Vida y destino – Vasili Grossman

Vida y destino  Vasili Grossman Pablo Picasso Jorge Luis Borges Guernica Libros Kalish

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Estado: nuevo.

Editorial: Lumen.

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Vida y destino consigue emocionar, conmover y perturbar al lector desde la primera línea y resiste #si no supera# la comparación con otras obras maestras como Guerra y paz o Doctor Zhivago. En la batalla de Stalingrado, el ejército nazi y las tropas soviéticas escriben una de las páginas más sangrientas de la historia. Pero la historia también está hecha de pequeños retazos de vida de la gente que lucha para sobrevivir al terror del régimen estalinista y al horror del exterminio en los campos, para que la libertad no sea aplastada por el yugo del totalitarismo, para que el ser humano no pierda su capacidad de sentir y amar. En la literatura hay pocas novelas que hayan logrado transmitir esto con tanta intensidad. Vida y destino es una novela de guerra, una saga familiar, una novela política, una novela de amor. Es todo eso y mucho más. Vasili Grossman aspiraba quizás a cambiar el mundo con su novela, pero lo que es seguro es que Vida y destino le cambia la vida a quien se adentra en sus páginas.
Vasili Grossman (Berdíchev, 1905 # Moscú, 1964). Escritor y periodista ruso, cubrió con sus crónicas la batalla de Stalingrado y fue el primero en dar la noticia al mundo de la existencia de los campos de exterminio nazis. Escritores como Maksim Gorki y Mijaíl Bulgákov aplaudieron las primeras obras literarias de Grossman. Autor de novelas y relatos, Vida y destino es su obra cumbre, el Guerra y paz de la Segunda Guerra Mundial, cuya publicación sería prohibida por el régimen soviético de Jrushov y le valdría a su autor la condena al ostracismo. Su retrato de la sociedad de la URSS con el trasfondo de la guerra había puesto en evidencia el desmoronamiento moral e ideológico del comunismo y la fortaleza del alma humana ante el terror. Tras ser recuperada milagrosamente una copia del manuscrito, la obra pudo editarse allende las fronteras de la URSS en los años ochenta #de donde salió clandestinamente microfilmada# y se convirtió en un referente literario e intelectual. Grossman no llegaría a verla publicada.
Retrato del artista como corresponsal de guerra
Juan Forn
Sorprende y emociona ver que Vida y destino, la monumental novela de Vasili Grossman, empieza a asomar en las listas de best sellers vernáculas. Es tan evidentemente lo mejor que se ha publicado en lo que va del año (y de la década), que no debería sorprender a nadie, pero, ¿cuánto tiempo hace que no aparecía un libro de esa categoría en las infames listas de best sellers?
No muchas veces en la vida tenemos oportunidad de leer un clásico antes de que haya sido “canonizado”. Y ésa es la inequívoca sensación al leer Vida y destino. Es casi imposible que una novela de mil páginas esté escrita línea por línea, con tanta expresividad en cada frase, y que a la vez dé la sensación de haberse escrito sola. Grossman logra la proeza que Stalin exigió y nunca obtuvo del realismo socialista: un libro que parece escrito no por un individuo sino por un país y una época enteros. Isaak Babel decía que, si el mundo pudiera escribir, escribiría como Tolstoi. Algo de eso se siente al leer Vida y destino: uno no ve a Grossman oponiendo el totalitarismo nazi y el soviético (como hizo por ejemplo Margarete Buber-Neumann en su libro Prisionera de Stalin y de Hitler), no se tiene nunca la sensación de que alguien escribe esas páginas y está tratando de convencernos, de abrirnos los ojos; lo que uno siente es que la Historia está ocurriendo en ese mismo momento.
Como bien dice George Steiner, Vida y destino obliga a replantearnos toda la novela contemporánea. ¿Qué efecto hubiera tenido el libro si Grossman lograba publicarlo cuando le puso punto final, en 1960? ¿Se lo hubiese leído como la prodigiosa novela que es, o su faceta testimonial habría eclipsado su calidad narrativa? (A propósito, la infortunada Margarete Buber-Neumann era una discípula de Rosa Luxemburgo que se fue a vivir a la URSS, cayó en una de las purgas stalinistas, fue a dar a un campo en Siberia y, cuando Stalin firmó el pacto con Hitler, fue entregada, como muchos otros prisioneros políticos judeo-alemanes, a las SS, quienes la confinaron en Ravensbrück. Buber-Neumann sobrevivió a la guerra y aceptó la invitación de una organización humanitaria de izquierda para vivir en Suecia, donde recibió una pensión y vivienda hasta que publicó Prisionera de Stalin y de Hitler, y quedó en la calle, a principios de los años ’50.)
Vida y destino es, como han dicho muchos, una novela del siglo pasado; es decir, una novela del siglo XX. De hecho, es probable que termine siendo La Novela sobre el siglo XX (en especial si aceptamos que el siglo XX va de la Revolución de Octubre a la caída de la URSS, es decir que abre y cierra con Rusia). Si lo termina siendo, se deberá al menos en parte a su karma: a ese purgatorio de treinta años que estuvo inédito (a saber: Grossman murió sin ver publicado el libro en 1964; unos años después, Sajarov logró microfilmar la única copia que quedaba; Vladimir Voinovich cruzó el microfilm a Occidente cuando fue deportado de la URSS en 1980; el libro terminaría publicándose en el sello suizo L’Age d’Homme y a partir de entonces vendría, traducción tras traducción, el reconocimiento internacional a Grossman, pero todo eso empezó recién en 1991, cuando la Unión Soviética ya no existía y la Guerra Fría ya era historia).
Vida y destino llegó finalmente al castellano, completita y excelsamente traducida del ruso, el año pasado. Hubo una edición de Seix-Barral en los ’90, pero no sólo estaba incompleta sino que venía traducida del francés: evidentemente, en aquel entonces importaba más su peso testimonial que su calidad literaria (quizá por eso pasó sin pena ni gloria, así como no cabe duda de que una de las razones por las cuales la nueva versión cosecha tantos elogios es por lo bien que suena en castellano la traducción que hizo Marta Rebón para Galaxia Gutenberg).
