar la perversa noción de que el fin justifica los medios, una máxima catastrófica que ha tenido efectos nefastos en la humanidad durante milenios.
Volvamos al concepto del ensayo y el error. Yo prefiero llamar “científicos” a los métodos que otros llaman “alternativos”. Son científicos porque son los más fiables y porque minimizan el riesgo de error, o lo que es lo mismo, el riesgo de causar sufrimiento y muerte en los seres humanos. Como hemos comentado, existen tres métodos: la epidemiología, los modelos matemáticos y los cultivos in vitro de células y de tejidos. Es posible que dichos métodos no garanticen un progreso sensacionalmente rápido, pero son pasos cortos y seguros en un camino recto. Con frecuencia suele preguntarse por qué se utilizan tan poco entonces. La única razón es que las Universidades continúan instruyendo a las nuevas generaciones de estudiantes con la experimentación animal. No pueden, o simplemente no quieren liberarse de un modo de pensar ciego e infructuoso: seguir con los viejos hábitos es más fácil que innovar.
Algunos viviseccionistas –los dotados de un temperamento más crítico–, han empezado a expresar sus dudas y a buscar una solución intermedia. Admiten que los experimentos con animales no proporcionan respuestas definitivas, pero mantienen que al menos nos dan una indicación que nos ayuda a saber que estamos en la senda correcta, lo que nos permite determinar que podemos continuar en la misma dirección. Dicha indicación puede ser de hecho útil, con una condición: que sea correcta. Supongamos que un viajero pregunta a un viandante por el camino que debe seguir para llegar a la Iglesia de Santa María. El viandante señala vagamente hacia el Este. Sería una “indicación”, un fragmento de información que aunque sea incompleta puede ayudarle si la dirección indicada es la correcta. No obstante, si el viandante, en lugar de señalar hacia el Este (donde está la iglesia situada), señala hacia el Oeste o hacia el Sur, la indicación no solamente es incompleta sino que además es errónea y engañosa.
Los mismo puede decirse de la metodología de investigación viviseccionista. Si proporcionara indicaciones incompletas pero correctas, podría ser de cierta utilidad. Sin embargo, no sólo no es útil, sino que también es engañosa, porque sólo por casualidad proporciona indicaciones en la dirección correcta, por lo que los investigadores no tienen ninguna posibilidad de predecir si se producirá o no una afortunada coincidencia.
¿Qué significan en realidad las expresiones “por casualidad” y “por coincidencia”? No tenemos problemas para admitir que, por ejemplo, una sustancia que sea venenosa para un perro puede serlo también para un humano. Sin embargo, eso puede ser una mera coincidencia, que obedece a las leyes de la probabilidad, y, al aceptarla como norma cometemos un error que podría causar muchas víctimas antes de que nos percatemos de la situación. Existen miles de víctimas de la medicina moderna; tantas que se han publicado miles de artículos especializados sobre las enfermedades iatrogénicas, o lo que es lo mismo, enfermedades causadas por doctores que parecen haber olvidado el precepto básico hipocrático: Primum non nocere (Primero, no hacer daño).
El concepto de experimentación viviseccionista con humanos no es una macabra fantasía. Se cree que hoy se practica ampliamente. Muchos viviseccionistas están empezando a darse cuenta de que experimentar con una especie animal para extrapolar los resultados a otra especie (experimentación inter species), es un error metodológico. Por tanto, están empezando a dedicarse a la experimentación intra speciem, lo que implica experimentar con perros para aprender algo sobre los perros, con gatos para aprender algo sobre los gatos, y con humanos para aprender algo sobre los humanos. Pero esta variante sofisticada de la vivisección, a pesar de que puede parecer atrayente, no garantiza resultados más fiables que los obtenidos mediante la experimentación inter species (como demostraré más adelante).
Ninguna especie animal puede ser un modelo experimental de ninguna otra especie, y sólo un análisis superficial puede contentarse con las similitudes morfológicas, como por ejemplo las siguientes: “Los perros, como los humanos, tienen cabeza, dos ojos, un hígado, un corazón, etc.” Igualmente engañoso y burdo es recurrir a analogías del tipo: “Si aplasto la pata de un perro, el pero aúlla”, “y si aplasto el pie de un humano, el humano grita de dolor”; “Si a una hembra de primate no humana le quito a su cría, la hembra de primate no humana se pone triste”, “y si a una madre humana le quito a su hija, la madre humana se pone triste”.
Tales analogías existen, y sería absurdo negarlas. ¿Por qué existen? Porque dado que tenemos un origen común, esos atributos forman parte de una entidad insondable e indivisible que llamamos “vida”. Que ciertos tipos de comportamiento tienen una raíz común parece aún más evidente si nos paramos a examinar a cualquier ser vivo sin prejuicios científicos. La búsqueda de alimento, la huida del peligro, el deseo de reproducción y otros tipos de comportamiento que podríamos denominar “instintos” por razones de conveniencia, son atributos fundamentales del fenómeno de la vida.
No obstante, por lo que se refiere a los componente materiales de los tejidos de las innumerables especies animales, debemos detenernos por un momento para plantearnos la siguiente pregunta: ¿Pueden ser consideradas análogas dos especies animales, cuando sabemos que los tejidos de cada especie están compuestos de miles de proteínas (alrededor de diez mil), de las cuales ni siquiera una que sea común en ambas especies es idéntica en las dos, y cuyas secuencias de ADN (ácido desoxirribonucleico), que transmiten las características hereditarias, difieren una de otra en las distintas especies?[2] (Las moléculas del ADN difieren en distintos animales en la longitud de las cadenas de la doble hélice y en el número y la disposición de los nucleótidos de los que están compuestas. Existen miles de millones de posibles combinaciones, porque el número de nucleótidos del ADN humano, por ejemplo, es de cerca de tres mil millones).
Una norma fundamental de cualquier experimento científico es que tiene que ser reproducible. Un experimento es reproducible cuando siempre produce un resultado idéntico, sin importar dónde o cuándo se realice, y sin que importe tampoco quién sea el investigador que lo lleve a cabo. Si no es así, algo falla. O bien la hipótesis es errónea[3], o bien no es demostrable, o bien el método usado para demostrarla es incorrecto. Por lo tanto, tenemos que averiguar si los experimentos con animales (incluido el animal humano) tienen la característica intrínseca de la reproductibilidad.
