Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

 

Estoy situado entre los cristianos del siglo II, esa rama delirante que se desprende de ese gran arbol delirante que es el judaismo. Recuerdese que Cristo era un judío convencido que se venia el fin del mundo y que estaba convencido (como un trosko) que solamente los que caminaran a su lado se salvarían. Bien. Leyendo El cuerpo y la sociedad estoy leyendo sobre los profetas y El Espiritu de Dios que era habitual que irrumpiera en los cuerpos de los creyentes. Y se me ocurrió pensar lo siguiente:
¿La irrupción violenta del Espiritu de Dios hablando en los cuerpos de los creyentes no podría pensarse como un equivalente moderno de la irrupción violenta del Panic Attack de la actualidad como forma de disciplinar y dar orden a un cuerpo social?
Demás esta decir que el Panick Attack no es otra cosa que Angustia, Dolor, Sufrimiento. Esto lo sabía Shopenhauer y Jünger que al escuchar a esta sociedad analfabeta hablar de Panick Attack hubieran tenido un sentimiento contradictorio de burla y espanto frente a tanta ignorancia y estupidez.
Bien.
Licenciado Sebastián Cariola, usted que en su impresionante biblioteca alberga igual que yo este libro de Peter Brown, El cuerpo y la sociedad y posee la suficiente erudición como para meditar si lo que digo es una barbaridad o araña alguna verdad, le pregunto, ¿no es posible pensar el cuerpo poseído por la profetica vos del espíritu santo con la del cuerpo poseído por el espanto del Panick Attack??
Este es el pasaje de Peter Brown que me hizo reflexionar y formularte la pregunta acerca del los cuerpos de los delirantes que antes eran hablados por Dios y hoy son hablados por el Panick Attack y donde es exquisita la anegdota que cuenta Brown sobre la mujer de Moises cuando se entera que hay otros chiflados como su marido y piensa en las pobres mujeres de estos hombres que se tienen que fumar a estos enfermos.que por desgracia son sus maridos:
Capítulo 3
Martirio, profecía y continencia: de Hermas a Tertuliano
Peter Brown
La profecía fue una realidad de la vida en la Iglesia primitiva. En la época de Pablo, la presencia del Espíritu de Dios entre los paganos conversos había proclamado que el regreso de Cristo era inminente. Por la época en que escribía Justino, un siglo después, la existencia de profetas en las iglesisas cristianas se consideraba una demostración concluyente de que Dios había abandonado a Israel. Su Espíritu poderoso habitaba ahora en el “nuevo Israel” de la Iglesia:
Y después de esto
derramaré mi espíritu sobre toda carne,
y profetizarán vuestros hijos y vuestas hijas,
y vuestros ancianos tendrán sueños,
y vuestros jóvenes verán visiones.
La cultura diaria de una comunidad cristiana – sus oraciones, sus salmos, sus canticos, sus reconciliaciones de las diferencias personales y su visión de sí misma en un problemático futuro – florecía bajo el aliento del Espíritu de Dios:
Que cada persona sea diligente en ir a la iglesia, el lugar donde florece el Espíritu… y oiréis allí lo que no ha alcanza a vuestro entendimiento, y haréis progresos en las cosas que os ofrecerá el Espíritu, merced al profeta que instruye al pueblo.
