El fin del exilio. Cuentos de juventud – Vintila Horia

El fin del exilio. Cuentos de juventud – Vintilă Horia Vintila Libros Kalish

Estado: usado.

Editorial: Criterio Libros

Precio: $200.

Escribio Vintila Horia estas narraciones durante su plena y fecunda juventud, junto a las riberas del Danubio. Luego estalló la Segunda Guerre Mundial, el Este europeo cayó bajo el dominio del comunismo, y llegó para él la prueba del exilio.
Como matiz identificador de su obra pervivió la nostalgia de aquella su tierra perdida, a la cual nunca más pudo regresar. Uno de los encantos que allará el lector en estas páginas es conoce la prosa anteriror a ese hecho traumático de quien hizo del destierro motivo principal de su creación narrativa y permanente pauta de reflexión en sus ensayos.
Prácticamente todos los temas que serán luego una constante en sus novelas pueden encontrarse ya en estos cuentos: la presencia acechante de la muerte, el desdoblamiento del alma, la incursión de lo fantástico en la vida cotidiana, la anticipación futurista, el amor como forma iniciática de conocimiento, el simbolismo de lo sagrado…
Vintila Horia
Primo Siena
 (I). Testigo de la verdad en el tiempo de las mentiras
Vintila Horia, ensayista hispano-rumano (1915-1992), ha sido el escritor quien mejor supo interpretar -en mi opinión- la compleja problemática del hombre contemporáneo, comprometido y hasta arrastrado por las convulsiones políticas y las inquietudes socioculturales de una época de crisis como la nuestra, marcada por la transición desde una modernidad agotada hacia una postmodernidad todavía dudosa.

En efecto, él supo investigar con profunda sensibilidad poética e intensa sugestión estética la crisis existencial de nuestro tiempo (crisis a menudo disfrazada de mentiras); y supo hacerlo precisamente por sentirse inmune de toda crisis, habiéndose nutrido siempre de pensamiento fuerte y siendo anclado en principios firmes.

Investigador lúcido, fundó sus diagnosis sobre certezas espirituales adquiridas a costa de una vida afinada por duras y dramáticas experiencias personales, después de una inicial “primavera de oro”.

Hijo de un acaudalado ingeniero agrónomo rumano, Vintila -después de graduarse en derecho en la Universidad de Bucarest- a los veinticinco años de edad inició un brillante periplo diplomático como agregado de prensa y cultura, siendo destinado a las Legaciones del Reino de Rumania en Roma y Viena el año 1940, donde aprovechó la oportunidad de cursar estudios de filosofía y letras en las universidades de Perugia y Viena (en ésta como becario de la fundación Humboldt de Berlín).

Cuando, en agosto de 1944, en Rumania un golpe de estado reemplaza el régimen “pro-eje” del Mariscal Ion Antonescu por un gobierno filosoviético, Vintila Horia -quien se encontraba en Viena- es internado por las autoridades nazistas en los campos de concentración de Krummhübel y María Pfarr hasta mayo de 1945.

Liberado por tropas ingleses viene trasladado, junto a su joven esposa Olga, a Bologna en Italia, donde deciden no regresar a su patria en vía de sovietización.

Aquí empiezan su dura vida de exiliados, mientras que en Rumania el nuevo régimen filosovietico -mediante un proceso político instruido con juicio sumario- condena Vintila Horia en contumacia a trabajos forzados de por vida, a causa de “un pasado que casi no poseía y por culpas que no había tenido tiempo de soñar”, como escribiera tiempo después el mismo Vintila; quien confesará: “Entonces empezó mi verdadero exilio como un proceso de anacoretismo; es decir: un proceso de separación de todo aquello que yo había sido”.

En efecto no es por azar que el tema del exilio constituya el motivo central de su obra literaria, desde su primera y célebre novela “Dios ha nacido en el exilio”, galardonada por el prestigioso Premio Goncourt el año 1960, hasta “Las claves del crepúsculo” publicada en edición castellana poco después del fallecimiento de su autor.

Las peregrinaciones del exiliado en busca de un refugio seguro -separado para siempre de sus padres y familiares, despojado de su patria, de sus bienes materiales y espirituales, expulsado de su tiempo y de su espacio- transforman el peso del exilio geográfico en un “exilio interior” que marca profundamente su madurez de escritor, a lo largo de un proceso catártico de tres ciclos.

El primer ciclo -aquello de la “literatura feliz”– coincide con su “primavera de oro”: la vida en patria, los estudios universitarios, el inicio de una brillante carrera diplomática; y termina en 1945 con la perdida de todo.

Sigue el ciclo de la aclimatación a su nueva condición de “apolide exiliado”.

Eso coincide con la estadía en Toscana (1945-1948), la frecuentación con Giovanni Papini y el estimulante ambiente intelectual que rodeaba el famoso escritor florentino; con el traslado en Argentina (1948-1953) y finalmente con el radicamento definitivo en Madrid, donde -salvo una paréntisis parisienses (1960-63)- vivirá hasta su muerte (4 de Abril de 1992), ejerciendo su actividad de escritor y sus lecciones académicas de literatura universal en la Universidad Complutense y en aquella de Alcalá de Henares, siendo por fin sepultado en el Cementerio de la Almudena.

Su auténtica, veraz inspiración literaria estalla en un tercer ciclo, cuando en Vintila aflora el Odiseo contemporáneo en perenne navegación hacia la Itaca ideal -patria perfecta, circular, metapolítica- anhelo y refugio extremo de aquella “raza de exiliados” en la que Vintila Horia se siente incluido por nacimiento, porque -como confesaba en una carta del año 1984 dirigida a quien escribe- “Hay quien nace en esta raza, sin tener entonces posibilidad alguna de escoger”.

Como sucedió, en otros tiempos, para Ovidio, Platón, Boecio, el Greco, Rilke, Dante; protagonistas, los primeros cinco, de celebres novelas de Vintila, mientras que el magno florentino constituyó para él una constante fraternal presencia inspiradora (cultivó, además, un proyecto narrativo sobre Dante que, lamentablemente no logró acabar), sostenida por los respectivos destinos de desterrados, víctimas del odio y la intolerancia.

