Miles Davis. La biografía definitiva – Ian Carr

Miles Davis. La biografía definitiva – Ian Carr Jorge Luis Borges Fontanarrosa Bill Evans John Coltrane

vendido

Estado:  impecable.

Editorial: RBA.

Precio: $000.

Contrapunto analítico y, en cierto modo, necesario a la brillante, pero un tanto errática y fragmentaria, autobiografía que escribiera el trompetista, de la mano de Quincy Troupe; proporcionándonos una equilibrada y muy amena relectura de la vida y obra de uno de los grandes íconos de la cultura y el arte del siglo XX. La edición revisada de este exhaustivo ejercicio de investigación -que ve la luz, por primera vez, en lengua castellana, en esta edición especial-, aporta nuevas y muy enriquecedoras aproximaciones a la vida y sin par carrera del más revolucionario e infatigable renovador del Jazz. Carr abunda, con profundidad y erudición encomiables, en multitud de detalles y aspectos de la obra del artista que trascienden el ámbito de la mera investigación biográfica, y que no escapan a su aguda percepción como músico, para deleitarnos con una minuciosa reconstrucción de las extraordinarias e innovadoras propuestas y estilos que se suceden en su obra desde mediados de los 50; para retomar el hilo argumental de la biografía en el punto en el que el irreductible trompetista resurge, de nuevo, de las cenizas, protagonizando un épico retorno a los escenarios y a los estudios de grabación, y sacudiendo de nuevo los cimientos de todo cuanto los más ortodoxos y dogmáticos músicos, críticos y aficionados consideraban irrenunciable e intocable en el jazz, sin temor a embarcarse en nuevas experiencias y a colaborar con las nuevas generaciones de músicos de jazz que le acompañan en los últimos años de su carrera. Carr ha mantenido reveladoras conversaciones con quienes conocieron mejor a Miles y su música – Bill Evans, Joe Zawinul, Keith Jarrett, Jack DeJohnette-, y, para esta nueva edición, se entrevistó también con Ron Carter, Max Roach, John Scofield y muchos otros colaboradores. Obra de consulta imprescindible para quienes deseen conocer al hombre, su obra y buena parte de la historia del jazz. Ian Carr nació en Escocia y se graduó en el King’s Collage de Newcastle. Es, además de un excelente y reputado músico, uno de los periodistas y críticos de mayor renombre en el Reino Unido, donde colabora regularmente con BBC Radio 3 y escribe también para BBC Music Magazine. Es el autor de Music Outside (1973) y de ketty Jarrett, The Man and his Music (1991), de próxima aparición en esta colección, también en nueva edición revisada.
Prólogo *
Miles Davis 
Mira, la sensación más fuerte que he experimentado en mi vida (con la ropa puesta) fue cuando por primera vez oí a Diz y Bird juntos en St. Louis, Missouri, allá por 1944. Yo tenía dieciocho años y acababa de graduarme en la Linco1n High School, que estaba justo al otro lado del Mississippi, en East St. Louis, Illinois. Cuando oí a Diz y Bird tocar en la banda de B, me dije: «¿Qué? ¡Qué es esto!» Tío, la parida era tan fuerte que asustaba. Figúrate, Dizzy Gillespie, Charlie «YardBird» Parker, Buddy Anderson, Gene Ammons, Lucky Thompson y Art Blakey reunidos en la misma banda, y no digamos B: el propio Billy Eckstine. De puta madre, tú. Aquella santa mierda, tío, me inundó el cuerpo: la música inundándome el cuerpo, precisamente la música que quería oír. Algo grande. Y yo allá arriba tocando con ellos. Ya había oído antes cosas de Diz y Bird, ya había entrado en su música; especialmente en la de Dizzy, lógico, siendo yo un trompetista como era. Pero también había entrado en la de Bird. Fíjate, tenía un disco de Dizzy titulado Woodyn You y un disco de Jay McShann con Bird, titulado Hootte Blues. En ellos fue donde primero oí a Diz y Bird, y no pude creer lo que tocaban. Eran terribles. Además de los que he dicho tenía un disco de Coleman Hawkins, un disco. de Lester Young y uno de Duke Ellington, con Jimmy Blanton en el bajo, que era también de puta madre. Y basta. Aquéllos eran todos mis discos. Dizzy era entonces mi ídolo: intentaba continuamente tocar los mismos solos que Diz tocaba en aquel único álbum que tenía d 1 e él. Pero igualmente me gustaban Clark Terry, Buck Clayton, Harold Baker, Harry James, Bobby Hackett y Roy Eldridge. Roy fue más tarde mi ídolo de la trompeta, pero allá por 1944 era Diz.
