Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

 Señor, no, señorita
Chuang Tzu
Traducción de Jorge Luis Borges

 

 Para Hernán Sassi

 

…lo ubicuo que resulta el uso de la palabra «sexy» para describir los apara tos de última generación; y que hace un siglo, las virguerías que podemos hacer ahora con dichos aparatos —como inducirlos a la acción pronunciando invocaciones, o eso de separar los dedos sobre los iPhones para que las imágenes se agranden— habrían parecido conjuros de un mago, juegos de manos de un mago; y que cuando queremos describir una relación erótica que va muy bien, recurrimos, de hecho, a la palabra «magia». Si me lo permitís, lanzaré a la palestra la idea de que, según la lógica del tecnoconsumismo, por la cual los mercados descubren y responden a lo que los consumidores más desean, nuestra tecnología se ha vuelto especialmente diestra en crear productos que se correspondan con nuestra fantasía de relación erótica ideal. En dicha fantasía, el objeto amado no pide nada y lo da todo al instante, haciéndonos sentir todopoderosos, y tampoco monta escenas espantosas cuando se ve sustituido por otro objeto aún más sexy y queda relegado a un cajón. Es la idea de que (hablando en términos más generales) el objetivo último de la tecnología, el télos de la téchne, es sustituir un mundo natural indiferente a nuestros deseos —un mundo de huracanes y adversidades y corazones rompibles; un mundo de resistencia— por otro tan receptivo a nuestros deseos que llega a ser, de hecho, una simple prolongación del yo. Si me lo permitís, afirmaré por último que el amor verdadero altera el mundo del tecnoconsumismo, y a éste no le queda más remedio que alterar, a su vez, el amor.
Su primera línea de defensa consiste en mercantilizar a su enemigo.
El dolor no los matara, Jonathan Franzen

 

A la sombra de una Tumba Federal, existió, cuando yo aun era joven, un Pajarito Loco, que me enseñó todo lo que sé sobre un monje zen rebentado y sus aventuras extraterrestres.
Esta es una de las miles de historias que me contó Pajarito Loco y que te hire contando con el trascurso del tiempo que como el río va, sereno y cristalino en la superficie, demente y caotico en su lecho.
 Señor, no, señorita
Cierto día, el que aquí nos convoca, de una remota tarde de finales de octubre de 2014, ya perdida en el tiempo, cuyos restos estas palabras intentan volver a armar con los pedacitos suelto y confusos que quedaron el Monje Zen Rebentado se tomo el subte para ir a buscar un regalo.
En el subte una vieja chota le decia a un joven pelotudo que su marido fumaba y chupaba y que ella le decía que eso hace mal pero él no hacía caso, y concluyo, reflexionando como sólo puede reflexionar una vieja chota: y esas cosas se pagan, dijo, mira que yo le decia, pero él no hacia caso y esas cosas se pagan, y cuando dijo “pagan” el Monje Zen percivio un sutil quiebre de su voz.
Y entonces la miro.
Recordo, que su abuela y su tía, en su momento, habían operado como la C.I.A. cuando quiere emputecer un país para hacerlo concha, con su abuelo paterno consiguiendo que dejara el pucho y la botella.
Y reflexionó.
¡Menos mal que se pagan porque de lo contraria ese pobre Cristo tendria que estar viajando ahora en el subte con vos y aguantando la boludeces que brotan de tu boca con la misma facilidad con la que Miles Davis hacia brotar melodías de una trompeta!
Cuando llego a la casa de su amigo toco el timbre de su departamento y cuando escucho su vos le pidio que le bajara el su regalo, que no podía quedarse a tomar unos mates y charlar como habian quedado porque tenía que seguir viaje por la senda de la nada en busca del mango que persigue toda puta para llenar la holla del puchero.
La mujer de su amigo – que también era su amiga – bajo en el acensor con su hija mayor y el regalo.
La mujer de su amigo insistio que se quedara un momento pero se excuso explicando que las obligaciones de su humilde prostibulo lo obligaban a seguir camino con cierta urgencia.
Mientras caminaba por la calle miro su regalo.
Entonces una chica jovencita que estaba esperando en el portal de un edificio a que le bajaran a abrir la puerta al verlo pasar largarndo humo por su boca como una chimenea de Auschwitz le pregunto “señor, ¿me convidaría un cigarrillo?”.
El Monje Zen Rebentado intento asimilar la piña de Carlitos Monzón que lo sento de culo en el piso boqueando, sin aliento, casi nocaut: “señor, no, mocosa, señorita y a mucha honra”.
Como pudo llegó a su casa lleno de moretones producto de la paliza de esta adolescente que si seguía fumando las pagaría, porque como sabemos todas las viejas chotas que nos gusta hacer concha la vida del projimo, esa clase de cosas se pagan.
¿Señor?
Pendeja hija de puta, seguí fumando, que vas a explotar como un sapo.
El Monje Zen Rebentado agarro el timon de su barco pirata y salio a navegar.
Entonces recordó el regalo de su amigo que había dejado sobre una silla y fue por él.
El regalo era un libro, que su amigo y él, largamente esperaron que´su autor lo terminara para que se publicara y ellos poder deleitarse con su lectura.
Qué libro era, no te importa, eso forma parte del ambito privado de una amistad. Así como qué marca de papel higiénico uso para limpiarme el culo no te importa porque eso forma parte del ambito de la intimidad de un culo con su dueño.
Con los libros pasa lo mismo que con una puta cara, ninguna es imposible, inalcanzable, si uno sabe esperar y consigue el dinero suficiente para pagarse ese goce.
Bien.
En la primera página del libro habia una dedicatoria en la cual su amigo le formulaba la siguiente pregunta:
¿Estaremos a la altura
de escribir algun día
tres páginas como las 175-6-7?
El Monje Zen Rebentado reflexionó.
Cuando supo qué responder a la pregunta de su amigo en la dedicatoria del regalo que no podía dejar de manosear como si fuera el culo de una Porno Star, le escribio un mail:
estamos a la altura
de escribir
algo mucho
muchisimo mejor
que esas paginas que mencionas
y que son
lo que nosotros mismos
tenemos
para contar
para escribir

 

estamos a la altura
de escribir
algo infinitamente
mejor
que esas paginas
y que son
las paginas
que para bien o para mal
afortunadas en el amor y desafortunadas en el dinero
o viseversa
escribiremos
y seran las mejroes
si son verdaderamente nuestras
abrazo
el monje zen rebentado
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zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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