La transmigración de Timothy Archer – Philip K. Dick

La transmigración de Timothy Archer – Philip K. Dick libros kalishLa transmigración de Timothy Archer – Philip K. Dick Libros Kalish Juan Pablo Liefeld

vendido

Estado: nuevo.

Editorial: Minotauro.

Precio: $000.

Ésta es la historia de Timothy Archer, un abogado alcohólico convertido en clérigo que viaja a Israel para examinar una nueva traducción de los manuscritos del Mar Muerto. Durante su viaje también se cuestionará ciertas decisiones de su vida, en especial aquéllas que contribuyeron al suicidio de su amante y su hijo.

Este libro contemplativo e introspectivo es uno de los trabajos más filosóficos y literarios de Dick. La transmigración de Timothy Archer es, además, su última novela.

Philip K. Dick nació en Chicago en 1928 y residió la mayor parte de su vida en California. Asistió a la universidad pero no llegó a finalizar sus estudios. Escritor precoz, empezó a dedicarse a ello profesionalmente en 1952, para publicar un total de treinta y seis novelas y cinco colecciones de relatos a lo largo de su vida. En 1962 ganó el premio Hugo a la mejor novela con El hombre en el castillo, y en 1975, el premio John W. Campbell Memorial a la mejor novela con Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Murió el 2 de marzo de 1982 en Santa Ana (California) sin llegar a ver la primera adaptación cinematográfica de su obra, Blade Runner.
Penúltimas verdades*
Emmanuel Carrère
Salvo que no haya tenido lugar en alguna parte de las últimas cien páginas, llego al final de esta historia. ¿Qué otras cosas le ocurrieron a Dick? Su madre murió y él llamó a Kleo, a la que no veía desde hacía veinte años, para anunciárselo llorando. Los derechos cinematográficos de Blade Runner le procuraron mucho dinero. Donó una parte importante de ese dinero a asociaciones caritativas, compró una casa para Tessa y para Christopher y quiso ofrecer el apartamento contiguo al suyo, que Doris había ocupado por un tiempo, a Tim Powers, como regalo de bodas, pero éste lo rechazó. Siguió yendo todos los martes a la casa de Powers y todos los viernes a ver a su psicoterapeuta. Hizo esfuerzos por adelgazar y se vestía con más cuidado. Una foto tomada en las oficinas de la Warner muestra, al lado del director Ridley Scott, una imagen harto convincente de un escritor exitoso: corpulento pero no barrigudo, barba prolija y elegante chaqueta de ante. Joan Simpson fue su último amor, pero tuvo aún algunas amistades femeninas, quizá también una relación. Una actriz del montón a la que intentó abrirle las puertas de los estudios cinematográficos recuerda cinco rasgos de él: su caridad, su calidez, su lealtad, la devoción a su arte y su melancolía. En la penumbra de su apartamento, Dick escuchó muchas arias y piezas para laúd de Dowland, que tenían como título: Sorrow, Stay o Weep you no More, Sad Fountains, pero su preferida siguió siendo Flow, my Tears. Vio crecer a su hijo de lejos y por un momento pensó en juntarse otra vez con Tessa. Los días de angustia la llamaba por teléfono para que ella fuera a abrazarlo.
Dios ya no le hablaba. Casi no tenía visiones y soñaba menos. Según el humor en que estaba, veía en ese abandono una nueva prueba en el camino hacia la salvación, el signo de una victoria definitiva del Adversario, o bien el de un regreso a la lucidez después de una larga crisis de delirio. Una noche, sin embargo, después de que un invitado se marchara, como había sucumbido a la tentación de fumar los restos de un porro abandonado en un cenicero, Dios rompió su silencio. Para asegurarse de que no se encontraba frente a un impostor, Dick quiso someterlo a un test. En el momento, el test que imaginó le pareció luminosamente eficaz: por fin había descubierto el interrogante que obligaba al Altísimo, o a quienquiera que se hiciera pasar por Él, a descubrir las cartas. Al día siguiente, por desgracia, no consiguió recordar ni el interrogante definitivo, ni la respuesta que había recibido.
Como no tenía nada más a que aferrarse, continuó con su Exégesis. Escribió dos libros más. O, para ser más exactos, Amacaballo Fat escribió uno de ellos y Phil Dick el otro.