La banda de Billy Eckstine había ido a St. Louis para tocar en un sitio llamado Plantation Club, propiedad de unos gángsteres blancos. St. Louis era en aquel entonces un gran foco de gangsterismo. Cuando le dijeron a B que tenía que dar media vuelta y entrar por la puerta de atrás como los demás negros, se limitó a ignorar a aquellos gilipollas y entró con la banda al completo por la puerta principal. Por supuesto, B no se dejaba pisar por nadie. Se lanzaba sin titubear contra cualquier hijoputa. De veras. Olvídate de su aire de playboy: B era un duro. También lo era Benny Carter. Ninguno de los dos tardaba ni un minuto en tumbar a cualquier tío del que pensaran que les faltaba el respeto. Pero por muy duro que fuera Benny, y lo era, B lo era más. Así que los gángsteres despacharon a B inmediatamente y contrataron a George Hudson, quien tenía en su banda a Clark Terry. Entonces B se llevó a sus músicos al otro lado de la ciudad, al Riviera Club de Jordan Chambers, un local sólo para negros situado en la esquina de Delmar y Taylor, en una zona negra de St. Louis. Jordan Chambers, que por aquellas fechas era uno de los políticos negros más poderosos, le dijo simplemente a B que siguiera adelante con la banda.
De modo que cuando circuló la noticia de que aquellos tíos iban a tocar en el Riviera en lugar del Plantation, agarre mi trompeta y me fui para allá a ver si podía pescar algo, quizás un puesto en la banda. De esta forma, con un amigo llamado Bobby Danzig, que también era trompetista, nos plantamos en el Riviera a probar suerte y ver qué pasaba en los ensayos. Entiéndeme, yo ya tenía en St. Louis cierta reputación de que ya era capaz de tocar; por eso los guardianes me conocían y nos dejaron entrar a mí y a Bobby. La primera cosa que vi cuando estuve dentro fue a un tipo que venía hacia mí, preguntándome si yo era trompetista. Le dije: «Sí, soy trompetista.» Entonces me preguntó si tenía carné sindical. «Sí, también tengo carné sindical.» Así que el tipo se vio obligado a decir: «Ven, necesitamos un trompetista; el nuestro está enfermo. » El tipo me llevó al estrado de la banda y me puso la partitura delante. Yo podía leer una partitura, pero en aquel momento tuve problemas con la que me había dado porque me distraje escuchando lo que tocaban los demás.
El tipo que había salido a mi encuentro era Dizzy. Al principio no le reconocí. Pero pronto empezó a tocar. Supe quién era. Y como he dicho, no pude siquiera leer la música, y no digamos tocarla, escuchando a Bird y Diz. Pero, mierda, yo no era el único que escuchaba, porque la banda entera parecía tener un orgasmo cada vez que Diz o Bird actuaban, especialmente Bird. Quiero decir que Bird era increíble. Sarah Vaughan estaba allí también, y también era algo serio. Entonces y ahora. ¡Sarah sonando como Bird y Diz y ellos dos tocándolo todo! Lo notable era que tratasen a Sarali como si fuera otra trompeta. ¿Sabes a lo que me refiero? Ella cantaba You Are My First Love y Bird intervenía con su solo… Tío, cuánto me gustaría que todo el mundo hubiese escuchado aquella parida.
En aquella época Bird tocaba solos de ocho compases. Pero las cosas que solía hacer en esos ocho compases eran otra cuestión. Simplemente, dejaba a todos muertos con su música. Si he dicho que yo me olvidé de tocar, recuerdo ocasiones en que los demás músicos olvidaban entrar a tiempo por la atención con que escuchaban a Bird. Allí estaban, en el estrado, pasmados, con la boca abierta. Coño, en aquellos tiempos Bird tocaba como un dios.