Encontramos la respuesta en una investigación llevada a cabo en la Universidad de Bremen, cuyos resultados fueron publicados en un artículo titulado “Die Problematik der Wirkunschwelle in Pharmakologie und Toxicologie” (“Problemas del Umbral de Eficacia en Farmacología y Toxicología”[4]). La investigación demostró que:
1. Los animales jóvenes reaccionan de manera diferente que los de mayor edad a la radiación ionizante.
2. Hay diferencias importantes en los efectos de los tranquilizantes en los animales jóvenes y en los de mayor edad.
3. En los tests DL-50 (DL = dosis letal; los tests están diseñados para descubrir qué dosis causa la muerte del 50% de los animales experimentales) efectuados con ratas por la tarde, casi todas las ratas murieron; en los tests realizados por la mañana, todas sobrevivieron. En los tests llevados a cabo en invierno, las tasas de supervivencia eran del doble de las registradas en verano. Cuando se administraron sustancias tóxicas a ratones que estaban en jaulas atestadas de animales, casi todos murieron, mientras que todos los ratones que recibieron la sustancia en jaulas con un número normal de animales sobrevivieron.
Los autores de la investigación concluyeron lo siguiente: “Si tales diferencias medioambientales mínimas produjeron unos resultados tan divergentes e imprevistos, los experimentos con animales no son válidos para la deter­minación de la seguridad de las sustancias químicas, y es completamente absurdo extrapolar a la medicina humana unos resultados que son intrín­secamente falsos”.
Finalmente, hay que tener en cuenta que las consideraciones que acabamos de incluir no fueron realizadas por unos antiviviseccionistas, sino por los propios viviseccionistas, que han tenido el mérito de definir las limitaciones de una metodología en la que hasta ahora siempre habían creído con firmeza.
Notas:
[1] El “criterio de falsificación” expuesto por Karl Popper, el filósofo austriaco, afirma que una proposición no es científica si no se puede demostrar que es falsa. Por ejemplo, la proposición “dentro de mil años el sol se extinguirá” no es científica, porque nadie está en posición de demostrar que no ocurrirá.
[2] La diversidad entre las proteínas y entre otros componentes (fundamentalmente polisacáridos) de las diferentes especies (vegetales y animales) es algo básico en todos los fenómenos de la inmunología, por ejemplo en las alergias y en el rechazo de órganos.
[3] Una proposición falsa es una del tipo: “El ser humano puede volar moviendo los brazos”. Dicha proposición, sin embargo, contiene en sí misma el criterio de falsificación de Popper, porque cualquiera puede demostrar que es falsa. Por otro lado, una proposición cuya falsedad nunca podría demostrarse sería del tipo: “Dentro de mi años el sol se extinguirá”.
[4] Estos datos nos fueron proporcionados por el cirujano alemán Werner Hartinger, de Waldshut-Tiengen.
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**[El presente texto es la introducción del libro Vivisection or Science? An investigation into testing drugs and safeguarding health, Zed Books, New York, 1999].
La experimentación viviseccionista
Pietro Croce
La idea fundamental del antiviviseccionismo científico queda expresada en la siguiente proposición: Ningún experimento realizado con una especie puede ser extrapolado a ninguna otra especie. Este concepto básico ha sido aceptado no solamente por la mayoría de los antiviviseccionistas, sino también por los viviseccionistas que después de haberse percatado de la falta de fiabilidad de la experimentación animal han decidido utilizar al propio ser humano como modelo experimental para los seres humanos. Debemos considerarlos aliados de los antiviviseccionistas, porque admiten que la experimentación inter species (entre especies) tiene que ser rechazada totalmente. Sin embargo, siguen manteniendo que es válida la noción de la experimentación intra speciem (dentro de una misma especie), un método al que los antiviviseccionistas ponen estrictos límites, y no solamente por motivos éticos.
La experimentación intra speciem -que implica utilizar al ser humano como modelo experimental para la especie “humana”, al perro como modelo experimental para la especie “canina”- de hecho ofrece una alternativa atractiva que parece impecable desde el punto de vista lógico y científico. Sin embargo, no lo es. Por el contrario, la experimentación intra speciem es en muchos casos tan engañosa como la experimentación inter species. Esto es así porque se fundamenta en el error positivista básico que consiste en intentar aplicar métodos analíticos a las ciencias biológicas y naturales, y basándose en ellos subdividen los organismos vivos en las partes que los componen, las analizan y a continuación proceden a volver a ensamblarlas como si fueran partes de un rompecabezas, con la errónea creencia de que la suma del conocimiento de las partes equivale al conocimiento completo del todo.
No obstante, dicho planteamiento ignora un elemento imponderable que cada uno designamos con un nombre de acuerdo con nuestras raíces culturales, religiosas y nacionales. Podríamos denominarlo “alma”, “psique”, “inteligencia” o “espíritu”. Yo prefiero el término Vida, un atributo inmanente que está presente en todo lo que se mueve, crece, sufre, se reproduce y muere: es un atributo que no puede ser analizado ni cuantificado con procedimientos físicos, químicos o matemáticos, pero que a pesar de todo existe.
Un científico ortodoxo podría objetar lo siguiente: “No creo en un atributo que no puede ser analizado, precisamente porque no puede ser analizado. No creo en nada que no pueda ver o tocar”. ¿Y cómo puede responderse a estas afirmaciones? Usando el mismo lenguaje uno podría replicar lo siguiente: “Durante millones de años la gente no pudo tocar ni ver las ondas de radio, ni la luz infrarroja, ni los rayos cósmicos, ni la luz ultravioleta… pero a pesar de ello existían”.
“La aplicación sistemática del método analítico a las ciencias biológicas y naturales ha negado ese elemento denominado ‘Vida’ y ha llevado a la ciencia médica a un callejón sin salida, y para salir de él las generaciones futuras necesitarán dedicar todo su tiempo y todas sus energías” (Lépine, 1967). No obstante, la luz está empezando a brillar a través de unas pocas grietas que están aumentando más rápidamente de lo que podría esperarse.
Este proceso de neo-civilización debe mucho al contacto cada vez más frecuente y sencillo con los sabios, místicos, poetas y filósofos orientales. Esto no quiere decir que Occidente deba adoptar los modos de vida y pensamiento de Oriente, pero sí significa que tenemos que admitir que el modo occidental de vivir, pensar y aprender (o lo que es lo mismo, usar exclusivamente la ciencia) no es el único posible; no posee el don de la santidad ni el de la infalibilidad, ni tampoco es la llave de los secretos del universo. Muchas personas, incluso a pesar de no haber recibido formación científica (o quizá precisamente por esa razón), han llegado a comprender esta realidad intuitivamente. Es algo que queda demostrado por el número creciente de personas de diferentes grupos sociales y religiosos que están adoptando modos de pensar distintos de los de la mayoría, eligiendo con libertad y valentía nuevas formas de vida.
