Confesiones de un librero de mierda

Confesiones de un librero de mierda Juan Pablo Liefeld Christian Ferrer Ezequiel Martinez Estrada Borges

Arnold Schönberg
(o de las virtudes de no ser un alcahuete lameculos como vos)*
Juan Pablo Liefeld

 

“Para mí, un artista es semejante a un manzano. Cuando llega el momento, tanto si quiere como si no, florece y empieza a dar manzanas. Y así como un manzano ni sabe ni pregunta por el valor que los expertos del mercado atribuirán a sus frutos, tampoco un compositor auténtico pregunta si su obra gustará a los expertos (…).”
Arnold Schönberg refiriéndose a George Gershwin

 

Arnold Schönberg era un pelado botón que si te lo presentaban como el hermano gemelo de Alberto Olmedo te la comias doblada. Y fue uno de los primeros inmigrantes de una nueva especie en llegar a Los Angeles, la de los que huían del desastre político. Al principio habían sido los traperos y tonadilleros, los Mayer, los Warner, los Cohn, que habian llegado para matar el hambre y atracarse con lo que pudieran encontrar. Luego acudieron los cosmopolitas, los actores y directores que habían ya alcanzado el triunfo en Berlín o Londres – una Greta Garbo o un Ersnt Lubitsch, por ejemplo – y que habían firmado suculentos contratos para acudir a Holywood con objeto de trabajar para los Mayer, los Warner y los Cohn. Arnold Schönberg, el pelado boton que se parecía a Olmedo y era el distinguido compositor de Noche transfigurada y Pierrot lunaire y el creador del sistema “serial” o dodecafonico, que según él “aseguraria la supremacía de la musica alemana durante los cien años siguientes”, llegó casi a los sesenta sin haber tenido en ningun momento la menor intención de acercarse, ni por asomo, a Los Angeles donde en minutos la vieja de James Ellroy seria asesinada brutalmente y tirada en un baldío.
Orgulloso de su cargo vitalicio de profesor de la Academia de Música de Berlin, ya en los primeros años del régimen nazi se dio cuenta de que aquel cargo vitalicio no significaba nada. Encontrandose de vacaciones en Francia en el verano de 1933 – aquel año fatidico para Martin Heidegger a partir del cual los alcahuetes no dejarian de romperle las pelotas con boludeces hasta el dia de su muerte – le dijeron que estaría en peligro si volvía a Berlin. Se sintió aturdido y ofendido. Catolico por educación, convertido al protestantismo dureante su juventud, se dirigió pese a ello a la principal sinagoga de Paris y solicitó se lo admitiera en la fe judía. Luego, con su mujer y su hija, partió para el exilio. Solo un oscuro periodista fue a recibirlo cuando llegó a Nueva York; éste recordaría muchos años después que “era un león, un león, no hay otra forma de describirlo a este pelado botón”. La Sociedad de Compositores (League of Composers) le preparó un concierto en el Teatro Municipal y el publico aplaudió con sumisión incluso las disonancias del piano, que acompañaba a la cantante en clave distinta. Cuando se puso a buscar trabajo, sin embargo, no lo encontró en ninguna parte salvo en el conservatorio Malkin, insignificante institución bostoniana donde ni un solo estudiante se inscribió en el curso de composición que quiso impartir el músico. El clima invernal de Nueva Inglaterra también resultó peligroso para el asma crónica que padecía. Tuvo que buscar refugio en un lugar más cálido. Su editor, Carl Engel, de G. Schirmer, escribió a diversas universidades, proponiéndoles un ciclo de conferencias. De las 47 a las que se dirigió, solo 22 respondieron y ninguna con una oferta definitiva. Engel se vio obligado a solicitar ayuda económica para el exiliado, incluso un lugar donde pudiera residir.