Éste fue el ciclo literario del “conocimiento metafísico” expresado en libros donde el tema dominante del exilio se une a la disidencia crítica hacia el tiempo presente, considerado “un engaño que no garantiza nada e no satisface a nadie”, por tratarse de un tiempo que cultiva las mentiras pero disfrazándolas de verdades.

En su batalla cultural, Vintila denunció sin temores o vacilaciones la crisis agónica de los tiempos modernos, agobiados por un proceso de entropía sociopolítica que acaba en un desorden planetario, mientras cultiva la ilusión de un orden mundial con el intento de lograr un proceso de homogeneidad que acaba en fin con cualquier estímulo hacia una evolución positiva de la sociedad.

Por consiguiente, con sus novelas y ensayos ha postulado una retirada en el bosque interior del alma, refugio para el hombre integral, apremiado en todas las épocas por la intolerancia de los dogmatismos producidos por los paganismos de “derechas” y de “izquierdas”, falsamente contrapuestos pero esencialmente complementarios en un tiempo como el nuestro que se destaca por ser el “reino de la cantidad”.

Vintila auspicia además, en un futuro temprano, una salida del bosque hacia una perspectiva metapolítica y trascendente de la vida humana y cósmica en la que se pueda esclarecer por fin el misterio que envuelve al hombre y su destino, a la naturaleza y sus causas, al cosmos y sus leyes.

Pero para poder acercarse a este misterio, siendo el solo saber científico insuficiente, Vintila Horia tuvo conciencia de la necesidad de invocar la colaboración del saber filosófico y teológico: y bien lo relató en su novela La séptima carta en la que nos cuenta de las inquietudes de Platón y de su búsqueda política, metafísica y religiosa.

Obra de una permanente actualidad, como comprueba el hecho que una gran empresa editorial de Italia (la “Biblioteca universal Rizzoli”) haya reeditado recién este libro, después de más de treinta y cinco años de su primera edición italiana.

Lo cual explica el “platonismo” de científicos del siglo Veinte como Heisemberg, Lupasco, Charon; y confirma el carácter engañoso de todo materialismo (y de su disfraz espiritista o falsamente espiritualista, como -por ejemplo- el movimiento denominado New Age) y de sus muchas expresiones sociopolíticas derivadas de las ilusiones falaces de la cultura ilustrada europea.

Por eso el escritor rumano-español en su último ensayo, escrito poco antes del desenlace del tumor cerebral que lo llevó rápidamente a la tumba, indicaba en América Latina la “tierra prometida de la esperanza”, de aquella esperanza que se había agotado en la América del Norte con el agotamiento de la misma simpleza puritana de su desarrollo.

América del Norte, maciza y ordenada, ha dado al mundo lo mucho que podía donar -escribió Vintila en su Reconquista del Descubrimiento (publicado en Santiago, octubre de 1992, por la Universidad Gabriela Mistral y la Editorial Patris)-, mientras que en el espacio entre México y Tierra del Fuego, el sufrimiento de una historia desigual, desarrollada en una geografía inmensa y atormentada, todavía no se ha parado: porque aquí un “mundo mestizo” arde en su interior y nadie sabe que forma y que alma asumirá el ser que saldrá de este fabuloso athanor alquímico.

“Continuo a creer -concluía Vintila Horia- que este mundo nuevo sea una imagen fiel del futuro y constituya su esperanza”.

En tiempos de deserciones y arreglos, Vintila Horia fue un modelo de fidelidad a principios trascendentes (como Revelación y Tradición), según una visión metapolítica de la vida; supo soportar el dolor sin perder la esperanza y el optimismo, manteniendo siempre una perfecta coherencia entre su vida y sus obras.

El crítico español Aquilino Duque, destacando en la entera obra literaria de Vintila una constante y fundada oposición metafísica al nominalismo imperante en la cultura contemporánea, lo ha definido “el anti-Eco de la literatura”.

Para mí, él es el vigoroso profeta de la sapiencia holística -vivida en la luz soleada de su exilio interior- que reivindica, en voz alta, los pinceles de El Greco y la invectiva de Dante.

(II)El novelista, escritor de la resignación metafísica
Dios ha nacido en el exilio

Desde el inicio de su trayectoria literaria, Vintila Horia se presentó a la opinión pública como un escándalo viviente, según los parámetros de la mentalidad moderna conformada, por lo demás, a la cultura ilustrada dominante.

En realidad, Dios ha nacido en el exilio -la novela de Vintila Horia, que, al recibir el cotizado Premio Goncourt, elevó su autor a la cumbre de la celebridad literaria -es un acto de acusación a la sociedad de su tiempo (y a la crisis moral y política que la envuelve) -de un escritor “rebelde a su tiempo”.

Tal actitud no podía ser tolerada por el conformismo del establishment cultural. Había que demonizar al rebelde. Por consiguiente, Vintila Horia fue acusado de “reaccionario”, “derechista”, “fascista”, según el vocabulario formalista de corte político en uso. Y al respeto se sacó a luz el hecho que en el año 1945, las autoridades comunistas que se habían adueñado del poder en Rumania, amparadas por las tropas soviéticas de ocupación, habían condenado a Vintila Horia a trabajos forzados de por vida: “Por un pasado que casi no poseía y por culpas que no había tenido ni siquiera tiempo para soñar”, como escribiera tiempo después el mismo Vintila. “Entonces -confesará el escritor –empezó mi verdadero exilio, como un proceso de anacoretismo; es decir: un proceso de separación de todo aquello que yo había sido”.

