Comiendo desnudos – Stephen Dobyns

Comiendo desnudos – Stephen Dobyns Libros Kalish

Estado: usado.

Editorial: Circe.

Precio: $200.

En dieciséis narraciones, Dobyns, poeta y autor de novelas de misterio y de terror elogiadas por Stephen King, se sumerge en los accidentes cotidianos de hombres y mujeres atrapados por sensaciones contradictorias. Por un lado, el miedo a que cualquier cambio ponga en peligro la estabilidad de la rutina. Por otro la tentación de romper la monotonía de una vida enmarcada por un horizonte de fracasos. La realidad, aparentemente plácida como superficie de un lago, se ve vulnerada por leves transgresiones que, de repente, insinúan la presencia de zonas más oscuras y fangosas del ser humano. Con eficacia descriptiva y fugaces destellos de humor, Dobyns teje una red de argumentos, simples en apariencia, que envuelven al lector en una atmósfera en la que naufragios y éxitos libran una desesperada batalla de imprevisible final. Un poeta accidentalmente asesinado por un cerdo volador, un aburrido marido que choca contra un ciervo en plena ruta, una mujer que recibe la visita de hijos a los que no conoce son algunos de los héroes de este conmovedor, patético y de a ratos cómico ejército de arquetipos que, gracias al talento del autor, nos devuelven una imagen, deforme pero certera, de nosotros mismos.
Morirse de risa
Sandra Russo
–¿Dirías tú que seriedad y miedo están relacionados?
–Yo creo que la seriedad está influida por el miedo –dijo Harriet, y pensó en la seriedad de su marido y en cómo éste la exhibía cual si se tratara de una prenda. Su risa, por lo general, había sido una risa irónica o sarcástica o prepotente; una risa siempre crítica y, por ende, seria. ¿Era posible reír sin pretender establecer juicio alguno? La vida de Jason Plover había sido un edificio construido para demostrar la solemnidad de su empeño. Pobre Jason, muerto por caída de cerdo: su fin había desbaratado todas las premisas de su vida.
Claro que todo el mundo, por más serio que sea, alguna vez se ríe. Pero este personaje del norteamericano Stephen Dobyns, Harriet, está preguntándose, en este momento crítico de su vida, si cualquier manera de reírse, si cualquier tipo de risa es, por decirlo de alguna manera, útil o positiva. Se pregunta, en pleno duelo, si la risa sirve, y para qué. El cuento en el que habita Harriet se llama Un gozoso vacío, y pertenece al fabuloso libro Comiendo desnudos, en el que Dobyns ensaya una cantidad considerable de situaciones absolutamente ridículas en las que los personajes, desbordados, no pueden evitar que les sobrevenga cierta naturaleza escondida y reprimida en circunstancias “normales”.
El marido de Harriet, el tal Jason Plover, había sido poeta consagrado. Seis libros publicados y uno en camino de edición. Un catedrático vestido con trajes de tweed, cejas gruesas y expresivas, lenguaje cuidado, conciencia clara de su propia categoría de visionario o ser ligeramente superior. Jason Plover había sido un hombre puntual: camino a un almuerzo de trabajo con su editora, pasó un semáforo en rojo. Del otro lado de la calle no venía ningún auto, pero del cielo venía un cerdo. Un helicóptero lo transportaba hacia la filmación de un comercial. Aunque dopado, el cerdo se había despertado en pleno vuelo y había decidido saltar. Sus doscientos setenta kilos hicieron blanco perfecto sobre el auto de Jason Plover, quien murió en el acto, literalmente despanzurrado.
Si la víctima fatal del chancho hubiera sido un empleado bancario, un entrenador deportivo o un viajante de comercio, probablemente el suceso habría quedado acotado a la mala suerte y al aura –por cierto– bastante risible de la situación. Pero al ser Jason Plover un poeta conocido por su excesiva solemnidad, semejante muerte se inscribió en los anales del ridículo, y con ese ridículo hubieron de batallar sus hijos y su viuda, entrando en ciertas crisis que superaron con creces los dolores del duelo.
