Banderas en tu corazón – Marcelo Gobello

Banderas en tu corazón Marcelo Gobello Indio Solari Pablo Picasso Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota Jorge Luis Borges Enrique Symns Skay Beilinson Libros Kalish

Estado: nuevo.

Editorial: Marcelo Héctor Oliveri Editor.

Precio: $150.

Banderas en tu corazón nos ofrece un amplio panorama sobre la obra y la carrera de una banda de rock que se ha convertido, sin proponérselo, en un verdadero fenómeno sociocultural. Combinando la objetividad periodística con el fervor “ricotero”, Gobello nos ofrece un recorrido por distintos tópicos que abarca desde la crítica de discos oficiales y no oficiales, a inhallables testimonios, pasando por anécdotas personales, una de las más completas antologías de letras inéditas y un revelador reportaje exclusivo (entre otras cosas), que se complementa con un excelente material fotográfico y de memorabilia (afiches, volantes, entradas, programas, listados de temas, etc.)
Marcelo Gobello es uno de los periodistas especializados en rock con mayor cantidad de libros editados en Latinoamérica. Inció su carrera profesional en la revista Cerdos & peces, dirigidas por Enrique Symns y en donde colaboraba el señor Carlos Solari.
 Odio los libros*
Enrique Symns
Fui un niño bastante afortunado.
Mis queridos padres, en una actitud incomprensible y criticada por familiares y vecinos, quizá misteriosa hasta para ellos mismos, tomaron una decisión ejemplar.
¡Me preguntaron si deseaba ir al colegio!
Como no entendía bien de qué se trataba dije que lo iba a pensar. Y así pasó ese año. Y el otro. Y el otro. A mediados de febrero de todos esos años, se repetía el mismo juego:
“¿Enriquito, querés ir al colegio este año?”
Pero Enriquito, ya se había avivado de la lenta y efectiva degradación que se iba produciendo en el alma quilombera de mis amigos y el resto de la gilada obligada a concurrir de lunes a viernes al chupadero de almas.
Entraban a la mañana al ritmo del “Tachín, tachín…” y salían a la tarde en uno de “Rataplán, rataplán…”. Marchaban obedientes como milicos, perseguidos por el “deber”, acostumbrados a la jaula en donde eran “a-maestra-dos”.
Mientras ellos eran “chupados, Enriquito vagaba por los techos o por las quintas; cuando se cansaba de hacer todos lo roles en una conversación de bandoleros, me ponía a charlar con los Rabanitos, los Choclos o los Gusanos; y cuando se acababa el tiempo de las palabras, al ratito nomás, cargaba de provisiones mi nave pirata ubicada en las ramas más altas del árbol de ciruelas y luego de arrasar a cañonazos la flota de gatas peludas enemigas, rescataba a mi prima Martita de las manos de un malvado rey y usaba las mías para buscarle el bendito agujerito que me decían que había peron que nunca lograba encontrarle.
No me hago el piola. Me aburría. No había con quién compartir aquellas aventuras fantásticas. Así que por puro aburrimiento, aprendí a leer tratando de entender por qué todo el mundo se dedicaba a esa tarea. No es muy difícil aprender. Al fin y al cabo las palabras son jeroglíficos y la clave para descifrarlos consistió en imitar al estúpido mono que tuve más cerca. Cada vez que el tipo abría el libro y se ponía a mirar fijamente yo hacía lo mismo. Es fácil, de un salto la Maldita Brujería se te mete en la cabeza.
Ese niño murió. Todos los niños del mundo son asesinados, aproximadamente entre los 4 y los 7 años. Ya lo dije, fui afortunado: me ajusticiaron a la edad de 12 años, aproximadamente en el mes de diciembre de 1958.
Los niños son enterrados en la carne de la adolescencia. Una jeringa alienígena te va inyectando esta cultura hasta desgarrarte el alma. No quiero ni recordar ese dolor. El último gran dolor. A los 14 años, mi gran y mejor y único y para siempre amigo Oscar Costa me obsequió un libro que alimentó y orientó mi vida por muchos años: Primavera negra de Henry Miller.
Ese libro debe ser el manual de lectura en los colegios. Y Miller el guía de las calles que nos resucitaban. Pero esa lectura, por otra parte, me perjudicó. Creí que por todos los libros fluían esos ríos de música y amor.
