Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos – Piergiorgio Odifreddi

Por qué no podemos ser cristianos Piergiorgio Odifreddi Oscar del Barco Ralph Steadman Jorge Luis Borges libros Kalish The Rolling Stones Hunter S. Thompson

Estado: usado.

Editorial: RBA.

Precio: $350.

Extraordinario viaje que el matemático impertinente Piergiorgio Odifreddi realiza dentro de las Escrituras y a lo largo de la historia de la Iglesia, hasta nuestros días.
Como hombre de ciencia, él considera que la afirmación de que aquel de la Biblia es el único verdadero Dios es una blasfemia en relación a Aquel que los hombres de buena fe, de Pitágoras y Platón, a Spinoza y Einstein, desde siempre han identificado con la Inteligencia del Universo y la Armonía del Mundo. Como ciudadano, afirma que el Cristianismo ha constituido no el estímulo del pensamiento democrático y científico europeo, sino el freno que ha sofocado gravemente su desarrollo civil y moral, y estima que el anticlericalismo es hoy más una defensa de la laicidad del Estado que un ataque a la religión de la Iglesia. Como autor, por último, lee el Antiguo y el Nuevo testamento y las sucesivas elaboraciones de la Iglesia para desvelar, con una crítica tan concisa como sugestiva, no sólo las incongruencias lógicas, sino también los infundados hechos históricos, dando a la Razón lo que es de la Razón y haciendo emerger la Verdad de los textos: dice Odifreddi, que “Moisés, Jesús y el Papa están desnudos”.
Si leyeran bien la Biblia, dejarían de creer
Jesús Ruiz Mantilla
Aunque es un ateo confeso, todavía tiene callos en los pies por culpa de su última experiencia mística. Piergiorgio Odifreddi (Cuneo, Italia, 1950) acaba de regresar del Camino de Santiago, esa meca de la cristiandad que ha recorrido durante dos semanas con su amigo Sergio Valzania. El itinerario ha dado que hablar en Italia. Juntos han hecho en cada etapa un programa especial para la emisora RAI 3. La gracia está en que Odifreddi no cree, pero Valzania sí se confiesa católico a ultranza. “Al final hemos quedado como empezamos. Ni él me ha convencido a mí, ni yo he logrado quebrar su fe”, comenta, en un hotel del centro de Madrid, este escritor, matemático y profesor de lógica.
Pero en algo sí se han puesto de acuerdo: “Galicia es bellísima; Castilla, un poco aburrida con esas llanuras tan interminables”, comenta. “Y España, más laica que Italia, con diferencia. En nuestro país todavía no es posible criticar abiertamente a la Iglesia”, asegura Odifreddi. Quizá por eso, para frenar la larga mano del Vaticano sobre la libertad de expresión, se ha lanzado este ensayista a la yugular de la Iglesia. Lo ha hecho con un libro que resultó un impacto en su país y un éxito de ventas que dejó patente algo serio: “La fractura entre religión y laicismo que existe en mi país, con clara desventaja para los no creyentes”.
El título es tan directo que no deja lugar a dudas: Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos (RBA). Ni que decir tiene que el texto de quien es hoy por hoy el látigo del laicismo en Italia ha supuesto una pesadilla entre las jerarquías. No por existir, sino porque el destino y los calendarios editoriales le lanzaron a las librerías a competir al tiempo con otro libro opuesto: Jesús de Nazaret, del papa Joseph Ratzinger.
“Durante semanas estuvimos alternándonos en el primero y el segundo lugar en las listas de los más vendidos”, comenta jocoso Odifreddi. Seguramente la curia habría preferido otro competidor. Pero al diablo no se le pone nada por delante. Sigue jugando fuerte y haciendo de las suyas. Ni con rosarios pudieron evitar que Odifreddi vendiera 200.000 ejemplares.
De manera que llega del Camino de Santiago… ¿Ni así ha encontrado la luz? Ha sido una experiencia interesante. Creo que es la primera vez que un ateo retransmite en Italia el Camino por la radio. El modelo fue la película de Buñuel La Vía Láctea, con aquellos dos personajes que combatían a golpe de dogmas y herejías.
Bueno, igual que siempre, ¿no? Aunque la herejía como concepto ha sido superada por una etiqueta mucho más digna que llamamos laicismo. En España tienen más suerte que en Italia en ese ámbito.
¿Usted cree? En España no existe un cardenal Martini, por ejemplo. Alguien que defienda tan abiertamente desde la jerarquía el sacerdocio para las mujeres o las bodas entre curas.Hombre, en España la derecha es católica, pero la izquierda es claramente laica. En Italia yo he militado en el Partido Democrático, de Walter Veltroni, y me salí porque no defendían el laicismo. Me lo pidió él. Yo pensé que era conveniente porque ya que dentro conviven varias corrientes, algunos podíamos alentar un aire de izquierda más radical y laico para frenar lo que nosotros llamamos facción teocon. Pero al final Veltroni no ha sido claro. Ha decidido no meterse en asuntos que tuvieran que ver con la Iglesia. Por más que le han preguntado, nada. Y yo me he ido del partido al ver que no se comprometía claramente.
¿Por qué la izquierda italiana no se decide a romper con la Iglesia? Las anteriores elecciones las ganó la izquierda por 20.000 votos. Con esa ventaja tan pequeña, nadie quiere ponerse en contra a una organización que controla a 30 millones de ciudadanos. Yo milité para intentarlo, pero es difícil en un partido que lidera alguien como Veltroni, un personaje a quien se le conoce como el señor pero también…Falta valentía. Esta oportunidad la hemos perdido.
Desde la izquierda, después de las primeras acciones de Berlusconi, ¿cómo se va digiriendo el resultado electoral? Por culpa de cosas como éstas se ha perdido. El partido de Veltroni no tiene identidad, es una refundación de viejas estructuras. Caben gente del antiguo Partido Comunista y de la Democracia Cristiana, empresarios y trabajadores… hay 120 diputados que se declaran abiertamente católicos. ¡Hasta la antigua Democracia Cristiana era mejor que esto! En cuanto a este Gobierno, es pura derecha.
Muchos lo califican de neofascista. Quítele el neo. Fini lo es. La Liga es racista y Berlusconi va a lo suyo. En la primera semana de mandato ya discutíamos de la televisión… Pero, en fin, este Gobierno sabemos lo que es. Sin embargo, con el partido de Veltroni no hay definiciones claras.
¿Le resulta ‘light’, descafeinado? Tiene miedo a ciertas cosas. A la Iglesia, para empezar. En España no ocurre esto. Yo leo artículos en la prensa de este país que en Italia serían impensables. Cuesta publicar ciertos asuntos.
¿Por eso ha decidido dejar sus posiciones claras en un libro? Con la óptica de un matemático, además. He escrito mucha divulgación científica. Con asuntos que relacionan ciencia y religión, como hice en El Evangelio según la ciencia, por ejemplo, o en Las mentiras de Ulises. Me he empeñado en hacer ver las matemáticas como una parte de la cultura, integrar ambos mundos.
Pero ¿cómo formula un matemático algo que carece de toda lógica? Este libro tiene dos inspiraciones claras. La obra de Bertrand Russell ¿Por qué no soy cristiano? y aquel de Benedetto Croce Por qué no podemos considerarnos cristianos. La idea nació porque cada año editamos un libro de Russell y tocaba hacer aquél. Lo releí y me pareció que había envejecido mal con el tiempo. Se lo dije al editor y él me propuso hacer una interpretación propia. Así que me metí un semestre en Nueva York al Instituto de Estudios Italianos en la Universidad de Columbia. Estudié a fondo la Biblia y el catecismo. Mis amigos me encontraban siempre con ambos libros a cuestas y me preguntaban: “¿Qué te ocurre?”.
Normal… Le verían como un converso o temían alguna andanada suya. ¡Quién sabe! El caso era hacer una lectura a fondo, una crítica de la religión no desde perspectivas políticas de injerencia en la vida pública y todo eso, sino de observarlo desde una concepción teológica, desde dentro, y descubrir sus anacronismos. Su concepción violenta, cruel, sanguinaria de la vida, sobre todo en el Antiguo Testamento. Por eso se han molestado también los judíos, que me han acusado de antisemita.