Cuando Dizzy tocaba ocurría lo mismo. Y también cuando tocaba Buddy Anderson. Él tenía aquella cosa, aquel estilo que estaba próximo al que me gustaba a mí. De manera que en 1944 me encontré de golpe ante todas aquellas maravillas. Te juro que aquellos cabrones eran terribles. ¡Eso sí era creación! Imagina cómo tocarían para el público negro del Riviera. Porque los negros de St. Louis amaban su música, pero querían que su música fuera como debía ser. Puedes, pues, imaginar lo que hacían en el Riviera. Ten por seguro que llegaban al fondo.
La banda de B cambió mi vida. Decidí precisamente allí y entonces que debía dejar St. Louis y vivir en Nueva York, donde estaban todos los músicos súper.
Aunque entonces yo estimaba a Bird, de no haber sido por Dizzy no estaría hoy donde estoy. Le digo esto constantemente y se limita a reír. Porque cuando fui por primera vez a Nueva York él me llevó consigo a todas partes. Díz era en aquella época muy divertido. Sigue siéndolo hoy. Pero entonces era otra cosa. Por ejemplo, sacaba la lengua a las mujeres y les decía guarradas en plena calle. A las mujeres blancas. Imagínate, yo soy de St. Louis, y él hacía aquello a personas blancas, a mujeres blancas. Me decía a mí mismo que Diz debía de estar loco. Pero no lo estaba, ¿sabes? En realidad -no lo estaba. Era diferente, pero no estaba loco.
La primera vez en mi vida que subí en un ascensor fue con Diz. Me metió en un ascensor en Broadway, en alguna parte del centro de Manhattan. A él le gustaba tomar ascensores y burlarse de todos, hacerse el loco, dar sustos de muerte a la gente blanca. Era un personaje, tío. Yo iba a su casa, y Lorraine, su esposa, no dejaba que nadie se quedara demasiado, excepto a mí. Siempre me invitaba a cenar. Unas veces aceptaba y otras no. Toda la vida he sido raro con lo qué como y dónde lo como. Sea como fuere, Lorraine solía poner unos rótulos que decían: « ¡No os sentéis aquí! » Y encima le gritaba a Diz: «¿Qué estás haciendo con todos estos cabrones en mi casa?» ¡Échalos, y que sea ahora mismo!» Yo, naturalmente, me levantaba para marcharme, y ella me decía: «Tú, no, Miles, tú puedes quedarte, pero que se marchen todos estos cabrones.,» Nunca he sabido qué sería lo que le gustaba de mí, pero algo le gustaba.
Al parecer, la gente quería tanto a Dizzy que simplemente deseaba estar con él ‘ ¿entiendes? Pero no importaba a quién tuviera en derredor, Dizzy siempre me llevaba dondequiera que fuese. Decía: «Anda, ven conmigo, Miles.» Y nos íbamos a alguna oficina, o a cualquier otro lugar, o corno he dicho, quizás a subir en ascensores por pura diversión. Hacía para divertirse las cosas más insólitas.
Una de sus iniciativas favoritas era ir a donde empezaron a emitir el programa «Today», cuando Dave Garroway era el presentador. El estudio estaba a nivel de la calle, de manera que la gente podía presenciar el programa desde la acera, mirando por un gran ventanal de vidrio. Dizzy se colocaba ante el ventanal cuando el programa salía en antena (se emitía en directo, ya sabes) y sacaba la lengua y hacía muecas al chimpancé que intervenía en el asunto. Tío, se lo montaba de puta madre con aquel chimpancé -J. Fred Muggs se llamaba-, tanto que lo ponía fuera de sí. El chimpancé se ponía a chillar, a saltar arriba y abajo, a enseñar los dientes, y todos los del programa se preguntaban qué Coño le pasaba. Cada vez que la bestia descubría a Dizzy, se volvía loco. Pero Dizzy era encantador, realmente encantador, y yo le quería mucho y todavía le quiero igual.
De todos modos, he conseguido casi reproducir las sensaciones de aquella noche y aquella música de 1944, cuando oí por primera vez a Diz y Bird, pero nunca lo he logrado del todo. Y ando siempre buscándolas, escuchando, sintiendo, tratando constantemente de encontrarlas en y a través de la música que toco cada día. Recuerdo aún cuando no era más que un chiquillo, un crío imberbe, pirrado por todos aquellos grandes músicos, mis ídolos incluso hasta hoy Absorbiéndolo, chupándolo todo. Aquello era serio, tío.
* Miles. La autobiografía – Miles Davis y Quincy Troupe.
