Evolución. La asombrosa historia de una teoría científica – Edward J. Larson

Evolución. La asombrosa historia de una teoría científica – Edward J. Larson Charles Darwin libros kalish

Estado: impecable.

Editorial: DEBATE.

Precio: $300.

Un recorrido por la idea de la evolución, desde sus antecedentes teóricos a la actualidad.
La teoría de la evolución no nació solo de la imaginación de Charles Darwin. Desde sus orígenes, la humanidad ha buscado sin tregua respuestas religiosas, filosóficas y científicas a la pregunta clave: ¿de dónde venimos? Con la irrupción y el auge de la ciencia moderna, la controversia sobre la cuestión de la evolución de la especie se aceleró hasta alcanzar el grado de precisión científica actual. En esta brillante obra -que combina un maravilloso anecdotario con el rigor académico- el ganador del Pulitzer Edward J. Larson nos conduce a través de la idea de la evolución, desde sus antecedentes teóricos, pasando por los portentosos logros de Darwin y Wallace, hasta llegar al descubrimiento de la doble hélice del ADN llevada a cabo por los profesores Watson y Crick, la exitosa síntesis neodarwinista actual y la extensión de la sociobiología.
Al tiempo que traza el camino de las ideas, Evolución describe una galería de personajes fascinantes, los científicos, exploradores y excéntricos cuyas colaboraciones y disputas impulsaron la teoría evolutiva. De Cuvier, Lamarck, Darwin y Wallace a Haeckel, Galton, Huxley y Mendel o Watson y Crick, Larson recorre este dramatis personae consiguiendo un libro que el reputado científico Ernst Mayr calificó de «delicia intelectual».
Vindicación de una historia universal del evolucionismo
Andrés Moya
A modo de resumen anticipatorio, concluyo que la obra de Larson es una historia magníficamente documentada, y mejor escrita, sobre la génesis de la teoría de la evolución biológica, pero con un sesgo al que denomino «centralista». Tomo esta noción de la jerga que utilizamos en nuestro país para cuando, atendiendo al cariz ideológico del que escribe sobre su historia, el relato que nos transmite tiene la peculiaridad de eludir, de forma notoria, la relevancia que para una adecuada comprensión en su totalidad debe tener la correcta consideración de la historia de las periferias, que también son país. Hubiera sido deseable, y mucho, que el autor hiciera una observación preliminar para aclarar que la historia sobre la teo­ría evolutiva que ha escrito, que acompaña con una documentación exhaustiva (44 páginas de notas y referencias bibliográficas de un total de 416), es una historia centrada fundamentalmente en Gran Bretaña y Estados Unidos. Soy consciente de que cualquier conocedor del pensamiento evolutivo podría argumentar que no puede ser de otro modo, porque esos dos países son los fundamentales para entender su origen y consolidación. Pero, ¿es esto cierto? ¿Cuánta historia debemos traer a colación sobre el evolucionismo en Francia, Alemania, Rusia o Italia –por no hablar, sin arrogancia chauvinista, de nuestro propio país y de muchos otros de habla española– para poder concluir que, en efecto, la historia del evolucionismo se ha desarrollado fundamentalmente en los dos primeros citados?
El tema es particularmente delicado porque esta obra no se titula Historia del evolucionismo en los países anglosajones, sino Evolución. La asombrosa historia de una teoría científica y, por lo tanto, por pura lógica, podríamos concluir, tras su lectura, que los otros no la tienen, es decir, que no han contribuido a la emergencia de la misma con innovaciones conceptuales, conflictos científicos, debates entre grupos por su diferente adscripción ideológica, etc. Y ese no es el caso. Tampoco es que Larson no haga referencia alguna a científicos, pensadores o ideólogos de otros países, pero su argumentación es lineal, en contraposición a otra, que se me antoja más razonable, y que denominaría paralela. Pues, en efecto, los dos primeros capítulos tienen por referencia central el debate evolucionista sostenido en Francia antes de Darwin, debate cuyo núcleo lo constituyen Cuvier, Lamarck y Saint-Hilaire. Quedan claros los antecedentes evolucionistas en ese país e incluso cómo fueron considerados allende Francia. Pero da la impresión de que los antecedentes evolucionistas en Francia del evolucionismo de Darwin quedaron en eso, en antecedentes, porque el dominio intelectual de Cuvier fue tan apabullante que lo único que consiguió fue «bloquear el de­sarro­llo del pensamiento evolucionista» (supongo que hace referencia a Francia). ¿Es esto así? Probablemente sea irrelevante decir sí o no, porque para Larson se cierra la historia de la contribución francesa, y pasamos (capítulos 3 y 4) a Darwin, la única figura que podría derribar el poderío intelectual de Cuvier.