Lo curioso es que antes de que se publicara esta edición de Vida y destino apareció en castellano un libro del historiador Anthony Beevor llamado Un escritor en guerra: Vasili Grossman en el Ejército Rojo. La primera impresión era que se trataba de una muestra más de la carencia de todo tino que hay en el elefantiásico mundo editorial actual (“Publiquemos un ensayo sobre Grossman antes de que la contra publique la novela”). Pero en realidad el libro se publicaba no por Grossman sino por Beevor, que es un best seller considerable en el rubro histórico (su Stalingrado, su libro sobre la caída de Berlín y su mamotreto sobre la Guerra Civil Española se reimprimen sin cesar en la misma colección en que apareció Un escritor en guerra).
La buena noticia, para los fanáticos de Grossman que han terminado Vida y destino y empiezan a experimentar síndrome de abstinencia, es que Un escritor en guerra no es un libro de Beevor: es un libro de Grossman. El historiador británico se limita a mechar breves e informativos comentarios a los mejores textos escritos por Grossman mientras fue corresponsal del Estrella Roja (el diario del ejército soviético) durante la Segunda Guerra. La mala noticia es que el libro está toscamente traducido del inglés (es decir que los textos de Grossman sufren primero en su paso del ruso al inglés y después del inglés al castellano). Pero aun así son formidables: una muestra más de que no hay traductor, por torpe que sea, que consiga arruinar un buen libro ruso.
Beevor lee y comenta al Grossman bélico a la luz de Vida y destino, lo que convierte Un escritor en guerra en una suerte de retrato de Grossman como artista cachorro. Nos enteramos así de que el autor de Vida y destino llegó a publicar dos novelitas antes de que Rusia entrase en la guerra, y que gracias a esos libros (que merecieron mesurados elogios de Bulgakov y de Gorki) consiguió entrar en el Estrella Roja cuando se presentó de voluntario. Pero según el poeta Ilya Ehrenburg (que también fue corresponsal en el frente para el Estrella Roja), Grossman aprendió realmente a escribir en la guerra: antes era “sólo un escritor más en busca de su tema y de su lenguaje”.
El episodio decisivo, tanto para Ehrenburg como para David Ortenberg, director del periódico y comisario político con rango de general, fue que Grossman pasó de tener como lectores un público reducido (el del ghetto literario moscovita) a escribir para cientos de miles de personas (muchas de ellas analfabetas) con quienes se veía las caras diariamente en las trincheras.
El Estrella Roja se leía mucho más que el Izvestia (antecesor del Pravda): no sólo en el frente, donde se distribuía gratuitamente (todos los pelotones del Ejército Rojo debían tener al menos un soldado alfabetizado que pudiera leerlo a sus compañeros) sino también en las ciudades y pueblos de toda Rusia. La razón de ese interés (que incluía al mismísimo Stalin, quien leía antes que nadie cada edición recién impresa del Estrella Roja) es sencilla: era el diario donde escribían los escritores. Dos cosas diferenciaban a Grossman de los demás corresponsales: la primera era el tiempo que permanecía en el frente y los riesgos que tomaba. La segunda era consecuencia de la primera: desde los generales hasta la tropa empezaron a verlo como uno de ellos, no sólo por su coraje sino porque se veían reflejados en lo que él escribía, y aceptaban hacerle confidencias que a nadie más hacían. Por esa razón no había en el Estrella Roja textos más vívidos y más informados que los de Grossman, según Ortenberg y Ehrenburg.
Grossman llegó al frente cuando el avance nazi obligaba a retroceder a los tumbos a las tropas soviéticas y en una de sus primeras notas profetizó: “Sólo una cosa puede frenar el avance alemán: la rasputitza” (se refería a ese lodo previo al auténtico invierno que hace los caminos rusos más intransitables que la peor nevada). La profecía se cumplió: con las primeras lluvias, a las tropas soviéticas, acostumbradas a la rasputitza, la marcha se les hizo más llevadera que a los nazis y así pudieron recuperar el aliento y prepararse para la defensa.
Herido en una escaramuza a principios de 1942, Grossman es enviado a la retaguardia con licencia médica por sesenta días. En ese tiempo escribe una novela breve, El pueblo inmortal, y propone a Ortenberg que se publique por entregas en el Estrella Roja. Ortenberg mira con sorna las primeras páginas hasta que comprende que el material es perfecto para levantar el ánimo de las tropas.
El eje de la novela era el odio al invasor y el carácter de acero del pueblo soviético, encarnado en una serie de episodios verídicos protagonizados por un pelotón al mando del comandante Babadyanian (Grossman había asistido a un episodio que incluyó en su novela: luego de quedar detrás de las líneas enemigas y ultimar a un pelotón nazi en desesperado esfuerzo por juntarse con sus tropas, Babadyanian revisa los papeles del oficial a cargo, descubre una libretita con una lista de frases en ruso entre las que figura “¿Cuántos kilómetros hasta Moscú?” y con un lápiz que saca de su bolsillo escribe con trazo torpe y furioso: “Nunca llegaréis a Moscú. Y llegará un día en que nosotros preguntemos: ‘¿Cuántos kilómetros hasta Berlín?’”).
Las entregas de la novela convirtieron a Babadyanian en un símbolo. Cuando llegó la noticia de que tanto él como sus hombres había muerto en combate, Grossman convenció a Ortenberg de permitirle terminar así El pueblo inmortal. El efecto sobre las tropas fue clamoroso. Más de dos años después, cuando los soviéticos ya habían triunfado en Stalingrado e iniciado su imparable avance hacia Alemania, Grossman acompañaba a una brigada de tanques cuyo comandante le dijo, en un alto en el camino: “Usted me mató en 1942”. Era el comandante Babadyanian. Luego de escuchar cómo había sobrevivido, Grossman le contestó: “Si lo maté, puedo resucitarlo”. Y procedió a escribir allí mismo una crónica para el Estrella Roja, contando que el héroe de El pueblo inmortal estaba milagrosamente vivo y marchaba a la vanguardia de las tropas que se dirigían a Berlín (doce años después, cuando los tanques soviéticos entraron a sangre y fuego en Budapest y sofocaron el levantamiento húngaro, el comandante de la represión fue el mismo Babadyanian, devenido general).
