Viaje a las hormigas. Una historia de exploración científica – Bert Hölldobler / Edward O. Wilson

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Estado: impecable (tapa dura/con sobrecubierta).

Editorial: Crítica.

Precio: $000.

¿Es realmente el hombre el animal que domina la Tierra? ¿O son las hormigas? Tomando en su conjunto a las hormigas de nuestro planeta su peso sería igual al de la totalidad de los seres humanos, pero siendo el tamaño de una de ellas menos de una millonésima parte que el de un hombre, esto significa que por cada uno de nosotros hay al menos un millón de hormigas. Su biomasa satura el entorno terrestre y su organización en superoganismos perfectamente estructurados, donde el individuo se sacrifica a la comunidad, les da una gran capacidad de supervivencia.
Nadie sabe más acerca de las hormigas y de sus hábitos que Edward O. Wilson y Bert Hölldobler, cuyo monumental tratado The Ants ganó un premio Pulitzar y fue celebrado como una obra maestra. Hoy, al cabo de los años, vuelven al tema al que han dedicado sus vidas para contarnos, en un libro escrito con un lenguaje accesible y bellamente ilustrado, cómo viven y se organizan las hormigas: para explicarnos el lenguaje químico con que se comunican, mostrrasnos cómo cooperan o se hacen la guerra, cómo practican la agricultur, capturan esclavos, emplean la propaganda, mendigan, construyen rascacielos de temperatura controlada o practican el bandidaje. El mundo de las hormigas y de sus depredadores y parásitos sociales llega a parecernos tan semejante al de las sociedades humanas que los autores se ven obligados a advertirnos que no están falseando la realidad, “humanizándola”. “Tal vez suceda – nos dicen – que el número de formas de organización social que la evolución encuentra a su disposición en cualquier lugar del mundo es tal que los fenómenos que hemos mostrado resultan ser categorías naturales e inevitables de explotación, sea donde fuere que ocurren”.
Edward O. Wilson: Más allá de las hormigas
Tim Appenzeller
Edward O. Wilson está sentado en el vestíbulo frente a un millón de sus mejores amigas. Su oficina en el Museo de Zoología Comparada de la Universidad de Harvard está cerca de lo que el llama “la Estación Central de las hormigas”: un cuarto repleto de estas, con ejemplares de unas 6 000 especies sujetos con alfileres. Wilson, de 77 años, ha combinado diversas carreras -conservacionista, biólogo evolutivo, teórico de la naturaleza humana- en una sola. Ha escrito 20 libros, dos con su colaborador de toda la vida, el profesor Bert Hölldobler, de la Universidad del Estado de Arizona. En su trabajo subyacen decenios de investigación sobre las hormigas y sus complejas sociedades. Cuando un joven entra a su oficina, cargando un bote con una docena de especies provenientes de América del Sur, a Bert se le iluminan los ojos y queda claro cual es us gran pasión.
¿Cómo desarrolló esa pasión por la naturaleza?
Cuando tenía nueve años y viviá en Washington, D.C., me emocionaba la idea de emprender expediciones a las selvas más remotas para recolectar todo tipo de cosas que veía en National Geographic. Por eso decidí hacer una expedición al Parque Rock Greek dotado de botellas y todo lo necesario. Allí comencé a recolectar muestras. Iba solo y caminaba durante horas. Después fuí al Zoológico Nacional, que para mí era el Paraíso en la Tierra.ç
¿Considera que ese tipo de experincias es algo poco común para los niños de la actualidad?
Eso me preocupa. Muchos jóvenes se quedan en su casa y reciben gran influencia por parte de un mundo artificial que les resulta cada vez más estimulante: naturalezas falsas, películas de ciencia ficción, videos; todo ello los invitan a pasar la vida frente a una computadora. Esa es una tendencia que alejará a los jóvenes de las experiencias que vive un naturalista. Pero también hay estímulos en el sentido opuesto. ¿sabiá que en los E.U.A. hay más personas que acuden a los zoológicos que a los partidos deportivos profesionales?
A Darwin le gustaban los escarabajos. ¿Qué fue lo que le atrajo a usted de las hormigas?