Agobiados por la prensa –el Boston Herald había titulado “Poeta pulverizado por la caída de un cebón”–, por los editores que querían a toda costa publicar un poema de juventud de Jason Plover titulado a la sazón “El cerdo y yo”, por los colegas que no podían refrenar las carcajadas que les despertaba la imagen del serio de Jason Plover aplastado por la lluvia unipersonal del marrano, los hijos del poeta decidieron mudarse y cambiar de apellido, y la viuda dejó su cargo en la universidad y se dedicó a cuidar ancianos en fase terminal en un asilo.
Es ahí, en el asilo, dialogando con un médico, que Harriet se hace esa pregunta sobre la risa. Y descubre, azorada, que lo que supuso un matrimonio feliz no lo era, y que la seriedad de Jason Plover, post-mortem, le resultaba insufrible. Las risas cínicas, prepotentes, ácidas, críticas, sarcásticas –si pensamos un poco, seguro que ubicamos esas risas en personas que conocemos perfectamente o acaso en nosotros mismos– hacen lo que dice Harriet: establecen un juicio de valor. Hasta es posible que, de tan empapados que estamos en esas particulares nociones de la risa, no se nos ocurra otra manera de reír.
“¿Era posible reír sin pretender establecer juicio alguno?” Vaya pregunta la de Harriet, y a través suyo la de Dobyns. Esa sería una risa liberadora, recuperadora del placer físico y mental del acto humano de reír.
En el asilo, un día Harriet –que mantiene su viudez en secreto– le pregunta a un anciano de noventa y cinco años qué es lo más gracioso que ha escuchado en su vida. Y el anciano le dice que lo más ridículo que ha escuchado es una historia sobre un poeta que murió en Boston aplastado por un chancho. Un poeta que se hizo famoso por haber muerto tan ridículamente. Y el anciano agrega que envidia esa manera de morir. “Quiero decir, que a mí me toca morirme aquí, en esta puñetera cama. ¿Por qué no ha podido matarme un cerdo caído del cielo?”, se lamenta el anciano. Y al escucharlo, Harriet vuelve a ver a Jason Plover cruzando el semáforo en rojo para no llegar tarde a su almuerzo de trabajo, e imagina el estallido del cerdo cayendo sobre el auto y, sin saber por qué, empieza a reír, a reír sin parar, pero, dice Dobyns, no con una carcajada histérica ni con una carcajada nerviosa sino con la extraña y maravillosa carcajada de quien ha logrado derrocar su propia solemnidad. Con esa risa por la que ella se había estado preguntando, una risa que no viene del temor ni de la inseguridad ni del bochorno sino que –todo lo contrario– logra vaciarla de temor, de inseguridad y de bochorno. Un tipo de risa que interrumpe todo lo demás, parecida a un orgasmo. Una risa que, como el orgasmo, también suspende el tiempo y al suspenderlo es la “pequeña muerte” que borra a la verdadera.
La vida oculta
Marcos Giralt Torrente
El nombre de Stephen Dobyns (1945) apenas puede decir nada al lector español, salvo al aficionado a la novela de terror que haya leído el que hasta hace poco era su único título traducido al castellano: La capilla de la muerte. Pero, además de este Stephen Dobyns que ha merecido el elogio de Stephen King con títulos como The Church of Dead Girls, y que también cultiva el género de misterio en la serie de novelasSaratoga protagonizadas por el detective de ficción Charlie Bradshaw, hay por lo menos otros dos Dobyns más: Stephen Dobyns el premiado poeta conocido en los círculos académicos norteamericanos desde mediados de los sesenta, autor de nueve libros de poesía y de un volumen de ensayos, Best Words, Best Order: Essays on Poetry, y el Stephen Dobyns autor de los 16 cuentos reunidos en Comiendo desnudos.