Al reproducir en forma cronológica los despachos de guerra de Grossman, Beevor intenta que su libro funcione como una suerte de biografía y a la vez como un apócrifo diario íntimo en el que el autor de Vida y destino va reuniendo sin saberlo del todo las piezas que le permitirán escribir su ópera magna. Grossman relató desde el lugar de los hechos no sólo la retirada inicial de las tropas soviéticas y todo el sitio de Stalingrado sino también el avance posterior hasta Berlín. Las tropas soviéticas fueron los primeros aliados en entrar en Varsovia, Berdichev y Treblinka luego del retiro de los nazis, algo para lo que no estaban preparados ni siquiera los más curtidos combatientes de Stalingrado. Hasta ese momento, Grossman se había sentido, como los soldados que lo rodeaban, un soviético más. Después de Treblinka, no pudo no pensar en sí mismo como judío.
Cuando pisa los restos de ghetto de Varsovia, cuando se asoma por el acantilado donde los nazis masacraron a toda la población judía de Berdichev (incluyendo a su propia madre), cuando recorre el campo de Treblinka y escucha el testimonio de dos sobrevivientes, Grossman supera el trance más difícil de enfrentar: cómo escribir sobre lo inconcebible. “Si se le hace infinitamente duro leer esto, el lector deberá creer que también es infinitamente difícil escribirlo. Pero el deber civil del escritor es contar esta terrible verdad, así como el deber civil del lector es conocerla. Quien mira hacia otro lado insulta la memoria de los muertos”, escribió en el Estrella Roja.
En uno de los momentos más estremecedores de Vida y destino, la madre del protagonista le escribe una carta antes de que los nazis la maten junto con el resto de la población judía de Berdichev (“Hoy hemos sabido de boca de un campesino que los judíos que fueron enviados a recoger patatas están cavando fosas fuera de la ciudad, camino a Romanovka. Recuerda ese nombre, hijo: allí encontrarás la fosa común donde estará sepultada tu madre”). Beevor reproduce en el final de su libro dos cartas que Grossman le escribió a su madre muerta, una a los diez años y otra a los veinte años de la matanza de Berdichev. Ambas cartas, ensobradas y cerradas, aparecieron entre los papeles que quedaron en su departamento de Moscú.
En la primera carta explica así su necesidad de hablarle: “Han pasado ya diez años desde que dejé de contarte sobre mi vida y mi trabajo, y he acumulado tantas cosas en mi alma durante estos años que he decidido escribirte para contártelo”. En la segunda, escrita en 1961, es decir cuando ya había terminado Vida y destino y cuando ya había recibido también el lapidario dictamen del todopoderoso Mijail Suslov (“Este libro no va a publicase en la URSS en los próximos doscientos años”), Grossman le dice a su madre: “Me parece que mi amor por ti se está haciendo más grande porque quedan cada vez menos corazones en los que vivas todavía. Mientras yo viva, tú estarás viva. Y cuando yo muera, tú vivirás en el libro que te he dedicado y cuyo destino es tan parecido al tuyo”.
Como muchos de sus compatriotas, Grossman había creído genuinamente que, cuando ganaran la guerra, la URSS dejaría atrás la NKVD, las purgas, las hambrunas, las delaciones; todo eso iría a parar al “basurero de la historia”, reemplazado por el coraje y la resistencia inclaudicables que habían unido al pueblo ruso en la defensa de la patria. Pero a medida que las tropas soviéticas avanzan en territorio alemán (y se hacen más frecuentes y evidentes el saqueo y las violaciones contra la población civil), Grossman va perdiendo esa esperanza. Ha visto demasiado como para poder ilusionarse con el futuro. De su patria y de la raza humana.
En el último de los cuadernos de notas que usó durante la guerra hay una breve anotación del momento en que entró en Berlín junto a las tropas soviéticas. Es la última página escrita del cuaderno; el resto está en blanco. Dice: “El parque zoológico, también hubo combates aquí. Jaulas rotas, cadáveres de osos, de aves tropicales, de babuinos. Conversación con un anciano que ha cuidado esos monos durante treinta y siete años. Está contemplando el cadáver de un gorila muerto. Le pregunto si era un animal feroz. No, la gente es mucho peor, responde”.
Así en la paz como en la guerra
Guillermo Saccomanno
1. En la noche, en una barraca de Treblinka, un prisionero soviético le susurra a sus compañeros de cautiverio: “Alguien debería escribir un tratado sobre los tipos de angustia en los campos de concentración. Una angustia te oprime, otra te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una especial que ni te ahoga ni te oprime ni agobia, sino que desgarra al hombre por dentro”. En la negrura, murmurando, los soviéticos discuten sobre la libertad como absoluto, el Bien y el Mal, las virtudes del marxismo, y la ventaja moral de encontrarse prisioneros del enemigo y no de sus compatriotas: es menos humillante. Tranquiliza la conciencia no estar condenados en un gulag stalinista. Cerca, en la niebla, los ferroviarios que llevan un convoy cargado de prisioneros hacia el lager se fastidian con el cansancio de su trabajo.
Desde las primeras páginas de Vida y destino, Vasili Grossman establece las reglas de su novela: capítulos que se conectan, a veces por corte, a veces en zigzag, mostrando distintos ángulos de un hecho, situaciones antagónicas y también complementarias, todo conjugado con el oficio de quien puede adoptar tanto la voz de un narrador omnisciente, diálogos no faltos de causticidad, como camuflarse, por ejemplo, en la primera persona de una madre que escribe una carta al hijo que no volverá a ver. No hay tema que le sea ajeno: el amor, el coraje, la traición, la soledad, la injusticia. Y, conectando siempre lo individual con lo colectivo, Grossman ahonda en la experiencia truculenta de la guerra y en las fisuras del pueblo ruso sometido a la persecución y la paranoia del terror de Estado. Las ideologías de la bondad, plantea Grossman, responden a la mala fe, son tramposas y, empezando por el autoengaño, se proyectan en la destrucción colectiva. La cuestión no es novedosa: puede rastrearse en las discusiones de Pierre y el príncipe Andrei en Guerra y Paz.
