Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

 

Hey Hey, My My

 

Ey ey/ may may/ el rock and roll no morira jamás.
Canta La Renga por los parlantes de mi computadora que anda para la mierda.
Y como no tengo libros para subir y ni plata para pagar mis deudas y mientras espero que Godot aparezca, escribo.
Porque Ey Ey/ may may/ el rock and roll no morirá jamás.
Como canta Chizo y Neill Young.
Como canto ahora yo mientras escribo mi tercer columna del día.
Bien.
Ey Ey/ May May.
Estoy leyendo, además de El cuerpo y la sociedad, de Peter Brown, el libro de Tony Sánchez Yo fui el camello de Keith Richards.
Libro que traje de España junto a otros de esta editorial donde estaban dos de Greil Marcus y que no existian en la Argentina y cuando llegaron una distribuidora de acá cuyos dueños son caballeros y personas excelentes, cosa que en este rubro como en cualquier otro no es habitual,  trajeron todos los titulos de esta editorial con lo cual yo me tuve que meter los libros en el culo y perder guita como un boludo.
Es asi.
Que esta distribuidora exista es buenisimo, porque laburan bien y son buenas personas.
Y ahí perdi.
Jugue y juegue bien, pero perdí.
En fin.
Eso.
Elegi bien que traer y tuve la mala leche de que sin saber otros tambien con buen ojo pero con espalda elegian lo mismo.
Asi las cosas.
Bien.
Sigo.
El libro de Tony Sanchez es maravilloso y como el de Peter Brown uno puede ver como se crean los mitos con tan poco.
Un loquito que sale por las rutas a gritar: ¡A coger coger que se acaba el mundo!; y ese loco luego determina la suerte de toda una civilización durante mas de dos mil años.
Unos chicos que apenas saben tocar musica y con granos en la cara se vuelven una revolución musical y social cuyos estertores aun hoy se escuchan.
Lo maravilloso de las biografías anglosajonas a diferencia de las vernáculas es que no son caretas, mariconas, aburridas, vamos, che, no son pelotudeces destinadas a saldos de Dickens sino a permanecer en un lugar privilegiado de una biblioteca.
Bien.
Tony Sanchez que participo del circulo intimo de la gestación del mito de los Rolling Stone, cuenta todo.
Lo bueno y lo malo.
Y eso no es ser alcahuete.
Es darle a un relato forma humana.
Miles Davis en su autobiografía cuenta que fajaba a su mujer, que fue un pesimo padre, que cago a sus musicos por falopa y que Charlie Parker antes lo había cagado a él por heroína y así. Y también cuenta como era grabar en un estudio de grabación en los años 40 y los 50 y otras delicatessen de la cocina de un genio de la musica. Y es ese todo que cuenta lo que le da al relato vida, carne, sangre, oscuridad y un brillo tan increible como un sol de primavera y es ahí en esos claroscuros de un relato que lo cuenta todo donde todo ocupa su justa medida y es conmovedor porque ese desastre tambien es un poderoso, es decir, un ser humano como vos y yo, no un super heroe de carton pintado, sino un hombre comun que a diferencia de vos y yo ademas de mandarse mil cagadas puede hacerle sacar a una trompeta sonidos que te pueden hacer llorar de emoción.
Ya algún día te contare una historia del Indio Solari picante que creo que soy el único capaz de contarla por más que hay unos cuantos que la saben pero ninguno jamas la contara y que creo que es una buena historia que demuestra que Enrique Symns y El Indio Solari son lo mismo, dos grandes artistas, inmensos, únicos y a la vez dos egoistas traidores, lo cual no invalida para nada su obra, su brillo, su magia conmovedora, salvo que uno quemo todo y el otro amarroco todo, pero los dos estan solos uno en un castillo medieval y el otro en una pensión de mala muerte, pero son lo mismo, dos poetas del carajo y dos tipos difíciles como la mierda.
En fin Tony cuenta todo.
Todo lo que el vio.
Mil anegdotas donde no solo aparecen los Stones sino también los Beatles.
Pero no te voy a contar mucho, sino simplemente algo que me llamo poderosamente la atención.
Cuando los Stones estan en franco acenso y se insolentan con el stablisment éste no se lo perdona y le hacen una cama.
Te la hago corta.
Termina Richards y Jagger en los tribunales acusados de pocesión de drogas.
La pena era de varios años de carcel.
Ok.
Cuando el juez lo condena a Jagger a prisión – luego todo se revertiría – unas chicas que estan presenciando el juicio se ponen a llorar y dicen a los gritos:
¡Va a ir a la cárcel porque odian su pelo largo!
Y unas páginas más adelante cuando Marianne Faithfull le hace leer a Jagger la toma de posición del Times frente al juicio a los Stones y defendiendolos a ellos, Mick se pone contento y dice:
¡Mierda! – dijo al fin –, esto es genial. Voy a llamar a mi madre para que se compre el Time.
Stop.
A ver.
No me digas que estas dos escenas no las viste ya en películas de Palito Ortega o Sandro.
Claro, uno es British y el otro es Tucumano, uno salio con una belleza como Marianne y el otro con una belleza que volvio locos a Pablo Picasso y Paul McCartney, sí, estoy hablando de Graciela Borges.
En fin, los Stones son los Stones y Palito es Palito, pero uno lee estas anegdotas de Jagger y parecen más escenas de cuarta  escritas por alguno de nuestros horribles guionistas nacionales  que llevadas al papel por un Cassavettes inmortal.
En fin.
