Las correcciones – Jonathan Franzen

Las correcciones  Jonathan Franzen Charly Garcia Miles Davis Jorge Luis Borges Roberto Fontanarrosa Inodoro Pereyra

Para este collage se uso a Jorge Luis Borges, Charly Garcia, Inodoro Pereyra, el perrito Mendieta, Miles Davis y a una familia argentina durmiendo plácidamente un sábado por la mañana en la esquina de Callao y Corrientes debajo de la vidriera de una librería llena de libros relindos (y tuve la colaboración de Nick Cave que mientras  me cebaba unos  mates  me canto algunas de sus oscuras y bellas melodías).

Estado: nuevo.

Editorial: Seix Barral.

Precio: $200.

Tercera novela de Jonathan Franzen, Las correcciones —editada por primera vez en castellano en 2002— marcó un punto de inflexión en la trayectoria de su autor y lo consagró como uno de los más destacados escritores norteamericanos contemporáneos y uno de los más finos intérpretes de la compleja realidad de nuestra época. Con esta historia inmisericorde de una típica familia norteamericana, Franzen obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/Faulkner, vendió cuatro millones de ejemplares y su éxito alcanzó una dimensión internacional.
De este meticuloso retrato de los Lambert emergen de forma brillante y profundamente humana las angustias y contradicciones de toda una sociedad, la norteamericana, y de una época, la última década del siglo xx. Alfred Lambert es un ingeniero de ferrocarril jubilado cuya percepción de la realidad empieza a resquebrajarse a causa de la enfermedad de Parkinson. Su esposa Enid, tras cincuenta años de matrimonio, sigue obsesionada con mantener el orden en su enorme casa de un próspero barrio residencial. Los tres hijos se establecieron en la costa Este años atrás, lejos del hogar familiar. El mayor, Gary, es un alto ejecutivo bancario, un modélico padre de familia acosado por el fantasma de la depresión. Chip, el segundo, tras su fracaso en el mundo académico, se ha enfrascado en un nuevo proyecto de dudosa legalidad. Y Denise, la menor, extremadamente competitiva, triunfa como chef de un restaurante de moda, pero sufre los reveses de una vida sentimental inestable. En el país, la realidad económica corrige las expectativas sobrevaloradas del mercado bursátil, mientras los medicamentos más avanzados corrigen los trastornos del ánimo. Pero, en el ámbito de la familia, ¿pueden los hijos corregir los errores de sus padres? Y en un orden de cosas más concreto, ¿logrará Enid reunir a todos sus hijos para pasar una última Navidad juntos?
Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959) fue elegido en 1996 entre los Mejores Jóvenes Novelistas Norteamericanos en la prestigiosa revista Granta. Hasta esa fecha, había escrito las novelas Ciudad veintisiete (1988) y Movimiento fuerte (1992), pero la eclosión de su enorme talento narrativo tuvo lugar en 2001 con la aparición deLas correcciones (Salamandra, 2012), que marcó un punto de inflexión en su trayectoria: obtuvo el National Book Award y el Premio James Tait Black Memorial, fue finalista de los premios Pulitzer y Pen/ Faulkner, y fue descubierto por millones de lectores en todo el mundo. Nueve años más tarde, la consagración definitiva de Jonathan Franzen como un auténtico maestro de la literatura anglosajona actual llegó con su última novela, Libertad(Salamandra, 2011), que fue objeto de los más encendidos elogios por parte de un amplísimo abanico de críticos y expertos de los más diversos países. En España, obtuvo el Premio a la Mejor Novela del Año otorgado por los lectores de la revista Qué LeerMás afuera —última obra de no ficción después de Cómo estar solo (2002) y Zona templada(2006)— es una interesantísima recopilación de ensayos y artículos periodísticos, que ponen de manifiesto una vez más la lucidez y la amplitud de miras de un autor excepcional. En la actualidad, Franzen vive entre Nueva York y Santa Cruz, California.
LAS SAGRADAS FAMILIAS
Rodrigo Fresan
Ocurre desde el principio de los tiempos –desde Adán y Eva, y Caín y Abel–, pero es Ley de Murphy desde que León Tolstoi escribió aquellas primeras líneas de Anna Karenina: las familias infelices son las que vale la pena narrar, porque la infelicidad es siempre diferente. Y las familias infelices suelen hacer felices a los lectores. Conozcan –si se atreven– a los Drummond y a los Lambert.
