Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld
Mate, pongo nombre
Para el fotografo Rodrigo Ruiz Ciancia
La calle Corrientes me conoce de memoria.
De pendejito.
De la remota mañana que fuimos con el abuelo Carlos – que era marinero y pintor –  a comprar tacos de billar.
De las adrenaliticas pelis de súper acción que cada tanto me llevaba a ver el tío Juan.
De las primeras excursiones con el psicoanalista Sebastián Cariola cruzando la General Paz en el Mitre – ramal Suarez-Retio ¡y con vagón para fumadores! – para ir a revolver libros.
De la noche que Pablo Entrerrios me llevo a ver Divididos a Halley la noche que Andrea Álvarez remplazo en la batería a Gil Sola que se había incendiado la cabeza.
De la noche que Nicolas me llevo a debutar a un puterio para que me hiciera hombre y no me volviera loco, como su tío, por exceso de masturbación.
De la ultima vez que me cruce con David Viñas y Fogwill – el primero en La Paz leyendo La Nación con lapiz y regla y al segundo saliendo de Boullevard Corrientes con una parka inglesa verde.
De las recorridas distribuyendo en los puestos de diario la revista Vestite y andate que surgió de un curso de periodismo de Enrique Symns y donde conoci a mi amiga Fernanda Simonetti.
La calle Corrientes me conoce hace años.
Me ha visto ir y venir.
Una y otra vez.
Infinitamente.
Feliz. Enamorado. Borracho. Puesto. Inmortal.
Triste. Perdido. Naufragando. Destrozado. Acribillado.
La calle Corrientes me ha visto desde todos los ángulos.
Conoce todas mis mutaciones. Reencarnaciones. Colores. Sombras y luces.
La calle Corrientes me ha visto subir y bajar. Y bajar y subir. Y vuelta a empezar.
Hasta conocerme como a cada una de sus baldosas.
La calle Corrientes me ha visto desde la adolescencia entrando a librerías. Buscando. Revolviendo. Rastreando. Averiguando. Descubriendo. Obsesivamente. Siempre esperando encontrar otro libro que me agarre de los huevos. Y que me
La calle corrientes me vio incontables veces salir de librerias como quien encontró luego de multiples peripecias y peligros que al final de la aventura se allaba el inicio del arco iris donde los duendes esconden tesoros.
La tarde que compre en una librería desaparecida que estaba al 1100 casi esquina Cerrito La máquina de follar de Charles Bukowski.
Encontrando en las estanterías de Hernández la edición de Legasa del Severino di Giovanni de Osvaldo Bayer agotadísimo por entonces.
Llendo a buscar En la frontera de Cormac McCarthy – la edición de Plaza & Janes – en las mesas de saldo luego de leer una reseña de Marcelo Cohen donde hablaba de este autor que lo había cruzado millones de veces en las mesas de oferta sin prestarle atención – ¡y hay que tener en cuenta que por entonces no existía google ni computadoras y tuve que cruzar links, datos, imágenes, recuerdos y llegar a la información que buscaba googleando en mi cabeza!; y lo encontré en Corrientes al 1900 en otra librería que ya no existe.
En esa misma librería que compre mi primer McCarthy, ahí, justo ahí, entre sus saldos compre a otro amor eterno de mi corazón luego de que una noche en la casa del Santiago Ferron le pregunte a Patan Ragendorfer qué nuevo autor de policiales había tan bueno como Hammett o Chandler y me dijo James Ellroy y ahí, justo ahí, por monedas, me esperaban para hacerme feliz El gran desierto y Los Angeles confidencial con traducción de Carlos Gardini. Tan feliz como cuando una mañana que en lugar de buscar laburo estaba boludeando llegue a Brujas y en la vidriera estaba el Libro del desasociego de Pessoa con traducción excelente del alcahuete ortiva de Santiago Kovadloff que lo leí en los vagones del Mitre cruzando la General Paz de ida o vuelta, de noche o de día. No sé cómo llegue a Las correciones de Franzen pero lo fui a comprar a Dickens (1). O uno que busque sin suerte durante mucho tiempo y que un día entro a la librería que esta al lado de El Gato Negro a la que visitaba periodicamente y paso de largo por los bet sellers pero de refilon algo me llama la atención y me detiene en seco y miro y ahí estaba, expuesto en la pared con boludeces y lo agarro y lo llevo al fondo y saludo al encargado sin mostrar mi alegría por el hallazgo para no delatar su valor – relativo, obvio, pero ahí se juegan multlipes variables: si el librero sabe o no que esta vendiendo y su precio oficial si se consigue o su precio estimado si es un incunable y si vos estas dispuesto a