***
El libro de Fat, La invasión divina aborda un tema inabordable: la Encarnación. Todos los que han escrito la vida de Jesús han tenido que vérselas con este misterio. ¿Qué sabía el aprendiz de carpintero de su naturaleza divina? ¿Fue tomando progresivamente conciencia de ella durante un largo despertar? ¿Es posible imaginar que haya pensado, en la cruz, haber sido víctima de una ilusión creyéndose el Hijo de Dios? Y si no fuera así, si hasta el final estuvo seguro de la Resurrección, ¿es posible tomar en serio la Pasión?
El protagonista del libro es un niño llamado, como su predecesor, Emmanuel. Introducido de contrabando en la Tierra, en el vientre de una enferma agonizante, anuncia que nuestro universo es a la vez una cárcel y un simulacro; que la Creación se le ha escapado de las manos a su Creador y que todos nosotros dormimos, soñando los sueños que nos concede el Imperio, a cuyo poder hemos sucumbido. Vagas intuiciones, dudas, incoherencias insignificantes de nuestra vida cotidiana les hacen presentir esta verdad a aquellos que están menos profundamente dormidos. Ellos no tienen el valor de creerlo. Pero hay que creer, hay que despertar. Aquel que escuche y crea en la palabra de Emmanuel entrará en el Jardín y restaurará la Realidad.
Diversas figuras tutelares ayudan al niño a descubrir su origen y misión: el profeta Elías, bajo la apariencia de un mendigo, Juan el Bautista, Zoroastro, Atena, el mismo Jehová y una niña sentenciosa que tiene el mismo nombre que los hebreos dan a Su presencia: la Shejiná.
Esta reunión recuerda esas películas, supuestamente prestigiosas, en las que un estudio utiliza como invitados estelares a toda la caterva de estrellas que tiene bajo contrato. Plagada de referencias esenias, gnósticas y hebraicas, toda la elite de la Exégesis se encuentra reunida en torno a un banquete de tradicionales especialidades dickianas: memorias manipuladas, suspensiones criónicas, todo esto con música de Dowland de fondo, interpretada por Linda Ronstadt y su orquesta de vibrolaúdes sintéticos.
En fin, lo de siempre.
***
La transmigración de Timothy Archer es todo lo contrario: un libro perverso, inesperado, un verdadero golpe de Rata.
En 1979, Joan Didion, una de las plumas más prestigiosas de los Estados Unidos, publicó el libro The White Álbum, una antología de ensayos sobre los años sesenta, saludado de inmediato como un clásico del periodismo literario. El libro contiene un ensayo demoledor sobre el obispo Pike: advenedizo religioso, intelectual carente de inteligencia, filisteo, egoísta. Al leerlo, Dick sintió una profunda pena. Creo que más profunda aún, puesto que, con su manía de adherirse al punto de vista del adversario, sintió cuan justos eran los sarcasmos de Didion, y que además podían aplicarse tanto a él como a su difunto amigo.
Había subtitulado la Exégesis: Apología pro vita mea. Se le ocurrió escribir la apología del obispo Pike, que había sido a la vez su modelo y lo que él temía ser, o sea un perfecto alter ego.
¿A quién hacerle contar la historia? Por un momento pensó en encargarse él mismo, pero se dio cuenta de que en seguida se encontraría en el punto muerto en el que Phil y Fat continuaban disputando su interminable partida. Había que encontrar otro punto de vista. Escapar de sí mismo, escribir con las palabras y los pensamientos de algún otro: viejo sueño de novelista. In extremis y contra toda previsión, Dick lo consiguió. Por primera vez en su vida puso como protagonista a una mujer que no era ni la empalica morena de sus sueños, ni la zorra castradora de sus pesadillas. Por primera vez en su vida creó un personaje complejo, creíble y que no se parecía a él.
