Confesiones de un librero de mierda

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Lo que falla en el mundo moderno
Jonathan Franzen
Traducción de Guadalupe Marando [*]
Karl Kraus fue un satírico austriaco y una figura central en la célebremente rica vida del pensamiento de la Viena finisecular. Desde 1899 hasta su muerte en 1936 editó y publicó la influyente revista Die Fackel (La antorcha); a partir de 1911 fue el autor único de la revista. Aunque Kraus probablemente habría odiado los blogs, Die Fackel era como un blog que todos los que importaban algo en el mundo germanoparlante, desde Freud a Kafka o Walter Benjamin, creían necesario leer, y sobre el que había que pronunciarse. Kraus era especialmente famoso por sus aforismos –por ejemplo, “el psicoanálisis es esa enfermedad del espíritu de la que él mismo cree ser la cura”– y en la cima de su popularidad incluyó miles de ellos en sus lecturas públicas.
El problema con Kraus es que es muy difícil de seguir en una primera lectura –deliberadamente difícil. Era el flagelo del periodismo descartable, y para sus seguidores de culto su estilo densa e intrincadamente codificado era una agradable barrera: mantenía a los no iniciados afuera. Kraus mismo dijo del dramaturgo Hermann Bahr, antes de atacarlo: “Si entiende una sola oración del ensayo, me retractaré de todo”. Si uno lee las afirmaciones de Kraus más de una vez, se da cuenta de que tienen mucho para decir sobre nuestra época mediáticamente saturada, tecnológicamente trastornada y apocalípticamente obsesionada. Este, por ejemplo, es el primer párrafo de su ensayo “Heine y sus consecuencias”.
“Dos vertientes de la vulgaridad intelectual: indefensión ante el contenido e indefensión ante la forma. Una experimenta en el arte solo lo material. Es de origen alemán. La otra experimenta artísticamente incluso la materia. Es de origen romance [romance en el sentido de lengua romance, francés o italiano, n. de J.F.].[1] Para una, el arte es un instrumento; para la otra, la vida es un ornamento. ¿En qué infierno preferiría freírse el artista? Seguramente viviría entre los alemanes. Pues aunque hayan atado al arte a la cama de Procusto plegable de su actividad comercial, también han hecho sobria la vida, y eso es una bendición: la fantasía prospera, y cada cual puede poner su luz en los desnudos marcos de las ventanas. ¡Pero nada de guirnaldas! Nada de ese buen gusto que aquí y allá deleita al ojo e irrita a la imaginación. Nada de esa melodía de la vida que destruye mi propia música, que solo alcanza su máxima expresión en el ruido del día de trabajo alemán. Nada de ese elevado nivel de refinamiento universal desde el que es tan sencillo observar que el vendedor de diarios en París tiene más encanto que el editor prusiano”.
Primera nota al pie: la desconfianza de Kraus de la “melodía de la vida” en Francia e Italia aún tiene su valor. Su opinión –que caminar por una calle de París o de Roma se vive como una experiencia estética en sí misma– se confirma por la popularidad creciente de Francia e Italia como destinos vacacionales, y por el tono “envídienme” de los americanos amigos de lo francés y lo italiano a la hora de anunciar sus planes de viaje. Si en cambio uno dice que va a viajar a Alemania, más vale que pueda explicar qué planea hacer allí exactamente; de lo contrario, la gente se preguntará por qué no ir a un lugar donde la vida sea bella. Todavía hoy Alemania insiste en la primacía del contenido por sobre la forma. Si el concepto de lo cool hubiera existido en su época, Kraus podría haber dicho que Alemania es poco cool.
Esto me sugiere una versión más contemporánea de la dicotomía de Kraus: Mac versus PC. ¿No es acaso la esencia del producto Apple que uno se vuelve cool simplemente poseyéndolo? Ni siquiera importa lo que estés creando en tu Mac Air. El solo hecho de usar una Mac Air, de experimentar el diseño elegante de su hardware y su software, es un placer en sí mismo, como caminar por una calle de París. Por el contrario, si trabajás con una PC tosca y funcional, lo único para disfrutar es la calidad del trabajo mismo. Como dice Kraus de la vida alemana, la PC “vuelve sobrio” el trabajo; permite verse despojado de adornos. Esto era especialmente cierto en la época de los sistemas operativos DOS y de los primeros Windows.
Uno de los desarrollos que Kraus condenará en este ensayo –el engalanamiento de la lengua y la cultura alemanas con elementos decorativos importados de las lenguas y la cultura romances– tiene un correlato en las ediciones más recientes de Windows, que toman prestados más elementos de Apple y sin embargo no pueden ocultar su “windowsidad” esencialmente no cool. Peor aún, al aspirar a la elegancia de Apple, traicionan la vieja y austera belleza de la funcionalidad de la PC. Todavía no funcionan tan bien como las Macs, y son feas tanto desde el punto de vista cool como del utilitario.