Stephen Dobyns, el poeta, si nos dejamos inspirar por la entrada que le dedica la Enciclopedia Británica, escribe una poesía en la que el aparentemente sereno realismo de la superficie es contrarrestado y a menudo socavado, aunque sin llegar nunca a ser destruido, por un descarnado ingenio que busca desactivar, desacralizándolo, la excesiva gravedad a la que un realismo estricto conduciría. Esta vaga definición de sus presupuestos poéticos puede aplicarse asimismo a los relatos deComiendo desnudos. La primera tentación es compararlos con Carver, rastrear su evidente influencia en ellos. Con el autor de Catedralcomparte Dobyns no sólo el enfoque realista de sus ficciones, sino también el universo moral del cual nacen: personajes, generalmente varones de clase y edad media, apresados en una realidad demasiado normal, que a raíz de un suceso perfectamente cotidiano toman conciencia, o no la toman, pero lo ejemplifican a ojos del lector, de las decepciones, deserciones, derrotas o míseros triunfos que definen sus vidas.
Naturalmente se trata de una influencia explícita, primero porque Dobyns es demasiado inteligente y, como estos relatos indican, demasiado buen conocedor de su oficio como para pretender ocultar lo imposible de ocultar, y, luego, porque ha hecho pública profesión de ello participando como coautor en un libro sobre la obra de Raymond Carver. Sin embargo, Stephen Dobyns no sigue en todo a Carver, y gravitan en la trastienda de su estilo otras voces de la narrativa clásica norteamericana (empezando por la inevitable de Faulkner, que se aprecia sobre todo en el cuento titulado Kansas) como para que pueda considerársele un epígono más entre la legión de los carverianos. La diferencia fundamental entre ambos es el pacto de realidad que uno y otro establecen con el lector, que en Dobyns es deliberadamente más forzado. Dobyns no retrata nada que no pudiera suceder tras las ventanas iluminadas de cualquier ciudad, de cualquier suburbio, de cualquier villorrio o de cualquier encrucijada de caminos en la que una gasolinera, un bar o un motel sirven de escenario vital a un puñado de gentes, pero lo hace de manera que el lector nunca olvide que, aunque muy parecidas a la vida, no deja de estar leyendo ficciones: o bien, porque coloca tan en primer plano la voz narrativa (y con ella la suya propia) que el artificio está siempre a la vista del lector, como en esa exhibición de técnica literaria, de sugerencia y de manejo de los matices que es el cuento Cenizas negras, en el que una voz anónima, que tan pronto pasa de la tercera persona omnisciente a un plural en primera, evoca el contradictorio destino de un descerebrado matón de colegio que, tras casarse de penalti con una chica que no merece y que termina por abandonarlo, acaba sus días ayudando a montar cooperativas agrícolas en aldeas de Guatemala; o bien porque tensa hasta el límite de la verosimilitud las premisas de partida, como en el relato que abre el volumen, Un gozoso vacío, en el que la viuda de un poeta al que aplastó un cerdo que se descolgó de una grúa debe aprender a aceptar y, al cabo, a compartir la hilaridad que semejante muerte provoca entre quienes la rodean, o en el titulado Parte de la historia, en el que una mujer que tuvo de padres diferentes cinco hijos naturales a los que entregó en adopción debe elegir, al ser localizada por ellos, entre suministrarles una historia propia que puedan embellecer y transmitir, aunque no sea cierta, o “guardar una fidelidad sentimental a esa otra serie de acontecimientos que llamamos verdad”.
Casi todos los relatos de Comiendo desnudos giran alrededor de la no siempre equilibrada dialéctica entre la imagen que las personas quieren tener de sí mismas y cómo son vistas por otros; casi todos están protagonizados por personajes que descubren, porque alguien no precisamente bien intencionado o un suceso trivial se lo muestra, que ninguna de las bases que los sostienen es tan firme como creía. Son cuentos crueles y cáusticos, pero también son meditaciones graves sobre la vida, y lo que los hace grandes es la habilidad de Dobyns para producir sin estridencias ambos efectos.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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