Antes de la invasión soviética de su patria, Vintila Horia había vivido su adolescencia y juventud como una “edad de oro” de su tiempo. Pero expulsado con violencia de su época y de su espacio natural, el escritor se encontró involucrado en un proceso metamórfico: mientras se disolvía en él la fe en su tiempo, en su conciencia se asomaba una nueva visión existencial, en el umbral de la cual lo esperaba la figura emblemática de Ovidio, el poeta romano condenado, a causa de su pitagorismo, al exilio permanente en el pequeño puerto de Tomis, en la lejana Dacia (la actual Rumania).

El tiempo de Ovidio en exilio había sido el inicio de un tiempo sombrío, repleto de sufrimientos. Pero sobre ese tiempo marcado por la tristeza, un día brilló una luz de esperanza; el anuncio del nacimiento de un Dios entre los hombres, para el consuelo de aquellos quienes se vaciaban de vida en la misma medida en la que se llenaban de dolor.

Aquí, el sobrentendido autobiográfico del autor era evidente: detrás del exiliado Ovidio se asomaba el mismo Vintila; el tiempo del poeta romano coincidía con el tiempo mismo del poeta rumano, por tratarse de un tiempo tanático, despojado de todo contacto con el Ser natural y sobrenatural, personal y cósmico.

Obligado a ganarse el “pan duro y amargo” del exilio -aquel pan que ya había alimentado un tiempo la inspiración poética de Dante- Vintila Horia transforma la vicisitud de su exilio en una metamorfosis interior, en busca de sus raíces espirituales: acto de iniciación previa al tránsito desde nuestro tiempo ingrato hacia la esperanza de un futuro de redención.

El Caballero de la Resignación

La trayectoria espiritual del escritor se refleja, aún más, en El Caballero de la Resignación, la novela en la cual Vintila Horia cuenta la historia del príncipe valaco Radu Negru, figura simbólica de Esteban El Grande quien al final de la Edad Media defendió la identidad nacional de su pueblo, acosada por el poderío del Imperio Otomano.

El marco histórico de la novela es el antiguo Principado danubiano de Valaquia que, con la región de Moldavia, formará el antiguo reino de Rumania.

El momento histórico en el que se desarrolla la acción de la novela es el siglo XVII°, cuando el pueblo valaco se rebela a las transacciones diplomáticas entre el Imperio Otomano y la República de Venecia; transacciones que involucran la independencia y autonomía de Valaquia.

En la novela de Horia, el protagonista Radu Negru es un príncipe poeta que renuncia a su vocación de literato humanista para asumir con resignación su destino de príncipe guerrero, leal al legado histórico trasmitido por su padre.

La de Radu Negru es una resignación activa, en el sentido de Kierkegaard; es decir: no sumisión fatalista a una voluntad ajena, sino más bien cumplimiento consciente de una voluntad superior, adhesión voluntaria a un diseño divino.

En virtud de esta resignación, la vocación privada del poeta se somete al deber sagrado hacia su pueblo.

El mensaje de la novela es transparente: el poder, el mando, la función pública constituyen no un privilegio, sino un deber “pro aris et focis”.

En el cumplimiento de este deber, el hombre de mando (como es el caso de Radu Negru) sale de su aislamiento existencial para reencontrarse con sus raíces genéticas sagradas: aquellas raíces que lo impulsan hacia el destino comunitario de su pueblo.

En la historia del pueblo valaco, este destino está vinculado al bosque, símbolo sagrado de su libertad y del misterio que la ampara.

Por eso, Vintila Horia nos presenta la figura del príncipe Radu Negru como el símbolo de la resignación activa, la resignación del hombre rebelde y libre, dispuesto a la rebelión por no pactar su libertad.

Una vez más, la referencia autobiográfica del escritor con la imagen del protagonista es evidente. El mismo Vintila me explicó un día en Madrid que la figura del rebelde asumía el significado simbólico del Waldgänger de Ernst Jünger: el hombre que se aparta en el bosque para defender su libertad negada por los contemporáneos, dispuesto a inclinarse con toda humildad sólo ante el poder eterno, porque – como afirmaba Kierkegaard -¡esa “es su libertad!”.

En perfecta coherencia entre la ficción literaria y la realidad existencial, también Vintila Horia en un momento clave de su vida, evocó de hecho la “resignación rebelde” del antiguo caballero de los bosques rumanos, al renunciar con extrema dignidad al Premio Goncourt, cuando se intentó de intimidar al jurado por medio de una campaña de difamación personal del escritor imputándole la culpa de haber escrito algunos artículos publicados en la prensa rumana veinticinco años antes.

En una nota final de la primera edición francesa de El Caballero de la Resignación, Vintila recuerda que varios amigos le habían aconsejado de escribir un libro para explicar y justificar el contexto en el que fueron escritos tales artículos. Y agrega con firma dignidad:“No lo hice. No tengo nada que explicar, nada que justificar. Yo soy mis libros. Todo lo demás no es que literatura”.

La séptima carta – ¡Perseguid a Boecio!

En sus novelas, Vintila Horia desarrolla con coherencia una concepción específica acerca de la función cultural de la literatura, definida por Él: “valoración metafísica de la narrativa”.

Para Vintila, la novela que, aplicando los cánones del romanticismo y del naturalismo, cuenta simplemente lo que acaece o lo que ha acaecido, no logra expresar adecuadamente la problemática existencial y sociopolítica de nuestros tiempos inquietos; tiempos que reclaman, en cambio, una novela gnoseológica o metafísica, como ha sido oportunamente definida por el novelista simbolista francés Raymond Abellio. Esto es: una narrativa que, utilizando la poesía y la tragedia como modalidades simbólicas del conocimiento, sepan expresar la temática de la cultura contemporánea, buscando en ella una explicación profunda y global del hombre y de la vida.

Con apreciable honestidad, Vintila Horia aclaraba que la “valoración metafísica de la narrativa” había sido ya cultivada en la época de la literatura española inaugurada por Calderón de la Barca y definida conceptista. A ese tipo de literatura, él asignaba también obras modernas como el Ulyses de Joyce, El hombre sin atributos de Robert Musil, El Castillo de Frank Kafka, El Doctor Faust de Thomas Mann.