Y sin embargo, siguiendo a Kraus, prefiero vivir entre PCs. Toda chance de pasarme a Apple fue obturada por la famosa y extensa serie de avisos de Mac destinados a convencer a gente como yo de que se pasara. El argumento era eminentemente razonable, pero lo comunicaba una Mac personificada (interpretada por el actor Justin Long), de una pedantería tan insoportable, que las miserias de Windows parecían atractivas en comparación. No querrías leer una novela sobre la Mac: ¿qué podría decir excepto que todo es copado? Los personajes de las novelas deben tener deseos reales; y el personaje que tenía deseos en los avisos de Apple era la PC, interpretada por John Hodgman. Sus intentos por defenderse y pasar por cool eran divertidos, y sufría, como un ser humano. (Había versiones locales del aviso en otras partes del mundo, por ejemplo, en el Reino Unido, con los actores David Mitchell y Robert Webb como la PC y la Mac).
Sería negligente no agregar que el concepto de lo “cool” ha sido tan ampliamente cooptado por la industria tecnológica que se necesita una expresión adicional como “con onda” para describir esas voces online que a continuación odiaban a Long y juzgaban a Hodgman como el cool. La inquietud por quién o qué se considera con onda hoy puede considerarse un producto de la célebre “inquietud” de la naturaleza del capitalismo que identificara Marx. Uno de los peores efectos de Internet es que tienta a todos a volverse sofisticados –a tomar posición respecto de lo que tiene onda y a considerar, bajo pena de ser juzgado sin onda, las posiciones adoptadas por los demás. Probablemente a Kraus no le importaba la onda per se, pero ciertamente disfrutaba de tomar posición y estaba intensamente sintonizado con las posiciones de los otros. Era un sofisticado; de ahí que Die Fackel cause la impresión de un blog. Kraus pasaba mucho tiempo leyendo cosas que odiaba para poder odiarlas con autoridad.
“Créanme, gente alegre, en culturas donde cualquier imbécil posee individualidad, la individualidad se vuelve cosa de imbéciles.”
Segunda nota al pie: algo así no puede decirse hoy en Estados Unidos, sin importar cuánto el billón (¿o ahora son dos billones?) de páginas “individualizadas” de Facebook te pueda llevar a querer decirlas. Kraus era conocido, en su época, como el Gran Odiador. Según se sabe, era un hombre tierno y generoso en su vida privada, lleno de amigos leales. Pero una vez que empieza a darle cuerda al mecanismo de su retórica polémica, la lleva hasta registros extremadamente duros.
Los imbéciles “individualizados” que Kraus tiene en mente no son hoi polloi.[2] Aunque Kraus pudiera sonar como un elitista, no se ocupaba de denigrar a las masas o la cultura popular; la calculada dificultad de su escritura no era una barricada contra los bárbaros. Apuntaba, por el contrario, a autoridades brillantes y bien educadas que adoptaban una falsa clase de individualidad –gente que, según pensaba Kraus, no podía hacerse la distraída.
No es claro que las denuncias chillonas y ex cátedra de Kraus fueran el medio más efectivo para transformar mentes y corazones. Pero confieso experimentar cierta versión de su decepción cuando un novelista que creo que no puede hacerse el distraído, como Salman Rushdie, sucumbe a Twitter. O cuando una revista en papel políticamente comprometida que respeto, N+1, denigra a las revistas en papel como terminalmente “masculinas”, celebra Internet como “femenina”, y de algún modo se olvida de considerar la acelerada pauperización de los escritores freelance para Internet. O cuando buenos profesores progres que alguna vez resistieron la alienación –que criticaron al capitalismo por su permanente ataque contra cada tradición y cada comunidad que se interpuso en su camino– comienzan a llamar “revolucionaria” a la corporativizada Internet.
“¡Y nada de ese hormigueo pintoresco en la cáscara de un viejo gorgonzola en lugar de la confiable monotonía del queso crema! La vida es difícil de digerir tanto allí como aquí. Pero la dieta romance embellece lo echado a perder; uno le hinca el diente y queda patas para arriba. El régimen alemán echa a perder la belleza y nos pone a prueba: ¿cómo podríamos recrearla? La cultura romance hace de cualquiera un poeta. Allí el arte es una papa. Y el cielo, un infierno.” En lo hondo de este párrafo hallamos la sugerencia de que la Viena de Kraus era un caso intermedio –como el Windows Vista. Su lengua y su orientación eran alemanas, pero era la co-capital de un Imperio Romano Católico que se extendía hasta el sur de Europa, y estaba enamorada de la noción que tenía de su espíritu vienés y su estilo de vida especial y encantador. (“Las calles de Viena están pavimentadas de cultura”, reza uno de los aforismos de Kraus. “Las calles de otras ciudades, de asfalto”).
Para Kraus el supuesto encanto cultural de Viena consistía en un tejido de hipocresías extendido sobre contradicciones al borde de la catástrofe que él se sentía inclinado a desenmascarar con su sátira. El párrafo puede caer más duramente sobre la cultura latina que sobre la alemana, pero a Kraus en realidad le gustaba vacacionar en Italia y tuvo allí algunas de sus experiencias más románticas. Para él, el lugar de la desconexión realmente peligrosa entre contenido y forma era Austria, que se modernizaba rápidamente al mismo tiempo que mantenía modelos políticos y sociales de comienzos del siglo XIX. A Kraus lo obsesionaba el rol de los diarios modernos, consistente en ocultar las contradicciones. Como los periódicos de Hearst en Estados Unidos, la prensa burguesa vienesa tenía una enorme influencia política y financiera, y era probadamente corrupta. Se benefició inmensamente de la Primera Guerra Mundial y fue instrumental a la hora de sostener encantadores mitos vieneses como el de la “muerte del héroe” durante años de masacre mecanizada. La Gran Guerra fue precisamente el apocalipsis austriaco que Kraus había profetizado, y que contó con la complicidad de la prensa implacablemente satirizada por él.