Una historia que se supone universal sobre el pensamiento evolutivo bien hubiera merecido alguna consideración sobre lo acontecido en el país galo. Es esta concepción lineal, ciertamente muy habitual cuando se describe el origen y la consolidación de la teoría evolutiva, la que creo debe combatirse con otra basada en la dinámica paralela y de interrelación de la historia del pensamiento evolutivo en diferentes países, especialmente aquellos que han tenido o tienen una fuerte tradición científica. Los capítulos 3 y 4 describen –magníficamente, por otra parte– el surgimiento y despegue explicativo de la evolución por selección natural a través de la ardua tarea que siempre ha supuesto poder explicar algo desde una nueva visión, empíricamente fundamentada. Pero las historias paralelas siguen su curso, lo que Larson no considera o desarrolla suficientemente. En los capítulos 5 y 6 nos muestra el auge del darwinismo allende Gran Bretaña, particularmente Estados Unidos y Alemania. Hablando del impacto del darwinismo en Alemania, Larson escribe (capítulo 5, p. 143): «Con Haeckel, Weismann y sus seguidores, el darwinismo (nacido en Gran Bretaña y alimentado en Estados Unidos) encontró un lugar en Alemania». Me cuesta creer que el darwinismo no se haya alimentado más de Alemania que de Estados Unidos, al menos cuando hablamos de fechas contemporá­neas o inmediatamente posteriores al propio Darwin. Larson reconoce explícitamente que se desarrolla más en los países anglófonos, vinculados a la corona británica, y menos en los de tradición católica, por ejemplo en el sur de Europa. Da la impresión de ser una historia escrita por vencedores. De Francia afirma, de nuevo (p. 142): «El legado de Cuvier mantuvo a raya el evolucionismo en Francia durante una generación, y cuando éste entró en la ciencia francesa lo hizo con un característico sabor lamarckiano». Y ya está. Veamos otro ejemplo. En el capítulo 6, cuando introduce la labor de paleontólogos en el descubrimiento de eslabones fundamentales en la cadena evolutiva, especialmente los relacionados con la evolución humana, aparecen figuras importantes, pero milagrosas. Señala Larson (p. 182): «Finalmente llegó –de un lugar sumamente improbable– el gran avance de la paleontología protohumana gracias a los esfuerzos casi sobrehumanos de una darwinista holandés llamado Eugène Dubois […]. Dubois se rebeló contra el severo tradicionalismo de su país y probó fortuna con la ciencia. Cuando era estudiante leyó ávidamente a Darwin, Lyell y Huxley, pero lo que más le inspiró fue la obra de Haeckel». En modo alguno considero que la sociedad de los Países Bajos fuera más tradicional que la de Gran Bretaña o Estados Unidos y, por lo tanto, partiendo de ello, que fuera improbable la emergencia de una figura como la suya. Tesis lineales son las que llevan a explicaciones basadas en la improbabilidad.
