La abadía de Northanger – Jane Austen

La abadía de Northanger Jane Austen Borges William T Vollmann Perón Evita Cesar Aira Juan Gelman George Steiner Conrad Dady Brieva Ezequiel Martinez Estrada del barco

Para este collage se uso a Jorge Luis Borges, William T. Vollmann, Juan Domingo Perón, Evita, Ezequiel Martínez Estrada, Oscar del Barco, Luis Pompa, Dady Brieva, Lisa Ann, La Vaca y El Pollito, una Muñequita Liefeld Puteadora y estampillas de la colección personal de mi padre.

Estado: usado.

Editorial: Sudaméricana.

Traducción: César Aira.

Precio: $200.

La historia de Catherine Morland, una joven ingenua y aficionada a la lectura de novelas góticas.
Publicada originalmente en 1818, La abadía de Northanger narra la historia de Catherine Morland, una joven ingenua y aficionada a la lectura de novelas góticas. Invitada por los Tilney, que erróneamente la consideran una rica heredera, a pasar una temporada en su casa de campo, se dedicará a investigar tortuosos e imaginarios secretos de familia. Pero cuando finalmente todo se aclare y comprenda que la vida no es una novela, la inocente Catherine pondrá los pies en la tierra y encauzará su futuro según dictan las normas morales y sociales. Esta es quizá la novela más irónica y divertida de Jane Austen, maestra inigualable en la recreación de retablos sociales con hondo perfil humano.
Austen Powers
María Gainza
Pocos autores despiertan semejante ternura en sus lectores. Sus admiradores, al contrario de lo que sucede con, digamos, Shakespeare o Byron, la llaman por su nombre de pila, Jane. A secas. Como si la conocieran de toda la vida. Tal es la capacidad de Jane Austen de generar intimidad. No debe sorprender entonces que cada tanto una ola janeaustiana rompa sobre la escollera de la cultura pop y, si bien no arrase con todo, salpique lo suficiente para que advirtamos su presencia. Ahora, en el horizonte no tan lejano, vemos subir el agua: dos películas, Becoming Jane y The Jane Austen Book Club, más una edición inédita de la novela epistolar Lady Susan (en marzo en las librerías), vuelven a poner a la reina de la ironía doméstica en su trono. Y la apacible tranquilidad familiar, así como la conocemos, tiembla. Después de todo, Jane Austen puede producir más drama en el corazón de un hogar que la mayoría de los autores en un naufragio, un incendio o una batalla naval.
I
Es una verdad universalmente reconocida que toda novela de Jane Austen anda en busca de un director que la lleve a la pantalla. Pero hay un límite a cuántas remakes de Orgullo y prejuicio se pueden hacer, cuántas actrices pueden interpretar Emma o cuánto sexo se le puede agregar a Persuasión. Sumado a que Jane Austen misma ha dado claras señales de que no piensa seguir escribiendo. La solución es simple: si no quedan novelas, hagamos de su vida una novela. Eso pensaron los productores de Becoming Jane y convirtieron a la autora en una heroína al estilo Austen. De paso se garantizaban un vestuario adorable, soñadas casas de piedra y un diálogo picante.
El asunto es que nadie que haya estudiado la vida de Jane Austen se la confundiría con la de, por ejemplo, Hemingway o Burroughs. Dicen que había en la rutina diaria de la novelista inglesa una marcada ausencia de deportes extremos y de drogas. “De eventos, su vida estuvo singularmente vacía”, escribió su sobrino Austen-Leigh. Un poquito de escándalo hubiese sido aconsejable. Como no lo había, hubo que inventarlo.
Anne –El Diablo se viste de Prada– Hathaway es la actriz principal y se parece tanto a Jane Austen como Scarlett Johansson se parecía a la chica de Vermeer en La joven con el aro de perlas. La película cuenta la hipotética historia de amor entre Jane y Tom Lefroy, un abogado irlandés a quien la escritora conoció en un baile por la Navidad de 1795. Cuando unos días después se separaron, ¿fue el final de un coqueteo intrascendente o una tragedia que marcaría su literatura futura? El director Julian Jarrold no tiene dudas, lo que lo animó a exagerar el suceso hasta convertirlo en un drama épico. Drama que alcanza su total desconsuelo cuando, muchos años más tarde, un maduro Lefroy se topa con la ahora exitosa Jane y le permite saber a través de sus ojos vidriosos que aún lamenta “lo que pudo haber sido”.