La presencia activa entre ellos del Espíritu de un Dios supremo era una carga aplastante para cualquier grupo humano de carne y hueso, y especialmente para un grupo como el de los cristianos, que se consideraban a sí mismos los herederos del sentimiento judaico de la majestad y trascendencia excluyentes del Dios de Israel. Los cristianos del siglo II vivían en un mundo poblado de espíritus invisibles y mendaces. Tenían una clara percepción – al menos en sus enemigos – del poder de las trampas y del autoengaño. Para estar dotada de autoridad, la profecía tenía que presentarse como una experiencia violenta y casi necesariamente espasmódica: algo que escapaba del control consciente del profeta. Aquellos que como el propio Pablo, rezaban en extrañas lenguas “angélicas”, rezaban “en el Espíritu”, mientras su mente consciente “quedaba sin fruto”. En las situaciones de tensión, la voz del auténtico profeta era más eficaz cuando lanzaba un grito impremeditado. El Espíritu de Dios no era un visitante ocasional para la Iglesia. Estaba siempre accesible a los creyentes como signo de Su exclusiva presencia entre ellos. Pero en todas las comunidades, algunos cristianos se distinguían por ser vehículos sumamente fidedignos de los mensajes divinos. Se contaba con que su vida estuviera marcada por la extraordinaria proximidad al Espíritu de Dios. La abstinencia sexual era una de esas marcas. Cumplía con una función importante en cuanto a establecer la autoridad de los profetas en muchas iglesias secundarias. Como escribió el apologeta Atenágoras:
Encontraréis muchos entre nosotros, lo mismo hombres que mujeres, que envejecen sin casarse, con la esperanza de vivir en estrecha comunidad con Dios. [Pues] mantenerse virgen y en la condición de eunuco sitúa a uno más cerca de Dios.
Semejante comentario hubiera sido instantáneamente comprensible para los judíos y paganos contemporáneos. Ambos creían que abstenerse de la actividad sexual, y sobre todo la virginidad, hacían que el cuerpo humano fuese un vehículo más adecuado para recibir la inspiración divina. La posesión era una experiencia íntima y dramáticamente física. Conllevaba que el cuerpo fuese invadido por un Espíritu divino ajeno. Poco puede sorprender que se creyera que esta experiencia excluía el torrente cálido de los espíritus vitales por el mismo cuerpo, que se asociaba tradicionalmente con la copulación. Filón de Alejandría había presentado a Moisés bajo esta luz: después de su encuentro con Dios en el Sinaí, había pasado a desdeñar el sexo
Durante muchos días, y casi desde el momento en que, poseído por el Espíritu, emprendió su tarea de profeta, puesto que le pareció que era adecuado para mantenerse siempre en condiciones de recibir mensajes oraculares.
Leyendas judías posteriores ratificaron esta opinión. Después de los cuarenta días pasados en presencia de Dios, Moisés había perdido el interés por “las obras”; su esposa se sintió desatendida y, cuando supo que el Espíritu de Dios había caído también sobre otros, lo único que acertó a decir fue: “¡Pobres de las mujeres de esos hombres!”.