Siempre fui muy drogón. Las drogas me aportaron sensualidad y conocimiento y por tanto me desgarraron. De todas ellas, hubo una parte que utilicé en casi todas las etapas de mi vida: la paja. Si a los 13 años, con timidez, me daba una dosis cada dos o tres días, en la madurez esa dosis se cuadruplicó: tres o cuatro por día. el alcohol (excepto en un breve y lamentablemente irrecuperable lapso hippie) no me faltó ni un solo día de todos los días y Satán quiera que jamás me falte. La cocaína, esa amada maldición, me atrapó hace ya diez años y fue una excelente aliada para ir soportando la muerte del mundo. Por motivos de salud, logré liberarme de ella a fines del año 1999.
¿Cuál fue la droga más dura? En mi modesta opinión fue la Concha, una sustancia difícil de conseguir en mi adolescencia y que al probar tardíamente me generó la más viciosa de las adicciones. Hace un tiempo, se produjo un fuerte shock por sobredosis. Cada tanto hago un tratamiento desintoxicador y sufro con elegancia el síndrome de abstinencia.
Mi adicción más fuerte entre los 14 y los 22 años fue la literatura. En ese período, leí aproximadamente 2500 libros. Y todos por culpa del diario Clarín. Mi amigo Oscar en aquellos aciagos pero candomberos días consiguió un empleo de cadete en el susodicho pasquín. Y como el quía era lector apasionado, se hizo socio y me asoció a la lujosa biblioteca que estaba ahí, en la calle Tacuarí esquina Finochietto, pegada al lugar donde todos los pobres hombres del mundo reciben el instrumento de tortura denominado “avisos clasificados” gratis todas las putas mañanas de todos los putos días de toda la puta vida.
Las chicas que nos atendían eran un encanto y admiraban nuestra voracidad literaria cuando veían que entrábamos y salíamos del recinto dos o tres veces al día.
En realidad, tales movimientos se debían a un sencillo plan para saquear la biblioteca. En sucesivos viajes nos robábamos entre 30 y 40 libros por día. Cuando descubrimos que un gordo piratón librero de la calle Corrientes nos pagaba un buen toco por esos mamotretos lujosos de pintura, el promedio ese bajó bastante. En tres meses vaciamos prácticamente el material interesante y desaparecimos. El escándalo no explotó, más bien implosionó. No publicaron ni denunciaron nada. Cerraron la biblioteca y las empleadas despedidas por ineptas seguro que después se jodieron y consiguieron un trabajo mejor.
Dostoievsky, Svevo, Marceau, Celine, Hawthorne, Melville y lo que se te ocurra. Leía tres o cuatro libros al mismo tiempo. De toda esa basura introducida en mi cerebro (destruido por completo y quizá para toda la cosecha) hubo ponele 20 libros, mensajes en clave, objetos mágicos o ríos de vida similares a Primavera negra.
El resto fue esa venenosa inyección del Virus Hipotalámico descubierto hace dos décadas por el hombre más importante de este fucking mundo: William Burroughs.
Ese viejo loco logró sintetizar en cinco palabras un hecho tan simple y evidente que nunca termino de entender por qué a nadie se le ocurre siquiera investigar su contenido: EL LENGUAJE ES UN VIRUS.
Probablemente les pase como a mí en mis primeras lecturas. Creía que estaba dando una alegoría o que el virus era un símbolo de alguna manipulación política o cultural. Hasta que por azar combinatorio mágico comencé a estudiar los virus en términos reales, biológicos. No solo leí lo que encontré, sino que además tuve interesantes charlas con un experto y observé la conducta de esos seres aterradores en un microscopio electrónico. El universo, Dios, la creación o la nada en coche son moco de pavo comparados con estos microdioses, estos mecanismos extraterrestres, esos despiadados anti-seres que la ciencia no consigue comprender ni exterminar. En sencillo: cada palabra que le agregas a “esto que está acá”, lo hace desaparecer y lo convierte en mundo. Las palabras son fotocopias de imágenes formadas por palabras fotocopiadas. Las palabras matan lo que señalan.
Los intelectuales son máquinas complejas, sofisticadas y peligrosas y son utilizadas por los virus para proteger su industria del aire (para poder elaborar el tipo de oxígeno que Ellos necesitan, deben interceptar tu aliento). Las palabras son esas terribles máquinas transformadoras. (Cuando tú hablas, ellos se respiran.) Los intelectuales SON LA POLICIA MENTAL encargada del control respiratorio.