La película supone, un poco absurdamente, que todos los elementos de Orgullo y prejuicio estaban en la vida de Jane prontos a ser llevados a un libro. La madre obsesionada con casar a su hija y verla trepar por la escalera social: “El afecto es deseable; el dinero, absolutamente indispensable”; el padre soñador, más apoyo emocional que financiero; y el joven arrogante, prototipo de Darcy (en el papel, James McAvoy recuerda a un Bob Dylan en sus años de trovador), que visita la casa de Jane y se burla de sus intentos de hacer literatura.
La verdad es que se sabe poco de la relación. En sus cartas a su hermana Cassandra, casi el único documento histórico que sobrevive, Jane lo menciona unas dos veces. Parece que la relación generó cotorreo: “Casi tengo miedo de decirte lo que hicimos mi amigo irlandés y yo. Imagínate lo más libertino y asombroso en la manera de bailar y de sentarnos juntos. Sólo tiene un defecto… que confío que el tiempo eliminará totalmente: es que lleva un chaqué demasiado claro”. Cinco días después: “Confío en recibir una oferta de mi amigo en el curso de la velada. La rechazaré, desde luego…”. Para los lectores de Austen es difícil de lamentar. El verdadero Lefroy terminó siendo jefe de Justicia de Irlanda y la idea de Jane como una esposa devota compartiendo sus soirées con la crema de la profesión legal, en lugar de sentarse tranquila en su casa a escribir sobre Emma Woodhouse, es horrible.
La Jane de Anne Hathaway es inteligente y creíble, pero nunca asoma en ella aquella observación infatigable (“Busco un sentimiento, una ilustración o una metáfora en todos los rincones de la habitación”), aquel constante ver lo que otros no, que está presente en cada línea que escribió la autora. Pero una vez que se admite que la Jane de la pantalla poco tiene que ver con la Jane real, la película es linda de ver.
II
No ocurre lo mismo con el bodrio colosal de The Jane Austen Book Club. Una adaptación del best-seller de Karen Joy Fowler sobre un grupo de mujeres en crisis, fanáticas de Austen, que se reúnen a leer sus libros y ven sus vidas reflejadas en ellos. Seis personajes, seis novelas, seis meses para leerlos. El infantilismo, las risitas, las mujeres –su parecido a mujeres de verdad es tenue– discutiendo si tal personaje es atractivo o no, resultan tan irritantes como una uña arañando un pizarrón. Es la clásica película para chicas, lo que los norteamericanos llaman chick-flick. Y, en rigor de verdad, no merece más que un párrafo. Aunque, nobleza obliga, hay que admitir que hace el uso más zarpado de Austen del que se tenga memoria cuando un apetecible mozalbete se tapa su erección con un ejemplar de Persuasión.
Dentro de la austen-manía, la edición de Lady Susan por la flamante editorial La Compañía es, por lejos, lo mejor. Una novelita de ciento y pocas páginas donde, a través de una serie de cartas, se despliegan las intrigas de Lady Susan Vernon. Un ser amoral, una psicópata y viuda reciente que pergeña matrimonios de conveniencia para ella y su sometida hija. Lady Susan es fascinante como personaje porque no tiene nada querible, y aún así no cae en desgracia sino que, como muchas veces ocurre en la vida, de una manera u otra termina saliéndose con la suya. Es seductora y perversa, y escribe cartas delirantes, un poco como lo hacía otro ser adorablemente atractivo, el Vizconde de Valmont en Las relaciones peligrosas (1782), obra cuyo formato epistolar probablemente inspiró a Jane. Escrita en algún momento antes de 1805 pero publicada recién en 1871, la novela parece ser la única vez en que la autora centró su atención en la decadente alta sociedad londinense. Ya que, por lo general, Austen afilaba su pluma sobre el microcosmos pueblerino. Ella misma señaló: “Unas tres o cuatro familias en una ciudad rural forman la base material de trabajo”.
