Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948 – Hans Magnus Enzensberger

Europa en ruinas. Relatos de testigos oculares de los años 1944 a 1948 - Hans Magnus Enzensberger libros kalish

Estado: nuevo.

Editorial: Capitán Swing.

Precio: $400.

Este libro nos arrastra como un torbellino, introduciéndonos en un momento de la historia que parece lejano, una época que nos gusta describir insulsa y nebulosamente como ?la hora cero?: Europa, en los años en que la gente vivía en agujeros y entre los escombros, un tiempo en que nadie era capaz de imaginar un futuro para el continente. El aspecto de nuestro continente al final de la II Guerra Mundial es algo que no se pueden imaginar los que han nacido después, ninguna novela es capaz de reproducir lo inimaginable de aquellos años. Las imágenes más nítidas las han proporcionado los autores que siguieron a los ejércitos de los Aliados, los mejores reporteros de América, y más tarde los neutrales, ?outsiders? que procedían de países no afectados por la guerra y no daban crédito a sus ojos. H.M. Enzensberger recopiló los relatos de estos excepcionales testigos oculares entre 1944 y 1948: periodistas como Martha Gelborn, Edmund Wilson o Janet Fanner, y escritores como Max Frisch o el sueco Stig Dagerman. Escritas bajo la impresión directa del horror, las escenas que nos transmitieron son brutales y excéntricas, pavorosas y conmovedoras, como las que hoy nos llegan del denominado Tercer Mundo.
Hans Magnus Enzensberger, Kaufbeuren (Alemania), 1929 Poeta y ensayista alemán, estudió Literatura, Lenguas y Filosofía en las universidades de Erlangen, Friburgo, Hamburgo y París. Ha vivido como escritor independiente en Noruega, Italia, EEUU y Cuba, y actualmente reside en Munich. En 1965 fundó la revista Kursbuch en la editorial Suhrkamp que, hasta su desaparición en 2008, fue uno de los medios más importantes de los intelectuales europeos. También trabajó como editor de diversos libros de ensayo y poesía, y como traductor del inglés, francés, italiano, español y sueco. Se hizo famoso principalmente por sus ensayos políticos pero a lo largo de su trayectoria, también se ha dedicado al teatro y al guión radiofónico. Desde 1985, es editor de la Andere Bibliothek.
Sin duda, Hans Magnus Enzensberger es uno de los intelectuales más reconocidos dentro y fuera de Alemania. Galardonado con múltiples premios nacionales e internacionales, recibió en 1963 el Premio Georg Büchner. Otros, como el Premio Ludwig Börne y el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, reconocen la obra de toda su vida. En el año 2009 le otorgaron el Premio Sonning por su contribución a la cultura europea.
Los cronistas de la ruina de Europa
Javier Herrero
La caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 inició el proceso que acabaría con las últimas consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Un año después, la reunificación alemana que lideró el canciller Helmut Kohl era un hecho que se desarrolló con suma rapidez en paralelo al proceso de construcción política de Europa. Por aquellas fechas el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger temía que ese proceso terminase en un eurocentrismo económico, liberal hacia dentro y proteccionista hacia el exterior, una nueva “Fortaleza Europa”, en un sentido demográfico y económico, potencial generadora de tensiones. A modo de posible vacuna, Enzensberger entendía, acertadamente, que no se había llevado a cabo un análisis complejo de los “años fundacionales” de la nueva Europa y la situación que afrontó su población. Son los años de la posguerra europea, los años en que el continente  era materialmente un montón de ruinas y los europeos, no solo los alemanes, se encontraban en un pozo político y moral.