En un principio iba a trabajar con moscas porque sentía que ese era un campo que no se había explorado, pero no pude conseguir los alfileres especiales de insectos para colecionarlas. Era 1946, justo después de la segunda guerra mundial, y esos alfileres no estaban disponibles. Entonces opté por las hormigas, porque podía coleccionarlas en botellas de alcohol.
Algunos dicen que esta práctica no es una auténtica ciencia, que tan solo es dedicare a coleccionar.
Bueno, cunado alguien dice algo así, se le puede responder con rapidéz que no se a lograr nada a menos que se le conviera en una ciencia. Nunca se sabe cuando alguien va a buscar algún tipo de pista en el enorme cuerpo de información que resulta al trazar el mapa de la vida en la Tierra. Por ejemplo, alguien podría decir: “Para mí trabajo, necesito una hormiga que cace bajo el agua, que se mueva como si fuera un submarino, que luego salga del agua y regrese a su nido seco. ¿Existe tal cosa?”, ¡Y resulta que sí!
¿Una hormiga submarina?
Sí. En Malasian, en la planta carnívora Nepenthales: recolecta agua en la que los insectos caen y se ahogan. La planta obtiene material orgánico a partir de los insectos que captura. Hay un tipo de hormiga cuyas obreras entran justo en la boca del lobo. La atraviesan como si fueran submarinos y recogen los insectos que han caido en el fondo.
¿Usted realiza viajes de investigación en la actualidad?
Me reúno con entomólogos especializados en hormigas y salimos de viaje. Es muy emocionante. En un viaje que hicimos recientemente a República Dominicana ascendimos a elevaciones que alcanzaban los 2 440 metros. Subimos por los fríos bosques de pino y descubrimos nuevas especies en cada lugar de la montaña.
¿No tiene la sensación de que el mundo ya ha sido explorado y estudiado en su totalidad?
No. Apenas estamos comenzando la exploraicón. En cuanto a los animales, probablemente tan sólo conozcamos 10% de las especies. Incluso en un grupo tan conocido como el de las hormigas, calculo que tal vez falte por conocer la mitad de las especies de hormigas del mundo.
¿Qué tan bien conocía Darwin a sus hormigas?
Las conocía muy bien; pasó mucho tiempo observándolas, en parte porque las hormigas ejemplificaban una peculiaridad la cual, según él, podrían haber desacreditado su teoría de la evolución. Ese posible error era que las obreras son muy distintas de la hormiga reina y, sin embargo, son estériles. Entonces, ¿cómo explicar esta característica mediante selección natural? Si las obreras no pueden tener descendencia, ¿cómo se desarrollan y se transmiten sus rasgos?
¿El problema era entender como evolucionó este tipo de “autosacrificio”: cuidar a la reina y renunciar a la reproducción?
Sí. Darwin resolvió el problema: lo que cuenta es el grupo, y las hormigas obreras son sólo parte de la colonia, una extensión de la reina. Lo importante es la herencia de esta. Si la reina produce organismos separados que sirven para sus propositos, entonces las colonias en conjunto pueden predominar sobre los individuos en particular. Esa fue la solución. Y, en realidad, no es muy distinto de como vemos ahora. Las teorías más recientes se detallarán en The Superorganism (el superorganismo), un libro que Bert Hölldobler y yo estamos terminando.
¿Por qué ese título?
La colonia es el siguiente ivel de orgaización biológica. Esta, mediante la selección del grupo, ha desarrollado rasgos que de otro modo no habrían sido posibles: la comunicación, el sistema de castas, la coducata de cooperación. Es una unidad de actividad y de evolución. Lo que se selecciona es una colonia frente a otra. Esto se parece a la idea de Darwin, pero en términos de la genética moderna.
¿Cómo comienza este tipo de comportamiento social?
Esto tiene que ver con al defensa ante los enemigos. Los naturalistas han descubierto una cantidad cada vez mayor de prupos que tienen obreras y soldados altruistas: las ormigas, las termitas, ciertos escarabajos, los camarones e incluso un mamífero: la rata topo desnuda. Lo que tienen en común estos animales es que cuentan con un lugar con recursos para alimentarse y donde vivir. Si se es un individuo solitario y se contruye un lugar como ese, alguien podría sacarlo de allí. La idea es que para estas especies será ventajoso desarrollar castas estériles que mantengan y progejan la colonia.
Entonces, es una historia que trata de la comunidad y el hogar.