III
Nadie sabe a ciencia cierta cómo era físicamente Jane Austen. No hay un retrato definitivo salvo el torpe dibujo en lápiz y acuarela que dejó Cassandra. Allí se ve a una mujer simplona, del lado incorrecto de los treinta. Tan común que hace poco la editorial Wordsworth decidió fotoshopearla y agregarle extensiones y colorete. Parece ser que una de las escritoras más inspiradas de todos los tiempos no era suficiente inspiración para poner en la tapa de sus libros. Aun cuando debajo de su gorrito y de esos ojos almendra ardiera la primera sensibilidad moderna.
“Dudo que sea posible mencionar a otro autor notable que haya vivido en tan completa oscuridad”, escribió su sobrino. Atribuir opiniones en base a sus libros es peligroso, pero se puede decir que a Jane no le interesaba un comino estar casada. En una de sus cartas menciona que recibió una propuesta de matrimonio. La aceptó y al día siguiente la rechazó. No quería casarse con un hombre soso, con el carisma de un palito, fuera rico o pobre. Y creía que una mujer joven, soltera y con inteligencia era una criatura maravillosa, con absoluto poder –aunque sea el poder de resistirse– sobre los deseos de un hombre. Austen veía la fragilidad de la circunstancia. La fuerza de la fragancia y la delicadeza de la flor.
La verdadera Austen existe en sus novelas como una inteligencia veloz, haciendo observaciones generales para un minuto después meterse en la cabeza de algún personaje y después correr al jardín y escuchar una conversación en voz baja a través de un seto. Su técnica es viva y brillante. Hay quienes le critican su desconexión del mundo. Es verdad que por sus novelas nadie sospecharía que Inglaterra estaba en guerra con Napoleón. Y sus opiniones sobre la esclavitud o el imperialismo jamás se escuchan. Puede parecer extraño que una de las autoras que más amplió la conciencia moderna haya estado preocupada exclusivamente por comprar muselina a cuadros, por saber si el pato y el jengibre en conserva estarían listos para la cena o si las fresas del jardín ya estarían maduras. No obstante, puede que justamente ahí radicara su genialidad: en la capacidad de darles la espalda a los grandes asuntos para volver su mirada sobre la vida, siempre tan sostenida por alfileres, de personas comunes.
Es probable que Orgullo y prejuicio sea su novela más graciosa y Persuasión, la más lograda. Pero lo que hace a sus historias tan seductoras, es la forma en que la ironía se despliega. Lo que es absurdo para nosotros no lo es para los personajes. Porque ése es su mundo, el único que tienen y, en realidad, el mismo que el nuestro, sólo que nos ha sido dado el privilegio de reírnos de él desde afuera. Suponemos que el tonito punzante del narrador es Austen misma. Pero es difícil de saber. ¿Ella satiriza cosas que encuentra tontas o por las que se siente atraída? Su burla, ¿revela o cubre sus sentimientos? De todas formas, su humor es lacerante: “Ayer, la señora Hall de Sherborne dio a luz a un niño muerto, unas semanas antes de lo que esperaba, por culpa de un susto. Supongo que miró a su marido sin darse cuenta”.
IV
Jane Austen nació en 1775 y murió en 1817, a los 42 años. Dejó seis novelas. Todas sobre amor, herencias y matrimonios. Las heroínas son mujeres jóvenes e inteligentes. El lenguaje es elegante. Las oraciones, hermosas. El ingenio, devastador pero no vicioso. Su voz, clara, cristalina como arroyito de montaña. Abran cualquiera de sus novelas y la sabiduría vuela de las páginas, expandiéndose mucho más allá del drama angosto del ámbito familiar. Un par de frases cualesquiera, al azar: “Era una persona simple. La empresa de su vida la cifraba en casar a sus hijas; sus distracciones eran el visiteo y los chismes”, es una observación compacta sobre clase y naturaleza humana en apenas veintitrés palabras. Todas las novelas terminan con matrimonios apropiados (aunque la idea de pasarse el resto de sus días hablando con Mr. Knightley puede resultar perturbadora). Los argumentos tratan sobre cómo las mujeres obtienen esos matrimonios.
Charlotte Brontë acusaba a Jane de ser demasiado cerebral y falta de pasión. Pero toda adolescente, en algún momento, cree ser Elizabeth Bennet, no todas creen ser Jane Eyre. Todos conocemos a una mujer tratando de decidir si un tipo es el adecuado para ella. No todos conocemos a un tipo adecuado que guarda una loca en el altillo. Qué lástima que Jane Austen naciera antes que Mark Twain. Qué hubiera dicho –irónicamente– sobre él. Quizás hubiesen sido almas gemelas guiñándose el ojo por sobre el pianoforte cuando nadie miraba.