Lo que salvó a Schöenberg fue la tradicional competencia entre la UCLA (Universidad de California-Los Angeles) y la USC (Universidad de la Baja California). Cuando ésta lo invitó a dar una conferencia en septiembre de 1935, la UCLA replicó ofreciéndole una plaza de profesor. Así, con sesenta años, bajito, frágil, calvo y con un carácter de mierda – “sus ojos eran saltones, estaban a punto de estallar, toda su energía humana estaba en ellos como en los de Fogwill al sexto día de carabana”, escribió Stravinski en cierta ocación –, Schöenberg se intaló por fin en el inverosímil santuario de Los ANgeles, que estaba en trance de convertirse, sin saberlo siquiera, en la capital musical del mundo. Durante mucho tiempo se había resentido de la incomprensión general de sus difíciles creaciones, pero su resentimiento era ahora mayor que nunca. Sus estudiantes de la UCLA, escribió a Hermann Scherchen, tenían “una formación tan insuficiente que mi trabajo es tan inútil como lo sería el de Eisntein si se pusiera a enseñar matemáticas en un colegio secundario”. “Es posible que dentro de 20 años”, escribio a otro colega, “en la historia musical de Los Angeles haya un capótulo que se titule: ‘Lo que Schöenberg consiguió en Los Angeles’. Francamente, me desanima mucho que la sociedad no se interese por mi trabajo, que no se valore lo que hago por el futuro de la cultura musical de esta ciudad (…)”.
Lo que Schöenberg hacía, entre continuas interrupciones, era componer música, en particular la Segunda Suite para Cuerdas, el Cuarto Cuarteto de Cuerda, el Concierto para Violón, un arreglo de Kol Nidre y la Segunda Sinfonía de Cámara. Al morir George Gershwin, con el que Schönberg solía jugar al tenís – como Sassi con Klappenbach o Franzen con Foster Wallace o Larramendi con Casartelli –, el exiliado elogió al amigo más joven y aclamado. “Para mí, un artista es semejante a un manzano”, dijo de Gershwin y de sí mismo. “Cuando llega el momento, tanto si quiere como si no, florece y empieza a dar manzanas. Y así como un manzano ni sabe ni pregunta por el valor que los expertos del mercado atribuirán a sus frutos, tampoco un compositor auténtico pregunta si su obra gustará a los expertos (…).”
Invirng Thalberg, el joven jefe de producción de la MGM, se tenía tanto por un experto del mercado como por hombre de gusto exquisito, y escuchaba, como mucha gente en aquellos días, las emisiones de radio semanales de la New York Philarmonic Orchestra. Casi siempre se emitía musica de Beethoven y Brahms, pero en una de sus ocasionales excepciones la orquesta interpretó Noche Transfigurada, el nocturno casi morbosamente empalagoso que Schönberg había compuesto hacía cerca de medio siglo. Thalberg quedó impresionado. Aquella era la música que necesitaba para su última producción, La buena Tierra, basada en el dramático best-seller de Pearl S. Buck sobre China.
Cuando, después de hacer indagaciones, se enteró de que el músico vivía en Los Angeles y de que era un humilde profesor de la UCLA, quiso verlo. Los directivos importantes necesitan siempre intermediarios para estas ocasiones y puesto que Schönberg no tenía agente ni administrador, Thalberg recurrió a una conocida común, Salke Viertel. Thalberg conocía a la señora Viertel por haber sido guionista de varias películas de la Garbo, entre ellas La reina Cristina de Suecia (Queen Christina) y María Walewska (Conquest), pero además era hermana de Eduard Steuermann, un eminente pianista y defensor de la música de Schönberg.
“¿Cuánto van a pagar”, preguntó Schönberg a la señora Viertel cuando ésta le dijo que Thalberg quería contratarlo para La buena tierra.
“Creo que unos 25 mil dólares”, contestó la mujer.
Schönberg, que como profesor ganaba menos de la quinta parte de la cantidad mencionada, convino en que se celebrase el encuentro. La señora Viertel tuvo que encargarse del protocolo. Se dispuso que un coche de la MGM condujese a Schönberg a los estudios. Se concerto una cita para las tres de la tarde y Thalberg prometió no hacer esperar al compositor. (Schönberg se enfureció en cierta ocación con Jascha Heifetz por haberle enviado una nota que decía: “Lo espero a las dos en punto”. “¡Ruso hijo de puta!”, exclamo Schönberg. “En Viena, una invitación de Francisco José diría: Solicitamos el Honor de contar con su presencia”. ) A eso de las tres y media, como Schönberg no aparecía, Thalberg comenzó a enfadarse. Las secretarias empezaron a hacer llamadas por teléfono. No tardaron en descubrir que, por error, el músico se había unido a un recorrido turístico por los estudios. Al parecer, considró el recorrido un detalle del todo natural por parte de Thalberg, una especie de preámbulo para saber si la MGM era una productora para la que le gustaría componer música.