TODAS LAS FAMILIAS SON PSICóTICAS 
Luego del espíritu new age de Girlfriend in a Coma (recientemente editada en español como La segunda oportunidad) y las instrucciones de autoayuda de la todavía inédita en nuestro idioma Miss Wyoming, lo cierto es que pocos esperaban la disparata incorrección política de la nueva novela de Douglas Coupland. Este autor –que pasará a la historia como el inventor de la etiqueta “Generación X”– da un brusco golpe de timón con su sexta novela All Families Are Psychotic, comedia negra oscurísima que lo devuelve al territorio apenas insinuado en su amarga Planeta Shampoo (1992) para contar la perfecta disfuncionalidad de la tribu Drummond: personajes escapados de una sitcom loca entre los que se cuentan una hija astronauta talidomídica, una madre adicta a la Internet hardcore, a la que su hijo delincuente le contagió el sida (el padre le dispara al hijo, la bala lo atraviesa y va a incrustarse en la madre), otro hijo que ha intentado suicidarse varias veces con resultados más bien tristes. Por si esto fuera poco, por ahí anda gente interesada en vender esa carta que uno de los hijitos de Lady Di depositó sobre el féretro de su madre y gente interesada en comprar un bebé que todavía no ha nacido y alguien que explica lo del título –la psicopatología de la infelicidad familiar, la imposibilidad de hallar un sistema y una cura en las múltiples variaciones de la tristeza– y alguien que dice que “somos jardines que han perdido sus jardineros”. Los Hermanos Farrelly deberían hacerse ya con los derechos para el cine de esta feliz novela de infelices.
LAS CORRECCIONES 
La tercera novela de Jonathan Franzen –The Corrections, Nº 1 de ventas, ganadora del National Book Award, elegida por Oprah para su Club de Libros y próxima a ser editada por Seix Barral– viene siendo promovida y celebrada como la nueva encarnación de la Gran Novela Americana desde su llegada a las librerías de EE.UU. La pregunta es: ¿por qué? La respuesta es compleja, larga: Franzen –autor de dos más que correctas novelas anteriores, The Twenty-Seventh City (1988) y Strong Motion (1992), donde contaba con modales realistas un improbable avance hindú sobre Saint Louis y los también improbables terremotos que golpean a Boston por culpa de una fábrica de sustancias químicas– ha sido consagrado como la resistencia social verité a las estéticas e innovaciones formales que han venido proponiendo Rick Moody, David Foster Wallace, Donald Antrim, George Saunders, Chuck Palahniuk y otros novísimos profetas de la Pesadilla Americana. The Corrections y Franzen –conocido también por un largo ensayo en la revista Harper’s publicado en 1996 con el título “Penchance to Dream”, donde denunciaba la irrelevancia de la literatura de hoy y la necesidad de regresar a la novela balzaciana– opta, en cambio, por una encendida defensa del Sueño Americano corporizado en las idas y vueltas de la familia Lambert: padre enfermo, madre insoportable, hijo sin brújula, hijo neurótico, hija promiscua. Todo más cerca de Tom Wolfe que de Philip Roth y cocinado a fuego lentísimo siguiendo la receta recalentada de gente como John O’Hara e Irwin Shaw a la vez que se permite una reescritura Big Mac de las mejores porciones nouvelle del Don DeLillo de Ruido de fondo y Submundo, del Rick Moody de La tormenta de hielo y América ocaso, el Michael Cunningham de Una casa en el fin del mundo y del David Foster Wallace –a quien en varias entrevistas señala como colega y rival a superar– de Infinite Jest y el ensayo “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.
Cunningham, DeLillo y Wallace elogian a Franzen desde la contratapa de su libro (cabe pensar en aquella conocida táctica de los de arriba elogiando a los de abajo porque no les hacen sombra) y leer The Corrections –si se sigue más o menos el presente de lo que se escribe en Estados Unidos– equivale a una suerte de constante déjà vu: enfermedad degenerativa, psicotrópicos, cruceros por el Caribe, aventuras en la Nueva Europa fragmentada, cambios de pareja… Todo está ahí, otra vez, facilito y como en American Beauty, transgresor sin ser irrespetuoso, fácilmente digerible para el gran público lector que prefiere la sensación de estar leyendo un Gran Libro sin complicaciones antes que la certeza y el esfuerzo de leer varios complejos libros grandes. Y, digámoslo: no hay novela social y familiera norteamericana que todavía supere lo que hizo y hace John Updike con la tetralogía Rabbit Angstrom y la coda “Rabbit Remembered”.
The Corrections, con su curva de caídas y ascensos, es el libro ideal para una sociedad aterrorizada por el mundo exterior y así está siendo leído –me cuentan desde Nueva York– por gente en busca de historias de consuelo y redención. Ficción moral en el peor sentido del asunto. Detalle gracioso y mal que le pese a Franzen, The Corrections acaba siendo más “experimental” que todos: toda su primera edición invierte por errata el orden de las páginas 430 y 431 y al final los Lambert, más o menos felices y lindos y unidos y Campanelli, confirman aquella Ley de Tolstoi: son aburridos e iguales a cualquier otra familia más o menos correctamente escrita.
América, la culta (*0) 
Un ensayo de ficción
Stephen King
Con Jonathan Franzen y sus colegas dando todas las embestidas, el tiempo es inflexible para tipos como yo.
No me gustó mucho The Corrections –lo encontré condescendiente e indulgente– pero cualquier persona que lo lea encontrará difícil reconocer, creo, que no sigue su estilo e idioma.