A esta corriente literaria pertenece toda la narrativa de Vintila Horia; y de manera especial dos novelas que -retomando el hilo narrativo iniciado con Dios ha nacido en el exilio– abordan nuevamente la temática de la búsqueda de la verdad por parte del ser humano y de su relación con la sociedad y el poder político.

Se trata de La séptima carta y de ¡Perseguid a Boecio!

Según los exégetas más antiguos, Platón habría escrito varias cartas a lo largo de su vida; entre ellas, una sola sería autentica, la séptima, la más platónica, que relata los tres viajes del filósofo ateniense a Siracusa para llevar a cabo el proyecto de instaurar en aquella ciudad siciliana su república ideal, bajo el amparo de Dionisio el Joven atraído hacia la filosofía platónica por su amigo y consejero Dion, alumno de Platón.

Buscando de ser fiel a la cronología platónica, Vintila Horia -en la “nota final” del libro, confiesa que -con la excepción de algunos personaje de ficción (como la figura femenina de Briseide) -en su novela La séptima carta todo lo relatado es realidad “en la medida en que la historia es más verdadera que la literatura”.

Protagonista de la novela es el mismo Platón que, en primera persona, relata los acaecimientos de su búsqueda filosófica, política y religiosa para constituir en Siracusa -entre el año 388 y el 353 a.C.- un estado inspirado en su visión filosófica. Como es sabido, el proyecto político de Platón se estropeó rotundamente. Vintila -con sapiente textura que embarga de emoción al lector- hace aflorar en el desenvolvimiento de la novela la causa profunda de ese fracaso; causa incrustada en la dicotomía entre el poder de la sabiduría y la prepotencia del poder como “locura por el mando absoluto”, entre la cosmovisión sagrada de la vida y una concepción materialista de la misma.

Libro, este, impregnado de una extraordinaria y permanente actualidad, confirmada por el hecho de que una gran impresa editorial italiana (la Biblioteca Universal Rizzoli) lo haya reeditado recién, después de más de treinta y cinco años de su primera edición italiana (1965).

La novela ¡Perseguid a Boecio!, salida en primer edición en Madrid en mayo de 1983, se agotó en pocos días y hubo que editar una segunda en junio del mismo año; en ella Vintila Horia da cuenta de “la eterna persecuciónel hombre solitario contra las fuerzas ciegas del peor totalitarismo”.

El libro relata dos historias paralelas marcadas por el mismo dolor.

La primera historia narra la dramática vicisitud de Tomas Singurán (nombre de ficción que simboliza la dignidad del hombre síngulo), catedrático de literatura moderna en un país danubiano, dominado por un régimen totalitario de corte materialista y que, durante decenios, lo ha recluido en un gulag concentracionario.

La segunda parte del libro cuenta el drama de los últimos meses de vida de Severino Boecio, el senador romano que finalizará sus días cual víctima inocente de la locura homicida del bárbaro Teodorico, el rey ostrogodo quien, en el siglo VI° después de Cristo, se había adueñado de Italia afincando la capital de su reino en la ciudad norteña de Pavía.

En la vicisitud de Tomas Singurán, Horia delinea el problema de la dicotomía moderna entre ciencia y religión; problema formulado por aquellos que en la muerte de Dios han fundamentado la pseudo justificación de un poder totalitario y absoluto opuesto a una visión religiosa del mundo inspirada en la trascendencia y sus valores.

La solución de este drama moderno se encuentra en la clave siguiente:

“Si, por la religión, Dios es fundamento y resolución de toda vida personal y cósmica; por la ciencia nueva, en su versión gnóstica, Dios constituye el punto más encumbrado de la búsqueda científica y, por consiguiente, la ciencia profana es verdadera y auténtica en la medida en que se asoma al umbral de la ciencia sagrada”.

La historia de Severino Boecio -en simbólico paralelismo con aquella de Tomas Singurán que la precede- está centrada en el esfuerzo frustrado de rescatar la vida de Boecio prisionero de Teodorico en una cueva subterránea del Palacio real de Pavía, para salvar con Él el mensaje espiritual y metafísico contenido en su obra De consolatione philosophiae, escrita en la cárcel.

Como en la realidad histórica, en la novela el drama existencial de Boecio se acaba con el asesinato del senador romano, llevado a cabo -parece -por la mano del mismo rey Teodorico, enfurecido frente a la actitud de heroica firmeza con la cual el senador romano se mantiene fiel al catolicismo romano, rechazando por enésima vez la reiterada proposición de convertirse a la versión herética del cristianismo arriano, sostenida por Teodorico.

En ¡Perseguid a Boecio!, dos vidas agarradas por el mismo destino, sellan -más allá de la barrera del tiempo- una análoga visión metapolítica: el sufrimiento purificador de Tomas Singurán y el holocausto catártico de Boecio nos enseñan que -cuando una crisis de dimensiones cósmicas involucra el destino temporal del ser humano -no hay otra opción salvífica que la extrema coherencia hacia el Absoluto, cual suprema elección de libertad.

Un sepulcro en el cielo

El mensaje de Vintila Horia expresado en forma novelística alcanza su cumbre paradigmática en Un sepulcro en el cielo (1987): novela de la aventura existencial de un artista místico cual fue Doménico Theotocupulis, apodado El Greco. 

El título del libro deriva del célebre lienzo donde, entre el 1584 y el 1586 -en la iglesia de Santo Tomé, en Toledo- El Greco pintó el entierro del noble señor español Gonzalo Ruiz, conde de Orgaz.

Según Vintila Horia, en este cuadro de El Greco trasluce el presentimiento del entierro simbólico del imperio español y de todo aquello que eso significaba; es decir: la visión vertical del cosmos heredada de la Edad Media, contrapuesta a la visión horizontal de la vida propia del humanismo neopagano brotado en Europa en el siglo XV° y que encuentra su máxima expresión en la monarquía nacional de Francia.