2. Grossman está más cerca de la tradición narrativa del siglo XIX que de las vanguardias del XX, pero su proyecto narrativo tiene personalidad propia. El tono del periodista que busca la crónica “objetiva” alterna con el dibujo chejoviano que permite leer varios capítulos como relatos independientes. En ocasiones, aborda al canto épico y la epifanía, y cada tanto, con una síntesis aguda, incursiona en el ensayo. Porque Vida y destino es, como toda gran novela, una novela de ideas. Entre los críticos que celebraron la publicación de Vida y destino en Occidente figuran, entre otros, Levinas y Steiner. Según muchos entendidos en literatura rusa, es el equivalente contemporáneo de Guerra y Paz. Se ha dicho también que se trata de una de las novelas capitales de la literatura rusa contemporánea, esencial para comprender el totalitarismo. El crítico Edmund Wilson, experto en literatura rusa, a propósito de Solyenitzin opinó que ésta expresaba un alma recogida sobre sus propios tormentos pero fulminante como un rayo. Wilson subrayaba así una tendencia a lo oscuro, proclive a la autoflagelación, característica quizá dostoievskiana por excelencia. Pero, cabe preguntarse, ¿después de la experiencia concentracionaria del zarismo en el sepulcro de los vivos siberiano o de los gulags soviéticos, se puede escribir haciéndose el distraído?
En “Memoria del mal, tentación del bien”, su ensayo sobre el totalitarismo, Tzvetan Todorov dedica un capítulo íntegro a Grossman y, además, preside todos los demás con citas de Vida y destino. Según Todorov, comunismo y nazismo (que Grossman denomina fascismo) provocaron además de la muerte de incontables millones de seres humanos, también la deportación, la humillación y la tortura. Si un beneficio para nada secundario le otorgó a Stalin la invasión nazi y el ingreso de la Unión Soviética a la guerra es el despertar del sentimiento patriótico. El pánico a la vigilancia hasta en los rincones más íntimos, la sospecha del prójimo, todo lo que convierte amigos, amantes y familiares en alcahuetes potenciales que pueden mandarlo a uno a la Lubianka, la temible cárcel de los interrogatorios previos a las sentencias, como también el tramiteo kafkiano para satisfacer una mínima urgencia, todos los conflictos se postergan ante la guerra. Si un beneficio tiene para Stalin la guerra es el logro de la unión nacional.
3. Descendiente de dos familias judías acomodadas, Vasili Grossman nació en 1905 en Berdichev. De chico, pasó dos años con su madre en Ginebra, aprendió el francés, y ya muchacho, mantenido en Kiev por un tío médico, estudió química. Hasta reparar que le tentaba más la literatura. Admirador de Chejov, fue apadrinado por Gorki. Pero si bien ser un escritor bajo Stalin era gozar de una posición envidiada era también, al menor desvío, arriesgarse a la desaparición. Sin afiliarse al Partido Comunista, Grossman se definía marxista, pero sus amigos lo consideraban un menchevique. Los revolucionarios del ’17, acusados por Stalin de contrarrevolucionarios, eran detenidos y despachados a Siberia cuando no desaparecidos. Y entre ellos, lo mejor de la intelectualidad rusa. Más tarde Stalin fue además sospechado de la muerte de Gorki.
En 1937 fue apresada una prima de Grossman que participaba de la Internacional Sindical. Luego, dos amigos novelistas. En 1938 detuvieron y ejecutaron al tío que lo había protegido. Grossman, en tanto, bajaba la cabeza, se cuidaba. Schtrum, el físico protagonista de Vida y destino, alter ego de Grossman, sospechado de “enemigo del pueblo”, sufre el control, el acoso, y debe tocar fondo en su cobardía para resistirse a la autoincriminación y no delatar a sus camaradas y parientes. Una noche lo llama Stalin y lo confirma en su puesto. Entonces, Schtrum respira. Por una experiencia similar había pasado Grossman cuando Stalin le reclamó que ajustara una de sus novelas anteriores de acuerdo a las normativas del realismo socialista.
El ex marido de la segunda mujer de Grossman, acusado de “enemigo del pueblo”, es detenido. Y poco después también ella va a la cárcel. Grossman se anima a interceder y consigue que ella recupere la libertad. En 1941, mientras las tropas alemanas avanzan, Grossman le propone a su mujer traer con ellos a su madre, que vive en Berdichev. El matrimonio discute. La mujer se niega: se queja de que carecen de lugar para la suegra. En tanto, los nazis arrasan Berdichev y en una de sus matanzas de judíos fusilan a su madre y su hermana. Después, la fosa colectiva.
4. Antony Beevor, especialista en la Segunda Guerra, Premio Pulitzer por su libro Stalingrado, fue el compilador de los cuadernos de guerra de Grossman. Un escritor en guerra, su ensayo más reciente, reúne los apuntes, aguafuertes y crónicas de Grossman en el Ejército Rojo. Las notas de Grossman (que nada tienen que envidiarle a los cuentos y apuntes de Babel durante las operaciones de la Revolución) se leen como antecedente genético de Vida y destino. El estallido de la guerra en 1941 resultó para Grossman un alivio. Al engancharse como voluntario defendía su patria, pero también dejaba de mentirse a sí mismo con respecto al miedo que padecía en la vida civil. La victoria sobre Hitler, pensaba, sería también sobre los campos de concentración donde habían muerto su madre y su hermana. Según Beevor, a la hora de alistarse, Grossman era un tipo de anteojos, excedido en peso, que caminaba con un bastón. Con menos de treinta años, las chicas del barrio lo llamaban tío. Fue rechazado en el reclutamiento. A su colega, el escritor Ilyia Ehremmburg, amigo suyo, intelectual favorito del régimen, le causó gracia la voluntad de Grossman en insistir con la incorporación. Finalmente lo aceptaron: como corresponsal de Estrella Roja, el diario de las fuerzas armadas. Pero esto tampoco garantizaba mucho: un periodista o un corrector de pruebas podían ser deportados a Siberia simplemente por una errata al escribir el nombre de Stalin. Tras un entrenamiento veloz, Grossman partió al frente: ahora disparaba con puntería, había perdido unos cuantos kilos y estaba en forma. Desde 1941 a 1945, aunque no le fuera simpático a Stalin, Grossman fue uno de los corresponsales más populares.