La ley de los intelectuales – y todos ellos coinciden con ella imponiéndola en todos los discursos – dice que Los Seres Humanos Somos Lenguaje.
Yo que soy una de las máquinas manejadas por los virus para generar pensamientos y por tanto más palabras, debo utilizar este maldito lenguaje para decir algo tan sencillo y evidente que hay que esta ciego para no Sentirlo.
SI HAY ALGO QUE LOS HUMANOS JUSTAMENTE NO SOMOS ES LENGUAJE.
La palabra es el germen de una siniestra enfermedad que ha ido evolucionando con el transcurso de los siglos. La usurpación del territorio mental doblegó la autonomía de aquellos Gorilas y Lobos sometidos por el reptil dorsal instalado en tu mente.
Tu salvaje corazón sabe que la risa es el esfuerzo supremo de esa bestia que fuimos y que volveremos a ser si el lenguaje es eliminado. Tu risa es el rugido de una fiera desgarrando las palabras. La risa es el terror de los virus.
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Odiar los libros y encima escribir un prólogo…
Las naranjas andá a saber si existen. Más que “sabor”, hay un “saber” del “sabor”. Pero en caso de existir algo así como un concepto representativo denominado “naranja”, aquí está preparada toda la ferretería teórica: hipótesis, axiomas, 1º, 2º y 3º acto, prólogos y epílogos. Protafios y Epitafios.
¿Qué motivos tengo para escribir el prólogo de un libro que no he leído y que probablemente no lea jamás y que si llego a leer casi seguro que no me gusta en absoluto?
Tengo tres:
1º) Me dio muchas ganas de hacerlo.
2º) El editor es un encantador, inteligente y hermosa mujer que en este nido de ladillas que se fagocitan piojos que degüellan pulgas; en este basural ella intenta publicar historias que a ella y a vos les gustan: desde Redonditos a Tom Waits, Los Ramones y los textos de Pettinato. Y por supuesto que lo hace por el mismo y único motivo que el mío.
3º) ¿Qué tiene de malo ganarse unos verdes mientras te meto virus picante en el cerebro? Nada de malo en un mundo donde El Bien ganó las elecciones planetarias y entonces se ha convertido en el escondite del Mal. El bien es la letrina del mal.
Encima, escribir sobre un grupo de rock.
En plan de leer. Ponete a leer la apasionante vida de Stalin, un quía que por h o por v mató él solito a 30.000.000 de rusos. Ojo, no dije 30.000. O la vida de Rasputín que para poder sacársela del cuerpo los asesinos le hicieron tragar casi 30 gramos de ¡curare!, le metieron dos facazos y por lo menos tres balazos y que encima cuando sacaron el cuerpo atado y envuelto en una alfombra en el fondo del río: ¡hallaron evidencias de un combate desesperado por romper los nudos! (Y no te exagero nada, todo lo que puedas leer sobre Rasputín no te lo pierdas. Lo más accesible es el texto publicado por Editorial Atlántida pero hay investigaciones todavía más locas.)
O ponerse a escribir la vida de los que quizá sean los hombres más grandes que tiene este país: Tito y el Enano.
O escribir sobre los efectos de la droga más pesada que existe y que yo cobardemente no me atrevo a experimentar: la droga MATAR. Ponele por s o por i. bajemos más aún en el maldito plan de leer.
Seguro que hay apasionantes libros sobre Morrison o Lennon o Marley. Pero en Estados Unidos o en Luxemburgo.
Los argentosas de Sargentina que escriben libros sobre la vida (perdón, sobre los muertos, en lo que podemos denominar el neo-estilo de literatura necrófila) de Luca o Jim o Gatica realizan una investigación que consiste en “cocinar” todo lo que se escribió o se reporteó o se cimentó o parece que alguien les contó que una vez…
¡Nada de hablar con vecinos, entrevistar a los testigos, a los amantes, a los aliados! ¡No! El estilo es: dame mil dólares.
Las inteligentísimas Laura Ramos & C.I.A. (y no dudes que lo son) van a vender un par de toneladas de Corazones en llamas utilizando ese estilo Truman Capote en T.V. Guía: el polvito trolo de Cerati, el saquecito frappe de Charly. O tenés el estilo Bukowsky en 13/20 de Marcelo Figueras. Jim Morrison, su vida, su patatín y patatero son sólo la base rítmica de la canción que compone y canta el periodista.