Eso era lo que mantenía el libro en mis manos cuando mi impulso era –no miento aquí– lanzarlo por la habitación (y luego quizás mearme encima). Ese impresionante asimiento del idioma está también a la vista en la colección de ensayos de Jonathan Franzen (How to Be Alone), y ahí encontramos lo más agradable: esa enloquecedora actitud de Nueva York que parece susurrar“Soy más pequeña que tú, soy más sofisticada que tú, más leída que tú, soy mejor que tú” al menos una vez cada vez que se pasa una página.
La sensación del resoplido cómico sucede, también, al menos el mismo número de veces (el Sr. Franzen quizá sea una de esas personas que solo se sienten con necesidad de decir soy-más-pequeño-pero-controlo-las-palabras en su ficción). Hay, de hecho, algo de encantador en su casi constante necesidad de lograr su propia temperatura creativa. ¿Cómo lo lleva Jonathan hoy? Se pregunta a sí mismo repetidamente. ¿Podrá Jonathan escribir mañana a pesar de Internet, el decaimiento de la sensibilidad artística y la cada vez mayor idea de que la televisión puede ser culturalmente importante?
La idea a la que el Sr. Franzen vuelve una y otra vez en estos ensayos (y con la obsesión de un niño que pierde su primer diente) es esa literatura seria que no se expande por América, y esos escritores que han perdido su público. Esos que esencialmente hablan entre ellos y a nadie más. Me pregunto si verdaderamente puede ser cierto dentro de lo que R. J. Franklin, autor deAmerican Intelligence and Creativity, llama “la sociedad más culta que ha existido sobre la faz de la Tierra”(*1) Hice algunas investigaciones, y resulta que los miedos del Sr. Franzen de no hablar con nadie excepto consigo mismo y sus iguales (y sospecho que, en el fondo de su corazón, el Sr. Franzen cree que no tiene ninguno) son infundados. De hecho, se tira pedos como la seda.
Comencemos con Ulysses, la historia de James Joyce del gran día de Leopold Bloom. En 1998 se vendieron ochenta y un millón de copias de Ulysses –no en todo el mundo, únicamente en Estados Unidos–. (*2) Puesto que hay casi 290 millones de personas en América (*3), las matemáticas revelan que uno de cada 3’5 americanos tiene una copia de Ulysses. Creo que incluso el Sr. Franzen debería admitir que, cuando el libro parece literatura seria es que “Ulysses escribió bastante del libro”. (*4) Y en el vernáculo de ventas, eso llega a altas cotas.
Me preguntaba cómo tantas copias de Ulysses –generalmente reconocido como “resistente a ser leído”– podían haber sido vendidas en un solo año. Aunque no puedo ofrecer una respuesta definitiva a esta cuestión, es ciertamente interesante decir que esta novela se ha explicado en más de 700 escuelas secundarias americanas e incluso en más de 30 facultades. (*5) En su artículo de enseñar literatura a los jóvenes, Justin Reeve señala que “fumar y beber son hábitos difíciles de adquirir, pero una vez formados, son más difíciles de dejar. Igualmente ocurre con la gran literatura, que es, hagámosle frente, Jim Beam para el cerebro”. (*6)
Si se pregunta el nombre de las novelas que leen la mayoría de los estudiantes, un graduado de secundaria de los años 1950 ó 1960 sería apto para nombrar libros “adolescentes-amistosos” tales como The Red Badge of Courage, The Old Man and the Sea, y Are You There God? It’s Me, Margaret. Es, quizás, difícil de imaginarlos leyendo Last Exit to Brooklyn de Hubert Selby Jr. (60 millones de copias vendidas en 1998) (*7) The Tunnel de Williams H. Gass (40 millones de copias vendidas en 1998), (*8) pero los números no mienten, y ninguno de ellos hacen los planes de estudio. Cuando se les pregunta por el último, Andrea Gernet, una joven de 17 años de Berlín (N.H.), escribió: “Es duro al principio, pero una vez que el tipo empieza a cavar el túnel, es muy fácil apreciar el simbolismo vaginal, a menos que seas un post-freudiano. Mr. Yardley [un profesor de literatura moderna americana del BHS] nos ayudó mucho, y representamos el clímax en clase. Fue divertido, aunque mi madre se enojara por llevar el cajón de mis bragas al colegio y el conserje nos dijo que tendríamos que limpiar todo lo que ensuciáramos”(*9) Ella, más allá, precisó que después de leer al Sr. Gass “Danielle Steel y V. C. Andrews parecen muy pobres”. (*10) Está claro que el lector americano en general ha venido compartiendo la misma sed cada vez mayor de Andrea Gernet hacia la literatura seria (a la cual, en su carta, ella la menciona de un modo encantador como “el gran trato”).