He aprendido a no hacer comparaciones entre las hormigas y los humanos. Pero sí: esto hace que demos otro vistazo a los orígenes del ser humano. Los antropólogos coinciden en que un factor importante en los orígenes del hombre fue tener un hogar fijo, lo que les permitió cierta especialización, pues era un lugar donde algunos se quedaban y cuidaban el campamento, mientras otros traían comida. Además, el asedio de los depredadores seguramente fue muy fuerte.
Pero nosotros no tenemos castas estériles.
No, pero tenemos la división del trabajo. Y es una diferencia fundamental entre nosotros, los insectos y esas otras criaturas. Por eso debemos tener mucho cuidado al establecer analogías. Podemos dividir el trabajo sin castas físicas, debido a que los seres humanos son muy flexibles e inteligentes.
Ese sistema les ha funcionado muy bien a las hormigas.
Ellas dominan ecosistemas. Un estudio demuestra que, en los bosques tropicales, las hormigas solas equivalen a cuatro veces el peso de todos los verterados terrestres juntos: anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Comparativamente, el peso de la totalidad de las hormigases casi igual al del conjunto de los seres humanos. Son las principales depredadoras de los animales pequeños, las principales carroñeras en gran parte del mundo, y las principales encargadas de prevenir la erosión del suelo.
Cada especie es una obra maestra
Diane Toomey 
El científico Edward Osborne Wilson (Alabama, 1929) se quita de la frente un mechón de cabello liso antes de comenzar con su trabajo. “Voy a poner el espécimen bajo el microscopio para verlo bien”. Cuando mira a través de la lente, a pesar de su vestimenta de académico serio, su mirada se ilumina con la ilusión de un chaval. Tras toda una vida estudiando el mundo de las hormigas, este investigador de la Universidad de Harvard -la vaca sagrada de los estudios sobre biodiversidad- no ha perdido la pasión por los pequeños animales que él llama “criaturas escogidas”. ¿Tiene alguna favorita? Pues sí; una rara especie de hormiga que protege su nido de una forma muy peculiar. “Su cabeza tiene forma de corcho de botella y en la frente, una armadura que parece un antiguo escudo griego. Cuando el enemigo aparece, cierra las entradas del nido con la cabeza, como si estuviese tapando una botella de vino. ¡Me parece genial!”.
Lo que Wilson ha colocado bajo el microscopio es unahormiga amarilla de Panamá. Su nombre científico es Pheidole caltrop y hace pocos años la identificó como una especie aparte. Me deja asomarme para verla y le comento que me sorprende la cantidad de pelos en el cuerpo del insecto. “Mucha gente ve una hormiga y se cree que ya las ha visto todas”, responde. “Pero en realidad, el tamaño de esos pelos, su abundancia en ciertas partes del cuerpo, la dirección en la que crecen, si son tiesos o si se enrollan… todas esas cosas se tienen en cuenta para describirlas”. No es fácil determinar si uno tiene o no una especie nueva sobre la mesa. Son necesarios ojos entrenados y años de experiencia para apreciar los sutiles detalles que muchas veces marcan la diferencia.
Wilson no sólo es famoso por su trabajo con insectos; también por sus investigaciones en sociobiología y conservación; no en vano fue él quien acuñó el término “biodiversidad”. Pero nunca ha dejado de lado su actividad básica: descubrir, describir y clasificar especies de hormigas. Hace unos años publicó un espectacular libro de 800 páginas sobre un solo género, titulado Pheidole in the New World. A Dominant, Hyperdiverse Ant Genus.
Las Pheidole, conocidas como las hormigas cabezonas, son las más comunes en occidente, con especies que pueblan desde Argentina hasta el norte de los Estados Unidos. “Son unos auténticos Schwarzeneggers de pecho para arriba. Sus cabezas están llenas de músculos enormes, y sus poderosas mandíbulas están diseñadas como si fueran cortadoras de cables para poder descabezar a sus enemigos y cortarles las patas”, comenta con regocijo. Estas miniforzudas se convirtieron en el hobby del biólogo, que durante 18 años les dedicó interminables horas de sus fines de semana. De esta manera, Wilson ha dibujado hasta el último detalle las 624 especies de hormigas Pheidole del Nuevo Mundo. Entre ellas se incluyen 300 que eran nuevas para la ciencia, sin olvidar a una que bautizó con el nombre Harrisonfordi en honor al actor, que en cierta ocasión le envió una generosa suma en un arranque de inspiración. Wilson dice que todo esto lo ha hecho simplemente por amor a la hormiga misma: “Cuando hallaba una nueva especie me decía a mí mismo, ¡Dios santo, soy la primera persona en ver esta fascinante criatura!, y eso me emocionaba mucho”.