El mismo Vintila adelantó el significado simbólico central de su novela (que aparecerá después) en un magistral ensayo dedicado al platonismo de El Greco en la revista Razón Española (Enero de 1985).

En la interpretación de Vintila, los caballeros españoles que rodean el entierro del conde de Orgaz representan “los seres humanos que supieron acercarse al delirio, al sueño del conocimiento (epistemé), porque, según El Greco, habían intentado crear un imperio universal, como Bisancio antaño, dedicado a llevar a todos los seres humanos lo más cerca de la verdad, a través de Cristo evidentemente”. Mientras que la espectacular inhumación del conde de Orgaz entierra consigo al mundo perdido de la perfección.

En este cuadro de El Greco, Vintila Horia lee el presentimiento del fracaso del sueño imperial de España, consumido en la derrota de la Invencible Armada de Felipe II en las aguas inglesas en 1588. Pero el fracaso ya estaba inscrito en la dramática tensión entre Toledo y el Escorial que Vintila reproduce a lo largo de su novela.

Se trata de la tensión consiguiente al pasaje irreversible desde el cristianismo medieval, gótico, guerrero de los Reyes Católicos, al humanismo mágico del Escorial.

Múltiples son los símbolos de esta tensión: la contraposición entre la ojiva (Toledo) y la cúpula (El Escorial); entre la blancura de la iglesia toledana de San Juan de los Reyes y la sombría subterránea del monasterio escurialense. En definitiva se trata de la contraposición entre una política contradictoria, simbolizada en El Escorial (edificio renacentista edificado sobre la idea de plenitud medieval que el arquitecto Juan de Herrera había tomado de un texto esotérico de Raimundo Lullo) -política ya antropocéntrica de hecho -y la política imperial de Castilla, inspirada en la concepción teocéntrica de la Edad Media y culminada en la reconquista de la España musulmana.

Las claves del crepúsculo

Vintila Horia me anunciaba esta novela en una carta escrita en Collado Villalba, cerca de El Escorial, fechada 26 de febrero de 1987:

“Estoy terminando otra novela más, inspirada por las figuras emblemáticas de El Greco y Rilke, vidas paralelas en Toledo, en tiempos distintos, pero reunidos por la idea de decadencia del imperio, concepto dantesco que constituye el motivo de la tristeza metapolítica de ambos. El libro abarcará menos de doscientas paginas, pero lleno de esencias tradicionales y de los ecos de la gran lucha que nos involucra a nosotros también”.

La primera edición del libro, escrito directamente en francés, fue publicada en Lausanne el año 1988, por la editorial L’Age d’Homme. La versión española aparecerá solo en 1996, cuatro años después del fallecimiento de su autor.

Toledo es el punto de encuentro de dos artistas, quienes en tiempos distintos viven la corrupción de los valores en los que creen, sufriendo la sustitución del imperio justo por la falsedad implícita en la codicia del poder: El Greco, en el siglo XIV; Rainer María Rilke en el siglo XX° (1912-1913). Testigos, ambos, de las “claves del crepúsculo” de una época.

El trágico derrumbe de la Civitas Christiana sufrido por El Greco en Toledo, se renueva en la suprema tristeza del poeta mitteleuropeo Rilke. Quien, en la tragedia de Mayerling (1889) que dramáticamente enluta la Casa de Hasburgo, divisa el huracán bélico que encenderá a Europa veinticinco años después, marcando -con la desaparición del Imperio austroúngaro- tambíen el fin irrevocable de los imperios humanos, porque el mal que los corroe siempre es de naturaleza espiritual, más que política. Los imperios erigidos por el hombre no logran resistir por largo tiempo en el transcurrir de la historia. Sólo persiste el imperio del espíritu.

Como bien destacó Isidro Juan Palacios en la presentación de la versión española de esta novela, Vintila nos otorga un mensaje de esperanza que sigila la batalla que él combatió para fustigar la decadencia de un ciclo oscuro que, esperamos, haya llegado a su fin:

“Vintila Horia ha pertenecido a esa suerte de hombres escasos que en los crepúsculos culturales comprenden que el último sol de atardecer de una era de civilización, se transforma por la vía del arte de una alquimia espiritual en el amanecer anunciado de una nueva etapa”.

Es por esa razón que estamos redescubriendo a Vintila Horia en los albores inquietos del tercer milenio.

(III) Vintila Horia, el ensayista: Un legado metapolítico para el tercer milenio
Vintila Horia, es un escritor holístico, que manifiesta una perfecta consonancia entre el poeta, el novelista y el ensayista como él mismo explica en un libro publicado en el año 1962 en Pisa (Italia).

Cuaderno Italiano

El libro, bajo el título de Cuaderno Italiano recoge versos, prosas y unos ensayos, escritos preferentemente en el idioma de Dante y publicados en revistas italianas, especialmente durante la estadía italiana de Vintila Horia, entre el 1945 y el 1948.

En el ensayo que abre el libro, Vintila se interroga acerca del significado literario de la novela. Según él hay dos géneros de novelas: la novela descriptiva o de representación y la novela gnoseológica.

El primer género, según los cánones del romanticismo y del naturalismo, describe objetivamente lo que acaece en el presente o lo que ha acaecido en el tiempo. Se trata, por lo tanto, de algo que “hace competencia al registro civil”, observa irónicamente Vintila.

El segundo género de novela se preocupa, a su vez, de trasladar unas temáticas filosófica en el ámbito literario utilizando la técnica simbólica del conocimiento, como la poesía y la tragedia.

Al respeto, Vintila opina que la novela descriptiva es inadecuada porque no logra expresar artísticamente, en forma narrativa, la problemática del hombre que reclama entonces una novela gnoseológica o metafísica según una definición del escritor francés Raymond Abellio; esto es: una novela que se propone de representar la problemática existencial del ser humano buscando en ella una explicación total acerca de la ventura de la vida.

En opinión de Vintila, los escritores contemporáneos que mejor han cultivado este género literario son Raymond Abellio y Ernst Jünger.