La Viena de 1910 era, pues, un caso especial. Y sin embargo se podría afirmar que Estados Unidos en 2013 es un caso especial similar: otro imperio debilitado contándose historias sobre su carácter excepcional mientras se encamina hacia alguna clase de apocalipsis, fiscal o epidemiológico, climático-ambiental o termonuclear. Nuestra extrema izquierda puede odiar la religión y pensar que consentimos a Israel; nuestra extrema derecha puede odiar a los inmigrantes ilegales y pensar que consentimos a los negros; y todos pueden no saber cómo se supone que deba funcionar la economía ahora que los mercados se volvieron globales, pero la sustancia real de nuestras vidas cotidianas es la distracción total. No podemos enfrentar los problemas reales; gastamos un trillón de dólares en no resolver realmente un problema en Irak que no era realmente un problema; ni siquiera nos ponemos de acuerdo en cómo evitar que los gastos en salud se devoren el PBI. En lo que sí estamos todos de acuerdo es en entregarnos a los nuevos medios y tecnologías cool, a Steve Jobs y Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, y en dejar que se beneficien a costa nuestra. Nuestra situación se parece bastante a la de Viena en 1910, solo que la tecnología del periódico fue reemplazada por la tecnología digital, y el encanto Vienés por lo cool de los Estados Unidos.
Consideremos el primer párrafo de un segundo ensayo de Kraus, “Nestroy y la posteridad”. El ensayo es una celebración ostensible de Johann Nestroy, una figura central de la Edad de Oro del teatro vienés durante la primera mitad del siglo XIX. En la época en que Kraus lo publicó, Nestroy era infravalorado, mal leído y fundamentalmente olvidado, y Kraus ve en esto un síntoma de lo que falla en la modernidad. En su anterior ensayo “Apocalipsis” había escrito: “La cultura no puede recuperar el aliento y, en el final, una humanidad muerta yace junto a sus obras, cuya invención nos costó tanto intelecto que no nos quedó nada para hacerlas funcionar. Fuimos lo suficientemente evolucionados como para construir máquinas y demasiado primitivos para ponerlas a nuestro servicio.” Para mí, lo más sorprendente de Kraus como pensador probablemente sea cuán temprana y claramente reconoció la diferencia entre el progreso tecnológico y el progreso moral y espiritual. Un siglo exitoso del primero, incluyendo avances científicos que habrían parecido milagrosos hasta no hace mucho, resultó en videos de smartphones de alta resolución de tipos tirando pastillas Mentos adentro de botellas de litro de Pepsi light y gritando “¡Waaa!” Los tecnovisionarios de los noventas prometieron que Internet iba a dar lugar a un nuevo mundo de paz, amor y comprensión, y los ejecutivos de Twitter aún golpean el tambor utópico, reclamando el crédito principal por la primavera árabe. Al escucharlos uno pensaría que es inconcebible que Europa del Este haya podido librarse de los Soviets sin ayuda de los celulares, o que un puñado de estadounidenses se levantaran contra los británicos y redactaran la constitución de los Estados Unidos sin capacidad 4G.
“Nestroy y la posteridad” comienza:
“No podemos celebrar su memoria del modo en que una posteridad debería hacerlo, reconociendo una deuda que tenemos que pagar. Entonces queremos celebrar su memoria confesando una culpa con la que cargamos, nosotros, habitantes de una época que ha perdido la capacidad de ser una posteridad… ¿Cómo pudo el constructor eterno no aprender de las experiencias de este siglo? Pues, desde que hay genios, fueron instalados en la época como ocupantes temporarios mientras se secaba el revoque; luego se mudaron, y la humanidad pudo habitar un ambiente más cálido. Desde que hay ingenieros, sin embargo, el edificio se volvió menos habitable. ¡Que Dios se apiade del emprendimiento! Que no permita que nazcan artistas, si no es con el consuelo de que cuando los recuerde la posteridad, lo haga mejor. ¡Este mundo! Intentemos tan solo que se sienta como una posteridad, y ante la insinuación de que debe su progreso a un rodeo del Espíritu, soltará una risa que parecerá decir: Los dentistas prefieren Kalodont. Una risa basada en una idea de Roosevelt y orquestada por Bernard Shaw. Es la risa que acaba con todo y todo lo puede. Pues los técnicos han derribado los puentes, y el futuro es todo lo que sigue automáticamente.”
Hoy el lema es “no hay quien detenga nuestras poderosas nuevas tecnologías”. La resistencia espontánea a estas tecnologías está casi completamente confinada a asuntos de salud y seguridad, y mientras tanto, varias otras lógicas –de la teoría de la guerra, de la tecnología, del mercado– continúan desplegándose automáticamente. Vivimos en un mundo con bombas de hidrógeno porque las bombas de uranio no alcanzaban para hacer el trabajo; pasamos la mayor parte de nuestras horas de vigilia mensajeando, enviando emails, twitteando y posteando en aparatos con pantalla a color porque la ley de Moore determinó que podíamos hacerlo. Nos dicen que, para ser económicamente competitivos, debemos olvidarnos de las humanidades y enseñarles a nuestros hijos la “pasión” por la tecnología digital, y prepararlos para que pasen toda su vida reeducándose para estar al día. La lógica indica que si queremos cosas como Zappos.com o capacidad DVR doméstica –¿y quién no los querría?– debemos decirle adiós a la estabilidad laboral y hola a toda una vida de angustias. Debemos volvernos tan inquietos como el propio capitalismo.