Ey Ey/ May May/ El rock and roll no morira jamás.
Cantamos todos juntos.
La Renga, Neil Young y yo.
Y te dejo el primer capítulo de la biografía de Tony sobre los Stones.
Yo fui el camello de Keith Richards
 Capítulo 1 
Tony Sánchez
Todavía me alucinaban los Rolling Stones a mediados de los años sesenta. Los Beatles eran más ricos y vendían más discos. Pero habían comprometido su integridad con sus pelos bien cortados y sus actuaciones ante la realeza. Los Stones eran los nuevos potentados de Londres. Sus cortes de pelo, su actitud, su ropa, eran imitados por todo joven que aspirara a ir a la moda: desde elegantes aristócratas ociosos a estudiantes que apenas acababan de dejar atrás los pantalones cortos. Resulta difícil recordar ahora la gran influencia, aunque efímera, que llegaron a ejercer. Ningún otro músico antes que ellos había ejercido tal poder en aras de una revolución social.
En el centro de todo ello se encontraba Brian Jones. Era el Stone con talento musical, el que podía coger cualquier instrumento —desde un saxofón a un sitar— y aprender a tocarlo en menos de media hora. El que se ganaba la vida interpretando rhythm and blues, puro y trepidante, cuando Mick Jagger no era más que un estudiante mediocre en la London School of Economics y Keith Richards otro mugriento delincuente y estudiante de arte que se creía Chuck Berry porque podía arrancar tres acordes a su guitarra desafinada.
Brian personificaba la actitud hedonista y arrogante, el principal atractivo de los Rolling Stones. Había abandonado a seis hijos ilegítimos, todos chicos y todos de distinta madre. Fue el que se dejó el pelo más largo. El primero en vestir ropas escandalosamente andróginas —blusas de chifón, sombreros de Ascot y maquillaje— y, sin embargo, le rodeaba tal halo de agresividad guerrillera que nadie hubiera osado sugerirle a la cara que no tenía un aspecto demasiado masculino. Brian era el líder y los otros Stones le seguían detrás cojeando.
Las cosas habían cambiado últimamente. Entre quienes trabajaban con los Stones se rumoreaba que, involuntariamente, Mick y Keith estaban subyugando a Brian, quebrantado su voluntad, destruyéndolo. Egocéntricos, obsesionados con llegar a ser estrellas del rock, no podían perdonarle a Brian Jones que al principio les hubiese doblegado, musical y visualmente, a su voluntad. Tales rumores son algo habitual en el turbulento y malicioso mundillo de la música rock, y nunca me los tomé en serio… hasta ahora.
Eran las dos de la mañana y estaba saboreando un whisky escocés con hielo en un oscuro club nocturno londinense llamado Speakeasy, esperando a que apareciera mi amiga, que era bailarina en la discoteca. El club estaba abarrotado de chicas y chicos guapos que habían convertido momentáneamente a Londres en la capital de moda del mundo occidental. Quizá el Swinging London no sea ahora más que un viejo cliché. Pero entonces era una realidad y todos trabajábamos duro para perpetuarla.
En clubs como el Speakeasy, todos intentaban parecer súper cool pero en realidad se pasaban el rato mirando alrededor en busca de alguna cara famosa. Es fácil adivinar que ha llegado una estrella porque todo el mundo —incluidas las bailarinas— comienza a abrir hueco. Cuando sucedió esta vez, levanté la vista, y ahí, tambaleándose hacia mí, estaba Brian Jones.
No era el Brian que había conocido doce meses atrás. Entonces, su pelo dorado brillaba como el sol, estaba moreno, era ágil y guapo. Ahora el pelo le colgaba lacio y grasiento alrededor de la cara, pálida como la muerte; tenía los ojos inyectados en sangre y las sombras que se extendían por su rostro eran las de alguien que no había dormido en mucho tiempo.
—Eh, Tony, ¿cómo va todo, tío?
Sonrió, le pedí un whisky y me sentí halagado, no solo de que el guitarrista principal de los Rolling Stones se hubiese acordado de mi nombre sino de que además me hubiera escogido a mí, de entre todas las personas que conocía en un club de moda como el Speakeasy.
Hablamos un rato sobre discos y sobre las últimas pelis de estreno; luego dejó caer, como por casualidad, la pregunta que había estado esperando:
—¿Sabes dónde puedo pillar, Tony?
No soy camello, pero de joven había trabajado en el Soho, primero como portero de discoteca, luego como crupier, así que sabía exactamente adónde ir para conseguir cualquier cosa, ya fuera una bolsa de hierba o una metralleta Thompson. Por consiguiente, la gente del mundillo del rock había pasado a utilizarme como reacio intermediario en sus flirteos con el submundo londinense. Aunque tenía miedo de que este papel acabara por causarme problemas, era lo suficientemente joven y alucinaba tanto con los famosos como para llegar a la conclusión de que merecía la penar correr el riesgo si era el precio que tenía que pagar para ser amigo de gente como Brian Jones.
—¿Qué quieres? —le pregunté a Brian, a pesar de que me moría de ganas de cambiar de tema.
Me agarró del brazo y dijo, casi gritando:
—Cualquier cosa, consígueme lo que sea. No me importa una mierda, tráeme algo ya.
Recuerdo sus ojos, tristes y perdidos. Brian Jones, la más célebre, extravagante y exuberante estrella del rock, era ahora un tipo patético. Me zafé de su brazo y me acerqué a un tío negro que conocía y que sabía que a veces pasaba droga para sacarse algo de pasta.