El año pasado en América, The Quiet American de Graham Greene vendió 110 millones de copias. Uno puede compararlo con la Sra. Steel que entra en las listas con menos de un millón de copias vendidas. La propia novela del Sr. Franzen The Corrections vendió más de 80 millones de copias,(*11) y mientras algo de esto se puede atribuir a la “solapa de Oprah”, (*12) qué podemos decir de las ventas de la novela previa del Sr. Franzen (Strong Motion) que vendió 14 millones de copias en tan solo un mes. (*13)
Tales ventas han cambiado ciertamente la idea de que los novelistas vivan en la pobreza. Williams H. Gass, por ejemplo, se mudó a Nassau, un notorio paraíso fiscal, y a finales del año pasado el Sr. Franzen compró una isla en el sur del Pacífico. (*14) Según Forbes, en otoño de 2001, el bien conocido constructor neoyorquino Donald Trump se relacionó con el novelista Joyce Carol Oates como su socio financiero; cuando ella ensambló su equipo, Trump Enterprises se convirtieron en Mulvaney Enterprises, S.A(*15) Uno puede decir que el Sr. Trump está “recogiendo su fruto”.
Dados tales números (y un resurgimiento tan claro de la ficción seria en el mercado) uno tiene el derecho de preguntar por qué perdura el mito del novelista culto como “la voz que grita en el yelmo”. Hay varias respuestas a esta pregunta. Una tiene que ver con la simple viabilidad. Como Cynthia Ozick confió en una reciente entrevista “si mis parientes supiesen que tengo más dinero que Tom Clancy, Sue Grafton y John Grisham juntos, nunca me dejarían en paz”. (*16) Y Cormac McCarthy agregó, “estos días paso más tiempo negociando con la IRS que trabajando en mi nueva novela, aunque esto no tiene nada que ver con mi adquisición de El Paso; eso es solo una cesión de nueve años con opción a compra”(*17) Y el novelista Ian McEwan describe la compra de EMI Records no como una decisión económica –“Los escritores son pésimos hombres de negocios”puntualiza con una sonrisa conmovedora (*18)– sino una decisión del corazón. Y cuando se le pregunta sobre su decisión de comprar una porción de tierra, particularmente, el sureste de Montana, Annie Proulx ofrece una respuesta concisa, dos palabras: “Ofertas, compañero”. (*19)
Históricamente hablando, la abundancia ha formado escritores inquietos. (“El dinero es el bloqueo verdoso del escritor” escribió una vez Charles Dickens a Wilkie Collins, a lo que Collins contestó“Envíame tus lápices, Chuck”). (*20) Esto siempre ha sido menos cierto en los escritores reconocidos como populares (llegaremos a ellos en un momento), pero la idea de que el dinero destruye el serio pensamiento, sigue existiendo. Por ello es por lo que probablemente libros como Ada, de Vladimir Nabokov, nunca han aparecido en las listas de bestsellers del USA Today, aunque haya vendido 9 millones de copias al año. (*21) Una crítica, de hecho, la ha llamado “Los Puentes de Madison para gente elegante”. (*22) La verdad es así de simple: un poderoso grupo de “novelistas literarios” han invertido en los principales periódicos y en los sitios de Internet donde publican listas de bestsellers, y las novelas consideradas “demasiado literaria” queda apartada de estas listas. Cuando se pregunta acerca de una explicación más clara sobre la racionalidad de esta decisión, Annie Proulx –que, junto a Cynthia Ozick, Don DeLillo y John Updike, poseen actualmente The Wall Street Journal– ofrece una concisa respuesta: “Ofertas, compañero”. (*23)
¿Dónde, puede usted preguntarse, quedan en la ecuación los novelistas de bestsellers más leídos? ¿Dónde están Clive Cussler, Anne Rice, Jonathan Kellerman? ¿Dónde están las nuevas promesas como Dennis Lehane y Michael Connelly?
¿Dónde está Stephen King?
Bien, compañero, déjame explicar todo esto. Debes de haberme visto fotografiado sobre una Harley-Davidson de época, pero eso es sólo un trabajo para la central de Harley en Maine (“Los Muchachos con los Jueguetes”). Debes de haberme visto también tras una rueda de Mercedes Benz, pero eso también era un trabajo. El vehículo que actualmente poseo es un viejo Dogde Ram ranchera, que compré durante el Reventón de Fin de Año del McDonald Motors en el sureste de Maine. Yo, como virtualmente cada novelista popular de América, vive mayoritariamente con cheques de doce mil dólares al mes (yo, apenas cien mil dólares al año, después de impuestos). El cheque llega de Literature ‘r’ Us, una compañía de las Bahamas. (*24) El Presidente de esta compañía es la Sra. “Ofertas, compañero”, Annie Proulx. El tesorero que firma mis cheques (con firma absolutamente ilegible) aparece como Margaret Drabble.