 

Respuesta de Sebastián Cariola a una pregunta que le formulé y que forma parte de un largo diálogo que viene de lejos, casi tanto tiempo como los años que arropan nuestros huesos:

 

“El Ideal humano de continencia, el ideal propuesto por los filósofos griegos
nos enseña a resistir a la pasión, a que no seamos siervos de la misma 
y a entrenar los instintos en su persecución de metas pasionales. 
El ideal cristiano, nuestro ideal, es no experimentar deseo.”
Clemente de Alejandría, Stromata, 3.7.57.

 

Estimado Sr. Librero de mierda:
Me parece muy interesante su pregunta sobre la afectación de los cuerpos mediante los discursos que los atraviesan, ya que si entiendo bien es eso lo que está planteando.
Conocí a Peter Brown gracias a la Dra. Diana Ravinobich y a la lectura que le dedica en uno de sus libros para poder plantear la relación entre deseo, cuerpo y goce. Justamente el libro que toma la Dra. es “El cuerpo y la sociedad”, el mismo que usted está leyendo, aunque también recomienda la lectura de la biografía de San Agustín de Hipona, del mismo autor.
Allí retoma el concepto de Amor divino, como “amor al prójimo” a diferencia del amor cortés. En el amor divino, se produce la oscilación entre el amor al prójimo y la dimensión del ser del Otro, el amor a Dios. A este Otro, punto neurálgico de la religión, se le dedica todo, y en el cristianismo esto se acompaña de un peculiar vaciamiento del amor sexual como tal. Para Brown la noción cristiana de la sexualidad intenta liberar al ser humano del mundo físico. Un buen ejemplo de esto es el concepto de cuerpo que aparece en San Pablo, “el cuerpo es la carne”. La carne surge con la concretización dolorosa de la vulnerabilidad del ser humano ante un peligro inédito para el paganismo: la tentación, idea inseparable del pecado original y que nos sumerge en la sexualidad y la muerte. Tengamos en cuenta que el pecado original iguala a todos los hombres ante Dios y cambia la relación de los sujetos con su cuerpo, instaurando los horizontes de una nueva libertad humana, la del cuerpo sin deseo. Lacan va a calificar a este vaciamiento como Perversión del Otro, perversión articulada con la idea misma del pecado original, de la falta. El cuerpo aquí experimenta una mutación, pierde algo de su corporeidad misma, desarrolla lo que también Lacan llamara cierta desensibilización. Ejemplo de esto son los mártires quienes en nombre de Dios harán gala de su resistencia a la tortura.
En el Amor divino se produce la sustitución planteada en el Banquete de Platón, en donde el amante es trasmutado en amado; Dios es amante de la humanidad, y por tal es amado como amante. De este modo sucede algo que los Griegos con sus dioses nunca hubieran concebido, el ser divino todopoderoso se vuelve sede de una falta, la falta es lo que funda el deseo (solo se puede desear de lo que carece, no lo que tiene), sin embargo el cristianismo sustituye el deseo del Otro, por el amor del Otro, expulsando el deseo como algo solidario al cuerpo. Según Diana: “El amor divino al producir la volatilización del cuerpo sitúa lo simbólico del goce haciendo que el cuerpo devenga muerte y la muerte devenga cuerpo”. De este modo el deseo deviene fin, meta, algo a conseguir o cumplir, algo a obtener, al separarse de su causa corporal (tripa causal según Lacan) en la medida que el objeto causa del deseo es inseparable del cuerpo. El objeto reaparece como fin del deseo convirtiéndose en objeto de deseo y que se confunde al objeto del amor. Ineludible aquí es introducir el discurso capitalista que puja, manda, pugna por un circuito infernal donde los objetos de deseo, (o amor, aquí es lo mismo) siempre es otro a conseguir, obtener, meta a cumplir. No solo los cuerpos sino también los tiempos son arbitrados por el discurso: la inmediatez de la promesa de llegar al fin último del deseo se vende en cada uno de los gadgets que cae en la inutilidad apenas se obtiene. Es como querer obtener la respuesta última a todas las preguntas sin haberlas formulado nunca, uno de los modos en que Lacan designa al síntoma: la respuesta a una pregunta no formulada. La lógica de este discurso es el de una verdad toda sustentada por el significante Amo en su lugar y un sujeto en el lugar del agente que se presenta solo por la acción de consumir…En el Seminario 19 Lacan agrega: “Lo que distingue al discurso del capitalismo es esto: el rechazo de la castración”. Los objetos se obtienen y se consumen en pos de obturar la castración, la castración sobretodo del Otro, entronandolo como Amo absoluto. El consumido aquí es el sujeto mismo. El objeto causa de deseo y por el ende el cuerpo aquí también es desplazado por el amor a los objetos de consumo y la promesa del goce todo que estos producirían.
Si el cristianismo es una religión universal lo es en tanto marca un punto común en los seres humanos: su vulnerabilidad al deseo sexual y al dolor. Y plantea que puede superarse gracias a la expulsión del deseo. Para los Gnosticos “Cristo vino a deshacer el trabajo de las mujeres”, trabajo que según la Génesis se articula al deseo (carne-tentación) sexual con el nacimiento y la corrupción del cuerpo, es decir la muerte. La muerte marca la fragilidad del ser humano como indisociable de la sexualidad. De aquí la instauración del ascetismo y la castidad, llevada por los Gnosticos al extremo: la salvación de la corrupción del cuerpo es evitar el deseo sexual.