—¿Qué buscas? —susurró—, tengo de todo, tío: coca, tripis, hierba…
—Un momento.
Volví a preguntarle a Brian qué se le antojaba.
Brian no lo pensó ni medio segundo.
—Píllame de todo, Tony —me pidió—. Todo lo que tenga. No me importa lo que cueste.
El precio era 250 libras. Prometí al tío de color que tendría el dinero en sus manos al día siguiente y, como me conocía y confiaba en mí, me pasó todo el alijo en una pequeña bolsa de papel. Cuando regresé a nuestra mesa en mitad de la sala, al lado de la pista de baile, Brian se estaba comportando de un modo tan extraño que temí que fuera a meterse toda la droga allí mismo, delante de todo el mundo. Antes de entregarle la bolsa, le advertí que tenía que ir al lavabo si quería tomar algo mientras estuviese en el Speakeasy.
Sin darme tiempo a terminar lo que estaba diciendo, agarró la bolsa, igual que un niño coge un chupa-chups, y se largó corriendo al baño. Parecía relajado cuando volvió, y sonreía mientras me pasaba la bolsa y me pedía que me ocupara de ella en caso de que le registrara la policía. Yo había empezado a consumir cierta cantidad de cocaína así que, cuando Brian me invitó a coger lo que me apeteciera de la bolsa de chucherías, acepté agradecido. No pude creer lo que veían mis ojos cuando me encerré en el baño y abrí la bolsa. Brian no solo se había metido más de medio gramo de coca, sino que al parecer se había tragado un buen puñado de estimulantes y de tranquilizantes. Volví a la mesa armándome de valor y dispuesto a encontrarme a Brian inconsciente en la pista de baile; sin embargo, allí estaba, sonriendo y bromeando con una amiga mientras sorbía su quinto whisky de la noche.
Nos quedamos una hora más, e incluso después de haberse tomado otros dos whiskys, Brian aparentaba estar solo ligeramente colocado. Me llevó algunas semanas darme cuenta de que Brian pertenecía a esa clase de alcohólicos que se pasea por ahí en una zona gris permanente: nunca demasiado borracho, pero tampoco demasiado sobrio.
Lo llevé en mi Alfa Romeo blanco hasta su piso en Courtfield Road, en Earls Court. La noche era cálida y había una luna llena enorme, así que fuimos rápido, muy rápido, con la capota bajada. Brian parecía disfrutar de la velocidad y del viento, que hacía que el pelo se le metiera en los ojos, pues podía oírle mascullar, «Vamos, querido, vamos… más rápido, querido, más rápido».
Me invitó a su piso situado en la segunda planta del gran edificio de ladrillos rojos a fumar un «petardo» —así llamaba Brian a los porros—, y acepté. Mientras lidiaba torpemente con las llaves de su casa, le pregunté de pasada:
—¿Tío, qué es eso que he oído decir de que Anita está saliendo con Keith?
Era de todos sabido que Anita Pallenberg, a la que conocía bastante bien, había dejado a Brian por Keith Richards. Brian se estremeció como si le hubieran asestado una puñalada.
—No vuelvas a mencionar el nombre de esa tía delante de mí—dijo. Pero sus palabras no podían ocultar el dolor que le corroía por dentro y que le estaba destruyendo. Cuando Keith sedujo a Anita, le arrebató el único punto de apoyo que sostenía a Brian, condenándolo a una vida de la que Brian solo ansiaba olvidarse.
Esto fue aún más patente cuando entramos en el piso y fuimos recibidos por Nikki y Tina, dos bellas lesbianas que hacía semanas que vivían con Brian. Este dejó bien claro que los tres compartían su cama extra grande. Lo que era casi tan evidente como que ninguno de los tres soportaba a los otros dos.
Mientras me liaba un porro de la bolsa de papel de Brian, este metió la mano y sacó un trocito de papel secante impregnado con LSD. Después de todo lo que había bebido, de la cocaína y de los estimulantes y tranquilizantes que había tomado, me preocupaba cómo podía afectarle; pero como parecía saber lo que estaba haciendo mantuve la boca cerrada.
Era increíble, pero Brian todavía aparentaba estar razonablemente en plenitud de sus facultades mentales; aunque yo para entonces ya no estaba lo que se dice sobrio, supongo que tampoco era la persona más indicada para juzgarlo. De repente, se le metió en la cabeza poner unas cintas con música que había compuesto. Su cerebro debía estar dando volteretas dentro del cráneo. Mientras intentaba poner la cinta en el reproductor, esta se desenrolló por todas partes; y cuanto más intentaba Brian arreglar el desastre, más lo empeoraba. Al final, acabó sentado en el suelo, llorando, con cientos de metros de cinta magnetofónica enredada a su alrededor. Luego, cuando conseguí que parase, comenzó a hacer trizas la cinta —fruto de semanas de trabajo— con unas tijeras. Entonces cortó unos dos metros para que pudiera escuchar un trozo de algo sin sentido y que sonaba como si hubiera sido parte de una canción buenísima. Nadie sabrá nunca si lo era o no.
Después comenzó a unir la cinta haciendo nudos porque, en su ofuscación, creía que era la única forma de repararla. Luego empezó a poner un pedazo de cinta de atrás hacia delante, sin dejar de repetir, «¡Qué bueno! ¡Qué bueno!». Yo ya había probado el LSD y lo entendí: hacía que todo sonara genial.