En cuanto a mi última novela, Buick 8: Un Coche Perverso, vendió sólo un millar de copias. (*25)
Después de admitir esta humillación, no tengo que explicar qué va a ocurrir, pero para aquellos de ustedes que sean “un poco lentos” (*26) aquí viene: los supuestos novelistas populares son realmente fachada, creados por la TV y la Prensa de modo que tengan a alguien a quien incomodar cuando tienen cinco minutos extra al final de las noticias o un hueco que rellenar en la sección de arte y ocio del Domingo por la tarde. Como Margaret Atwood indica tan sucintamente“¿Por qué querría conceder una entrevista a un absurdo periódico cuando estoy intentando escribir una novela? La idea es idiota”. (*27)
En un nivel personal debo admitir que me gustaría que mis libros vendieran más, pero a veces las películas me elevan al alza; gracias a la película La Milla Verde de Frank Darabont, por ejemplo, mi novela vendió un extra de 15 mil copias. (*28) Y como J. R. Rowling admite “sin las películas, Harry Potter sería un auténtico desconocido”(*29) Al principio, uno puede tender a burlarse de esto, o considerarlo increíble. Pero entonces, uno se da cuenta de que nunca ha satisfecho realmente a alguien que ha leído estas novelas “violentamente populares”. Como Andrea Gernet dice en su carta, “Tengo docenas de amigos que han leído toda la saga de Harry Potter, pero yo no he tenido tiempo. He tenido que leer The Brothers K para las clases, y estoy trabajando en un documento sobre novelistas contemporáneos chinos en mi tiempo libre. Leeré los libros de Harry Potter el año que viene”. (*30)
Lo más importante es que la literatura está viva y sana en América, y Jonathan Franzen no debe preocuparse (como siempre hizo; como te he dicho, es todo fachada, pero el Constante Efecto Torturador del Novelista Popular es difícil de dejar). Y si él persiste preocupándose, puede seguir haciéndolo en su Jaguar K-type mientras conduce hasta su casa de campo en Vail.
Vail, Colorado, a propósito, es propiedad del consorcio de escritores que mencioné antes. Uno tiene el gusto de imaginar a Margaret Drabble, Don DeLillo y al Sr. Franzen relajarse en las cuestas. ¿Y qué hay de los beneficios de cada estupenda adquisición del lugar de vacaciones? Bueno, escribir es una cosa, pero Vail, por otro lado… Son Ofertas, compañero.
NOTAS
NOTAS
*0 Título original: America, the literate. Publicado originalmente en Book Magazine (julio-agosto de 2003). Traducción de Ziebal de Gilead
*1 Esta cita y su fuente –como todas las de este ensayo– son, por supuesto, ficticias. Uno puede opinar que esto, en cierto grado, niega los argumentos que el ensayo expone, pero como no existen fuentes actuales que apoyen estos argumentos, solo puedo decir que me parecía necesario inventarlas.
*2 Beverly Stonehouse y Personal. “Estudio de Fin de Año”. Registro de Libros. Febrero 1998, pp 18-26.
*3 Estadística de la población de América (Internet).
*4 John Kapp y Justin Reeve. ¡La literatura es divertida! (Nueva York: McGraw Hill, 1998) pag 89.
*5 Justin Reeve, “Elegantes libros, elegantes niños”, El Profesor inglés. Vol LXXV, Nº 7, Junio 1999.
*6 Ídem.
*7 Registro de libros.
*8 Ídem.
*9 Carta de Andrea Gernet a Stephen King, fechada el 16 de Noviembre de 2002.
*10 Ídem.
*11 Registro de Libros.
*12 El Sr Franzen al expresar una cierta repugnancia al ser seleccionado en el Club de Libros de Oprah, apenó tanto a la Sra. Winfrey que canceló absoluta y completamente el Club.
*13 Agosto de 2000, George Stillsbury especula que los lectores lo ven como un “espléndido libro para la playa”, “Estudio de Fin de Año”, Registro de libros. Febrero de 2001.
*14 Jacob Frisch, “Serios Escritores que lo tienen todo”, Ritzy Hideaways, Vol. 3, No. 2, Octubre 2001.
*15 Según el Registro (“Estudio de Fin de Año”, Febrero 2001) We were the Mulvaneys, de la Sra. Date, vendió 40 millones de copias en pasta dura y 80 millones de copias adicionales en rústica, superando las cifras de su anterior novela, Them, con casi 40 millones de copias.
*16 Ellen Prosser, “El problema de tener tanto dinero,” La revista de Gente Rica, Vol. 19, No. 9, Septiembre de 2000.
*17 Ídem.
*18 Ídem.
*19 Carta de Annie Proulx a Stephen King, fechada el 9 de Diciembre, 2002 (Ella añadió, “Espero que pases unas felices Navidades y un próspero Año Nuevo”).
*20 Richard Woofington, Dickens y la cuestión del dinero (Paris: Paris Literary Press, 1976), p. 291.
*21 Registro de Libros.
*22 Jacob LaFountain, Literatura como yo la veo (Rahway: Nueva Jersey Literary Press, 1995), p. 743.
*23 Carta, Annie Proulx a Stephen King.
*24 U.S. Guía Paraíso Fiscal, 2001-2002; también La Salud Secreta de América, publicada en Internet por http://www.stinger.corn.
*25 Declaración de derechos de Sribner, 9 de Noviembre, 2002.
*26 Eric Partridge, Slanguage (Oxford: Oxford University Press), p. 1023.