La novela metafísica todavía no es una novedad absoluta de nuestro tiempo, porque -observa Vintila Horia -ella remonta a la época barroca y, específicamente a la literatura española del fin del “siglo de oro” con Calderón de La Barca, quien inicia la época literariaconceptista. Se trata, pues, de la literatura que más se aproxima a los parámetros de la cultura universal, expresada en la antigüedad en las obras de Omero, Virgilio, Ovidio, Dante; y en la modernidad por escritores como Cervantes, Unamuno (filósofo que escribía novelas con protagonistas no reales, quienes simbolizaban la filosofía del autor), Papini y Jorge Luis Borges.

Giovanni Papini

Con este título Vintila Horia, el año 1963 publica en París un libro destinado a retratar el famoso escritor toscano fallecido en Florencia en 1956.

En la primera página del libro, Vintila así habla de Giovanni Papini: “Él significó mucho para mí, para mi generación y para la generación que había precedido la mía. Fue un maestro que nos enseñó no sólo a pensar, sino a vivir; un maestro que nos enseñó la belleza de la desesperación en las páginas de Un hombre acabado y supo mantenernos en el aura de la belleza propia del pesimismo cristiano a través de toda su obra; que fue obra de un cristiano porque el hombre que la escribía nunca renunció a sentir y a hacer sentir a los otros aquella felicidad del infeliz de la que, al final de su vida, propuse el ejemplo de sí mismo”.

Vintila Horia había sido un lector y un admirador de Papini desde sus años mozos, cuando los libros del ya célebre autor de la Historia de Cristo y de Carta del Papa Celestino VI° a los hombres, enriquecían su librería de estudiante universitario.

Para Vintila, Papini era el escritor que, en forma clara, profunda y apasionada representaba la Italia que Dante y Miguelangel le habían enseñado a amar: era el hombre valiente y puro que lo había ayudado a crecer culturalmente y a entender el mundo. Y finalmente el joven intelectual rumano logró visitarlo un día fría de enero de 1947, acogido cordialmente en su casa florentina. En aquel entonces, Papini -afectado desde tiempo por una fuerte miopía levemente disfrazada por gruesas lentes -no padecía todavía de la grave enfermedad que pocos años después irá gastando progresivamente su cuerpo macizo, clavándolo para siempre en un sillón, sin pero doblegar su espíritu indomable.

Fue gracias a aquel encuentro que Vintila Horia -exiliado político en condición de apolide – pudo entrar en contacto con el férvido ámbito intelectual que rodeaba a Papini, obteniendo algunas colaboraciones en periódicos y revistas italianas de la época, aliviando así su dura estadía en la Italia desastrada de postguerra.

En el período 1947-1949, Vintila visitó varias veces a Papini para conversar con él de asuntos culturales y para pedirle consejos que el famoso escritor otorgaba con generosa cordialidad. Así fue brotando, poco a poco, una sintonía intelectual e ideal, una analogía entre la respectiva elección filosófica siendo, ambos, partidarios del dualismo grecorromano.

Eso permitirá a Vintila Horia de compartir con Papini una visión cristiana de la historia, y el universo campesino de Bulciano, el pueblecito toscano donde el mismo Papini se retiraba en verano para escuchar la voz del alma.

Cuando Vintila deja Italia para trasladarse a Argentina, Papini le otorga unos libros suyos y una carta de presentación para unos amigos bonoarenses; lo que consentirá a Vintila de encontrar trabajo en una universidad local, al desembarcar en Buenos Aires.

Vintila, de regreso a Europa, visitó nuevamente a Papini en junio de 1956, un mes antes de su muerte: encontró un trozo de hombre inmovilizado, impedido de las manos, casi sin habla reducida a sonidos inarticulados y que solo la nieta Ana -dulce y paciente -sabía interpretar transcribiéndolas en las glosas que, bajo la rubrica astillas, recogían los últimos pensamientos del abuelo.

De aquel que fue su mentor, Vintila nos deja este epitafio: “El fue así: héroe moderno, poeta y santo. Vivió como héroe, reaccionó y creó como poeta y terminó como santo, clavado en su sillón, en su soledad, en su última desdicha que se volvió felicidad, en sus manos de demiurgo acostumbrado a los dulces tormentos de Dios”.

Viaje a los centros de la tierra

Convencido que una crisis global envuelve al mundo contemporáneo, Vintila Horia -en los años sesenta -emprende un largo viaje hacia loscentros de la tierra. Se trata de un desplazamiento no hacia el centro geodésico de nuestro planeta, sino hacia sus centros espirituales que representan el pensamiento actual en el ámbito de la tecnología, la filosofía, las ciencias.

El resultado de este viaje alrededor del mundo es resumido en el libro editado en 1972 por Plaza & Janés, con el título Viaje a los centros de la tierra. Este libro marca la culminación del deslizamiento de Vintila Horia por la pendiente científica, atraído sobretodo por la física cuántica y la filosofía de la ciencia.

El punto de partida de esta inquietud intelectual del escritor rumano-español es el siguiente: el mundo vive una crisis agónica provocada por la aceleración de un proceso de entropía sociopolítico que acaba en un desorden planetario, en coincidencia con un proceso de homogeneidad producido por la homologación democrática de capitalismo y socialismo, formalmente contrapuestos, pero esencialmente complementarios en un tiempo como el nuestro que se destaca per ser “el reino de la cantidad”.

La culminación de este proceso de homologación democrática acaba al fin con cualquier estímulo hacia una evolución de la sociedad, como postulaba el optimismo del materialismo científico decimonónico.

La única alternativa a esta oscura perspectiva sin futuro está cifrada en una nueva ciencia gnóstica, afincada en los principios de exclusión, indeterminación, complementariedad. Principios que -según Vintila -ponen la nueva ciencia en el umbral del pensamiento metafísico.