No solo no soy ludita, sino que ni siquiera estoy seguro de si los luditas originales lo eran. (Simplemente les resultaba práctico destruir las máquinas textiles a vapor que los estaban dejando sin trabajo). Paso todo el día, todos los días, usando software y silicona, y estoy encantado con todo lo relativo a mi nueva ultrabook Lenovo, excepto con su nombre. (Trabajar con algo que se llama IdeaPad me tienta a negarme a tener ideas). Pero no hace mucho tiempo, cuando era lo bastante desmedido como para decir que Twitter era una “estupidez” en público, la respuesta de los adictos a Twitter fue llamarme ludita. ¡Lero, lero! Fue como decir que fumar es una “estupidez”, solo que en este caso no contaba con evidencia médica que me respaldase. A la gente sí le preocupó, por un tiempo, que los celulares pudieran causar cáncer de cerebro, pero se demostró que la relación era entre débil y no existente, y ahora ya nadie tiene de qué preocuparse.
“Esta velocidad no sabe que su mérito solo es importante en la medida en que escapa de sí misma. Carnalmente presente, espiritualmente repugnante, acabada como es, esta época, así lo espera, será absorbida por la siguiente, y los niños, que fueron testigos de la unión del deporte y la máquina y se nutrieron de periódicos, podrán reírse mejor entonces… Asustarlos no sirve; si un espíritu se anuncia, se dice: estamos completos. La ciencia está determinada a garantizar su aislamiento hermético de todo lo que esté más allá de ella. Lo que entonces se llama mundo porque puede recorrerse en cincuenta días está terminado tan pronto como puede hacer el cálculo. Para mirar a la pregunta ‘¿Y entonces qué?’ directamente a los ojos: todavía confía en dar cuenta de lo incalculable. Y el cerebro difícilmente piensa alguna vez que el día de la gran sequía ha despuntado. Entonces calla el último órgano, pero la última máquina continúa zumbando, hasta que incluso ella hace silencio porque su operador olvidó la palabra. Porque el entendimiento no entendió que, alejándose del espíritu, podía no obstante crecer dentro de su generación, pero perdería habilidad para reproducirse. Si dos por dos es cuatro, como sostienen, esto se debe al hecho de que Goethe escribió el poema “El mar en calma”. Pero ahora se sabe con tanta exactitud cuánto es dos por dos que en cien años no podrá ser calculado. Algo que nunca antes existió tuvo que haber venido al mundo. Una infernal máquina de humanidad”.
De todas las líneas de Kraus esta es probablemente la que más ha significado para mí. En este pasaje Kraus está evocando al Aprendiz de Brujo –el desencadenamiento involuntario de consecuencias sobrenaturalmente destructivas. Aunque está hablando del periódico moderno, su crítica se aplica, si cabe, todavía mejor al tecnoconsumismo contemporáneo. Para Kraus, lo infernal de los periódicos era el acoplamiento fraudulento de ideales ilustrados con una implacable búsqueda de ganancias y poder. Con el tecnoconsumismo, la retórica humanista del “empoderamiento” y la “creatividad” y la “libertad” y la “conexión” y la “democracia” se vuelve cómplice del franco monopolio de los tecno-titanes; la nueva máquina infernal parece cada vez más obedecer exclusivamente a su propia lógica de desarrollo, y es mucho más esclavizante y adictiva, y mucho más indulgente con los peores impulsos humanos de lo que los periódicos lo fueron alguna vez. De hecho, lo que Kraus dirá más tarde de Nestroy podría decirse hoy del propio Kraus: “ataca su pequeño entorno con una aspereza digna de una causa posterior”. Las ganancias y el alcance de la prensa vienesa eran lastimosamente pequeños de acuerdo con los parámetros de la tecnología y los gigantes mediáticos de hoy. El océano de datos triviales o falsos o vacíos es millones de veces más vasto ahora. Kraus simplemente pronosticaba cuando vislumbraba el día en el que la gente olvidaría cómo sumar y restar; hoy es difícil que transcurra una comida con amigos sin que alguien recurra a su Iphone para obtener la clase de información que su cerebro solía tener la responsabilidad de recordar. Los tecnoadeptos, por supuesto, no ven nada malo aquí. Apuntan que los seres humanos siempre han tercerizado la memoria –en poetas, historiadores, parejas y libros. Pero soy a tal punto un hijo de los sesentas que puedo ver la diferencia entre dejar que tu esposa recuerde los cumpleaños de tus sobrinas y ceder funciones memorísticas básicas a un sistema corporativo global de control.