*27 Margaret Atwood, “¿Por qué no me incomoda un absurdo periódico?”, The Canadian Quarterly, Vol. 4, No. 4 (el número completo, 16), Invierno de 2000.
*28 Declaración de derechos, Scribner y Penguin Putnam, 1999-2001.
*29 Anthony Crackbottom, “La verdad sobre Harry”, The Daily Mail. Vol CCCXXXIX, nº 159, 19 de Junio de 2000.
*30 Carta, Andrea Gernet a Stephen King.
Las correcciones
Mariana Enríquez
Pocas novelas recientes provocaron una reacción tan inmediata como Las correcciones de Jonathan Franzen. El revuelo duró poco, porque la novela se editó meses antes del atentado a las Torres Gemelas, con lo que la discusión quedó en un plano decididamente menor. Pero se puede reconstruir de este modo: Franzen era entonces un autor prometedor, a quienes los críticos comparaban con Pynchon y DeLillo (más por espíritu que por estilo), pero que sin embargo no poseía obra suficiente para su status de Gran Narrador Norteamericano. Al momento de la publicación de Las correcciones su novela anterior (Strong Motion, 1994) estaba fuera de circulación y toda la fama de Franzen se apoyaba en un artículo publicado en Harper’s en 1996, donde argumentaba sobre la agonía de la ficción literaria en la era de la imagen y aseguraba que EE.UU. todavía podía producir una novela con relevancia social que además no aburriera a las masas fascinadas por las grandes producciones cinematográficas.
A este llamado a la salvación de la narrativa norteamericana le sucedió un período de encierro: Franzen pasó unos ocho años escribiendo Las correcciones. Cuando se publicó, resultó imposible no verla como el ejemplo, la prueba, la demostración de las propuestas de Franzen. Y hubo quienes afirmaron que sí, era la Gran Novela Norteamericana; otros la consideraron un experimento fallido, y los más vocearon su decepción. Vueltas de la vida, hoy anda en varias librerías a unos 10 pesos.
Ni tanto ni tan poco. Las correcciones es una gran novela –¿quién puede saber qué es esa entelequia, ese sueño llamado Gran Novela Norteamericana?– ambiciosa, sí, pero sorprendentemente fresca. También es una novela anticuada, a veces satírica, por momentos claramente realista –aquí es donde el balance suele fallar– y con un fondo de crítica al capitalismo y cierta cultura de bienestar impostado que parece tan cara al espíritu de Estados Unidos hoy. También resulta, vista desde el 2005, una novela de época, quizá la narración más abarcadora de los ¿prósperos? y confusos años noventa.
La familia protagonista se apellida Lambert. Los padres, ya ancianos, son Alfred y Enid; él sufre de mal de Parkinson, se jubiló repentinamente sin esperar la fecha en que recibiría un dinero importante por mes. Ella vive obsesionada con la Navidad, los nietos y los hijos; demandante, neurótica, perfeccionista, Enid es una madre enloquecedora que maneja la culpa con maestría. La construcción de la pareja es impecable; la escena en que llegan a Nueva York cargados de paquetes y su hijo Chip los recibe en el aeropuerto es de verdad antológica.
Los hijos, por su parte, no pretenden otra cosa más que “corregir” con sus vidas la mediocridad y el conservadurismo típico del Medioeste, donde nacieron y donde viven sus padres. Chip es un profesor universitario especializado en crítica cultural, brillante pero disfuncional, expulsado del college por un obsesivo affaire con una alumna; fracasa en sus intentos de escribir guiones, y acaba envuelto en un fraude internacional con base en Lituania. Gary es un inversor bancario que, en la superficie, tiene una familia dinámica y agradable; pero las escenas en que se lo ve sumergido en ese infierno cotidiano de hijos consumistas y esposa permisiva son casi dolorosas (y de una empatía prodigiosa). Denise, la menor, parece la más funcional, pero es incapaz de establecer relaciones románticas sanas, sea con hombres o con mujeres.
Además, Las correcciones es una novela plagada de información: sobre mercados financieros, sobre neurología, manejo de restaurantes, estudios culturales, política interna de la ex URRS. A veces tantos datos parecen interferir, pero en realidad son necesarios para el mosaico a veces cruel y a veces tierno de esta crónica familiar que, en el fondo, intenta retratar dos generaciones de norteamericanos en cortocircuito.
Jonathan Franzen: “La riqueza de un país y su creación de literatura realista están ligadas”
GABRIELA CABEZON CAMARA
“Es una una situación incómoda, pero la verdad es que a mí las cosas me están yendo mejor justo cuando al país le van peor”, termina de decir, levanta la vista –porque la baja, en un gesto reflexivo y calmo, mientras responde cada pregunta– y sonríe Jonathan Franzen. Está descalzo, sentado a la mesa, de espaldas a la cocina, en su departamento del Upper East Side de Manhattan, un barrio próspero dentro de la isla próspera, a pocas cuadras de Central Park: todo hermoso.