Es que reparte para todos. Normal. Los cristianos han heredado el Antiguo Testamento y uno no sabe por qué lo han hecho.
Lo acometieron además de manera acrítica. Completamente. Hubo algunos que quisieron eliminarlo. Creían que el Dios bueno del Nuevo Testamento no requería la ira del anterior. No se aceptó, allá ellos.
¿Le han amenazado? Algunos me han escrito diciéndome que diera gracias porque los cristianos no fueran como los islamistas, que si no ya lo habría pagado. He pensado en hacer algo que se titulara Por qué no podemos ser islámicos, pero es que en Italia son cuatro y no sería útil. Además decretarían una fatwa, y es lo que me faltaba.
Todavía hay cosas que no nos dejan tocar. Y tanto, en Italia existen directores de periódicos que reconocen que los dogmas de fe son un cuento, pero que no pueden escribirlo porque el mero hecho de ponerlo en duda ya crea un conflicto.
Como por ejemplo… Lo peor es poner en duda la propia existencia de Jesucristo. No hay constancias históricas serias. Son relatos construidosa posteriori. Decir esto ya es algo escandaloso.
Igual que poner en duda la virginidad de María, que lo que uno no sabe muy bien es por qué se sostiene lo contrario. ¡Aquella invención! ¡Increíble! Es un dogma con una historia muy interesante, de todas formas. Para eso se readaptó un pasaje del Antiguo Testamento que viene a decir: “Por aquí ha pasado Dios (refiriéndose al útero de la Virgen) y no lo hará nadie más”. Son las mismas palabras que utilizan para señalar una puerta de Jerusalén por la que pasó el Arca de la Alianza. Cogen un pasaje, se cambia de sitio y a nadie le importa.
A usted, después de haber escrito que Cristo puede ser hijo ilegítimo de un centurión romano, ¿no le han quemado? Pantera se llamaba el hombre. Pero todo eso ya se comentaba en la época más próxima. En fin, yo no creo que haya mucha gente que se lo trague a estas alturas. Creo que es una pose social sostener estas cosas, pero que en realidad no lo piensan. Es una convención. Ni eso, ni la trinidad, ni la transustanciación… Ni la resurrección se puede explicar científicamente. No es un milagro. Las bacterias del tétanos, por ejemplo, pueden producir una muerte aparente. Pudo haberlo cogido clavado en la cruz.
Existen explicaciones racionales para todo aquello que pasa en el Evangelio, pero no las hay para todo lo que dicen en él. Cierto, cierto. El Evangelio tiene tres inspiraciones. Una, la del profeta, la del Jesús de la montaña, el de los bienaventurados. Luego está la del charlatán. En Palestina, hace 2000 años, había muchísimos. La última es la del Jesús revolucionario. Uniendo las tres, se ha forjado esta historia.
Una historia que tiene después la suya propia. Ésa es la más interesante. Apasionante. Entender cuáles son las fuentes de esos escritos, desmembrarlos, acotarlos. Los apócrifos, tratarlos desde el punto de vista lingüístico, de la arqueología del lenguaje, los pasos que ha sufrido tras los diferentes concilios, todo eso. Las discusiones, las herejías que pintaban a Jesús como una realidad virtual, como el personaje de una película, como un ser que nunca existió porque nunca había podido encarnarse al ser Dios precisamente. Así hasta nuestros días, porque el último dogma es de 1950, la asunción de la Virgen, que también trajo lo suyo.
¿Ah sí? Sí, porque los católicos pensaban que había ascendido sin saber si había muerto o no. Mientras que los ortodoxos sostienen que seguramente había muerto, pero no están seguros de que haya ascendido. ¿No es un cachondeo? Yo incluso llegué a hacer un cálculo científico. ¿Desde dónde ascendió? Verticalmente desde Jerusalén. ¿Con qué? Con el cuerpo. Suponiendo que lo haya hecho a la velocidad de la luz, lleva 2.000 años subiendo y, por tanto, todavía no ha atravesado nuestra galaxia. Por ahí sigue, está saliendo. Con cualquier telescopio potente en el mismo Jerusalén podríamos localizarlo. ¿Se da cuenta del ridículo?
En sus desmontajes, trata usted también los mandamientos. Los hebreos sostienen que hay más de 600, pero en el caso cristiano, uno de los más interesantes es el segundo, que se pierde, curiosamente. El que prohíbe alzar y construir imágenes.
¿Cuál de todos los dogmas es el que más le atrae? La transustanciación. La hostia, que se basa en un principio aristotélico. Va contra la idea de sustancia científica. A los papas les trae de cabeza.
¿De dónde le viene esa manía de ponerlo todo patas arriba? No hace falta tanto. Si quisiera hacer una verdadera cruzada, recomendaría una única cosa a la gente: que leyeran la Biblia con un punto de vista racional, con atención. Dejarían de creer inmediatamente. No hacen falta libros anticlericales.
Es que 200 años de Ilustración prenden finalmente en nuestra moral y en nuestra concepción de las cosas de manera contundente. Es así. Pese a que muchos insisten en que no puede haber moral sin religión. Era Chesterton quien decía que si no creías en Dios, podías creer en cualquier cosa. Yo ahora pienso lo contrario, que quien cree en Dios puede acabar tragándose cualquier cosa. Italia es de los países con más fe del mundo, por eso seis millones de italianos consultan también a magos, quirománticos, echadores de cartas. Si te crees lo de la trinidad o la virginidad, te entra todo. Tampoco es justo ese discurso de que los laicos no creemos en nada. No es cierto, lo hacemos en los ideales. Pero no en los dogmas.
Eso que tanto espanta ahora del relativismo, ¿cómo lo ve? Ahh… Ratzinger es un ultraconservador antipático y obtuso. Estas cosas lo prueban. Es un asunto que demuestra la incapacidad de la Iglesia para entender casos como el de Galileo. Le han perdonado 400 años después de haberle condenado por algo que era cierto, pero no han entendido nada. Lo admiten muchos miembros de la Iglesia, aunque luego lo pagan. Lo dijo George Coyne, un jesuita que fue el encargado del Observatorio Astronómico del Vaticano durante 25 años. Aseguraba que no se había comprendido la magnitud de ese caso. ¿Y qué pasó con él? Que lo licenciaron. Este mismo pidió públicamente al Papa que definiera sus posiciones sobre el evolucionismo y le cesaron.
Los jesuitas, ¿son otra cosa? Son los más incisivos, sin duda. Plantean abiertamente sus dudas sobre muchos dogmas. Existe una anécdota fantástica que los define. Cuando descubrieron la momia de Jesús en Jerusalén, los franciscanos decían: es cierto lo que sufrió por nosotros, las heridas están a la vista, debemos amarlo todavía más. Los dominicos se plantearon: cuidado, que si está aquí es que no ha resucitado, vamos a tener problemas con el dogma. Y los jesuitas dedujeron: ahí lo tenemos; por tanto, ha existido. ¿No es genial?
Martini es un buen ejemplo de jesuita. Bueno, es que él ha llegado a criticar hasta el libro del Papa sobre Jesús de Nazaret. Es raro, pero es que es la minoría.
¿Es necesario escribir libros así contra la Iglesia o es darle demasiada importancia a todo aquello que no debería ni siquiera ser debatido porque va contra toda razón? No sólo es necesario. Es que me parece poco todo lo que se pueda argumentar en contra. He tratado de escribir un libro serio, sin despreciar también la ironía. Aunque sobre todo he intentado hacer una crítica rigurosa basada en principios teológicos y la prueba de que ha calado es lo que les ha molestado. La importancia de la Iglesia es un hecho, no es que se la dé yo. No escribiría un libro preguntándome por qué no somos raelianos. Me da exactamente lo mismo. En Italia, 30 millones de personas se declaran católicos. La Iglesia posee un cuarto de los bienes inmuebles, de nuestros edificios.