El estado de Brian fue empeorando a medida que avanzaba la noche. Se liaba un porro enorme cada veinte minutos o se tomaba un par más de pastillas y se desmayaba en el suelo. Entonces me miró con malicia y gruñó:
—Voy a matarte, Mick —pero entonces se dio cuenta de que era yo—. Lo siento mucho, Tony. ¿Te llamas Tony, no?
Mientras duró todo aquello, las chicas se limitaron a dar caladas a los porros, impertérritas.
—Siempre es así —fue todo lo que comentaron con una risita tonta cuando les pregunté si debíamos encerrarlo en la habitación.
Entonces Brian empezó a llorar, sentado con la cabeza en las manos, como un animal herido. Ver a ese hombre de impresionante talento y belleza, envidiado e idolatrado por millones de personas, tan consumido por el dolor me dolió más que cualquier cosa que hubiera visto antes.
El sol brillaba a través de las ventanas mientras parpadeaba, me frotaba los ojos y me preguntaba dónde coño estaba. Se me había dormido la pierna, tenía el cuello rígido y parecía que un equipo de fútbol hubiera utilizado mi cabeza como pelota para entrenar. Brian dormía con la cabeza apoyada sobre el magnetofón. Las chicas —considerablemente menos exóticas a la cruda luz del día— se acunaban abrazadas en una de las carísimas alfombras persas de Brian. Buscando a tientas en la cocina, conseguí, no sé cómo, hacer cuatro tazas de café solo cargado para espabilar a todo el mundo.
Lo bebimos lentamente. Entonces, Brian picó un poco de cocaína en un trocito de cristal y la esnifamos con un billete enrollado. Sé que mucha gente tiene una fe ciega en la eficacia de los huevos con bacón, pero hay un montón de personas entre la gente del mundo del rock a quienes les resultaría difícil empezar el día sin la adrenalina, sin la estimulante explosión de combustible para cohetes de una raya de coca.
Brian se sintió tan feliz como un niño el primer día de vacaciones de verano una vez que la cocaína comenzó a burbujear por su cuerpo. Nos informó de que iba a llevarnos a tomar un desayuno de los de verdad al Antique Market, en Kings Road, Chelsea. Nos apiñamos en su coche, un Rolls Royce Silver Cloud color plata metalizado con las ventanas tintadas, y nos marchamos dando bandazos: Brian y yo delante, las chicas detrás.
Desde el principio, tenía la sospecha de que Brian no estaba en condiciones de caminar, ni qué hablar de conducir un Rolls, y en menos de trescientos metros mi temor se vio justificado. Brian dio un volantazo en la esquina de Fulham Road y se estrelló contra la parte trasera de un coche aparcado. Cuando se puso a buscar a tientas la palanca de cambios para meter la marcha atrás, fue evidente que quería largarse de allí. No obstante, el impacto había provocado un ruido tremendo y estaba seguro de que varias personas habían visto lo ocurrido. Salté rápidamente del coche y garabateé una nota de disculpa que metí debajo del limpiaparabrisas del coche dañado.
—¿Por qué cojones has hecho eso? —le pregunté una vez subí de nuevo al Rolls.
—Se interponía en mi camino —fue su única respuesta.
Intenté convencerlo de que me dejara conducir a mí hasta Kings Road, pero insistió en que era perfectamente capaz de manejar el coche. Zigzagueamos en dirección a Chelsea, como una pandilla de incompetentes policías de película muda.
Durante el recorrido me vi forzado una y otra vez a pasar la pierna por encima de Brian y estampar el pie en el freno para evitar otro choque. A lo largo de todo el trayecto, la gente no dejó de mirarnos: una panda de estrellas del rock armándola en un Rolls fuera de control. Sorprendentemente, conseguimos llegar al Antique Market sin chocar con nada más, pero como había un montón de coches estacionados sugerí que entrara con las chicas mientras yo aparcaba el Rolls.
—¿Qué crees que soy —estalló—, un imbécil, un idiota o algo así? Soy perfectamente capaz de aparcar mi propio coche, muchísimas gracias.
Así que, con un giro de volante, dirigió el cochazo al otro lado de la calle, se metió recto en la acera y se estampó contra un muro de ladrillos. El accidente pareció ocurrir a cámara lenta o como si se tratase de la escena de una película. Brian no podría haber ofrecido absolutamente ninguna excusa si la policía se hubiera presentado de pronto.
Cuando me quise dar cuenta, Brian salió trepando del Rolls con las chicas mientras me pedía, tranquilo y con una amplia sonrisa en la cara, si podía aparcar el coche. De modo que subí al asiento del conductor mientras docenas de personas miraban el enorme Rolls con ventanas tintadas estampado, sin motivo aparente, contra un muro de ladrillo. Logré dar marcha atrás y aparcar a la vuelta de la esquina, y ese fue el final de aquel pequeño incidente. Desde ese día he sido un gran admirador de los Rolls porque, aunque el muro quedó completamente hecho polvo, el único daño que sufrió el coche fue una abolladura en el radiador.
Después de tomar café y cruasanes, Brian me pidió que les diera una vuelta en coche por Chelsea durante el resto del día. Le flipaba bajar un poquito la ventanilla de atrás y asomarse para que algunos fans pudieran reconocerle y corrieran hacia el Rolls para conseguir un autógrafo. Cuando se cansó de este juego fumamos unos cuantos porros y luego Brian convenció a las chicas para que se besaran apasionadamente. Cuando me quise dar cuenta, estaba haciendo el amor con una de ellas en el asiento de atrás mientras yo permanecía sentado y atrapado en un atasco en Kings Road, intentando aparentar que no me enteraba de nada.