Volvamos a la cuestión de los experimentos viviseccionistas con humanos. Como argumentamos anteriormente, la experimentación intra speciem es con frecuencia tan engañosa como la experimentación inter species, especialmente cuando se trata de experimentación con humanos.
La experimentación con humanos fue ampliamente practicada en los campos de concentración nazis. El siguiente es un ejemplo típico de esos experimentos y tuvo lugar en los barracones de los deportados judíos. Un doctor les dio 24 horas para decidir si se ofrecían como voluntarios para un experimento. Al día siguiente, se presentaron muchos “voluntarios” para el proyecto. Fueron seleccionados 10 de ellos, de entre 20 y 30 años de edad. Fueron trasladados a unas instalaciones limpias y cómodas equipadas con buenas camas y baños decentes. La comida era abundante y de calidad. Sin embargo, los prisioneros sabían lo que les esperaba al final de esa carretera tan bien pavimentada, y a su debido tiempo llegaba el día del experimento.
¿Cuál era el propósito del experimento? “¿Durante cuántas horas puede un humano aguantar la inmersión en agua a temperaturas de entre 10 y 12 grados centígrados?” Ésa era la situación en la que se encontraban los pilotos de la Lutwaffe cuando se veían obligados a lanzarse en paracaídas en el Mar del Norte. Querían saber cuántas horas tenían las fuerzas navales y aéreas alemanas para rescatarlos. El experimento se llevó a cabo en una piscina. La agonía fue controlada con un cronómetro.
Éste fue solamente uno de los muchos experimentos realizados con prisioneros. Los archivos de Núremberg contienen informes de otras muchas atrocidades cometidas con propósitos experimentales, pero para nuestra tesis es suficiente comentar uno de ellos. Lo hemos mencionado no con el propósito de provocar críticas basadas en fundamentos éticos, sino para evaluar objetivamente la validez científica del experimento.
En realidad, el experimento carece de validez científica. Los doctores que lo realizaron sabían que habría sido absurdo utilizar animales y que con ese método “clínico” demostraban que su planteamiento era digno de la instrucción que habían recibido en sus excelentes universidades alemanas. Estaban equivocados, enormemente equivocados, al igual que lo estaban también los responsables de las universidades. El error podemos resumirlo en la siguiente afirmación: “En muchos casos los humanos no son modelos experimentales apropiados para los humanos”. ¿Por qué no? Porque en el mismo momento en el que una persona deja de serlo y se convierte en un modelo experimental, queda destruida la unión entre el cuerpo y el alma, el soma y la psique, la materia y la Vida. El investigador entonces no dispone más que de un trozo de materia vacía que tiene poco en común con la materia que poco antes actuaba como un vehículo para la Vida y la contenía en su seno.
Intentemos contestar la siguiente pregunta: ¿Podemos comparar una de esas desventuradas víctimas –separadas de su familia, transportadas en vagones para animales durante días sin comida ni agua, que eran hacinadas en sucios barracones, y que al final eran engordadas como cerdos para la matanza antes de experimentar una muerte horrible– con un piloto joven en buen estado físico, poseído por la emoción propia de la batalla, con determinación de sobrevivir y consciente de que sus camaradas tratarán de acudir en su rescate? ¿Acaso podemos establecer alguna comparación entre el conejillo de indias judío y el piloto heroico, y alguien duda quién de los dos es el que podría sobrevivir más tiempo en el agua fría? La respuesta parece evidente. “El conejillo de indias judío moriría primero, parece bastante obvio”. Sin embargo, no es así. Si analizamos la cuestión desde otro ángulo la conclusión es opuesta. Comparemos de nuevo el estado físico y psicológico de los dos sujetos, esta vez desde otro punto de vista:
1. El judío víctima (o “modelo experimental”) del ensayo, privado de toda esperanza, se contrae en sí mismo y se prepara para su inminente liberación a manos de la muerte. Con su estado de introversión y resignación sus fuerzas vitales se deprimen, se relaja su tono muscular y se reduce la producción de hormonas reactivas (adrenalina y esteroides). El metabolismo queda ralentizado, los tejidos producen menos calor y éste se pierde en menor medida en el agua, por lo que la muerte por hipotermia se demora.
2. Como contraste, el piloto combatiente pone en guardia todas sus energías mentales y físicas y se mantiene alerta y activo: aumenta la producción de hormonas reactivas, se eleva el tono muscular, aumenta la producción de calor y éste se pierde en mayor medida en el agua, con lo que la hipotermia llega rápidamente.
He aquí la paradoja: ambas hipótesis son científicamente válidas, aunque son antitéticas. La hipótesis identificada con un signo positivo queda anulada por otra hipótesis identificada con un signo negativo. El resultado aritmético es igual a cero. El experimento no enseñó nada y careció de relevancia.
De hecho, la historia reciente demuestra que ninguno de los experimentos realizados en los campos de concentración nazis fue de utilidad para la ciencia médica. Sin embargo, dichos experimentos eran intra speciem, el ideal de los científicos de nuestros días, que más de 50 años después siguen efectuándolos, con lo que violan no solamente todos los preceptos morales, sino también toda la lógica científica.
ENSAYOS CLÍNICOS
Los ensayos clínicos son indispensables e inevitables. Paradójicamente, podría decirse que si no se realizaran uno acabaría por llevarlos a cabo de todas formas. ¿Qué significa eso? Significa que si no se realizaran ensayos de forma sistemática y planificada en instituciones equipadas a tal efecto, y si los medicamentos nuevos fueran comercializados sin haber sido probados con anterioridad, los primeros sujetos experimentales involuntarios serían las primeras personas que los tomaran, con todas las posibles consecuencias –algunas de las cuales serían desastrosas– que podría haber. Todo nuevo medicamento o procedimiento diagnóstico debe ser probado con personas. ¿Y dónde está el problema? El problema está precisamente en la selección de dichas personas. Analicemos los criterios que deben guiar nuestra selección.
Ensayos con voluntarios sanos. Este método es inaceptable, por motivos técnicos y éticos.