Franzen recibe a cronista y fotógrafa, descalzas también, son las reglas de la casa, y ofrece té, café, agua. Y se sienta. Y empieza a hablar. Franzen es el escritor que se hizo famoso en 2001 con su novela Las Correcciones, y el que fue considerado autor de la primera gran novela americana del Siglo XXI con Libertad. Fue tapa de la revista Time –legendaria y prestigiosa– en agosto de 2010. Era la primera vez en diez años que la revista le dedicaba la tapa a un escritor. Titularon así: “Gran Novelista Americano. No es el más rico ni el más famoso. Sus personajes no resuelven misterios, no tienen poderes mágicos ni viven en el futuro. Pero su nueva novela, Libertad, nos muestra la manera en que vivimos”.
Las Correcciones se publicó por primera vez en septiembre de 2001. Una semana después, una ecuación inusitada cambiaría la política internacional: fueron dos aviones estrellados y dos torres caídas en esta isla bonita, lo que mostró las fisuras del poder de Estados Unidos. Y también su fortaleza: la de su enorme aparato militar en las guerras “contra el terrorismo” en Afganistán e Irak.
Acaba de reeditarse en nuestro país Las Correcciones (Salamandra). Pasaron once años desde su primera edición en Estados Unidos. De esos años hablaba Franzen al principio de esta entrevista, que empezó con esta pregunta.
-¿Qué cambios fueron más importantes, a tu criterio, en tu país y en tu vida en esta década? 
-En lo que se refiere a mí, estoy menos enojado, aunque en términos políticos sentí mucha ira durante la era Bush. Pero me hice famoso con Las Correcciones y no me pareció propio de alguien tan afortunado como yo estar tan enfadado– se ríe. Y sigue: La verdad es que aún me cuesta creer que haya escrito ese libro. Y me resulta extraña la ira que tiene. No es que haya cambiado de opinión ni que haya menos motivos para estar enojado, al contrario. Y ya no puedo escribir con ese humor, porque el humor tiene mucho que ver con la agresión: no me divierte más la forma en que mis personajes se enojan con el mundo. Respecto de los cambios en el país, el más importante para mí es que la gente es más destructiva de lo que era en 2000; nos autodestruimos constantemente y mientras tanto estamos el día entero enganchados a Facebook, Twitter. Por otra parte, el país está en una posición mucho más débil, económica y estratégicamente, que hace 11 años. La situación medioambiental empeora y sin embargo, tengo la sensación de que es mucho más fácil no pensar en eso, porque estamos todo el día jugando con los nuevos aparatos electrónicos.
-¿Antes se pensaba más en términos políticos? 
-El 11S fue interesante porque en todas partes se discutía sobre el tema, qué había pasado, cuál sería la respuesta adecuada. Ahora es muy difícil tener una conversación adulta y racional sobre cualquier cosa. Todo lleva a la distracción, las imágenes repetidas una y otra vez en televisión, Internet. Todo lo que parece haber es sombra y destrucción. En los 90 yo sentía que era el único que se daba cuenta de lo que estaba mal y que tenía luchar contra eso. Ya no, es un alivio, ahora siento que mi responsabilidad es solo hacer compañía a los lectores que me preocupan.
-Tus muchísimos lectores ¿te hicieron sentir acompañado también políticamente?
-Sí, saber que había muchos otros que también estaban enojados con lo que pasaba me hizo sentir menos solo. Esa debe ser una de las ventajas del realismo.
-¿Por qué elegiste esta corriente literaria? 
-En este país el realismo nunca murió: pasó por una cara posmoderna, en la que ciertos escritores privilegiados hacían un trabajo no convencional, pero siempre se produjo ficción realista seria. Siempre hay personas como Toni Morrison, Alice Munro, Norman Mailer. En parte, creo que esto sucede porque este es un país enorme, educado y rico: podés vivir de escribir, hay un gran mercado. Si estás en un país donde la literatura es principalmente para las élites, que es lo que, creo, pasa en la mayor parte del mundo, entonces se vuelve atractivo el hecho de hacer una literatura muy difícil. Parece haber algún tipo de conexión entre la riqueza de un país y su producción de literatura realista, eso opino, aunque no lo puedo probar. Pero la novela surgió y empezó a tener su forma en economías en expansión, cuando se empezaron a vender libros para las clases bajas y medias.
-¿Y cómo empezó tu relación con la literatura? 
-Mi padre me leía cada noche, libros básicos que los chicos americanos solían leer: Tom SawyerLa Isla del tesoroLos viajes de Gulliver, y rápidamente me empezó a gustar leer. Mis padres eran bastante mayores y estaban ocupados, tenía amigos, pero solo podía verlos a la tarde, así que simplemente leía, constantemente. Libros de divulgación científica, ciencia ficción, de todo. Aunque no creo haber tenido una buena educación en la escuela pública. Recién en la universidad empecé a entender algo. La mía no era una familia de lectores y mucho menos de escritores. Creían en el valor de la lectura como elemento de formación y nada más. Mi madre incluso pensaba que la ficción era deshonesta, que inventaba mentiras. Ellos no alentaron en absoluto mi carrera de escritor, pensaban que no era práctico, querían que fuera médico o ingeniero, que tuviera alguna profesión útil.