Brian se estaba granjeando una reputación legendaria como amante, y a medida que llegué a conocerlo a fondo, me di cuenta de que, hasta cierto punto, era bien merecida. Cuando no iba demasiado colocado, no le daba importancia al hecho de hacer el amor con dos —o incluso con tres— chicas diferentes en una sola noche. Pero otra cosa que comprendí fue que para Brian el sexo no tenía absolutamente nada que ver con el amor. Utilizaba el sexo como un arma para degradar y humillar a las mujeres que se sentían atraídas por él. Algunas veces se conformaba con el mero sadismo verbal, como burlarse delante de mí de cómo se las apañaba una determinada mujer en la cama en voz tan alta que resultaba imposible que ella no lo oyera.
En otras ocasiones su crueldad se manifestaba de formas aún más peligrosas. Parecía disfrutar muchísimo pegando a las mujeres. Una y otra vez me encontraba en su piso a chicas con los ojos morados y los labios hinchados. Sin embargo, ninguna de ellas fue a la policía ni causó ningún problema. Supuse que, aunque quizá no disfrutasen de que las pegaran, estaban preparadas para tolerarlo si era el precio que tenían que pagar por compartir la cama con un Rolling Stone.
Pero maltratar a las mujeres no parecía ser algo que Brian hiciera para experimentar placer físico. Era como si cargara dentro de sí con una pena terrible y lacerante, y como si el único modo en que obtenía cierto alivio pasajero fuese transmitiéndoselo a otras personas.
***
A veces, cuando no había ninguna mujer por allí, nos fumábamos un porro y hablábamos hasta altas horas de la madrugada; progresivamente, comencé a entender el trauma que le estaba destrozando. Se había criado en Cheltenham, una ciudad pretenciosa, sórdida y un tanto anticuada. Sus padres se habían integrado bien en ella, su madre daba clases de piano y su padre tenía un trabajo gris, típico de Cheltenham. Brian escapó de su mundo claustrofóbico abandonándose a tres cosas: tocar el clarinete, escuchar discos de jazz y seducir a toda jovencita que se cruzara en su camino.
El jazz se convirtió en una religión para él, y me contó que había pasado horas en su habitación intentando imitar al gran Charlie Parker. Tenía pocos amigos, de modo que encauzó toda su ira y frustraciones adolescentes en la música. A pesar de ser brillante, perdió interés en sus tareas escolares y estuvo a punto de ser expulsado del instituto.
Se unió a una banda local de jazz tradicional —entonces estaba de moda el jazz tradicional—, pero el entusiasmo de tocar junto a otros músicos se esfumó rápidamente; se cansó de tocar la clase de música comercial que el público de los clubs quería escuchar, y lo dejó. Acabó trabajando en la oficina de un arquitecto local, pero entonces, inevitablemente, una «amiga» se quedó embarazada y Brian decidió huir de Gran Bretaña para escapar de la cólera de los padres de ella, de la de los suyos y de la de sus jefes. Llevándose consigo sus dos posesiones más preciadas, su saxofón y su guitarra, llegó a dedo hasta Escandinavia porque había oído un montón de historias sobre las rubias que vivían allí y que creían en el amor libre. Sobrevivió tocando música en la calle. A menudo me explicaba que esos meses habían sido los más libres y felices de toda su vida. Y, sí, al parecer las rubias eran tan locas como las pintaban.
Al final se quedó sin dinero y volvió sin armar mucho ruido a casa de sus padres. Desempeñó una serie de trabajos de oficina típicos de Cheltenham y tocó con varias bandas de jazz locales, pero la vida parecía no tener sentido.
—Entonces —me contó una noche Brian— descubrí a Elmore James, y la tierra pareció temblar sobre su propio eje.
James era un guitarrista slide que tocaba blues de una manera excepcionalmente emotiva. Casi nadie había oído hablar de él, ni siquiera en Estados Unidos, su país natal. Brian me explicó que le conmovió tanto la capacidad que tenía James para desnudar su alma a través de la música que se fue directo a comprar una guitarra slide. Luego dejó de ir a trabajar y comenzó a pasar hora tras hora, día tras día, aprendiendo a tocar blues como Elmore. Se obsesionó con el blues y pasaba cada segundo que tenía libre tocando o escuchando la música de bluesmen como los legendarios Muddy Waters, Robert Johnson, Sonny Boy Williamson y Howlin’ Wolf. Con dieciocho años, Brian empezó a tocar la guitarra slide con la primera banda de genuino blues británica, Alexis Korner’s Blues Incorporated, y a saborear las mieles de la fama por primera vez. No es que fuera famoso, pero cada vez que Blues Incorporated actuaba en un pequeño club en Ealing, eran los solos de Brian los que cosechaban todos los aplausos, y su belleza angelical la que atraía a un número cada vez mayor de jovencitas, que lo esperaban después de la actuación.
Una noche, dos chicos de su misma edad fueron a ver uno de los conciertos en Ealing. Después charlaron un rato y le dijeron que se llamaban Mick Jagger y Keith Richards. Estaban alucinados con Brian. No era solo que sus conocimientos y aptitudes musicales eclipsaran los suyos. Era la envidia apenas oculta por el hecho de que Brian viviese peligrosamente y caminara firme por el lado salvaje de la vida, mientras que ellos combinaban la rebelión con una vida có-moda en casa con papá y mamá. Keith, en particular, habló sobre las peleas en las que se había metido y cosas que había mangado, pero ni siquiera él pudo ocultar la impresión que le causó escuchar que Brian mencionara de pasada su preocupación por sus dos hijos ilegítimos.