Una consideración más profunda y paralela de la historia de las ciencias de la vida en varios países europeos, en época anterior, contemporánea, e inmediatamente posterior a Darwin, probablemente daría con tesis explicativas sobre la aparición de esos personajes claves no tan basadas en la inverosimilitud. En suma, seguimos a la espera de un estudio «universal» del pensamiento evolutivo. Refuerza esta vindicación el hecho de que los dos últimos capítulos, el 11 («Las guerras culturales modernas») y el 12 («Los avances posmodernos») sean, respectivamente, el relato sobre el creacionismo reciente en Estados Unidos (polémica bien plasmada y documentada), y sólo en este país, y la polémica científica en torno a la sociobiología, así como el debate mantenido en torno a ella, comenzando por los trabajos pioneros de Hamilton, continuando con Wilson, con Dawkins y con el ilustrado Gould. Dicho de otro modo, como si en la historia del evolucionismo reciente no hubiese un debate generalizado en torno al creacionismo científico y el diseño inteligente allende Estados Unidos, o la moderna biología evolutiva no tuviese algunos apoyos importantes por parte, precisamente, de escuelas de investigación que se han nutrido del pensamiento europeo que arranca desde Goethe.
Los capítulos 7 al 10, con mayor o menor razón, abundan en la misma trayectoria. El 7 y el 9 son canónicos, en la línea de otras historias más técnicas que ésta sobre el origen de la síntesis moderna, donde se narra el conflicto (capítulo 7) y conciliación final entre genética y evolución basada en la selección natural (capítulo 9). El capítulo 8, en cambio, vuelve de nuevo por los fueros de la descompensación al sugerirnos el carácter periférico y fuertemente ideológico de, por ejemplo, el pensamiento evolutivo alemán. Versa sobre evolución humana aplicada, y desarrolla la historia del darwinismo social y la eugenesia. Hablando del impacto social del darwinismo, no deja de sorprender su crítico comentario sobre Haeckel, cuando manifiesta que (p.150): «La biología de Haeckel contribuyó a que se desataran el nacionalismo militante y el racismo homicida que las normas sociales y culturales suelen mantener bajo control», lo que no discuto porque, aun siendo un autor favorable al desarrollo de una filosofía laica y materialista, sus tesis las hizo compatibles con la existencia de Estados poderosos y expansionistas. Pero Haeckel y Weismann han contribuido de forma muy relevante a la consolidación de la propia teoría. El último capítulo por comentar, el 9, está magistralmente escrito y documentado, y lleva un título apropiado, mucho más que los restantes y el título general si tenemos en cuenta que deben prefigurar su contenido. Éste se titula: «La cruzada antievolucionista en Estados Unidos». Y de ello trata.
Evolución de una gran idea
Daniel Veloso
CHARLES DARWIN NO inventó la evolución: fue quien logró sintetizar y ampliar el cuerpo de saberes generado décadas antes en el campo de la paleontología, la anatomía y la biología. Era un hombre de su época, viviendo en la nación más poderosa del siglo XIX, que enarbolaba la bandera del progreso tecnológico. Gracias a su viaje de cinco años alrededor del mundo, pudo observar decenas de ecosistemas y a los seres que los poblaban, prestando atención a las ideas más revolucionarias, que hablaban de un cambio gradual en las formas de los seres vivos, y desechando las tradicionales, que indicaban un mundo donde las especies eran fijas e inmutables desde su creación.
Darwin sostuvo que con suficiente tiempo (y la larga edad de la Tierra así lo permitía), esa aparente fijeza de las especies desaparecía. Su idea explicaba cómo a través de gigantescos períodos geológicos se acumulaban gradualmente pequeños e ínfimos cambios en las especies, que, al diversificarse en varias ramas, daban origen a nuevas variedades de seres.
Su teoría, divulgada en 1859 en El Origen de las Especies, ofreció un modo nuevo de ver la naturaleza a un público mayor que el de la comunidad científica. Fue uno de los primeros libros exitosos de divulgación de la ciencia. Por otra parte, con su Teoría de la Evolución, Charles Darwin estableció las bases para la biología moderna. Hoy día expertos en genética, ciencia molecular y biología celular lo reconocen como padre de sus disciplinas. La idea de que los seres evolucionan fue aceptada en vida de Darwin, pero su teoría, con la selección natural como mecanismo principal, no triunfó hasta entrado el siglo XX, cuando se integró con la genética de poblaciones y la biología molecular.
Sometida a prueba durante un siglo y medio, esta teoría ha sido tantas veces verificada y ha salido tantas veces airosa, que ya los científicos se refieren a la evolución no como una teoría, en el sentido popular de conjetura: simplemente la califican como “un hecho”.