Provocaciones
Juan Gelman
Joseph Conrad se preguntaba qué podía interesar de las ficciones de Jane Austen, tan admirada en Inglaterra. La misión de la novela, dijo, es mostrar, “hacer ver”, y poco y nada veía él en Orgullo y prejuicio o Persuasión. E. M. Forster, admirador de la obra de Austen y de Conrad, se preguntaba a su vez qué clase de escritor era el polaco-ruso que escribía en un inglés “admirable y (que) fluye con delicada maestría”, según Borges. Desconcertaba a Forster que en el centro de los estupendos relatos de su amigo no encontrara claves, soluciones, sino una suerte de “neblina” disipadora de toda perspectiva. Es verdad que esa mezcla compleja y aun inquietante del mundo material y el interior del ser humano que impera en la escritura de Conrad puede leerse como enigma.
Ciertos críticos han intentado bucearlo en los antecedentes familiares del autor de El corazón de las tinieblas. El padre, Apollo Korzeniowski, poeta reconocido y miembro de la pequeña nobleza campesina de una Ucrania que el zarismo arrancó a la Gran Polonia, fue un patriota ardiente. Participar en el clandestino Comité ciudadano de Varsovia que planeaba una insurrección lo llevó en 1861, acompañado de familia, al destierro en el helado norte del imperio ruso. El futuro escritor, de 4 años, casi muere en ese viaje. Tenía 8 cuando fallece allí su madre y 12 cuando se extingue la existencia de su padre. Lo recoge y ampara entonces su tío Tadeusz Bobrowki, pero a los 17 Conrad deja Cracovia por Marsella y comienza su vida sobre el mar en un barco mercante francés. En esos hechos han hincado el diente algunos explicadores de literatura que consideran que El agente secreto es una estrafalaria confesión de culpa por “haber traicionado” los ideales revolucionarios que cobraron la vida de sus padres.
Esa novela de Conrad se publicó en 1907, ubica la acción en 1886 y uno de sus protagonistas es el señor Verloc, un agente provocador infiltrado en un grupo de anarquistas. En cumplimiento de órdenes de la embajada extranjera –probablemente rusa– para la que trabaja, Verloc organiza un atentado terrorista contra el observatorio de Greenwich que no logra su objetivo y en el que se inmola su cuñado semi idiota. La trama tiene ecos contemporáneos. Conrad califica el acto de “sangrienta insensatez, tan enormemente estúpida que resulta imposible desentrañar su origen por ningún proceso mental razonable, o incluso irracional. Porque la sinrazón perversa tiene sus propios procesos lógicos”. Claro que el objetivo de ese atentado era mover a las autoridades británicas a reprimir a los grupos anarquistas. No es menos claro que Osama bin Laden –al que el enorme aparato de espionaje norteamericano y aun otros no consiguen curiosamente capturar– proporcionó el pretexto para que Washington declarara un par de guerras. Por ahora.
El relato no parece confesión de culpa alguna. Una bomba había estallado junto al observatorio de Greenwich efectivamente en 1894, sin rajar siquiera sus muros. Conrad no carecía de opiniones políticas, que expuso en Autocracia y guerra, un ensayo contra la tiranía zarista publicado en 1905, año de la primera revolución rusa, y es verdad que en El agente secreto dedica largas páginas a exponer el ideario anarquista de la época. Como en toda su obra, no hizo “más que ocuparme de mi labor con entrega absoluta… hubo momentos durante la redacción del libro en que yo me sentía un extremista revolucionario”, dijo. No lo era: le preocupaba ante todo cómo decir en y con la ficción verdades cuya imagen pareciera una sombra huidiza. “¡Qué bueno sería que la idea tuviera una sustancia y las palabras un mágico poder, que lo invisible pudiera ser atrapado en una forma!”, escribió a Ford Ma- ddox Ford. Nunca se libró de “la multitud de dudas angustiosas que, con tanta persistencia, acechan cualquier intento de realizar una obra de creación”.