-¿Llegaron a ver lo bien que te va? 
-No.
-Qué lastima.
-Sí, la verdad que sí.
-¿Cómo decidiste ser escritor? 
-Soy una persona competitiva. Ya en el colegio me di cuenta de que siempre había alguno mejor en matemática o en física. Pero no había nadie tan bueno en inglés como yo, así que eso fue una señal. Cuando tenía 17 escribimos y publicamos un texto con un amigo y nos pagaron 100 dólares y nos dieron ejemplares. La idea de hacer algo tan divertido y además ganar dinero fue irresistible. Después, en la universidad, tomé la literatura como una religión, me volví muy ambicioso, probablemente porque sentí que tenía que tener un gran éxito para que mis padres vieran que había elegido bien no siendo médico o ingeniero. Además, quería ser el mejor, jugar en lo más alto.
-Te salió bien.
-Sí, parece que sí.
-¿Es cierto que cuando te jugaste por la literatura te la pasaste años a pizza porque no tenías plata? 
-Nunca comprábamos pizza, la hacíamos, que es más barato. Pensé que me llevaría solo dos años escribir una novela y venderla, y poder decirles a mis padres que estaba todo bien, pero tardé seis. Aunque en aquel momento pareció una eternidad, visto más ampliamente fue bastante rápido. Empecé el libro a los 22 y estaba publicado a los 28 (habla de La ciudad veintisiete ). Me casé, tuve un trabajo de media jornada, nunca salíamos a comer, éramos muy pobres y solitarios, y eso se convirtió en un problema después, pero en aquellos años trabajaba 8 horas, después cenábamos, a lo sumo con una cerveza barata, luego leía 4 o 5 horas, seis noches a la semana, y con todo ese tiempo leyendo durante cinco años, realmente llegás a saber lo que se ha hecho en novela. De vez en cuando íbamos a ver una película, porque había un cine que pasaba dos películas por dos dólares. Fue un buen momento, pero nunca volvería a estar tan aislado. Tengo amigos, responsabilidades familiares, trabajo.
-Tanto “Las Correcciones” como “Libertad” son novelas que cuentan historias de familias, ¿por qué? 
-No estoy muy seguro de que sean novelas familiares. En Las Correcciones, la familia entera sólo se junta una vez Sí, pero es una novela de familia, como Los hermanos Karamazov.
-¿Los hermanos Karamazov es una novela de familia?
-No hay demasiado sobre dinámicas familiares en ese libro. Tenés todos esos personajes que están emparentados, y eso solo te hace saber mucho de ellos: tomemos por ejemplo a Dimitri, él es hijo y hermano, siempre hay sentimientos fuertes asociados con ser un chico, un hermano, un padre, pero la mayor parte de lo que vemos de él no tiene nada que ver con su hermano, sale con la chica, va a terribles fiestas… Es la historia de una familia, de todos modos. Y es una elección: hay muchas novelas que hacen eje en otro tipo de vínculos.Creo que poner a los personajes en una relación de familia les suma mucho. EnLas Correcciones, por ejemplo, mayormente vemos a los personajes aislados del resto de su familia. Solo están juntos en una escena de una página; los vemos cuando eran chiquitos, pero ni siquiera ahí interactúan mucho. Ponés un padre, una madre y un hijo y enseguida te preguntás cuánto se parece a cada uno, qué conflictos entre los padres afectan al chico: estas preguntas se te ocurren casi automáticamente. Solo con especificar la relación, hay un valor añadido. Y tomo valor añadido de donde sea que lo encuentre. Es difícil crear valor literario, es difícil crear textos con mucho significado, y la familia es una forma rica y fácil de hacerlo, no entiendo por qué no la usan muchos más escritores.
Porque no es tan fácil… 
-No, no lo es, pero creo que Las Correcciones más que una novela familiar, es una novela donde la historia central es que un hombre mayor se está desmoronando y ni sus hijos ni su mujer quieren aceptarlo. Todo el mundo huye de las verdades horribles.
Franzen vive solo y dice que no le interesa tener hijos. Tal vez por eso cierra así: “Las dinámicas psicológicas profundas entre hermanos y padres e hijos me interesan mucho, pero el día a día de una familia no me interesa demasiado”.

 

A Conversation with Don DeLillo and Jonathan Franzen

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El tiempo de nuestras canciones – Richard Powers
País de sombras – Peter Matthiessen
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El Día de la Independencia – Richard Ford
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Cuerpo – Harry Crews
El Cadillac de Big Bopper – Jim Dodge
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Amor malo y feroz – Larry Brown
En la frontera – Cormac McCarthy
Dr. Bloodmoney o cómo nos las apañamos después de la bomba – Philip K. Dick
La casa de hojas – Mark Z. Danielewski
It (Eso) – Stephen King
Su pasatiempo favorito – William Gaddis
El teatro de Sabbath – Philip Roth
 Jernigan – David Gates

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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Libros difíciles de encontrar a buen precio.
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