Pero como nos enseña el psicoanálisis desde sus comienzos, existe la falla, y el deseo expulsado retorna bajo la forma del masoquismo: la muerte aparece como lo que permite anudar el goce y el cuerpo.
Ahora en relación a la irrupción del espíritu de Dios hablando en los cuerpos de los creyentes desde el punto de vista psicoanalítico tenemos que decir que se trata del goce que irrumpe en el cuerpo y cabria hacer una diferenciación: el goce padecido en la psicosis con el goce que experimenta el místico. Esta disparidad se pone en evidencia entre la obra poética de San Juan y las Memorias del presidente Schreber. El goce experimentado por los místicos queda del lado del goce femenino “… de ese goce la mujer nada sabe, es que nunca se les ha podido sacar nada. Llevamos años suplicándoles de rodillas (…) que traten de decírnoslo, ¿y qué?, pues mutis, ¡ni una palabra!”
No hay significantes para nombrar ese otro goce se trata de un goce suplementario respecto a lo que define como goce la función fálica. Goce inefable que quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente. A propósito de la experiencia mística Lacan ubica a San Juan del lado femenino, pues ser macho no es condición suficiente para alinearse del lado masculino, nos dice “Uno puede colocarse también del lado del no – todo. Hay hombres allí que están tan bien como las mujeres. (…). A pesar, no diré de su falo, sino de lo que a guisa de falo les estorba, sienten, vislumbran la idea de que debe haber un goce que esté más allá. Eso se llama un místico”. En relación a esto ya Freud en 1939 planteaba, en alusión a “Eso” que se sitúa por fuera del significante. Nos dice acerca del tema que nos concierne: “Mística: la oscura autopercepción del reino situado fuera del yo, del ello”. Lo importante a tener en cuenta a los cuerpos poseídos por la palabra de Dios es que se trata de un goce que irrumpe, que se presenta, no que se representa.
Retomando, si el capitalismo es un discurso universalizante lo es en tanto, como dice Lacan, es “locamente astuto”, ya que plantea la obturación castrativa que angustia a los sujetos, ese punto de imposibilidad, de cerrar lo que no cesa de no. Tambien vemos la intención de sortear lo imposible de la relación entre los sexos, aquí también aparece la sexualidad, y en todo caso el sujeto ya entra jugando de muerto, ya que el mandato superyoico que conlleva este discurso nada tiene que ver con el deseo como motor, sino con el intento de recuperación de lo perdido, plus de goce, es decir con un intento de obtención de un goce todo, goce imposible. Un deseo universalizable, para todos igual, asequible por todos, un deseo como meta, como realización.
El “panic Atack”, (que fue descripto por primera ver por Freud ya en 1984 como crisis de pánico) pueden considerarse las descripciones sobre la angustia (Angst) como Angstanfall (ataque de miedo), Angsthysterie (histeria de miedo), Angstausbruch (irrupción de angustia). La hipótesis general es que la idea de Angst se vincula a la concepción de descarga/salida (Abfuhr) de los estímulos (Reize) acumulados.
Podemos ponerlo asi: existe un sujeto que se queda sin recursos frente a la propia imprecisión de su malestar, pero denunciante de que el malestar existe, él es un testigo del “malestar de la cultura”. El ataque de pánico dice poco del sujeto como efecto del significante, del producto (que es el objeto) y del resultado (que es el síntoma). La omnipresencia del Otro en el discurso capitalista produce una falla en la constitución de la realidad psíquica que el pánico viene a revelar brutalmente: el sujeto quiere ser representado, quiere hacerse escuchar, aunque sea a precio de los costos y las costas del pánico.
Ahora bien, en ambos, lo que aparece es el goce, concepto indisociable del cuerpo, ya que el goce es del cuerpo. Es por eso que el cuerpo y el deseo cobran un lugar destacado en la última enseñanza de la obra de Lacan. Creo que si bien hay puntos de encuentro entre ambos fenómenos planteados, y el mas evidente y que trato de transmitirte es el de la irrupción del goce en los cuerpos y sus afecciones, en el caso de la palabra Divina poseyendo en cuerpo (mística) se puede hablar de una irrupción sin representación, algo que no remite a nada simbólico, mientras que el Ataque de pánico, o crisis de angustia como prefiero yo llamarlo, se trata de algo que viene al lugar de otra cosa, es decir que denuncia algo en el sujeto, ateniendo más al concepto de síntoma. Sin duda alguna ambos son fenómenos que se presentan como forma de disciplinar y dar orden a un cuerpo, solo que no tomaría como equivalente el Panic Atack con el fenómeno místico, ya que si algo hereda uno del otro, lo hace solo luego de la degradación e idiotización del sujeto que habita en ese cuerpo (goce autista o del idiota). Por decirlo de otro modo: un verdadero místico jamás habría sufrido un ataque de pánico, esto último es solo ganancia del cobarde.
Saluda a usted muy atentamente.
Sebastián Cariola.