“Un invento para destrozar el Koh-i-nor [en esa época, el diamante más grande, (n. de J. F.)] y hacer accesible su luz a todos los que no lo poseen. Por cincuenta años ha estado funcionando la máquina en la que el espíritu se coloca por la parte delantera para salir por la trasera como impreso; diluyendo, divulgando, destruyendo. El que da, pierde, los que reciben, se empobrecen, y los intermediarios se ganan la vida…”
Ahí tienen una muestra de la prosa krausiana. La pregunta que ahora me gustaría considerar es: ¿Por qué Kraus estaba tan enojado? Fue un hijo tardío en una familia judía próspera y bien asimilada cuyo negocio generaba un ingreso lo suficientemente alto como para asegurarle independencia financiera de por vida. Esto, a su vez, le permitió publicar Die Fackel exactamente como quería, sin hacer concesiones a anunciantes ni suscriptores. Tenía un estrecho círculo de buenos amigos y un círculo mucho más amplio de admiradores, muchos de ellos fanáticos, algunos de ellos famosos. Aunque nunca se casó, tuvo algunos affairs rutilantes y una relación extensa. Su único problema de salud significativo era una curvatura de columna, e incluso esto tuvo la ventaja de dejarlo afuera del servicio militar. ¿Cómo pudo una persona tan afortunada convertirse en el Gran Odiador?
Me pregunto si no estaría tan enojado precisamente porque era tan privilegiado. Más adelante en el ensayo sobre Nestroy, el Gran Odiador defiende su odio de este modo: “El ácido quiere el brillo, y el óxido dice de él que solo está siendo corrosivo”. Kraus odiaba el lenguaje malo porque amaba el buen lenguaje –porque tenía dones, intelectuales y financieros, para cultivar ese amor. Y la persona que tuvo suerte en la vida no puede evitar esperar que el mundo siga marchando en la misma dirección; cuando el mundo insiste en tomar la dirección equivocada, la dirección de la corrupción y el mal gusto, se siente traicionado por él. Y entonces se enoja, y el enojo lo aísla más e intensifica su sentimiento de singularidad.
Como cualquier artista, Kraus quería ser un individuo. Durante buena parte de su vida fue desafiantemente antipolítico; parecía formar alianzas profesionales casi con la intención de torpedearlas espectacularmente después. Dado que la obra de teatro favorita de Kraus era El rey Lear, me pregunto si habrá visto su propio destino en el de Cordelia, la hija menor mimada que ama al rey y que, precisamente porque ha sido la hija privilegiada, segura del amor del rey, tiene la integridad personal de negarse a degradar su lenguaje y mentirle en su vejez. El privilegio colocó a Kraus, también, en la senda de la individualidad independiente, pero el mundo parecía dispuesto a frustrarlo. Lo decepcionó del mismo modo en que Lear decepciona a Cordelia, y en Kraus esto se convirtió en una receta para el enojo. En su anhelo de un mundo mejor en el que la verdadera individualidad fuera posible, continuó aplicando el ácido de su enojo a todo lo que fuera falso.
Permítanme pasar a mi propio ejemplo, ya que de todos modos he intentado encontrarlo en la historia de Kraus.
Fui un hijo tardío en una familia amorosa que, aunque ni siquiera era lo bastante próspera como para hacer de mí un rentista, sí tenía suficiente dinero como para ubicarme en un buen colegio público y enviarme a una buena universidad, donde aprendí a amar la literatura y el lenguaje. Era un estadounidense blanco, macho y heterosexual con buenos amigos y perfecta salud. Me convertí en una persona extremadamente enojada. El enojo cayó sobre mí tan cerca del momento en el que me enamoré de la escritura de Kraus que los dos hechos me resultan prácticamente indistinguibles.
No nací enojado. En todo caso, fue todo lo contrario. Puede sonar exagerado, pero creo ser exacto al decir que no conocí el enojo hasta los veintidós. En la adolescencia tuve mis momentos de malhumor y rebelión contra la autoridad, como Kraus, pero el conflicto con mi padre había sido mínimo, y lo peor que podría decirse de la relación con mi madre era que discutíamos como una pareja de viejos. El enojo real, el enojo como una forma de vida me fue ajeno hasta una tarde en particular de abril de 1982. Estaba en una estación de tren desierta en Hanover. Había venido de Múnich y esperaba el tren a Berlín; era un oscuro día gris alemán, y tomé un puñado de monedas alemanas de mi bolsillo y comencé a arrojarlas sobre la plataforma. Había cierta hostilidad anti-alemana en esto; hacía poco había tenido una experiencia horrible con una vieja alemana tacaña, y me hacía bien imaginarme a otras viejas alemanas tacañas agachándose para recoger las monedas como sabía que lo harían, agravando así sus dolores de rodilla y de cadera. El modo en que soltaba las monedas, sin embargo, revelaba un enojo más general. Estaba enojado con el mundo de una forma en que no lo había estado nunca. La causa próxima de mi enojo era mi intento fallido de tener sexo con una chica increíblemente linda en Múnich, solo que no había sido exactamente un intento fallido, sino una decisión de mi parte. Pocas horas más tarde, en la plataforma de Hanover, marqué mi entrada en la vida que siguió a esa decisión arrojando mis monedas. Luego tomé el tren y regresé a Berlín, donde vivía de una beca Fulbright, y me inscribí en un curso sobre Karl Kraus.
Como regalo de boda, tres meses después del regreso de Berlín, mi colega profesor de alemán, George Avery, me dio una edición de tapas duras de la formidable crítica del nazismo de Kraus, La tercera noche de Walpurgis. George, que me había abierto los ojos a la conexión entre leer literatura y vivir la vida, se estaba convirtiendo en una especie de segundo padre para mí, un padre que leía novelas y abrazaba todo los placeres. Había sido un buen estudiante suyo, y debe haber sido el deseo de mostrarme valioso, de demostrarle mi amor, el que me llevó, durante los dos meses siguientes a mi boda, a intentar traducir los dos difíciles ensayos de Kraus que había traído de Berlín.