EVOLUCIÓN DE LA EVOLUCIÓN. La idea de que las especies se transforman con el paso del tiempo es muy antigua. En una “noticia histórica” preliminar que agregó a El Origen de las Especies Darwin señaló como sus precursores al filósofo griego Anaximandro de Mileto, a Empédocles de Agrigento y al poeta romano Lucrecio. Las ideas de estos pensadores de la antigüedad no fueron más que filosofías marginales durante el medioevo europeo, dominado por la religión cristiana, para la cual todas las especies, vegetales y animales, fueron creadas por Dios y son inmutables. Es recién en el siglo XVIII cuando el concepto de transformismo es retomado.
El naturalista Georges Louis de Buffon (1707-1788), creía que todos los seres habían surgido de uno solo y que a través del tiempo ese ser “ha producido, al perfeccionar y degenerar, todas las razas de los demás animales”.
La hipótesis de la variabilidad de las especies, aunque poco difundida, ya era contemplada por varios naturalistas. El mismo abuelo de Darwin, Erasmus (1731-1802), formuló una teoría evolucionista en su libro Zoönomía, o las leyes de la vida orgánica. Su nieto tomaría la idea de que la lucha por la existencia es el mecanismo primordial de la evolución. También a Erasmus se lo considera precursor de Jean-Baptiste de Lamarck (1744-1829).
Los catastrofistas del siglo XVIII creían que grandes catástrofes, generalmente diluvios, habían barrido la vida sobre el planeta en varias oportunidades. Después de cada catástrofe la Tierra era repoblada con las especies sobrevivientes, las cuales se adaptaban, colonizando los nuevos ambientes. Esta idea, o la de que un Creador repoblaba el mundo con creaciones sucesivas, contradecía la opinión ortodoxa de que las especies no cambiaban. Éstas, afirmaban, eran “ideas fijas en la mente del Creador”.
Pero otros científicos no creían en el fijismo de las especies, y vieron en los fósiles pruebas de una evolución orgánica. Jean-Baptiste-Pierre Antoine de Monet, Caballero de Lamarck, fue el primer naturalista que confeccionó una teoría completa de la evolución, conocida como “hipótesis de la transmutación” o más tarde como Lamarckismo.
Georges Cuvier (1769-1832), prestigioso colega de Lamarck en el Museo de Historia Natural de Francia, utilizó las mismas pruebas que aportaban los fósiles, para vapulear su teoría y desacreditarla. Sin embargo, décadas más tarde varios hallazgos de fósiles la harían reaparecer.
El historiador estadounidense Edward J. Larson, en su documentado libro Evolución: la asombrosa historia de una teoría científica (Debate/Random House Mondadori), afirma que ciertos aspectos de esta teoría, aún hoy “persisten en los márgenes de la ciencia esperando una nueva oportunidad”.
Lamarck creía que los seres vivos cambiaban de forma gracias a un fluido vital. Este fluido actuaba en los cuerpos de los seres y de sus descendientes, permitiéndoles evolucionar hacia formas más especializadas.
Entendía el proceso evolutivo como una escalera mecánica ascendente, por la que subían todas las especies a la misma velocidad, impulsadas por el fluido nervioso, que corría hacia los órganos utilizados y escapaba de los que estaban en desuso, atrofiándolos.
El ejemplo más difundido de Lamarck es su explicación de cómo las jirafas obtuvieron su cuello largo, evolucionando de antepasados cuellicortos. Cuando los ancestros de las jirafas alargaban sus cuellos para alcanzar las ramas más altas, el fluido nervioso corría por sus cuellos haciéndolos más largos. “La única constante era el cambio”, explica Larson. Cuvier desechó la hipótesis de Lamarck, alegando que en el registro fósil no se habían encontrado formas de transición que demostraran que una especie había evolucionado en otra. Años más tarde Darwin se basaría en el trabajo de estos naturalistas para construir su teoría de la evolución “sobre fundamentos más firmes que los de sus predecesores”.