pagar cualquier cosa o no o solo llevártelo si es barato o a como de lugar pagando fortuna y así se abre el juego – y el encargado lo mira y me dice diez pesos, te lo dejo en 8 – esto fue hace tres años – y ahí le digo que lo estaba buscando hace tiempo, inconseguible, imposible, le digo, y él me mira y me dice, pero si hace como seis meses que esta en el mismo lugar del que lo agarraste y vos venis siempre, cómo no lo viste, y no, pasaba dos veces por semana delante de La ciudad de los cazadores timidos de Tom Spanbauer, el que le enseño a escribir a Chuck Palahniuk y en su cocina le hizo escribir El club de la pelea y el que escribió esa maravilla que es El hombre que se enamoro de la luna que lo compre en Librería Libertador. Como cuando tropeze con el Durruti de Abel Paz en una librería anarco de Corrientes y Angel Gallardo o Trata de esclavos de Hugh Thomas en Lucas o los libros de John Boswell cerca de Chacarita. Recuerdo dónde vi por primera vez libros que no leí como El porvenir es largo de Althuser, X-ray of the Pampa de Ezequiel Martinez Estrada, la Evita. A militante no camarim de Horacio González dedicado por él para una mujer y lo compre sin saber leer brasilero sospechando que era un libro que Horacio no tenía y cuando se lo mostre al final de una clase del 2002 lo miro sorprendido y me dijo que no lo tenia y que recordaba a la chica a la que se lo había dedicado y se lo regalé, El coraje de la verdad de Foucault, los cuentos reunidos en dos tomos de Fontanarrosa de Alfaguara en la colección donde estan Nabokov, Faulkner, Onetti, Córtazar, Scott Fitzgerald y Quiroga, la Historia criminal del cristianismo de Karlheinz Deschner  o la última vez que vi el Borges de Bioy en la calle Corrientes.
La calle Corrientes es la ruta del humo de todos mis cigarrillos.
Los fumados a medias. Ansioso. Antes de entrar a una librería.
Los encendidos apresurado. Vencedor o derrotado. Al salir de otra librería.
La calle Corrientes es berreta, sucia y bastante chota.
Es cruel como su inútil y estúpida superficie de monótonas tragedias y farsas.
Si tuvo encanto, brillo, misterio, lo extravió.
Y sin embargo es mi calle.
O yo soy su aliento
En fin.
Ahí, justo ahí.
En las profundidades de su descarada desnudes expuesta a la mirada del ciego.
Ahí, justo ahí.
En la superficie que oculta lo que exive con la mecánica y rutinaria y ovbia cadena de montaje de una película porno – y devo confesar que consumo ese arte menor, hoy, quien te dice, después de todo no fue un inodoro que solo se usava para mear lo que hizo volar en pedazos las reglas del arte, que igual ya paso, dumchamp hoy es todo lo que su mingitorio buscaba destruir con eso y una simple firma, papilla academica su vida y su arte piezas de museo, no mas uque eso.
Pero me fui a la mierda. con dumchapm que nunca me importo una mierda y no se por que ahora aparece y sí, es que tiene uque ver con las discusiones que e tenido con esos otros docs conocedores de la calle Corrientes. Hernan Sassi y andres tejada gomez, los dos enamorados de ese muchachito que estuvp em la argentina asi quw sospecho queedevio ahber sido sometido a la mirada sonámbula de la calle Corrientes.
Y ashí, justo ahí, en el corazón de la calle que me desnuda como Bioy en los diarios de Borges, ahí, justamente, en corrientes al 1400 0 1500, ahí donde esta Losada y el San martin y el boliche de Carlos Heller, sí, ahí, en el mismo centro de su fantasmal existencia ¡y casi me olvidaba de el café La Paz, que esta en esa misma cuadra y bueno te la ahgo corta sí ahí en esa cuadra hace anos que un tipo esta sentado en la vereda ofreciendo a los que pasamos ya sin verlo ni escucharlo, el tipo vende mates y grita  y repite una y otra vez:
Mate, pongo nombre.
Notas
(1) Y cuando subí la columna a mi cuenta de Facebook se resolvió el misterio de cómo había llegado a este libro:
Cariola Sebastian: “Las correcciones” es uno de los pocos titulos que puedo adjudicarme que vos conociste gracias a mi, y no como fue en la mayoria de los casos, que yo escuche por primera vez de vos.
Juan Pablo Liefeld: sí, es verdad, ahi me acorde de todo, llegue a las correcciones de jonathan franzen que me comnentaste que lo estabas buscando porque el psicoanalista hugo piciana te lo havia recomendado.

 

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 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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