Conrad padeció la dolorosa conciencia de las incapacidades y las obligaciones de la lengua, de la necesidad de decir y de la imposibilidad de decir. Y no se trata simplemente de los obstáculos que él encontraba en el idioma inglés, esos vacíos existen en todas las lenguas. A tal dificultad se suma otra en El agente secreto: la de dar cuenta de situaciones históricas siniestras desde los “valeurs idéales” que Conrad profesaba en una era en que “todas las cosas sagradas y profanas se han convertido en una imitación”. Tal vez por eso el tono de la narración dimana de una clase de ironía muy particular, mezcla de “desprecio y compasión”, que también envuelve a policías, diplomáticos y miembros de la clase alta que circulan por sus páginas en un Londres lleno de “lodo y maravilla”. Para el autor de Nostromo, el valor más alto era la fidelidad a un propósito que da sentido a la vida y es lo único que se puede oponer a la nada. Cuando la barrera se rompe, surgen en sus personajes –siempre instalados en situaciones límite– toda la corrupción y la maldad que adentro llevan: esa “neblina” sin solución ni perspectiva que turbaba a E. M. Forster.
En el prólogo a una reedición de 1920 de El agente secreto, Conrad explica cómo nació la idea de la novela: un par de referencias casuales de un amigo al atentado anarquista real de 1894 y una escena de siete líneas leída en las memorias de un jefe de policía inglés de la época. Seguramente así fue. Como seguro es que el impulso de escribirla y la escritura misma nacieron de una cosmovisión que, al decir de Bertrand Russell, consideraba que “la vida civilizada y moralmente tolerable es una caminata peligrosa sobre una delgada costra de lava apenas enfriada que en cualquier momento puede romperse y hundir al imprudente en profundidades de fuego”. Lo cual no impedía a Conrad describir el comienzo de una noche londinense así: “El frutero de la esquina había apagado la gloria resplandeciente de sus naranjas y limones”.
Canta dinero a la diosa *
George Steiner
Las convenciones de los amanuenses no se extendían al uso de comillas, en otras palabras, a escribir “dinero”. Es más, en este punto, nuestro pergamino ha sufrido daños. Descifrarlo constituye un problema. ¿Le falta algún fragmento a esta enigmática exhortación? ¿A qué divinidad se refiere? ¿La lectura del imperativo “canta” es del todo confiable? Asumiendo que nuestro texto sigue vigente, su paráfrasis admitiría dos versiones: “canta dinero a la diosa” o “celebra el dinero en presencia de la Divina Dama cuando le hagas alguna petición”. Ninguna de las dos resulta del todo clara o convincente.
Hace poco los eruditos comenzaron a descifrar las complejas interconexiones que existen entre el establecimiento del sistema monetario, las reglas de parentesco y la semiótica del simbolismo en el antiguo Medio Oriente, en las culturas minoica y lidia, y en el preclásico jónico. La de Plutón sigue siendo una presencia ambigua porque a este patrono de la riqueza se le confunde siempre –incluso Dante se equivocó– con Plutón, soberano de los infiernos. De ahí el incierto uso que se da a la palabra “plutocracia”. En algunos mitos Plutón es ciego para que la distribución de la riqueza sea equitativa y gratuita. Así aparece en la comedia epónima de Aristófanes. Lo encontramos en el Fausto de Goethe y en Baudelaire. Hijo de Deméter, quizás al principio representó la abundancia de las cosechas. “Mammón” significa “tesoro oculto”. El nombre recalca la forma en que Lucas fustiga la avaricia y el amor por la riqueza. En El paraíso perdido de Milton, Mammón tiene un arranque de siniestra energía cuando explota las riquezas minerales del Infierno. Extrae oro y joyas de las mismísimas entrañas del abismo. Pero, hasta donde sé, hay un único rastro de la controvertida existencia de una diosa del dinero: se trata de la inscripción votiva, parcialmente legible, hallada entre las ruinas de un santuario menor, al parecer local, en lo que hoy es el sur de Albania.
El mandamiento (?) de Epicarnio sigue siendo un enigma.