EN EL “BEAGLE”. El Beagle tenía como objetivo cartografiar las costas de Sudamérica. Esta misión obedecía a una estrategia de la política exterior de Gran Bretaña, consistente en proteger las líneas logísticas y comerciales que unían a la metrópoli con sus posesiones en los mares del sur. De la parte científica se encargaría el nuevo recluta.
A pesar de su fama de holgazán, Darwin se esforzó por cumplir con el papel del naturalista de a bordo. Tomaba notas detalladas sobre geología, botánica y zoología y capturaba todo animal que pudiera para su colección.
El barco pasó por Canarias, pero una epidemia de cólera hizo que continuara hasta las islas de Cabo Verde. Lo que Darwin vio allí cambió su forma de pensar y asentó en su mente un par de ideas fundamentales para su futura teoría: la larga edad de la Tierra, y que los procesos geológicos, de forma gradual, van cambiando la faz del planeta.
En la costa vio entre las capas de roca volcánica que las sucesivas erupciones habían dejado un estrato con caparazones de moluscos. Comprendió que estas rocas habían sido levantadas sobre el nivel del mar por una fuerza formidable.
Al partir de Inglaterra su amigo, el geólogo Adam Sedgwick, le había dado una serie de lecturas para el viaje, pero había omitido a propósito el libro de Charles Lyell (1797-1875), Principios de geología. Ya a bordo, el capitán Fitz Roy le dio un ejemplar. Darwin lo estaba leyendo cuando llegaron a las islas y pudo interpretar correctamente su naturaleza volcánica. Había zarpado de Inglaterra como un convencido catastrofista y ahora se había pasado al uniformitarismo de Lyell. Esta doctrina afirmaba que la Tierra había sufrido cambios continuos como la erosión, la sedimentación y el vulcanismo, y que aún continuaban modificándola. De esta manera reemplazaba la concepción catastrófica de la historia del planeta por una historia en “cámara lenta”. Lyell, que no creía en la transformación de las especies, sin quererlo allanó el camino a la teoría de Darwin y a la idea de la evolución biológica.
En el otoño de 1832 y tras una estadía de cuatro meses en Brasil, el Beagle llegó a las costas de la joven República Oriental del Uruguay, a la que Darwin mencionó simplemente como Banda Oriental. Lo que allí vio quedó registrado en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del Mundo.
ÑANDÚES ANTES QUE PINZONES. El relato simplificado de cómo Darwin concibió la teoría de la evolución cuenta que cuando regresó a Inglaterra todavía no era evolucionista, y que llegó a esta idea luego de mucho reflexionar. No obstante algunos autores sostienen que ya durante el viaje Darwin había comenzado su conversión al evolucionismo. Tal afirmación se sustenta en párrafos de los diarios de viaje, y de posteriores comentarios en sus cuadernos.
La historia oficial explica que Darwin, durante su estadía en las Galápagos, encontró en la gran variedad de los pinzones pruebas de la evolución. Pero eso no es correcto. Había cazado a los pájaros guardándolos en cajas, mezclados y sin identificar en qué isla los había capturado. Así los envió al ornitólogo John Gould y fue él quien los clasificó. Recién en 1844 Darwin empezó a escribir sobre los pinzones en el borrador de su teoría.
En el primer lugar en que Darwin encontró pruebas de que las especies son sometidas a un proceso de descendencia con modificación o evolución, fue en la costa atlántica de Sudamérica y en forma de fósiles. Cuando el Beagle ancló frente a Bahía Blanca, en Argentina, Darwin desembarcó para explorar la costa. Allí encontró huesos fosilizados de caballos primitivos, armadillos y perezosos gigantes. Luego de embalarlos los envió a Inglaterra, donde Henslow se encargaría de recibirlos.
También en el litoral uruguayo cerca del Río Negro, consiguió “por el valor de 18 peniques la cabeza de un Toxodon”, un mamífero herbívoro extinto, grande como un rinoceronte.
A pesar de tener escasos conocimientos en anatomía comparada y en vertebrados, el muchacho se las arregló para inferir que había muchas similitudes, por ejemplo entre los extintos gliptodontes y los armadillos actuales.