5. En esos años le escribió a su padre que tenía un solo libro para leer en el frente: Guerra y Paz. Lo leía una y otra vez. Así como Guerra y Paz sitúa las intervenciones de los generales Kutúzov y Bagration y presenta a Napoleón en su tienda de campaña, el conde Tolstoi, ex militar, documentadísimo, combina imaginación y realidad convirtiéndose en un antecedente de la fiction-non fiction. Grossman recurre al modelo tolstoiano al retratar en Vida y destino a un enigmático y amenazador Stalin que extorsiona al pueblo ruso con el chauvinismo o a un Nikita Kruschev irascible y corajudo, comandando desplazamientos audaces en el frente. Muchos militares que participan en Vida y destino fueron protagonistas reales de la batalla de Stalingrado. La lectura obsesiva de Tolstoi explica la fascinación de Grossman por el fresco social, la mirada abarcadora. En Vida y destino son numerosas las alusiones a la torrencial novela tolstoiana. Incluso le cuestiona sus ideas de táctica y estrategia. Pero, con todo, Vida y destino no es una imitación del clásico que describe la resistencia del pueblo ruso a la invasión napoleónica un siglo atrás. Es que Tolstoi no es un paradigma absoluto para Grossman. A grandes rasgos puede arriesgarse que si Dostoievski plantea la búsqueda de Dios a través de la angustia introspectiva, Tolstoi piensa al hombre ya no sólo en relación con Dios sino con el cosmos. En cambio Chejov, sin volar más bajo, enfoca seres diminutos cuya hondura se percibe en una pena, un altruismo o una mezquindad. Grossman conjuga las tres perspectivas. De Dostoievski toma la preocupación metafísica, de Tolstoi el aliento homérico, pero se siente más próximo a Chejov en la captación de signos imperceptibles de lo cotidiano. “El camino de Chejov es el camino de la libertad de Rusia”, escribe Grossman.
6. La batalla de Stalingrado (junio 1942, febrero 1943), que terminó con la retirada alemana y definió la Segunda Guerra Mundial, fue la que arrojó el saldo más pavoroso de víctimas: dos millones de muertes. Se luchó edificio por edificio, en fábricas y depósitos. Los jóvenes soviéticos entregaban sus vidas con un heroísmo desgarrador. Con la elegancia de Turguenev, Grossman es capaz de escribir: “Toma mi mano, amable lector”, para retratar artilleros y tanquistas. Del Turguenev de Relatos de un cazador (admirado por Hemingway) extrae la frialdad y la crudeza para describir un equipo de francotiradores de origen campesino, reflejar sus miradas. Lo estremece que el gusto al liquidar un enemigo sea el mismo que experimentaban en su tierra al acertarle a un lobo amenazando sus rebaños. Grossman cuenta el combate con una agudeza en la que contrastan, todo el tiempo, circunstancias y elementos de muerte y de vida. Una ráfaga de ametralladora eleva la tierra “como una bandada de gorriones”. En una trinchera soviética, “en un cochecito de bebé color crema estaban colocadas las minas antitanque”. En estas imágenes, frecuentes en su narración, se advierte una constante: conservar la confianza en el instinto en la vida aún en las situaciones extremas. Desde esta perspectiva, Grossman desmenuza las ideologías que, en nombre del bien de la humanidad, condujeron hacia su aniquilación. Porque Grossman prefiere reinvindicar la bondad en gestos pequeños como el de un oficial que, ante el peligro de un ataque depredador del enemigo, ordena el traslado de dos enamorados, un soldado y una operadora de radio, lejos del frente. Otro ejemplo: una médica, solterona y estéril, en un vagón atestado camino a Treblinka apaña a un chico huérfano. Otro más: una vieja rusa que perdió a su hijo le entrega un pedazo de pan a un prisionero alemán. Gestos tibios, como una taza de té en medio de la nieve.
7. La desmesura de Vida y destino no responde a una vanidad titánica. Grossman necesitó más de mil páginas para indagar los resortes del totalitarismo. Si bien la novela empieza en Treblinka y lo espeluznante del campo le da pie a Grossman para igualarlo a un gulag stalinista donde los hechos escalofriantes no se quedan atrás; en el medio, Stalingrado civil, corazón de la novela; y en torno giran, atemorizadas, famélicas, familias enteras. La vida diaria es un infierno complementario del frente donde la resistencia tenaz de las tropas rusas, muertas de frío y mal alimentadas, con más voluntad que armamento, frenan como pueden cada ataque alemán. Grossman no le ahorra al lector lo siniestro de la vida civil: por un lado, el sacrificio del pueblo por la causa nacional y por otro, el mismo pueblo bajo la persecución, los interrogatorios, las desapariciones. Sin perder pulso narrativo, con ductilidad, ensamblando un capítulo sobre el stalinismo tras otro, Grossman analiza también la ingeniería social nazi y su obsesión estética en la construcción de los lager. Hay un capítulo magistral en este punto. La arquitectura como obsesión estética del nazismo no podía ser pasada por alto en el diseño de los lager. Grossman dedica todo un capítulo a la construcción del campo. Después cuenta la viveza de un alemán provinciano que trepó socialmente por su incorporación al nazismo: Eichmann. Cuando el oficial burócrata inaugura una cámara de gas, en el interior lo espera un agasajo, una mesa con fiambres, entremeses y champagne. Grossman detalla el funcionamiento de la cámara: su piso compuesto de losas se abre y deja caer los cuerpos para que, en el subsuelo, los dentistas prisioneros extraigan las piezas dentales de oro a las víctimas. Otro personaje zorro, un soldado que regula el suministro de gas en las ejecuciones masivas, cuando puede se roba algo del oro como ahorro para cuando esto sea apenas un recuerdo molesto. Hitler también actúa en la novela. Cuando sus tropas comienzan a retroceder en el sitio de Stalingrado, Hitler se aparta de su custodia y camina solitario por un bosque. La derrota lo vuelve un chico con ganas de salir corriendo. Por primera vez al pensar en el fuego de los hornos crematorios siente un horror humano.
Grossman no elude narrar ni la matanza de bebés judíos ni la marcha hacia la cámara de gas de las víctimas desnudas. Como hombre, sabe lo que ha visto. Como periodista, sabe contarlo. Y como escritor sabe del estilo justo. Grossman compara la no menos atroz ingeniería social soviética, la tremenda represión que Stalin decretó contra los kulacos, los campesinos trasladados de una región inhóspita a otra donde morirían de hambre y de frío. Una mujer, durante la hambruna se comió a sus hijos. Para Grossman esto también cuenta. Y lo cuenta.
