Cuentos de Liao Zhai – Pu Songling

Cuentos de Liao Zhai – Pu Songling Jorge Luis Borges Libros Kalish

Estado: nuevo.

Editorial: Alianza.

Dibujos: ilustraciones originales de la edición de Guang Bai Song Zhai (1866)

Precio: $600.

CUENTOS DE LIAO ZHAI fueron escritos a finales del siglo xvii. El título completo es Liao Zhai Zhi Yi, que podría traducirse como «Cuentos extraordinarios de tertulia», aunque son conocidos popularmente en China como Cuentos de Liao Zhai. Representan la culminación del relato fantástico chino como género literario. Siguiendo la larga tradición de la literatura fantástica en lengua culta, Pu Songling recrea un mundo de espectros, demonios, magos, animales sabios y espíritus reencarnados que conviven, en mayor o menor armonía, con el común de los mortales. Utilizando una gran variedad de elementos ­leyendas populares, obras literarias anteriores, sucesos históricos, experiencias personales­, el autor proporciona una nueva dimensión al cuento clásico al impregnar sus relatos de un marcado espíritu crítico. El sistema de exámenes imperiales, el funcionariado o las prácticas feudales son ingeniosamente denunciadas en estos relatos que combinan la narración y el comentario, y que inducen al lector a tomar lo fantástico por verdadero y el hecho real por inventado. Textos abiertos a la imaginación, cuyo final exige la reflexión o pone en juego los resortes capaces de provocar la sorpresa, los cuentos reflejan las creencias de una época marcada por el neoconfucionismo de Ching Zhu, la ascensión del budismo, el declive del taoísmo y el resquebrajamiento del sistema feudal. Esta edición de Cuentos de Liao Zhai recoge ciento cinco de los cuatrocientos setenta y cuatro que forman el original, a los que acompañan dos apéndices sobre el sistema de exámenes imperiales y la administración local, así como tres leyendas tradicionales chinas.
EL MURAL
Pu Songling
 Meng Longtan era de la provincia de Jiangxi y vivía en la capital con un letrado que se llamaba Zhu. Un día, paseando por las afueras de la ciudad, llegaron hasta un monasterio. No se veían allí espaciosos salones de meditación, sino sólo un viejo bonzo medio desnudo que, al divisar a los visitantes, se arregló la ropa y salió a recibirlos, mostrándoles a continuación todo lo que había en el templo digno de ver.
  Había sobre el altar una imagen de Zhi Gong, y en las paredes maravillosos frescos de hombres y animales representados con tanto verismo que parecían seres animados. En el muro oriental estaban pintadas varias hadas, entre las que destacaba una joven con trenzas de doncella que estaba recogiendo flores y sonreía amigablemente. Tenía una mirada vívida y chispeante y a sus labios de cereza sólo les faltaba hablar.
El letrado Zhu quedó embelesado mirándola y perdió la noción de cuanto le rodeaba. De repente, sintió que flotaba en el aire, como cabalgando sobre una nube, y se vio atravesando el muro. Del otro lado se veía una ininterrumpida sucesión de pabellones que por su forma no parecían de este mundo y a un viejo bonzo que predicaba la Ley de Buda rodeado de una multitud atenta. El letrado se metió entre la muchedumbre y al poco tiempo sintió que alguien le tiraba con suavidad de la manga. Al volverse distinguió a la joven que había visto pintada en el templo, que se alejaba sonriendo. Comenzó a seguirla. La muchacha enfiló un camino serpenteante y llegó hasta un pequeño aposento, en el que entró. El letrado no se atrevía a seguirla, pero la joven agitaba las flores que llevaba en la mano como para darle a entender que entrara. Al fin se decidió y vio que, aparte de ella, no había nadie más en el interior. La abrazó sin que ella opusiera resistencia y ambos disfrutaron de los deleites del amor. Después la joven se fue, rogándole antes al letrado que no hiciera ruido y que la esperara hasta la noche.