Como inmobiliaria no hay quien pueda con ella. Exacto. Además, en Italia, el Papa vive dentro. Una solución sería enviarlo a Jerusalén. Dejemos Roma para los romanos.
En España vive el Opus, que también impone. Una organización que ha ganado muchísimo poder dentro de la Iglesia por culpa de Juan Pablo II, por cierto. Él llevó a la bancarrota las finanzas vaticanas para financiar al sindicato Solidaridad. Fue el Opus quien tapó el agujero.
Otro de los asuntos que trata en el libro es el creacionismo. No creamos que es sólo un invento de Estados Unidos, aunque ha sido allí donde se ha desarrollado más. En Italia, ya el primer Gobierno de Berlusconi lo reivindicó, y no me extrañaría que ahora volvieran a la carga. Me hace gracia que ahora, para hacer el Camino, mi compañero ha llevado la Biblia. Yo, en cambio, elegí El origen de las especies, de Darwin. Me ha impresionado su visión de futuro. Todas las objeciones cretinas que le ponen hoy al evolucionismo, Darwin las prevé y además las responde en el libro con anticipación.
¿Lo vio venir? Exacto, y basta leerlo para frenarles. Pero el problema es que son insaciables. Porque tampoco el evolucionismo va contra la religión. El problema está no tanto en la creación del mundo, sino en el momento que surge el hombre. Ahí tenían que poner su sello.
Inventar la culpa. ¿Sin culpa no hay negocio? Eso es.
¿Y por qué de entre todo el cristianismo, lo que menos se sostiene para usted es el catolicismo? Porque son los que más dogmas imponen y, por tanto, los más fáciles de rebatir.
Más cuando la mayoría son imposiciones caprichosas, a expensas de los papas, los concilios, las alianzas de poder. Como la infalibilidad pontificia, el dogma que más sospechas despierta entre los creyentes. Encuestas de universidades católicas aseguran que en la infalibilidad del papa sólo cree un 30% de católicos. Es el dogma más débil. Hay otras cosas más absurdas, como que el 40% de los que tienen fe cree que san Juan se convirtió en hijo de la Virgen ante la cruz. Lo que le digo: si leyeran con atención los evangelios, dejarían de creer automáticamente.
Actualidad de la religión
Oscar del Barco
I-
Cuatro citas
La primera pertenece a un trabajo de Jean-Luc Nancy sobre los lugares divinos: “Hay que decir cosas simples: la experiencia religiosa está agotada. Es un inmenso agotamiento. (…) No hay retorno de lo religioso: hay contorsiones y redundancias de su agotamiento. Que este agotamiento de lugar a otra inquietud por los dioses, por su errancia o desaparición infinita, e incluso por la nada de dios, es otro asunto: es completamente otra cuestión que no puede compararse con las tenazas de lo religioso, ni por lo demás con las del ateísmo” (traducción de Gabriela Milone). Todo esto leído sobre el telón de fondo de la llamada muerte de dios (pero si dios existió: ¿cómo pudo morir?). Y si no existió ni existe: ¿cómo puede morir?… Respecto al texto de Nancy habría que ver qué se entiende por “religión” para luego saber si realmente está “agotada”…
La segunda está tomada del libro Glas, de Jacques Derrida (II, p. 296). Se trata de la diferencia entre Kant y Hegel, o de la crítica de éste último a Kant: “Pretender pensar la religión absoluta, verdadera y revelada, manteniendo −como hace Kant− los límites de una subjetividad finita [digamos, del hombre], es prohibirse [o impedirse a sí mismo] pensar aquello que se dice pensar, es no pensar lo que ya uno piensa, es charlatanear −en la infidelidad, la idolatría, la abstracción formalista del entendimiento−”. Hegel: “El concepto de religión verdadera, vale decir de la que tiene por contenido el espíritu absoluto, implica esencialmente que ella sea revelada y revelada por Dios” y agrega Hegel, quien refiere, si se lo mira bien, todo su pensamiento: “La historia de las religiones coincide con la historia del mundo”, o, en otras palabras, “el ser de dios es absolutamente presente, manifiesto, allí” (cit., p. 296-297). Digamos: dios no necesita demostración porque es manifiesto, es lo que se revela más allá o fuera de todo concepto, es lo abierto y dado como tal. Tal vez, y digo tal vez por el suspenso que nos producen estas frases, Kant diga algo parecido: Kant no dice que dios no necesitademostración sino que no puede demostrarse (¡porque toda “demostración” es hecha por y a partir del hombre, con sus propias categorías, vale decir de una manera idolátrica!).
La tercera es de Jacques Lacan, de su conferencia de prensa en Roma, en 1974: dice que “la religión es inquebrantable”, que uno “no se puede imaginar la potencia de la religión”, que la “verdadera” (dice: la cristiana) “tiene recursos inimaginables” para absorber −digamos− los descubrimientos formidables de la ciencia, puede darles un “sentido”, “Es capaz de dar un sentido a cualquier cosa…”; “desde el comienzo la religión consiste en darle un sentido a las cosas que antes eran cosas naturales” (yo subrayo). Es raro, ¿comienzo? ¿naturales?: en el comienzo la religión (¿el lenguaje?) da “sentido” a las cosas “naturales”…
La última pertenece a la entrevista publicada por la revista Der Spiegel después de la muerte de Heidegger, quien dice “Si puedo permitirme una respuesta breve pero que es el fruto de una larga meditación, debo decir que la filosofía no podrá producir un cambio inmediato en el estado presente del mundo (…). Sólo un Dios puede aún salvarnos. La única posibilidad que nos queda (…) es la disponibilidad para la manifestación de ese Dios o para su ausencia en la catástrofe (…)”…
Dejaré en suspenso, por ahora, el significado de la palabra “religión” para tratar de ir mediante algunos rodeos aproximándonos a ese espacio-religioso previo y problemático que vulgarmente llamamos “religión”. Dejo en suspenso una definición de lo religioso, porque dada su complejidad horizontal (si consideramos lo religioso en la diversidad de sus formas y en la historia de estas formas) y vertical en cuanto a su significación filosófica u onto-teológica, resulta muy complicado definir lo religioso y entonces prefiero comenzar dando rodeos, y tal vez concluir también dando rodeos, aventurando algunas hipótesis…
En Fe y saber Derrida analiza el problema de lo religioso y se pregunta si es posible “pensar la religión” sin romper con la tradición filosófica, pues la filosofía es el intento por someter todo a la razón, al principio de razón suficiente: todo lo que existe tiene una razón −causa− por la cual existe, etcétera, mientras que lo propio de la religión es la fe, la creencia; y entonces una cosa o la otra, o tenemos fe sin razón (quiero decir: sin poder fundar la fe en la razón) o tenemos razón sin fe (una tercera posibilidad es, como quiso en su última época Schelling, una fe-racional, una suerte de oxímoron, cuya posibilidad lejos de ser absurda es, a mi entender, poderosa).
Derrida centra su análisis en Heidegger: éste desde un principio declaró que la filosofía era “atea” [dejo de lado aquí, porque Derrida no lo menciona a pesar de que es, a mi entender, importante, el hecho de que posteriormente Heidegger sostuvo que los verdaderos creyentes eran los ateos, por cuanto estaban abiertos a la manifestación del “último dios”, de ese dios que no es último aritméticamente sino porque no se conoce o más aun, porque no se puede conocer, etcétera].
En 1953, Heidegger, en su trabajo sobre Anaximandro, afirmó que “La creencia [o la fe] no tiene ningún lugar en el pensamiento”. Hay algo como evidente en esta afirmación: si alguien cree que un ser personal todopoderoso creó el mundo, por supuesto que esta creencia o fe no se relaciona con la filosofía (sin embargo esto es relativo, pues una gran parte de los filósofos, desde los griegos hasta los idealistas alemanes, por dar nombres, comenzaron a partir de la fe a recorrer los caminos de eso tan raro que es la filosofía).