A la observación que la ciencia nueva ya no radica en certezas absolutas -como en el siglo XIX° – y por lo tanto, esta ciencia se presenta como una ciencia relativista, Vintila Horia contesta que lo que aparece como un relativismo de la nueva ciencia gnóstica, es a la vez la persuasión -lograda por medio de la investigación científica- que ella, por sí sola, non puede esclarecer el misterio que envuelve al ser humano y su destino, a la naturaleza y sus causas, al cosmos y sus leyes.

Para acercarse a este misterio, siendo el solo saber científico insuficiente, es necesario invocar la colaboración del saber filosófico y teológico.

En su largo viaje, Vintila Horia recurre los itinerarios filosóficos de Husserl, Heidegger, Unamuno; entrevista -entre otros – los filósofos Gabriel Marcel y Pedro Laín Entralgo, los teólogos Karl Rahner, Yves Congar, Urs von Balthasar, el psicólogo humanista Karl Gustav Jung, los escritores Ernst Jünger y Raymond Abellio, el pintor Georges Mathieu, el lingüista Marshall Mc Luhan, el astrofísico Bernard Lovell, los científicos Ferdinand Gonseth y Werner Heisemberg, el astrofísico Bernard Lovell, el neurólogo Wilder Penfield, el médico cibernético Aldo Masturzo, el biólogo Georges Palade, el cineasta Federico Fellini.

La conclusión de esta peregrinación a través de los centros intelectuales de la tierra es la siguiente: la ciencia nueva ha podido comprobar entonces el anhelo del mundo actual, agobiado per una serie de inquietudes y incertidumbres, hacia una sabiduría integral y total. Por eso el hombre contemporáneo añora, en su pasado, su mismo origen genético y vive la necesidad de integrarse nuevamente en su dimensión cósmica, deseoso de ascender hacia los espacios de la creación, donde vibra la ola de la perennidad en la que el tiempo se disuelve en la eternidad.

El hombre moderno vuelve así a las inquietudes y añoranzas espirituales de Platón y a su búsqueda metafísica y religiosa. Lo cual confirma, una vez más, el carácter engañoso de todo materialismo y de sus expresiones sociopolíticas, como el marxismo, la democracia cuantitativa y el globalismo economicista; esto es: una visión de la vida asociada, derivada de la cultura ilustrada del siglo XVIII°.

Encuesta detrás de lo visible

El viaje de Vintila Horia a los “centros de la tierra” tiene una conclusión complementaria en la sucesiva Encuesta detrás de lo visible(aparecida en 1981): investigación en el ámbito de la parapsicología a la luz de la religión, la ciencia y la conciencia.

Relatando el encuentro con el guénoniano Frithjof Schuon, en su refugio suizo del Lago Leman, Vintila Horia admite que -a causa del anterior deslizamiento por la pendiente de la ciencia – él se había alejado cada vez más de la fuente primigenia de la sabiduría tradicional. Por eso quiso volver “no sin emoción -como él confesó –a aquellas aguas claras y a uno de sus mejores guardianes”.

En el precedente viaje cultural, Vintila había llegado a la conclusión que “nos vamos a hundir en el fin entrópico del tiempo”; por eso, ahora, deja caer su ancla desesperada en una reflexión consoladora: “Si hay personas más o menos iniciadas, conscientes de lo que sucede en este mundo condenado…dichas personas tienen la obligación de preparar la venida de un nuevo ciclo”.

Es esta esperanza que motiva en Vintila Horia la necesidad de encontrarse con Schuon, cuya sabiduría tradicional parece alumbrar el anuncio de un nuevo ciclo, después de la presente crisis.

Schuon sostiene que todas las civilizaciones de nuestro tiempo son decaídas y todos vivimos un fin de un ciclo, pero cada uno de manera diferente. Afirma Schuon:

“El crepúsculo oriental es pasivo, el occidental es activo. El mayor pecado de Oriente es que ha dejado de pensar, mientras que el Occidente caído, peca por pensar demasiado y mal. Oriente está dormido sobre sus verdades; Occidente vive, o sea está despierto, encima de sus errores”.

El Occidente actual, además -en opinión de Schuon- padece de una insana epidemia social y política: el maquinismo.

Según Schuon, es la máquina que engendra los grandes males que padece el mundo, porque la máquina se caracteriza por utilizar el hierro, el fuego y las fuerzas invisibles e incontroladas de la naturaleza. Esto -destaca aún Schuon -es característico de la época del hierro, donde el hombre, autor de la máquina, de hecho acaba por someterse a ella, renunciando de tal modo a su grandeza genética, en la que consiste su actitud ante lo Absoluto. Por consiguiente, el maquinismo ha entrampado el hombre actual en lo relativo.

Schuon concluye: “Una civilización es grande en la medida en que logra producir una serie importante de santos; es decir: de representantes directos de lo Absoluto”.

Reconquista del Descubrimiento

En la última carta que Vintila Horia me envió desde Collado Villalba -poco antes que aparecieran los síntomas del tumor cerebral que lo llevó tempranamente a la tumba (la carta es fechada 31 de octubre de 1991)-, él escribía, entre otras noticias: “He terminado en abril un libro titulado Reconquista del Descubrimiento, pero no he encontrado todavía un editor, vista mi posición demasiado españolizante”.

El libro se editaría un año después en Santiago de Chile por iniciativa de la “Universidad Gabriela Mistral” y de la Editorial Patris.

Este libro – escrito por la celebración de los quinientos años del descubrimiento de América -trata de recuperar el sentido de la aventura americana de Cristóbal Colón y de sus consecuencias políticas, culturales y económicas.

Vintila Horia coloca el descubrimiento de América en la perspectiva de la alétheia griega en el sentido propio del desvelamiento y, a la vez, de la revelación de una civilización nueva (geográfica, histórica, cultural) al resto del mundo.

El descubrimiento de Colón, es la causa del imperio español que abarcará desde el antiguo territorio mejicano hasta el extremo austral de la Tierra del Fuego; y se trata de un imperio que asume un perfil propio, netamente distinto de aquel de la América del Norte.