Las cosas fueron muy rápido después de aquello. Jagger se incorporó a Blues Incorporated a modo de vocalista invitado ocasional, y Keith introdujo a Brian al rhythm and blues más obsceno y comercial de gente como Chuck Berry y Bo Diddley. Aunque Brian todavía actuaba ocasionalmente con una deprimente banda de jazz tradicional para ganar algo de dinero, comenzó a tomarse cada vez más noches libres para tocar la guitarra con Keith.
Por aquel entonces, Jagger y Richards tenían su propio grupo amateur llamado Little Boy Blue and the Blue Boys. Pero Brian y Keith tenían tantas ganas de tocar juntos que decidieron formar un grupo totalmente nuevo. Desde el principio estaba claro que Brian iba a ser el líder de la banda. Fue él quien eligió llamar al grupo The Rolling Stones, por el título de una canción de Muddy Waters. Junto con Brian, Mick y Keith, en ese primer grupo estaban Ian Stewart, uno de los mejores pianistas boogie de Gran Bretaña hasta su prematura muerte en 1985; Dick Taylor al bajo y Tony Chapman a la batería. Los Stones no fueron concebidos con propósito comercial, insistió siempre Brian; no eran más que un grupo de músicos con ideas afines a quienes les flipaba tocar juntos. En realidad, al principio los Stones fueron básicamente un grupo a tiempo parcial. Jagger siguió trabajando en Blues Incorporated, mientras que Brian continuó tocando en varias bandas de jazz.
Taylor y Chapman se distanciaron poco a poco y fueron sustituidos por Charlie Watts a la batería y Bill Wyman al bajo. La alineación estaba completa. Por aquella época, Ian Stewart todavía tocaba el piano con la banda. Para entonces Mick, Brian y Keith compartían un inhóspito piso en Edith Grove, Chelsea, y vivían de las pocas libras que conseguían ganar a la semana como teloneros en clubs como el Marquee, en el Soho. Años más tarde le pregunté a Brian por qué nunca comía patatas, y me explicó que él, Keith y Mick habían vivido prácticamente a base de patatas —en puré, hervidas o fritas— durante su época en Edith Grove porque era lo único que podían permitirse.
—Juré que nunca volvería a comer patatas cuando pudiera permitirme no hacerlo —dijo.
Brian también me contó historias sobre cómo complementaban las patatas robando comida a sus vecinos. En otro piso de la casa, dos maestros de escuela celebraban lo que a su juicio eran fiestas locas de cerveza y jazz. Como no tenían cerradura, Mick, Brian y Keith esperaban a que los juerguistas se desplomaran en un sopor etílico para subir a hurtadillas y tomarse las cervezas y sándwiches que hubieran sobrado.
—Éramos tan buenos que nunca sospecharon de nosotros —se jactó ante mí Brian.
***
A principios de los años sesenta, Brian era el rey. Mick y Keith se disputaban su amistad mientras él intentaba enseñarles todo lo que sabía sobre música. Jagger llevaba semanas intentado aprender a tocar la armónica de blues, sin lograr resultados espectaculares. Brian tomó el malogrado instrumento y, con su extraordinario talento para dominar con maestría cualquier cosa que tuviera que ver con la música, aprendió a tocarla de manera impresionante en un solo día. Al parecer, lejos de sentirse humillado, Jagger se mostró agradecido cuando Brian se ofreció a enseñarle cómo se hacía.
A veces, cuenta Brian, todos ellos se deprimían… sobre todo cuando les era imposible pagar las cuotas de los instrumentos que habían comprado a plazos. Entonces los tres se sentaban a charlar y a contar chistes y nada parecía tener tanta importancia.
A Mick le torturaba la falta de confianza en sí mismo. Había defraudado tremendamente a sus padres al abandonar los estudios en la London School of Economics. Luego había desperdiciado la gran oportunidad de convertirse en cantante con Blues Incorporated. ¿Para qué? Para cantar una desconocida forma americana de música popular que nadie parecía querer escuchar. Además, le preocupaba que su voz no fuera la adecuada. Por mucho que lo intentara, no conseguía sonar ni remotamente como un cantante de blues negro. También sonaba monótono en muchas de las grabaciones hechas por el grupo.
Brian y Keith no albergaban semejantes dudas. Sabían que lo que hacían estaba bien. No habían tenido que hacer ningún sacrificio por los Rolling Stones, y sentían tal subidón mágico cada vez que tocaban juntos sobre un escenario que el dinero, la comida y el reconocimiento pasó a ser algo secundario en comparación con hacer la música en la que creían.
—Como ves, siempre lo tuvimos muy claro —dijo Brian—. El blues era auténtico. Solo tuvimos que convencer a la gente de que escuchara la música, y no pudieron evitar enamorarse de todos esos grandes vejestorios del blues. Conocía de primera mano la escena del jazz y sabía que se iba a acabar porque estaba llena de mierda y de farsantes que apenas sabían tocar. Y Keith estaba familiarizado con la música pop convencional, así que sabía que era una porquería. No nos gustaba estar a dos velas, pero lo soportamos porque era el precio que teníamos que pagar por tocar música decente. Además, comenzábamos a percibir que cada vez más gente estaba harta del jazz tradicional y buscaba algo diferente; y todos sabíamos que ese algo éramos nosotros.