 

 Respuesta, observaciones y una nueva pregunta a Sebastián Cariola

 

Debo hacer una confesión.
Y a partir de ella señalar algunas de tus palabras vertidas en el texto que me envias.
Y finalmente formularte una nueva pregunta.
Debo confesar que me es difícil seguir tus planteos.
Como me es difícil seguir a Barthes o Heidegger.
Lo cual no es para mi un problema que invalide nada sino una forma de pensar diferente donde devo señalar que ahí donde sos claro y presiso, quizá, no sea capaz de llegar a escuchar el carozo del durazno del tango escencial.
Lo cual no inabilita el dialogo, sino que lo enriquece, porque eso que no se entiende insiste en ser pensado.
Después de todo toda lectura es una traducción y toda traducción presenta dificultades.
En fin, quería señalar mis limitaciones, para que sepas que quizá ahí donde sos claro yo te responda sin llegar a comprenderte cabalmente lo que decis.
Fogwill no se donde escribio que escribir es pensar. Y si bien no soy una luz, en la escritura encuentro, a veces, claro, la luz que alumbra las sombras de mi inteligencia.
Bien.
Un problema que encuentro en tu texto es que se hace tabla raza del cristianismo. El cristianismo no siempre fue “una religión universal”. Ni hay un solo Pablo, como señala Peter Brown, pocos años después de la muerte de éste sus seguidores dibujan un Pablo que a él mismo le costaria reconocer. Así como el Cristo del amor universal es un relato moderno – como señala Paul Veyne en algún lugar de El imperio grecorromano – y que en sus presupuestos originales esta más cerca de los movimientos milenaristas de Jan Hus y Thomas Müntzer que del Papa Francisco.
O no quisiera pasar por alto que la Iglesia primitiva surge en un mundo donde la sobrevida de las personas era tan frágil como la de cualquier país pobre del Tercer Mundo. Con lo cual señala Brown el ideal de la Virgenes era una excepción espectacular para resaltar la necesidad de que la sociedad devia reproducirce.
Y una última cosa, cito:
La carne surge con la concretización dolorosa de la vulnerabilidad del ser humano ante un peligro inédito para el paganismo: la tentación, idea inseparable del pecado original y que nos sumerge en la sexualidad y la muerte.
¿Inedito?
¿O lo que cambia es sutilmente la luz con la que se iluminaba el cuerpo pagano y luego se ilumina el cuerpo cristiano?
Quiero decir, no hay novedad, sí una tradición que se reformula, para formular una respuesta nueva a una vieja pregunta.
En fin.
También entiendo que toda operación de lectura siempre requiere ajustar y forzar ciertos argumentos para formular una idea.
No estoy seguro de mis observaciones pero son las que me surgen y vos podes desarmarlas en caso de que sean paparruchadas o desarrollarlas en caso de que sean pertinentes.
Ahora bien.
Siguiendo la vena inicial quisiera formularte otra pregunta que se desprende de la primera.
Creo que estamos hablando del dolor.
O ese es uno de los colores sobresalientes de esta pintura.
Ernst Jünger en Sobre el dolor escribe que cuando todas las señales fallan la única la única certeza valida para orientarse que tiene un hombre es poder escuchar el dolor.
Creo que esta sociedad es incapaz de escuchar su propio dolor, de ahí el éxito rutilante de la industria farmacológica y sus artilugios para encender y apagar un cuerpo. Y no quiero dejar pasar que Jünger con setenta años y todavía en los años 70 con treinta años mas por delante escribió una historia de las drogas donde teje experiencias propias con la historia universal y donde señala que la droga del futuro – futuro que es nuestro presente – son las pastillas.
Bien.
Esta es la pregunta.
Muchas veces me vi envuelto en la siguiente discusión:
¿Qué diferencia hay entre recurrir a una receta del psiquiatra para comprar pastillas para calmar el dolor o recurrir a al chino en busca de alcohol o al dealer en busca de falopa?
Yo sostengo que no es lo mismo.
Pero me doy cuenta que me faltan las palabras para sostener mi postura.
¿Hay diferencia o es lo mismo apagar o contener o suspender el dolor con antidepresivos que con “drogas”?
Quiero decir, ¿hay algún margen de posibilidad en alguno de los dos casos de oir el dolor o son ambas formas de dejar al cuerpo desnudo a la intemperie?

 

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