8. La cuestión judía es crucial en Vida y destino. El corresponsal Grossman, en la vida real, ha entrado con las tropas rusas en aldeas y pueblos arrasados, ha encontrado a su paso más que vestigios del espanto. No le basta con narrar Treblinka. Busca explicarse el abismo. Entonces estudia su funcionamiento. Entrevista vecinos, les pregunta acerca de la frecuencia de los trenes que ingresaban diariamente al lager, calcula cuántas personas hacinadas cabían en un vagón de carga, saca cuentas. “El antisemitismo nunca es un fin, siempre es un medio”, escribe. “Es un criterio para medir contradicciones que no tienen salida, un espejo donde se reflejan los defectos de los individuos, de las estructuras sociales y de los sistemas estatales. Incluso un genio como Dostoievski vio un judío usurero allí donde debería haber visto los ojos despiadados del contratista, el fabricante y el esclavista rusos”. Un capítulo clave de Vida y destino apunta la conversación entre el comandante SS del lager y su prisionero más importante, un militar comunista. “Ustedes creen que nos odian, pero se equivocan: se odian a ustedes mismos”, afirma el nazi. Y agrega: “Cuando damos un golpe a su ejército, lo infligimos contra nosotros mismos. El terror de ustedes ha matado a millones de personas, y en todo el mundo, sólo nosotros, los alemanes hemos comprendido que era algo necesario. ¿Cree que el mundo nos mira a nosotros con horror y a ustedes con amor y esperanza? Créame, quien ahora nos mira con horror, también los mirará con horror a ustedes. Stalin nos ha enseñado muchas cosas. Para construir el socialismo en un solo país era necesario privar a los campesinos de sembrar y vender libremente, y Stalin no vaciló: liquidó millones de campesinos. Nuestro Hitler advirtió que al movimiento nacional socialista le estorbaba un enemigo, el judaísmo. Y decidió liquidar a millones de judíos”. Hay una especularidad entre el nacional socialismo y el comunismo staliniano, argumenta Grossman. La revelación de los lager provocan en Grossman la toma de conciencia de su condición de judío.
9. Después de la guerra, para granjearse la simpatía de Occidente el bureau soviético encargó a Grossman y Ehremburg un Libro Negro que reuniría testimonios y documentos sobre la persecución y el aniquilamiento de los prisioneros judíos en los campos nazis. Los dos escritores se dedicaron al libro. Pero después de la guerra la Unión Soviética era otra. La unión nacional se había “consolidado”. No era de buen tono insistir con el asunto que podía sacar a relucir la xenofobia de los años pasados. Además ahora pesaban la Guerra Fría y la solidaridad internacional de los judíos. Las editoriales en yddish fueron clausuradas. Se acusó también a los judíos de un complot y se habló de deportarlos al Asia Central. La publicación del libro se atrasó y finalmente se anuló. En Estados Unidos se publicó una versión abreviada con prólogo de Einstein. La versión completa sirvió como elemento testimonial en los juicios a los nazis. Y se publicó más tarde en Israel.
10. Grossman escribió Vida y destino sabiendo que le sería imposible publicarla. Tras la muerte de Stalin, Krushev asumió el poder y en el XX Congreso del PC intentó lavar culpas. También intentó galardonar a Grossman, integrarlo como escritor oficial. Pero Grossman rehusó toda distinción. Los crímenes no habían sido sólo responsabilidad de un hombre sino de un régimen. Desencantado con el socialismo real, pero sin perder la esperanza chejoviana en que el mundo puede ser un lugar mejor si los hombres miran como viven, Vasili Grossman murió en Moscú en 1964. La noche anterior había terminado Todo pasa, su última novela. Fue enterrado, de acuerdo a su voluntad, en un cementerio judío. Vida y destino fue publicada en Suiza en 1980.
Nota sobre Vasili Grossman
Ezequiel Alemian
A principios de los años 20, el periodista y novelista Ilya Ehrenburg escribió una frase temeraria que a su manera pendió durante setenta años sobre la vida de millones de soviéticos: dijo que los buenos comunistas no tenían biografía. Con esto quería decir que contar la vida de un buen comunista era como contar la historia de la revolución, en la que el sujeto se fundía por completo. Nada podía singularizarlo.
Ehrenburg escribió libros sobre muchas cosas y su novela El deshielo (1956) dio nombre al período cultural soviético más benigno. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue compañero en el frente de otro periodista y escritor, que ya tenía publicadas dos novelas, alabadas nada menos que por Mijail Bulgákov: Vasili Grossman.
Después de la guerra, pero con las experiencias que había sacado de ella, Grossman trabajó durante diez años, casi los últimos de su vida, en un libro excepcional en cuyo título, seco y complejo, se condensa el comienzo de una respuesta a frases como la de Ehrenburg: esta novela se llama Vida y destino. Por Vida y destino la crítica ha comparado a Grossman no ya con Boris Pasternak, Varlam Shalámov o Alexander Solyenitsin, sino con el mismo León Tolstoi. El año pasado fue relanzada en España, donde se la distinguió como el mejor libro editado en 2007 (y donde suele figurar en la lista de libros más vendidos), con una traducción formidable de Marta Rebón. Ahora acaba de ser distribuida en Buenos Aires.
Un escritor en guerra. La comparación con Tolstoi no es gratuita. “Durante todo ese año, el único libro que leí fue Guerra y paz, dos veces”, recordaría más tarde Grossman. Hacía referencia a 1942. En junio de 1941, ante la incredulidad de Stalin, los alemanes habían invadido la Unión Soviética con un ímpetu que parecía imparable y que los había llevado hasta las puertas de Moscú. La capital fue evacuada. Grossman cubrió entonces, como periodista de Estrella Roja, el diario del ejército soviético, más leído que el Izvestia, los avances de los nazis por Ucrania (internacionalista como Lenin, a Grossman le incomodaba hablar de “alemanes”. Prefería decir “soldados de Hitler”.)
Sobre las vivencias del 41 se basó para escribir su primera novela bélica, El pueblo es inmortal, que extendió por toda la Unión Soviética la fama que ya tenía en los círculos intelectuales. En su libro sobre el trabajo de Grossman en el Ejército Rojo (Un escritor en guerra), el historiador inglés Antony Beevor señala que él era el único escritor al que los soldados del frente respetaban por su veracidad. Mientras hacía una entrevista, Grossman jamás tomaba notas, para no intimidar a su interlocutor. Después reconstruía las charlas meticulosamente. Tenía fascinación por la jerga militar, por los dichos, por las palabras extrañas y los fragmentos de conversaciones.
En agosto del ’42, con el avance de los alemanes sobre Stalingrado, fue destinado a esa ciudad. Escribió sobre los problemas del día a día de la vida de los soldados y registró varios apuntes sobre la burocracia militar soviética. Le importaba más la situación de los soldados y de los oficiales jóvenes que las internas de los mandos. Le interesaban los francotiradores y, después de acompañarlo en varias misiones, escribió un artículo histórico sobre Anatoli Chejov, el francotirador más famoso que tenía el ejército ruso. Además, logró incorporar a Estrella Roja a Andrei Platónov, reconocido por los narradores rusos actuales no sólo como el más genial de los escritores de la época soviética, sino del siglo XX, pero entonces absolutamente despreciado por el régimen y en la miseria.