Tenía razón, desde luego, y no pasó mucho tiempo antes de que empezara a hablarse en los pasillos de la industria musical sobre esta nueva banda, muy joven, muy rara y muy arrogante. Pero la mayoría de la gente se mostró escéptica: una pandilla de adolescentes raritos como esos nunca llegaría a ninguna parte.
Brian se encargó varias veces de que los Stones grabaran maquetas, pero siempre se las rechazaban con una impersonal nota de agradecimiento del mismo modo que habían hecho con los primeros intentos de todos los grandes (Elvis Presley y los Beatles incluidos). A día de hoy sigue siendo un tópico que las compañías discográficas desanimen a cualquiera que intente abrir nuevos caminos musicales; parece que crean que todo aquello que suene diferente nunca podrá tener éxito comercial.
Mientras tanto, Brian entabló una amistad que iba a proporcionar a los Stones la oportunidad que necesitaban y que tanto merecían.
Giorgio Gomelski era uno de los personajes más extraordinarios de Londres. De padre ruso y madre francesa, había dado la vuelta al mundo haciendo autoestop. Más tarde, fundaría el primer festival de jazz de Italia. Tras pasar una temporada en Chicago, desarrolló una pasión por el blues que rayaba en lo obsesivo, y se mudó a Londres donde organizó un enorme festival de jazz y blues al aire libre. Ahora había abierto el club más cool de la capital. Se llamaba el Crawdaddy y los Rolling Stones se acercaron a Richmond a ver a algunas de las bandas de rhythm and blues que Giorgio hacía subir al escenario.
A Brian le caía realmente bien Giorgio, y a menudo se dejaba caer por Richmond para hablar de jazz y blues. Pero tenía un motivo oculto: los Stones querían actuar en el Crawdaddy más que nada en este mundo. Y a pesar de que Giorgio no paraba de aconsejarles sobre cómo mejorar sus actuaciones, parecía inmune a cualquier insinuación que estos le hicieran para que les dejara tocar en su club. En realidad, estaba esperando el momento, esperando a que los Stones tuvieran suficientes canciones y aprendieran a tocar de forma coordinada lo suficientemente bien como para actuar en el Crawdaddy sin cagarla. Por fin, le quedó una noche libre, los Stones estaban listos y llamó a Brian.
La primera vez que tocaron allí, se presentaron 66 personas, y los Rolling Stones recibieron la enorme suma de dos libras por barba. En pocas semanas, el público se duplicó, se triplicó y cuadruplicó hasta que empezaron a formarse largas colas a lo largo de Kew Road todos los domingos por la tarde.
Los jóvenes modernos y guapos acudían desde todas partes de Londres a bailar, conocer y aclamar esta nueva música agresiva y rebelde que reflejaba la actitud de toda una generación en el mundo entero. Ronnie Wood, que entonces no era más que otro adolescente desempleado, conoció a su mujer, Chrissie, mientras ambos se maravillaban ante la maestría y habilidad de Brian Jones en el Crawdaddy. No podían ni llegar a imaginar que trece años más tarde Ronnie sustituiría a Brian en el grupo. Y todos los demás que iban a acabar convirtiéndose en el Swinging London —David Bailey, Jean Shrimpton, Mary Quant, etc.— se saltaban las comidas familiares de los domingos para montarse en los trenes que les llevaban a Richmond y ver con sus propios ojos la nueva sensación.
Naturalmente, de haber ocurrido ahora, los Stones habrían aparecido en la televisión y se hubiera escrito sobre ellos en las revistas y periódicos de todo el país. Pero entonces, los medios de comunicación estaban destinados a la gente de mediana edad y los grupos de pop apenas merecían un comentario serio.
Al final, el periódico local se vio obligado a tomar nota. Un periodista del Richmond and Twickenham Times llegó a escribir un artículo sobre esos extraños jóvenes de pelo largo y chicas con ropas estrafalarias que casi causaban disturbios cuando los Stones terminaban su actuación. Fue una historia emocionante y bien escrita que provocó cierto estupor entre los jubilados de Richmond. Pero el periodista no dejó de mencionar que los Rolling Stones eran una banda que tocaba un tipo de música mucho más fascinante que cualquier otro grupo del país, que les sobraba vida y que eran jóvenes y apasionados, mientras que todas las bandas de jazz tradicional eran anticuadas y aburridas, y estaban anquilosadas. Y que quizá, solo quizá, acabasen por ser una fuerza que hiciera temblar al mundo entero.
Para Brian, el artículo significaba todo aquello por lo que tanto había luchado. Años después todavía lo llevaba encima a modo de talismán de la buena suerte. Para él, era la prueba de que su grupo, los Rolling Stones, que él había creado y liderado, estaba por fin en camino de llegar a la cumbre.
Incluso los Beatles, que en aquel momento brillaban con el éxito de su primer hit, «Love Me Do», se dignaron a tomar nota. Una tarde, George Harrison se acercó a hablar con ellos después de una actuación para decirles que eran el mejor nuevo grupo que había visto en su vida. Lo llevaron de vuelta al piso en Edith Grove, donde se reunieron con los otros tres Beatles y mantuvieron una sesuda conversación hasta bien entrada la noche sobre música y revolución y Chuck Berry y de cómo todos ellos iban a cambiar el mundo.
Entonces Norman Jopling, uno de los periodistas más respetados del Record Mirror, salió del Crawdaddy en abril de 1963 y escribió:
Mientras que la escena tradicional se hunde gradualmente, promotores de todo tipo de conciertos de ritmos adolescentes suspiran aliviados al haber encontrado algo que la sustituya. Se trata de rhythm and blues, desde luego; el número de clubs de R&B que han surgido de repente es increíble.