O un pseudo marginal Enrique Symns. Ese as de París, que por mala suerte no puso el restaurante en Río. Y que por desgracia, no tiene el olor ni el sabor de la calle. Ese aristócrata de celofán, ese periodista tan especial porque fue un gil para robar.
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¿Encima escribir sobre la música de mi corazón, Los Redondos?
¿Por qué hablo de mí, esa grosería literaria que tanto me divierte?
Es que los Redondos son el acompañamiento musical de mi vida.
Un niño soñando aventuras en los techos (Gulp). Un joven soñador caminando sin fósforos para quemar la catedral (Oktubre). Un linyera moderno viajando sin rumbo en la mesa de un bar (Baión). El doloroso proceso del congelamiento (¡Bang! ¡Bang!). Y ahora esta Sopa que come un señor fruncido por el tiempo sin gloria, un abuelo añorando fugacidades, un aristócrata de celofán con lo poco que le entró en una maldita maleta: mi vida fue todo lo que no hice, un fantasma dormido caminando fiestas y ni siquiera luchando en las guerras perdidas. Y los caminos que encuentro me alejarán cada vez más de aquel que se perdió para siempre cuando no supo volver hacia donde iba.
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¿No te parece absurdo estar leyendo un prólogo de un tipo que discrepa con el libro y que dolorosamente ha discrepado con la banda de rock cuyo tema es el libro?
Lo absurdo es que toda la cultura frita está dominada por la sangre fría de los pescados que escriben hoy en este país. Todos esos presumidos que “quieren escribir bien” en vez de largar los latigazos del odio, discuten sobre el uso de la primera o tercera persona en vez de contar lo que hay que contar y dejarse de joder.
¿Vos viste esos hinchas a los que les da vergüenza ser hinchas y gritan el gol con timidez? A mí siempre me dieron mucha pena. me imaginaba sus tímidas y susurrantes vidas. Cuando el negro grandote que tenían al lado hacía rugir ese trueno: ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
Entonces el tipo se abrazaba al grandote y recibía esa descarga del trueno. Robaba un poco de ilusión entre tanta infelicidad. Yo lo sé porque era uno de esos. Iba todos los domingos a la cancha. Y me la pasaba teniendo miedo de caer en una avalancha, o de que todos se dieran cuenta de que yo no era “en serio” como ellos. Hasta aquel glorioso día en el monumental (soy hincha de River) cuando faltando diez minutos el brasilero Moacyr le metió aquel pepinazo creo que a Roma, el arquero bostero y yo mismo ayudé a empujar la avalancha gritando un gol con una voz tan demencial que era yo el centro de los abrazos.
En el fútbol soy de River. No me puedo acordar ni por qué cuando era chico elegí esa camiseta y vos sabés los jugadores ya no tienen alma y cambian de camiseta, pero los hinchas jamás. Me parece que fue Claudio Kleiman que me dijo que creo que Mick Jagger dijo que había dos clases de  rock: del cuello para arriba y del cuello para abajo. De la General Paz para allá o para acá. Del brutal virus de la computadora de esa peste que es la RAZON hacia el más allá o del más acá de tu animal perdido.
En estos 16.790 días malditamente cuerdos que viví, tuve la milagrosa presencia de esos cuatro días locos en que me hundí hasta el fondo del otro lado de la General Paz. De todas las cosas es que SE que lo lujurioso, lo cruel y vibrante, lo peligroso e inocente, lo miserable y lo luminoso están ahí en las selvas. SE la vida que jamás conocerás si no bajas nunca del último piso mental de tu lagarto frío.
Pero esos cuatro días locos y porque en el rock soy de Boca sé que los Redondos son la única leyenda del rock en la década del 80.
En Santa Cruz se la Sierra, en Nueva York o en Venado Tuerto el rock ya no es una avalancha de rocas. Ni una marcha guerrera de gaiteros dementes despertando la violencia de la alegría. (La alegría es la muerte de los virus.)
Ahora el rock es uno de los pequeños puestitos de choripán que prospera aceleradamente en este próspero Shopping que es el planeta. ¿Se acuerdan de Aguirre, la ira de Dios? ¿Ese demonio implacable que vino a conquistar las legendarias tierras del Dorado, en ese barco de pesadilla, esos 30 o 40 asesinos que le declararon la guerra al rey del mundo?
