Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges
La sabiduría del maestro y la fortaleza del guerrero (1) (2)
Chuang Tzu
Traducción de Jorge Luis Borges
A la sombra de una Tumba Federal, existió, cuando yo aun era joven, un Pajarito Loco, que me enseñó todo lo que sé sobre un monje zen rebentado y sus aventuras extraterrestres.
Esta es una de las miles de historias que me contó Pajarito Loco y que te hire contando con el trascurso del tiempo que como el río va, sereno y cristalino en la superficie, demente y caotico en su lecho.
La sabiduría del Maestro
Cierto día el Monje Zen Rebentado recibió en su humilde prostíbulo del saber a uno de sus clientes más queridos.
En cualquier negocio, sea cual fuere el producto que se prostituye, atrae a toda clase de clientes, desde monstruos y alimañas a dragones y princesas. Como la orilla de un río en un claro de la selva que convoca desde tigres y pajaritos a monos y mosquitos o elefantes y hormigas.
Y en este caso, en cierto día que ahora nos ocupa, el Monje Zen Rebentado fue visitado por un docente de escuela secundaria  de Capital Federal que se dejaba caer cada tanto en el prostibulo en busca de la mejor carne del mercado para gozar con ella.
Hubo un tiempo en el que el Monje Zen Rebentado temío que su cliente hubiera entregado el equipo y los gusanos hubieran organizado un gran asado con sus restos. Ese temor se debio a que a que la última vez que lo había visto a su cliente le había contado éste que lo aguardaba en breve una operación muy complicada y jodida cuyo mal se origino en un pasado de sexo, drogas y rock and roll. Durante mucho tiempo nada supo de él. Cada tanto lo recordaba y una sombra negra de tristeza le nublaba el pensamiento haciendolo pensar que su cliente había estirado la pata. Hasta que una mañana caminando por la calle Corrientes se tropezo con él y el Monje Zen Rebentado sintió una gran alegria de saber que el sol seguia proyectando su sombra y la luna seguía covijando sus sueños.
En fin.
Ese cierto día que se dejo caer este cliente en busca de buena carne norteamericana, como siempre, como era habitual, se puesieron a charlar de libros y otras boludeces, pero fundamentalmente de libros. Después de todo el Monje Zen Reventado y su cliente eran dos enfermitos cuya morada espiritual estaba edificada sobre una biblioteca construida a lo largo de la senda de la nada de sus días.
El Monje Zen Rebentado le conto de los ingratos sinsabores de administrar un humilde prostibulo sin renunciar a la magia de la belleza, la inteligencia y el placer.
Luego pasaron al tema de qué libros los habian agarrado de los huevos últimamente hasta dejarlos secos y completos  como siempre que se hace el amor uno queda vacio y lleno.
En fin.
La cosa que la conversación derivo en la doscencia de su cliente.
Éste estaba contento porque le vino a agradecer una madre que su hija a partir de ser su alumna había empezado a leer. Que se la pasaba el día leyendo de todo. Y que eso era producto de su enseñanza.
El Monje Zen Rebentado recordo a su madre que había sido docente de matematica y que a pesar de que esa era una materia que para cualquier chico podía resultar un incordio, una experiencia casi treumatica que obligaba a ver a su maestro como un sutil e implacable torturador, a su madre, sus alumnos, tanto los de clases bajas como altas, la apreciaban.
Es que un buen docente puede trasmitir algo verdadero a sus discipulos si primero prueba su templanza y es capaz de diagnosticar sus alegria y sus tristezas. Si el maestro es incapaz de escuchar la risa y el llanto de su discipulo puede torturar a este durante toda la vida que jamas lograra franquear la muralla detrás de la cual su alumno por fin estara preparado para recibir lo que él tiene para enseñarle.
Y antes de retirarse su cliente le comento de su deseo de poseer a cierta puta cara, País de sombras de  Peter Mattihessenn, pero que no llegaba con el metalico para adquirirla.