La sola noción de riqueza está saturada de ambigüedades. El aspecto económico de la santidad es el mismo que el del mendigo. Los camellos entran al cielo donde se vence a los ricos. El lucro resulta siempre “indecente”. Mucho antes que Freud, Swift certificó las afinidades entre dinero y excremento. El avaro es una criatura a la vez repugnante e irrisoria que aúlla por la pérdida o el hurto de su cofrecillo de dinero (véase Molière). A Midas se le maldice por su avidez. La Dama de la Pobreza es quien complace a Dios. Pero las teologías, el ascetismo religioso o los votos monásticos no son lo único que anatematiza la riqueza. La ética de los estoicos, de Diógenes, el radical estilo bucólico de Rousseau también lo hacen. Ningún filósofo que se precie de serlo debería tener riquezas; Wittgenstein regaló su herencia. El verdadero poeta, el artista, los radicales del pensamiento, el Spinoza que pule sus lentes, tienen la intención de desdeñar los beneficios materiales. Los sofistas traicionan la verdadera filosofía al aceptar dinero por enseñar. Cuando está basado en intereses financieros, el matrimonio está en el límite de la prostitución. En los misterios de la Edad Media, en las máscaras y en las alegorías del barroco, en las novelas de Balzac, en los cuentos de Dickens, el dinero, la especulación económica, la avaricia adquieren un aspecto demoníaco o espectral. De manera generalizada ese escondrijo de monedas, ese puñado de dólares, incitan al asesinato. Las analogías entre la violación y el desgarramiento de la tierra para despojarla de sus tesoros son tan antiguas como la sátira romana. Cada una de estas resonancias simbólicas y de estos entramados se expresan claramente en Timón de Atenas (de entre las obras de Shakespeare, la favorita de Marx). Aquí la riqueza y la locura que produce el dinero vicia la existencia bajo un sol que se “genera”, se abastece y se corrompe por la riqueza y la locura que produce el dinero. A los contrabandistas se les vierte oro fundido por la garganta. Al judío se le vincula con la impuesta usura asesina, la moneda de Judas, el indicio de alguna intimidad particular con la acumulación y el goce del dinero en efectivo. Este es el estandarte amarillo-dorado de su tribu en los pogromos medievales, en Shylock, en el escarnio, la expropiación y el asesinato en masa de los nazis. Muy al contrario de lo que dice el refrán latino, el dinero sí despide un olor. Casi siempre, a muerte.
Del otro lado de la balanza la riqueza evidencia virtud, esfuerzo honesto. Sazonada con caridad, la riqueza que se emplea sin ostentar es, sobre todo en las sociedades protestantes y abiertas, el índice mismo del reconocimiento, incluso si es un mérito sancionado por la divinidad. La multiplicación de valores financieros mediante el trabajo honesto y la habilidad para invertir es prácticamente obligatoria. La riqueza no debe envidiarse ni condenarse. Es algo que se lucha por alcanzar en la escalera sin fin de la democracia y la libre empresa. La transmisión de ganancias, de los ahorros de una generación a otra, es el legítimo fin de la crianza de los padres. ¿La propiedad acaso no es sagrada? En las comedias y la literatura clásicas, los finales felices –tan sutilmente incisivos en Jane Austen– son fiscales. La libreta de ahorros subscribe lo erótico. El amor ha entrado a la casa del bienestar. El rentista vive feliz para siempre. Alguna vez personificación de los misterios de lo imprevisible, ingobernable animadora de la “rueda de la fortuna”, Fortuna se ha convertido en “fortuna”, en el sentido del contador y del banquero. La ruina financiera, la deshonra y el suicido del especulador en bancarrota son insensibles recordatorios del pecado original.
En el capitalismo tardío –resulta más gráfico decir capitalisme sauvage– el dinero es todopoderoso. Es, propiamente, el “Todopoderoso”. “Soy el primer hombre en la historia de la humanidad cuyos empleados son multimillonarios”, afirmó el director de Microsoft. En efecto, los multimillonarios se vuelven cada vez más comunes entre los jefes del hampa de la Rusia poscomunista, los magnates del petróleo del Medio Oriente, los malabaristas de fondos de inversión y los banqueros planetarios. Pero también entre los patrones de la pornografía infantil o los capos de la droga en América Central y en Malasia. ¿Qué son mil millones para los emporios de Dubái, los casinos de Macao, o las arenas de placer en las islas privadas del Caribe? ¿Qué son mil millones para quienes dilapidan treinta millones de libras en una boda o cien millones de dólares en una pintura? ¿Para quienes adquieren una botella de vino de Burdeos que cuesta mil euros? Cuando una empresa fracasa, miles de personas quedan en el desempleo o endeudadas; sus directivos huyen llevándose millones en bonos y en fulgurantes apretones de mano. Y, sin embargo, a ninguno de estos rufianes se les escupe, ¡ya no digamos se les fusila!