  Lo mismo ocurrió en los dos días siguientes, hasta que las compañeras de ella descubrieron el juego.
-¡Ya eres toda una mujer! -le dijeron a la joven entre risas-.¡No puedes seguir haciéndote ese peinado de soltera!.
En seguida le dieron las horquillas y los ornamentos de cabeza apropiados y la obligaron a cambiarse de peinado. Ella, en medio de su sonrojo, no acertaba a decir palabra.
-¡Hermanas!- gritó una de ellas-¡Aquí estamos de más! ¡Dejemos sola a la pareja!
  Todas rieron de nuevo y se marcharon. El letrado estaba fascinado con el nuevo peinado y, viendo que no había nadie delante, la tomó de la mano y la llevó a la cama. El olor a orquídea y a almizcle le embargaba el corazón y su alegría no tenía fin.
Pero, estando en esto, oyeron gran estrépito de pasos y cadenas y una voz ronca y salvaje de hombre enfurecido. Los amantes, muertos de miedo, escudriñaron por una rendija y vieron a un hombre de cara negra como el carbón, cubierto con una armadura dorada y armado de látigos y cadenas. Estaba imprecando a las demás mujeres.
-¿Estáis todas aquí?
-¡Sí, todas!
-Si tenéis escondido a algún mortal, decídmelo en seguida y os ahorraréis el castigo.
Las hadas dijeron que no había ningún mortal entre ellas y el hombre comenzó a buscar por el lugar.
-¡Rápido, escóndete debajo de la cama! – le dijo aterrorizada y con cara de color ceniza la joven, que abrió al punto una puertecilla que había en el muro y desapareció.
  El letrado apenas se atrevía a respirar. Sólo habían transcurrido unos momentos cuando oyó pisadas de botas que entraban en la habitación y luego volvían a salir, y al poco tiempo sintió que las voces se iban desvaneciendo en la distancia. Pero antes de que pudiera tranquilizarse volvió a oír ruido de voces acaloradas que iban y venían desde el otro lado de la puerta, lo que le obligó a seguir encogido donde estaba, debajo de la cama. Con el paso del tiempo, los oídos le zumbaban como si tuviera dentro una legión de chicharras y los ojos le ardían como tizones. Aunque la postura en que estaba le resultaba insoportable, permaneció sin atreverse a mover un dedo esperando el retorno de la joven y sin pararse a pensar por qué se encontraba en semejante situación.
A todo esto, Meng Longtan había advertido la súbita desaparición del amigo y le preguntó al monje por su paradero.
-Ha ido a escuchar la Ley- le respondió.
-¿Adónde? -preguntó Meng.
-No muy lejos -fue la respuesta.
El viejo bonzo golpeó la pared con los nudillos y gritó:
-¡Amigo Zhu! ¿Por qué tardas tanto?
En seguida apareció pintada en la pared la figura del letrado, con las orejas tiesas en actitud de escucha.
-¡Hace rato que tu amigo te está esperando!- añadió el bonzo.
  El letrado bajó del muro. Estaba rígido como un bloque de madera, tenía los ojos desorbitados del miedo y las piernas le temblaban como un flan. El amigo le preguntó qué le ocurría. Lo que ocurría era que, estando escondido debajo de la cama, había oído un ruido semejante al trueno y se había lanzado afuera.
 En ese instante los dos amigos advirtieron que la joven de trenzas del mural estaba ahora peinada como una mujer casada. El letrado Zhu, muy sorprendido, le preguntó al viejo bonzo la causa.
-Las visiones se originan en la imaginación del que las crea -contestó, sonriendo-.¿Qué otra explicación puedo darte?
Como la respuesta no convenció nada al letrado, y menos a su amigo, que tampoco las tenía todas consigo, ambos enfilaron las escaleras y se alejaron del templo a toda prisa.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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