El Monje Zen Rebentado no dudo ni tuvo nada que meditar, le ofrecio su propio ejemplar en prestamo para que lo leyera y se lo devolviera cuando lo terminara. No podia regalarle la puta cara que tenía a la venta, después de todo solo era un humilde proxeneta del saber. Pero sí podía ofrecerle su propio ejemplar que sabia que lo disfrutaria y se lo devolveria una vez que saciara sus necesidades con esa escort de lujo.
Y su cliente le respondio que no. Que gracias, que hiba a intentar conseguir la plata y que si no llegaba entonces aseptaba su ofrecimiento.
Entonces el Monje Zen Rebentado se sintio feliz porque supo en esa respuesta que su cliente no era tal sino un amigo que un día había aparecido por las sendas de la nada de Mercado Libre en busca de una transacción mercantil prostibularia y que ahora eso había virado hacia una amistad donde el dinero entre ellos era un fantasma ridiculo que podían ignorar para sentarse a tomar unos mates, fumar unos puchos y charlar de igual a igual como dos seres humanos.
La fortaleza del Guerrero
Pero tambíen hubo otra historia que se teje he hilvana a esta.
Y es la de cierta tarde en que el Monje Zen Rebentado que handaba loco sin un mango lo llamo un cliente y le pidio si podia ir antes de su horario habitual a la librería para retirar un libro.
El Monje Zen Rebentado tenía una resaca de la puta madre pero como dice el refran: la necesidad es hereje. Y ahí fue, arrastrando la porqueria que habia quedado de él la noche anterior a su prostibulo en busca del mango del que hablaba Discepolin en no me acuerdo que letra que si no me equivoco es Gira, Gira.
Bien.
Milagrosamente, como pudo, arrastrandose, como si estuviera atravezando un campo de batalla y no tomando un subte y caminando una cuantas cuadras llego en tiempo y forma para recibir a su cliente.
El cliente en cuestión era un militar retirado, un piloto de aviones de guerra del Ejercito Argentino y había llegado a su humilde prostíbulo en busca del libro del clérigo Gales Geoffrey de Monmouth que en el siglo XII escibió la Historia de los reyes de Britania de donde surgen todos los posteriores relatos del Rey Arturo y otros reyes que luego Shakeaspeare utilizaria para escribir algunas de sus piezas teatrales más logradas.
Este cliente era amante de las escort medievales, con la particularidad que su raye no eran las fuentes secundarias o lecturas que pudieran hacerse de ellas sino de las fuentes primarias. En cambio cuando el Monje Zen Rebentado hiba en busca de una puta medieval siempre preferia a una de segunda mano como En pos del milenio: revolucionarios milenaristas y anarquistas místicos de la Edad Media de Norman Cohn que lo volvía loco pero era incapaz de gozar con los textos originales de la época que el autor habia leido para producir esa obra.
Ok.
Intercambiaron un breve dialogo luego del intercambio mercantil y se dirigieron a la puerta. Una vez ahí, siguieron charlando de dónde este cliente podía llegar a encontrar el material que andaba buscando y que era difícil de hallar frente a la mirada de los vecinos del prostibulo que lo miraban mal al Monje Zen Rebentado por recibir en el edificio a clientes que ellos siempre esperaban que fuera un delicuente que les robarian a todos los del edificio los dolares que escondian bajo la cama y se cogerian a sus mujeres  y matarian a sus hijos.
En fin.
Les digo queridos vecinos que cuidado con lo que uno desea porque puede cumplirse si uno lo desea con mucha insistencia.
Bien.
Ahí, justo ahí, en la puerta, el cliente le dijo al Monje Zen Rebentado que era loca su vida. Que paso de manejar aviones de guerra con misiles y ametralladoras a se un amante de la lectura.
El Monje Zen lo miro y le dijo estas palabras no exentas de un humor franco:
¿Acaso Ernst Jünger no era militar y un gran lector? (3)
Sí, le respondio el cliente al Monje Zen, pero a uno le faltan tantas lecturas, le falta leer tanto.