La conexión que encontró entre sucesores históricos también la halló entre dos especies actuales y vecinas. Darwin quedó perplejo al encontrar que en las praderas sudamericanas vivían dos especies de ñandúes: el ñandú común y otra pequeña especie que habita en el sur de la Patagonia, llamada más tarde en su honor ñandú de Darwin. Pese a ser muy parecidas, las dos especies casi no coincidían en su área de distribución geográfica. En el pasado estas aves se habían diversificado, colonizando nichos ecológicos distintos y diferenciándose tanto que ya no podían reproducirse entre sí.
Al regresar a su país, en octubre de 1836, se dispuso a ordenar y clasificar la gran cantidad de notas y material que había recogido en el viaje. En febrero de 1837 el anatomista Richard Owen le confirmó que algunos de los fósiles que le envió desde Sudamérica eran prototipos extintos de animales actuales. Un mes más tarde el ornitólogo John Gould le informó “que algunas especies de las Galápagos (entre las que no estaban todavía los pinzones), se remplazan unas a otras en islas diferentes”.
Darwin sintió temor en poder de estas pruebas, con las que podría construir una teoría que eliminara para siempre la noción de la fijeza de las especies. Al mismo tiempo se sentía motivado y comenzó a ordenar sus ideas en una serie de cuadernos. El quince de marzo de 1837 escribió en el “cuaderno rojo” su primer comentario sobre la evolución.
EL ÁRBOL DE LA VIDA. El aislamiento de las especies en archipiélagos no explicaba por sí solo cómo se realizaba la evolución. Encontró la solución leyendo el Ensayo sobre el principio de la población del economista político inglés Thomas Malthus, quien desarrolla allí la idea de que todas las especies, incluida la humana, se reproducen en mayor número de lo que puede soportar su hábitat. Según Malthus, los alimentos no eran suficientes para mantener a todos los individuos que nacían.
A Darwin, en cambio, esta ley le ofrecía el mecanismo natural que impulsaba la evolución. Notó que dentro de cada especie se daba una competencia que eliminaba a los miembros más débiles y dejaba a los mejor adaptados. Los supervivientes se reproducían y transmitían sus caracteres a la generación siguiente. De esta forma, “las variaciones favorables tenderían a conservarse y las desfavorables a ser eliminadas”, escribió. Por fin Darwin sintió que tenía “una teoría con la que trabajar”, a la que llamó “selección natural”.
Por analogía, comparó la selección artificial que practicaban los criadores de animales y plantas de su país, con la selección que se daba en la naturaleza, más lenta y difícil de observar. Así como los criadores obtienen animales con ciertas características que ellos seleccionan, como orejas largas o picos cortos, la selección natural también lo consigue pero de “manera mucho más perfecta e infinitamente más lenta”, escribió.
Comprobó que los nichos ecológicos que ocupaban las especies favorecían adaptaciones diferentes, haciendo que no evolucionaran de manera lineal, como imaginó Lamarck. Al contrario, concibió un desarrollo evolutivo ramificado. A partir de un tipo ancestral común, las especies hijas evolucionaban en distintas ramas.
Larson argumenta que al llegar a este punto, Darwin se dio cuenta de que Dios no tenía lugar en este proceso. Es más, “Dios se volvió problemático”, ya que la Teoría de la evolución prescinde de la necesidad de un creador que diseñara las especies, incluyendo a la humana. Los procesos naturales por sí solos podían hacerlo.
AHORA O NUNCA. Para escapar del bullicio de Londres, en setiembre de 1842 Darwin y su familia se mudaron al sur de Inglaterra, a una bonita casa rural conocida como Down House. A pesar de la enfermedad que lo confinó en su casa (tal vez consecuencia de picaduras de vinchuca sufridas en Mendoza en 1835, durante su largo viaje), el naturalista continuó con su trabajo. Darwin anhelaba ser aceptado en el seno de la comunidad científica, pero al mismo tiempo intentaba derribar una de sus creencias fundamentales: la inmutabilidad de las especies. Por eso trabajó en secreto durante veinte años. Varios autores explican que una de las razones para demorar la publicación de su teoría era que no quería ofender a su esposa, muy religiosa.