Al constatar que la filosofía europea se dejó llevar por una abstracción que le alejaba de un frío análisis de la realidad y que la literatura de memorias posterior carecía de credibilidad, la aportación del pensador alemán para iluminar esos oscuros años que van de 1944 a 1948, fue publicar en 1990 Europa en ruinas, una recopilación de crónicas de los mejoresreporteros y escritores americanos, que siguieron a los ejércitos aliados en su avance hacia Alemania, y de otros que provenían de países neutrales, outsiders que daban las impresiones más lúcidas, aunque solo fuesen relativamente acertadas, acerca de las calamidades que sufrían los supervivientes europeos. Enzensberger recurrió a ellos porque en la disposición intelectual de los periodistas  de los países afectados era palpable la autocensura interior que aplicaban a sus análisis y reportajes. En palabras de él mismo, “no solo había quedado devastado el entorno físico, sino también la capacidad de percepción. Toda Europa estaba por así decirlo, como si le hubieran propinado un porrazo en la cabeza”. Capitán Swing ha publicado a finales de 2013 el libro en español y lo hace en un momento muy adecuado, cuando los valores de la esencia del proyecto común europeo están en entredicho, en medio de una crisis económica de dimensiones desconocidas desde 1929, con Alemania convertida en el líder de una Unión Europea que promueve una política de austeridad que puede llegar a dividir al norte del sur de Europa. En un momento, en definitiva, en que los logros del estado del bienestar se tambalean y florecen de nuevo los populismos y la extrema derecha repartidos por toda la geografía europea.
“Nadie es un nazi. Nadie lo ha sido jamás. Tal vez había un par de nazis en el pueblo de al lado (…) durante seis semanas tuve escondido en mi casa a un judío (…). Ay cómo hemos sufrido. Las bombas…”. En abril de 1945 la norteamericana Martha Gellhorn escucha declaraciones parecidas de todos los alemanes con los que se cruza en Renania. Se pregunta “cómo es posible que ese detestable gobierno nazi, al que nadie apoyaba, fuera capaz de mantener esta guerra durante cinco años y medio”. Gellhorn ve “un pueblo entero que declina toda responsabilidad” y que “no constituye una visión edificante”. Se trata de negar una realidad que cada vez adquiere perfiles más terribles, una especie de amnesia colectiva se propaga. Dos años después, en julio de 1947 Janet Hanner envía una crónica desde Berlín que estremece: “La nueva Alemania es solo un despojo de la Alemania muerta de Hitler (…) enemistada con todo el mundo, parece, curiosamente, muy satisfecha consigo misma (…) los alemanes no demuestran ningún interés especial o compasión alguna por el sufrimiento y las pérdidas que han ocasionado a otros (…). Solo unos pocos alemanes parecen acordarse todavía de las palabras que algunos clarividentes pronunciaron al comienzo de los ataques de 1940: ¡Gozad de la guerra!, ¡La paz será terrible!”. Hanner es testigo de una pérdida general de las referencias morales entre los supervivientes alemanes, que deja perplejos a estos reporteros anglosajones. Observadores europeos como el sueco Stig Dagerman consiguen mejores resultados cuando intentan explicarse el comportamiento de los alemanes de la posguerra. Este escritor sueco viajó durante el otoño de 1946 por toda Alemania y afortunadamente hemos podido contar con su capacidad de análisis cuando describe a los antifascistas alemanes como “las ruinas más bellas de Alemania”  o cuando viaja en tren cerca de Hamburgo y “excepto nosotros dosnadie se asoma a la ventanilla para contemplar lo que probablemente sea el campo de ruinas más escalofriante de Europa. Cuando alzo los ojos me encuentro con miradas que dicen: Éste no es de aquí”. Los mecanismos de supresión de la memoria ya están activados.
En octubre de 1944 Martha Gellhorn se encuentra en la recién liberada Nimega, una ciudad holandesa que describe como plácida y aburrida en el pasado pero enclavada en una zona peligrosa, al lado de la Línea Sigfrido y el cauce del Rin. Gellhorn entra en una escuela convertida en cárcel llena de colaboracionistas de los nazis. Entre todos ellos destaca un grupo, “mujeres jóvenes con expresión sombría que yacen en el lecho, enfermas, con bebés muy pequeños; son las mujeres que vivían con soldados alemanes, que ahora son madres de hijos alemanes…”, y nos preguntamos si esas mujeres eran nazis convencidas o buscaban un medio, por peligroso que fuese, de sobrevivir.