Las pequeñas criaturas que rigen el mundo
A sus 78 años, el entusiasmo de Wilson por las hormigas sigue tan vivo como el primer día. Pero últimamente lo que llena su mente son todos los otros seres que reptan, vuelan, se arrastran o nadan por el mundo: la vida que aún está por explorar. “No exagero al decir que vivimos en un planeta muy poco conocido. La biología del siglo XXI dependerá de un examen a fondo de la biodiversidad, y de que hagamos un esfuerzo muy serio para completar la lista de animales que pueblan la Tierra”.
Eso es lo que Wilson y otros investigadores han pedido a gritos: que se haga un esfuerzo conjunto en las próximas dos décadas para estudiar los millones de especies que aún permanecen en la oscuridad. La gigantesca iniciativa se llama Enciclopedia de la Vida y acaba de levantar el vuelo. Las aves, los mamíferos y los árboles ya están relativamente bien catalogados; son las pequeñas formas de vida, como los humildes nematodos, los ciempiés y las bacterias, las que siguen siendo un misterio. Wilson llama a estos organismos “las diminutas criaturas que rigen el mundo”. Y advierte que pagaremos un precio muy alto si ignoramos su existencia. “Cuando los biólogos se adentran en el campo para entender cómo funcionan los ecosistemas, identificar las especies invasoras o buscar nuevos fármacos entre las plantas y los insectos, lo que casi siempre sucede es que no son capaces de identificar muchas de estas especies que van hallando. Ni siquiera somos conscientes de su existencia”.
Según Wilson, hay una razón muy básica para hacer un exhaustivo inventario global: “Obviamente, no podemos salvar lo que desconocemos“. La herramienta para hacer este registro es una rama de la biología llamada taxonomía. Es la ciencia de descubrir, describir y clasificar especies; el trabajo que Wilson realizó durante 18 años con las hormigas Pheidole. Y en ella reside la clave del problema: la taxonomía cayó en desgracia durante el siglo XX, a medida que la microbiología se adueñaba de toda la atención y el dinero de las investigaciones. Como resultado, hoy muchas criaturas no cuentan con expertos para identificarlas.
El discreto encanto de las sanguijuelas
Un par de ejemplos: el último especialista en grillos de las cuevas murió en 1989, y si alguien necesita ayuda para estudiar los saltamontes del Cáucaso, llega tres décadas tarde. La profesión de los taxónomos está tan amenazada que ellos mismos bromean sobre su situación. “Al lado de Ed Wilson, cualquiera se emociona con las hormigas”, dice Mark Siddall, un investigador del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. “Pero seamos honestos: me cuesta trabajo creer que otros científicos se apasionen por las pobres sanguijuelas”.
Siddall es uno de los pocos taxónomos que estudian las sanguijuelas, aunque aún quedan muchas por clasificar. Hace unos años, durante un viaje a Madagascar, el experto dobló el número de especies de estos gusanos que se conocían en la isla. Siddall es un amante de sus criaturas, y está empeñado en pasarle la antorcha a sus alumnos. Pero es una batalla dura: ningún estudiante se pelea por ser la próxima autoridad en sanguijuelas. Y aunque así fuera, tampoco es fácil encontrar financiación para dedicarse a observarlas. Por eso Siddall opina que la taxonomía debe convertirse en algo más “sexy”. “Sin estas criaturas que no interesan a nadie, el mundo sería más oscuro y solitario. Si sólo tuviéramos árboles grandes, antílopes y pandas, todo sería muy aburrido”.