Ángel, la narradora de esta novela rigurosamente mainstream, está casada con Jeff, el hijo del famoso obispo episcopal de California, Timothy Archer. Jeff se ha suicidado. El obispo y su amante, Kirsten, han afirmado haber contactado con él desde el más allá. Kirsten también se suicida. El obispo tiene una extraña muerte en el desierto de Judea. Todo esto ocurre a finales de los años sesenta. El libro empieza el 8 de diciembre de 1980, día del asesinato de John Lennon. Tres semanas antes, Ronald Reagan fue elegido presidente de los Estados Unidos. «Se trata de una época—confirma el I Ching— en que avanzan los vulgares y se encuentran precisamente a punto de desplazar a los últimos vigorosos y nobles que quedan» (Po, resquebrajar).
Ángel trabaja de gerente en una tienda de discos de Telegraph Avenue en Berkeley. Como mucha gente de la bahía de San Francisco, los acontecimientos de su vida están jalonados por los discos de los Beatles. Su matrimonio se rompió cuando salió el Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band. En la habitación de hotel donde lo hallaron muerto, donde no había tocadiscos, Jeff llevaba con él el primer disco solista de Paul McCartney; y, doce años más tarde, cuando Ángel escucha Teddy Boy, aún siente ganas de llorar. Con frecuencia siente ganas de llorar. Aunque en el seminario sufí al que asiste, dirigido por un clon de Alan Watts en una barca de Sausalito, se enseñe lo contrario, cree que hemos venido a este mundo a descubrir que lo que más amamos nos será quitado, y que eso es todo. El día de la muerte de Lennon descubre por casualidad el artículo que una novelista de prestigio, Jane Marión, dedicó a su suegro. Primero se pone a llorar, después decide escribir su testimonio.
Ángel Archer amaba y admiraba al obispo, a quien llama Tim. Pero no está ciega, como tampoco Dick lo estaba sobre sí mismo. Al adoptar el punto de vista de esta joven mujer de luto, que busca entender qué ha fallado, se alejó mucho de su proyecto apologético. Pese a que la intención inicial fuera la de hacer un elogio de su amigo y la de justificarse justificándolo, acabó superando a Didion, retratando al obispo como un hombre brusco y pedante que sin escuchar nunca a sus interlocutores los abrumaba con una avalancha de citas y términos como «kerigma», «parusía» e «hipóstasis». Tim Archer daba lecciones de moral a todo el mundo, se llenaba la boca con la palabra «caridad» y leía, con el índice levantado, la epístola de los Corintios, pero en la vida se abría camino sin la más mínima preocupación por las consecuencias de sus actos. Nada que fuera trivial debía obstaculizar su camino hacia la verdad. Cuando desenvolvía una camisa nueva, dejaba caer al suelo los cartones y los alfileres y rápidamente abandonaba la habitación sin molestarse en recogerlos. Cuando veía que ya no se llevaba bien con su mujer, declaraba la nulidad del matrimonio. Cualquier compromiso que no le convenía caducaba. En lugar de perseverar en un error, mejor pasar la página, ¿no es cierto? Esta regla de conducta, en la que Didion lúcidamente identifica un rasgo esencial de los años sesenta, regía la vida del obispo: una sucesión de páginas pasadas rápidamente, un libro leído en diagonal. El mismo Cristo no era más que una de esas páginas, una experiencia entre otras. Seguir siéndole fiel, a pesar de las dudas y las tentaciones, no hubiese sido digno de aquel donjuán del espíritu. Además, como algunos donjuanes, el obispo siempre era sincero y creía definitiva su última visión del mundo. Pero bastaba con que apareciera un nuevo libro o una nueva teoría deslumbrante para que volviera a ponerlo todo en duda. El niño que a los cinco años leía de un extremo al otro el diccionario o la guía telefónica —proeza que sus admiradores resaltaban para ilustrar su pasión por el saber—, de adulto seguía buscando en los libros una respuesta objetiva a todas las preguntas. Pensaba que en alguna parte tenía que existir, igual que existen informes sobre la política agrícola del Benelux, un informe documentado, imparcial y fiable sobre las causas últimas. Descubrir que las respuestas a este tipo de preguntas se contradicen entre un libro y otro, ya que salvo que se piense que la Biblia y el Corán son divinos éstos no reflejan más que opiniones humanas, no le hacía optar por el relativismo ni lo incitaba a elegir su campo de una vez por todas, sino que más bien lo hacía cambiar continuamente de opinión.