La objeción técnica principal es que los medicamentos generalmente son administrados a personas enfermas, mientras que los voluntarios son, por definición, personas sanas. No es preciso ser un experto para darse cuenta de que un organismo enfermo no es igual que un organismo sano. Hasta la más simple de las enfermedades es capaz de cambiar muchos parámetros biomédicos (a veces todos) de maneras que pueden ser cuantificadas e incluso de formas que están más allá de nuestra capacidad de cuantificación. Como resultado de ello, la mayoría de las reacciones de una persona enferma son diferentes de las de una persona sana. Pueden proporcionarnos alguna indicación, pero son demasiado vagas para resultar válidas en términos científicos, especialmente cuando un concepto vago e impreciso puede llegar a ser transformado en la práctica en un peligro real y concreto.
La objeción ética es la siguiente. Los ensayos se llevan a cabo con voluntarios, es decir, con personas que aceptan la responsabilidad de lo que les pueda ocurrir. ¿De qué tipo de voluntarios se trata? Es posible que se trate de voluntarios pagados, lo que representa una clara contradicción. No es justificable que unas personas asuman esos riesgos, ni siquiera cuando la necesidad les obliga a vender sus cuerpos para convertirse en “pacientes”. El concepto de necesidad puede abarcar situaciones que van desde las peores formas de pobreza y hambre hasta el simple deseo de comprar una motocicleta. Por tanto, no debería ser responsabilidad exclusiva del voluntario demostrar la naturaleza voluntaria de su participación; todo lo contrario, es obligación de los investigadores decidir sobre la legitimidad ética de poner en riesgo la salud de otros. ¿Cuándo pueden estar seguros de que se encuentran dentro de los límites de dicha legitimidad? “Nunca”, ésa es la respuesta simple y absoluta, incluso cuando nos referimos a la categoría de los experimentos con voluntarios que “estén preparados para sacrificarse por el bien de la ciencia”. La sociedad humana se fundamenta en determinadas normas o convenciones aceptadas por la mayoría. El sacrificio mencionado se desvía claramente de esas normas, por lo que una conducta desviada de ese tipo solamente puede ser un signo de inestabilidad mental. Todo ello anula el concepto de participación “voluntaria”.
Los investigadores nos aseguran lo siguiente: “cuando reclutamos voluntarios les explicamos con precisión y objetivamente el objetivo del experimento y cómo se llevará a cabo, los controles que se aplicarán, y los riesgos que correrán (que siempre se califican de ‘insignificantes’)”. Sin embargo, la realidad es menos tranquilizadora. Como norma, la transacción entre el conejillo de indias voluntario y quienes desean realizar el ensayo se deja en manos de “persuasores profesionales”, enviados por la compañía farmacéutica interesada. Ellos saben cómo ganarse la confianza y la simpatía de los voluntarios para convencerles de que la elección depende exclusivamente de su voluntad, que nadie tratará de obligarles a actuar en contra de ella y que ellos, los “persuasores” son amigos y consejeros suyos, más inclinados a disuadirlos que a animarlos.
Sin embargo, ¿qué tipo de convicción puede formarse en la mente de una persona lega en la materia que escucha cómo le hablan de “transaminasas, fosfatasas alcalinas, o función hematopiética”, unas palabras que son inteligibles para el persuasor pero que para la víctima solamente poseen el efecto hipnótico de las promesas realizadas por el oráculo de Delfos?
Ensayos con engaño. Los ensayos que se realizan con pacientes que sufren una determinada enfermedad, persuadiéndoles para que acepten someterse a una terapia o a un procedimiento diagnóstico útil para una enfermedad diferente, lo que suelen conseguir inculcando a la víctima una esperanza ilusoria en sus posibles efectos beneficiosos; por ejemplo, los responsables del ensayo pueden probar una terapia antirreumática con un enfermo de cáncer después de convencerle con afirmaciones vagas e imprecisas del tipo “Nunca se sabe si…”, o “Se ha observado que…”, o cualquier otra similar, y dichas palabras normalmente son suficientes para aprovecharse del desventurado paciente, cuyas defensas psicológicas pueden ser quebradas con un poder de persuasión muy reducido y con la ilusión de una frágil esperanza.
Ensayos homólogos. Estos ensayos clínicos son legítimos desde el punto de vista técnico y éticamente aceptables. Son homólogos (relacionados) con el paciente, porque se entiende que la investigación se desarrolla en beneficio del paciente en particular, y no para el de otros ni para el de la comunidad; también son homólogos con la enfermedad, es decir, están relacionados con la enfermedad para cuyo tratamiento se llevan a cabo los ensayos, y exclusivamente con dicha enfermedad. Los ensayos homólogos deben estar sujetos a unas normas muy estrictas:
1. El participante en el ensayo debe estar aquejado de una enfermedad. Por tanto, los voluntarios deben quedar excluidos si están sanos o si padecen una enfermedad diferente.
2. El medicamento o el procedimiento diagnóstico deben poseer características que sean razonablemente aceptables para actuar en beneficio del tratamiento de esa enfermedad concreta.
3. El paciente debe dar su consentimiento. Si no puede otorgar su consentimiento por padecer alguna incapacidad, debe solicitarse el permiso a otra persona que esté capacitada para otorgarlo en beneficio exclusivamente de los intereses del paciente.
4. El tratamiento o el procedimiento diagnóstico solamente deben ser aplicados cuando no existan otros métodos conocidos para beneficio del estado de salud del paciente.
Como puede verse, el paciente está en el centro de todos los esfuerzos terapéuticos: todo debe estar diseñado para mejorar su estado. Queda implícito que no debe llevarse a cabo ningún ensayo en el que alguien sea sacrificado en beneficio de otros muchos, porque eso es una aberración que ha provocado un gran daño y sufrimiento a los “muchos” que constituyen colectivamente la humanidad, que lleva siendo miles de años víctima en su conjunto de unos indeseables “benefactores”.
Conclusiones
Las siguientes conclusiones resumen el pensamiento antiviviseccionista en general:
1. Los experimentos que se realizan con animales de especies no humanas son engañosos y por lo tanto causan perjuicio a la salud humana.