Hacía el trabajo avanzada la tarde, luego de seis o siete horas de escribir relatos breves, en el dormitorio del pequeño departamento de Somerville que mi esposa y yo alquilábamos por 300 dólares al mes. Cuando terminé los borradores de las dos traducciones se las envié a George. Me las devolvió unas pocas semanas más tarde, con anotaciones marginales manuscritas en letra microscópica, y con una carta en la que aplaudía mi esfuerzo pero decía que también podía ver lo “endemoniadamente difícil” que era traducir a Kraus. Teniendo en cuenta su insinuación, volví a los borradores con una mirada renovada y me desanimé al descubrir que eran poco naturales y casi ilegibles. Tenía que retrabajar casi todas las oraciones, y estaba tan agotado por el trabajo que ya había hecho que enterré las páginas en una carpeta.
Pero Kraus me había cambiado. Cuando abandoné los cuentos y volví a mi novela, era consciente de su fervor moral, su rabia satírica, su odio por los medios, sus preocupaciones apocalípticas y su audacia como escritor de sentencias. Quería exponer las contradicciones estadounidenses del modo en que él había expuesto las austriacas, y quería hacerlo a través de la novela, el género popular que él había desdeñado, pero yo no. Todavía deseaba terminar mi proyecto Kraus también, luego de que mi novela me hubiera hecho famoso y millonario. Para hacer honor a estos deseos, coleccionaba recortes del Sunday Times y el Boston Globe a los que nos habíamos suscripto mi esposa y yo. Por alguna razón –tal vez para asegurarme de que otras personas también se casaban– leía religiosamente las páginas nupciales, y recortaba títulos como “Cynthia Pigott se casa con Louis Bacon”, y mi favorito: “La señorita LeBourgeois contraerá matrimonio con el señor Writer”.[3]
Leía el Globe con un ojo krausiano especialmente frío, y me enfurecía amablemente con su trivialidad, y el trabajo lamentable de sus correctores, y sus mortalmente aburridos juegos de palabras en los títulos de la sección del clima. Me molestaba tanto el “ingenio” sin fundamento y sin sentido de Head-on Splash[4] –que imagino que no le causaría gracia a la familia de alguien muerto en un accidente automovilístico– y de Autumnic Balm[5] –que ofendía mi sentido de la seriedad del peligro nuclear–, que terminé enviándole una carta fulminantemente krausiana al editor. El Globe por cierto publicó mi carta, pero, con su negligencia característica, se las arregló para deformar mi remate como Automatic Balm,[6] volviendo mi argumento incomprensible. Estaba tan furioso que más tarde dediqué muchas páginas de mi segunda novela a burlarme del diario de mierda que era el Globe. Mi furia de entonces –dirigida no solo contra los medios sino también contra Boston, los automovilistas de Boston, la gente del laboratorio donde trabajaba, la computadora del laboratorio, mi familia, la familia de mi mujer, Ronald Reagan, George H. W. Bush, los teóricos literarios, los escritores de ficciones minimalistas por entonces en boga y los hombres que se divorciaban de sus esposas– me es ajena ahora. Debe haber tenido que ver con el profundo aislamiento de mi vida de casado y con la crueldad con la que, en mi ambición y mi pobreza, me negaba todo placer.
Como ya argumenté, probablemente también habría algo del enojo del hombre privilegiado con el mundo que lo decepciona. Si resultó que no tenía suficiente enojo como para convertirme en un Kraus junior, fue debido al género que había elegido. Cuando un satírico hardcore logra alcanzar cierta popularidad, solo puede significar que su público no lo entiende. La falta de un público al que Kraus pudiera respetar era una conclusión inevitable, de manera que nunca tuvo que dejar de estar enojado: podía ser el Gran Odiador en su escritorio, y luego dejar su lapicera y tener una cálida vida personal con sus amigos. Pero cuando un novelista encuentra su público, incluso uno pequeño, se relaciona de una manera diferente con él, porque la relación está basada en el reconocimiento, y no en el malentendido. Con una relación así, con un público como ese, se vuelve simplemente deshonesto permanecer tan enojado. Y el trabajo mental que la ficción fundamentalmente requiere, que consiste en imaginar cómo es ser alguien que no sos, debilita todavía más el enojo. Cuantas más novelas escribía, menos confiaba en mi propia virtud y más inclinado me sentía a compadecer a gente como los cajistas del Globe. Es más: cuando Internet ascendió al poder, diseminando información en la que se podía confiar tan poco como costaba leerla, agradecí que el Times y el Globe todavía existieran y continuaran pagándoles a cronistas a medias responsables para que informaran, y perdí todo interés en destrozarlos.
Y así, en algún momento de los 90s, saqué mis malas traducciones de Kraus de mi gabinete de carpetas activas y las archivé en un depósito. Las sentencias de Kraus nunca dejaron de dar vueltas en mi cabeza, pero sentía que había dejado atrás a Kraus, que era un escritor del tipo chico enojado, y básicamente no del tipo novelista. Lo que ahora me ha llevado a él nuevamente es, en parte, mi irritante sensación de que el apocalipsis, que por un momento pareció retroceder, todavía está en el horizonte.