Dicen que hoy para conquistar España basta con tres mariquitas armados con una guitarra, un bajo y una batería.
Y no sé si se entiende, lo de la camiseta. El dolor del corazón que suda llanto en la camiseta cuando el ¡ROMPAN TODO! que se escuchaba en todos los grandes estadios de la General Paz para allá de todo el mundo fue derrotado por el “Manso y tranquilo” de este nuevo orden mundial que queda al lado de esos dos cementerios que hay en la Recoleta donde se escucha el grito de “¡SIIIIIII!”, ese sí de las niñas que comprás todos los viernes no para enterarte quién toca dónde, sino dónde te toca ¿quién?
¿Y cómo andan esas tocadas? ¿Todavía flotas a esa infinita distancia que los giles llaman dos centímetros sobre eso que otros giles llaman piso y que no es nada más ni nada menos que la piedad del Siniestro Bromista que te hace creer que el sopi es duro y está abajo para que no te avives que el abismo gira y se retuerce y que en el silencio del sonido se escuchan los desgarrados gemidos del Soñador que a la velocidad de la luz está a punto de despertar y cuando se prenden las luces y abandonas tus ojos que son un cine donde siempre pasan viejas películas?
¿Tu cuerpo es un guante o todavía te llora la piel cuando SIENTES que lo que tocas TE SIENTE?
¿Tocar? Para mí el rock le pateaba el culo a tu coqueto corazón y era tan bruto que a mí no me sacabas de Los Rolling, los Zeppelin, los Deep Purple, los Manal o el Moris (era tan bruto que ni conocía a Morrison, favor eterno que muchos le debemos a Alfredo Rosso).
Y no se necesitaba un joraca entender lo que cantaban los quías porque el canto del rock era la voz sonando como una batería o como un bajo o como una viola y vos te armabas la película que más te gustaba. Pero igual, vos después leías las letras que componían los quías y eran Poesía. En Argentina no hubo poetas del rock. En una nota de aquellas que armamos en Cerdos & Peces del `83 (“Proceso al rock argentino”), Pettinato describía bien clarito la mediocridad de los rockers nacionales: “Componen leyendo los diarios”. El Indio es el único poeta que dio el rock en castellano. Poeta, es decir, profeta de nuestro presente. Porque no sé qué es para vos un poeta: para mí es una condena, un tipo atravesado por los dolores que la vida utiliza para hablar consigo misma. Los poetas son los oídos que escuchan entre las brumas el sin-tiempo, el dolor que desde hace miles de años y en cada instante emiten los peces aterrorizados que huyen de otros peces más grandes que huyen de otros peces que huyen de los pescadores y la vida, toda la vida es sólo un permanente banquete donde todos los invitados son devorados. Y no sé qué decir de la voz misteriosa que sale de la guitarra de Skay porque la música nos habla sin palabras, esa magia que las Bestias Salvajes y Libres encontraron para seguir luchando en el tiempo. Y nada más.
******
El recital de los Redondos comenzaba la noche anterior al recital y a veces duraba toda una semana. Empezaba cuando los teléfonos sonaban para hacer citas, para partir desde aquella casa. el Pelado preparaba la camioneta, entre varios compraban petacas y otros procuraban lo que vos ya sabés. Diego preparaba los rollos aunque capaz que después las fotos no salían; la Turca si no había estado llorando o perseguida por sus amores tumberos se emborrachaba desde la mañana; con el B. Ode llorábamos a los gritos por el balcón: “Van corriendo a la deriva, con los ojos ciegos bien abiertos”, y Vera, a quien conocí sin saberlo en un recital de los Redó, Vera se vestía de bellísima puta y salíamos a brillar todos los amores sabiendo que nos íbamos a encontrar con las bandas de diegos, turcas y pelados de Sarandí, del Chaco, de Quilmes. El miserable que esto escribe, elegido por los dioses del planeta Sirio que siempre están en pedo alucinando todo lo que existe, subía a ese escenario y compartía el elixir con Semiya, el duende Willy, el más grande saxo de todos los tiempos, con el Indio, con Piojo, Walter, el Topo, Sergio, Diego, Fentori, alguna vez el Grande realmente grande y verdadero improvisador filósofo y oracular Mufercho, el Fargo, la única inigualable Momia Monona, la fábrica de genios femeninos