Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

Para Petu

 

No hay que olvidar nada.
Patrimonio. Una historia verdadera, Philip Roth
 Lunes.
Pasadas las doce. Es decir, ya martes.
Estoy por acostarme a dormir. Estoy filtrado.
Pero vuelvo una última vez a la computadora.
Necesito plata. Tengo cuentas que pagar. No vendo un libro desde hace una semana. Y el unico que vendí la semana pasada que era una historia del concepto de neurósis me robaron la recaudación cuando volvia de la fiesta inaugural de 15C que hace Luis Pompa a partir del jueves pasado todos los jueves en su departamento de Esmeralda.
Así que podria decir que la semana pasada cuando volvia de lo de Pompa me robaron la recaudación de la neurósis.
Y tras carton vengo golpeado de venir sacando agua del barco que se unde con una tasita de café. Y, cosa que vos no tenes por qué saber, pero yo sí, que los meses de octubre y noviembre son historicamente un palo de escoba en el culo. Sí, astillado, para más datos.
Bien.
Así que vuelvo a la compu a ver si algún hijo de puta se le ocurrio comprarme un libro. Un puto libro.
Nadie.
Y las astillas del palo de escoba se en mi culo se mueven con la alegria hasta hacerme ladrar.
Pero al carajo.
Se lo que estoy haciendo.
Volví a leer. Estoy escribiendo más que nunca. Estoy encotrando en los collage que hago supliendo mi falta de talento plastico con inocencia infantil algo que me gusta, que progresa, que lentamente va tomando un estilo muy particular, el mio. Y estoy preparando un libro, que una de las mejores editoras de la Argentina y quizá, ojala, con el prologo de una persona a la cual quiero sencillamente porque fue uno de mis maestros, de mis pocos maestros que al finalizar sus clases salia del aula caliente, feliz, enamorado por haberme trasmitido algo nuevo que me dejaba en falta y me obligaba a ir a seguir aprendiendo. Loco, eso pasa poco y cuando pasa y ademas sos chico es magico.
Bien.
Así estamos.
La fosa común, sigue ahí, esperandome pasiente.
Que espere. O que venga a buscarme.
Pero yo no voy a arrojarme de cabeza en mi tumba – aunque también es cierto que puedo tropezar y caer de cabeza dentro. Al menos no por ahora porque no se cómo mierda conseguí, pero la conseguí, cierta vitalidad, cierta fortaleza espiritual para poder moverme  por estos días en la tormenta que es inclemente y no para de mearme en la cabeza.
Bien.
Chequeo mails. Ni un puto cliente.
Ok.
Pero alguien me pide amistad en Facebook.
Nos hacemos amigos.
Y me manda un mensaje particular.
Me escribe, que haces tanto tiempo, todo bien, loco???
¿Quién mierda es? No lo saco.
Miro sus fotos de Facebook.
No lo saco.
Pero es de Villa Ballester y porta el apellido de mi abuela Elsa Kalish. Pero bien escrito Kalisch.
¿Un compañero de la escuela?
No. Si hubiera tenido un compañero de la escuela con el apellido de mi abuela me acordaria.
Pienso. Busco en los archivos de mi pasado.
No lo saco.
Vuelvo a mirar las fotos. Miro sus ojos y algo reconozco. Pero no logro definir lo que veo – y te recuerdo que estoy viendo para la mierda porque el dia que volvia de la fiesta de Pompa no solo me robaron la recaudación de la neurósis sino que me rompieron los anteojos. Pero esos ojos, sí, los conozco, hay algo en ellos que me es familiar, casi como mis ojos, pero infinitamente mas bellos. Y cuando veo a las nenas, una mellizas, de esta persona que me saluda como si nos conocieramos de  toda la vida y que no se quien mierda es, algo en el rostro de sus nenas me recuerda un rostro y unos vigotes y no logro hacer foco. Y vuelvo a ver esos ojos, los de la persona que me pidio amistad. Los miro fijamente y en ellos reconozco otros ojos que se apagaron hace décadas y sin embargo siguen vivos convijandome en su bella claridad. Algo en esos ojos en la pantalla me recuerdan a la abuela Elsa. Y sí, ahí lo recuerdo todo. Es Daniel, el hijo del primo de mi papá y mi tía Marta, el primo Oscar.
Y todo esto me lleva a más atrás en el tiempo. Y al presente también.
Cuando mi vecino Beto, el papá de mi mejor amigo de la infancia, quedo en la lona, mi tío Juan y mi papá durante meses y meses lo mancaron. Con guita, para cubrir las necesidades de su familia. Ni a Juan ni a mi viejo les sobraba el dinero, pero a Beto no le falto durante esos meses largos de hiperinflación alfonsinista el mango para cubrir las necesidades de su familia.
Y hubo algo más.
Mi papá y Juan empezaron a juntarse los sabados al mediodia en la casa de la abuela Elsa a comer asados. Asados a los que yo hiba y también mi primo Sebastían.
Papá, Juan, la abuela, Seba y yo. Y ahora, también Beto.
Esas reuniones para alguien que esta en la lona son tan importantes como poder hacer frente a las responsabilidades que tenes cuando sos sosten de una familia.
Es el aguante del cual te cantaba Charly García.
Este es el aguante. Sin él, todo, todo, todo se va a l mierda.
Con el tiempo la abuela murió.
Pero los asados o comidas siguieron.
Yo me hice adolescente.
Y empezo a venir Oscar, el padre de Daniel.
Oscar es el único de esa mesa que tenía calle. Nunca supe bien de que trabajaba. Pero tenía contactos con mucha gente. Canas, lumpenes, religiosos, políticos, de todo un poco. Podías tomarlo por un mitomano pero tengo escucha y se ver y habia algo en su decir que implicaba un saber y un conocimiento que se tiene o no, pero no se puede mentir. Y andaba siempre en un rastrojero que se caía a pedazos y a años luz era el que mejor y mas cogia de esa mesa.
Y recuerdo una mañana de esas en las que el sol te ilumina para descubrite desnudo en el desierto rodeado de alimañas. Y fue él, Oscar, el primo Oscar, que me rescato y por lo que siempre le estare agradecido.
Y ahí esta ahora Daniel, su hijo, el cual lo trate poco pero siempre me cayo bien. La última vez que lo vi no tengo la mas puta idea pero eramos pibes y acá etamos ahora dos hombres de la edad que tenian mi papá y su padre cuando comenzaron los asados en lo de la abuela Elsa.
Eso quería contar.
Eso.
Y que este jueves volvere a ir a C15, a las reuniones de Pompa, porque aprendi de chico que tener un lugar donde ir a juntarte con amigos es importante. Como cuando haciamos radio todos los viernes con Pablo Enterrios frente a un microfono y luego en bares de la zona, como cuando nos juntabamos todos los jueves con Vestite y andate en el bar El Mirador frente al parque Lezama, como cuando nos juntabamos con la gente de elinterpretador una vez a la semana para armar la revista y  comer y charlar y beber, como nos juntabamos con Andres Tejada Gomez y Pablo Klappenbach todos los domingos a charlar y armar Tevoyaatornillar o como las cenas que haciamos con Gustavo Casartelli y Fernanda Simonetti todos los miércoles.
Y sí, como cuando era chico y comiamos todos los sabados al mediodia con la abuela, papá, Juan y Beto en la cocina minuscula un buen asado.
Y sí, este es el aguante, te lo digo yo.
Como alguna vez te lo dijo Charly.
Columnas anteriores de Confesiones de un librero de mierda entrado en este Link:
 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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