Pero… en el acto de pensar-en-general hay un presupuesto −dice Derrida− que Heidegger nombra aquiescencia, acuerdo, confianza… previa a todo saber, a toda filosofía, y esto es “lo más originario de toda filosofía”; incluso, señala Derrida (p. 93 de la edición francesa), es el “punto de partida de Ser y Tiempo”: se trata de un hecho, de un Factum, de esta “pre-comprensión vaga y ordinaria del sentido del ser, y ante todo de la palabra ‘es’ o ‘ser’ en el lenguaje o en una lengua”. Este hecho no es fruto de un razonamiento, es una aceptación, una donación, algo dado “antes de toda filosofía, de toda teología, de toda ciencia, de toda crítica, de toda razón”; esta “zona”, concluye Derrida, es una fe… Derrida quiere desconstruir −digamos− la idea de fe, o de volver al menos cuestionable la negación de toda fe… (La gente en general no se problematiza respecto a la existencia o no del mundo: el mundo existe, hay mundo, y esta sería una suerte de fe o de aquiescencia inquebrantable).
Para Kant existirían dos tipos de religión: la religión “del simple culto”, que busca los favores de Dios, que le pide cosas a Dios, que ruega, implora, promete, trata de hacer intercambios con Dios en lo que podríamos llamar una economía de la religión; el segundo tipo es el reflexivo, el reflexionante, la “fe reflexionante”, que no depende de ninguna revelación y que es ubicada en la razón-pura-práctica… más allá del “saber”, y que por eso se opone a la fe dogmática que “pretende saber” acerca de Dios… Para Kant este segundo tipo es el cristianismo, la fuerza del cristianismo [Heidegger corregiría diciendo: del primer cristianismo].
Pero como no se puede demostrar la existencia de dios hay que hacer −dice Kant− como si dios existiera…(pero un “como si” fuerte, no como una astucia sino como una suerte de fundamento). El intríngulis kantiano, pero no sólo kantiano, por supuesto, es que una moral pura no puede someterse a dios, ya sea con el ruego o con la esperanza de un premio, porque entonces deja de ser pura y se actúa por interés, vale decir nomoralmente; por eso necesita desprenderse de dios (en vista de esto Derrida dirá que el cristianismo es la única religión de “la muerte de dios”… hay que actuar como si dios no existiera −aquí hay una gran semejanza con el Maestro Eckhart−: hay que actuar por la fuerza absoluta de la ley-moral que somos, y no por futuros premios y/o castigos).
Lo religioso se ha vinculado, de manera reductiva, a una (cualquiera sea) idea de “dios”; y por esto es necesario tratar de ponernos de acuerdo en qué queremos decir al decir dios, qué entendemos o qué intencionamos con la palabra “dios”. El problema consiste, en última instancia, en reconocer que se trata de un auténtico problema y no de algo que va de suyo, de algo ya naturalmente sabido. Quiero decir que si yo digo “fuego” cualquier persona que hable el castellano entiende lo que quiero decir (encender el fuego, prender el fuego, etcétera, son frases comunes e inteligibles, como si digo caballo o cielo), pero si digo “dios” el asunto se complica: hay comunidades que entienden por dios un ser creador único y todopoderoso (religiones llamadas mono-teístas [entre otras el judaísmo-el cristianismo-el islamismo…]) y otras comunidades que afirman la existencia de varios o múltiples dioses (religiones llamadas poli-teístas o paganas: griegos, romanos, etcétera), o de fuerzas o de potencias que sostienen, orientan o dan sentido al todo de la “naturaleza”, incluido ante todo el “hombre”.
Cada religión tiene su propia idea de dios, aunque la influencia y la apropiación de unas sobre otras conformen en realidad una maraña de sincretismos: entre judaísmo, cristianismo e islamismo hay una unidad abstracta de base y luego diferencias concretas. Además de la gran irrupción del pensamiento filosófico griego en sus respectivas teologías. Para el judaísmo dios (y ya decir “dios” introduce un problema pues dios es una palabra griega, es el Zeus griego, que vendría del indoeuropeo zas, que significa fuego, luz… ¡imagínense lo que pasaría si en lugar de Zeus en la tragedia griega se dijera Jheová! y si en la Biblia en lugar de Jheová se dijera Zeus [se dice Zeus de una manera tangencial, ya que “dios” es una forma de la declinación de Zeus −y todo esto gracias a la traducción de la Biblia al griego, la septuagésima, ¡unos trescientos años antes de Cristo!−]), para el judaísmo, estaba diciendo, dios es algo innombrable, no obstante en la Biblia −otra palabra griega− se habla de Elohim, de Adonais, de Él, del que, del “celoso”, el “poderoso”, el “muy-alto”. Además este “innombrable”, frente a la interpelación de Moisés respecto a su nombre dice: “soy el que soy” o “seré el que seré”, ¡empleando nada menos que la palabra ser!, y posteriormente se afirma como un dios que ordena lo que se debe hacer, que dicta a Moisés la Ley-mosaica, que produce un genocidio (el diluvio), que ordena matar, ocupar las tierras de pueblos extraños, que designa a un pueblo como pueblo elegido, pueblo al que castiga y premia según su conducta, que se considera el único y verdadero dios… El cristianismo, por su parte, también reconoce un único Dios… pero lo divide en tres: el dios-padre, el dios-hijo y el dios-espíritu, y además le da una jerarquía casi divina a María, encargada de suplir el papel esencial de las diosas madres del paganismo… Alá, por su parte, es un dios guerrero, imperioso. ¡La violencia de los monoteísmos fue y es espantosa! No sólo el dios judío es terrible y protector, también lo es el dios cristiano, que por una parte dice “amaos” y por la otra se impone o es impuesto a sangre y fuego, lo mismo que el Alá islámico. De allí la “violencia”, la vinculación que señala Derrida entre los monoteísmos y el “mal radical” kantiano [pero no vayamos a creer que sólo fueron y son violentos los dioses monoteístas, también los dioses del paganismo fueron terriblemente sangrientos, pensemos solamente en la ferocidad del panteón azteca o griego o en las tribus antropófogas de la amazonia… Digamos que tales dioses, en cuanto construcciones humanas, no pueden dejar de lado el ser carnicero que es el hombre, si dios es una hipóstasis humana necesariamente tiene que cargar con la forma de ser del ser humano. El hiperbólico “ama a tus enemigos” de Jesús fue rápidamente dejado de lado por el imperio católico y sus desprendimientos, quiero decir las múltiples iglesias y sectas que se desgajaron del tronco original y que se impusieron a sangre, torturas y quemados vivos].
En realidad este dios monoteísta, o presuntamente monoteísta, es un dios-humano, imaginado o construido por el hombre, con todos los atributos o cualidades, tanto positivas como negativas, del hombre: es un Dios idolátrico, un Ídolo. Ante todo es un dios-creador, del cielo y de la tierra en primer lugar y luego del hombre, un dios que juzga, que premia y castiga, que establece la Ley, que tiene un infierno, un purgatorio, un paraíso, un limbo… Dios en este caso es un hombre-hiperbólico como señaló Feuerbach.
Las tres grandes religiones monoteístas se fusionaron con la filosofía griega que había surgido a partir de la religión politeísta griega (politeísta hasta cierto punto, porque en la constelación religiosa griega había un orden, una jerarquía, en cuya cúspide, como base de lo múltiple, estaba el dios-luz Zeus, o simplemente la luz, lamanifestación). Las religiones monoteístas recibieron el impacto poderoso de la filosofía griega, ante todo de Platón y el neo-platonismo, y luego de Aristóteles, dando lugar a múltiples y complejas teologías dentro del cristianismo, del judaísmo (pienso en la cábala) y del islamismo (pienso en Ibn Arabí, el gran místico sufí que llevaba como sobrenombre “el platónico”).
Y recuerdo que Platón ya había enunciado un “más allá del Ser o de Dios”; y que este enunciado platónico repercute hasta el día de hoy en teólogos como Jean-Luc Marion, quien escribe un libro titulado Dios sin ser; sin olvidar a Dionisio areopaguita y a muchos otros, hasta llegar al maestro Eckhart y sus célebres sermones, donde dios es des-construido hasta llegar a la nada de Dios o a lo que llama divinidad como presupuesto último incluso de dios. En resumen: ¿de qué “Dios” hablamos cuando hablamos de “Dios”?