Últimas reflexiones*
Miles Davis
A medida que envejezco, más aprendo sobre tocar la trompeta, y más acerca de muchas otras cosas. Solía gustarme beber y me gustaba de verdad la cocaína, pero ya ni siquiera pienso en lo uno ni en la otra. Ni en los cigarrillos. Ese género de cosas, sencillamente, dejé de hacerlo. Cortar con la cocaína me resultó un poco más duro, pero también la dejé. Es sólo cuestión de fuerza de voluntad, de creer en que puedes hacer lo que quieres hacer. Cuando no quiero hacer determinada cosa me limito a decirme: «Que se joda.» Porque, eso sí, debes hacerlo tú mismo. Nadie más puede hacerlo por ti. Otras personas quizás intenten ayudarte, pero la mayor parte del tiempo tendrás que luchar solo.Nada es imposible, dada mi forma de pensar y de vivir mi vida. Estoy siempre pensando en crear. Mi futuro empieza cuando despierto cada mañana. Es entonces cuando empieza: cuando despierto y veo la primera luz. Entonces me siento agradecido, y no puedo esperar a levantarme porque cada día hay algo nuevo que hacer o que intentar. Cada día encuentro algo creativo a que dedicar mi vida. La música es una bendición y una maldición. Pero la amo, no querría que fuese de otro modo.
En mi vida hay pocos remordimientos y poco sentimiento de culpa. De mis remordimientos no quiero hablar. Hoy estoy más distendido conmigo mismo y con los demás. Creo que mi personalidad es más agradable. Todavía recelo de la gente, pero menos de lo que desconfiaba en tiempos pasados, y también me muestro menos hostil. Sigo siendo una persona muy amante de lo privado; sin embargo, y no me gusta estar rodeado de gente que no conozco. Pero no me lanzo contra esa gente, como hacía, ni la despacho con improperios. Demonio, ahora incluso presento a los miembros de mi banda en los conciertos, e incluso hablo un poquito con el público.
Tengo fama de ser una persona de trato difícil. Pero quien me conoce de verdad sabe que esto no es cierto, porque seguro que nos llevamos bien. Me molesta ser siempre el centro de la atención, hago sólo lo que debo hacer, y basta. No obstante, tengo algunas amistades excelentes, con Max Roach, por ejemplo, y con Richard Pryor, Quincy Jones, Bill Cosby, Prince, mi sobrino Vincent y otras personas más. Creo que mi mejor amigo fue Gil Evans. Los componentes de mi banda son buenos amigos míos, como lo son mis caballos allá en Malibu. Amo a los caballos y a otros animales. Pero quizá las personas que realmente mejor me conocen son algunos de los tipos con quienes crecí en East St. Louis, pese a que ya raras veces los veo. Pienso en ellos, y si en alguna ocasión nos encontramos es como si no nos hubiéramos separado nunca. Me hablan como si acabara de salir de su casa.
Ellos pueden decirme cosas interesantes sobre lo que toco y les haré más caso que a un crítico. Porque sé que están muy enterados de cuanto intento hacer y de cómo se supone que debo sonar. Si Clark Terry, a quien considero uno de mis mejores amigos, viniese y me dijera que estoy tocando mierda, macho, lo tomaría en serio. Me llegaría al corazón. Lo mismo por lo que concierne a Dizzy, que es mi mentor y uno de los amigos más íntimos que tengo en el mundo. Si me dijese algo relativo a mi manera de tocar, le escucharía. Pero yo siempre he sido como soy, he sido así toda mi vida. Nadie puede decir nada malo de mí a mis buenos amigos porque ni siquiera le prestarían atención. Igual me ocurre a mí: no escucharé nada contrario a alguien a quien conozco.
La música ha sido siempre para mí como un maleficio porque siempre me he sentido impulsado a tocarla. Siempre ha tenido prioridad en mi vida y todavía la tiene. Se antepone a todo. Pero he concertado una especie de paz con mis demonios musicales que me permite llevar una vida más relajada. Pienso que pintar me ha ayudado mucho. Los demonios siguen allí, pero ahora sé dónde están y cuándo quieren ser alimentados. De modo que creo tener la mayoría de las cosas bajo control.
Soy, ya lo he dicho, una persona amante de lo privado, y cuesta un montón de dinero preservar ésta cuando uno es famoso como yo. Es verdaderamente duro, muy duro, y ésta es una de las razones por las que necesito ganar dinero: para proteger mi vida privada. La fama se paga cara, mentalmente, espiritualmente y en dinero efectivo.