A finales de noviembre, los rusos lanzan su contraofensiva y Grossman recibe la orden de abandonar Stalingrado, donde es reemplazado por Konstantin Simonov, quien tendrá la gloria de cubrir la victoria final de la batalla. Grossman vive la decisión como una traición. Simonov, ultrafamoso por haber escrito la letra de una canción de amor (Espérame) que los soldados habían convertido en “la canción de la guerra”, era considerado por Grossman como una persona “físicamente valiente, pero sin coraje moral para relacionarse con el poder soviético”.
En los meses siguientes, Grossman informará el descubrimiento de las matanzas de judíos en Ucrania (Babi Yar, Berdichev, Odesa), y será el primer periodista en alcanzar un campo de exterminio nazi: Treblinka. “El Ejército Rojo consiguió localizar a unos cuarenta sobrevivientes escondidos en los pinares cercanos. Grossman, a quien se permitió visitarlos, se apresuró a entrevistar a esos sobrevivientes y también a los campesinos polacos de la zona”, cuenta Beevor. El artículo que escribió, El infierno de Treblinka, fue utilizado más tarde por el Tribunal Internacional de Nuremberg. Aparece largamente citado en el libro de Beevor. Después Grossman entró con los rusos en Berlín.
Las historias entrecruzadas que cuenta Vida y destino se desarrollan básicamente a lo largo de los cinco meses de 1942 que van de lo más álgido del cerco alemán sobre Stalingrado a la furibunda contraofensiva soviética.
Personajes en acción. Los escenarios en que alterna la acción de la novela son varios: una central hidroeléctrica en Stalingrado, continuamente bombardeada por los alemanes; un laboratorio de investigaciones físicas en Kazán, al que ha sido trasladado un grupo de científicos de Moscú; las vivencias de un grupo de prisioneros de los nazis en el camino del exterminio que va del tren a la cámara de gas; un campo de concentración soviético del gulag; un puesto de avanzada soviético a pocos metros de las líneas alemanas, donde el orden y las jerarquías del mundo exterior han sido abolidos; la ciudad de Kuibishev, a la que se han transportado otros contingentes de moscovitas; el interior de la Lubianka, donde la KGB interroga a sus detenidos; un escuadrón de cazas de la fuerza aérea rusa; un grupo de tanquistas; los compañeros de algunos delegados políticos; la estepa calmuca; Moscú. A pesar de las más de mil cien páginas que tiene la novela, la lectura es compacta porque el núcleo de personajes principales, repartidos goegráfica y situacionalmente, es bastante cerrado: la familia Shaposhnikov (la madre mayor, sus tres hijas y su hijo, un nieto, un bisnieto) y sus relaciones afectivas, profesionales y de circunstancia.
El relato es muy limpio, no hay casi inteligencia explícita sobre la narración. Y cuando aparece es muy puntual y poco confusa. Muy soviética, a su manera: es pensamiento social. Los capítulos son cortos y las historias se van tramando en una suerte de ritmo narrativo macro muy bien marcado: la novela tiene media docena de núcleos de tensión argumental muy intensos, emotivos. Es un libro que no decae. Grossman posee una habilidad excepcional para definir los personajes y la acción: todas las situaciones en las que se los encuentra son significativas. Y siempre es gente retratada en su vida cotidiana más personal, más afectiva. En cada personaje, además, se condensa el drama de la sociedad soviética.
Esto es lo que cuenta Vida y destino: el enfrentamiento entre el discurso del Estado y el discurso de los individuos. No se funden, como quería Ehrenburg. El discurso del Estado destruye a los individuos. “Vive, vive, vive siempre…”, le escribe a uno de los personajes su madre, antes de quedar encerrada en un gueto. Mientras trabajaba en El pueblo es inmortal, Grossman creía que una victoria sobre los nazis impediría que se volvieran a producir purgas estalinistas como la de 1937 y lograría que los campos del gulag quedaran en la historia. De hecho, para muchos intelectuales soviéticos la guerra simbolizaba la posibilidad de un cambio: creían que el heroísmo y la comunión expresados en el conflicto reconectarían al poder soviético con los ideales revolucionarios.
Algunos señalan que esas ilusiones optimistas fueron alentadas por una campaña de rumores inspirada por las mismas autoridades. En cualquier caso, cuando Grossman empieza a escribir Vida y destino, a principios de los 50, ya tiene perfectamente en claro que de esa esperanza no queda nada. En contra de lo que se esperaba, la victoria puso fin a un cierto aflojamiento del control sobre la literatura. Eran tiempos de las grandes empresas materiales y educativas de reconstrucción, y también era el tiempo de la Guerra Fría.
En 1946, siguiendo las indicaciones de Stalin, Andrei Zhdanov inició un nuevo período de represión cultural. El realismo socialista se convirtió en la forma obligada de la literatura. Su objetivo: “retratar al hombre soviético y sus cualidades morales en plena fuerza y perfección”. Ana Ajmátova y Mijaíl Zóschenko fueron tomados como chivos expiatorios: se los expulsó de la unión de escritores y difamó públicamente. A Zóschenko no se le permitió volver a publicar en vida.
Integrante del Comité Antifacista Judío, Grossman participó en la elaboración del Libro negro, una iniciativa mundial de Albert Einstein a la que se sumaron una veintena de escritores soviéticos. Zhdanov se negó a publicar la investigación e hizo destruir los originales del volumen y disolver el Comité, asegurando que incurría en “graves errores políticos”. En plena campaña “anticosmopolita”, Stalin no podía tolerar las operaciones de lo que él consideraba una suerte de “brigada internacional de judíos”. Trece de los miembros del Comité fueron ejecutados.
En medio de la noche. En el ’52, Grossman publica una primera novela sobre Stalingrado: Por una causa justa. En su libro Escritores y problemas de la literatura soviética, Marc Slonim señala que la novela fue duramente criticada por el diario Pravda por ser “demasiado psicológica, imbuida de ideología hostil y de filosofía idealista”. Grossman fue acusado de haber pintado a sus héroes como naturalezas pasivas y contemplativas y no como luchadores dinámicos. A los jerarcas del soviet les ofendió especialmente que se escribiera sobre Stalingrado sin mencionar a Stalin, y que se subestimara el papel del Partido Comunista en la victoria, y Grossman fue obligado a escribir una carta de arrepentimiento.