A lo que se enfrentan hoy las religiones es a la crítica filosófica de las idolatrías; es decir a la o a las críticas a las concepciones que hacen de dios una criatura a imagen y semejanza del hombre [en lugar de un dios que hace al hombre a su imagen y semejanza, la idolatría, desde las más rústicas hasta las más abstractas, hacen inevitablemente (ya que el hombre está constreñido a pensar siempre a partir de sí, es decir como hombre, ya sea el hombre del paleolítico o el del siglo XXI) a dios a imagen y semejanza del hombre]. Pero si dios no tiene nada de semejante con el hombre o es absolutamente otro en relación con el hombre, como sostiene Levinas, entonces ¿cómo hablar de dios?, o ¿se puede hablar de dios, se puede nombrar a dios si con el sólo acto de nombrarlo lo estamos humanizando, haciendo de “Dios” un hombre gigantesco, es decir sometiéndolo al concepto, a la palabra? Creo que san Buenaventura dijo “todo lo que digas de Dios es falso”… Y Wittgenstein dijo que dios es lo que nos sucede, y Leibniz afirmó que dios es el hecho de que no existe la nada… Insisto ¿de qué hablamos cuando hablamos de “Dios”?
Si fuera cierto, como dice Heidegger que los ateos están más cerca del verdadero dios que los creyentes, habría que decir que todos los seres humanos “creen” en dios (la palabra “creer” es ya problemática: si uno dice “creo” en la existencia de dios, en realidad está abriendo la posibilidad de que no exista; el decir creo implica la posibilidad de su inexistencia…), porque los ateos que no creen en dios en realidad no creen en el dios idolátrico y así abren a la posibilidad de lo imposible, a la posibilidad de un más que dios o de otro-que-dios. Por eso yo quiero rescatar en el idólatra, en la mayoría de los seres humanos (por ahora dejo a los ateos de lado), algo que tiene y no tiene que ver con la idolatría.
Entro en una iglesia, en una mezquita, en una sinagoga o en cualquier templo, y le pregunto a alguien, a mi vecino, por ejemplo, si cree en dios, y él me responde que sí; yo no le pregunto qué entiende por dios, pues más o menos ya sé qué me va a contestar; le pregunto más bien ¿por qué cree en dios? y él me responde: porque alguien tiene que haber hecho esto, es decir al mundo y a nosotros mismos, porque esto tiene que tener una causa o, dicho con otras palabras, un sentido. Lo que me interesa señalar, más allá de la respuesta sobre el qué es dios (respuesta imposible por otra parte), es la motivación, aquello o eso que suscita la pregunta y la respuesta: lo previo a toda pregunta y a toda respuesta. Y creo que esto es importante pues nos sitúa fuera de cualquier idolatría. El hombre, de alguna manera (comúnmente de una manera en la que no piensa o que sólo piensa cuando es interrogado) está sorprendido o admirado (recordar que la admiración era considerada por los griegos como la causa de la filosofía) frente a esto, al ser, a la maravilla infinita del mundo, frente a la “perfección” del mundo. El hombre común cree en dios “porque algo debe haber”… digamos, algo(¡qué palabra!) que le dé un sentido, tanto a él como a las cosas. Este problema, el problema del sentido, que a mi juicio está implícito en la respuesta del hombre común, es un problema esencial de la filosofía, vale decir que el llamado hombre común es potencialmente un filósofo (la llamada ideología, la ideología incluso más tosca, es ya una forma de “filosofía”). Y si fuera cierto que la filosofía comenzó con la admiración, pero con una admiración poderosa, desgarradora, entonces el hombre común está en el inicio de la filosofía… Y de la religión. En la base de ambas está la inquietud, la sorpresa, la angustia, la pregunta: por qué hay algo, mundo, animales, hombres… y no nada (como se preguntó Leibniz). Incluso uno de los más grandes filósofos, Schelling, dio una respuesta semejante a la del hombre común (la respuesta del hombre común está esencialmente investida de ideología-religiosa): hay todo esto, es decir la “creación”, porque dios lo creó (dejo de lado que uno podría preguntarle a Schelling quién lo creó a Dios… lo misma pregunta que se le puede hacer al hombre común…).
En el lugar donde aparecieron los primeros rastros que confirman la existencia de seres humanos, por ejemplo el “sinántropo”, hallado en la cueva de Chou-kou-tieng, se encontraron restos de un hombre que por su posición y por los restos orgánicos de comida, de fuego, etcétera, demuestra que en su mundo ya había una creencia “religiosa”; lo mismo puede comprobarse en los famosos y extraordinarios dibujos y pinturas de Lascaux, de Trois Frères, de Altamira, etc. En todos ellos se manifiesta una concepción mágica del mundo. Y la magia, como el animismo, del mal llamado mundo “primitivo”, son concepciones no-primitivas de orden religioso. Nadie sostiene que el catolicismo o el judaísmo sean religiones mágicas, pero están impregnadas de elementos mágicos: mágico es un dios que habla desde una zarza, que dice que “es”, que es comido y bebido, que realiza “milagros”, que transforma una cosa en otra, que resucita a los muertos, que camina sobre el agua, etcétera. La creencia “primitiva” en un espíritu que existe y actúa constantemente y que da razón de todo, es una creencia religiosa; la creencia panteísta de que todo es dios, es una creencia religiosa; la creencia de que todo está “animado” por espíritus, es religiosa. Y en la base de todas estas creencias está latente la pregunta por lo que llamo el sentido-del-ser (aunque en la mayoría de los casos la pregunta esté sólo implícita, pero esto no le quita potencia sino que, por el contrario, la muestra como un puente con las grandes religiones ecuménicas).
Dicha pregunta, por otra parte y esto es esencial, no es una pregunta estricta y puramente filosófica, es una pregunta existencial-carnal-espiritual donde se mezclan esperanzas, temores, deseos, angustias, vida y muerte… Digo “existencial” para remarcar que no se trata de un problema teórico, aunque a partir de este conglomerado afectivo básico se van a constituir por una parte la filosofía y por la otra la teología, o las filosofías y las teologías. Hay la religión del común (con todas las motivaciones positivas y negativas que se pueden señalar), pero esta misma religión va como decantándose, purificándose o siendo conceptualizada, hasta llegar al mundo también rico, inmenso, de la teología, cuyo objetivo es explicar racionalmente, recurriendo tanto a la razón como a la intuición, lo que el común practica sin crearse problemas: lo que llamo el hombre común cree porque cree, porque le enseñaron el catecismo desde niño, porque sus padres y en general todo el mundo cree, porque “debe haber algo”, o para estar tranquilo frente al hecho indubitable de la muerte, etcétera. El teólogo o el filósofo tratan de rendir cuenta racional de esta “creencia”, digamos, vulgar (aunque de vulgar no tenga nada). Esto no es baladí, es algo fuerte. Lo que quiero que quede claro es que hay una base común: en la religión, en la teología y en la filosofía… y que es a partir de esta base común (desde el sinántropo, desde las magias de todo tipo y de todos los pueblos con sus mitos, creencias, prácticas, religiones, etcétera) que se elaboró el complejo mundo-religioso desde el principio, mundo religioso que culminó en las grandes y diversas teologías y filosofías de la religión…
Pero lo que también querría subrayar o destacar con fuerza es que incluso el ateo “cree”, porque cree que algo-existe y si algo existe o si hay algo (¡de nuevo el “algo”!) entonces a ese algo se lo puede llamar eventualmente “dios”; digo que se puede y digo llamar para insistir en lo que llamo el problema del nominalismo: ponernos más o menos de acuerdo sobre de qué estamos hablando cuando hablamos de “Dios”. El ateo pondrá el grito en el cielo y dirá: yo creo que hay árboles, ríos, casas… pero no creo en “dios”… Lo que pasa es que el árbol, el río y las casas pueden ser considerados o llamados “dios” (en el panteísmo, por ejemplo); o dios puede ser (sin-ser el dios idolátrico o metafísico) un incognoscible más que todo, y en tal caso el ateo no puede decir nada en contra ni a favor de un “dios” así nombrado (si al hecho de que hay se lo puede llamar dios, el ateo necesariamente se abisma… o discute o niega el nombre de ese hay [algo] que no puede negar).