2. Los experimentos con seres humanos tienen unas limitaciones técnicas y éticas muy estrictas.
En este punto, un científico habituado a razonar exclusivamente en términos de experimentación podría objetar lo siguiente: “¿En qué métodos podemos basar entonces el progreso de la medicina?” La respuesta es que no hay ningún ámbito de la ciencia que pueda confiar su progreso al método experimental exclusivamente, y así ocurre también en no menor medida en el terreno del progreso médico. En todas las disciplinas científicas, la experimentación va de la mano de la observación de los fenómenos naturales. Esto es particularmente cierto en el campo de la medicina. En realidad, podría decirse que la medicina está basada en sus dos terceras partes en observaciones y en una tercera parte en la ciencia experimental. Desafortunadamente, la parte experimental fue absorbida desde el principio por el gran error metodológico que representa la vivisección.
En consecuencia, la vivisección ha sido un error global y debe desaparecer. Los futuros investigadores, que estarán libres de dicho error, podrán basar la investigación médica en unos fundamentos genuinamente científicos. Eso requerirá efectuar una revisión total, difícil y desagradable de todos los conceptos que se han enseñado hasta ahora y que han actuado en detrimento de todos nosotros y de la profesión médica. Los futuros investigadores deben devolver a la medicina la integridad científica que ha sido usurpada por la aberración viviseccionista.
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*[El presente texto es un extracto del libro Vivisection or Science? An investigation into testing drugs and safeguarding health, Zed Books, New York, 1999].
¡Adiós, tonto gatito!
 Hans Ruesch
No, tonto gatito, nadie te liberó, a pesar de que tu foto y tu grito de ayuda estaban en exhibición en todos los quioscos de periódicos de Europa, donde millones de personas los vieron, y probablemente millares no pudieron dormir la noche siguiente. Sin embargo, esto es todo lo que han hecho –incluso yo-. Durante un momento de locura esperábamos que algunos de esos chicos que liberan animales de los laboratorios corrieran a salvarte, pero, naturalmente, las probabilidades eran enormemente contrarias, porque la policía protege a los torturadores de laboratorio y no a sus víctimas; los héroes son pocos, y millones de animales candidatos a morir en los laboratorios pseudocientíficos para proporcionar una coartada a los traficantes de drogas.
Pronto serás inmovilizado en un aparato estereotáxico, con tanta fuerza que no lograrás mover la cabeza, ni siquiera un pelo, tal vez dos barras de acero serán introducidas en las órbitas vacías de tus ojos, y dos prensas te presionarán las orejas tan fuertemente que tus tímpanos podrían reventar, pero no te preocupes, se hará porque no influirá ni un poco el resultado del experimento, según cuanto dicen los catálogos de los fabricantes, Lab-Tronics y H. Neuman & Co., cerca de Chicago, que envían tales instrumentos de tortura a los laboratorios de todo el mundo. Sin embargo, lo que importa es tenerte absolutamente inmóvil, mientras la verdadera acción comienza.
Demonios de bata blanca, disfrazados de “científicos”, te harán agujeros con un taladro en tu pequeña cabeza, e introducirán cánulas, sensores, y electrodos en tu pequeño cerebro, para repetir una vez más en tu sistema nervioso los mismos insensatos experimentos efectuados desde el fin del siglo pasado; experimentos que no han aportado beneficios de ningún tipo, ni a la especie humana ni a la felina, sino únicamente a los mismos experimentadores, a quienes han procurado satisfacción personal, a veces fama y honores, y quizá incluso un Premio Nobel, como en el caso del Prof. Walter Hess de la Universidad de Zurigo, antes que se supiera que todas sus conclusiones eran erróneas y habían causado daños incalculables a un número no revelado de pacientes. En cualquier caso, las obras pseudocientíficas de este señor y de sus colegas, si es que todavía están en algunas bibliotecas médicas, por más que nadie las lea, han sido colocadas allí con la ayuda de tontos gatitos como tú.
Porque tú fuiste creado sólo para “servir” a la especie humana. ¿No lo sabías? También el Papa lo ha dicho explícitamente, probablemente con base en su creencia de que tú no tienes un alma (algo que sin embargo no puede demostrarse), mientras que tus torturadores sí la tienen (y tampoco esto es algo que pueda demostrarse), porque “están hechos a imagen de Dios”. ¡Hermosa imagen!
Y, naturalmente, los jóvenes químicos continúan repitiendo y perpetuando todo esto, así como los fabricantes de productos que están envenenando la Tierra y matando a la gente por millones, los gobiernos y los políticos que pagan la nómina, los profesores universitarios y los rectores, los medios de comunicación que se ganan la vida cómodamente, no informando a la opinión pública sino manipulándola, y también los dirigentes de las grandes asociaciones para el bienestar de los animales, como la RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals) y la WSPA (World Society for the Protection of Animals) y El Eurogrupo y la HSUS (The Humane Society of the United States), etcétera, que en lugar de dar a conocer el daño evidente, enorme, causado cotidianamente a la especie humana por los métodos erróneos de investigación médica, ocultan deliberadamente este hecho con cortinas de humo de pueriles charlas filosóficas –como los viviseccionistas quieren que hagan, bajo el pretexto de que la humanidad debe ser “salvada”, y que sólo con el sacrificio tuyo y el de tu especie esto se puede obtener-.
Naturalmente, tonto gatito, para cuando seas inmovilizado en uno de sus aparatos estereotáxicos, probablemente habrás llegado a la conclusión de que la humanidad no puede ser todo eso que se dice de ella, y, desgraciadamente, tendrás razón. En efecto, el hombre es el único animal capaz de matar a sus hijos porque lo molestan mientras duerme. Y también el único macho que golpea a su hembra, si bien algunos graciosos argumentarán que la mujer es la única hembra que merece ser golpeada. El hombre es el único animal que asesina a todas las especies conocidas, incluida la suya, e, incesantemente, erosiona el suelo y daña su hábitat hasta hacerlo inhabitable, sin embargo se considera –sólo porque es capaz de sembrar más muerte y caos que todas las demás especies juntas– la más inteligente de las especies, la única que merece sobrevivir.
¿Qué esperas de una especie así, tonto gatito? Pero, tal vez, sólo quieres saber porqué siempre es tu especie la utilizada para los experimentos más dolorosos y prolongados que existen. Es porque has tenido la mala suerte de nacer con un sistema nervioso extremadamente sensible, mucho más sensible que el de tus atormentadores, pero al mismo tiempo eres también más resistente que la mayoría de los otros animales. He aquí el porqué.
Pero no grites cuando te lastimen, tonto. Si lo haces, “ellos” te cortarán las cuerdas vocales, porque “ellos” son de corazón sensible y no soportan los chillidos de los animales. De hecho, muchos de ellos no sólo son grandes filántropos, sino también verdaderos amantes de los animales, que dicen sufrir más que tú a causa del dolor que, por pura filantropía, te infligen.