Darwin era consciente de la oposición que sufriría, y por ello se esforzó en anticiparse a las objeciones que habría en su contra, demorando la publicación de su teoría. Por carta, el naturalista tenía informados a algunos amigos sobre su trabajo, entre los que se encontraba el mismo Charles Lyell, quien no abandonó la doctrina creacionista, pero seguía con atención su trabajo y hasta lo urgió a que la publicara.
Para la década de 1850 la idea de la evolución ya era aceptada por la opinión pública británica. El filósofo Herbert Spencer ya había popularizado la expresión “supervivencia del más apto”. Según Larson, Spencer vinculaba la evolución con “la visión malthusiana del progreso social humano conseguido mediante la lucha y la competencia”, ideología que venía a legalizar la política del Imperio Británico y que justificaba su “superioridad racial” sobre el resto de los pueblos “primitivos” del planeta.
El 18 de junio de 1858, Charles Darwin recibió una carta que cambiaría la historia. Alfred Wallace, joven naturalista con el que ya mantenía fluida correspondencia, le envió desde la lejana Malasia un manuscrito con sus ideas sobre cómo obraba la selección natural en la naturaleza. La advertencia de Lyell sobre que le iban a ganar de mano era finalmente una realidad. Darwin escribió que “si Wallace hubiera tenido el borrador del manuscrito que escribí en 1842, no habría podido hacer un resumen mejor”. Lyell reconoció el aporte de ambos naturalistas, quienes acordaron hacer juntos una lectura de sus trabajos en la sociedad Linneana de Londres.
DESPUÉS DE DARWIN. El Origen de las Especies, publicado en noviembre de 1859, tuvo un éxito imparable, vendiendo su primera edición en un solo día. El libro presentaba por primera vez una teoría que daba una explicación detallada de la evolución, con gran número de pruebas, en un lenguaje sencillo y ameno, que le facilitó su gran difusión.
A pesar de la oposición que se levantó en su contra, la teoría consiguió imponerse. Sin embargo presentaba puntos débiles, por ejemplo en la explicación de cómo se transmitían los caracteres de padres a hijos. Es que la genética aún no había entrado en escena.
En 1865 el fraile moravo Gregor Mendel (1822-1884) publicaría su trabajo sobre los mecanismos de transmisión de características heredables, estudiados en la planta del guisante. Sus conclusiones, conocidas después como Leyes de Mendel, pasarían inadvertidas durante casi treinta años.
Darwin creía que los caracteres adquiridos durante la vida de los individuos podían ser transmitidos a sus descendientes, idea que la genética demostraría como errónea. La vieja teoría lamarckiana del uso y desuso de los órganos de la que Darwin se valió también fue rechazada. Sin embargo la selección natural se sostuvo.
En 1900 el redescubrimiento de las leyes de Mendel generó un conflicto entre los evolucionistas. Los mendelianos, como el holandés Hugo de Vries, creían que la evolución se producía a través de mutaciones discontinuas, dando “saltos” que originaban formas nuevas. En cambio el darwinismo clásico sostenía que la evolución se da de manera continua, por acumulación de variaciones mínimas.
Este debate sería resuelto en la década del veinte, cuando se fundó la genética de poblaciones, disciplina que estudia cómo se propagan las especies. Gracias a sus aportes y a los descubrimientos realizados por la biología molecular, como el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953, se consolidó la llamada Teoría sintética de la evolución. Las variaciones en los caracteres de los que hablaba Darwin se definieron como “mutaciones”, es decir, accidentes que se producían en determinados genes. Aunque la forma en que se da la evolución, si a saltos o gradualmente, todavía no ha generado un consenso.
Ha pasado un siglo y medio desde la publicación de la teoría y pese a los momentos de auge o de desprestigio, se ha mantenido a flote. De hecho, con el tiempo se ha consolidado como uno de los enunciados más firmes del actual paradigma científico. Aquel muchacho que dos siglos atrás miraba perplejo la desolada costa sudamericana desde la borda de un pequeño barco, nunca imaginó la increíble revolución que desataría y de la que solo se está en el comienzo.
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