Cuando se trata de convencer a los jóvenes para que se interesen por la taxonomía, E. O. Wilson no habla de “sexo”, sino de “amor”. “Escoja un grupo de seres de los que se pueda enamorar. Pueden ser orquídeas, seres microscópicos u hormigas. Conviértase en un experto en ellas y verá cómo se le presentan las oportunidades de trabajar en biología fundamental con su adorado grupo de seres vivos”. Durante su niñez, E. O. Wilson no tuvo problemas para decidir qué animales le apasionaban. “Con nueve años quise ser entomólogo. Me interesé por las hormigas y lo único que deseaba era poder vivir de ellas”. Asegura que nunca ha superado la etapa de fascinación por los bichos en la que cae la mayoría de los niños.
Tras estudiar entomología en la Universidad de Alabama, obtuvo un doctorado en Harvard. Su trabajo de investigación incluye muchos dibujos de hormigas como los que hacían los taxónomos del siglo XVIII. Wilson recreaba en papel lo que veía bajo el microscopio. “No soy artista, pero sí un ilustrador moderadamente bueno. Me di cuenta de que no sería capaz de avanzar en la taxonomía de las hormigas a menos que invirtiera un gran esfuerzo personal en el dibujo”. Wilson calcula que ha retratado más de 5.000 hormigas para su estudio de las Pheidole, ya que los soldados y los obreros de cada especie tienen que ser observados desde varios ángulos.
Viajan por todo el planeta con el cartel de “frágil”
Estoy a punto de preguntarle otra cosa, pero me interrumpe con una mirada de preocupación. Al parecer ha perdido la hormiga panameña que estábamos observando. “¿Dónde habré puesto mi caja con la caltrop?”. Cuando finalmente encuentra a su pequeña, la coloca con reverencia en el cajón entre docenas de especies. La simple idea de perder un bicho es una pesadilla. “Especialmente si te han prestado un espécimen de cien años de edad, de esos que sólo existen en algún museo europeo. En una ocasión tuve una hormiga recogida en Colombia en 1826 que me envió el Museo de París. La posibilidad de que se rompiera me hacía sudar. Esa es la parte del trabajo que menos me gusta, desempaquetar y manipular todos esos especímenes tan sumamente frágiles y valiosos”.
Cuando alguien quiere comparar o identificar las hormigas de otras instituciones, tiene dos opciones: viajar hasta el lugar o -si uno está entre los científicos más famosos del mundo, como Wilson- pedir que se las envíen. “Es un procedimiento de alto riesgo. He sufrido momentos de gran nerviosismo al recibir los paquetes de los museos europeos, porque un accidente podría eliminar gran parte de los especímenes de un género”. Y aunque Wilson ha devuelto todos los ejemplares en perfectas condiciones, no siempre es ese el caso. La Universidad de Harvard ha prestado insectos raros que han terminado descuartizados por el camino. Por eso muy pocos taxónomos logran que se les envíen especímenes por correo.
Imaginemos que existe un bicho sin identificar en la trastienda de algún gran museo de EE UU, pero el científico con la experiencia para hacerlo está en Latinoamérica o Europa. Mala suerte… a menos que el experto pueda viajar hasta el museo, lo cual es especialmente difícil para los taxónomos de los países en vías de desarrollo. O supongamos que un investigador de África cree haber descubierto una nueva especie. Para confirmarlo necesitará comparar su descubrimiento con los especímenes de referencia de las ya conocidas. Puesto que muchos de estos se encuentran en instituciones occidentales, el científico africano tendrá las manos atadas.
Globalizar la ciencia con la ayuda de la tecnología
Hacía falta una nueva herramienta de trabajo que aliviase ese cuello de botella. El sueño de muchos investigadores se hizo realidad cuando Wilson terminó de escribir su voluminoso libro, cuya publicación se acompañaba de un CD-ROM con fotos de hormigas realizadas con un revolucionario sistema digital. Las imágenes ofrecen un grado de detalle mayor que el que se puede apreciar teniendo el animal enfrente. La tecnología hará avanzar la identificación de especies a pasos de gigante y, puesto que todo estará en internet, los científicos de África o Latinoamérica podrán explorar la anatomía de sus criaturas con sólo un clic. Para ver cómo funciona, sólo tengo que caminar desde la oficina de Wilson hasta el Museo de Zoología Comparada de Harvard. La escena que encuentro allí suena igual que una sesión fotográfica con modelos. “Bien. El truco es que la luz la ilumine del todo. Yo aumentaría la intensidad detrás de la cabeza. Eso es”. Piotr Naskrecki, un investigador del museo, está a punto de hacerle una foto a una avispa a través de un microscopio. “Necesita más luz en este ojo”.