Y, ahora, adiós, tonto gatito. Espero que mueras antes de que comiencen las fiestas de Navidad, porque durante esas fechas corres el riesgo de permanecer durante días sin agua, inmovilizado en tu aparato de contención. Mas no contemos con ello, porque vivisectores como el prof. Konrad Akert, capo líder de la Universidad de Zurich, y el prof. W. D. M. Paton de Oxford –Sir William, nombrado caballero de su Graciosa Majestad la Reina por su incesante trabajo sobre cerebros de gatos– junto con sus colegas han llevado a cabo estos experimentos tan increíblemente a menudo, con idiota repetitividad, que han llegado a ser bastante hábiles en prolongar la agonía. Asimismo ninguno de ellos ha sido nunca capaz de nombrarnos un sólo paciente al que hayan curado, mientras que nosotros podemos nombrar a un gran número de personas que han sido dañadas de por vida, o que incluso han muerto, a causa de su torpe y contraproducente método de pseudoinvestigación.
Pero, quizá, puedes recibir una especie de aterrador consuelo del siguiente pensamiento, desafortunado gatito. Piensa sólo esto: de una tonta pequeña cabeza como la tuya, hombres “importantes” como Sir William Paton esperan, en efecto, encontrar algún día qué hacer con sus propios cerebros defectuosos y con el gran agujero negro que tienen dentro, y es tanta su preocupación que los experimentos sobre el cerebro han llegado a ser en sus vidas una obsesión.
Ahora, debemos dejarte, desafortunado gatito. Espero que mueras rápidamente. Es, verdaderamente, lo único que podemos desearte. Quizá nos encontremos algún día, en algún otro mundo, que únicamente podrá ser mejor que este.
 * Este artículo de Hans Ruesch apareció originalmente en Boletín CIVIS-SCHWEIZ, en la navidad de 1983. Poco antes, la fotografía del gatito con la leyenda “HILFE, LAAST MICH HIER RAUS!” (“¡Ayuda, sáquenme de aquí!”) había sido publicada en la portada de Stern, el semanario alemán de mayor circulación. Cinco años después, Hans Ruesch volvió a publicar el artículo en el Boletín CIVIS No. 2, “The Infiltrarion in Animal Welfare”.
Del apéndice a la edición española de Matanza de Inocentes de Hans Ruesch en PDF:

http://viviseccionesfraude.org/wpcontent/uploads/ViviseccionistasVeganos.pdf

¿Ciencia o locura?
Hans Ruesch
 Un perro es crucificado para estudiar la duración de la agonía de Cristo. Se extraen las vísceras de una perra preñada para observar el instinto maternal que se manifiesta en el animal angustiado por el dolor provocado. En una universidad, unos experimentadores provocan convulsiones a perros y gatos para estudiar sus ondas cerebrales durante los ataques, que aumentan gradualmente en frecuencia y gravedad hasta que los animales quedan en un estado de crisis continua que les conduce a la muerte transcurridas de 3 a 5 horas. A continuación, los investigadores presentan algunos gráficos de la ondas cerebrales en cuestión, pero no tienen la menor idea de cómo podrían usarlos en la práctica.
Otro equipo de “científicos” rocía de forma fatal con agua hirviendo a 15.000 animales de varias especies, tras lo cual administra a la mitad de ellos un extracto de hígado cuya utilidad en caso de shock ya era conocida: tal y como se esperaba, los animales tratados agonizan más lentamente que el resto.
Los perros beagles, conocidos por su dulce y afectuosa naturaleza, son torturados hasta que comienzan a atacarse entre sí. Los “científicos” responsables de tal experimento anuncian que estaban “llevando a cabo un estudio sobre la delincuencia juvenil”.
¿Excepciones? ¿Casos límite? Desearía que lo fueran.
Todos los días del año, a manos de individuos de bata blanca reconocidos como autoridades médicas, o ansiosos por obtener tal reconocimiento, o un título, o al menos un empleo lucrativo, millones de animales –fundamentalmente ratones, ratas, cobayas, hamsters, perros, gatos, conejos, monos, cerdos y tortugas; pero también caballos, cabras, aves y peces– son cegados lentamente con ácidos, son sometidos a shocks repetitivos y a inmersiones intermitentes, son envenenados, son inoculados con enfermedades mortales, son destripados, congelados y vueltos a congelar tras ser reanimados, y se les deja morir de hambre o de sed, en muchos casos después de sufrir la extirpación parcial o completa de varios órganos o el corte de la médula espinal.
Posteriormente, las reacciones de las víctimas son meticulosamente anotadas, excepto en los largos fines de semana, durante los cuales los animales son abandonados sin cuidados para que mediten sobre sus sufrimientos, que pueden durar semanas, meses o años, hasta que la muerte pone fin a su padecimientos –una muerte que es la única anestesia eficaz que las víctimas llegan a conocer.
Pero a menudo ni siquiera entonces les dejan en paz: son devueltos a la vida –un milagro de la ciencia moderna– y sometidos a una nueva serie de torturas. Se ha observado a perros enloquecidos por el dolor devorar sus propias patas, a gatos sufriendo convulsiones que los lanzaban contra los barrotes de sus jaulas hasta sufrir un colapso, y a monos desgarrando y mordiendo sus propios cuerpos o muriendo a manos de sus compañeros de jaula.
Todo esto y mucho más ha sido relatado por los propios experimentadores en las principales publicaciones médicas, como la británica Lancet, y sus equivalentes en América, Francia, Alemania y Suiza, de las que procede la mayoría de las evidencias mostradas aquí.
No deje usted de leer todavía, porque el propósito de este libro es mostrarle cómo puede y por qué debe usted poner fin a todo esto.
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*[El presente texto es un extracto del libro Matanza de Inocentes (los animales en la investigación médica) de Hans Ruesch, fundador del moderno movimiento antiviviseccionista].
El caso del Estilbestrol, o los fabricantes de cáncer
Hans Ruesch
 “Es peor que un crimen, es un error.” –Talleyrand
La ciencia médica moderna, a quien la mayoría de la población del mundo civilizado recurre en busca de salvación –aunque no está claro de qué quiere salvarse– ha desarrollado en los laboratorios y a continuación ha comercializado por todo el mundo supuestos estrógenos (un término médico que hace referencia a las hormonas sexuales, que son secreciones producidas por las glándulas sexuales). La medicina moderna prescribe esos estrógenos sintéticos entre otras muchas razones para asegurar que los embarazos tengan buenos resultados. A lo largo de las últimas décadas millones de mujeres han tomado estrógenos por prescripción facultativa, después de que sus doctores les asegurasen que podrían ayudar a prevenir los abortos espontáneos.