Mi empeño es encontrar un punto absolutamente común “religioso” (podríamos darle otro nombre, cualquier otro nombre: por ejemplo espíritu, alma, yo o conciencia trascendental, voluntad, dios, libertad, etc.) que está en la base de toda religión, arte, filosofía y, digamos, de todo ser humano en cuanto tal…
Ese punto común no es una pregunta ni una efectividad ni una afectividad del hombre sino que es (en este contexto aceptemos que el hombre es) el hombre, o con mayor precisión: llamamos hombre a eso que llamamos el punto originario… de la religión, etcétera.
Si aceptamos este eso misterioso, en cuanto tal y no en cuanto sugiere o apunta a otro mundo más allá de este, y al mismo tiempo “real” (en cuanto vacío), podemos tener un punto de partida para tratar lo religioso en sí, en su compleja diversidad, en la unidad de su compleja diversidad. Es posible aceptar, pero no como una demostración sino como una evidencia, que hombre=religioso, ¡atención! No que el hombre es religioso como si “religioso” fuera un atributo, sino que hombre=religioso, lo religioso es el hecho, el acto que podemos llamarhombre; y este hecho es fundamentalmente el lenguaje: el hombre como lenguaje −Aristóteles: logos− (en el evangelio de Juan se dice que en el principio era el logos) o como pensamiento: no hay un hombre que hable o un hombre que piense sino que el hombre-es-lenguaje, es-pensamiento (de allí que el habla-habla y el pensamiento-piensa y no existe alguien o algo que desde fuera del habla o del pensamiento hable o piense: esto es lo más simple, pero lo simple es difícil porque tenemos poderosas pantallas o murallas ideológicas que nos impiden ver lo simple).
En resumen: todos los hombres creen: ya sea en una piedra, en un espíritu que sostiene y se manifiesta en todas las cosas del mundo, en un espíritu absoluto como Hegel, en un dios que ha huido como Hölderlin, en un dios sin ser o más allá del ser (Platón), o en un dios sin dios, en un dios creador como dice la Biblia, en una divinidad, o en la simple pregunta o expectativa por el qué o por lo posible o el presupuesto de eso-algo-dios-ser-sustancia-voluntad, etcétera.
Si esto es así podríamos aventurar que la religión es forma de la expansión hiperbólica de una creencia [¿o evidencia, por cuanto no puede ser negada?] originaria (o de lo que somos en cuanto nos interrogamos). Las cientos de religiones que existen en el mundo, con sus iglesias y sus sectas, desde las más rudas hasta las más sofisticadas, las actuales y las que han desaparecido, las que conocemos y las que ignoramos, son formas, digamos, de esta creencia originaria. De alguna manera el hombre, todo hombre, es religioso en la medida en que por lo menos cree que hay algo, y además cree que él mismo existe o es (aquí la referencia obligada es Kant: “al menos yo existo”). Y esta creencia es un Acontecimiento diría insondable, un prodigio del que se deben extraer las consecuencias, digamos, “religiosas”: tanto Kant como Heidegger, y miles de otros pensadores, científicos, artistas y mujeres y hombres “comunes”, fueron tocados o arrebatados por este hecho extraño y prodigioso del “hay ser”, “se da ser”…
A partir de este punto es que podemos tratar de pensar la pregunta inicial respecto al “futuro” de la religión.
Digo tratar de pensar porque, por supuesto, no se puede pensar lo que no “existe”. De allí que no pueda tener una respuesta; tengo vacilaciones, ignorancias, pero no una respuesta. Ante todo porque el Acontecimiento siempre es inédito, inesperado, nuevo, es algo que irrumpe sin anunciarse, tal vez incluso sin ser un acontecimiento… Luego, si quisiera fijarlo, decir es así o será así, privaría al acontecimiento del propio acontecimiento, y esto es imposible. Lo que voy a decir, entonces, es, digamos, un posible-imposible, o un imposible-posible (piensen en el big-bang… ¿quién hubiera podido imaginar, hace veinte mil millones de años, este encuentro aquí y ahora, de nosotros, de estas cosas…?).
Por lo tanto mi respuesta a la pregunta que atormenta este escrito es: no sé. Por supuesto que no sé, pero sin embargo intentaré decir algo que es, por cierto, absolutamente falible. Además no quisiera que lo que voy a decir se cumpla, porque sería terrible.
II- 
Entiendo por Sistema la idea no materializable, no totalizable, de la suma de estructuras sociales: económicas, técnicas, científicas, ideológicas, éticas, artísticas… Algo semejante al Sistema del Absoluto hegeliano entendido como Espíritu y como auto-Saber de ese Espíritu en cuanto Absoluto (pero en esto que yo llamo Sistema, a la inversa de las filosofías del todo como Absoluto-real, hay algo indeterminable e incomprensible que sí escapa, hay una suerte de agujero o hiancia del Sistema, y al cual el Sistema tiende a suprimir, tachar o sustraer). El Sistema (digamos tentativamente post-capitalista o super-capitalista) no tolera esa falla, ese hueco, y posiblemente su telos sea el cierre completo de sí mismo…
Por otra parte el Sistema en su doble proceso de universalización o globalización (social, individual, material, espiritual) puede arrasar con todas las formas eclesiales y no eclesiales de las religiones. (Digo que puede, y creo que lo hará si la “religión” [aquí utilizo el término en su acepción restringida] se convierte en un impedimento para el esencial movimiento de auto-expansión del Sistema). Más aun, puede arrasar con todas las “religiones”, e incluso, in extremis, con el hombre como tal, es decir con lo que considero la esencia de la religión como tal. No es fácil. Tal vez la tarea de la Máquina que es el Sistema (pero Máquina entendida como algo de una plasticidad casi sobrenatural, y cuya tendencia o esencia consiste en usurpar la propia Vida) sólo pueda suprimir la religión, en cuanto “chispa” humana-inhumana o trascendental, en milenios. Pero afirmar esto sería ciencia ficción, sería desconocer la potencia del “inaccesible” (la palabra es de Heidegger) Acontecimiento de lo posible, impensable, inimaginable, indecible e indecidible. Aquí reina el “todo es posible” e imposible simultáneamente. El Acontecimiento es aquello de lo que no se puede hablar, porque si habláramos ya no sería el o un Acontecimiento. Es sólo expectativa, asombro, deseo.