En mi pequeño rincón del mundo, lo que equivale a decir “la ficción estadounidense”, Jeff Bezos de Amazon puede no ser el Anticristo, pero seguramente se parece a uno de los cuatro jinetes. Amazon quiere un mundo donde los libros sean o bien autopublicados o bien publicados por Amazon, con lectores dependientes de las reseñas de Amazon para elegir sus libros, y con autores responsables de su propia promoción. El trabajo de charlatanes, twitteros y fanfarrones, y de la gente con dinero para pagarle a alguien que escriba para ellos cientos de reseñas de cinco estrellas florecerá en ese mundo. ¿Pero qué pasa con los que se convirtieron en escritores porque la charlatanería, el twitteo y la fanfarronería les parecían formas superficiales de compromiso social?¿Qué pasa con los que quieren comunicarse en profundidad, de individuo a individuo, en la tranquila permanencia de la letra impresa, y que fueron delineados por su amor a escritores que escribían cuando la publicación todavía aseguraba alguna clase de control de calidad, y las reputaciones literarias eran más que un asunto de cantidad de decibeles de autopromoción? En la medida en que cada vez menos lectores pueden encontrar su camino, en medio del ruido, los libros decepcionantes y las reseñas falsas, hacia el trabajo producido por esta nueva generación de escritores, Amazon va camino a convertir a los escritores en trabajadores sin perspectivas a quienes sus contratantes dan empleo en sus almacenes, donde trabajan cada vez más duro por cada vez menos, y sin seguridad laboral, porque los almacenes están ubicados en lugares donde ellos son la única empresa contratante. Y cuanto mayor es la población que vive como esos trabajadores, mayor es la presión descendente sobre los precios de los libros y mayor es el apriete a los vendedores de libros convencionales, porque cuando uno no gana mucho dinero, quiere entretenimiento gratis, y cuando la vida es dura, quiere gratificación inmediata (“¡Envío inmediato gratuito!”)
Pero así el libro físico pasa a formar parte de la lista de especies amenazadas, así los reseñadores responsables se extinguen, así las librerías independientes desaparecen, así los novelistas son reclutados para la autopromoción al estilo Jennifer Weiner, así los Seis Grandes editores son asesinados y devorados por Amazon: esto parece un apocalipsis solo si la mayoría de tus amigos son escritores, editores o libreros. Pero es posible que la historia no se haya terminado. Tal vez el experimento de internet de las reseñas de consumidores resulte en una corrupción tan flagrante (ya se sospecha que un tercio de las reseñas de todos los productos online son falsas) que la gente clamará por el regreso de los reseñadores profesionales. Tal vez un número económicamente significativo de lectores llegue a reconocer los costos humanos y culturales de la hegemonía de Amazon y vuelva a las librerías locales o al menos a barnesandnoble.com, que ofrece los mismos libros y un e-reader superior, y cuyos dueños tienen una política progresista. Tal vez la gente llegue a asquearse tanto de Twitter como alguna vez se asqueó de los cigarrillos. Todavía me parece que los últimos modelos de Twitter y Facebook para hacer dinero pueden describirse como una tercera parte fraude piramidal, una tercera parte ilusión y una tercera parte repugnante vigilancia panóptica.
Podría, es cierto, desarrollar un argumento apocalíptico más amplio sobre la lógica de la máquina, que ahora se ha vuelto global y está acelerando la desnaturalización del planeta y la esterilización de sus océanos. Podría mencionar la transformación del bosque boreal canadiense en un lago tóxico de arenas bituminosas, la destrucción de los últimos bosques asiáticos para la fabricación de muebles de garaje chinos ultralivianos en Home Depot, los diques en el Amazonas y la tala terminal de sus bosques para la producción de carne y la explotación minera, y toda la mentalidad “me cago en las consecuencias, queremos comprar un montón de mierda y la queremos barata, con envío inmediato gratuito”. Y mientras tanto el calentamiento de la atmósfera, mientras tanto el abuso de antibióticos en los agronegocios, mientras tanto el jugueteo generalizado con núcleos celulares, que podría resultar tan desastroso como el jugueteo con núcleos atómicos. Y sí: los misiles termonucleares todavía están en sus silos y submarinos.
Pero el apocalipsis no es necesariamente el final físico del mundo. Por cierto, la palabra sugiere más directamente la idea de juicio cósmico final. En su crónica de los crímenes contra la verdad y el lenguaje en Los últimos días de la humanidad (mankind) Kraus no se refiere únicamente a la destrucción física. De hecho, el título de su obra debería traducirse como Los últimos días de la condición humana (humanity): “deshumanizado” no significa “despoblado”, y si la primera guerra mundial significó el fin de la humanidad no fue porque allí no hubiera más gente. Kraus se sintió consternado ante la matanza, pero vio en ella el resultado, y no la causa, de una pérdida de humanidad por parte de personas que todavía estaban vivas. Vivas pero condenadas, cósmicamente condenadas.