que fueron las Bay Biscuits, una insólita noche de palos y bronca junto con Miguel Abuelo, el debut de un grupo absolutamente desconocido para mí en aquel tiempo latoso que fue Sumo, la cantante de blues Celeste Carballo que luego se transformó en una señora bolerota, la feroz Krisha por los trapecios,, el gran Gonzo y a punto estuvo el Pettinato si no fuera por la pica que había y ya nadie se acuerda entre las dos grandes bandas (para mí Sumo no tenía ni con qué empezar el partido). Luca al final no se copaba para nada con los Redondos y yo, un gil de cuarta que todavía usa esa payasada de chupete que se llama “Yo-Yo”, decía “yo” un boludo que no sabía ni jugar  la bolita y que durante toda mi adolescencia nunca entendí qué joraca era el orsay pero igual siempre gritaba “orsay, orsay”; había salido a la cancha, había metido un par de goles ovacionados y luego me pasaba a la tribuna y saltaba y bailaba y a seguir bajando por el escenario que eran todas las calles que rodeaban el lugar, a meterse en los bares, a caer borrachos hasta el cuello con una divina a un telo y amar a una redondita y nos despedíamos hasta la próxima noche eterna que iba a durar siempre y ya éramos una tribu de peronistas, delincuentes, negritos, intelectuales de Boedo, putas, nenas, hermosas, brujas, dilers, ese imposible amasijo de almas que (oh, mismísima mierda) esos músicos conseguían fundir. Y cuando cualquiera escuchaba cualquier tema de los Redondos en cualquier parte sabía y sentía que todas las otras almas bailaban y vibraban con e’l y que ahora no puedo para de llorar al escribir ese párrafo porque nos electroshockearon, una filosa cuchilla separo el aliento, una pesadilla se sumergió en la fiesta cuando el mal del mundo nos vio y mi propia piel es testigo de esa escisión cuando empujado por un huracán, con la ABSOLUTA SINCERIDAD que siempre miente pero resuelve y sale otra vez a golpear (cuando el escenario fue una golosina y luego un tempano), me fui llorando en secreto la ausencia, y luego con la mayor distancia que da el crecimiento masivo sentí la mordedura de la envidia que genero el dinero que ganaba. Ese “Enrique Symns” que surgió porque cuando era joven y digno y noble percibía la crueldad de los humilladores y salió a las calles, a las redacciones, a los escenarios no para ACTUAR, o ser ARTISTA (siempre supe que no lo era y eso siempre me protegió de ese vicio de tener que hacer las cosas bien), sino para pelear, para conspirar como un instigador: ese joven que lloraba de alegría porque se sentí UTIL porque algo de lo que escribía o algo de lo que payaseaba movía corazones, ese tipo tuvo que aprender a odiar y a dejar de encontrarse con el Borracho, con Osvaldo que los amaba a muerte y hoy es despreciado por sus amigos de la banda, y el Dany, el Rafa, Claudio, el Abuelo de Sarandí y su banda, Juan, el maldito loco Juan, y Tito, ese tipo que tanto cariño y admiración me produce y que conocí en las puertas del recital de Redondos en Satisfaction cuando la pesadilla ya había comenzado y una niña hermosa bajaba las escaleras con la cara cortada, ese día que apagaron un pucho encendido en la espalda de Vera, y a Bettina le metieron una mano en la concha y la policía entro a la sala dando palos y el mundo se puso grosero. Ahí nos abandono la gracia, quedamos solos, con besos que huelen a libro, sin camarines ni baños ni camionetas ni bares ni consuelos.
Pero hoy lloro de tristeza y de alegría porque La mosca y la sopa nos hace existir de nuevo. Sí. Todos te daban por muerto, un pobre vago de mi caravana y el café se enfría en mi mesa. Vos resplandecías y no te quedo sueño por vengar y ya no esperas que te jueguen limpio nunca mas mi lengua se derrite en modas de la rabia de hoy cerras las filas de dolor. Paso de moda el golfo y vas comprando pilchas sin chistar como toda tristeza te acostumbras en esas calles inteligentes y MUCHOS MARINES DE LOS MANDARINES cuidan por vos las puertas del nuevo cielo.
Y hay algo en vos que esta empezando a asustarte.
Cosas de hechicería desafortunada.
*Prologo del libro Los Redondos, 1992.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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