Pero volvamos. El Sistema, que es esencialmente totalitario (en el sentido de su tendencia a la totalización completa), tiende a ser planetario, a universalizarse, mas para su absolutización encuentra en última instancia el escollo de lo trascendental, el punto primero, “originario”, “religioso”, de lo humano en cuanto humano. El Sistema lo fascina al hombre, lo encandila, lo enajena, lo subyuga, pero su problema es que para el total triunfo de la Máquina ésta debe llegar a suprimir al propio “hombre”. Es una tarea ardua, difícil, tal vez imposible: hacer que el hombre piense, ame, desee, imagine, recuerde sólo las imágenes, los recuerdos y los pensamientos que le da la Máquina; vale decir que el éxito del Sistema sería el no-hombre, una máquina-hombre, un mundo muerto cubriendo el mundo vivo como una réplica espectral; algo así como lo narrado por Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”, quien escribe el Quijote reproduciendo letra por letra el Quijote de Cervantes, pero ya no es, no puede ser el Quijote de Cervantes sino una copia: la máquina-hombre será el hombre pero sin el hombre. Pienso que podrá amar, pensar, imaginar, pero… digamos, sin religión, sin campo trascendental, sin la chispa de la cábala, sin “alma” digamos. ¿Podrá hacerlo mediante prótesis? ¿Mediante injertos? (Imaginemos un robot-humano que a nuestra capacidad de inducir-deducir-comparar-relacionar-desear-imaginar-amar, es decir “pensar”, la multiplique por diez, luego por mil, luego por un millón, etcétera, en una progresión geométrica…). Pensemos en lo que podría construir esa mente-hombre-sin-hombre; y lo mismo podría ocurrir con el recuerdo, las imágenes, etcétera.: este sería el hombre post-humano, una máquina-hombre potencialmente e indefinidamente “superior” al hombre. ¿Podría ser este el destino? ¿Habría posibilidad de resistencia? ¿Cuál sería el fundamento de una resistencia? ¿No sería igual a la resistencia que hubiera podido ejercer el pre-homínido o el mono frente a la existencia del hombre? En última instancia siempre quedaría la salida de la extinción planetaria por explosión-implosión del sol en fechas que ya son más o menos conocidas… ¡¿Ciencia ficción?! Sí, pero no tanto…
Volvamos de nuevo al inmenso Acontecimiento que es el hay. No hay pasado ni futuro salvo imaginario, y tampoco hay presente, hay un horizonte donde el hay es esta manifestación absoluta del absoluto, sin tiempo, sin dios, sin yo y sin mundo… Ese hay es hombre-mundo. Un mundo “humano” (lo llamó Marx) que tiende a devenir sólo mundo (o el Sistema tiende a ser sólo Sistema sin hombre), o que mediante un proceso de exteriorización, reificación y enajenación tiende a suprimir al hombre como tal. Los términos centrales son reificación (todo tiende a devenir cosa, res, mercancías, objetos) y enajenación: el “hombre” (no pienso por supuesto en el hombre como animal-racional) pasa a ser un objeto en un mundo que es él-mismo-objetivado. La tarea (no conciente, ¡porque aquí ya no hay conciencia! ¡No se trata de conciencia! Así como corporalmente no se trata de tener conciencia, en el sentido de dirigir o controlar desde la conciencia, el funcionamiento del hígado o del sistema circulatorio) a la que tiende el Sistema es a cosificar totalmente al “hombre”, a convertirlo en una pieza más de su indefinido, indeterminado, mecanismo. Ahora bien, todo este razonamiento parte de reconocer que la esencia del Sistema es su crecimiento o la llamada “reproducción ampliada” (según los términos utilizados por Marx): necesita no sólo reproducirse sino crecer, y es este crecimiento el verdadero “peligro”, para hablar con una palabra de Hölderlin, porque es un crecimiento que se desborda a sí mismo, que no tiene límites, que puede arrasar con la tierra y con la especie humana, y no sólo puede sino que ya lo está haciendo, porque en su punto extremo, o abismal si se quiere, puede funcionar solo, o con un hombre ya-no-hombre convertido en sólo soporte de relaciones entre cosas, un robot-hombre indefinidamente perfeccionado.
Frente a esta situación la pregunta decisiva es ética, yo hablaría de una ética de la resistencia: de resistencias puntuales, determinadas, sucesivas, en extensión (desde la ecología hasta la música…) y en intensidad. Una ética desgarrada: somos llevados dramáticamente a escindirnos entre la ausencia-de-sentido (que no es no-sentido) y un estado no menos firme de pura-expectativa (expectativa-de-nada); absurdo-imposible es el sentido (que dan las “religiones”) y firme es la expectativa (¿concomitante o distinta sustancialmente de la “fe”?). Se trata, a mi juicio, de la verdadera lucha, que hace a lo esencial del hombre y a lo esencial de la tierra y del mundo. En esta constelación la “política” pierde su hegemonía. El centro pasa a ser el ser-humano en toda su complejidad material y espiritual, quiero decir: cada mujer, cada hombre, cada niño o viejo, se convierten en lo que ya son, hacen acto del propio ser, se vuelven para sí mismos milagros absolutos. Que la política pierde la hegemonía no significa que desaparezca, sino tal vez lo contrario, que llegue a ser uno de los grandes focos de resistencia al Sistema, pero esta grandeza dependerá de la conciencia de la centralidad humana, del sentido último del Sistema, del diálogo con todos los otros lugares de resistencia. El campo de la lucha pasa en un sentido esencial de los partidos políticos, de la cámara de diputados y senadores, al espíritu de los seres humanos como lugar de síntesis de lo múltiple. Esta no es una negación de los partidos políticos ni de las luchas sociales, económicas, educacionales, de salud, vivienda, tierra, etcétera. sino un reacomodo de, digamos, los múltiples y descentrados paradigmas de la acción. Y no creo que esta sea una utopía, más bien es una visión de lo que está sucediendo ante nuestros ojos, pero con un quid: no hay una esencia, un deber-ser. Existen infinidad de modos de resistencia, pero cada modo de resistencia tendría que estar abierto al menos a dos cosas: al reconocimiento de los otros modos de resistencia y al intento de un ascenso en la toma de conciencia de sí, del otro y del mundo. La resistencia, además de resistir una violencia determinada, implica un arrancarse o separarse de las formas más sofisticadas de aprehensión, separarse de su aterradora vida, de su insistente y constante maldad, de su “tentación”, de las maneras suaves de dominación y exterminio “espiritual”. Porque existe el exterminio físico de las guerras y las infinitas violencias policiales y militares, y existe el exterminio espiritual-suave, la imposición de modos de ser, de ver, de tocar, de relacionarse, de amar (el modo de ser “americano”: por un lado las bellas almas, el confort, los viajes, los goces de la vida −como se dice−, y por el otro las armas de uso masivo, la xenofobia, el machismo o el feminismo como violencias, la estupidez generalizada, la globalización de las ideologías, etcétera): este exterminio es tan peligroso como el primero.
¿Cómo resistir? Las resistencias no pueden subsumirse en una forma. Su pluralidad resulta de la infinitud de redes opresivas, de acciones violentas contra la tierra, los animales y los hombres, y así en cada lugar y en cada ser humano, comunidad, pueblo o barrio, la resistencia es particular. Se trata de un estado-de-insurrección, o, si me permiten la palabra, de revolución subjetiva permanente, o de un cambio de óptica, que puede ir desde lo más nimio de la vida cotidiana hasta los momentos más graves e intensos de la existencia. No hay un vademécum de la resistencia, hay un espíritu que puede asumirse, y si hay algo que el Sistema no quiere es que el hombre se asuma-en-espíritu (estoy pensando en el valor del último Husserl, quien frente a los nazis apelaba a la asunción del Espíritu como la más alta empresa humana).
En esta “empresa” las religiones, pienso en las grandes religiones caídas o vaciadas, pueden ser focos poderosos de resistencia, pero sería necesario, ante todo, que reasumieran y vivieran sus propios principios espirituales. Pensemos, por ejemplo, en ese inmenso cuerpo que es la iglesia católica, que sostiene en sus palabras y en sus escritos, el amor al prójimo, y que, por otra parte, ha acompañado los gobiernos más feroces de la historia, y a justificado asesinatos y genocidios, que ha acumulado riquezas, que castiga a sus propios sacerdotes y fieles cuando estos plantean y viven libremente sus principios religiosos. Si estas religiones se convirtieran en fuente serena y constante de espiritualidad real, sería una gran acción de resistencia. Es suficiente con pensar en la fuerza numérica del cristianismo en sus distintas ramas, del islamismo, del budismo, del sintoísmo, del judaísmo, para vislumbrar lo que podrían significar en esta lucha planetaria por la supervivencia. Pero el Sistema se mete en todo y se apodera de todo, no sólo penetra en la religiones vaciándolas, convirtiéndolas en puro formalismo, sino también en la filosofía, fundamentalmente a través de su vaciamiento-aplanamiento universitario, en el arte, mediante la creación de grupos e instituciones que no sólo fijan el gusto sino que lo crean, en el deporte que deja de ser una práctica para ser un espectáculo practicado en sus niveles elevados por millonarios, en el cine, en la televisión, generando formas de ser y de violencias poderosas, convirtiéndolos en instrumentos de enajenación a gran escala, en las relaciones sexuales, algunas perseguidas y otras banalizadas, convirtiéndolas en actos superficiales, en “vasos de agua” que se toman y se dejan o de una retórica sexual pudibunda, desgajándolas de las prácticas eróticas y orgiásticas abiertas a todos los éxtasis posibles. El Sistema coopta mediante premios, becas, viajes, agasajos, mediante artículos laudatorios, etcétera. La corrupción y el latrocinio como formas del Sistema. La policía y el delito, el narcotráfico, etcétera, como formas del Sistema. Nosotros, los que decimos una cosa y hacemos otra, como formas-del-Sistema. Yo diría que la resistencia comienza por casa. Hic et nunc: aquí y ahora. No hay futuro. Hay esto, el Acontecimiento del instante, el presente. Nadie lucha por sus hijos o por sus nietos, se lucha por uno mismo, se niega el sistema, se resiste, por uno mismo. Y ese uno mismo es todos e implica todo, ese uno mismo es lo previo a todo ser, sustancia, dios, etcétera.
