Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld
El hombre en el castillo
“…y todo es muy alegre, como la sonrisa de un cadáver.”
William T. Vollmann
El Enano Polvorita me invita a comer una pizza a Guerrín.
En la esquina de Corrientes y Uruguay. Sobre Uruguay. De la mano de en frente al Banco Ciudad, donde alguna vez entre para ir a cobrar las cuotas del juicio que les gane a los putos de Librería Portnoy, veo derramado bajo la vidriera de una casa de ropa de mujer el cuerpo rebosante de belleza obscena de un Pornostar.
Saco la cámara de la mochila. Le pido a El Enano Polvorita que me banque un momento antes de entrar a la pizzería que quiero sacarle unas fotos a la truculenta desnudez de este Pornostar.
De la mano de enfrente los muñecos pelotudos y alcahuetes de la gestión cultural de Macri captan la atención de todos los ciegos que pasean por la calle Corrientes. Los muñecos de Olmedo y Portal, de Calabro, de Tato Bores, de Minguito y del Gordo Porcel captan la atención de todas las cámaras de la familia argentina que sucumbe eclipsada ante el orgiástico ACV de la estupidez criminal.
Mi pornostar posa para mi. Divino. Hermoso. Abierto a mis deseos mas perversos.
Le saco fotos.
Me paro en el medio de la calle. Con un ojo en el objetivo de la cámara y el otro en los autos que me van a llevar puesto de un momento a otro si no los esquivo.
Cuando termino de fotografiar a mi Pornostar me acerco al Enano Polvorita y entramos en Guerrín.
En la puerta dejamos un enjambre de gente que se aglutina para comentar la pericia de unos motochorros que acaban de robarle la cartera a una mujer frente a la picara sonrisa sinvergüenza de Franchella y Suar.
Nos sentamos en una mesa. Miramos la carta.
Una pizza y una birra son 200 pesos.
Mierda.
Y si después queres tomar un helado y luego comprar un whisky y un tubo de merca y ver caer la tarde y charlar, bueno, estamos hablando que necesitamos otros 600 pesos.
¡Y con estos costos de vida no hay primavera que no se vuelva una pesadilla cotidiana!
Mientras comemos la pizza le comento al Enano Polvorita que no sé quien me comento alguna vez que en Guerrín todos los mozos eran putos y paraguayos.
El Enano Polvorita se ríe y la conversación se desliza aceitosa entre la muzzarella de Guerrin a un conductor de tele y radio que afirma nunca haber consumido drogas ni pijas.
El Enano Polvorita me cuenta de un amigo de él que cuando el conductor estudiaba locución y ambos llevaban chicos para coger a la habitación en la que ambos compartían cuarto quedó loco para siempre de pija enorme de este. Y yo le cruzo el dato de una chica que me conto que estuvo con él y estaba tan duro que nunca se le paro.
En fin. Toda una gran mentira. Como todo, como siempre a sido la República Argentina.
Cuando salimos de Guerrín rumbeamos para Guadalquivir porque El Enano Polvorita quiere comprarse los cursos de Kojeve sobre Hegel que le dicto a Georges Bataille, Queneau, Jean Hyppolite, Raymond Aron, Merleau-Ponty, Caillois o Jacques Lacan, entre otros boludos.
Al salir de la librería nos topamos con El Enano Gula-Gula que viene de pegar acido para la noche y va para el gimnasio.
Agarramos los tres por Santa Fe.
Cuando llegamos a la puerta de una de las sucursales de Libreria Portnoy El Enano Gula-Gula me señala un edificio que queda enfrente.
Me dice que ahí, en ese edificio de cómo 20 pisos, en la terraza hay una pileta increíble. Que el la conoce por ir ahí a garchar con un tipo que vive ahí y lo llevo a la terraza. Y que en ese edificio hay putas, dealers, sicarios, travestis, taxisboys, de todo.
¡Yo trabaje enfrente y nunca me entere, la puta que los parió¡
Cogoteo para adentro de Librería Portnoy.
Veo a un ex compañera y a dos empleadas que no conozco.
La tristeza me invade.
Yo estoy en el horno, mi futuro económico esta sostenido a los días por un moco verde que en cualquier momento se despega de la realidad y me voy a la mismísima mierda. ok. Pero no estoy atado al campo de concentración de esa librería como mi excompañera que se lo que sufre por ser empleada de esos putos por haber compartido cautiverio con ella.
Recuerdo no hace mucho a un distribuidor de libros, un tipo excelente, que hablándome del viejo Portnoy me decía que era un buen tipo dentro de todo.
Y yo pensé y no se lo dije. Claro. Porque tu mujer no fue empleada del viejo Portnoy y la obligo a ir en pollerita corta a trabajar y cuando venia un amigo le pedia que se subiera a la escalera y le bajara un libro de ahí arriba y el viejo Portnoy y su amigo se paraban abajo para verle la bombacha. O no trabajo tu hijo de empleado y el viejo lo puteo y le dijo que era un inútil de mierda y agarro la mesa de novedades y tiro todo al piso y le ordeno que ya pusiera todo en orden.
Sí, es un buen tipo, el viejo Portnoy.
Cuando llegamos a santa fe y pueyrredon dejo a los enanos Gula-Gula y Polvorita y doblo para volver a Once.
Pueyrredon, entre Santa Fe y Rivadavia, es tan horrible como fascinante. Se puede escuchar los latidos del corazón de la tinieblas en cada esquina.
En Rivadavia compro un whisky barato y enfilo para casa.
Cuando llego a la Confiteria Atenea estoy tentado de entrar al baño a ver si estan sentados en una mesa charlando mis amigos Cheever y Carver. Pero prefiero sentarme en el sillón con mi gato a beber whisky y ver por la ventana el final de la tarde.
Antes voy al kiosco que esta al lado del Bingo a comprar cigarrillos.
Esta el empleado paraguayo que una noche me pregunto si me podía hacer una pregunta, si no me ofendía. Le respondí que sí, que la hicera, que todo bien. Me pregunto si yo era escritor porque tenía aspecto de escritor. Le dije que sí, que era escritor, de cuarta, pero escritor al fin. Que ser escritor no era una elección, era una necesidad, como comer y cagar. Todos los seres humanos estan condenados a comer y cagar y algunos también a escribir.
Y otra noche me consulto en mi calidad de escritor y librero si conocía a no se que autor pedorro de ciencia ficción. Yo no lo conocía y le recomendé a Philip K Dick.
Y mientras le estoy comprando puchos me doy cuenta que tengo en la mochila El hombre en el castillo de Dick y lo saco y se lo doy y le digo que lo lea, que se lo presto, que es mio y lo cuide, por favor, porque amo ese libro.
El kiosquero me agradece y me da dos atados de Philip Morris, le pago y me voy a emborracharme solo con mi gato Rene que estuvo toda la tarde solo.
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 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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