En “unas circunstancias que semejan la temprana Edad Media. Como beduinos, los napolitanos acampan entre las ruinas…”. Norman Lewis describe así el Nápoles de octubre de 1944 que sufre de hambre y sed, porque los alemanes han destruido los sistemas de suministro de agua. Pero si alguien sabe sobrevivir en un medio hostil, esos son los napolitanos. Allí el mercado negro llegó a ser próspero como nunca lo fue. De cada tres barcos de los Aliados que eran descargados en el puerto desaparecía el cargamento de uno, y en los alrededores del Tribunal de Justicia se vendía en un ruidoso mercado lo poco que antes había sido robado.
John Gunther llega a Varsovia en el verano de 1948, la ciudad que, después de Stalingrado, ha sufrido la mayor devastación en la guerra. Un polaco se dirige al periodista: “Vosotros en Occidente podéis tener el más alto nivel de vida del mundo. Pero nosotros los polacos tenemos el más alto nivel de muerte”. No se puede resumir mejor lo que ha sufrido esta ciudad desde que fue invadida en 1939 cuando contaba con 1.300.000 habitantes y en 1945 contaba con 700.000 menos. Gunther relata como, a pesar de todo, esos perseverantes polacos salen de sus catacumbas cada día comprometidos a reconstruir una ciudad que los nazis quisieron borrar del mapa en octubre de 1944, con una fortaleza y optimismo que sorprenden precisamente porque Varsovia gracias a ellos vuelve a estar viva.
Max Frisch, dramaturgo y autor de Homo Faber, recorrió varias ciudades alemanas en 1946. La maestría con que traslada a las palabras sentimientos y emociones es algo que ha estado al alcance de solo unos pocos en el siglo XX. Por ello, su prosa elegante y delicada nos conmueve cuando describe la desolación y desesperanza que abruma a los civiles alemanes derrotados en esos años. En la primavera de 1946 visita Frankfurt en cuya estación de ferrocarril se encuentra a unos refugiados de territorios que ya no pertenecen a Alemania, abandonados y sin ayuda para los que “su vida solo es una ilusión, algo ficticio, una espera sin esperanza, ya no sienten ningún apego por ella; solo la vida continua adherida a ellos, como un espectro (…) respira en los niños dormidos que yacen sobre los escombros, con la cabeza entre los bracitos consumidos, acurrucados como embriones en el seno materno…”.
París, Roma, Londres, Praga, Budapest, el infierno de Dachau…con Europa en ruinas viajamos a través del caos mental y material de la Europa coventrizada y hambrienta que, curiosamente, a pesar de tantos y tantos bombardeos, no será convertida en un todo homogéneo con la reconstrucción. Las diferencias entre europeos persistirán. El trabajo de Enzensberger con la recopilación de estas crónicas y textos es encomiable y demuestra la necesidad de recordar ese sufrimiento y reivindicar esa memoria por sus efectos preventivos ya que no debemos dar la paz en el continente como algo por supuesto. No olvidemos que hace casi dos décadas, al poco de aparecer este libro por primera vez, 8.000 bosnios eran asesinados en Srebrenica.