Pero un juicio como ese obviamente depende de lo que se entienda por “humanidad”. Me guste o no, el mundo que está siendo creado por la máquina infernal del tecnoconsumismo es todavía un mundo hecho por seres humanos. Mientras escribo esto, parece que la mitad de las publicidades televisivas muestran a personas inclinándose sobre sus smartphones; hay una particularmente nociva/genial donde todos los veinteañeros en una recepción de boda no hacen otra cosa que sacarse fotos y mensajearse unos a otros. Describir este espectáculo deprimente en términos apocalípticos, como la “deshumanización” de una boda, es sostener una particular concepción moral de humanidad; y si uno sigue a Nietzsche y rechaza el juicio moral en favor del estético, es inmediatamente confrontado por la persuasiva conexión de Bourdieu entre estética y privilegio de clase; y al momento siguiente uno se encuentra traduciendo Los últimos días de la humanidad como Los últimos días del privilegio de aquello que personalmente encuentro hermoso.
Y tal vez no sea algo tan malo. Tal vez el apocalipsis sea, paradójicamente, siempre individual, siempre personal. Mi actividad sobre la tierra es breve y aparece encorchetada por una nada infinita, y durante la primera parte de esta actividad estoy anexado a un conjunto de valores humanos inevitablemente delineados por mis circunstancias sociales. Si hubiera nacido en 1159, cuando el mundo era más estable, a los cincuenta y tres podría haber sentido que la siguiente generación compartiría mis valores y apreciaría lo mismo que yo había apreciado; ningún apocalipsis en el horizonte. Pero nací en 1959, cuando la TV era algo que solo se miraba en el horario central, y la gente escribía cartas y las colocaba en el buzón, y todas las revistas y periódicos tenían una sólida sección de libros, y editores respetados hacían inversiones a largo plazo en jóvenes escritores, y la Nueva Crítica reinaba en los departamentos de literatura, y la cuenca del Amazonas estaba intacta, y los antibióticos solo se empleaban para tratar infecciones graves y no eran inyectados en vacas sanas. No era necesariamente un mundo mejor (teníamos refugios antiaéreos y piletas solo para blancos), pero era el único mundo que conocía para intentar encontrar mi lugar como escritor. Y entonces hoy, cincuenta y tres años más tarde, no puedo evitar que la sintomática protesta de Kraus –respecto de que el nexo entre tecnología y medios hizo que las personas se enfocaran inexorablemente en el presente y se olvidaran del pasado– me parezca verdadera. Kraus fue el primer gran ejemplo de un escritor experimentando plenamente cómo la modernidad, cuya esencia es la aceleración de la tasa de cambio, crea dentro de sí las condiciones para el apocalipsis personal. Naturalmente, como fue el primero, los cambios le parecían particulares y únicos, pero de hecho estaba registrando algo que se volvió el esquema de la modernidad. La experiencia de cada generación siguiente es tan distinta de la de la anterior que siempre habrá quienes sientan que toda conexión con los valores claves del pasado se perdió. Mientras dure la modernidad, todos los días le parecerán a alguien los últimos días de la humanidad.
Notas
[*] Guadalupe Marando es profesora de Letras de la UBA, traductora, profesa una herudicion promiscua en el Templo de las Virgenes Vestales de Georg Lukács y es mi amiga.
A traducido entre otras obras libros de Copi, Marguerite Duras, Siegfried Kracauer y tiene una traducción inédita de El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.
Junto a Margarita Martínez forman un equipo de traducción que está a la altura de los mejores traductores de la historia de la traducción.
Jonathan Franzen es novelista, cultivador de la poética del siglo XIX donde el cuentito busca el relato total de una época, elegante ensayista, amante de los pajaritos y contrincante raqueta en mano de David Foster Wallace en una cancha de tenis hasta que este se ahorco.
Pero es fundamentalmente el autor de Las correcciones. Un cuentito chiquito donde la familia Lambert en poco más de 600 páginas logra desplegar la locura de una familia normal y el pulso de una época. Suerte de Los Simpsons remixado por León Tolstói, de Esperando la carroza con pulso de dickensiano.
Karl Kraus fue un punky epiléptico como Iggy Pop y de palabras afiladas como escupitajos de Ricky Espinosa. Su revista La Antorcha fue – cosa que Jonathan Franzen no puede saber ni su biógrafo Edward Timms – una trinchera contracultural arrinconada entre la ya clásica película de súper acción insuperable hasta hoy de La Primera Guerra Mundial con su manejo de efectos especiales que siguen maravillando y los pasos de comedia desopilantes de Adolf Hitler, diseño la maqueta sobre la cual años después en un sitio inmundo Enrique Symns – suerte de alter ego de Kraus – zarparía con su nave pirata de tripulación extraterrestre, de cerdos y peces extraviados, rumbo al doloroso abismo de los días ni fáciles o difíciles sino imposibles a recuperar el brillo misterioso de la aventura.
[1] Nos mantenemos, como en el resto de la traducción, más cerca de la versión inglesa, que traduce el término alemán romanisch como Romance, “romance”; también traducible como “latino”. (N. de t.)
[2] En griego, “los muchos”, “la mayoría”. En inglés se usa para referirse a la plebe, la masa. (N. de t.)
[3] Pig: cerdo; bacon: panceta; le bourgeois (fr.): el burgués; writer: escritor. (N. de la t.)
[4] ¿Lluvia de frente?; juego con head-on crash: choque frontal. (N. de la t.)
[5] Bálsamo otoñal; la pronunciación es parecida a atomic bomb: bomba atómica. (N. de la t.)
[6] Bálsamo automático. (N. de la t.)
Columnas anteriores de Confesiones de un librero de mierda entrado en este Link:
 zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

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