Como era de prever, el estudio en forma de autorretrato de este caso de versatilidad intelectual y afectiva ofreció a Dick la oportunidad para un nuevo vuelco. Su religión, ahora, estaba hecha: mientras describía sus errores y los de Pike, acabó tomando partido por Ángel Archer. Ella al menos tenía los pies en el suelo y, sin censurar al pecador, denunciaba como un pecado la absurda búsqueda de una verdad que había llevado al obispo a perderse en pleno desierto de Judea a bordo de un escarabajo Volskwagen equipado tan sólo con un mapa de carreteras y dos botellas de Coca-Cola. Nada es más patético que el desprecio por la realidad concreta que muestran las personas que no dejan de razonar sobre la Realidad absoluta. La ilusión de ir al fondo de las cosas los aleja de su superficie. Ignoran la sensualidad del mundo, su dulzura y su resistencia. Pasan al lado de la vida.
«Sí —suspiraba Dick—, he pasado al lado de la vida.»
***
Convertido en el paladín de lo concreto, no pudo evitar recargar las tintas. Así como tampoco se contentó con contraponer a su caballero de la triste figura en busca de un significado a una joven desdichada y afectuosa: tuvo que agregar a un esquizofrénico y erigirlo prácticamente en ejemplo porque era incapaz de pasar la prueba de los proverbios. Esta prueba, que él había hecho de adolescente, consiste en explicar el significado de algún proverbio conocido, como por ejemplo: «Cuando el gato no está, los ratones bailan». Es de esperar que una persona dotada de cierta inteligencia se referirá al patrón que se ha marchado y a los dependientes que aprovechan su ausencia; una persona menos inteligente, por el contrario, no hará una transposición del enunciado, sino que se conformará con parafrasearlo utilizando sus términos concretos. Dirá algo así como: «Si tiene usted ratones en su casa, su gato los cazará, pero si su gato se marcha, los ratones estarán contentos porque nadie los molestará y se pondrán a bailar». Al dejarse llevar por el impulso, Dick llegó a presentar esta incapacidad para el razonamiento abstracto como un antídoto eficaz contra los excesos de los que se sentía culpable.
A quien dude de que unos vagos fenómenos psíquicos no tienen necesariamente que probar el regreso de su hijo de entre los muertos, el obispo, impaciente, ofrece el siguiente ejemplo:
—Usted mira debajo de su coche y descubre un charco de agua. No ha visto caer agua de su motor, es algo que se ve obligado a suponer. Pero tiene todas las razones para suponerlo: tiene el derecho de hacerlo. Yo he sido abogado y puedo decirle qué es lo que tiene valor de prueba…
—¿El coche está aparcado en su plaza de garaje reservada —interrumpe el esquizofrénico— o en un aparcamiento público?
—No lo entiendo —dice el obispo desconcertado tras una pausa.
—Si se encuentra en su plaza habitual, aquella en la que sólo usted puede aparcar, entonces seguramente es el agua de su coche. Pero no la del motor: más bien la del radiador, la de la bomba de agua o tal vez la de la transmisión. Si usted tiene una caja de cambios automática, hay un líquido especial que se parece mucho al agua. ¿Tiene usted una caja de cambios automática?
—¿Dónde?
—En su coche.
—No lo sé. Estoy hablando de un coche hipotético.
—¿Ah sí? De todas formas, lo primero que hay que hacer es saber de qué líquido se trata. Tiene que tenderse en el suelo y alargar un brazo por debajo del coche para mojar un dedo en el charco. Ahora bien, ¿qué es?, ¿aceite, gasolina, Lockheed o agua? Supongamos que es agua. Hay una explicación: cuando el motor está en marcha y el radiador se calienta, a veces se produce un exceso que se cuela por un orificio hecho especialmente para eso. De hecho, ¿qué coche tiene usted?
—Creo que es un Buick —dice el obispo, consternado.
—No —precisa amablemente Ángel—. Es un Chrysler.
—¡Ah! —dice el obispo.