La caída
Hans Magnus Enzensberger
Tal vez no sea casualidad que un libro tan extraordinario como Una mujer en Berlín estuviera marcado por un destino fuera de lo corriente. Nunca sabremos si, al escribirlo, la autora tenía en mente su posterior publicación. Los “garabatos íntimos” que realizó entre abril y junio de 1945 en tres cuadernos de notas (y algunos trozos de papel añadidos con precipitación) la ayudaron, más que nada, a mantener un vestigio de cordura en un mundo de devastación y crisis de los valores morales. Se trata, literalmente, de “memorias del subsuelo”, escritas en un refugio antiaéreo que también debía ofrecer protección contra el fuego de artillería, el pillaje y las agresiones sexuales del victorioso Ejército Rojo. Todo aquello de lo que disponía era un trozo de lápiz y debía trabajar a la luz de las velas, puesto que Berlín se encontraba sin suministro eléctrico. Refugiada en un sótano, su capacidad de percepción se encontraba seriamente limitada por la total suspensión de los medios informativos. A falta de periódicos, radio y teléfono, los rumores eran la única fuente de noticias del mundo exterior. Hasta pasados unos meses, cuando ya una apariencia de normalidad había vuelto a la ciudad devastada, no pudo copiar y corregir sus “121 páginas en el papel grisáceo de la guerra”. Como responsable de la reedición de este texto tras cuarenta años de permanencia en el olvido, me siento obligado a respetar el deseo de la autora de permanecer en el anonimato. Por otro lado, desearía presentar los hechos que avalan la autenticidad de su testimonio. En el mundo actual de los medios de comunicación, donde abundan toda clase de trucos, esto acaba siendo una necesidad.
Resulta evidente que la mujer que escribió el libro no era una simple aficionada, sino que se trataba de una periodista con experiencia. Ella alude a varios viajes que realizó como reportera, entre otros países, a la Unión Soviética, donde adquirió conocimientos básicos de ruso. Podemos deducir que continuó trabajando para una editorial o en diversas publicaciones periódicas después de que Hitler alcanzara el poder. Hasta 1943-1944 se continuaron publicando varias revistas como Die Dame o Koralle, en las cuales era posible mantenerse al margen de la inexorable campaña propagandística impuesta por el doctor Joseph Goebbels.
Es probable que, en este medio profesional, nuestra anónima conociera a Kurt W. Marek, crítico y periodista nacido en 1915 en Berlín, que había empezado su carrera en 1932. Durante los años nazis, trabajó para publicaciones semanales como el Berliner Illustrierte Zeitung, haciendo lo posible para pasar inadvertido. Alistado con carácter forzoso en 1938, sirvió como reportero en Polonia, Rusia, Noruega e Italia. Resultó herido en Monte Cassino y fue hecho prisionero de guerra por el ejército americano. Después de la guerra, fue licenciado por el gobierno militar y pudo reanudar su carrera como editor de uno de los primeros periódicos autorizados en Alemania. Más tarde, trabajó para Rowohlt, una gran editorial de Hamburgo, desde donde lanzó un libro que le daría fama internacional. Bajo el seudónimo de C. W. Ceram, un anagrama de su propio nombre, publicó un éxito de ventas sobre la historia de la arqueología: Dioses, tumbas y sabios.
En cualquier caso, fue a Marek a quien la autora confió el manuscrito, después de cambiar los nombres de las personas que aparecían en el libro y eliminar ciertos detalles delatores. Marek, quien tras su éxito internacional se había mudado a los Estados Unidos, le añadió un epílogo y consiguió que lo publicara un editor americano en 1954. Así fue como Una mujer en Berlín apareció primero en versión inglesa, a la cual siguieron traducciones al noruego, italiano, danés, japonés, español, francés y finlandés.
Tuvieron que pasar cinco años más para que el original en alemán viera la luz, e incluso entonces no fue a cargo de una editorial alemana, sino de Kossodo, una pequeña editorial suiza con sede en Ginebra. Obviamente, el público alemán no estaba preparado para enfrentarse a ciertos hechos desagradables. Uno de los pocos críticos que lo reseñó se lamentó de lo que dio en denominar “la desvergonzada inmoralidad de la autora”. No era de esperar que las mujeres alemanas hicieran mención de la realidad de las violaciones; ni que presentaran a los varones alemanes como testigos impotentes cuando los rusos victoriosos reclamaban a sus mujeres como botín de guerra. (Según los cálculos más fiables, más de cien mil mujeres fueron violadas en Berlín en las postrimerías de la guerra.)
