Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

Honestidad brutal
Segunda Parte
Chuang Tzu
Traducción de Jorge Luis Borges 

 

Para los puesteros de Plaza Italia 
Pablo
Walter 
León
y Alejandro

 

 A la sombra de una Tumba Federal, existió, cuando yo aun era joven, un Pajarito Loco, que me enseñó todo lo que sé sobre un monje zen rebentado y sus aventuras extraterrestres.
Esta es una de las miles de historias que me contó Pajarito Loco y que te hire contando con el trascurso del tiempo que como el río va, sereno y cristalino en la superficie, demente y caotico en su lecho.
Honestidad brutal
Cierta mañana primaveral hermosa, perfecta y que como toda belleza autentica alberga la promesa de algo que nunca se va a concretar, El Monje Zen Rebentado camino con paso firme a buscar su destino por los senderos de la nada.
Sabía que ese lunes las cartas ya estaban hechadas. Que lo que lo aguardaba seria criminal. Pero algo en él, lo único que importaba, seguía intacto. Su primera y última responsabilidad era preservar esa mágia modesta.
Esa mañana se levanto muy temprano y fue a su prostíbulo. Se sento frente a la computadora y la encendio.
Mientra aguardaba a que se encendiera, se quedó mirando la bandera que flameaba en lo alto del mastil de su nave pirata: el poster de Inodoro Pereyra dando una flor a Eulogia.
El Monje Zen Rebentado era hijo de una profesora de matematicas. Una gran profesora de matematicas. No porque fuera brillante matemáticamente sino porque sus alumnos la querian. Y recordó aquella mañana en que tomo conciencia que su madre había perdido para siempre esa magía modesta que es lo único que importa. Fue terrible y doloroso. Una profesora de matematicas que había perdido todo en los fichines de los bingos. Pero sabía que no era eso lo que la rompio. En verdad, jamas supo que fue. Eso, solo lo sabía su madre.
Aquella remota mañana en que EL Monje Zen Rebentado levo anclas y partío mar adentro a que el ojo del huracán lo arrasara, reflexiono que el a direfencia de su madre podia, al menos esa mañana, mirar a la muerte a los ojos, sin miedo ni tener que pedir perdon. En cambio mamá seguia viva pero estaba muerta. Es tan habitual morirse y seguir vivo. La ciudad esta saturada de cadáveres que caminan por la calle. Esa mañana que El Monje Zen descubrió que su madre ya no era esa mujer fuerte y segura e independiente que lo había criado, sino un cadáver en vida fue terrible pero también revelador: la personas se pueden romper y seguir vivas, pero de ahí no se vuelve jamás.
Frente a todos estos hechos, qué se podía hacer esa mañana oscura y luminosa.
Escribir.
Qué otra cosa se puede hacer cuando se es un escritor como William Faulkner o Philip K. Dick.
Así que eso hizo.
Medito qué contar. Qué palabras convocar.
Y escribió:
Te voy a contar una historia.
El domingo por la tarde luego de terminar un texto brutal donde exponía su conciencia estallada en mil pedazos por el dolor y la desesperación, orden su casa, le dio de comer a su gato, se baño y salio a la calle.
Se fue caminando de Balvanera a Plaza Italia.
Queria ver y charlar un rato con algunos de los puesteros de Plaza Italia con los que solía charlar y que el tiempo había logrado unirlo a ellos por cierta forma particular del afecto.
Algunos al verlo revolviendo en los puestos buscando libros lo reconocían y lo saludaban. Otros no lo registraban. Pero habían cuatro a los que el Monje Zen Rebentado apreciaba y les tenia cariño.
Uno era Pablo. Otro Walter. Otro León que había abandonado el puesto en busca de otros horizontes. Y el cuarto era… puta madre, no me acuerdo el nombre y que desde que su hijo se encerro en la pieza y se prendio fuego como un bonzo casi no asomaba la nariz en su puesto que lo manejaba su socia – aun recordaba el Monje Zen Rebentado la última vez que lo vio sus palabras que si sos capaz de escucharlar son una herida sangrando por siempre jamas: loco, no sabes dolor que es esto, tengo una herida en el corazón que no me va a cerrar jamás.
Al único que encontro aquel domingo fue a Pablo.
El gordo Pablo.
Que lo sorpredío con un coqueto sombrero que le había regalado una clienta que paso por su puesto.
El gordo Pablo era un enamorado de los libros como el Monje Zen Rebentado.
Un enfermo.