***
«Lo importante en la vida —repetía Dick— es saber reparar el propio coche. No cualquier coche, ni los coches en general, pues nada existe en general. Sólo existen las cosas particulares y aquellas que se encuentran en nuestro camino deberían ser más que suficientes para mantenernos ocupados. Todo lo demás es peligroso. Empezamos por notar repeticiones extravagantes, por imaginar asociaciones divertidas, y terminamos creyendo que todo está regido por un designio global que pretendemos desentrañar. En suma, terminamos volviéndonos paranoicos. Cuidado, jóvenes, basta con meter un dedo en el engranaje. Sé muy bien de lo que hablo: es mi propia historia.»
En el juego de la oca de este libro esta posición nos devuelve a la casilla dieciséis. Ironía y repliegue: el invierno del alma. Don Quijote, al recobrar la cordura, se convierte antes de morir al mundo según Sancho. Y Cervantes también, según parece, ya que termina así su novela, y una costumbre mental difícil de erradicar quiere que el último capítulo nos revele la moraleja y el significado de la historia.
Como La transmigración de Timothy Archer es el último libro de Dick, es lícito afirmar que la ventaja es de Phil. Así, a la gente como Jeter, el apóstol del aquelarre universal, le place ver en éste «un testamento» un importante «regreso a lo real», una aceptación desencantada, aunque afable, de la absurda, compleja y maravillosa idiotez del mundo. No existe un significado, un más allá, y quizá sea mejor así; en todo caso, es así, y el que se retracta es un canalla.
Pero Dick era precisamente un canalla, quiero decir una Rata. Y no pudo evitar concluir su último libro con un capítulo que insinuaba la transmigración del difunto obispo en el cuerpo y el espíritu del joven esquizofrénico, su adversario. Ni terminar este último capítulo señalando que el esquizofrénico y la narradora contemplan esos hechos inquietantes compartiendo un buen porro. Cansado, sentía aproximarse la muerte y temía el momento en que, una vez que la ruleta dejara de girar, la bola se detuviera sobre un número: par o impar, necesariamente. Sabía que ese momento iba a llegar, pero, hasta el último suspiro, en la medida en que dependía de él, se empecinó en evitar concluir, en contradecirse, en no desvelar más que penúltimas verdades.
En septiembre de 1981 tuvo una última visión. El Salvador había vuelto a nacer, en Ceilán, en el seno de una familia muy pobre, con el nombre de Tagore. Creyéndose el elegido para prepararle el terreno, Dick hizo un resumen de su mensaje en un artículo del que envió copias a todos sus amigos y conocidos, así como a un oscuro fanzine. El mensaje en cuestión era un híbrido ridículo de sus habituales obsesiones religiosas con las tesis de la ecología profunda que empezaban a hacer estragos en los campus californianos: la ecoesfera es sagrada, quien daña la ecoesfera daña a Dios, y Tagore, nuevo Cristo, se apresta a expiar todos los pecados que el hombre comete contra la ecoesfera…
El tono de las cartas a sus amigos demuestra que creía profundamente en lo que decía. Cosa que no le impidió publicar el artículo con la firma de Amacaballo Fat, ni escribir para el mismo fanzine una parodia de artículo sobre su reciente producción, en la que se podía leer lo siguiente, algo, seguramente, en lo que también creía:
«Parece que Dick trata de liquidar el karma negativo adquirido durante los años pasados en la calle junto a los criminales, los agitadores y la elite de California del Norte. Nosotros le sugerimos una manera más adecuada de redimirse: deja de escribir, Phil, y de creer en todas las tonterías que se te ocurren. Mira la tele y hazte un porro, si lo deseas, no vas a morirte por eso, y déjate vivir hasta que tu mente quede purgada de los días oscuros del pasado y de tus reacciones a los días oscuros del pasado».
Después de escribir esto, suspiró con satisfacción y volvió a la Exégesis.
* Capítulo 23 de la biografía de Emmanuel Carrère Yo estoy vivo y ustedes están muertos. Philip K. Dick 1928-1982, Editorial Minotauro.

ENTREGA LibrosKalish A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

Anuncios

Acerca de libroskalish

Libros difíciles de encontrar a buen precio.
Esta entrada fue publicada en Emmanuel Carrère, Philip K. Dick. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s