Las inclinaciones políticas de la autora constituyeron una circunstancia agravante: carente de autocompasión, con una mirada fría hacia el comportamiento de sus compatriotas antes y después de la caída del régimen, rechazó la complacencia y la amnesia de la posguerra. No es de extrañar que el libro fuera acogido con hostilidad y silencio. En los años setenta, el clima político había cambiado y comenzaron a circular por Berlín fotocopias del texto, que hacía ya tiempo que se encontraba agotado. Los estudiantes del ’68 las leyeron y las adoptó el floreciente movimiento feminista. Cuando me aventuré en el mundo editorial, creía que había llegado el momento de reeditar Una mujer en Berlín. Este resultó ser un proyecto plagado de dificultades. No era posible dar con la autora sin nombre, el editor original había desaparecido, y no estaba claro a quién pertenecían los derechos de autor. Kurt W. Marek había muerto en 1972. Siguiendo una corazonada, me puse en contacto con su viuda, que resultó conocer la identidad de la autora. Me informó de que Anónima no deseaba que su libro se reimprimiera en Alemania mientras ella estuviera viva, lo cual es comprensible si tenemos en cuenta la fría acogida con que fue recibido en 1957.
Finalmente, en 2001, la señora Marek me comunicó que la autora había fallecido, y su libro pudo al fin reaparecer tras un paréntesis de cuarenta años. Durante todo este tiempo, la situación política en Alemania y Europa sufrió cambios fundamentales. Comenzaron a aflorar toda clase de recuerdos reprimidos por la memoria colectiva y fue posible discutir temas que habían sido considerados tabú durante mucho tiempo, circunstancias que habían pasado inadvertidas ante la magnitud del genocidio alemán tales como la extensa colaboración de Francia, Holanda, el antisemitismo de Polonia, el intenso bombardeo de la población civil y la limpieza étnica de la posguerra.
Europa encontró en sí misma materias dignas de estudio. Se trataba, naturalmente, de temas difíciles y moralmente ambiguos, fácilmente explotados por revisionistas de todas las tendencias, pero está claro que hubo ocasión de incorporar todos los hechos en la agenda histórica y abrir un debate serio.
Es éste el contexto en el que Una mujer en Berlín y otros testimonios de los cataclismos del siglo XX deben leerse hoy en día. En el caso alemán, cabe destacar que los mejores registros personales disponibles son diarios y memorias escritos por mujeres. (Ruth Andreas-Friedrich, Volkonski, Lore Walb, Ursula von Kardoff, Margret Boveri, la princesa Wassilikow, Christabel Bielenberg.) Fueron ellas quienes mantuvieron una apariencia de cordura en un entorno de caos creciente.
Mientras los hombres combatían en una guerra devastadora lejos de casa, las mujeres resultaron ser las heroínas de la supervivencia entre las ruinas de la civilización. En la medida en que existió un movimiento de resistencia, fueron ellas quienes atendieron a su logística, y cuando sus maridos y novios volvieron desmoralizados, envueltos en harapos y anonadados por la derrota, fueron ellas las primeras en despejar el terreno.
Esto no quiere decir, naturalmente, que las mujeres no cumplieran una función en el universo nazi. Nuestra Anónima sería la última en pretender el respaldo de principios morales. Ella es una implacable observadora que no se deja llevar por el sentimentalismo o los prejuicios. Aunque no era del todo consciente de la enormidad del holocausto, vio claramente que los alemanes habían revertido en sí mismos el sufrimiento que habían infligido a otros. A través de las pruebas a las que la sometió el siglo que le tocó vivir, mantuvo no sólo la entereza de su orgullo, sino también un sentido de la decencia muy difícil de encontrar entre las ruinas del Tercer Reich.

 

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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