Conducido por fin al despacho imperial de Thalberg, Schönberg tomó asiento ante el escritorio del productor. Mantuvo las manos unidas sobre la empuñadura del paraguas, que se negó a soltar. Thalverg empezó a exponerle su plan.
“El domingo pasado, cuando escuché la música encantadora que había compuesto usted…”.
“Yo no compongo música ‘encantadora’”, lo interrumpió Schönberg.
Thalberg pareció desconcertado durante un momento, sonrió con educación acto seguido y volvió a la carga. La buena tierra era la historia de China, dijo, y por tanto quería una música que pareciese lejana y oriental. Temas chinos. Como Paul Muni y los demás personajes tenían que convencer como campesinos, no había mucho diálogo, pero sí mucha acción. Por ejemplo, había una escena en que una plaga de langostas invadía los campos y devoraba todo el grano. La escena necesitaría una música especial…
La señora Viertel se esforzó por traducirlo todo al alemán, pero Schönberg la detuvo. Dijo que comprendía a la perfección. Y se puso a explicar el problema que representaba la música en el cine. En términos generales, era una basura, dijo a Thalberg; absurda, aburrida. Además, los productores no comprendían al parecer que los diálogos adolecían asimismo de cierta monotonía. Sólo trabajaría en La buena tierra, dijo, si se le daba control absoluto sobre toda la banda de sonido, es decir, sobre la música y también sobre los diálogos.
“¿A qué se refiere con eso del control absoluto?”, preguntó Thalberg, estupefacto.
“Me refiero a que tendría que trabajar con los actores”, dijo Schönberg. “Tendrían que hablar en el mismo tono y clave que yo pompusiera. Sería algo parecido a Pierrot Lunaire, sólo que menos complicado, como es lógico.”
Se volvió entonces a la señora Viertel y le preguntó si recordaba y sabía recitar alguna de las Sprechstimmen de Pierrot Lunaire. La mujer sabía y así lo hizo, y se puso a entonar con valentía y vos trémula y quejumbrosa: “Der Mond, den Mann mit augen trinkt…”.
“Mire, señor Schönberg”, balbució Thalberg, “el director y yo tenemos otros planes y tal vez no coincidan con el suyo. Entiendalo, el director quiere dirigir a los actores.”
“Nadie se lo impide”, dijo Schönberg con talante olímpico, “pero que lo haga después de que los actores hayan ensayado conmigo los diálogos”.
Thalberg, poco acostumbrado a recibir órdenes y menos aún de un profesor mal vestido, no pudo por menos que quedar impresionado ante la seguridad de Schönberg. Dio al compositor una copia del guión de La buena tierra y le pidió que la leyera y meditase al respecto. Después de acompañar al músico hasta la puerta, lo único que se le ocurrió decir a la señora Viertel fue: “Es un hombre notable”.
Thalberg, como es lógico, daba por sentado que nadie rechazaría un encargo de la MGM. “Compondrá la música de acuerdo con mis condiciones, ya lo verá”, dijo. Schönberg, sin embargo, cambió las condiciones en cuestión. Hizo que su mujer llamara a la señora Viertel al día siguiente para decirle que no sólo insistía en tener el control absoluto de la música y los diálogos, sino que además los honorarios tendrían que duplicarse, es decir, que elevarse a 50.000 dólares. “Cuando se lo dije a Thalberg”, contaría la señora Viertel, “se encogió de hombros y dijo que, en el intervalo, el consejero técnico chino había conseguido unas canciones populares que habían inspirado al director del departamento de sonido, que había compuesto una música muy encantadora”.
Según parece, Schönberg pensaba que se había librado de Thalberg de puro pedo. “Estuve a punto de componer la música de una película”, escribiría a Alma Mahler Werfel, “pero por fortuna pedí cincuenta mil dólares y esto, también por fortuna, fue demasiado, ya que para mí habría sido el fin…”.

 

* Obviamente este relato no solo habla de Schönberg sino también de mí, sí, de mí o de tu librero de mierda y de su dignidad frente a un mundo criminal y pelotudo.

 

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zzz—Confesiones de un librero de mierda—zzz

 

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Una respuesta a Confesiones de un librero de mierda

  1. Anónimo dijo:

    Muy bueno capo.

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