Un aborto natural, espontáneo, es como una especie de válvula diseñada por la Madre Naturaleza, que elimina en la etapa fetal a los individuos que no son aptos para la supervivencia o que no son suficientemente viables; de este modo, los abortos espontáneos contribuyen al fortalecimiento de la especie y la mantienen en un buen estado de salud. No obstante, tales consideraciones obvias nunca han preocupado a unos científicos que solamente desean justificar sus altos honorarios o satisfacer su curiosidad experimental; se les ha hecho creer que con su formación viviseccionista pueden burlar las leyes de la naturaleza con la misma facilidad con la que engañan a la opinión pública.
Por supuesto, ningún doctor del mundo es capaz de garantizar que la administración de un medicamento pueda prevenir un aborto espontáneo, y nunca se ha debido el éxito de un embarazo a un medicamento en particular. Sin embargo, desde 1973 hay una cosa que la ciencia médica sabe con total seguridad.
En 1973, el Profesor Silvio Garattini, un vivisector italiano de fama internacional, aseguró lo siguiente en un debate público (Época, 14 de octubre, 1973): “En el laboratorio podemos reproducir exactamente un estrógeno natural”. No obstante, en esa misma época, la OMS, con sede en Ginebra, había empezado a imprimir a toda prisa unos prospectos en inglés en los que realizaba una advertencia a los círculos médicos: se había demostrado de forma indiscutible que el prototipo de esos estrógenos sintéticos, conocido como “Estilbestrol”, había causado cáncer en humanos.
El documento de la OMS lo escribió Robert W. Miller, director de la sección de epidemiología del Instituto Nacional contra el Cáncer de Bethesda, Maryland. Su título era Transplacental Carcinogenesis (Carcinogénesis Trasplacental), y formó parte del Número 4 de las Publicaciones Científicas de IARC (International Agency for Research on Cancer – Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, Lyon, 1973).
El Dr. Robert W. Miller dijo lo siguiente en el capítulo titulado “Prenatal Origins of Cancer in Man: Epidemiological Evidence” (Los Orígenes Prenatales del Cáncer en el Hombre: Evidencias Epidemiológicas, página 175):
“Carcinogénesis Trasplacental Química: Hace menos de 6 años se anunció que un medicamento tomado por la mujer durante el embarazo podía producir cáncer a su hija (Herbst y otros, 1971a). Nunca había ocurrido algo así. Se informó de que ocho mujeres jóvenes de edades comprendidas entre los 14 y los 22 años de edad, de la zona de Boston, padecían una forma particular de cáncer vaginal (adenocarcinoma de células claras; es una enfermedad que se da con más frecuencia en personas mayores). Las madres de 7 de las chicas jóvenes habían tomado Estilbestrol durante el embarazo. Poco después se detectaron cinco casos adicionales de cáncer vaginal del mismo tipo en el Registro de Tumores del Estado de Nueva York (Greenwald y otros, 1971). Las madres de las 5 jóvenes habían tomado estrógenos sintéticos durante el embarazo. Al comentar otro caso más del que había informado Newman (1971), Herbst y otros (1971b) afirmaron que habían tenido noticias de más de 20 casos nuevos desde la publicación de los 7 primeros. Se están planificando varios estudios para evaluar el estado de salud de las niñas cuyas madres tomaron Estilbestrol durante el embarazo. En cualquier caso, en la actualidad no hay ninguna duda de que se ha producido una carcinogénesis trasplacental en el ser humano después de un periodo de latencia de entre 14 y 22 años.
Determinantes Precigóticos: La influencia genética puede operar de manera similar. Puede que los afectados pasen años o incluso décadas sin síntomas aparentes antes de que se manifiesten en ellos los cánceres genéticamente determinados”.
Por lo tanto, ya no es cuestión de si la supuesta ciencia médica va a presentarnos una píldora milagrosa que elimine el cáncer de una vez por todas, ni de cuándo o cómo lo hará: la ciencia moderna provoca cáncer. El documento de la OMS es la primera “prueba científica” que lo demuestra, empleando los propios estándares de los científicos, y además prueba también que ha creado un tipo de cáncer que antes no existía. Teniendo en cuenta que se ha demostrado que eso es cierto en un caso, también tiene que serlo en otros casos que todavía no han sido “científicamente” descubiertos. Eso ayuda a explicar el aumento inexorable del cáncer en las últimas décadas: un aumento que va unido al incremento del consumo de una interminable variedad de nuevos medicamentos.
Las dosis excesivas de vitaminas sintéticas han causado cáncer de huesos, medicinas diseñadas para aliviar casos leves de hipertensión hacen que las mujeres sean más propensas a padecer cáncer de mama, las vacunas cultivadas en animales han demostrado que tienen un potencial cancerígeno; los antibióticos que durante tanto tiempo se han considerado inofensivos han causado leucemia. Y recientemente, se ha demostrado “científicamente” –con los propios estándares de los viviseccionistas– que un estrógeno sintético, que ha sido administrado a los seres humanos durante décadas porque había demostrado ser inofensivo para los animales, no solamente ha retrasado el crecimiento de los huesos, no solamente ha causado daños hepáticos y renales, cataratas y problemas cardiacos y mentales en el ser humano, sino que además ha sido la causa incontrovertible de la aparición de tumores malignos en las hijas de las mujeres que lo tomaron durante su embarazo.
Como en otros muchos casos, la responsabilidad de la tragedia del Estilbestrol también recae directamente sobre el método de investigación viviseccionista.
“La respuesta de los animales varía de laboratorio a laboratorio, y por lo tanto es imposible comparar los datos obtenidos en un laboratorio con los de otros. Ha sido habitual suponer que la respuesta de todos los mamíferos a los estrógenos es la misma, pero en la actualidad disponemos de considerables pruebas que demuestran que no es así y que es muy imprudente suponer que las hembras humanas reaccionan del mismo modo que los animales de laboratorio. Este trabajo es de gran interés porque demuestra que es una locura aplicar a los seres humanos los resultados obtenidos con animales”. (Dr. E. C. Dodds, Journal of Pharmacy and Pharmacology – Revista de Farmacia y Farmacología, Volumen I, Número 3, 1949, páginas 143-145).