Grossman, que en su juventud había soportado una investigación por su amistad con Victor Serge, escritor talentosísimo y suerte de mano derecha de Trotski, detestaba a Stalin. El llamado telefónico que hace Stalin a uno de los personajes de Vida y destino, en medio de la noche, es el momento más tenebroso de la novela (la escena parece tomada de la realidad: en una oportunidad Stalin llamó de improviso a Ehrenburg, y en otra a Pasternak, quien, se dice, con una osadía inconcebible, le habría preguntado por la vida de Osip Mandelstam. Llamativamente, Beevor asegura que Grossman nunca fue un proscripto, y que incluso en los momentos más difíciles contó con el apoyo de varios generales de Stalingrado.
Uno de los personajes de Vida y destino define así al realismo socialista: “Es un espejo al que el Partido o el gobierno pregunta: ‘Espejito, espejito: ¿cuál es el más bello de todos los reinos?’. Y el realismo socialista responde: ‘Tú, partido, gobierno, Estado, eres el más bello de todos los reinos’”. ¿Puede concebirse una burla más feroz del deseo de construir una verdad? Bueno, Grossman nunca volvió de esa definición. Fue el punto de partida de su trabajo, de su literatura.
Vida y destino fue terminada en 1960. Jruschov ya había defenestrado al fallecido Stalin en el XX Congreso del partido, 617 escritores habían sido “rehabilitados” (aunque sólo 305 volvieron de los campos), la literatura extranjera llegaba con fluidez a las librerías y, en palabras de Slonim, “la figura del ex internado en un campo de concentración o las escenas retrospectivas de arrestos injustos se convirtieron en parte y elemento de la narrativa soviética”. Son los años de No sólo de pan vive el hombre, de Vladimir Dúdinstev, y de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Alexander Solyenistin, dos novelas que sacudieron el mundo literario moscovita.
Grossman llevó el manuscrito de su novela a la revista Znamia. Esperó respuesta durante un año. Al cabo de ese año, su departamento y el de su mecanógrafa fueron saqueados: se llevaron hasta los carbónicos y las cintas de la máquina de escribir. El jefe de la sección cultural del Partido, Mijail Suslov, había resuelto que Vida y destino no se publicaría “durante los próximos doscientos años”. Los libros anteriores de Grossman fueron sacados de circulación. Sus amigos empezaron a evitarlo, cayó en la pobreza. Murió en 1964, de un cáncer de estómago.
Dicen que fue el físico Andrei Sajarov el que microfilmó una copia del manuscrito, que había quedado olvidado en una bolsa en un placard en una dacha, y que el novelista satírico Vladimir Voinovich, antes de ser privado de la ciudadanía soviética, pasó esas microfilmaciones de contrabando a Suiza, donde Vida y destino fue publicada por primera vez en los años ochenta. Grossman dedicó la obra a la memoria de su madre, a la que se demoró en sacar de Ucrania, y fue asesinada por los nazis. El episodio abre la novela. El asesinato de un escritor, Máximo Gorki, a manos del Estado, la cierra.
Otros libros relacionados:
Europa central – William T. Vollmann
El hombre, un lobo para el hombre. Sobrevivir al Gulag – Janusz Bardach
El hombre perro – Yoram Kaniuk
El nazi y el peluquero – Edgar Hilsenrath
Kaputt – Curzio Malaparte
La bandera invisible – Peter Bamm
Los demonios – Heimito von Doderer
Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin – Timothy Snyder
La Unión Soviética y la Shoah. Genocidio, resistencia, silenciamiento – Antonella Salomoni
Después del Reich. Crimen y castigo en la posguerra alemana – Giles MacDonogh
Hitler. Anatomía de un dictador. Conversaciones de sobremesa en el Cuartel General del Führer, 1941/1942 – Henry Picker

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11 respuestas a Vida y destino – Vasili Grossman

  1. libroskalish dijo:

    Vida y destino

    Por RODRIGO PINTO

    Este artículo -con muy pocos cambios- apareció en Artes y Letras, diario El Mercurio, el domingo 6 de abril de 2008. Acaba de llegar a Chile una nueva edición de Vida y destino bajo el sello Lumen, más barata que la de Galaxia Gutenberg.

    Sin duda, la aparición de esta novela, directamente traducida del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de público. Que la crítica la celebre, es una cosa; que una novela de más de mil páginas ingrese a las listas de libros más vendidos, una muy diferente.

    En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente desapercibida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento. En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también ha inundado las vitrinas de las librerías.
    Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

    Dos o tres siglos de censura

    Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

    Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

    Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

    Una novela total

    Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

    Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

    En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

    Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético. La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria. Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo pasa, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

    Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato. Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos (especialmente los jefes militares de ambos bandos en la batalla de Stalingrado) y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

    Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector. De ahí que, de manera casi unánime, podamos celebrar un libro estremecedor que es también, sin embargo, un canto al humanismo y a la fe en la bondad humana.

    Recuadro: Beevor y Grossman
    Anthony Beevor dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

    A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado –diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra’”.

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