No salgo mucho, casi nunca estos días. De esa clase de cosas he tenido ya suficiente. Acude gente tratando de hacerse alguna foto conmigo. A la mierda. Es por eso que las personas expuestas a la curiosidad pública no pueden llevar una vida normal; sufren demasiadas intromisiones e interferencias. No es natural. Y constituye una de las principales razones de que no me guste salir de casa. Pero cuando estoy con mis caballos o con mis mejores amigos puedo relajarme y no.preocuparme del resto. Poseo un caballo llamado Kara, otro llamado Kind of Blue y otro llamado Gemini. Gemínitiene mucho brío, debido a que lleva algo de sangre árabe. Es elque más me gusta montar, aunque me haga un favor dejándome montarlo, pues mis dotes de jinete no están a la altura de lo que merece. Todavía soy un aprendiz, y él lo sabe. Así, cuando hago alguna cosa mal, se limita a dirigirme una mirada peculiar, como diciendo: «¿Qué coño hace otra vez este hijoputa ahí arriba? ¿No se ha enterado de que yo soy un profesional?» Pero quiero mucho a mis animales, los entiendo y ellos me entienden a mí. En cuanto a las personas… Bien, las personas son muy extrañas.
Siempre he sido capaz de predecir cosas antes (le que ocurriesen. Siempre. Creo en la capacidad de algunos de nosotros para anticipar el futuro. Por ejemplo, un día estaba yo nadando en la piscina del United Nations Plaza Hotel, en Nueva York, y un tipo blanco nadaba cerca de mí. De repente me dijo: «¿Adivina adónde voy a ir?» Y yo le dije: «Va usted a Nueva Orleans.» ¡Y allí iba! Macho, aquello le dejó bien jodido. Inmediatamente se apartó, me miró con verdadero asombro y preguntó cómo lo sabía. Pero yo no pude decírselo. Lo sabía, simplemente. Ignoro la causa y no hago preguntas sobre este tema. Sólo sé que esta habilidad me ha acompañado siempre. Soy, por otra parte, una persona instintiva que ve en la gente cosas que otras personas no ven. Oigo cosas que otras personas no oyen, y no pienso que sean importantes hasta muchos años después, cuando las otras personas finalmente las oyen o las ven por sí mismas. Para entonces ya estoy en cualquier otra parte y he olvidado el asunto. Si estoy tan al corriente y tan encima de las cosas es porque tengo la cualidad de olvidar todo lo que carece de importancia. Me-tiene sin cuidado que otros consideren importante algo que para mí no lo es. Se trata sólo de su opinión. Yo tengo la mía, y por lo general confío en lo que siento y lo que oigo, no en lo que opinen los demás, cuando afecta a algo relacionado conmigo o con lo que estoy haciendo.
Para mí, la música ha sido mi vida, y los músicos que he conocido y querido y de los que procedo han constituido mi familia. Mi familia convencional lo es por razones de paternidad, de parentesco, de sangre. Pero, para mí, mi familia son las personas con quienes me asocio en mi profesión: otros artistas, músicos, poetas, pintores y escritores, aunque no críticos. Cuando muere, la mayoría de la gente deja el dinero a los parientes, a sus primos, tías, hermanas o hermanos. Yo no creo en esto. Mi idea es que si has de dejar algo, lo dejes a las personas que te ayudaron a hacer lo que hayas hecho. Si son parientes de sangre, muy bien, pero si no lo son, no creo en que deba dejarse a los parientes. Mira, yo pensaría en legar mi dinero a Dizzy 0 Max, a alguien así, o a un par de mujeres que me ayudaron mucho. No quiero que aparezcan en Louisiana, o donde sea, unos primos a quienes nunca he visto y mi dinero vaya a parar a ellos, cuando muera, sólo porque tenemos la misma sangre. Y una mierda, vamos.