Y como lo conocía desde hacia años, sabía de los agridulces avatares de prostituirse con escort independientes de la palabra.
La vida es dura y ahí estaba el gordo Pablo con hijos y mujer aguantando los trapos, como siempre.
Se saludaron.
Que haces pequeño, lo saludo Pablo.
El gordo Pablo hablaba así.
Cuando pasaba una chica por su puesto, sea joven o vieja, linda o fea, les decia: “que estas buscando chicuela”, “hola preciosa, qué libro estas buscando” y así.
El Monje Zen Rebentado se sento en un banquito a charlar con el gordo Pablo.
Sabía que él sin contar mucho ni explicar todo hiba a entender el meollo de sus quilombos de rufían del saber de otros.
Mucho tiempo atrás ya lo había visto el Monje Zen Rebentado ver al Gordo vender libros de su propia biblioteca, que era inmensa y exquisita y que amaba como a un hijo, tener que venderla para seguir adelante por la senda de la nada.
Lo vio hacer eso muchas veces.
Y hasta que el Monje Zen Rebentado tuvo que hacer lo mismo nunca supo cuanto cuesta tener que vender para comer algo que es tu propia carne, tu propia sangre, algo sagrado y que no tiene valor monetario alguno porque es tu vida misma, carajo.
Así que cuando le conto el Monje Zen Rebentado de aquella fatida jornada que se sento con una botella de wiskhy y una bolsa de merca y se encerro a llorar y trabajar todo un día entero subiendo los libros de su biblioteca personal para juntar unos pesos, a diferencia de tanta gente que le hizo en su momento comentarios de todo tipo, pero ninguno entendió lo tragico de ese hecho, el Gordo Pablo, simplemente dijo:
Sí, es horrible, te entiendo, y lo dijo con una tristeza infinita en sus ojos.
También le conto de los quilombos que se le venían ensima en breve como pesadillas ideadas por Stephen King.
Obviamente hablaron de libros.
De qué otra cosa podía hablar estos dos enfermos.
De libros y del negocio de los libros.
Durante la charla aparecio una docente ofreciendo libros que no servían ni para limpiarte el culo.
Otro que le ofreció libros tecnicos que no valían nada y entre ellos El Carbunclo azul de Arthur Conan Doyle de la fea colección de Biblioteca Pagina/12.
Y también aparecio un flaco medio pesado y lumpen que al verlo lo reconoció y no sabía de dónde. Este flaco estaba ofreciendo unos libros nuevos de Tusquets.
Luego recordo de donde lo conocía.
De cuando era esclavo de Librería Portnoy.
Solía entrar al local del Alto Palermo este flaco.
Sí, lo recordaba. Era un ratero, especializado en robar libros.
Nada que objetar a este pibe que se gana la vida robandole a terribles hijos de puta como los dueños de Librería Portnoy unos libritos.
Cuando la noche cayo, el gordo pablo tenía que guardar todo y partir.
Estaba cansado y lebantar el puesto no es una tarea grata y menos cuando ya tenes años y excedido en peso y una vida de remar y remar y remar y cada vez con menos fuerza en tus brazos.
Leoncito Pereyra cuando trabajaba en el puesto de al lado a veces lo ayudaba pero ahora no estaba.
Así que el Monje Zen rebentado lo ayudo.
Mientras desmontaban el puesto entre ambos el Monje Zen Rebentado descubrio un libro que le llamó la atención El amor a los comienzos de J. B. Pontalis. El Gordo Pablo le dijo que se lo llevara.
Cuando terminaron de levantar el puesto el Monje Zen Rebentado saludo a Pablo y partió.
Como se cruzo con la mujer de Walter le pidió que le mandara saludos de su parte.
Cuando estaba parado en la esquina esperando que cambiara el semaforo vio tirados los libros tecnicos que no valían nada y entre ellos el libro de Conan Doyle.
El Monje Zen Rebentado se agacho y lo recogió.
No podía permitir que Conan Doyle quedara tirado ahí en la calle un domingo solo y sin amigos.
Juan José Saer que era amigo de Arthur Conan Doyle hubiera hecho lo mismo.
Llegó a su casa, puso Shostakovich, recordó el libro de William T. Vollmann que le habían robado y donde el musico ruso es el personaje central de esa obra impresionante y se preparo un Campari, fuerte, bien fuerte y se sento en el sillon con su gato René aguardando que la noche lo envolviera en sus brazos.

 

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zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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