(…) En el Hotel Station de la calle Kew [el edificio al que pertenece el Crawdaddy], los chavales modernos se lanzan de lleno a la nueva «música jungle» como nunca hicieron en los días más sobrios de la música tradicional.
Y el grupo con el que se retuercen y contonean se llama The Rolling Stones. Quizá nunca hayas oído hablar de ellos; si vives lejos de Londres hay muchas posibilidades de que no lo hayas hecho.
¡Pero no hay duda de que acabarás escuchándolos! Los Stones están destinados a ser el mayor grupo en la escena del R&B, si esta continúa prosperando. Hace tres meses, solo cincuenta personas se acercaron a ver al grupo. Ahora Gomelski tiene que cerrar las puertas a primera hora, con cuatrocientos fans abarrotando la sala.
Los fans pierden rápidamente sus inhibiciones y se contorsionan al sonido de una música verdaderamente apasionante. Lo cierto es que, a diferencia de todos los grupos de R&B dignos de tal nombre, los Rolling Stones tienen un evidente atractivo visual. No son como los jazzmen que hacían jazz tradicional hace unos meses y que han transformado su número para estar a la última. Son genuinos fanáticos del R&B y cantan y tocan de un modo que uno esperaría más de un grupo estadounidense de color que de una panda de chicos blancos, salvajes y fascinantes, cuyos fans gritan enfervorecidos cuando los escuchan.
… También son capaces de sonar como Bo Diddley, lo que no es poca cosa. El grupo controla los discos beat estadounidenses. Se conocen como las palmas de sus manos los números de R&B y tienen un repertorio cercano a las ochenta canciones, la mayoría de ellas solo conocidas y veneradas por los verdaderos fans del R&B. Pero a pesar de que su R&B se asemeje superficialmente al rock ‘n’ roll, los fans de las listas de éxitos musicales no encontrarán ninguna canción interpretada por los Rolling Stones que les resulte familiar. Y los chavales no tocan material original, solo cosas americanas. «Después de todo —dicen—, ¿puedes imaginar un número de R&B compuesto por un inglés? Sería impensable».
A los pocos días de publicarse el artículo, los Stones firmaron un contrato discográfico con dos hombres: un joven hiperactivo, brillante y charlatán llamado Andrew Oldham, que había trabajado como publicista de los Beatles, y su socio, agente del show business, Eric Easton.
El acuerdo significaba cargarse su amistad con Gomelski —con quien tenían un acuerdo de representación verbal— y con Ian Stewart, cuya imagen, les confió Oldham, no era la más adecuada, con su pelo corto y su prominente mandíbula de neandertal. Se acordó, no obstante, que Stewart continuaría tocando el piano en los discos de los Stones, aunque no volvería a aparecer sobre el escenario con ellos.
Para Brian y Mick, que querían —necesitaban— tanto ese contrato, pisotear a un par de viejos amigos era un pequeño precio a pagar por la oportunidad que Easton y Oldham les ofrecían.
Nueve días más tarde, los Stones fueron a los estudios de grabación Olympic, en Barnes, para grabar su primer disco de verdad. Ninguno de ellos tenía la más mínima idea de cómo se hacían las mezclas o de cómo conseguir que una canción resultara interesante sin la adrenalina que proporcionaba la presencia del público. No es de extrañar, por tanto, que la grabación del clásico de Chuck Berry «Come On» no fuera solo inferior a la electrizante versión que tocaban sobre el escenario, sino que resultase infumable.
Decca, a quienes Oldham había convencido para que pagaran un considerable anticipo a los Stones, no estaba muy contenta. Pero el grupo volvió a meterse en el estudio una y otra vez hasta que consiguieron producir un disco pasable. El día que salió a la venta, los Stones hicieron también su debut televisivo en un insípido programa llamado Thank Your Lucky Stars.
Aunque los cinco vistieron de traje para el programa, se quedaron atónitos ante la hostilidad que su breve aparición despertó entre los telespectadores de mediana edad. La cadena y los periódicos recibieron una avalancha de quejas de personas que se oponían al pelo largo que lucían los componentes de los Stones y a la amenazadora y abierta sexualidad que exudaban Mick y Brian.
Una carta típica decía: «Es lamentable que se permita la aparición en televisión de unos gamberros de pelo largo. Su aspecto era absolutamente vergonzoso…».
Brian y el resto de los Stones se mostraron sorprendidos y ligeramente tocados por semejante reacción. Pero Andrew Oldham estaba encantado.
—Vamos a hacer de vosotros exactamente lo opuesto a esos chicos buenos, aseados y pulcros de los Beatles —exclamó—. Y cuanto más os odien los padres, más os querrán los hijos. Y si no, al tiempo.
A los Stones les costaba creer que Andrew estuviera en lo cierto. Sin duda, poner nervioso a todo el mundo no podía ser el mejor modo de hacer que a la gente le flipara el rhythm and blues, razonaron. Pero cooperaron y se volvieron más peligrosos y amenazadores cada día que pasaba. Brian incluso ordenó a Charlie Watts que se dejara el pelo largo porque tenía un aspecto demasiado decente. Y de repente funcionó. Se cumplieron todos los pronósticos, tal como Andrew había dicho que pasaría. Para Brian, se estaban haciendo realidad todos los sueños que hubiera podido llegar a albergar alguna vez. Pero no conseguía entender por qué sentía esa minúscula y extraña punzada de temor bien adentro.

 

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