Como, en su momento destacó Arnold Toymbee, esa profunda diferencia remonta al hecho que América del Norte fue conquistada por puritanos que impugnaban la Biblia -es decir el libro del Viejo Testamento– hecho, ese, que los autorizaba a sentirse pueblo elegido por Dios y por consiguiente a eliminar hasta físicamente cualquier obstáculo que se opusiera a su marcha hacia la tierra prometida. Esa fue la motivación que estimuló a los puritanos evangélicos a aniquilar los pielrojas encontrados en su camino, como los antiguos Israelitas hicieron con lo Filisteos.

Hispanoamérica por el contrario -destaca Vintila Horia- -fue conquistada por españoles y portugueses, instruidos en el Libro del Nuevo Testamento, el Evangelio; y ellos llegando en los nuevos territorios proponían a las poblaciones autóctonas el bautismo cristiano por lo cual ipso facto los indígenas se transformaban en cristianos como los conquistadores; y de ese modo eran elevados a su mismo rango ético. Por consiguiente la política de exterminio programático, practicada por los puritanos evangélicos de Norte América, no cabía en el plan estratégico-vital de los conquistadores católicos de la América Ibérica, empujados hacia la evangelización de los pueblos conquistados.

Vintila Horia no niega los abusos de los conquistadores ibéricos, destacando empero que se trataba de delitos según el código ético y legal del mundo hispano, basado sobre el trinomio libertad, justicia, caridad. Principios del De Monarchia de Dante, adulterados sucesivamente por la revolución francesa, que substituirá la caridad por la fraternidad y la justicia por la igualdad. Del mismo modo será distorsionado el proceso de independencia de la América Ibérica en el siglo XIX°; proceso que pulverizará un imperio que había durado tres siglos y que fue forja excepcional de una nueva civilización producida por la fusión de culturas y razas entre conquistadores y conquistados: mixtura de monjes y guerreros, místicos y poetas, caballeros y aventureros.

Vintila lamenta que el orgullo pasional de los ancestros hispanoaméricanos, se haya apagado en la mayoría de nuestros contemporáneos, resignados a vivir de limosnas financieras proporcionadas por bancos extranjeros y el Fondo Monetario Internacional; organismos que intentan de este modo establecer también en el territorio iberoaméricano el imperio materialista de la usocrácia denunciado en su tiempo por el vigor poético y profético de Ezra Pound.

Esta resignación parece marcar con huellas de fuego la Iberoamérica del dolor evocada por Jaime Eyzaguirre; y que ya no es, desde tiempo, la América que resumió su originaria multiplicidad de razas y culturas en la ecumenicidad de la equidad jurídica romana.

Se trata, pues, de una América fraccionada en los distintos estados nacionales, en razón de una independencia alcanzada por el corte de muchas de sus raíces tradicionales.

A esta América resignada a una existencia imitativa y vegetativa no resta otro recurso que aquel de la evasión y la protesta. De aquí entonces -observa Vintila Horia- la evasión lúdica del brasilero que disfraza su angustia en la alegría postiza del carnaval; la protesta del mejicano y del argentino, quienes se refugian en la literatura como una manera de denunciar públicamente sus desgracias.

Pero la protesta más radical -forrada de un silencio más elocuente que las palabras- es aquella del gaucho refugiado en la “pampa“: en el “gran espacio natural de su patria interior” como en una fortaleza que nadie logrará invadir.

Para Vintila, el gaucho alcanza la cumbre del símbolo polar antártico de la América meridional, opuesta -en todo sentido -a la América ártica del norte. El representa el mundo interior de los grandes espacios donde se radican los ideales eideticos –amor, pasión, religión– que conforman la geografía espiritual del continente iberoamericano, donde cruzan sus caminos el europeo desterrado, el indio oprimido, el mestizo inseguro.

En este espacio psíquico -observa Vintila -se cincela un tipo humano lleno de melancolía vital, que desde el péon mejicano hasta el arriero patagónico, no sabe todavía exactamente lo que es.

Corresponde a la metapolítica veraz – (esto es: una ciencia no profana y más bien sagrada, que penetra en el misterio escatológico de la historia) -a esa metapolítica incumbe, entonces, radicar al tipo humano de la América meridional en su identidad recuperada, esclareciendo -en el plan cosmológico, sociológico, espiritual– las razones de su existencia y las proyecciones de su destino.

America del Norte, maciza y ordenada según la mentalidad anglosajona, envuelta en el poder de su tecnología y sus finanzas, se está estancando bajo el peso de su imperio económico y por el agotamiento de la misma simpleza puritana de su desarrollo. Mientras que en la otra América, desarrollada en una geografía inmensa y atormentada entre México y Tierra del Fuego, el sufrimiento de una historia desigual todavía no se ha parado: porque aquí un mundo mestizo, una “raza cósmica” arde en su interior y nadie se atreve a adivinar que forma y que alma asumirá el homo americanus que saldrá de este fabuloso athanor alquímico. “Continuo a creer -concluía Vintila Horia- que este mundo nuevo sea la imagen fiel del futuro y constituya su esperanza”. 

Este es el legado metapolítico que Vintila Horia ha dejado a sus amigos de Iberoamérica o, mejor aún, a la América Románica como amaba definirla el gran filólogo clásico argentino Carlos Alberto Disandro, depositario de un pensamiento muy afín a aquel del rumano-romano Vintila; quien -en tiempos de deserciones y arreglos, fue un modelo de fidelidad a principios trascendentes, manteniendo siempre una perfecta coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

En toda su obra -como hemos visto -Vintila Horia, presente espiritualmente entre nosotros, se destaca como uno de los intelectuales más convincentes y vigorosos de la sapiencia holística, vivida en la luz soleada de su exilio interior y desde el cual nos ha dejado el testimonio de un puñado de verdades cristalinas que alumbran con la llama encendida de la esperanza los tiempos sombríos de la mentira.

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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