…¿Cuántas mujeres han tomado los mencionados estrógenos cancerígenos? ¿Cuántas personas de las que morirán de cáncer en las próximas décadas ya llevan en la actualidad en su organismo una sentencia de muerte recibida a través de la placenta de su madre? Nunca lo sabremos. Por supuesto, miles de medicamentos sintéticos de todo el mundo deben ser capaces de causar el mismo efecto que provoca el Estilbestrol.
Kurt Blüchel afirma en Weisse Magier (Magos Blancos) que solamente en Alemania Occidental hay 137 medicamentos básicos que son peligrosos para el feto si son administrados a embarazadas, y algunos de esos medicamentos están presentes en otros productos con una denominación diferente. Lo que sabemos con seguridad es que la tasa de aceleración del cáncer y de las malformaciones ha aumentado sin cesar durante los últimos 30 años al mismo tiempo que aumentaba el consumo de medicamentos.
El colosal fraude que la “investigación” médica actual, que especula con el sufrimiento humano y especialmente con el miedo a sufrir de la gente, está perpetrando contra la salud pública –ya sea por avaricia o por incompetencia– ha adquirido unas dimensiones inconcebibles. Y todo ello es más intolerable todavía si tenemos en cuenta el hecho de que un naturista que venda una decocción (que siempre es menos dañina y con frecuencia más útil que cualquier medicamento químico) puede ser procesado en muchos países por practicar la profesión médica de forma ilegal, como ha ocurrido últimamente en Italia; sin embargo, los culpables confesos de haber provocado cánceres y “enfermedades de la civilización” no solamente disfrutan de una total libertad de movimientos, sino que además reciben los aplausos y los importantes fondos con los que continúan desempeñando sus actividades criminales.
Volvamos a las elucubraciones del Dr. Robert Miller en el histórico documento de la OMS. Con la perspicacia que inevitablemente se obtiene tras largos años de actividad viviseccionista, el Dr. Miller nos informa de que “cuando el tumor está presenta al nacer, no hay duda de que surgió in utero” (página 177).
El ilustre científico continúa diciendo lo siguiente: “Considerando todas las muertes producidas en el intervalo comprendido entre los 5 y los 8 años de edad, podemos decir que 13,782 fueron debidas a neoplasias (tumores) que surgieron in utero antes o después”.
Sin embargo, el autor arruina su thriller poco después recurriendo al uso de un cliché: afirma que el culpable fue el mayordomo. De hecho, en la página 181, casi al final del documento, el Dr. Miller escribe: “Estudios Experimentales con animales: no se halló correlación entre los tipos de tumores obtenidos en modelos experimentales y los tipos de cáncer desarrollados en la infancia”.
Evidentemente, en la jerga viviseccionista la expresión modelos experimentales significa “animales de laboratorio sometidos a experimentos”. Por lo tanto, en otras palabras, el Dr. Miller también podría haber dicho algo como lo siguiente: “No hemos recibido ni el más leve indicio acerca del peligro del Estilbestrol para el feto a partir de la gran variedad de cánceres que hemos sido capaces de causar a millones de animales a lo largo de los años, y por ello durante décadas hemos creído que podíamos administrar dicho estrógeno con impunidad a las mujeres embarazadas. Bueno, cualquiera puede cometer un error”.
¿Y cómo reacciono la hermandad viviseccionista a esta nueva tragedia que había causado, que era similar a la provocada por la Talidomida y por otros medicamentos que fueron experimentados primero con animales y luego demostraron ser perjudiciales para los seres humanos? Negándose a admitir que la nueva tragedia demostrara que su método era una locura, y demandando una intensificación de los experimentos con animales. Es difícil de entender, pero el Dr. Miller añade que “podrían emplearse otras especies distintas de los roedores. En particular, se ha sugerido el uso de primates”.
…Ahora bien, considerando que cada año se comercializan miles de nuevos medicamentos, y teniendo en cuenta las advertencias previas del Dr. Miller en el sentido de que “pueden pasar años e incluso décadas sin síntomas antes de que se manifiesten los cánceres genéticamente determinados”, su recomendación de que se siga por el mismo camino –un camino que conduce al desastre– y de que se aumente el número de experimentos que se efectúan con animales, a primera vista parece una prueba de locura. No lo es. El ilustre artista del cáncer es también un duro hombre de negocios. Veamos a continuación por qué.
Los fondos que el gobierno de Estados Unidos dedica cada año a la “investigación” alcanzan un importe de miles de millones de dólares. En primer lugar, ningún “científico” de la categoría del Dr. Miller puede admitir que todo lo que ha creído, todo lo que ha aprendido y todo lo que ha difundido durante toda su vida es un fraude. En segundo lugar, el Instituto Bethesda del que él es uno de los más prominentes responsables, es uno de los principales laboratorios del mundo, y como tal recibe todos los años una gran porción del Pastel Federal, además de considerables donaciones privadas. Rechazar el método de investigación médica viviseccionista supondría dejar sin trabajo a miles de honestos torturadores.
Eso sería inhumano. Por tanto, es preferible seguir torturando a millones de chivos expiatorios, también con el objetivo de preservar la imagen que uno posee de ser un “gran científico”, que puede subir al podio reservado para los Salvadores de la Humanidad en los congresos médicos para escuchar los aplausos de los colegas llegados de todas las partes del mundo, y que es capaz de producir nuevos “medicamentos milagrosos” como la Talidomida, el Estilbestrol, etc. Después de todo, los animales no pueden votar y no pueden protestar, especialmente cuando son “desvocalizados”. No pueden hacer huelgas, no pueden convocar mítines, no pueden organizar marchas hacia el Capitolio, no pueden poner bombas. Y si luego los consumidores nacen con malformaciones, con problemas mentales, con epilepsia, o con cáncer, simplemente dirán que es una pena.
Desde la aparición de la advertencia del Dr. Miller publicada por la OMS, las víctimas de cáncer causadas por el Estilbestrol han dejado de ser un puñado y ya pueden contarse por cientos, y su número está condenado a crecer mucho más.
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*[El presente texto es un extracto del libro Matanza de Inocentes (los animales en la investigación médica) de Hans Ruesch, fundador del moderno movimiento antiviviseccionista].
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2 respuestas a Los derechos de los animales – Henry S. Salt

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