Unas supermodelos en miniatura
Hasta hace poco, fotografiar organismos pequeños -de menos de 5 centímetros- representaba un gran problema, porque con el aumento es difícil mantener toda la imagen enfocada. Para ilustrarlo, Naskrecki mueve la imagen hacia la pata de la avispa. “Estoy desplazando el microscopio y, al hacerlo, enfoco una parte distinta del cuerpo. Ahora la distancia entre la punta de la pata y el primer segmento es menor que una décima de milímetro. Pero eso es suficiente para desenfocarla”. En otras palabras: sólo es posible ver claramente una única sección del animal en cada instante. Si uno se concentra en la antena, el abdomen queda desenfocado. Y si se hace énfasis en las alas, se pierden las patas. “Lo que hacemos es un automontaje del insecto”. Automontaje es el nombre del programa informático que busca sólo las porciones que están enfocadas entre una serie de fotos, y las combina en una imagen perfecta. Originalmente, el sistema fue diseñado para emplearse en geología, pero cuando hace pocos años los biólogos lo descubrieron, entendieron que tenían en sus manos una herramienta poderosa. Desde entonces, Naskrecki ha trabajado para afinarlo y poder utilizarlo en taxonomía.
Pronto aparece en la pantalla una garra digna de un clásico de ciencia ficción. “Esta tecnología le permite al taxónomo identificar una especie sin tener que ponerla bajo el microscopio“, explica Naskrecki. Siempre que exista un automontaje de un espécimen, todos los investigadores de cualquier parte del mundo tienen acceso a él. Como dice el doctor Wilson, “no importa si ese científico está en Harvard, en Lima o en Angola; con las fotografías digitalizadas todos estamos sobre el mismo terreno”. Por eso, Naskrecki y su equipo van a fotografiar los 28.000 especímenes de referencia que existen en la colección de entomología de Harvard, una de las más importantes de Norteamérica.
Los recursos tecnológicos son un acelerador para la identificación de especies, pero para Wilson lo más importante es la pasión de los científicos. “Los jóvenes y atléticos investigadores que trabajan subidos a las copas de los árboles son los que deben estudiar el mundo. En la exploración del planeta hay que combinar la aventura física con la ciencia básica”, afirma.
El Leonardo de las ciencias de la vida
Wilson es el puente entre la taxonomía antigua y la moderna. Por un lado, dibuja bocetos con la paciencia de un artista y, por otro, abraza las nuevas tecnologías con visión de futuro e insiste en la necesidad de describir la red de la vida en toda su complejidad. “Será tentador tratar la biosfera de forma holística y las especies que la componen como un gran flujo de entidades que no merece la pena distinguir unas de otras. Pero estas especies, incluso la más pequeña, son obras maestras de la evolución. Todas han persistido durante miles y millones de años. Cada una está exquisitamente adaptada a su medio ambiente y se relaciona con otras especies para formar los ecosistemas de los cuales dependen nuestras vidas mediante mecanismos que ni siquiera alcanzamos a sospechar. Si destruimos esos ecosistemas, será a costa de nuestra propia existencia“. Una llamada de atención difícil de ignorar, y más cuando proviene de una eminencia científica como E. O. Wilson.
Otros libros relacionados:
Comer animales – Jonathan Safran Foer
Walden o La vida en los bosques – Henry D. Thoreau
Los derechos de los animales – Henry S. Salt
Tras la sonrisa del delfín. El hombre que decidió devolver a los delfines a su hábitat natural – Richard O’Barry con Keith Coulbourn
La jungla – Upton Sinclair
Los silencios de África – Peter Matthiessen
El fin de la tierra. Viajes a la Antártida – Peter Matthiessen
El guerrero de la Tierra. A bordo, con Paul Watson y la Sea Shepherd Conservation Society – David B. Morris
La responsabilidad del hombre frente a la naturaleza. Ecología y tradiciones en Occidente – John Passmore
Ecocidio. Breve historia de la extinción en masa de las especies – Franz J. Broswimmer
Más afuera – Jonathan Franzen
La jirafa de los Medici. Y otros relatos sobre los animales exóticos y el poder – Marina Belozerskaya

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