Quizá –los estudios sistemáticos del dinero no anteceden al siglo XVI italiano– la infección de cada una de las células, del cuerpo privado tanto como del cuerpo político por aquello que se llama el “nexo con el efectivo”, constituya un nuevo desarrollo. Ese virus mutante ahora gobierna casi toda de nuestras vidas. Time is money, dice el refrán norteamericano. También es dinero el espacio psíquico porque se ha convertido en una tierra baldía debido a la decadencia de las religiones conocidas. Los pobres venden sus órganos vitales a los ricos. Una infinidad de niños es víctima del lucrativo tráfico sexual. Las mentes más elevadas danzan como animales de circo cuando los medios agitan el dinero que se les va a pagar. La corrupción es el aliento de la política, del mercado. ¿Acaso existe algo que no esté en venta? El embate por obtener ganancias depreda lo que resta de nuestros bosques, devasta los océanos, contamina el aire. En el capitalismo urbano de la megalópolis, pero también en la miseria de las barriadas, el alarido del dinero nunca ha sido tan descarado como ahora. Raquíticos niños escudriñan la basura tóxica en busca de desechos que se puedan vender; conglomerados multinacionales explotan el mar abierto en busca de petróleo y de metales preciosos; las cosechas se valoran cuando son lucrativas y su fruto es el “dinero”. Los encantos fiscales del contrato prenupcial toman las riendas de la noche de bodas. Los anuncios de pantimedias interrumpen los documentales sobre Auschwitz que se pasan en la televisión. Hasta ahora solo la muerte ha logrado evadir el soborno.
¿El soborno podría ser la pista para el ruego de Epicarnio? ¿A la diosa sin nombre se le debe aplacar y seducir con dinero? Esta propuesta resulta mucho más cercana de lo que nos gustaría admitir. Nuestras plegarias, rituales litúrgicos, santuarios, templos, las abadías que erigimos y dotamos con tanta opulencia son peticiones para obtener un favor divino. Los ministros que salpican el paisaje cristiano –muchas veces a corta distancia unos de otros–, la ostentación de los benefactores eclesiásticos, los diezmos que recogen sacerdotes y rabinos, ¿qué son sino intentos por comprar la benevolencia de los dioses, la protección mafiosa de lo sobrenatural? ¿Qué son sino intentos por canjear tesoros esenciales por dividendos trascendentes? Vender indulgencias al pecador causó escándalo. Y sin embargo: ¿cuál si no es la función de los exvotos penitentes: animales, mazorcas, la fruta de la primera cosecha, monedas en el arca de los diezmos?
La canción del dinero que entonó el aforista de Agra se vuelve desvergonzada y ensordecedora en las letras del rap. Puede estar enmudecida pero no es menos audible en los himnos de la iglesia. Somos “señores de la danza”, pero bailamos en torno al becerro de oro, tal y como aquellos lejanos intermediarios de la salvación.
Notas
* Aunque la riqueza puede evidenciar el esfuerzo honesto y la virtud, a menudo se la relaciona con la corrupción, la avaricia y la depredación. Este ensayo se adentra en sus resonancias simbólicas –de la Antigüedad a Jane Austen– para explicar la omnipotencia que parece tener en nuestros días.
Ocho breves ensayos componen Fragments (somewhat charred) de George Steiner. Cada texto incluye un aforismo atribuido a un filósofo griego imaginario, y su interpretación. Publicamos el quinto ensayo, precedido por estas palabras de Steiner: “Estos fragmentos aforísticos aparecieron en uno de los pergaminos quemados hallados hace poco en lo que al parecer fue la biblioteca privada de una villa en Herculano. La evidencia lingüística y su tenor de discusión indican que proviene del siglo ii a. C. Algunos académicos han sugerido a Epicarnio de Agra como su autor. Pero casi nada se sabe de este moralista y orador elocuente (si es que eso fue). Por otra parte, la condición del papiro hace que en varias partes la tarea de descifrarlo sea pura conjetura.”

 

ENTREGA A DOMICILIO (OPCIONAL – CAP. FED.) $50.

Contacto: juanpablolief@hotmail.com

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