A lo cual el Monje Zen Rebentado le dijo:
No es una cuestion de cantidad sino de intensidad. Una persona herudita que destina su vida entera a la lectura ¿cuántos libros puede leer a lo largo de una vida y pongamos por caso Lewis Mumford, Freud u Horacio González? Ponele que lean 2 libros por semana y que empiezen a leer desde el día que nacieron hasta su muerte y que vivan 100 años, ¿esa cuenta cuanto te da?: te da mas o menos entre 9.000 y 10.000 libros leidos en una vida. ¿Y qué son 10.000 libros leidos frente a la biblioteca de Babel y todas las restantes bibliotecas de la historia hasta hoy? Apenas unos granitos de arena en el desierto. Nada tiene que ver la cantidad con la intensidad de la lectura.
Y acá el Monje Zen agarro la moto resacoso como estaba y apreto el acelerador:
Mira, loco, en Heidegger en el 36 que venía de estar inchado las pelotas con todas las boludeces de los Nazis y de los enemigos de los nazis y se puso a leer a Nietzsche, pero no de forma pelotuda, sino que lo subio a un ring de boxeo para medirse de igual a igual a ver quien de los dos la tenia mas grande y estuvieron piña va, piña viene durante varios años sacudiendose sin asco y la puta madre que los pario, cuando uno ve eso conmueve, te emociona y eso nada tiene que ver con la cantidad de lecturas hechas, que por otra parte Heidegger era un gran lector , pero eso es anegdotico porque boludos lectores esta lleno pero mirarlo a Nietzsche a los ojos y decirle: puto te voy a cagar a piñas o vos a mi, pero aca y ahora vamos a resolver nuestras cuentas y hasta que uno de los dos no muerda la lona no se baja ningun. Uy, loco, eso es sobervio y la contabilidad nada tiene que ver con esa intensidad.
Y en este punto al Monje Zen Reventado se le hizo un nudo en la garganta y se le empañaron los ojos de emoción.
Su cliente se lo quedó mirando mudo, con los ojos muy abiertos a lo cual el Monje Zen Reventado no supo como leer pero sospechaba que éste estaba pensando que él era un quemado pelotudo.
Entonces el Monje Zen Reventado le extendio la mano a su cliente para despedirlo.
Y éste la rechazo.
Y remplazo el saludo de manos por un beso en la mejilla del Monje Zen.
Y ese atardecer, el Monje Zen, satisfecho consigo mismo y su trabajo en el prostibulo, cerro para irse  antes a las fiestas del 15C donde unos amigos lo estaban iniciando en el arte de la musica electronica y como mover el esqueleto con unos sonidos que aun le resultaban extraños para su alma.
NOTAS
(1) Este relato fue escrito sin nicotina, producto de la desesperación que da a un fumador compulsivo no tener plata para ir al kiosco a comprar puchos. Es el famoso mono del que hablaba Miles Davis cuando no tenes plata o no logras pegar un poco de heroína para darte un pico y volar a las estrellas. Es el mismo mono que padecio Juan Carlos Onetti una noche en Buenos Aires a finales de los años 30 cuando entonces los fines de semana estaba prohibido vender cigarrillos y Onetti que era un fumador compulsivo como yo – ademas de ser un terrible borracho y drogón que se encerraba durante días con damajuanas de vino y pastillas de benzedrina a escribir – en su desesperación de no tener un puto cigarrillo escribio de un tirón su novela El pozo.
(2) Borges anota debajo del título este cuento estas palabras sorprendentes: “Madre dice que si sigo perdiendo el tiempo traduciendo a este chino boludo en lugar de salir a buscar un laburo me va a dar una patada en el culo y me va a hechar de casa por vago y inútil. Además, quizá, a Madre le moleste que yo con casi cuarenta años solo pueda escribir cuentitos en revistuchas under y no sea capaz de formar una familia y darle un nieto y que cada dos por tres me tenga que ir a sacar de la comisaria por bardearla reloco por la calle. Y sí, Madre tiene razón, pobre, le salio un hijo negro cabeza peronista.
(3) Sí no sabes quién mierda es esta puta carisima a mi corazón te la resumo en pocas palabras: Ernst Jünger fue militar,  que participo en La Primera y Segunda Guerras Mundiales y de pendejo se escapo de su casa para ir a la Legión Extranjera y fue una de las plumas mas elegantes he inteligentes del siglo XX.
Columnas anteriores de Confesiones de un librero de mierda entrado en este Link:
zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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