La apuesta, como tan bien lo vio Bataille, es tanática, es decir mortal. Lo que está en juego es la Vida como vida común y como vida trascendental. Este no es un problema sólo teórico ni de teóricos, es un problema común de supervivencia de lo humano, de lo animal y de lo terrestre. No hay una ética, pero hay formas múltiples que podríamos llamar éticas, de construcción y de desconstrucción, de resistencias y de creación, en cuanto cercanía del hay, de la presencia o de lo trascendental, no importan aquí los nombres sino el impulso, llamémosle sagrado, porque defiende, sostiene y se identifica con la Vida, que nos permite resistir, que vuelve posible todas las resistencias posibles. Uno de esos impulsos es, yo creería, el Amor y la constelación de pasiones “éticas”, “estéticas”, “políticas”, “eróticas” y sociales en su infinitud, que rodean esoque llamamos de manera vacilante “amor”: la piedad, la compasión, la misericordia, la benevolencia, la mansedumbre, el respeto en el sentido kantiano de vivenciar al otro y a lo otro como absoluto. Digo pasión ética en un sentido abierto y múltiple, en el Bien en un sentido pre-conceptual; digo pasión estética igualmente en un sentido de apertura y fiesta, y no como dogma y canon: un arte libre, desligado de retóricas, de condicionamientos formales, de escuelas, donde cabe desde el dibujo de un niño hasta una instalación, unaperfomance, un objeto conceptual, una música intuitiva, una poesía como quiera que sea poesía; y digo pasión “política” en el sentido de prácticas descentradas, no sometidas a un partido guía, a una ideología política dada, en la cual los “sujetos” sean el centro insuperable de todas las prácticas liberadoras posibles e imposibles, que se resista a aceptar que la política “no tiene nada que ver con la ética”; digo pasión “erótica” en el sentido de prácticas amorosas desligadas de las constricciones del Sistema, en el sentido de una aventura sexual-espiritual productora de goce; y digo pasiones “sociales” en general que se opongan y defiendan el espacio de la Vida, el que no “debe” ser sometido en la profundidad de su trascendencia: me refiero al cuidado del aire, del agua, de los arroyos, de los ríos y de los mares, de los perros y los gatos, a las ballenas y los pájaros y los zorros y las iguanas, de los pobres animales devastados y torturados por el hombre, al espacio y a la tierra agostada, a la lucha contra los plásticos y los desechos venenosos, etcétera. Creo que todo esto es lo religioso, más un profundo respeto por la diversidad de creencias, de culturas, de idiomas, de colores de la piel… Descascaremos, des-construyamos las religiones paquidérmicas, reaccionarias, violentas. La fuerza, o las fuerzas del Sistema, son poderosas, son el poder mismo. Pero las fuerzas discontinuas de las resistencias también son poderosas. Creo que ya no se trata de utopías proclamadas por individuos u organizaciones que se dicen poseedoras del sentido (del mundo, de la historia y del hombre, ¡como si supieran por ciencia infusa o por revelación trascendente hacia donde marcha el mundo, sin advertir que no se marcha hacia ninguna parte!), porque esas utopías han desangrado a la humanidad y han entronizado, paradojalmente, el Sistema.
El mundo no va a ninguna parte, como si fuera un tren rumbo al cielo, al paraíso o al infierno. Todo se decide en esto absoluto-infinito en acto-aquí-y-ahora. Lo demás, ya sea que apunte hacia el pasado o el futuro, en realidad son fuerzas que tienden a despojar a los seres humanos de la fuerza irremplazable del ahora. El horizonte del ahora, con su belleza, sus alegrías, sus tragedias, es lo que yo llamo religión, es nuestro supremo bien, nuestra posibilidad tal vez imposible pero ya en acto. Es el Acontecimiento esencial, es incognoscible e indecible en su futuro, pero se puede decidir, podemos decidir haciéndonos responsables precisamente de su Presencia esencial, de la infinitud de sus manifestaciones. En este sentido estricto en que estoy hablando tanto la discusión acerca de la muerte de dios como del agotamiento de lo religioso instalan en otro espacio o en otro ámbito la singularidad de sus respectivas cuestiones.
Diálogo imaginario
− ¿Lo religioso estaría reservado a las elites?
− Lo religioso se da en el inmenso mundo y con infinitas formas, desde las religiones, por supuesto, hasta la música, la poesía, el amor, el cuidado de los cuerpos, el deporte, y fundamentalmente el trabajo que crea-sostiene el “mundo humano”, en todas partes puede surgir y surge la “chispa” de la unidad, del re-ligare, de lo religioso… ¡No hay nada menos elitista que la religión! Lo que sucede es que hay que sacarla de los confesionarios, de las sacristías, de las iglesias, sacarla de las masacres y de la violencia carnicera del hombre, y ver lo religioso del carpintero, del médico, del maestro, ver la hospitalidad, la mansedumbre, la compasión de los hombres. Y esto de ninguna manera significa un desprecio o un desconocimiento de las grandes religiones eclesiales, también en ellas lo religioso resiste y lucha contra sus ídolos y jerarquías, más aun, creo que sin esas religiones, con todos sus inmensos defectos y culpas con los que cargan, no existiría posibilidad de enfrentar al Sistema, en ellas hay millones y millones de seres humanos que ruegan, que claman por la justicia y el respeto que todos y cada uno merecen como “hijos de Dios”. Y esto tiene una importancia capital pues nos proyecta a la respuesta de Jesús cuando le preguntaron si era Dios y respondió “Tú lo has dicho”, Jesús dijo yo-hombre soy dios, ustedes son dios, el reino de los cielos está adentro de ustedes. Claro, ese es un momento privilegiado, mientras que la vida cotidiana nos aparta, nos arrastra al olvido… La vida cotidiana puede ser maravillosa, tendríamos que tratar de que sea intensamente maravillosa, o puede ser banal, pura charla, estúpida. Resistir sería, en última instancia, no sólo oponerse al Sistema así, en abstracto, sino a la estupidez, a la enajenación con la que el Sistema pretende reducirnos, suprimirnos, con todas suerte de aparatos, desde la televisión a los teléfonos, los diarios, las revistas, el cine, etcétera. Por otra parte, digamos que no se trata de fijar un deber-ser desde fuera de los seres humanos, se trata fundamentalmente de los seres humanos considerados en lo que sin énfasis podríamos llamar el milagro de sus existencias… No estamos en la placidez del paraíso sino en el ojo de la tormenta, y creo que así tendríamos que sentirlo y vivirlo.
No digo, como Heidegger, que sólo un dios puede salvarnos, salvo que ese dios sea el hay inaccesible e incomprensible. Creo que la “salvación” es hoy o nunca. Del futuro, de ese futuro ominoso, siniestro, que podemos avizorar, pienso que sólo un formidable Acontecimiento místico-religioso, una mutación, semejante a la de la Vida o a la del Lenguaje, puede “salvarnos” (pongo salvarnos entre comillas porque en realidad no hay salvación pues esencialmente ya estamos salvados por el hecho de ser, y estamos perdidos si no nos asumimos como seres…). Una mutación hacia algo insólito, hacia un más-que-hombre, un post-hombre en relación a esta negatividad carnívora y asesina que somos, podría, tal vez, impedir el hundimiento de la humanidad en la catástrofe…

 

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