Quiero compartir lo mío con las personas que me ayudaron a lo largo de todo lo que he tenido que pasar, que contribuyeron a hacerme más creativo. Y he tenido en la vida varios períodos realmente fértiles. El primero fue de 1945 a 1949, los inicios. Luego, después de haberme librado de las drogas, entre 1954 y 1960 conocí una época para mí diabólicamente fértil en el campo musical. Y de 1964 a1968 no me fue del todo mal, aunque yo diría que me estaba alimentando de muchas de las ideas musicales de Tony, Wayne y Herbie. Lo mismo puede aplicarse a cuando hice Britches Brew y Live-Evil,porque fueron fruto de una combinación de personas y cosas (Joe Zawinul, Paul Buckmaster y otros), y lo único que yo hice fue reunirlo todo y escribir un poco. Pero creo que en la actualidad estoy viviendo el mejor período creativo que he conocido nunca, puesto que pinto y escribo música y toco por encima de lo que en realidad sé.
No me gusta pasar a Dios por la cara de nadie ni que nadie me lo pase por la mía. Pero si tengo alguna preferencia religiosa, pienso que me inclinaría por el Islam y que sería musulmán. Sin embargo, no sé nada sobre esto, nada sobre las religiones organizadas. Nunca he utilizado la religión como unas muletas, porque personalmente rechazo muchas de las cosas que en una religión organizada ocurren: no me parecen precisamente espirituales, sino más bien relacionadas con el dinero y el poder, y esto no puede atraerme.
Pero sí creo que soy espiritual, y creo en los espíritus. Siempre he creído. Creo en que mi madre y mi padre vienen a visitarme. Creo que también vienen todos los músicos que he conocido y que ya están muertos. Cuando trabajas con grandes músicos, pasan a ser para siempre una parte de ti: personas como Max Roach, Sonny Rollins, John Coltrane, Bird, Diz, Jack Dejohnette, Philly Joe. Echo mucho de menos a los muertos, especialmente a medida que envejezco: Monk, Mingus, Freddie Webster y la Gorda. Pensar en los que han desaparecido me pone de mal humor, por lo que procuro no hacerlo. Pero sus espíritus caminan a mi alrededor, de modo que ellos están todavía aquí y de alguna manera se manifiestan. Es una cuestión espiritual, y parte de lo que yo soy actualmente son ellos. Todo ha quedado en mí, todo lo que de ellos aprendí a hacer. La música viene del espíritu y de lo espiritual, así como de los sentimientos. Creo, pues, que su música continúa aquí, en algún lugar, ya me entiendes. Las cosas que tocamos juntos han de encontrarse de un modo y otro en el aire que nos rodea, porque al aire las lanzamos y eran cosas mágicas, cosas espirituales.
Yo solía soñar que me parecía ver ciertas cosas, ver una materia diferente, una especie de humo 0 nubes, con las que mi mente formaba imágenes. Ahora lo hago cuando despierto por las mañanas y quiero ver a mi madre o a mi padre o a Trane o a Gil o a Philly, o a quienquiera que sea. Simplemente me digo: «Quiero verles», y allí están, y les hablo. A veces miro el espejo y veo en él a mi padre. Esto ha venido ocurriendo desde que murió y escribió aquella carta. Creo definitivamente en el espíritu, pero no pienso en la muerte: tengo demasiadas cosas que hacer para preocuparme por ella.
Para mí, la urgencia de tocar y crear música es hoy más fuerte que cuando empecé. Es como un maleficio. Macho, la música que olvido hace que me vuelva loco tratando de recordarla. Estoy obsesionado por ella: me acuesto pensando en ella, me levanto pensando en ella. Está permanentemente allí. Y me ilusiona que no me haya abandonado: me siento muy dichoso.
Hoy me considero creativamente fuerte y noto que mi fortaleza aumenta. Hago ejercicio cada día, y como casi siempre alimentos adecuados. A veces me tienta la comida negra, como las barbacoas, el pollo frito, la tripa de cerdo que llamamos chitterlings; ya sabes, cosas que se supone que no debo comer: tarta de batata, greens, pies de cerdo, todo eso. Pero ya no bebo ni fumo ni tomo drogas, excepto las que el médico me prescribe contra la diabetes. Estoy bien, porque nunca me he sentido más creativo. Pienso que lo mejor todavía ha de llegar. Como dice Prince que uno debe hacer para incorporarse a una música y coger el ritmo, voy a seguir «entrando en el primer compás», hermano; trataré de que mi música entre siempre en el primer compás, siempre en el primer compás mientras yo toque. Entrará en el primer compás. Más adelante.
* Miles. La autobiografía – Miles Davis y Quincy Troupe.
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Miles. La autobiografía – Miles Davis y Quincy Troupe
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